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jueves, 17 de septiembre de 2026

Ni pongamos nosotros una fachada para impresionar ni dejemos de ver lo que hay tras la apariencia de aquel con quien nos encontramos que nos puede estar gritando pidiendo amor

 


Ni pongamos nosotros una fachada para impresionar ni dejemos de ver lo que hay tras la apariencia de aquel con quien nos encontramos que nos puede estar gritando pidiendo amor

1Corintios 15, 1-11; Salmo 117; Lucas 7, 36-50

Con qué facilidad nos dejamos impresionar por las fachadas; según vemos el aspecto de la fachada ya estamos pensando lo que puede haber por dentro, y con qué facilidad nos equivocamos; y no estoy pensando en fachadas de edificios que también nos pueden llevar a muchas decepciones, sino las fachadas que algunas veces nosotros mismos nos creamos para impresionar a los que nos ven dando una apariencia de lo que no somos y por ahí andan todas nuestras vanidades y apariencias buscando prestigios o haciendo manifestaciones de influencias y de poder, pero es también el juicio que nos hacemos de las otras personas y la fachada en la que nos fijamos puede ser su apariencia de sencillez o de pobreza, puede ser su raza o el color de su piel, o sean tantos prejuicios que nos hacemos fácilmente de los otros, de las fachadas que nos creamos o de las fachadas que hemos de desmontar para aprender a descubrir lo que realmente es la persona. Y aquí sí que tendríamos que hacer un repaso muy grande y muy importante de nuestros prejuicios, de las actitudes de prepotencia con que nos presentamos y juzgamos y de tantas cosas que tendríamos que revisar en nuestra vida.

La situación en la que nos hace pensar hoy el evangelio surge cuando Jesús es invitado por un fariseo muy principal en el pueblo y estando a la mesa sin saber por qué ni por donde ha podido aparecer una mujer se postra a los pies de Jesús, lavando sus pies con sus lágrimas, derramando caros perfumes y creando una situación de incomodidad entre todos los comensales. Allá está el anfitrión de aquella casa además de pasarlo mal por la situación que inesperadamente se les ha presentado preguntándose si en verdad Jesús es o no es un profeta para darse cuenta de que aquella mujer es una pecadora.

Pero Jesús ve mucho más allá de la apariencia de aquella mujer pecadora como también lo que hay detrás del pensamiento de aquel hombre. Y Jesús propone una pequeña parábola, de los dos deudores y quien estaría más agradecido si se le condonan sus deudas para hacer recapacitar al fariseo del valor de aquella mujer que además está realizando los signos de la hospitalidad que el anfitrión de la casa no supo hacer. En aquella mujer sobre todo hay mucho amor. Lo están manifestando sus lágrimas que son signo de un arrepentimiento, aquel perfume que derrama sobre los pies de Jesús y aquellos besos con los que le manifiesta su respeto y su amor.

Será una gran deudora, pero Jesús no está allí para pasar cuentas; es un corazón arrepentido y lleno de amor y eso es lo que importa porque es lo que está ya haciendo grande a aquella mujer. No es la prepotencia de un banquete con todos sus signos de opulencia, sino el amor que lleva a mover el corazón de Dios. Ahí están sus palabras que no van a ser comprendidas y como siempre pasadas por el tamiz de su manera de ver las cosas de Dios - ¿quien puede perdonar pecados sino Dios?, se preguntan porque les parece que Jesús se está atribuyendo un poder que según ellos no tiene-; pero la medida de Dios no es a la manera de la medida de los hombres. Lo que mira Dios es nuestro corazón para ver si encuentra amor.

¿Seremos capaces de una vez por todas de mirar más allá de esa fachada ante la que nos quedamos tantas veces? Detrás de ese rostro que contemplamos siempre hay una vida, ¿seremos capaces de preguntarnos y de interesarnos por ella? Detrás de ese rostro puede haber unos problemas o una cadena de sufrimientos ¿podemos acaso imaginárnoslos? Detrás del color de la piel de ese emigrante, haya llegado como haya llegado a nuestras costas o a nuestra tierra ¿no podemos pensar que hay unas familias con toda su carga de pobreza pero también de angustia porque no saben nada de él, si ha llegado o no a nuestras costas cuando tantos se quedan en la travesía del mar? ¿Seremos capaces de ver la capacidad de amor que hay en esos corazones o la soledad que nos está pidiendo a nosotros unas migajas de amor?


sábado, 23 de agosto de 2025

En una nueva órbita hemos de entrar lejos de apariencias y vanidades, en camino de humildad que pone en servicio de los demás todo lo que somos

 


En una nueva órbita hemos de entrar lejos de apariencias y vanidades, en camino de humildad que pone en servicio de los demás todo lo que somos

Rut 2,1-3.8-11; 4, 13-17; Salmo 127; Mateo 23,1-12

La vanidad es una tentación que a todos nos ronda de una manera o de otra. Cuando decimos vanidad quizás lo primero que se nos venga a la cabeza es pensar en esas personas presumidas, llenas de alhajas y adornos, con vestimentas aparatosas y que llaman la atención, y que quieren una nota y apariencia muy especial que de alguna manera acapare la atención de los demás. Pero eso es quizás un signo externo, que puede denotar muchas cosas, pero la vanidad es algo mucho más hondo y expresado con mucha sutileza.

Es apariencia, sí, pero donde nos manifestemos con signos de poder; es querer presentarnos mucho más allá de lo que somos y nos vamos revistiendo, en este caso no solo de unas vestiduras o unos perfumes, sino de una sensación de grandeza y de poder aparentando lo que realmente no somos. Quizás las deficiencias que en lo secreto notamos dentro de nosotros mismos tratamos de ocultarlas tras esa apariencia vanidosa; no nos exigimos a nosotros mismos en un deseo de superación y crecimiento interior, pero sí nos volvemos exigentes con los que están a nuestro lado, porque en el fondo queremos manipular sus vidas.

¿Somos realmente en nuestro interior la fachada que queremos presentar? La pobreza de nuestro interior tratamos de disimularla con esas apariencias de poder y manipuladoras. Nos estamos, incluso, manipulando a nosotros mismos para no presentar lo que realmente somos. Y al final llenamos nuestra vida de falsedad e hipocresía.

Es de lo que Jesús nos previene en el evangelio de hoy; es lo que Jesús denuncia en aquellos dirigentes de la sociedad de entonces - ¿será también una denuncia para nosotros los dirigentes de nuestra sociedad hoy? –; es en lo que no quiere Jesús que caigamos simplemente porque nos dejemos arrastrar por lo que podría parecer tan natural, porque como decimos quizás todo el mundo lo hace.

‘Haced y cumplid todo lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos dicen, pero no hacen...’ nos dice Jesús. Y habla de las filacterias y de las orlas de los mantos bien aparatosas, y habla de esa vanagloria que se buscan de si mismos haciendo que la gente se entere de aquello que hacen, aunque solo sea por apariencia; y nos dice que no nos dejemos llamar maestro ni estemos pendientes de los títulos, porque lo realmente importante es lo que hagamos, no lo que digamos; y nos habla de bajarnos de nuestros pedestales, de buscar reconocimientos, de querer buscar lugares de honor donde todo el mundo nos vea.

El camino que hemos de seguir es el de la humildad, reconociendo nuestra pobreza pero siendo también conscientes de que aquello que hemos recibido no es solo para nosotros; los dones de los que estamos dotados desde nuestras cualidades y valores estarán siempre en función del servicio a los demás. Que tenemos que enseñar, enseñemos, que tenemos abrir caminos para otros, pongamos al frente de esa tarea pero solamente como el que quiere ayudar a los demás. Por eso nos dice que tenemos que ser servidores, que no nos importe ser los últimos si con ello estamos ayudando a caminar a quien no puede o no saber hacerlo.

‘El primero entre vosotros será vuestro servidor. El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido’, termina diciéndonos Jesús. Nos cuesta como les costaba entenderlo a los discípulos; ya muchas veces los veremos discutiendo por los caminos sobre quien iba a ser el más importante. Pero entre nosotros no puede ser a la manera de los poderosos de este mundo. Cuánto cuesta bajarnos del pedestal, cuánto cuesta reconocer que otro lo puede hacer mejor, cuanto cuesta aceptar lo que lo demás puedan ofertar porque parece que lo único que vale es lo nuestro, cuanto cuesta dar razón al que no piensa como nosotros.

Es en otra órbita en la que hemos de entrar. Es el sentido del Reino de Dios que Jesús nos anuncia e instaura.

 

viernes, 4 de abril de 2025

Necesitamos ahondar en el conocimiento de Jesús y en el misterio de Dios para que nuestra fe no sea ni un uniforme del que nos revestimos ni una fachada exterior

 


Necesitamos ahondar en el conocimiento de Jesús y en el misterio de Dios para que nuestra fe no sea ni un uniforme del que nos revestimos ni una fachada exterior

Sabiduría 2, 1a. 12-22; Salmo 33; Juan 7, 1-2. 10. 25-30

Yo te conozco, yo sé de donde eres, conozco tu familia… así habremos dicho más de una vez queriendo ratificar, a nuestra manera, nuestro conocimiento de una persona. O le recordamos a la persona que sabemos de donde procede, porque de pequeño quizás sus padres vinieron a vivir en nuestro pueblo y ahora ya lo consideramos de aquí; o decimos al paso de unas personas que son extranjeros, que vienen de tal o cual país, o son unos emigrantes que se han buscado la manera de venirse a nuestra tierra buscándose un futuro, una vida mejor.

Pero ¿conocemos, solo por eso, de verdad a esas personas? ¿Qué sabemos de su manera de pensar, por ejemplo? ¿Cuáles son sus ilusiones o sus metas en su vida? ¿Qué es lo que hay detrás de esa fachada externa que es lo que nosotros vemos y por lo que estamos queriendo identificarlas? ¿Nos quedaremos solo en la fachada externa o algunas cosas que le hemos visto hacer? Nos tendría que hacer pensar para ver cuales son los criterios por los que juzgamos a las personas, qué es lo que realmente valoramos en esas personas, o qué están aportándonos quizás para nuestra propia vida.

Un planteamiento que nos vale para muchas cosas en la vida y en nuestras relaciones con los demás; un planteamiento también para el ámbito de nuestra fe. No nos podemos quedar en fachadas, tenemos que ir a algo hondo en nuestra vida; no es un vestido o un uniforme que nos ponemos por fuera, tiene que llegar a lo más hondo de nuestra vida; por eso el conocimiento que tenemos de Jesús es importante que se convierta en vida para nosotros.

En estos momentos en que prácticamente estamos a finales de la Cuaresma, muy cercana ya la Pascua, el evangelio nos va presentando aquella situación, podríamos decir, de enfrentamiento de aquellos que no querían aceptar a Jesús y que terminarían en su prendimiento y su muerte. Hoy nos habla el evangelio – quizás el texto no tiene tanta relación con la pascua pues hace referencia otra fiesta judía, pero de alguna manera con las mismas consecuencias – que Jesús se había quedado en Galilea mientras otros habían subido a Jerusalén para la fiesta de la tiendas; ya se rumoreaban los planes de prendimiento de Jesús y por eso le vemos que Jesús sube finalmente pero como en privado.

Sin embargo se lo van a encontrar por las calles de Jerusalén o en el templo y algunos se preguntarán si es que ya los dirigentes han aceptado a Jesús pues no han procedido a su prendimiento. Y es cuando Jesús hablando a los que estaban en su entorno nos habla del verdadero conocimiento que de El habría de tenerse y que era precisamente lo que no todos aceptaban.

‘Entonces Jesús, mientras enseñaba en el templo, gritó: A mí me conocéis, y conocéis de dónde vengo. Sin embargo, yo no vengo por mi cuenta, sino que el Verdadero es el que me envía; a ese vosotros no lo conocéis; yo lo conozco, porque procedo de él y él me ha enviado’.

No era solamente decir que era de Galilea y de allí procedía, o a lo más que había nacido en Belén, porque era de la familia de Judá, como nosotros celebramos en la Navidad, o que era el  hijo del carpintero y que sus familiares estaban allí en Nazaret y todos conocían. Eso eran circunstancias externas, podíamos decir, la pantalla exterior, como decía que era un profeta que había surgido en Galilea, donde principalmente había realizado su predicación y sus milagros.

Es mucho más lo que tenemos que reconocer en Jesús y que es lo que hoy nos está diciendo y ya lo hemos escuchado repetidamente nosotros estos días. ‘Yo no he venido por mi cuenta, sino que el verdadero es el que me envía’, nos dice Jesús hoy. Enviado del Padre que habla las palabras del Padre y que realiza las obras del Padre, como tantas veces nos ha dicho y nosotros habremos meditado en muchas ocasiones.

Es así cómo comprenderemos el misterio de Jesús. Es así como el Evangelio de Juan nos dirá que es la Palabra que estaba en Dios y que era Dios, palabra que puso su tienda entre nosotros, que por nosotros se encarnó para levantarnos a nosotros y hacernos a nosotros participes también de esa vida de Dios haciéndonos también hijos de Dios.

Es Emmanuel, Dios con nosotros, que por nosotros los hombres y por nuestra salvación se encarnó por obra del Espíritu Santo en María Virgen y que por nosotros murió y resucitó como confesamos en el Credo. No podemos perder esa dimensión de nuestra fe porque es el principio de nuestra vida.

Es ahí donde tenemos que ahondar en el conocimiento del Misterio de Dios que en Jesús se nos manifiesta. ¿Ahondaremos lo suficiente en nuestra fe?

martes, 27 de agosto de 2019

Que nuestra fachada nunca engañe sino que exprese lo que en verdad somos con un corazón lleno de bondad y buenos deseos



Que nuestra fachada nunca engañe sino que exprese lo que en verdad somos con un corazón lleno de bondad y buenos deseos

1Tesalonicenses 2, 1-8; Sal 138; Mateo 23, 23-26
Imaginemos que llegamos a una casa que contemplamos en su exterior bellamente cuidada, en el enlucido lleno de colorido de sus paredes, en la belleza de puertas y ventanas, en los jardines que embellecen su entrada y que traspasado su umbral nos encontraremos esa primera habitación que nos recibe también en su apariencia bellamente acicalada y todo muy bien ordenado, sin embargo cuando vamos damos pasos en su interior comenzamos a ver que el orden aparente no es tal orden sino que oculta un desorden y desorganización muy grande donde contemplaremos cosas escondidas tras los muebles de primer plano, basuras por los rincones y algo muy distinto a la aparente belleza de la fachada.
Nos quedaremos cuando menos estupefactos y asombrados por lo que ahora estamos viendo donde ya todo no es belleza sino basuras y caótico desorden. ¿Qué podemos pensar? No tendremos que imaginar mucho para hacer nuestros juicios negativos hacia quienes habitan ese lugar y viven tras engañosas apariencias.
¿Será así nuestra vida y la forma que tenemos de presentarnos a nosotros mismos engañando también con apariencias? Cuántas veces la vanidad de la vida nos lleva por esos derroteros. Cuanta apariencia de personas buenas podemos dar haciendo muchas cosas para la galería, mientras nuestro interior está realmente lleno de corrupción y de maldad. De dentro del corazón del hombre, nos dirá Jesús en otra ocasión, brotan las malquerencias y todos los malos deseos.
Tras una sonrisa falsa podemos estar ocultando nuestras traiciones o nuestros recelos que van poniendo verdaderas vallas entre nosotros y los demás. Una apariencia de bondad pero quizá anide en el interior la maldad que nos lleva a la puñalada trapacera porque con nuestras apariencias buscamos nuestros intereses o nuestras ganancias y realmente poco nos preocupa lo que puedan estar pasando los demás; bonitas palabras pero corazones llenos de maldad.
De todo esto quiere prevenirnos hoy Jesús. No es que todos actuemos siempre de esta manera, pero con frecuencia surge la duda y la desconfianza, surgen los recelos y los distanciamientos, surge la tentación que aviva nuestros orgullos y nuestro amor propio, haciendo que surja ese mundo de vanidad y de apariencia que tanto daño nos hace aunque no queramos reconocerlo, porque solo nos parece que estamos ganando prestigios y pedestales realmente con sus bases bien llenas de polilla o de corrupción.
Necesaria es una autenticidad en la vida, donde en verdad nos manifestemos como somos. Claro que eso necesita también el reconocimiento de las debilidades que tenemos en nuestro interior para no vivir en la falsedad de las apariencias. Nos revestimos de esa vanidad y al final terminamos creyéndonos que somos así como aparentamos engañándonos a nosotros mismos. Claro que si reconocemos las debilidades es para que luchemos por superarnos, por purificar nuestro corazón. Que nuestra fachada nunca engañe, sino que exprese lo que en verdad somos, porque realmente nuestro corazón está lleno de bondad y de buenos deseos.