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domingo, 30 de octubre de 2016

Jesús nos está diciendo también hoy ‘baja enseguida, quiero hospedarme en tu casa’, pero seguimos en nuestras alturas o en la higuera de nuestras cobardías

Jesús nos está diciendo también hoy ‘baja enseguida, quiero hospedarme en tu casa’, pero seguimos en nuestras alturas o en la higuera de nuestras cobardías

Sab.11, 23 - 12, 2; Sal 144;  2Tes. 1, 11 - 2, 2; Lc. 19, 1-10
Hay ocasiones en que queremos encontrarnos con alguien, pero al mismo tiempo parece que no queremos encontrarnos. Sí. Hay como ciertos miedos dentro de nosotros. Vemos tantas barreras que nos parece imposible saltarlas; pero si las saltamos, ¿qué nos vamos a encontrar? ¿Tendrá la otra persona también deseo de encontrarse con nosotros? Y vienen los prejuicios, los miedos, las barreras que ponemos que muchas veces decimos que están en los otros, pero que quizá están en nosotros mismos. Necesitamos quizá un empujón, una señal, algo que nos de confianza, que nos haga abrirnos, dar el paso.
Zaqueo quería conocer a Jesús. Era bajo de estatura y era mucha la gente y no podía alcanzar a verlo. Pero ¿era solo eso o era una excusa? Era un recaudador de impuestos, y él bien sabía lo mal mirado que estaba por la gente; los llamaban publicanos, que era como decirles que eran pecadores públicos; tenían fama de ser ladrones y enriquecerse con el dinero de los impuestos que sobrecargaban en su beneficio. Con su baja estatura y él desprecio que sospechaba que la gente le tenía, nadie iba a hacerle sitio para poder ver a Jesús tranquilamente. Sus miedos, sus barreras; no solo las que le ponía la gente, sino las que él mismo se ponía. Pero sentía curiosidad.
Encontró una estrategia, se adelantó y se subió a una higuera; lo vería pasar oculto entre las hojas, nadie se iba a fijar en él, y no tenía que mezclarse con la gente. No se meterían con él. Y allí estaba tranquilo viendo a Jesús que se acercaba, nadie se fijaba en él, pero he aquí que es Jesús el que se detiene ante la higuera y se dirige a él. Zaqueo, baja en seguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa’. No se lo creía. Lo había descubierto. Pero es que además se auto invitaba a su casa. No lo esperaba. Pero era su ocasión, podía recibirle en su casa y bajó enseguida y preparó un banquete para Jesús y los discípulos que iban con El.
El encuentro se había realizado. Lo había en cierto modo deseado, no sabía cómo podría realizarse y allí estaba ante Jesús sentado a su mesa. La barrera se había derrumbado. La gente podía hablar lo que quisiera, pero Jesús estaba en su casa.
¿Qué sucedió en aquella comida? El encuentro había sido tan profundo que había llegado la salvación a aquella casa. Y la salvación se estaba haciendo presente en el corazón de Zaqueo. Y desde aquel momento las cosas ya no iban a ser de la misma manera. Las barreras se habían derrumbado pero no era solamente que habían caído los obstáculos para poder ver Zaqueo a Jesús, sino que las barreras habían caído en su corazón.
En medio de todo aquello Zaqueo se había puesto en pie ante Jesús. ‘Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más’. Era su corazón el que estaban dando la vuelta a todo. Se despojaba, restituia en justicia, compartía generosamente con los demás. El dinero que había sido tan importante para él hasta ese momento ahora dejaba de serlo porque había encontrado la verdadera riqueza, el autentico tesoro.
Era Jesús que estaba allí. ‘Hoy ha sido la salvación de esta casa; también éste es hijo de Abrahán’, había proclamado Jesús. Zaqueo había abierto de par en par las puertas de su casa para que llegara Jesús, para que llegara la salvación. Nada impedía ya que entrara la salvación a aquella vida. Auténticamente las barreras se habían derrumbado, porque la gracia del Señor había actuado.
Al principio hablábamos de cómo queremos encontrarnos con los demás pero muchas veces nos da miedo. Es la experiencia de la que partimos para este comentario y reflexión. Pero ahora veamos lo de ese encuentro en nuestros deseos de encuentro con Jesús. Tenemos tantas barreras, ponemos en ocasiones tantos obstáculos que arrancan de nosotros mismos.
Deseamos, sí, pero no sé si es que tememos vernos luego cogido por Jesús. Tenemos miedos a las radicalidades, a esas cosas de las que tendríamos quizá que despojarnos, porque sabemos que si nos encontramos de verdad con Jesús las cosas en nuestra vida tienen que ser distintas. Y con mil disculpas, como aquello que era bajo de estatura, vamos dando largas, lo dejamos para otra ocasión, decimos que tenemos que pensárnoslo y no terminamos de abrir nuestras puertas a Cristo.
Jesús nos está diciendo también a nosotros hoy ‘baja enseguida, quiero hospedarme en tu casa’, pero nosotros seguimos en nuestras alturas, en nuestros pedestales o en la higuera de nuestras cobardías porque quizá seguimos ocultándonos, porque quizá tenemos miedo de lo que puedan pensar los demás.
Y no damos la cara, ocultamos tantas veces nuestra fe, o tenemos miedo que conozcan nuestras debilidades. Pero somos humanos y como tales tenemos que presentarnos, como tales tenemos que ir hasta Jesús. Es la gracia la que hará el milagro de transformarnos, pero nosotros tenemos que dejar que Jesús se hospede en nuestra casa, llegue a nuestra vida, entre en nuestro corazón.
¿Podremos decir también después de este encuentro con Jesús y con su palabra ‘hoy ha llegado la salvación a esta casa’, a mi vida?




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