jueves, 3 de noviembre de 2016

Como aquellos pecadores nos sentimos igualmente acogidos por Jesús que derrama sobre nosotros también su misericordia y su paz

Como aquellos pecadores nos sentimos igualmente acogidos por Jesús que derrama sobre nosotros también su misericordia y su paz

Filipenses 3,3-8ª; Sal 104; Lucas 15,1-10

Jesús sentado entre publicanos y pecadores. Por allá andan algunos murmurando, juzgando, criticando, condenando. Los publicanos y los pecadores se acercan a Jesús a escucharle. ¿Quiénes mejor que ellos podrían comprender las palabras dejes que nos hablaba del amor y de la misericordia de Dios? ¿En quienes se despertaría mejor la esperanza de una vida nueva que ellos que se sentían malditos y condenados porque todos los consideraban pecadores? Jesús no rehuye a nadie, es más el médico viene para los enfermos, para curarlos; al que se cree ya sano no necesitará del medico.
Por eso Jesús no los rechaza sino, todo lo contrario, los busca. Como a Zaqueo el que estaba subido en la higuera; como a Leví que estaba sentado en el mostrador de los impuestos; como a todos aquellos que se sentaban a la mesa con Jesús, porque Leví había ofrecido un banquete a Jesús y había invitado también a sus amigos, a los que hasta entonces habían sido colegas de profesión.
Pero habrá quien no lo entienda. ‘Ése acoge a los pecadores y come con ellos’. Es no entender lo que es el amor y la misericordia de Dios. Allí se está manifestando en Jesús el rostro de Dios, el corazón misericordioso de Dios. Allí se están sintiendo acogidos y perdonados, inundados por el amor de Dios los pecadores. ¿Qué sentirían en su corazón cuando así se veían acogidos de Dios?
Este texto que estamos comentando con esa actitud de displicencia de los escribas y fariseos nos invita, sí, a analizar cual es la acogida que nosotros hacemos de los pecadores, de los que nos parecen diferentes, de los que viven una vida distinta a la nuestra.
Tenemos que analizar muy bien nuestras actitudes y posturas, porque muchas veces también son farisaicas. Tenemos dobles raseros para medir y aplicamos a unos y a otros según cuales sean en verdad las actitudes que llevamos en el corazón; y nuestro corazón puede estar dividido muchas veces.
En la teoría nos puede parecer muy bien lo que está haciendo Jesús y hasta lo defendemos, pero en la hora de la práctica de cada día, en nuestra relación concreta que tenemos con los demás, tenemos que ver bien si actuamos según el querer de Jesús, según el estilo de misericordia y compasión que nos enseña Jesús. Es una pendiente por la que podemos caer, resbalarnos y acabar entonces también con nuestros prejuicios, nuestras sospechas, nuestras murmuraciones, nuestras condenas.
Pero también es una oportunidad para nosotros ponernos en la piel de aquellos pecadores que eran acogidos por Jesús. Y es que somos pecadores, así tenemos que sentirnos y de esa misma manera hemos de experimentar en nuestra vida ese amor y esa compasión de Jesús.
También hemos de sentirnos acogidos por Jesús a pesar de nuestro pecado; creo que si así nos sintiéramos no tendríamos tanto temor, por ejemplo, al sacramento de la reconciliación; con cuanto temor nos acercamos al sacramento o cómo lo rehuimos muchas veces; y es que no abrimos en verdad nuestro corazón a Dios en esos momentos para sentirnos inundados por su misericordia, para llenarnos de su paz. Vamos quizá muy apesadumbrados y avergonzados por nuestros pecados, pero olvidamos que nos vamos a encontrar en ese momento con la misericordia de Dios. Vamos a recibir su abrazo de perdón y de paz que nos pone en camino de nueva vida; qué alegría tendríamos que experimentar en nuestra alma en esos momentos.

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