martes, 1 de noviembre de 2016

Celebramos hoy a todos aquellos que viniendo de la gran tribulación fortalecidos en la sangre del Cordero supieron ser fieles y hoy cantan en el cielo la eterna alabanza del Señor

Celebramos hoy a todos aquellos que viniendo de la gran tribulación fortalecidos en la sangre del Cordero supieron ser fieles y hoy cantan en el cielo la eterna alabanza del Señor

Apocalipsis 7, 2-4. 9-14; Sal 23; 1 Juan 3, 1-3; Mateo 5, 1-12a
Hace unos días escuchábamos a uno que se acercaba a Jesús para preguntarle si era muchos o pocos los que se salvaban. Jesús le habla del camino estrecho que hay que seguir y es como de alguna manera recordar todo lo que había hablado a lo largo del Evangelio del Reino de Dios que anunciaba y que se constituía con El.
Me vino a la memoria este texto y esta pregunta que le hacen a Jesús cuando hoy estamos celebrando la fiesta de Todos los Santos y hemos contemplado las descripciones que nos hace el libro del Apocalipsis. ‘Oí también el número de los marcados, ciento cuarenta y cuatro mil, de todas las tribus de Israel. Después de esto apareció en la visión una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua, de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos’.
Pero siguen las preguntas y la pregunta se escucha en el mismo Apocalipsis. ‘Ésos que están vestidos con vestiduras blancas ¿quiénes son y de dónde han venido?... Estos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero’.
Los que vienen de la gran tribulación. No es solo una referencia a los mártires, aunque era algo que estaba muy presente en el momento de redactar el Apocalipsis en medio de las múltiples persecuciones que ya sufrían los que creían en Jesús, sino que está refiriéndose, es cierto, a todos los que caminando por este mundo, muchas veces tan complejo, han sabido dar testimonio de su fe, han querido vivir con toda radicalidad el mensaje de Jesús, el mensaje de las Bienaventuranzas.
Camino estrecho, recordábamos antes, del que Jesús les había hablado a sus discípulos en la respuesta que hacia a aquella pregunta. Camino de cruz y de negarse a si mismo, como nos dirá en otras ocasiones. Camino que es camino de amor y cuando hay amor de verdad en nuestros corazones sabremos ponernos siempre a la altura del que sufre, del que lucha, del que quizá pasa necesidad en las múltiples carencias que le da la vida, o del que sabe hacerse pobre porque en solidaridad sabe compartirlo todo con los demás.
Es el camino de los que mantienen su corazón alejado de toda malicia y de toda pasión; es el camino de los que saben mantener la paz en su corazón en medio de un mundo de violencias y con sus gestos, con sus palabras, con las pequeñas cosas que hacen cada día se convierten en verdaderos constructores de la paz; es el camino de los que saben hacerse misericordia porque han sabido poner junto a su corazón a los hermanos que sufren para ofrecer un consuelo, una palabra de aliento, un gesto de verdadera solidaridad, un compartir con los demás lo que son y lo que tienen, aunque tengan que despojarse de si mismos.
Es el camino que muchas veces se hace difícil porque dar testimonio de una fe y de unos valores lo convierte a uno en signo de contradicción con el mundo le rodea, y los signos de contradicción no son aceptados sino más bien rechazados porque se convierten en un testimonio muy fuerte que se enfrenta con lo que viven los que simplemente se dejan llevar por la vida. Así se convertirá en un camino quizá de persecución, pero al que no tememos porque quien va delante de nosotros ha dado testimonio de su amor, de un amor supremo que le ha llevado hasta la cruz.
Esos son los que vienen de la gran tribulación y hoy contemplamos como una multitud incontable en el Reino de los cielos cantando las alabanzas del Señor. Es lo que hoy celebramos, a aquellos que nos han precedido en el camino de la vida dando verdadero testimonio de su fe y de su amor, de su vivencia del evangelio y de seguir el camino de Jesús. Es lo que hoy celebramos, y tendríamos que celebrar también a tantos que en medio nuestro, aunque quizá muchas veces nuestros ojos se cieguen y no sepamos reconocerlos, ahí están también dando ese testimonio, ahí están en medio de la gran tribulación esforzándose cada día por vivir con mayor intensidad lo que es el Reino de Dios y construyendo así un mundo nuevo. 
Son para nosotros testimonio y estimulo, sintiéndonos así impulsados a seguir su ejemplo y a construir cada día ese Reino de Dios; son para nosotros también intercesores que nos alcanzan del Señor esa gracia que necesitamos. A ellos acudimos para que nos ayuden a sentir lo que es la misericordia del Señor en nuestras vidas. No sabemos ser siempre fieles y nuestra vida está llena de debilidades que nos hacen inconstantes en el seguir ese camino y que muchas veces también nos hacen tropezar con el pecado. Que ellos con su intercesión nos alcancen como se pide hoy en la oración liturgia el sentir sobre nosotros la misericordia y el perdón del Señor.

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