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viernes, 1 de noviembre de 2019

Celebramos hoy a todos aquellos que han combatido el buen combate, han concluido su carrera, han guardado la fe y han recibido la corona de salvación



Celebramos hoy a todos aquellos que han combatido el buen combate, han concluido su carrera, han guardado la fe y han recibido la corona de salvación

Apocalipsis 7, 2-4. 9-14; Sal 23; 1Juan 3, 1-3; Mateo 5, 1-12a
Comenzamos por aclarar que la fiesta que celebramos hoy, primero de noviembre, día de Todos los Santos, en su auténtico sentido poco o nada tiene que ver con lo que en la tradición o piedad popular hemos convertido este día. Por ser la víspera de la conmemoración de los difuntos, y por aquello del dos de noviembre es un día laborable que hace más difícil la piadosa visita a los cementerios para recordar y orar por nuestros difuntos, se ha convertido casi este primero de noviembre en el Día de difuntos. Ambas celebraciones es cierto las vivimos desde la esperanza cristiana, pero tienen un significado bien distinto.
En el calendario litúrgico a través del año vamos celebrando aquellos a los que la Iglesia ha reconocido su santidad; santos canonizados los llamados, porque están inscritos en el canon o lista, que puede ser su significado, que recoge ese reconocimiento de la Iglesia a través de los siglos. Imposible en los 365 día del año recogerlos todos, porque ni siquiera todos son conocidos por los cristianos de toda la Iglesia.
Así ya casi desde los primeros siglos, sobre todo en Roma después de aquel largo periodo de persecuciones, se quiso celebrar esta solemnidad recogiendo en ella a todos los que ‘han combatido el buen combate, han concluido su carrera, han guardo la fe, han recibido la corona de salvación’. El Panteón romano que construido por Herodes estaba dedicado a todos los dioses romanos – eso significa la palabra pan-theon (todos los dioses) – en épocas de cristiandad en el siglo VII fue dedicado como Basílica de Santa María y todos los santos y mártires de manera especial los que habían sufrido aquellas persecuciones de mano del imperio romano.
He querido detenerme un poco en estos datos de la historia como referencia a esta fiesta de Todos los Santos que hoy celebramos. Queremos celebrar y cantar la alabanza del Señor uniéndonos a todos los santos que en el cielo alaban y bendicen a Dios por toda la eternidad. Hoy nos ha hablado el libro del Apocalipsis de una muchedumbre inmensa que nadie podría contar, ‘los que vienen de la gran tribulación, los marcados en la frente como los siervos del Señor, los que han lavado y blanqueado sus mantos en la sangre del Cordero’.
Estas palabras no son solo una referencia a los mártires, sino a todos los que en la vida fueron fieles, en medio de las tribulaciones de la vida, en medio de las luchas, derrotas y victorias de las caídas pero también de haberse levantado con la gracia del Señor para seguir esos caminos de fidelidad; los que combatieron el buen combate porque el Reino de Dios fue su meta y su ideal y hoy merecen dichosos en la felicidad eterna; los que aunque en la vida se vieran muchas veces envueltos en oscuridades quisieron seguir caminando apoyados en el bastón de la fe pero hoy pueden contemplar en el cielo cara a cara a quien es la Luz y la Vida, contemplar el rostro de Dios.
Dichosos son porque eligieron un camino y unos pasos que pudieran parecer una paradoja para los ojos de este mundo. Las bienaventuranzas de Jesús, que escuchamos en el evangelio son, es cierto, una paradoja para los ojos de este mundo.
Elegir ser pobre y no rico en este mundo con lo que significaría de poder y de sentirse realizado, como se dice hoy, porque he alcanzado puestos que me hacen estar por encima de los demás; elegir los caminos de la justicia antes que ninguna otra cosa que pudiera engrandecerme a mi, que bien sabemos como no se andan con chiquitas los que tienen esas posibilidades en la vida; elegir caminos de mansedumbre y de humildad, caminos de misericordia y caminos de paz, frente a tantos sufrimientos que atenazan el corazón de los hombres, frente a tantas violencias que nos llevan a enfrentarnos los unos a los otros porque todos queremos ganar y decir que tenemos la razón.
No son caminos fáciles; son paradojas que no todos entenderán, cuando solo buscamos ganancias y reconocimientos en este mundo; caminos incomprendidos para muchos que incluso por eso trataran de desprestigiarnos porque no sabemos aprovecharnos como tantos. ‘Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo’ terminará diciéndonos Jesús en el evangelio.
Es la multitud de los santos que nos han precedido y con quienes nos alegramos y por los que nos sentimos estimulados para seguir nosotros también ese camino. Esa gloria de Dios que en ellos contemplamos primero, pero luego ese estímulo y ese ejemplo que para nosotros son en medio de las tribulaciones de la vida. Ellos se sintieron fuertes en la gracia de la Sangre del Cordero en quien se sintieron purificados y fortalecidos. De ellos tenemos la certeza de que gozan ya para siempre de la visión de Dios.
Nosotros hoy, cuando celebramos su fiesta, así nos sentimos también estimulados sabiendo que no nos faltará la fuerza de la gracia del Señor para vivir ese mismo camino y que un día podamos participar de esa gloria del Señor, de esa visión de Dios contemplándole también cara a cara, y con todos los ángeles y con todos los santos cantar para siempre el himno de alabanza.


martes, 1 de noviembre de 2016

Celebramos hoy a todos aquellos que viniendo de la gran tribulación fortalecidos en la sangre del Cordero supieron ser fieles y hoy cantan en el cielo la eterna alabanza del Señor

Celebramos hoy a todos aquellos que viniendo de la gran tribulación fortalecidos en la sangre del Cordero supieron ser fieles y hoy cantan en el cielo la eterna alabanza del Señor

Apocalipsis 7, 2-4. 9-14; Sal 23; 1 Juan 3, 1-3; Mateo 5, 1-12a
Hace unos días escuchábamos a uno que se acercaba a Jesús para preguntarle si era muchos o pocos los que se salvaban. Jesús le habla del camino estrecho que hay que seguir y es como de alguna manera recordar todo lo que había hablado a lo largo del Evangelio del Reino de Dios que anunciaba y que se constituía con El.
Me vino a la memoria este texto y esta pregunta que le hacen a Jesús cuando hoy estamos celebrando la fiesta de Todos los Santos y hemos contemplado las descripciones que nos hace el libro del Apocalipsis. ‘Oí también el número de los marcados, ciento cuarenta y cuatro mil, de todas las tribus de Israel. Después de esto apareció en la visión una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua, de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos’.
Pero siguen las preguntas y la pregunta se escucha en el mismo Apocalipsis. ‘Ésos que están vestidos con vestiduras blancas ¿quiénes son y de dónde han venido?... Estos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero’.
Los que vienen de la gran tribulación. No es solo una referencia a los mártires, aunque era algo que estaba muy presente en el momento de redactar el Apocalipsis en medio de las múltiples persecuciones que ya sufrían los que creían en Jesús, sino que está refiriéndose, es cierto, a todos los que caminando por este mundo, muchas veces tan complejo, han sabido dar testimonio de su fe, han querido vivir con toda radicalidad el mensaje de Jesús, el mensaje de las Bienaventuranzas.
Camino estrecho, recordábamos antes, del que Jesús les había hablado a sus discípulos en la respuesta que hacia a aquella pregunta. Camino de cruz y de negarse a si mismo, como nos dirá en otras ocasiones. Camino que es camino de amor y cuando hay amor de verdad en nuestros corazones sabremos ponernos siempre a la altura del que sufre, del que lucha, del que quizá pasa necesidad en las múltiples carencias que le da la vida, o del que sabe hacerse pobre porque en solidaridad sabe compartirlo todo con los demás.
Es el camino de los que mantienen su corazón alejado de toda malicia y de toda pasión; es el camino de los que saben mantener la paz en su corazón en medio de un mundo de violencias y con sus gestos, con sus palabras, con las pequeñas cosas que hacen cada día se convierten en verdaderos constructores de la paz; es el camino de los que saben hacerse misericordia porque han sabido poner junto a su corazón a los hermanos que sufren para ofrecer un consuelo, una palabra de aliento, un gesto de verdadera solidaridad, un compartir con los demás lo que son y lo que tienen, aunque tengan que despojarse de si mismos.
Es el camino que muchas veces se hace difícil porque dar testimonio de una fe y de unos valores lo convierte a uno en signo de contradicción con el mundo le rodea, y los signos de contradicción no son aceptados sino más bien rechazados porque se convierten en un testimonio muy fuerte que se enfrenta con lo que viven los que simplemente se dejan llevar por la vida. Así se convertirá en un camino quizá de persecución, pero al que no tememos porque quien va delante de nosotros ha dado testimonio de su amor, de un amor supremo que le ha llevado hasta la cruz.
Esos son los que vienen de la gran tribulación y hoy contemplamos como una multitud incontable en el Reino de los cielos cantando las alabanzas del Señor. Es lo que hoy celebramos, a aquellos que nos han precedido en el camino de la vida dando verdadero testimonio de su fe y de su amor, de su vivencia del evangelio y de seguir el camino de Jesús. Es lo que hoy celebramos, y tendríamos que celebrar también a tantos que en medio nuestro, aunque quizá muchas veces nuestros ojos se cieguen y no sepamos reconocerlos, ahí están también dando ese testimonio, ahí están en medio de la gran tribulación esforzándose cada día por vivir con mayor intensidad lo que es el Reino de Dios y construyendo así un mundo nuevo. 
Son para nosotros testimonio y estimulo, sintiéndonos así impulsados a seguir su ejemplo y a construir cada día ese Reino de Dios; son para nosotros también intercesores que nos alcanzan del Señor esa gracia que necesitamos. A ellos acudimos para que nos ayuden a sentir lo que es la misericordia del Señor en nuestras vidas. No sabemos ser siempre fieles y nuestra vida está llena de debilidades que nos hacen inconstantes en el seguir ese camino y que muchas veces también nos hacen tropezar con el pecado. Que ellos con su intercesión nos alcancen como se pide hoy en la oración liturgia el sentir sobre nosotros la misericordia y el perdón del Señor.

sábado, 28 de mayo de 2011

No es el siervo más que su amo


Hechos, 16, 1-10;

Sal. 99;

Jn. 15, 18-21

‘Recordad lo que os dije: no es el siervo más que su amo. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán’. Es duro lo que nos dice Jesús. Aun resuenan en nuestros oídos las palabras llenas de ternura que ayer escuchábamos cuando Jesús nos pedía amarnos los unos a los otros como un amor semejante al que Jesús nos tiene. Pero ahora nos dice que aún cuando nosotros pongamos todo el amor del mundo, sin embargo el mundo no nos va a comprender, sino más bien a rechazar. Quiere prepararnos Jesús trazándonos la cruda realidad de lo que vamos a encontrar.

Las tinieblas rechazan la luz; el que realiza las obras de las tinieblas no quiere verse iluminado por la luz, sino que prefiere la oscuridad. El que sostiene como norma de su vida la prepotencia y el orgullo rechazará lo que suene a humildad y a servicio. El que tiene un sentido de vida distinto no podrá soportar que nosotros podamos proponer un mundo basado en el amor, en el servicio y en el bien. Al avaro le molesta la presencia del que es desprendido y generoso. El violento se sentirá incómodo ante el que busca la paz. El injusto querrá acallar de la forma que sea al que obra la justicia.

De una u otra forma aparece en el evangelio esa lucha de las tinieblas contra la luz. Ya al principio del evangelio nos lo decía Juan: ‘la luz brilla en la tiniebla y la tiniebla no la recibió… vino a los suyos y los suyos no lo recibieron…’ Y es el rechazo contínuo que veremos a Jesús a lo largo del evangelio por parte de los principales del pueblo, sumos sacerdotes, letrados, fariseos, saduceos. Le llevarían a la cruz queriendo apagar esa luz de salvación. Y aún veremos como a los apóstoles les quieren prohibir el enseñar en el nombre de Jesús.

Y hoy Jesús nos dirá: ‘Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros… no sois del mundo… por eso el mundo os odia…’ Bien conocemos la historia de las persecuciones que han sufrido los cristianos a lo largo de los tiempos. El innumerable ejército de los mártires glorifica al Señor.

Recordamos aquella multitud innumerable de los vestidos de blanco y con palmas en sus manos de quienes nos habla el libro de la Apocalipsis. ‘¿Quiénes son y de dónde han venido? Esos son los que vienen de la gran tribulación, los que han lavado y purificado sus túnicas en la sangre del Cordero’.

No siempre el mundo nos va a entender. No siempre se va a entender la obra de la Iglesia. Bien sabemos cómo de una forma o de otra se la quiere desprestigiar. Se quiere ver ocultas intenciones en lo que hacen los cristianos y ante la más mínima debilidad que podamos tener enseguida se nos acusará con las más duras acusaciones porque sería una forma de desprestigiar, obscurecer lo bueno que haga la Iglesia. No se es capaz de ver cómo la Iglesia aunque compuesta por hombres con todas sus debilidades humanas, es algo divino porque quien guía y conduce a la Iglesia es el Espíritu del Señor. Como nos dice Jesús: ‘Todo eso lo harán con vosotros a causa de mi nombre, porque no conocen al que me envió’.

Cuando no se quieren abrir los ojos a la fe, fácilmente se pueden ver las cosas de manera turbia. Y todo eso nos duele y nos hace difícil nuestra tarea. Pero ya vemos por una parte cómo fue lo que hicieron con Jesús y por otra parte nosotros sentiremos siempre la asistencia, la fuerza y la gracia del Espíritu del Señor que estará siempre con nosotros.

Que no nos sintamos nunca debilitados en nuestra fe; que no se nos apague la esperanza; que sintamos siempre la fortaleza del Señor. Es la gran tribulación pero será el modo cómo nosotros nos unimos a la obra de Jesús y como ponemos nuestro sufrimiento junto al dolor y sufrimiento de la pasión de Jesús y todo eso se puede convertir en algo redentor. El Señor estará siempre con nosotros.

domingo, 25 de abril de 2010

El Cordero que está delante del Trono será su Pastor


Hechos, 13, 14.43-52;
Sal. 99;
Apoc. 7, 9.14-17;
Jn. 10, 27-30

‘Porque el Cordero que está delante del Trono será su Pastor y los conducirá hacia fuentes de aguas vivas. Dios enjugará las lágrimas de sus ojos…’ nos dice el libro del Apocalipsis.
Celebramos en este cuarto domingo de Pascua a Cristo Buen Pastor; Cristo es el Cordero inmolado que se ofrece y se inmola para quitar el pecado el mundo, pero al mismo tiempo es el Pastor que nos guía y nos conoce, nos alimenta y da su vida por nosotros, de lo que nos habla el Evangelio. Conducirá a su rebaño, como decía el Apocalipsis, ‘hacia las fuentes de aguas vivas’. Cuántas veces hemos rezado el salmo ‘el Señor es mi pastor, nada me puede faltar, en verdes praderas me hace recostar, me conduce hacia las fuentes tranquilas y repara mis fuerzas’.
Toda la liturgia de este domingo está impregnada de este sentido porque en las oraciones repetidamente nos habla del ‘rebaño adquirido por la sangre de Cristo’, y pedimos que podamos ‘tener parte en la admirable victoria de su pastor’. Por su parte los prefacios nos hablan de Cristo, ‘nuestra Pascua que ha sido inmolada y no cesa de ofrecerse por nosotros y de interceder por todos’, porque ‘inmolado ya no vuelve a morir, sacrificado, vive para siempre’.
‘Nosotros somos su pueblo y ovejas de su rebaño’
, decíamos en el salmo. Todo esto me hace hacerme la siguiente reflexión. Como miembros del pueblo de Dios sentimos también en nuestro interior y desde nuestra unión con Cristo la urgencia y la inquietud por la vida y el crecimiento de ese pueblo de Dios, porque a todos los hombres sea anunciado el nombre de Jesús. Tarea no siempre fácil, por nuestra debilidad y condición pecadora que no siempre hacemos atrayente para los demás nuestra forma imperfecta de vivir la salvación que Cristo nos ofrece, y porque no siempre encontramos un campo bien dispuesto que quiera aceptar la semilla del evangelio que nosotros queramos sembrar.
En la primera lectura, los Hechos de los Apóstoles, se nos narra la tarea evangelizadora que hacen Pablo y Bernabé en lo que llamamos el primer viaje apostólico y misionero de Pablo. Encontramos reacciones muy contrapuestas porque en lo que al principio podría parecer un éxito grande en tantos que escuchaban con agrado la predicación de Pablo y Bernabé, pronto se tornaba sombrío el ambiente cuando muchos dejándose arrastrar por la envidia se oponen con insultos y persecuciones a la predicación de los apóstoles; todo ello hará que se dirijan más a los gentiles que a los judíos y que luego tengan que marchar a otros sitios a proseguir su acción misionera porque allí no todos los aceptaban.
Es la tarea que, en medio de dificultades y también persecuciones de todo tipo, la Iglesia ha seguido realizando a través de los tiempos, y quiere seguir realizando hoy. Es toda la tarea misionera y pastoral que realiza la Iglesia. Como decíamos, no siempre es fácil. Porque nuestro mundo es como aquel tan diverso campo donde era sembrada la semilla en la parábola del sembrador que Jesús nos propone. Tierra endurecida por pisoteada, tierra llena de pedruscos o de abrojos y zarzales, y tierra buena aunque no siempre labrada con la misma intensidad en todas sus parcelas.
Se traduce en las dificultades diversas que se encuentran para hacer el anuncio de la Buena Nueva, porque a muchos no les interesa escuchar el mensaje, otros se encuentran bien – o eso les parece – como están y dicen no necesitar de esa novedad del evangelio para trasformar sus vidas, y en muchas ocasiones vamos a encontrar el rechazo y hasta la persecución que nos puede llegar bajo las más sutiles formas.
Pero el creyente en Jesús no se puede rendir ni echar para atrás por muy difícil que sea la tarea y aunque le lleguen incluso persecuciones. Estamos participando de la misión y de la obra de Jesús, y ya sabemos bien cómo El llega a subir al calvario y a la cruz. En el texto del Apocalipsis hoy encontramos más razones para la fortaleza y la esperanza, que es contemplar la gloria de Dios y a esa muchedumbre inmensa con vestiduras blancas y palmas en sus manos. ‘Son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero’ y por eso ahora participan ya de la gloria del Señor, del triunfo del Señor en el cielo. Recordemos cómo pedíamos en la oración que ‘el débil rebaño de los que seguimos a Jesús tengamos parte en la admirable victoria de su pastor’. No nos puede faltar la esperanza y la valentía para seguir haciendo el anuncio del mensaje cristiano.
Cuando estamos celebrando este domingo del Buen Pastor y reflexionando sobre esta tarea evangelizadora y pastoral de la Iglesia se nos invita a mirar a quienes de una manera especial realizan esta acción pastoral en la vida sacerdotal y/o en la consagración de la vida religiosa. En otras épocas este domingo del Buen Pastor era algo así como el día del párroco por esa labor de pastor que realiza en las comunidades parroquiales.
Hoy se convierte en una Jornada vocacional, una Jornada de especial oración por las vocaciones, vocación a la vida sacerdotal y a la vida religiosa o consagrada. ‘El testimonio suscita vocaciones’, es el lema que se nos propone este año y sobre el que gira el mensaje del Papa para esta Jornada.
Yo diría que es una llamada a nosotros, los sacerdotes y a todos los consagrados al Señor, para que demos ese buen olor de Cristo, ese testimonio claro para que muchos puedan sentir también la llamada del Señor en su corazón para vivir igualmente una vida de servicio a Dios y a la Iglesia en esa especial vocación sacerdotal o religiosa.
Tendría que ser también una llamada a todos los cristianos para que, valorando la vida de entrega de los sacerdotes y religiosos y religiosas, oren al Señor para que sintamos la fuerza divina de la gracia que nos haga fieles, ejemplares para los demás en el seguimiento del Señor y en la vivencia de nuestra vocación y nuestros específicos carismas, lleguemos a dar ese testimonio que suscite vocaciones.
Es una Jornada, pues, para orar intensamente al Dueño de la mies para que envíe operarios a su mies. La oración intensa del pueblo cristiano alcanzará esa gracia del Señor para la Iglesia. Que importante la oración de los enfermos, de los ancianos, de las personas que viven la cruz del dolor y del sufrimiento, de la soledad y del abandono, para hacer esa hermosa ofrenda al Señor uniéndose a la pasión y cruz de Cristo para pedir por las vocaciones. Un pueblo cristiano que ora por las vocaciones, porque valora y tiene en su justo valor ese ministerio en medio de la Iglesia, será un pueblo que se verá enriquecido con muchas llamadas del Señor en su seno.

jueves, 5 de marzo de 2009

Cuanto te invoqué, me escuchaste, Señor

Esther, 14, 11.3-5.12-14

Sal. Sal. 137

Mt. 7, 7-12

Jesús nos inspira confianza, nos da seguridad y nos hace sentir la fortaleza de la gracia del Señor cuando nos enseña a orar. Es lo que contemplamos hoy en las palabras de Jesús en el Evangelio pero es lo que nos manifiesta El mismo con su vida y su presencia en medio de nosotros. ¿Qué padre le da a un hijo una piedra cuando le pide pan? ‘Pues si vosotros que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre del cielo dará cosas buenas a los que le piden?’ Nuestro Padre del cielo nos dará cosas buenas cuando acudimos a El.

Hoy nos ha dicho: ‘Pedid y se os dará; buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre’. Son claras las palabras de Jesús. Esa es nuestra confianza y nuestra seguridad.

Pero quizá podemos preguntarnos, ¿cómo es ese actuar de Dios, esa respuesta a nuestra súplica y oración?

Creo que la oración de la reina Esther nos enseña muchas cosas en este sentido. Con el Señor de nuestra parte siempre nos sentimos seguros. ‘Señor mío, único rey nuestro, - comienza la oración Esther – protégeme, que estoy sola y no tengo otro defensor que tú’. Pero es que no nos sentimos nunca solos. Tendría que faltarnos la fe. En esos pasos del camino de nuestra vida siempre podremos ver la presencia del Señor a nuestro lado.

Humildemente reconoce Esther que somos pecadores, y que nada merecemos, sino el castigo por nuestros pecados. Pero cuánto podemos decir nosotros los cristianos que sabemos cómo Cristo ha derramado su sangre por nosotros; murió por nosotros, aun siendo nosotros pecadores. Por eso, una actitud de humildad, pero de confianza certera en la misericordia del Señor. Como hacemos cada vez que celebramos la Eucaristía y nos ponemos en la presencia del Señor.

‘Muéstrate propicio en la tribulación, dame valor, Señor’, continúa suplicando. Muéstrate propicio, vuelve tu rostro sobre nosotros. Y esa mirada de Dios hacia nosotros será siempre una mirada de misericordia. Será una mirada de presencia de Dios a nuestro lado. No nos faltarán las tribulaciones, los problemas, las dificultades, las tentaciones. Pero Dios estará siempre de nuestra lado.

‘Pon en mi boca un discurso acertado cuando tenga que hablar al león’, le suplica. Nosotros somos los que tenemos que actuar, porque la oración no nos va a resolver las cosas de forma automática, como si fuera una varita mágica. Pero Dios pone palabras en nuestra boca, fortaleza en el corazón, inspiración de lo bueno en nuestro actuar, para luchar contra el maligno que nos tienta, para superar la dificultad, para hacer siempre el bien.

Es lo que tenemos que pedir. Que no nos falte esa gracia que nos fortalece y esa inspiración del Señor. Porque las cosas no se resuelven milagrosamente sino que Dios actúa en nosotros y a través de nosotros. El Señor nos acompaña y está a nuestro lado, cambia las actitudes del corazón y nos ayudará para que encontremos siempre el camino mejor.

Podemos pensar en muchas situaciones de nuestra vida. Quizá un problema que tenemos con alguien y quizá lo primero que se nos ocurre es pedir al Señor para que aquella persona cambie y se solucionen los problemas. Pero quizá lo que el Señor nos hará es mover nuestro corazón para que cambiemos de actitud hacia aquella persona y entonces veremos como si vamos a encontrar esa solución y esa paz que necesitamos.

O miramos el mundo que nos rodea y contemplamos todos los problemas del mundo de hoy: pobreza, hambre, guerras, injusticias, maldad, falta de paz, corrupción de todo tipo como nos están hablando continuamente las noticias. Y pedimos al Señor para que el mundo sea mejor, para que no haya hambre, para que tengamos paz, para que se acabe tanta maldad…¿Cómo se van a resolver todas esas cosas? ¿La varita mágica que antes decíamos?

Seguro que el Señor nos va a inspirar allá en lo hondo del corazón el que cada uno pongamos nuestro granito de arena para la solución de esos problemas. En ese cambio del corazón que el Señor nos inspira está esa acción de Dios que va a actuar a través nuestro haciendo que cada día el mundo sea mejor. Es la respuesta del Señor a nuestra oración.

Como decíamos en el salmo ‘cuando te invoqué, me escuchaste, Señor, acreciste el valor en mi alma’.

lunes, 24 de noviembre de 2008

Este es el grupo que viene a tu presencia, Señor

Este es el grupo que viene a tu presencia, Señor

Apoc. 14, 1-5

Sal. 23

Lc. 21, 1-4

‘Este es el grupo que viene a tu presencia, Señor’. Es lo que hemos repetido en el salmo. ¿Cuál es ese grupo? ¿a quiénes se refiere?

Podemos decir de entrada que se está refiriendo a nosotros. Cada mañana nos acercamos al Señor ya sea en nuestro oración con la que ofrecemos nuestro día al Señor, o ya sea en la participación en la celebración de la Eucaristía Venimos al encuentro con el Señor. Queremos sentirnos en su presencia. Queremos sentirnos inundados de su presencia.

Pero a algo más quiere referirse este salmo que hemos recitado a continuación de escuchar la proclamación del libro del Apocalipsis. Juan tiene una nueva visión. Contempla la gloria del Señor y al Cordero. ‘Yo, Juan, miré y vi al Cordero de pie sobre el monte Sión…’ A su alrededor los cuatro vivientes, los veinticuatro ancianos, y una multitud de bienaventurados, ‘y con él ciento cuarenta y cuatro mil que llevaban grabado en la frente el nombre del Cordero y el nombre de su Padre’. Todos entonan un cántico nuevo, ‘que nadie podía aprender fuera de los cientos cuarenta y cuatro mil…’

Son los bienaventurados del cielo. Son los que han sido fieles y en aquel momento se podía decir que eran los mártires que habían dado su vida, derramado su sangre por su fidelidad. ‘Ellos son el cortejo del Cordero a donde quiera que vaya’.

Nosotros también queremos unirnos a ese ‘cortejo del Cordero’. Quisiéramos también poder entonces ese cántico nuevo. Y podemos recordar una cosa. También nosotros estamos marcados. Recordemos nuestro bautismo. Una y otra vez volvemos a nuestro bautismo porque su espiritualidad es esencial para la espiritualidad del cristiano. Recordemos que lo primero que se nos hizo cuando fuimos introducidos a la Iglesia fue marcarnos con la señal de Cristo Salvador, con la señal de la cruz, aunque después también fuimos ungidos con el óleo y el crisma santo. Somos también los marcados. Podemos formar parte de ese cortejo.

Sin embargo reconocemos que nos falta algo, porque en nuestra vida no siempre hemos sido irreprensibles. Nos hemos llenado de pecado. ‘¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro?’, se preguntaba el salmista. ‘El hombre de manos inocentes y puro corazón, que no confía en los ídolos. Ése recibirá la bendición del Señor. Éste es el grupo que busca al Señor, que viene a tu presencia’, responde el mismo salmo.

Pero recordemos otro texto del Apocalipsis, que estos días no vamos a escuchar, pero que sí lo hicimos el día de todos los santos. Nos describía entonces ‘una muchedumbre inmensa que nadie podía contar de toda raza, lengua y nación, con vestiduras blancas y con palmas en sus manos… ¿Quiénes son y de dónde han venido? Esos son los que vienen de la gran tribulación y han lavado y blanqueado sus mantos en la sangre del Cordero’.

Una referencia a los que venían del martirio. Pero una referencia a nosotros también, que aunque pecadores, queremos ser fieles y nos lavamos y purificamos en la sangre del Cordero. En Cristo nos sentimos purificados, limpios, hechos dignos de participar en ese cortejo y poder también cantar ese cántico nuevo.

No sabemos si el Señor nos concederá la gracia y la gloria del martirio – eso está oculto en el misterio de la voluntad de Dios – pero sí sabemos que nosotros podemos ser testigos en nuestras luchas, venciendo en la tentación, haciéndonos fuertes en nuestras debilidades, caminando con firmeza fortalecidos con la gracia del Señor frente a adversidades y contrariedades, frente a sufrimientos y también a incomprensiones por parte de los demás. Ahí tenemos que ser testigos, ahí tenemos que ser mártires.

Que el Señor nos conceda la gracia de que un día podamos unirnos a ese cántico eterno, formar parte de ese número de los escogidos ‘el grupo que busca al Señor’, que podamos cantar en ese ‘cortejo del Cordero’ ese cántico nuevo por toda la eternidad.