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miércoles, 1 de enero de 2025

Que la mirada de María se pose sobre nuestros corazones haciéndonos llegar la mirada de Dios que es bendición de Dios para nosotros hoy

 


Que la mirada de María se pose sobre nuestros corazones haciéndonos llegar la mirada de Dios que es bendición de Dios para nosotros hoy

Números 6, 22-27; Salmo 66; Gálatas 4, 4-7; Lucas 2, 16-21

Días de bendiciones, de felicitaciones, de regalos, de alegría… son algunas de las características de estos días. Son las palabras y deseos que decimos y repetimos en estos días. Palabras que decimos, porque es navidad; cosas que decimos, porque es año nuevo y expresamos tantos buenos deseos para nosotros mismos y para todos; palabras que decimos, porque todos tenemos ansias de alegría y de fiesta, porque de algunas manera estamos como obstinados por tantas oscuridades que nos van apareciendo en la vida, problemas, violencias, luchas, vacíos… que queremos algo distinto, algo que nos traiga alegría, algo que nos haga disfrutar mejor de la vida, que nos haga olvidar esos momentos oscuros y duros.

¿Serán deseos de trascender nuestra vida más allá de lo caduco que cada día vamos encontrando y no nos llena, nos deja vacíos, para buscar algo más permanente y nos alcance una mayor plenitud?

Seguimos celebrando Navidad y queremos hacerlo con la misma solemnidad y con el mismo fervor. Es la octava de la Navidad. Y la Iglesia nos invita hoy a mirar a María en su maternidad divina; es la madre de Jesús que por eso mismo para nosotros se convierte en la madre de Dios, porque en Jesús estamos viendo, así lo confiesa nuestra fe, al Hijo de Dios que tomando nuestra carne se ha encarnado para hacerse hombre como nosotros, ha plantado su tienda entre nosotros. Y así, pues, contemplamos a María, la Madre de Dios.

Decíamos que son días de bendiciones y así nos aparece en la primera lectura esa bendición que Moisés propone a Aarón como fórmula con la que bendeciría al pueblo. ¿Y qué es la bendición de Dios sino que Dios vuelva su rostro compasivo sobre nosotros mostrándonos así su amor?  ‘El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor te muestre tu rostro y te conceda la paz’.

Dios ha vuelto su rostro sobre nosotros y nuestro mundo y nos ha dado a Jesús. Es lo que estamos celebrando precisamente en Navidad. Eso es precisamente lo que significa el nombre que le imponen al Niño, como nos dice el evangelista, como lo había llamado el ángel antes de su nacimiento. Dios es mi Salvador, viene a ser su significado.

El nombre de Jesús, pues, viene ya en sí mismo a ser una bendición para nosotros. ¿No decíamos que desde los vacíos de nuestra vida pretendemos trascendernos para encontrar aquello que nos llene en plenitud? En Jesús venimos a encontrarnos con esa paz que nos salva. Es el que viene a traernos la paz, como se nos dice en la bendición que se nos ofrecía en la primera lectura, porque viene a inundarnos del amor de Dios.

La paz en su sentido más profundo es mucho más que la carencia de violencia o de guerra; la paz nos está hablando de la integridad de nuestra vida, nos está hablando de la mejor realización de nosotros mismos, nos está señalando esa serenidad interior que nos sana por dentro alejando de nosotros todo tipo de malicia y maldad, nos está poniendo por encima de desconfianzas y recelos para encontrar esa armonía en nuestro espíritu pero también en nuestra relación con los demás, nos habla de rectitud y honradez, de lealtad y generosidad de espíritu, de comprensión y misericordia porque quien no sabe perdonar no sabrá nunca lo que es la paz, nos hace caminar sendas de humildad y sencillez para sentirnos siempre cercanos a los demás, nos abre a lo gratuito y desinteresado y al mismo tiempo nos hace agradecidos.

Hoy para nosotros es el día de la paz, la jornada que la Iglesia nos ha propuesto ya hace muchos años para celebrar y para pedir por la paz. Pedimos por ese mundo nuestro tan necesitado de paz, y pensamos en tantas guerras que afligen nuestro mundo en tantos lugares; pero pedimos y queremos construir la paz allí donde estamos, con los más cercanos, porque tenemos que comenzar por nuestras familias y por los que nos rodean en el día a día; cuánto nos cuesta, cuántas barreras nos interponemos, cuántas distancias mantenemos disimuladamente pero muy reales.

Pedimos la paz para nosotros mismos; tenemos que construirla, tenemos que sacar a flote esos valores que nos hacen encontrar la paz, en todo aquello que antes veníamos reflexionando. Una tarea ingente, porque algunas veces ahí dentro de nosotros mismos es donde más nos cuesta conseguir esa paz, que no puede ser una cosa ficticia, que no se puede quedar en apariencias, que tiene que nacer del corazón, que tenemos que vivir allá en lo más hondo de nosotros mismos sanando nuestro corazón de tantas heridas que lo van dañando.

Es una bendición que recibimos y que compartimos. Hoy también de manos de María. Quiero mirar el rostro de María en este momento en que los pastores llegan al portal buscando aquello que les había anunciado Dios por medio del ángel. Ojos de sorpresa, quizás, cuando todo se llenaba de luz con la presencia de los ángeles, con la presencia de aquellos pastores; qué lazos de afecto y gratitud se crearían en aquellos momentos entre María y los pastores, quien había visto cerrarse las puertas de las posadas a su llegada a Belén ahora era acogida por los pobres que poco tenían pero que tanto estaban ofreciendo con su presencia a los pies del niño. ¿Cómo sería entonces la mirada de la madre?

Que esa misma mirada de María se pose sobre nuestros corazones haciéndonos llegar la mirada de Dios. Su mirada es bendición de Dios para nosotros hoy.

miércoles, 8 de diciembre de 2021

Como María también nosotros caemos en gracia ante Dios porque en su benevolencia nos sentimos regalados por Dios que con María nos entrega a Jesús como Salvador

 


Como María también nosotros caemos en gracia ante Dios porque en su benevolencia nos sentimos regalados por Dios que con María nos entrega a Jesús como Salvador

Génesis 3, 9-15. 20; Sal 97; Efesios 1, 3-6. 11-12; Lucas 1, 26-38

Más vale caer en gracia… decimos más de una vez cuando hemos sido beneficiados por algo, pero no en sentido de algo que la suerte nos haya traído, sino en el sentido de que alguien en su benevolencia ha pensado en nosotros y ha querido regalarnos algo que nos llena de satisfacción.

En un mundo tan lleno de acritud, en mundo en que nos envuelven las sombras de la duda y de la desconfianza, en un mundo que vamos haciendo violento con nuestras envidias y rencillas, con nuestros resentimientos y orgullos mal curados, con un amor propio que sale tan fácil a flote y que nos lleva a enfrentamientos y luchas, el sentir que alguien gratuitamente nos regala algo, nos descoloca, parece que no estamos acostumbrados, nos sorprende y algunas veces no sabemos ni cómo reaccionar. Claro que a esa gratuidad de lo que tan generosamente se nos ofrece tendría que corresponder por nuestra parte una gratitud que no se quede solo en palabras.

‘Has hallado gracia ante Dios’, le dice el ángel a María después de sus saludos. La llena de gracia, la saludó el ángel, porque Dios estaba con ella. María le cayó en gracia a Dios. Estamos viendo es cierto ese actuar de Dios con María a la que eligió por sí mismo depositando en ella todo su amor, pero tenemos que reconocer que la gracia que María estaba recibiendo no era solo para ella, sino que era gracia para toda la humanidad. El regalo de la gracia de Dios para María era un regalo para la humanidad, porque a través de María nos iba a hacer llegar a quien iba a ser en verdad la salvación para toda la humanidad.

María es la elegida de Dios para ser su Madre, María era la elegida de Dios para ser la madre del salvador del mundo. Aquel Hijo que por obra del Espíritu Santo habría de nacer de sus purísimas entrañas, el Hijo del Altísimo, será llamado Hijo de Dios iba, sin embargo, a llevar un nombre que venía a significar ese regalo de Dios para la humanidad. ‘Y le pondrás por nombre Jesús porque el salvará al pueblo de sus pecados’. Ya nos dirá en otro momento el evangelio que tanto amó Dios al mundo que no paró hasta entregarnos a su Hijo único. Es el regalo de Dios, es la benevolencia de Dios.

El mundo se iba a llenar de luz porque las sombras iban a desaparecer. Nos tenemos que sentir sorprendidos por esa luz que comienza a brillar para nosotros y que de alguna manera nos viene de mano de María, pero que es el regalo de la benevolencia de Dios para con todos nosotros. No quiere el Señor otra cosa para nosotros que la salvación, como nos repetirá en otras ocasiones el evangelio, la buena nueva que nos trae Jesús. Si antes decíamos que en ese mundo tan convulso en el que vivimos, tan lleno de egoísmos y de insolidaridades nos descoloca cuando nos encontramos con alguien que generosamente nos regala algo, así tenemos que sentirnos ante el misterio de Dios que hoy se nos revela en María.

Hoy es un día cuando celebramos su Inmaculada Concepción y escuchamos este evangelio que estamos comentando en el que no paramos de cantar alabanzas a María porque así se dejó llenar de Dios en esa disponibilidad y en esa apertura de su corazón a lo que era la voluntad de Dios pero tenemos que fijarnos en la generosidad de su respuesta.

Es la correspondencia de María a la gratuidad del don de Dios para ella y para la humanidad. Está ella reconociendo ese don de Dios. ‘El Poderoso se fijó en la pequeñez de su esclava’, cantaría María en la visita a su prima Isabel en la montaña, reconociendo que el Señor había hecho obras grandes en ella y por eso la iban a felicitar todas las generaciones. Pero ella con su respuesta estaba manifestando como la misericordia del Señor se iba a seguir derramando por todas las generaciones. ‘Su misericordia llega a sus fieles de generación en generación…’

Claro que el Señor derramó su gracia sobre ella y la hizo grande; claro que en María veremos resplandecer todas las virtudes y toda la santidad; claro que hoy la contemplamos Inmaculada en ese don que Dios le concedió al preservarla de todo pecado en virtud de los méritos de su Hijo Jesús.

Nos gozamos con ella, nos felicitamos con ella como los hijos se felicitan con la madre. Pero nuestra fiesta de María tiene que ser ese reconocimiento de la gratuidad de la benevolencia de Dios sobre nosotros que se tiene que convertir en la generosa gratitud que con toda nuestra vida imitando a María nosotros tenemos que ofrecer. María es también ese regalo de Dios para la humanidad, para todos nosotros. Cantemos agradecidos la gloria del Señor. ‘Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos’. Bendito sea Dios que nos ha regalado a María.

sábado, 9 de octubre de 2021

Que lleguemos a sentir dentro de nosotros el orgullo y la alegría de que nos digan que nos parecemos a la Madre porque escuchamos la Palabra y la plantamos en el corazón

 


Que lleguemos a sentir dentro de nosotros el orgullo y la alegría de que nos digan que nos parecemos a la Madre porque escuchamos la Palabra y la plantamos en el corazón

Joel 4,12-21; Sal 96; Lucas 11,27-28

Cómo se siente de regocijada una madre cuando escucha buenos rumores del hijo de sus entrañas, porque no hay orgullo más grande para una madre que ver el crecimiento y la maduración de los hijos, ver cómo se hacen hombres de provecho – en frase muy popular que antes escuchábamos en los consejos de una madre, pero también escuchar quizá cómo aquel hijo se parece con su madre.

Por eso cuando una madre ve también el crecimiento de alguien, las buenas sensaciones que da su vida, aunque no sea un hijo propio, esa manera de actuar madura y sabia que le hace ser quizá un buen modelo para los demás por su integridad, por sus sabias palabras, por su buen corazón, ella se siente regocijada también y piensa en tal madre que parió a tal hijo. Eso era lo que sentía en su corazón aquella mujer anónima en medio de la multitud que escuchaba a Jesús y que contemplaba los signos que realizaba para gritar en medio de todos esa alabanza para la madre que crió tal  hijo. ‘Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron’, no pudo menos que exclamar porque de alguna manera se sentía enamorada, cautivada por las palabras y las obras de Jesús. Qué menos podía hacer que alabar y ensalzar a la madre que dio tal hijo.

Aunque Jesús, como veremos, le dará una vuelta a las palabras de aquella mujer, esa espontaneidad y ese entusiasmo que mostró aquella mujer, aquel asombro que sentía en su corazón escuchando a Jesús también tendría que hacernos pensar. Era, sí, una palabra oportuna de alabanza; era un abrir su corazón para expresar el asombro y la alegría que sentía cuando escuchaba a Jesús, era un reconocer esa cadena de cosas buenas que ahora desembocaban en Jesús como tienen que desembocar en nosotros. Algunas veces sentimos cosas buenas en nuestro corazón y nos las guardamos para nosotros mismos; algunas veces podemos sentir el deseo de alabar a alguien por algo bueno que está haciendo o se está manifestando en su vida y con nuestros respetos humanos que nos llenan de cobardías nos lo guardamos para nosotros.

Sepamos, sí, sintonizar con lo bueno, sepamos dejar que salga espontánea de nuestro corazón esa palabra de alabanza y de felicitación, sepamos también descubrir el fondo que aprendido de la familia pueden tener muchas manifestaciones de cosas buenas, sepamos reconocer lo que de herencia de los recibido de nuestros mayores ahora reflejamos en esas actitudes buenas que haya en nuestra vida. Creo que son importantes también estos aspectos.

Ya decíamos que Jesús le da la vuelta a estas palabras de alabanza de esta anónima mujer, pero no porque no sepa o quiera reconocer lo que de su madre ha recibido y la alabanza que se merece su madre, sino porque quiere ahondar en algo que tiene que ser verdaderamente importante para nosotros y de lo que María también es ejemplo y modelo para nosotros. ‘Mejor, dirá Jesús, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen’.

Es dichosa, sí, María por ser la madre del Señor. Proféticamente en el cántico del Magnificat ella había proclamado que la llamarían dichosas todas las generaciones. Nos gozamos nosotros en que es la Madre Dios que es también nuestra madre, pero contemplamos en María la mujer que supo plantar en su corazón, como tierra buena y preparada, la Palabra de Dios, porque ella así se sentía la esclava del Señor y todo lo más que quería es escuchar la Palabra y que la Palabra tuviera cumplimiento en ella.

La alabanza de Jesús para todos aquellos que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen es también alabanza para María, es alabanza para su madre. ¿Mereceremos nosotros esa alabanza? ¿Podremos sentir dentro de nosotros el orgullo y el gozo de que nos digan que nos parecemos a la madre, de que nos parecemos a María?

miércoles, 8 de septiembre de 2021

María es para nosotros un canto de esperanza y en su nacimiento vislumbramos la aurora de la salvación porque de ella nos viene el verdadero sol, la verdadera luz del mundo

 


María es para nosotros un canto de esperanza y en su nacimiento vislumbramos la aurora de la salvación porque de ella nos viene el verdadero sol, la verdadera luz del mundo

 Miqueas 5, 1-4ª; Sal 12; Mateo 1, 18-23

Cuando llega el cumpleaños de una persona a la que amamos y apreciamos todos nos afanamos por desearle las mejores cosas, los días de mayor felicidad y quienes hayamos tenido una mayor cercanía en la vida recordamos acontecimientos vividos juntos, o momentos que fueron muy importantes en la vida de esa persona. Todos son felicitaciones, deseos de alegría y de felicidad y nos gustaría estar junto a esa persona en tal celebración para participar de esa fiesta. Más cuando es un ser querido como pueda ser una madre donde ya procuraremos ofrecerle las mejores muestras de nuestro amor.

Pues en este día celebramos un cumpleaños muy especial y en el que todos queremos celebrar fiesta. Hoy es el día del nacimiento de María, la Madre del Señor y nuestra Madre. Nuestros pueblos y la Iglesia toda se hacen fiesta en este día tan hermoso de la Natividad de nuestra Señora, aunque luego lo celebremos con distintas advocaciones según sea la devoción y amor que le tenemos a Maria y lo vinculada que la tengamos a la vida de nuestros pueblos. Podríamos hacer un elenco muy largo de Advocaciones de María con lo que hoy celebramos su fiesta según sean los pueblos y lugares. Pero todos estamos celebrando el cumpleaños de María, la fiesta de la Madre.

Igual que decíamos antes que en la fiesta de un cumpleaños de una persona cercana a nosotros hacemos memoria de esos distintos momentos vividos junto a esa persona, así queremos hacerlo con María recordando y celebrando esos momentos de la vida de María que tan transcendentales fueron en la historia de la salvación. Es cierto que si quisiéramos hacer una biografía de María, nos vemos cortados por tan pocos datos que nos ofrece el evangelio de la vida de María; cuando nos salimos de lo que nos dicen los evangelios y queremos rememorar otros momentos de la vida de la Virgen, muchas veces nos llenamos de imaginación o utilizaremos aquellos datos que nos ofrecen los evangelios apócrifos, que son escritos antiguos, pero que nunca entraron en el canon de la Iglesia reconociéndolos como Palabra de Dios.

Desde esos evangelios apócrifos y desde diversas tradiciones se suele situar el lugar del nacimiento de María en las cercanías de donde estuvo levantado el templo de Jerusalén y donde una hermosa basílica nos recuerda el lugar del nacimiento de María, muy cercana también a la piscina probática mencionada en el evangelio. Esa cercanía del templo nos da pie para entender la profundidad de la fe de María pues en sus aledaños seguramente fue educada, aunque luego el evangelio de san Lucas nos la sitúe siendo aún muy joven en Nazaret, una pequeña aldea de Galilea, donde se realizaría el misterio de la Encarnación de Dios en sus entrañas.

Pero creo que más que tratar de bucear en tradiciones o llenarnos de imaginación en torno a la figura de María, hoy es un momento para la acción de gracias a Dios. Ella supo reconocer que el Señor había realizado obras grandes en su pequeñez y en su humildad, por eso nosotros queremos cantar hoy las alabanzas al Señor dando gracias porque nos ha dado a María; damos gracias por María y por su fe, por la disponibilidad de su vida y por la generosidad de su amor; damos gracias por María porque ella se convierte para nosotros en un canto de esperanza, porque su nacimiento lo vislumbramos como la aurora de la salvación como dice la liturgia, y porque de Maria aprendemos nosotros a abrirnos a Dios. Y damos gracias a Dios porque así Jesús quiso regalárnosla como Madre y junto a nosotros sentimos su presencia maternal para caminar a nuestro lado enseñándonos a caminar los caminos de Jesús.

Felicidades María en tu cumpleaños; felicidades María por tu fidelidad y por tu amor; felicidades María – y queremos cantarte con todas las generaciones – porque el Todopoderoso ha hecho obras grandes en ti; felicidades Madre y nos felicitamos nosotros por tenerte siempre a nuestro lado con tu amor y protección maternal.

viernes, 1 de enero de 2021

María plantó la Palabra de Dios en su corazón se convirtió en la Madre de Dios, plantémosla también en nuestro corazón que con el Hijo nos hacemos hijos y nos llenaremos de paz

 


María plantó la Palabra de Dios en su corazón se convirtió en la Madre de Dios, plantémosla también en nuestro corazón que con el Hijo nos hacemos hijos y nos llenaremos de paz

Números 6, 22-27; Sal 66; Gálatas 4, 4-7; Lucas 2, 16-21

La navidad es también la fiesta de la madre, es la fiesta de María. La hemos estado contemplando desde el primer momento porque como nos ha dicho hoy san Pablo ‘cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley, para rescatar a los que estaban bajo la Ley, para que recibiéramos la adopción filial’.

‘Nacido de una mujer’ y contemplamos a María. Y los pastores encontraron al niño recostado en el pesebre, como les habían anunciado los ángeles, pero junto con su madre, María. Por eso la liturgia cuando estamos celebrando la octava de la Natividad del Señor nos invita a contemplar a María, para que con los ojos de la madre, con los ojos de María contemplemos nosotros el misterio de la Navidad; queremos sentir la misma admiración de María ante el misterio de Dios que en ella y a través de ella porque Dios la escogió como Madre se estaba realizando, la que observaba todo en silencio y lo iba guardando en su corazón.

Había escuchado el mensaje del ángel y allá lo rumiaba en su corazón acogiendo así en su vida todo el misterio de Dios para que la Palabra de Dios quedara plantada en su corazón; como escuchaba ahora en silencio rumiándolo también en su corazón lo que los pastores contaban de cómo Dios se les había revelado a través de los ángeles para conocer el misterio de Jesús. ¿No tendríamos nosotros también que sentir esa misma admiración para rumiarlo todo también en nuestro corazón?

Nos alegramos y hacemos fiesta, pero tenemos la tentación y el peligro de que todo se nos quede en esa fiesta externa y no hayamos interiorizado lo suficiente el misterio de Cristo, el Misterio de Dios que celebramos, y pasarán las fiestas, y pasará la navidad y nos podemos quedar vacíos de Dios porque no hemos llenado nuestro corazón lo suficiente de ese misterio de Cristo. Rumiemos en nuestro interior, repasemos una y otra vez todo el misterio que celebramos sin dejar de asombrarnos ante todo lo que es la maravilla del amor que Dios nos tiene, porque vino ‘para rescatar a los que estaban bajo la ley, como nos decía san Pablo, para que recibiéramos la adopción filial’.

María plantó la Palabra de Dios en su corazón – ‘hágase en mi según tu palabra’, había respondido al ángel – y se convirtió en la madre de Dios; plantemos nosotros esa Palabra de Dios en nuestro corazón porque bien sabemos que con el Hijo nos hacemos hijos, porque vino ‘para que recibiéramos la adopción filial’. Como nos dirá el evangelio de san Juan ‘a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios’.

Como decíamos contemplación con los ojos de María para sentir y vivir toda esa admiración por el misterio de Dios que en su encarnación a nosotros nos engrandece porque nos hace hijos; contemplación con los ojos de María que nos ha de llevar a la alabanza porque reconocemos que el Señor hace cosas grandes y maravillosas. María se sintió engrandecida a pesar de su pequeñez y su humildad; que nosotros también nos sintamos engrandecidos, que nada somos sino pecadores, pero que en Cristo nos vemos liberados, que en Cristo nos vemos convertidos en hijos si así acogemos y plantamos también en nuestro corazón la Palabra de Dios.

Estamos en el día primero de año donde todo son parabienes y buenos deseos. Nos felicitamos mutuamente en el nuevo año que comienza, pero hemos de cuidar que no se quede todo en palabras bonitas y repetidas. Siempre he pensado que felicitar a alguien es alegrarnos, es cierto, con su alegría, pero cuando deseamos felicidad para esa persona significa también que nosotros le estamos diciendo que por nuestra parte vamos a poner todo lo necesario para que sea feliz.

Mal la felicitamos si la dejamos en su sufrimiento o en sus carencias; mal la felicitamos si no somos capaces de ser paño de lágrimas que la consuele en sus penas; mal la felicitamos si no ponemos, repito, todo lo que sea necesario para que sea feliz, para que sienta paz en su corazón, para que se sienta amada por los demás. Y ya nos daremos cuantas son las consecuencias que tiene para nosotros ese deseo de felicidad que queremos trasmitirle a los demás. Pues que ese sentido tengan estas felicitaciones que todos nos hacemos en estos días.

Precisamente aunque en el mundo civil sean otros los días en que se hagan las conmemoraciones de la paz, desde hace muchos años este primero de enero para nosotros es una Jornada de la Paz, una jornada de oración por la paz.  Qué menos podríamos desear y pedir en medio de este ambiente de la Navidad donde los ángeles la noche del nacimiento del Señor cantaban la gloria del Señor y la paz para los hombres que son amados de Dios.


La primera lectura nos ofrece una hermosa bendición del Antiguo Testamento con el deseo de la paz. La Paz como una bendición del Señor, como uno de los frutos del espíritu, como una de las señales del Reino de Dios que queremos vivir y que Jesús viene a instaurar. Decir paz es decir algo grandioso; no es solo ausencia de guerra o de violencia, arrancar el odio o el resentimiento del corazón; la paz es amor y es justicia, la paz es autenticidad en la vida y verdad en el corazón, la paz es la búsqueda del bien y vivir en solidaridad, la paz es sentarnos junto al otro al que consideramos un hermano y tender la mano para caminar juntos, la paz es comprensión en el corazón y disponibilidad para el perdón, la paz es ayudar a levantarse al caído y seguir confiando en el otro incluso en sus debilidades, la paz es poner estímulos en el corazón del otro para superarse y creer siempre en todas las posibilidades de la persona.

Queremos la paz, construyamos la paz, tengamos en cuenta a todo lo que nos obliga el querer vivir en paz, recemos por la paz. En una palabra amémonos para que todos sintamos la paz de sentirnos amados y ser conscientes que así estamos poniendo los mejores fundamentos para la paz.

‘Que El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor. El Señor te muestre tu rostro y te conceda la paz’.

 

martes, 8 de septiembre de 2020

Felicidades Madre, María, que hoy es tu onomástica y tu cumpleaños, nos llenamos contigo de gozo en el corazón porque eres la aurora de la salvación que es Jesús


Felicidades Madre, María, que hoy es tu onomástica y tu cumpleaños, nos llenamos contigo de gozo en el corazón porque eres la aurora de la salvación que es Jesús

Miqueas 5, 1-4ª; Sal 12; Mateo 1, 18-23

Todos celebramos el cumpleaños. Recordamos el día de nuestro nacimiento, de nuestra venida a la vida y normalmente lo hacemos con gratitud, decimos, a la vida misma como ese don maravilloso que se nos ha regalado y del que recordamos tantas experiencias maravillosas que nos ha dado la vida misma.

Ya desde niños estamos ansiosos porque llegue el día de nuestro cumpleaños, es un año más decimos, con lo que nos vamos haciendo mayores como todos deseamos; como niños anhelamos la fiesta que significa ese día en que nuestros padres aún en su pobreza siempre sabían tener un detalle especial para ese día; los mayores recordamos aquellos años de nuestra niñez y nuestras ilusiones, en las que nos contentábamos con el más pequeño detalle que nos parecía el regalo más grande del mundo conscientes de la situación que quizá entonces vivíamos.

Hoy nuestras fiestas de cumpleaños se han ido ampliando en todo el espectro de la familia y celebramos de manera especial el día del padre y como no el día de la madre, pero no en ese aspecto tan consumista y comercial cuando nos lo centran todo en un día, sino en ese día que es el cumpleaños concreto de nuestro padre y sobre todo de nuestra madre. Ahí nos desbordamos los hijos, que quizá hoy contemos con otros medios, pero sobre todo queremos poner amor expresado en mil detalles, que quizá en el día a día olvidamos tener con nuestra madre, o tener con nuestro padre.

¿A qué viene toda esta introducción? Es que hoy celebramos el cumpleaños de María, la madre del Señor y nuestra madre. Hoy es la fiesta de la Natividad de Maria. Si hace nueve meses, el ocho de diciembre, celebramos su Inmaculada Concepción, hoy estamos celebrando su nacimiento. Hoy nace la aurora de la salvación, como proclama la liturgia. La aurora con sus primeros resplandores en el horizonte ya nos está anunciando el esplendor del sol que pronto surgirá iluminando el mundo. Hoy es la aurora, porque el nacimiento de María en el designio de Dios da pie para que comience a realizarse la salvación del mundo; ella va a ser la mujer con la que Dios quiere contar para encarnarse en su seno y hacerse hombre por nuestra salvación.

Es un día de alegría, como siempre es día de alegría el nacimiento de un niño, como siempre recordaremos ese momento del nacimiento lleno de alegría, y hoy es día en especial de alegría porque nace la que va a ser la madre de Dios, aquella por la que vendrá el Salvador al mundo, y por eso a ella la llamamos también mediadora de la salvación.

Este día 8 de septiembre está salpicado por toda la geografía con fiestas a la Virgen María en diversas advocaciones; advocaciones todas ellas llenas de sentido y que han nacido del calor del amor de los hijos por la madre que buscarán siempre las mejores palabras para los más hermosos piropos, que buscarán los mejores nombres que vengan a dar significado al misterio de María en la obra de nuestra redención. Algunos nombres nacen quizá del lugar donde está ubicada su imagen cuando no la imagen de María ha sido también la que ha dado nombre a aquel lugar; pero nombres que expresan lo que María nos trae, lo que María como madre nos alcanza del Señor para la obra de nuestra redención.

En mi tierra y en concreto en mi isla es muy socorrido el nombre de Virgen del Socorro, de Virgen de la Luz, de Virgen de los Remedios, por señalar algunos con que se celebran fiestas en honor de María en el día de su Natividad. ¿Cómo no sentir que Maria es nuestro Socorro y nuestra ayuda si a ella con tanta confianza acudimos para que nos alcance la gracia del Señor? ¿Cómo no invocarla como madre de la Luz cuando ella nos viene a traer al que es la luz del mundo? ¿Cómo no llamarla igualmente Madre de los Remedios porque ella está como consuelo a nuestro lado en nuestros sufrimientos y problemas abriéndonos caminos en los que encontremos respuesta a nuestras necesidades o a los interrogantes profundos que surgen en nuestra vida? Y María es todo eso y mucho más para nosotros porque siempre hace referencia a Jesús, siempre nos trae a Jesús y siempre nos conduce a que escuchemos a Jesús y hagamos lo que El nos diga.

Nos felicitamos con María y felicitamos a María en su cumpleaños. Como buenos hijos nos llenamos de alegría y le ofrecemos todo nuestro amor queriendo llevarla siempre en lo más hondo del corazón. Igual que no falta la foto de la madre que llevamos siempre con nosotros impresa en lo más hondo de nosotros mismos, que tampoco nos falte esa imagen de María en esa estampa de nuestra devoción para que así sintamos siempre cómo ella va con nosotros, está a nuestro lado como remedio, como socorro o como luz de nuestra vida porque siempre nos conducirá hasta Jesús. 

sábado, 8 de septiembre de 2018

Hoy nos toca felicitar a la Madre, María, en su nacimiento, la felicitamos y nos felicitamos sin cansarnos de decirle piropos de amor con la mejor de las alabanzas


Hoy nos toca felicitar a la Madre, María, en su nacimiento, la felicitamos y nos felicitamos sin cansarnos de decirle piropos de amor con la mejor de las alabanzas

Miqueas 5, 1-4ª; Sal 12; Mateo 1,1-16.18-23

Hoy nos toca felicitar a la Madre; hoy nos toca felicitar a María, la Madre del Señor, nuestra madre también. Es su día, es el día de su nacimiento. Nos alegramos con María, nos felicitamos con María. Como ella decimos también ‘desborda de gozo mi espíritu en Dios mi salvador’, desborda de gozo nuestro corazón con María, la Madre del Señor.
La felicitamos a ella, a la que llamarán dichosa todas las generaciones. Y las madres sienten un regocijo en su alma cuando los hijos tienen un recuerdo para ellas, cuando las felicitamos en su día y queremos obsequiarle lo mejor de nuestro amor. le hacemos regalos, buscamos ramos de flores que ofrecerle, no sabemos qué cosa mejor le podemos ofrecer y todos son cariños para nuestra madre repitiéndole una y otra vez cuanto la queremos, lo dichosos que nos sentimos con ella, porque para nosotros es la mejor mujer del mundo, la que nos dio nuestro ser.
Así queremos hacer con María en el día de su cumpleaños. Y es que no solo la queremos felicitar, sino que queremos decir lo felices que nosotros nos sentimos con una madre así. Nos felicitamos con María, nos regocijamos con María, nos queremos sentir unidos desde lo más hondo de nosotros mismos con María, como lo queremos hacer con nuestra madre, y tanto es lo que queremos unirnos a ella que a ella queremos parecernos, de ella queremos copiar sus mejores virtudes, sus mejores valores, como los hijos hacen siempre con la madre.
Es la mayor dicha que puede sentir una madre el que le digan que su hijo se le parece; es la mayor dicha que nosotros podemos sentir que nos puedan decir también que nos parecemos a nuestra madre. Así queremos hacer con María, nos revestimos de María, nos vestimos de María porque igual que ella es el molde en el que se hizo Jesús como hombre, así nosotros queremos meternos también en ese molde de María no solo ya para parecernos a ella, sino para sentirnos profundamente configurados con Cristo, con la misma figura de Cristo, con sus mismos sentimientos y actitudes, con su mismo amor. Jesús como hombre se configuró en su corazón, pues todo eso que Jesús aprendió de María, nosotros también queremos aprender de ella.
No queremos hacernos ahora hacernos grandes consideraciones y hacer poco menos que unas listas de las virtudes de María, sino que simplemente como hacen todos los hijos con su madre en su día, sentirnos felices y dichosos con ella y hacerla a ella también feliz y dichosa porque le mostramos nuestro amor, porque le queremos decir y repetir, cantar una y otra vez las felicitaciones y cuanto la amamos.
Mostrémosle nuestro amor con la santidad de nuestra vida, pareciéndonos a ella. Gocémonos con María y llevémosla siempre muy presente en nuestro corazón y en nuestra vida. No temamos ni nos de vergüenza decirle piropos a María, cantando asi con la alabanza a María las alabanzas del Señor.

jueves, 21 de diciembre de 2017

Que la fe de María nos ayude a vivir el amor de una autentica navidad yendo de verdad al encuentro de los demás

Que la fe de María nos ayude a vivir el amor de una autentica navidad yendo de verdad al encuentro de los demás

Cantar de los Cantares 2,8-14; Sal 32; Lucas 1,39-45

‘Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá’. Fue la alabanza de Isabel a María. Había venido desde la lejana Galilea al enterarse que su prima esperaba un hijo. Todo fueron parabienes y alegría a la llegada a la casa de Zacarías e Isabel en la Montaña. La sorpresa de un visita inesperada, la llegada de una ayuda en momentos importantes en la vida de aquella familia de ancianos en una cercana maternidad, pero era algo más grande lo que sentía en su corazón Isabel. Quien llegaba a ella no era solamente la prima que venia de la lejana Galilea sino que allí ella estaba reconociendo a la madre de Dios.
‘¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?’ En cuanto el saludo llegó a sus oídos con la presencia de María todo fueron saltos de alegría. Alegría de Isabel por la llegada de María, pero la alegría se sentía también en su seno donde la criatura daba saltos de alegría. Isabel se llenó del Espíritu Santo, por eso podía reconocer lo que también sucedía en María; era la madre de su Señor porque María portaba ya en su seno al Hijo del Altísimo.
E Isabel alaba la fe de María. ‘¡Dichosa!’, le dice. María había creído en el Misterio que se desarrollaba en ella. Dichosa se sentía Isabel por poder participar también de aquella misma fe y de aquella misma alegría, porque era la alegría para todo el mundo.
Es importante la fe en estos momentos. Tenemos que testimoniarla. Y no podemos perder de vista la fe en estas celebraciones que vivimos en estos días; no podemos perder de vista el misterio que celebramos. Muchos lo olvidan, tratan incluso de disimularlo, transforman estas fiestas que tienen su razón de ser en el nacimiento del Hijo de Dios en Belén en otra cosa. Algunos se refugian tras muchos artilugios que disimulen u oculten la navidad cuando en estos días se cruzan felicitaciones. Hoy mismo ha aparecido la noticia de quien felicita la navidad y en las imágenes del video que ha hecho público en lugar de aparecer el signo de la navidad, simplemente ha puesto una plantita. ¿Qué es lo que está ese personaje felicitando?
Nos decimos muchas cosas hermosas estos días, deseamos la paz y la felicidad y no sé cuantas cosas más. Es cierto que tenemos que desear la paz y que todos seamos felices, pero eso todos los días del año, no solo en estas fechas. Quizá haya mucha solidaridad estos días y repartimos abrazos, compartimos con los que no tienen, nos acordamos de los que no están, hacemos muchos encuentros familiares, pero a alguien le escuchaba preguntarse que quedará de todo eso después del seis de enero. ¿Al día siguiente ya no nos deseamos la paz, nos olvidamos de ser solidarios, no nos acordamos de los que no tienen donde cobijarse o qué comer, ya no necesitamos de ese calor familiar?
Todo eso, es cierto son valores muy importantes y son valores que nos enseña Jesús en el evangelio. Pero ¿qué lugar está ocupando Jesús de verdad en nuestra vida en estos días que celebramos navidad y en todos esos buenos deseos? No nos suceda que queramos hacer todas esas cosas sin Jesús.
Por eso decía que es importante que tengamos en cuenta nuestra fe en todo esto que celebramos estos días. No olvidemos que celebramos que Dios viene a nosotros, quiere ser nuestro Emmanuel, y en El es donde podremos encontrar todo el sentido y toda la fuerza que necesitamos para construir esa paz, para vivir una autentica solidaridad, para que los lazos familiares se anuden fuertemente y no se vuelvan a romper. Que sea en verdad Jesús el centro de toda nuestra vida, de todo lo que hacemos, y de nuestras celebraciones de Navidad para que haya una verdadera Navidad.

jueves, 8 de septiembre de 2016

Nos felicitamos con la Madre en el día de su nacimiento que fue verdadera aurora de nuestra salvación

Nos felicitamos con la Madre en el día de su nacimiento que fue verdadera aurora de nuestra salvación

Miqueas 5, 1-4ª; Sal 12; Mateo 1,1-16.18-23

¡Felicidades, María! Sí, felicidades ya te llames Luz o te llames Remedios, ya te llames Pino o te llames Guadalupe, ya el nombre con que te llamen sea Covadonga o sea Victoria, hoy es tu día. ¡Felicidades, Madre! Es tu cumpleaños; hoy fue el día de tu nacimiento. En nuestro amor te damos muchos nombres, que son como piropos con los que queremos embellecer si cabe más tu hermosura; pero tu nombre hermoso es María, como te llamó el ángel, pero eres la agraciada de Dios, la bendecida del Señor, eres su Madre y eres nuestra Madre.
No sabemos cómo mejor bendecirte y alabarte, como mejor manifestar ese amor grande que tenemos, y la alegría que sentimos en tu fiesta; por eso los pueblos a lo largo de la geografía quieren celebrar tu nacimiento y te invocan con distintos nombres, pero todos quieren ser el amor devoto de quienes generación tras generación te hemos visto y llamado dichosa y bienaventurada.
Hoy es un día grande. No es el nacimiento de una niña más, con todo lo que ya en si mismo tiene el nacimiento de una nueva criatura. Es que con tu nacimiento comienza a resplandecer en el horizonte de la historia y de la vida el resplandor de una nueva aurora. La aurora anuncia la salida del sol y comienza a reflejar ya en el horizonte los colores de los que se llena el universo con la salida del sol. En ti, María, estamos viendo esa hermosa aurora que nos anuncia al Sol que viene de lo alto, en ti, María, estamos contemplando la aurora de la salvación, porque de ti ha de nacer el Salvador. Por eso tu nacimiento no puede pasar desapercibido.
Quizá aquel día en aquel humilde hogar de Jerusalén en los alrededores de la piscina de Betesda y en la cercanía del templo cuando se oyó tu primer llanto al venir a la vida, los vecinos de alegraran por el nacimiento de la hija de aquellos venerables y devotos padres, Joaquín y Ana, y se felicitaran con ellos. Pero allí estaba brotando un hermoso renuevo del tronco de Jesé que daría hermosa flor que nos traería el fruto salvífico de la vida y de la salvación. Por eso nuestra alegría quiere ser grande en la fiesta de tu nacimiento y queremos así mostrarte todo nuestro amor, como al tiempo alabar y bendecir al Señor que nos ha dado tan hermosa flor, presagio y anuncio de nuestra salvación.
Queremos ofrecerte nuestro amor con el que queremos copiar en nosotros tu belleza y tu santidad; queremos ofrecerte nuestro amor siguiendo tus mismos pasos, y dejándonos iluminar por la verdadera luz del Sol que nos trae la salvación. Ojalá nosotros podamos reflejar en nuestra vida, como tú, verdadera aurora de la salvación, reflejaste en tu vida la santidad de Dios; que nuestra vida se llene de los colores vivos del amor, que reflejemos en nosotros esa luz de Dios que en ti brilla porque aprendamos de tu solidaridad para salir también al encuentro de los demás, para ponernos en el camino del servicio y de la atención a los necesitados; que brille también nuestro rostro y nuestra vida toda con la luz de la gracia, porque como tú, María, sepamos llenarnos de Dios.
Alcánzanos, Madre, tú que eres la bendecida de Dios y la bendita entre todas las mujeres, la bendición de Dios que nos santifique y nos haga resplandecer, como tú, de amor.
¡Felicidades, María! ¡Felicidades, Madre! en el día de tu nacimiento, aurora y anuncio de nuestra salvación

lunes, 8 de septiembre de 2014

Celebramos el nacimiento de María, esperanza y aurora de salvación

Celebramos el nacimiento de María, esperanza y aurora de salvación

Miqueas, 5, 2-5; Sal. 12; Mt. 1, 1-16. 18-23
‘Celebremos con devoción, en este día el nacimiento de María, Virgen perpetua y Madre de Dios, cuya vida ilustre da esplendor a todas las Iglesias’. Esta es una de las antífonas con que la liturgia de este día canta a María en la celebración de su nacimiento.
Es muy significativo que en el conjunto de la liturgia de este día algo que se repite en sus antífonas es la mención a que el nacimiento de María fue como una aurora, un anuncio de una nueva luz que nos iba a iluminar, que ya comenzaba a resplandecer para el mundo con su nacimiento. ‘Cuando nació la santísima Virgen, el mundo se iluminó; ¡dichosa estirpe, raíz santa, bendito su fruto!’, canta otra de las antífonas. Su nacimiento,  se nos dice en una de las oraciones, fue ‘esperanza y aurora de salvación’.
Nos gozamos hoy nosotros en esta fiesta de María, con la que la invocamos en numerosas y diversas advocaciones en este día: Virgen de la Luz la celebramos en muchos de nuestros pueblos, Virgen de los Remedios como lo hacemos en nuestra propia catedral y en otros lugares, Virgen del Pino que se celebra en la diócesis hermana de Canarias, y así tantas y tantas advocaciones, que muestran el fervor y el amor que le tenemos a María y como nos alegramos y festejamos su nacimiento.
En el designio amoroso de Dios El la había escogido desde toda la eternidad para ser su Madre y la hizo Inmaculada y Purísima desde el primer instante de su Concepción. Pudo y quiso Dios hacerlo porque ¿cómo no la iba a hacer llena de toda gracia si en sus entrañas iba a encarnarse el Hijo de Dios para hacerse hombre y ser Dios con nosotros?
María es ese primer sagrario de Dios porque a Dios mismo llevó en su seno; no podía menos que llamarla ‘la llena de gracia’ el ángel que venía a traerle la Buena Nueva, el anuncio divino de que había sido escogida para ser la madre de Dios. Con razón le decía el ángel que el Señor estaba con ella cuando el hijo que de ella iba a nacer sería para nosotros Emmanuel, Dios con nosotros, y que llevando el nombre de Jesús venia a expresar cómo Dios nos salva y a nosotros también nos llena de gracia.
Si contemplamos la grandeza de María y consideramos lo suficiente lo que era el designio de Dios es lógico y normal que ahora en su nacimiento toda la humanidad cante a María, porque con su nacimiento estamos viendo como en un amanecer llegar para nosotros los resplandores del Sol que viene de lo alto y nos trae la salvación. ‘Han comenzado a soplar los vientos que anuncian la salvación’ que dice la liturgia bizantina de esta fiesta del nacimiento de María.
Ella como en primicia está siendo participe de los frutos de la redención porque cuanto en virtud de los méritos de Cristo fue preservada de todo pecado desde el primer instante de su Concepción. Pero en ella vemos también una primicia de la salvación, porque ella es una de los nuestros por así decirlo y con ella estamos viendo cómo toda la humanidad va a alcanzar esa gracia y esa salvación.
Festejamos, celebramos y felicitamos a María en su nacimiento. ¿No recordamos cada año la fecha del nacimiento de aquellos seres a los que apreciamos y los felicitamos en su día deseándole toda clase de parabienes? Así queremos felicitar hoy a María. Pero es que cuando festejamos y celebramos su nacimiento somos nosotros los que tenemos que felicitarnos por el regalo tan maravilloso que nos hizo Dios al darnos a María.
Y festejarnos y alegrarnos con María es querer gozarnos con sus alegrías, es cultivar en nosotros sus mismas esperanzas manteniendo viva nuestra fe a la manera como fue la fe de María, es queremos llenarnos e inundarnos de su mismo amor porque es lo que en María vemos de manera especial resplandecer y en lo que nosotros, copiando a María, hemos de resplandecer también en nuestra vida. Es la mejor felicitación que podemos ofrecer a María en el día de su nacimiento. Es en lo que ha de gozarse la Iglesia toda cuando siente esa protección maternal de María y hoy quiere celebrarla con inmensa alegría.

Celebramos, pues, con la liturgia y con inmensa alegría el nacimiento de María, la Virgen, de ella salió el Sol de justicia, Cristo, nuestro Dios. Con razón la llamamos Madre, Reina y Señora de la Luz, porque es la Madre de Jesús, por citar algunas de las adovaciones de la fiesta de este día. Con María desbordamos de gozo en el Señor.

martes, 7 de septiembre de 2010

Celebramos con gozo el nacimiento de María


Miq. 5, 2-5;
Sal. 12;
Mt. 1, 1-16.18-32

Múltiples expresiones de júbilo y alegría nos recoge la liturgia en los diferentes textos, antífonas, ya sea en la Eucaristía, ya sea en la Liturgia de las Horas, en esta fiesta de la Natividad de María.
Muchas fiestas en honor de María se celebran en nuestros pueblos en diferentes advocaciones que manifiestan la piedad popular y la devoción llena de amor de los hijos para con su madre en el día de su nacimiento. Son los hijos que celebran, llenos de fervor y amor, el cumpleaños de la madre. ¿No lo hacemos así con esa madre que nos dio el ser? ¿Cómo no lo vamos a hacer con María?
Celebramos, pues, con gozo el nacimiento de María, aurora y esperanza de salvación, pues de ella salió el sol de justicia, Cristo, nuestro Dios. ‘Hoy nace una clara estrella, tan divina y celestial, que, con ser estrella, es tal que el mismo Sol nace de ella’, como se canta en un himno litúrgico, aunque las otras expresiones que hemos ido diciendo se recogen también en la liturgia como ya dijimos.
El nacimiento de María anunció la alegría a todo el mundo; es el principio de la salvación, porque de ella nace Cristo que, borrando la maldición, nos trajo la bendición, triunfando de la muerte, nos dio la vida eterna. La maldición cayó sobre el hombre con el pecado allá en el paraíso terrenal, pero se nos anunció una bendición, porque la estirpe de la mujer vencería sobre la muerte y nos llegaría la vida. María nos da a Jesús, el vencedor sobre la muerte que nos da la vida eterna.
Es María, la primera morada de Dios entre los hombres, el primer templo de Dios porque en ella por obra del Espíritu habría de encarnarse el Hijo de Dios, en su seno, como en el más hermoso templo, María lo portaría para hacernos llegar al Emmanuel, al Dios con nosotros. María sí recibió la luz, María sí recibió la vida. En María no habrá tinieblas porque nunca la sombras del mal entenebrecerían su vida porque fue incluso preservada del pecado original desde el primer instante de su concepción en virtud de los méritos de su Hijo Jesús.
Dios miró su humildad y por el anuncio del ángel concibió al Redentor del mundo. María, pequeña, la última, la esclava del Señor como a sí misma quiso llamarse, sin embargo se deja conducir por Dios, se deja conducir por el Espíritu Santo y por ella nos llegó la salvación. Por algo con la liturgia la llamamos aurora y esperanza de salvación.
En esta fiesta del nacimiento de María nos sentimos tentados de no cansarnos nunca de decir cosas hermosas de María. Así la ha cantado siempre la Iglesia, así los santos Padres cantaban las alabanzas de María. Es el fervor y el amor de los hijos que tan maravillosamente se sienten amados por tal madre. Todos tenemos experiencias en nuestro corazón que nos recuerdan ese amor de Madre de María, esa protección maternal que de tantas formas se ha manifestado en nosotros. Como hijos enamorados de la madre no queremos sino decirle piropos, cantarle cantos de amor y de alabanza, y repetirle una y otra vez cuánto la queremos , como lo hacemos también sin cansarnos a nuestra madre de la tierra.
Pero ya sabemos que la mejor alabanza que podemos hacer a la madre es ser dignos hijos de tal madre. Y lo expresamos queriendo parecernos a ella, hacer cuánto ella nos enseña, queriendo copiar en nosotros sus virtudes, su humildad, su amor, en una palabra su santidad.
La vemos hoy pura y resplandeciente de luz – así la llamamos también en este día, Madre de la Luz -; la contemplamos llena de la vida de Dios y con la pureza y la santidad de una vida sin pecado. Que brille en nosotros esa luz, que apartemos igualmente de nosotros el pecado, que vivamos como ella con espíritu humilde, que sepamos como ella abrir nuestro corazón a Dios y a su Palabra y que nos llenemos de su amor, que resplandezca la santidad en nuestra vida.

martes, 8 de septiembre de 2009

El nacimiento de María es la aurora que anuncia el día




Miqueas, 8, 2-5
Sal. 12
Mt. 1, 1-16.18-23




Los textos bíblicos que nos ofrece hoy la liturgia hacen más bien referencia al nacimiento de Jesús aun cuando estemos celebrando el nacimiento de María. Creo que podemos comprenderlo fácilmente porque en primer lugar celebrar el misterio de María no podemos hacer sin referencia a Jesús su Hijo. Y por otra parte nada hay en la Biblia que directamente nos cuente el nacimiento de María. Y es que además nunca podemos quedarnos en María sino que siempre ella nos llevará a que nos centremos en Jesús.
Nos llenamos de gozo en esta fiesta del nacimiento de María que es como un anticipo o como un ensayo general para lo que será la alegría del Nacimiento de Jesús. Hay un Himno en la Liturgia de las Horas, tomado probablemente del tesoro inagotable y riquísimo de nuestros poetas místicos de la Edad de Oro del Misticismo, que así precisamente la canta como una invitación a los ángeles a la alegría y a la fiesta en el nacimiento de María como un ensayo para los cantos y las aclamaciones de los coros celestiales en el nacimiento de Jesús.



‘Canten hoy, pues nacéis vos,


los ángeles, gran Señora,


y ensáyense desde ahora,


para cuando nazca Dios.


Canten hoy, pues a ver vienen


nacida su Reina bella,


que el fruto que esperan de ella


es por quien la gracia tienen.


Digan, Señora, de voz,


que habéis de ser su Señora,


y ensáyense, desde ahora,


para cuando nazca Dios’.



El nacimiento de María es la aurora que anuncia el día. María es la Madre de la luz, con una de las hermosas advocaciones con las que el pueblo cristiano la celebra en muchos lugares en este día, porque es la Madre de Cristo, la verdadera luz del mundo. La luz que brilla y resplandece en la santidad de María es el reflejo de la santidad de Dios, de la que ella bien supo llenarse. Porque ella es la llena de gracia, la que está inundada de Dios, ‘el Señor está contigo’, le dice el ángel de la anunciación.
Pero es que Dios la había llamado y escogido de manera especial para ser su Madre. La había adornado de toda gracia. En el conocimiento de Dios, para quien no hay tiempo, El sabía del sí de María al proyecto de Dios, que no sólo era para su vida, sino para la salvación de la humanidad. Por eso la hizo toda pura, toda santa desde el primer instante de su concepción. Porque si hoy nos alegramos y hacemos fiesta en el nacimiento de María, hace nueves meses exactamente, el 8 de diciembre, la proclamábamos Inmaculada, sin pecado, purísima desde el primer instante de su concepción.
Nos alegramos y cantamos las alabanzas de María en su fiesta. La felicitamos en su cumpleaños, podemos decir con toda razón. ¿No nos felicitamos unos a otros en nuestros cumpleaños, en la coincidencia con el día de nuestro nacimiento? ¡Cómo no hacerlo y hacerlo de manera especial con la Madre, la Madre de Dios pero también nuestra Madre!
Pero ya sabemos cuál es la mejor alabanza y felicitación que podemos hacer a nuestra madre. No son regalos de flores o de joyas lo que ella quiere de nosotros. Esos regalos tendríamos que hacérselos a ella en nuestros hermanos, sus hijos, más pobres. El mejor regalo que podemos hacerle es copiar de ella en nuestra vida sus virtudes y su santidad.
Que aprendamos de María a decir Sí al proyecto de Dios para nuestra vida. Y el proyecto de Dios es un proyecto de salvación. Llenándonos y viviendo su salvación es como estaremos diciendo sí a ese proyecto divino para nosotros. Ese sí pasa por una vida santa, una vida sin pecado, una vida llena de gracia, como la de María. A su lado nos sentimos pequeños y pobres con nuestra vida tan llena de pecado.
Lo que agradaría a María es nuestro propósito y nuestro compromiso de mejorar y cambiar nuestra vida. Ser cada día más santos. si tan prontos somos desgraciadamente para caer en las redes de la tentación y del maligno que nos lleva al pecado, que prontos seamos para levantarnos de nuestro pecado. Sabemos que la Madre está siempre rogando por nosotros que somos pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte como le decimos en el Avemaría, y que con su ayuda seamos dignos de alcanzar las promesas de nuestro Señor Jesucristo.

sábado, 11 de octubre de 2008

Tus pensamientos y tus deseos son vida para mí

Gál. 3, 22-29
Sal. 104
Lc. 11, 27-28

‘¡Dichoso el vientre que te llevó los pechos que te criaron!’ Fue la exclamación entusiasta de una mujer anónima en medio del gentío al escuchar a Jesús y ver sus obras. La voz popular suele tener esas expresiones espontáneas cuando ve algo en alguien que le entusiasma. Pero fue una alabanza a María, la Madre de Jesús.
Ella proféticamente ya lo había cantado en su visita a su prima Isabel. ‘Dichosa me llamarán todas las generaciones’ cuando reconocía las maravillas que el Señor había hecho en su pequeñez y humildad. Y allí estaba ese primer grito espontáneo, aunque ya antes María había recibido algunas felicitaciones.
Dichosa la había llamado también el ángel de la Anunciación en Nazaret. ‘Alégrate, la llena de gracia’, alégrate, llénate de alegría, sé dichosa porque estás llena de la gracia del Señor. Dichosa porque Dios está contigo. Dichosa porque Dios ha puesto en ti sus ojos. Dichosa porque el Hijo que va a nacer de ti, ‘será grande, será el Hijo del Altísimo’.
También la había llamado dichosa su prima cuando la recibió en su casa. Dichosa se sentía ella y dichosa la llamaba porque era la Madre de su Señor. ‘¡Dichosa tú que has creído! Porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá’. Dichosa por tu fe, porque dijiste sí y se van a realizar cosas grandes en ti.
Pero ahora será su propio Hijo Jesús el que la va a llamar dichosa. ‘¡Dichosa porque escucha la Palabra de Dios y la cumple!’ Dichosa porque plantó la Palabra de Dios en su corazón. Allí estaba en sus entrañas se plantó la Palabra de Dios, el Verbo de Dios, para hacerse carne. Dichosa María, porque no sólo en aquel momento ella supo acoger la Palabra de Dios en su vida, sino que era una constante de su existir. Ella rumiaba en su corazón todo lo que el Señor le había ido manifestando. Por eso ella es dichosa también.
Pero estas palabras de Jesús que perfectamente fueron dichas por su madre, fueron dichas también por todos aquellos que acogen la Palabra de Dios en su vida y la llevan a la práctica. ‘Mejor, diría Jesús como réplica a la mujer anónima y espontánea, ¡dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen!’. Esa dicha, esa bienaventuranza de Jesús es para todos lo que la escuchan.
Cuando un día vinieron a decirle que allí estaban su madre y sus hermanos, Jesús se pregunta ‘¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica’. Lo hemos reflexionado muchas veces. Somos la familia de Jesús porque acogemos en nuestro corazón su Palabra. Como María. También cuando decimos sí a la Palabra, estamos siendo llamados dichosos. Dichosos también nosotros por nuestra fe. Dichosos porque también Dios ha vuelto su rostro sobre nosotros y nos ha llenado de su gracia.
Por el bautismo nosotros nos hemos unido a Cristo. Nos hemos hecho una sola cosa con Cristo, porque nos hemos llenado de su vida para en El ser también hijos de Dios. Nos lo ha dicho hoy también san Pablo. ‘Porque todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. Los que os habéis incorporado a Cristo por el Bautismo, os habéis revestido de Cristo’. Revestidos de Cristo, llenos de la vida de Cristo, para ser otros Cristos. Por eso nos continuará diciendo ‘ya no hay distinción entre judíos y gentiles, esclavos y libres, hombres y mujeres, porque todos sois uno en Cristo Jesús’. Unidos a Jesús en su propia vida. Plantando así en nosotros su Palabra de vida para dar fruto. Acogiendo así su Palabra y haciéndola vida de nuestra vida.
¿Qué es lo que se dicen dos enamorados? Tus pensamientos y deseos son órdenes para mí. Nosotros queremos darle también nuestro sí y nuestro amor al Señor. Sus pensamientos, sus deseos, su voluntad son para nosotros órdenes, mandatos que vamos a cumplir en nuestra vida. No a regañadientes, sino brotando de la voluntad y el querer libre de nuestro amor. Queremos que su Palabra sea nuestra vida, nuestro norte, nuestra razón de ser.
Gocémonos en esa dicha de la fe, de ser cristiano, de vivir la vida de Cristo, de estar así revestidos de Cristo. A eso nos lleva la Palabra de Dios escuchada y plantada en nuestro corazón.

lunes, 8 de septiembre de 2008

Te felicitamos, María, es tu cumpleaños

Cuando celebramos el cumpleaños de alguien lo felicitamos y le deseamos los mejores parabienes. Nos alegramos con la alegría de su celebración y participamos con alegría de su fiesta ofreciéndole los obsequios de nuestro amor y amistad que se traduce muchas veces en los regalos que le hacemos.
Hoy es el cumpleaños de María. Es la fiesta de la Natividad, la Virgen Madre de Dios y madre nuestra. También queremos felicitarla con nuestro más sincero amor y ofrecerle el ramos de rosas de nuestro corazón. Hoy es una fiesta muy importante de María, en la que queremos participar con mucha alegría. Una fiesta que en la devoción popular de nuestros pueblos se traduce en numerosas advocaciones en torno al misterio de María. Virgen de la Luz, Virgen del Socorro, Virgen de los Remedios, Virgen de Abona, Virgen del Pino... por mencionar algunas de las que se celebran en esta tierra canaria en sus diferentes pueblos e islas.
La liturgia toda de este día es un canto de felicitación, de alabanza y de alegría en el Nacimiento de María. Cuando digo la liturgia no me refiero sólo a la celebración de la Eucaristía, sino también a la Liturgia de las Horas a través de los diferentes momentos del día. Recogemos algunas de las expresiones que aparecen en la liturgia y que pueden ayudarnos a vivir el sentido de esta fiesta.
‘Tu nacimiento, Virgen Madre de Dios, anuncia la alegría a todo el mundo. De ti nació el sol de justicia, Cristo, nuestro Dios, que borrando la maldición nos trajo la bendición, y triunfando de la muerte nos dio la vida eterna’, que decimos en la antífona del Benedictus en Laúdes. Así nos habla también de ‘las primicias de la salvación’ que hemos recibido por el nacimiento de María en la oración litúrgica de esta fiesta. Por eso, ‘celebramos con alegría el nacimiento de María, la Virgen: porque de ella nació el Sol de justicia, Cristo el Señor’.
Y si nos habla del nacimiento del ‘sol de justicia, Cristo, el Señor’, el nacimiento de María se convierte para nosotros en la aurora. Ese resplandor que anuncia el día, que anuncia el nacimiento del sol. María es esa Aurora de la salvación porque de ella va a nacer Jesús. Así lo expresamos en la oración después de la comunión en la Misa. ‘Nacimiento de la Virgen María que fue para todo el mundo esperanza y aurora de la salvación’.
Por eso la liturgia nos habla de gozo y alegría a todo momento, gozo y alegría que podemos decir que es también el gozo y la alegría de Dios en el nacimiento de María. Dios la había escogido, la había predestinado para ser su madre, y por eso derramó sobre ella toda gracia y toda bendición. La preservó de todo pecado desde el primer instante de su Concepción en previsión de los méritos de su Hijo. Así lo celebramos hace nueve meses cuando celebrábamos su Concepción y la llamábamos Inmaculada, Purísima. Y Dios se gozó en María, en su belleza y en su santidad. ‘Hoy es el nacimiento de Santa María Virgen, que nos dice una de las antífonas de su fiesta, en cuya bella y humildad Dios se ha complacido’.
Nos felicitamos con María y felicitamos a María en la fiesta de su nacimiento. Cantamos a María y con ella queremos cantar a Dios la mejor de las alabanzas. Le ofrecemos el mejor regalo de nuestro amor que es querer copiar en nosotros su propia santidad. Por eso, con algunas de las advocaciones con que en este día la festejamos, queremos sentirla como Madre que remedia nuestros males, y la llamamos Virgen de los Remedios. Es la madre intercesora a quien acudimos y que sabemos que nos protege. Es la madre a la que confiamos todas las cuitas y deseos de nuestro corazón.
Virgen de la Luz también la llamamos, porque es la aurora que nos anuncia la Luz del Sol, Cristo el Señor, que viene a iluminar nuestras vidas. Queremos llenarnos de su luz. Queremos seguir el rastro de luz que se desprende de María, porque sabemos que si lo seguimos vamos a encontrar la Luz verdadera, Cristo el Señor.