lunes, 31 de octubre de 2016

Unas nuevas pautas para que resplandezca de verdad la generosidad de nuestro amor compartiendo con los que no podrán nunca corresponderte

Unas nuevas pautas para que resplandezca de verdad la generosidad de nuestro amor compartiendo con los que no podrán nunca corresponderte

Filipenses 2,1-4; Sal 130; Lucas 14,12-14

Entra en lo habitual de nuestras relaciones humanas que nos agrade estar con aquellos que son nuestros amigos o personas queridas y que haya una mayor sintonía y una mayor relación con personas cercanas a nosotros en su manera de ser, de pensar o de actuar en la vida. No seria humano, por supuesto, evitar o descartar a quienes no entren en estas características, pero es cierto que con esas personas mantenemos quizá una relación no tan cordial. Forma parte esto de lo que es nuestra convivencia de cada día, nuestra relación con los demás.
Pero aquí aparece sencillamente lo que forma parte de nuestra característica del ser cristiano, seguidor de Jesús; la novedad, por así decirlo, que nos ofrece el evangelio. Es lo que nos dice hoy Jesús. Lo habían invitado a comer en la casa de un fariseo principal; como hemos venido escuchando los fariseos estaban al acecho, pero Jesús estaba también observando lo que iba sucediendo.
Ya había hecho unos comentarios y advertencias en torno al hecho de quienes andaban buscando como fuera sentarse en los primeros y principales puestos de la mesa. Ahora viendo quienes eran los que estaban invitados a aquel convite, los amigos del dueño de la casa como era natural, es cuando nos lanza el mensaje. ‘Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos’.
No nos dice Jesús que sea malo el que nos reunamos con nuestros amigos y con aquellos con quienes tenemos unas relaciones más cordiales, pero nos está proponiendo nuevas metas dentro de lo que es el sentido del Reino de Dios donde todos nos sentimos hermanos como miembros de una misma familia. Y es que nuestro corazón tiene que estar abierto a todos, no solo a los cercanos, no solo a los que nos puedan corresponder.
Es por lo que nos da esta pauta. ¿Vas a invitar a alguien a comer? Es una acto de generosidad por tu parte que normalmente se va a ver correspondida por aquellos a quienes invitamos. Claro, cuando pueden hacerlo, cuando están quizá en el mismo nivel que nosotros. Lo que muchas veces hace que nuestras relaciones se convierten en un te doy para que tú me des a mi.  Como nos dice Jesús ‘corresponderán invitándote y quedarás pagado’.
Pero ¿y si nada tienen como podrán corresponder para invitarte a ti de la misma manera? Es aquí donde nuestra generosidad aparecerá más altruista, porque no damos para que nos den. Damos, porque generosamente queremos compartir, damos porque hay un amor generoso y altruista en nuestro corazón. Aunque bien sabemos que la gratitud de los pobres se manifestará de formas bien maravillosas que no irán por correspondencias materiales.
Todo esto va en la onda del sentido del amor del que Jesús nos ha venido hablando largamente en el evangelio, cuando nos habla del amor a los enemigos, de perdón a los que nos ofenden, de la generosidad que siempre ha de haber en nuestro corazón. ¿Por qué amamos? ¿Por  qué somos generosos con los demás para compartir? ¿Dónde tiene que estar la raíz del verdadero amor? 

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