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domingo, 1 de noviembre de 2026

No en cosas extraordinarias sino en lo que son las pequeñas cosas de cada día, poniendo en ello todo nuestro corazón, alcanzaremos la felicidad y santidad a la que somos llamados

 


No en cosas extraordinarias sino en lo que son las pequeñas cosas de cada día, poniendo en ello todo nuestro corazón, alcanzaremos la felicidad y santidad a la que somos llamados

 Apocalipsis 7, 2-4. 9-14; Salmo 23; 1Juan 3, 1-3; Mateo 5, 1-12a

Felicidad, santidad, plenitud, satisfacción, gozo interior, rectitud… ¿serán palabras que pueden estar interrelacionadas unas con otras y que nos puedan conducir a un pensamiento que exprese nuestros mejores deseos y que de alguna manera sintiéramos como sinónimos? Claro que no todos ponemos la felicidad en lo mismo y cada uno pueda sentirse feliz por su cuenta y a su manera, no son las mismas cosas las que nos dan esa satisfacción y gozo interior, ni quizás tenemos las mismas metas ideales de la vida… pero creo que aun con nuestras dudas en nuestros planteamientos podrían hacernos pensar para sincerarnos con nosotros mismos y ver qué es lo que realmente buscamos y si es lo que merece la pena. No quiero poner dudas ni sembrar incertidumbres, pero de los pasos por la oscuridad algunas veces llegamos a entender mejor lo que es la luz.

Planteo como estas contraposiciones cuando quiero comentar lo que en este día del primero de noviembre estamos celebrando; es la festividad o solemnidad de Todos los Santos. Y aquí hay otro concepto que algunas veces se nos puede convertir en un equívoco porque muchas veces cuando pensamos en los Santos y en esta celebración en concreto quizás estamos pensando en seres extraordinarios que hicieron cosas grandiosas y extraordinarias en la vida, con milagros extraordinarios o con martirios como forma de alcanzar esa santidad, con lo que estaríamos alejándonos excesivamente de esta nuestra vida que consideramos tan sencilla y ramplona; parecería entonces que eso de la santidad no es para nosotros que somos tan ordinarios y no podemos o nos cuesta alcanzar lo extraordinario.

Y no es eso lo que nos quiere proponer Jesús en el evangelio. Fijémonos, por ejemplo, que el Apocalipsis nos habla de multitudes innumerables y cuando se pregunta quienes son y de donde han venido se habla de los que han venido de la gran tribulación y han lavado sus manos en la Sangre del Cordero. No habla de hechos extraordinarios sino de haber cruzado la vida pero al tiempo se habla del regalo que en ellos ha realizado la Sangre del Cordero que es quien los ha purificado para brillar con la santidad de Dios.

Y Jesús en el evangelio emplea la imagen de la felicidad; ser dichoso o ser bienaventurado que es la expresión que se uso es eso lo que viene a significar, ser feliz. ¿Y nos dice Jesús que para ser felices, dichosos, bienaventurados es necesario hacer cosas extraordinarias? Sencillamente nos está expresando Jesús esas cosas sencillas y ordinarias que vamos viviendo en la tribulación de la vida, por recoger las palabras del Apocalipsis. Simplemente habla de los pobres y de los que actúan con mansedumbre en sus vidas, de los que lloran porque en sí mismo sienten sufrimientos o de los que saben llorar con los demás, de los que buscan el bien y luchan por conseguirlo, de los que con su mansedumbre se convierten en instrumentos de paz porque siempre van tendiendo por delante los lazos del amor, los que viven con rectitud su vida de cada día, alejando se sí la doblez y la vanidad, las intenciones torcidas y la dureza del corazón, los que en esas tribulaciones de la vida entienden las incomprensiones y no reaccionan con maldad ni violencia a la oposición que puedan encontrar en los demás.

No son cosas extraordinarias sino eso que cada día vivimos, eso con lo que cada día nos encontramos, eso que con las pequeñas cosas de cada día pero a las que le damos importancia y queremos vivirlas con toda la intensidad de nuestro ser, poniendo en ellas todo nuestro corazón. Y nos dice Jesús que seremos felices, que seremos bienaventurados. Y ese es el camino de la santidad que tenemos que vivir, porque ese es el camino donde estamos haciendo visible ese Reino de Dios del que nos habla Jesús.

No siempre lo lograremos con toda perfección pero vamos dando paso a paso cada día. Esos santos que celebramos y admiramos, que incluso la Iglesia ha reconocido su santidad, también tenían sus días oscuros, también pasaron por turbaciones de su espíritu, también sentían que la debilidad pesaba sobre sus vidas, pero quisieron hacer el camino, se dejaron lavar por la sangre del Cordero, tenían muy presente en sus vida que estaban llenos del amor de Dios que les había hecho hijos en el Hijo de Dios.

Es de lo que nos ha hablado san Juan en la carta que hemos escuchado hoy en la segunda lectura que nos trasmite esa gran noticia, ese evangelio para nosotros, que somos en verdad hijos de Dios; así nos ha llamado Dios y así nos ha amado Dios. Y ahora a nosotros nos queda el sentirnos así amados y así hijos de Dios queriendo en verdad descubrir todo lo que eso significa. ‘Cuando se nos manifieste, nos dice, seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es’. Y termina diciéndonos, esa es nuestra esperanza y en esa esperanza nos sentimos purificados. Recordamos una vez más la sangre del Cordero en que hemos lavado nuestra vida. Viene en consecuencia que quienes tenemos esa esperanza y nuestra vida no puede ser igual, así tiene que resplandecer la santidad de nuestra vida, no por obras extraordinarias, como decíamos, sino en esas cosas de cada día.

Es lo que hoy contemplamos y celebramos en la Solemnidad de Todos los Santos y es a lo que todos nos sentimos llamados y comprometidos.


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