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jueves, 29 de febrero de 2024

El cristiano va siempre con los ojos bien abiertos, no vuelve su rostro hacia otro lado al pasar junto a los demás y sus manos siempre están tendidas para sanar y para compartir

 


El cristiano va siempre con los ojos bien abiertos, no vuelve su rostro hacia otro lado al pasar junto a los demás y sus manos siempre están tendidas para sanar y para compartir

Jeremías 17, 5-10; Salmo 1; Lucas 16, 19-31

No sabía nada, nos disculpamos tantas veces; no me había enterado, nadie me dijo nada, seguimos auto justificándonos, porque aquello que sucedió, la muerte de aquella persona, de aquel vecino quizás a la puerta de nuestra casa, nos sorprendió porque no lo esperábamos. 

Pero quizás tenemos que interrogarnos a nosotros mismos, ¿es que tú te habías interesado alguna vez por esa persona? ¿Fuiste capaz de notar su ausencia y preocuparte por lo que podía pasarle? Vivimos tan absortos en nuestras cosas que muchas veces no nos enteramos de lo que sucede a la puerta de nuestra casa. Es una lástima que vayamos con tanta insensibilidad por la vida. Quizás luego hasta nos quejamos porque nadie me atiende, me visita, o se interesa por mí.

Quizás cuando escuchamos la parábola que nos ofrece hoy el evangelio pronto nos hacemos nuestros juicios sobre la actitud de aquel hombre, al que luego encima llamamos el rico epulón. Nos parece incomprensible que estuviese banqueteando y haciendo fiesta en su casa mientras a su puerta estaba el pobre Lázaro, al que solo los perros le lamían las llagas, porque nadie hacia nada por él pasando necesidad y poder alcanzar alguna migaja que cayese de la mesa de aquel rico a cuya puerta estaba.

Luego en el desarrollo de la parábola veremos al pobre en el seno de Abrahán mientras el rico estaba sumergido, por decirlo de alguna manera, en el abismo del infierno, deseando que alguien viniera a calmar lo amargo de sus labios. Un abismo inmenso los separaba ahora en la eternidad, como consecuencia de aquel abismo que había creado aquel hombre en vida entre él y los que estaban a su alrededor. Suspiraba porque a sus hermanos no les sucediera lo mismo y allí estaba pidiendo que fuera enviado Lázaro como mensajero a sus hermanos para que no cayeran en su mismo error y en sus mismos abismos. ‘Tienen a Moisés y los profetas, que los escuchen’, se le dice desde lo alto, pero él insiste en que si un muerto se les aparece ellos creerán. ‘Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite un muerto’, se les señala.

¿Qué se nos está queriendo decir con esta parábola? Amplio y diverso es el mensaje. ¿Cómo rompemos esa espiral de insensibilidad en que nos metemos en la vida? Algunas veces decimos, yo no hago mal a nadie, yo no molesto, no me meto con nadie, y con eso queremos justificarnos. Aquel rico no hacía mal a nadie, él vivía su vida de puertas para adentro, lo que sucedía es que no era capaz de prestar atención a lo que sucedía a su alrededor. 

No podemos decir que somos buenos solamente porque no hacemos mal, porque no molestamos, no hablamos mal ni criticamos ni levantamos calumnias, tampoco tenemos resentimientos en el corazón contra nadie porque a nadie queremos mal, sino que dejamos que cada uno viva su vida y no nos metemos con los demás.

Pero bien creo que podemos comprender que cuando queremos entrar en la órbita del amor que nos enseña Jesús no es eso solo lo que tenemos que hacer; eso sería un amor pasivo e inactivo, podríamos decir, pero el amor verdadero tiene que ponernos en camino, el amor verdadero nos tiene que llevar al encuentro con los demás, el amor verdadero tiene que llevar a hacer el bien aunque no nos pidan nada, pero el amor verdadero tiene sensibilidad en el corazón y ve donde tiene que poner la mano para sanar, para levantar, para servir de apoyo en el camino, para consolar, para compartir.

El amor verdadero no nos puede dejar con los brazos cruzados y es demasiado que nos cruzamos los brazos en la vida, porque no nos queremos meter en líos, porque no queremos complicarnos nuestra vida, porque nos aislamos y vivimos encerrados en nuestro círculo. Por eso Jesús nos dirá que tenemos que saber hacernos los últimos y los servidores de todos.

El cristiano verdadero es el que va siempre con los ojos bien abiertos, no vuelve su rostro hacia otro lado cuando pasa al lado de los demás, y sus manos siempre están tendidas para sanar y para compartir.

jueves, 9 de marzo de 2023

No nos quedemos en lo malo que pudimos hacer y no hicimos, sino seamos capaces de darnos cuenta de lo bueno que pudimos hacer pero que tampoco hicimos

 


No nos quedemos en lo malo que pudimos hacer y no hicimos, sino seamos capaces de darnos cuenta de lo bueno que pudimos hacer pero que tampoco hicimos

Jeremías 17, 5-10; Sal 1; Lucas 16, 19-31

La tierra no se cultiva para sí misma, sino para tener las condiciones optimas para que nos produzca los mejores frutos. Así podríamos decir la vida del hombre, la vida de toda persona, quien solo piensa en si mismo, porque todo lo que hace es solo para si sin mirar en su entorno, terminará siendo una tierra inhóspita e inhabitable; pasará de poder ser un hermoso jardín florido donde recrearse, o un huerto que nos produzca los mejores frutos a poco menos que un desierto árido y reseco junto al cual nadie con pleno sentido de la vida querrá habitar.

Es la imagen que se me ocurre pensar tras la escucha de la parábola que hoy nos ofrece Jesús en el evangelio. Un hombre que solo era para sí, para su placer y para su disfrute. Se nos habla de un hombre rico y opulento que solo pensaba vivir entre placeres y banquetes cada día, disfrutando solo para si. Tan cerrado en si mismo que no se da cuenta ni de quien tiene a su puerta.

Un hombre que solo por pensar en si mismo pierde hasta el temor del Señor, ha prescindido de Dios en su vida, porque ha querido convertirse en dios de si mismo; su corazón se ha resecado de tal manera que no tiene sensibilidad para lo que pasa a su lado. Allí hay un pobre hombre que nada tiene ni para comer, y que solo es consolado por los perros que le lamen sus llagas.

Ya conocemos todo el desarrollo de la parábola porque muchas veces la hemos meditado. Pero pienso que en este momento es necesario detenernos en la postura y en la manera de vivir de este hombre que solo vive para sí. Hasta la presencia de Dios la ha anulado de su vida, ha prescindido de todo porque solo piensa en su disfrute personal. No nos habla la parábola de que sea un mal hombre que realice actos nefandos, solo se refiere a que no hacía nada, porque había perdido toda sensibilidad en su corazón.

Yo no mato ni robo, dicen algunos y ya piensan que con solo eso son buenos, lo tienen todo bien hecho. Pero la tierra es para algo más que para tenerla vacía de algo que nos pueda producir buenos frutos aunque nos parezca bonita así como está. Pero es una tierra árida y estéril. así es la vida de quien no es capaz de dar ese paso más allá, de no quedarnos simplemente en lo malo que pudimos hacer y no hicimos, sino que tenemos que ser capaces de darnos cuenta de lo bueno que pudimos hacer pero que tampoco hicimos. ¿Dónde están los frutos de nuestra vida?

No basta decir yo soy bueno si solo piensas en ti mismo. Claro que pensando solo en ti mismo querrás disfrutar, querrá pasarlo bien, querrás aprovecharte de eso que dices que tienes para llenar tu vida de bienestar y de placeres. Pero ¿no has pensado que eso que tienes no es solo para ti sino que es la riqueza de este mundo que cuando Dios realizó la creación puso en las manos del hombre para que continuara con esa hermosa tarea de seguir haciendo la obra de la creación? Lo que tienes no es solo para ti, la tierra no se cultiva para si mismo sino para ofrecer sus frutos a los demás.

Algunas veces solemos decir que pensamos bien pero tarde. Nos damos cuenta tarde quizá del efecto de lo que hacemos con la vida. Como aquel rico epulón que cuando murió y estaba en el abismo pensó que su vida tenía que haber sido distinta pero que ahora no tenía remedio y ahora quería que sus hermanos con apariciones milagrosas recapacitaran para cambiar. ‘Tienen la ley y los profetas’, le dice la voz profética.

Tenemos la Palabra de Dios junto a nosotros que de mil maneras puede llegar a nuestra vida. Tenemos que escucharla, tenemos que escuchar a Jesús para que no nos convirtamos en tierra inhóspita y estéril sino que demos los verdaderos frutos, que también puedan llenar de vida a los demás. Es la llamada que en este camino cuaresmal escuchamos. Que así también nuestra vida sea bella para los demás, por nuestra sensibilidad y todo lo que somos capaces de compartir.

jueves, 17 de marzo de 2022

No perdamos la sensibilidad para descubrir al Lázaro que está a nuestra puerta y en quien nunca nos hemos fijado en la expresión de su rostro

 


No perdamos la sensibilidad para descubrir al Lázaro que está a nuestra puerta y en quien nunca nos hemos fijado en la expresión de su rostro

Jeremías 17, 5-10; Sal 1; Lucas 16, 19-31

‘Más jugo da un esparto’. Me ha venido a la memoria esa frase que escuché de niño que tenía una como aplicación especial al sentido y al estilo de vivir de algunas personas. El esparto es una fibra obtenida de ciertas plantas, y que se caracteriza por su aspecto muy áspero. Y cuando esa frase hacía referencia a una persona estaba señalándonos a alguien muy desagradable por la insensibilidad con que vivía su vida y su relación con los demás, de quien no esperábamos una palabra amable, un gesto amistoso, o un detalle de ternura, pues era incapaz de ello. La relación con esas personas resulta costosa y nada amigable. Y aunque hoy en la vida vamos aprendiendo a limar asperezas sin embargo seguimos encontrándonos personas sin sensibilidad y que nunca mostrarán una señal de cercanía ni de empatía ni de simpatía con los que están a su lado. Van por la vida produciendo chispas en cualquier encuentro o enfrentamiento que tengan con los demás.

He traído aquí está referencia por el cuadro que nos presenta hoy Jesús en la parábola del evangelio. Aquel hombre que sólo vivía para sí, con tanta insensibilidad que no era capaz de darse cuenta del Lázaro que tenía a la puerta de su mansión. Solo pensaba en sí mismo, en sus placeres y lo que él para sí mismo llamaba felicidad, pero sin la más mínima sensibilidad en su corazón.

La parábola se prolonga con más mensajes tras la muerte de ambos y lo que les trascendía en el más allá. Quien en vida no supo nunca lo que era la compasión con los demás, por vivir solo encerrado en si mismo, suplica ahora compasión y que incluso aquel con quien no había tenido misericordia en su vida se convierta ahora en mediación que viniera compasivamente a calmar sus tormentos. Aunque tarde, ahora pensará en sus hermanos que quedan en la tierra a los que quiere mandar aviso a través de Lázaro para que no lleguen a ganarse aquel lugar de tormento.

Pero creo que la parábola en un primer momento nos tiene que hacer pensar en ese Lázaro que puede estar cerca de nuestra vida pero al que nunca le hemos prestado atención. Tiene que ser esa piedra de toque, esa llamada de atención para nuestra vida. No somos aquel rico epulón pero algunas veces en la vida podemos ir con actitudes o posturas semejantes. Nos hemos creado nuestro rincón allí donde hacemos la vida y vivimos, por así decirlo, muy felices; no tendremos quizás grandes cosas, pero sí hemos ido encadenando nuestra vida a tantas rutinas de las que no sabemos desprendernos, de las que no levantamos los ojos para tener otra mirada, para ser capaz de ver otras cosas, otras personas en tantas ocasiones que tenemos cerca y no llegamos a saber los sufrimientos que puedan tener en su corazón.

Levantemos la mirada, salgamos de ese círculo en que hemos convertido nuestra vida, seamos capaces de mirar más allá de la punta de nuestra nariz, como se suele decir, para descubrir de verdad a los que nos van saliendo al paso en el camino de la vida; quizás aparentemente todo lo vemos en la normalidad, porque en nuestras prisas y nuestras carreras no nos hemos detenido a mirar y a preguntarnos por esas arrugas de su rostro, por ese vacío de sus miradas que nos quieren hablar pero no sabemos interpretar;  nos contentamos con decir que cada persona es un mundo y cada uno encierra su misterio, pero ese mundo y ese misterio podemos descubrirlo en una mirada, podemos descubrirlo en la tristeza de su semblante, o en ese rostro hierático que quizás está intentando ocultar los dolores que se llevan en el alma. Pero nosotros pasamos despreocupados a su lado y no somos capaces de tener una mirada de comprensión.

Ya decía, muchas más cosas puede enseñarnos la parábola, pero hoy te invito a que descubras ese Lázaro que puede estar a tu puerta. No seamos como aquellos de los que se dice que más jugo da un esparto.

jueves, 24 de marzo de 2011

Hundamos las raíces de nuestra vida en la acequia de gracia de la Palabra de Dios


Jer. 17, 5-10;

Sal. 1;

Lc. 16, 19-31

¿En qué o en quien ponemos nuestra confianza y nuestra esperanza? ¿seremos como árbol plantado al borde de la acequia que da fruto en su sazón y no se marchitan sus hojas, o seremos como cardo en la estepa que habita en la aridez del desierto, tierra salobre e inhóspita?

¿En quién ponemos nuestra confianza y nuestra esperanza?, volvemos a preguntarnos. ¿Sólo confiamos en nosotros mismos, en nuestras fuerzas o nuestras capacidades, nuestro saber o nuestro poder humano, nuestras riquezas o nuestras posesiones materiales, o por encima de todo eso ponemos nuestra confianza en el Señor?

Es lo que nos plantea el profeta, con lo que hemos orado en el salmo, y lo que nos quiere hacer reflexionar Jesús en el Evangelio. En el fondo de todo esto está un sentido de la vida y descubrir el valor que han de tener las cosas para nosotros. Es en cierto modo si vivimos solo para nosotros mismos o consideramos que la vida más hermosa es cuando nos abrimos a Dios y nos abrimos a los demás, o sea, entramos en una relación de verdadero amor.

La parábola del evangelio la hemos reflexionado muchas veces. Al escucharla seguramente siempre sentimos repugnancia para la actitud de aquel hombre rico que no pensaba sino en sí mismo y no tenía ojos para ver más allá de lo que fueran sus intereses o deseos de pasarlo bien. ‘Un hombre rico que se vestía de púrpura y banqueteaba espléndidamente cada día’. Tan encerrado en sí mismo estaba que no caía en la cuenta de quien estaba a su puerta en la mayor de las miserias ‘cubierto de llagas y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico, pero nadie se lo daba’. Era como un hombre invisible que los ojos egoístas no son capaces de ver.

Esto que venimos comentando hasta aquí ya podría darnos para muchas reflexiones y para muchas preguntas en nuestro interior. No vestiremos de púrpura ni banquetearemos cada día, pero podría sucedernos que sin embargo viviéramos tan encerrados en nosotros mismos, en lo bueno o en lo malo que tengamos o nos pueda pasar, que no tengamos ojos para ver lo que hay a nuestro alrededor. No vemos quizá ni las cosas bellas que Dios pone a nuestro lado en corazones buenos que se dan y se desgastan por los demás, o no vemos el sufrimiento, la soledad o las angustias por las que quizá muchos puedan estar pasando y pensamos que nuestro sufrimiento es el peor.

Pero la parábola quiere decirnos muchas cosas más. No podremos en la brevedad de esta reflexión abarcarlas todas. Nos habla de la muerte y de la vida futura; nos habla del premio por lo bueno o por la confianza que hayamos puesto en Dios, o del vernos alejados de Dios para siempre como consecuencia de una vida donde habíamos prescindido de Dios porque quizá nos hicimos dioses de nosotros mismos. Es la suerte del pobre en el seno de Abrahán y del rico en la hondura del abismo en su castigo.

Brevemente destaquemos otras cosas. ‘Te ruego, le dice el rico, que mandes a Lázaro a casa de mi padre porque tengo cinco hermanos, para que con su testimonio evites que vengan a este lugar de tormento’. Y ya escuchamos la respuesta de Abrahán: ‘Tienen a Moisés y los profetas; que los escuchen… porque si no escuchan a Moisés y los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto’.

Tenemos la Palabra del Señor como una llamada constante a nuestra vida invitándonos a la conversión, como ahora en este tiempo con mayor intensidad estamos escuchando. Sin embargo, parece que los hombres le diéramos más importancia a milagros o cosas extraordinarias – parece que es lo que estamos esperando siempre – que a la Palabra que Dios nos dirige cada día. Escuchemos la Palabra del Señor, y a la luz de esa Palabra del Señor seamos capaces de leer nuestra vida con una nueva visión, para que nos sintamos invitados a la conversión y al amor.

Esa acequia – empleemos la imagen del salmo – de la Palabra de Dios riega continuamente nuestra vida. hundamos nuestras raíces en ella para que en verdad lleguemos a dar frutos de vida eterna.

domingo, 26 de septiembre de 2010

Un hombre rico que se vestía de púrpura… ¿dónde está nuestra solidaridad?


Amós, 6,1.4-7;
Añadir imagenSal. 145;
1Tim. 6, 11-16;
Lc. 16, 19-31



Al terminar de escuchar la parábola quizá una reacción espontánea que nos pudiera surgir sería decir ‘bien merecido se lo tenía…’ No había sido compasivo y misericordioso con el pobre mendigo que tenía a su puerta, bien le viene, podemos pensar, lo que le está pasando al rico epulón.
Pero ya sabemos, cuando escuchamos la Palabra de Dios no es para que hagamos juicios condenatorios contra los demás, aunque siempre haya que condenar el mal, sino para que nos miremos a nosotros mismos y tratemos de descubrir qué es lo que el Señor quiere decirnos de forma concreta a nosotros.
No sé si éste será el camino más correcto de interpretación de la parábola, pero pensemos en lo que nos sucede a nosotros mismos muchas veces. Cuando vemos una casa lujosa, una bonita mansión, nos puede suceder que surja una como cierta envidia en nosotros y un deseo desde nuestro interior de poder vivir allí, de disponer de esas comodidades y lujos, de apetecer una vida sibarita y de confort.
Es, digo, una posible tentación y no digo que a todos suceda igual. Pero sí podemos preguntarnos cuál es el estilo de vida con el que soñamos, y qué es lo que apetecemos y deseamos. Y cuando vemos el derroche de muchos, en esta sociedad de bienestar y consumismo en el que vivimos, ¿no nos preguntamos si es necesario todo eso para ser verdaderamente felices? Es cierto que no vamos a vivir en una cueva y en medio de miserias y todos merecemos una vida digna, pero la pregunta estaría que es lo que verdaderamente necesitamos para esa vida digna.
No quiero aparecer demasiado radical pero son en el fondo preguntas que me hago a mi mismo en nombre del evangelio. La descripción que nos hace Jesús en la parábola del ‘hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día mientras el mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico’, refleja también los grandes abismos que sigue habiendo en nuestra sociedad y en nuestro mundo entre pobres y ricos, entre primeros y terceros y cuartos mundos, como ahora se les llama. Tantos abismos que de una forma o de otra muchas veces ponemos entre nosotros cuando nuestras relaciones humanas no están llenas de verdadero amor.
Abraham le dice al rico que está en el infierno que entre ellos ‘se abre un abismo inmenso que no pueden cruzar, aunque quieran’ es el reflejo duro de los abismos que nos creamos los hombres entre unos y otros, entre pobrezas y riquezas, entre derroches y despilfarros y miserias y muerte de hambre por otro lado a un lado y otro de nuestro mundo.
Es toque de atención, es llamada a nuestro corazón, es una invitación a una búsqueda de caminos de solidaridad verdadera y de justicia en las relaciones entre los hombres y los pueblos.
Es toque y llamada de atención para que analicemos el valor que le damos nosotros a las cosas y para despertarnos de un mundo egoísta que se convierte en injusto cuando acaparamos sólo para nosotros mismos y no somos capaces de abrir los ojos para ver la necesidad de los demás y movernos desde lo hondo de nuestro corazón a un compartir generoso y, repito, en justicia con los hombres que son mis hermanos.
Ese toque y esa llamada de atención que puede convertirse la parábola para nosotros es una invitación a la conversión. En la parábola aquel hombre desde el abismo de su infierno le pedía a Abrahán que enviara a Lázaro a casa de sus hermanos para que no vivieran de la misma manera que vivía él. ‘Te ruego que mandes a Lázaro a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que, con su testimonio, evites que vengan ellos a este lugar de tormento’. Ya escuchamos lo que les dice Abrahán: ‘Tienen a Moisés y los profetas; que los escuchen… porque si no escuchan ni a Moisés ni a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto’.
Un milagro para creer, un muerto que resucita o que se aparece... buscamos también nosotros muchas veces milagros para convencernos de lo que tenemos que hacer. Tenemos el milagro de la Palabra de Dios que cada día podemos escuchar y es la que tiene que mover nuestro corazón. Con sinceridad tenemos que escucharla. Con fe tenemos que abrir nuestro corazón a la Palabra que el Señor quiere dirigirnos. Cuánto más cuando tenemos toda la experiencia de Jesús muerto y resucitado por nosotros para manifestarnos todo el amor que Dios nos tiene.
Es ese amor de Dios el que tiene que movernos. Es en ese amor de Dios donde tenemos que aprender esos caminos de solidaridad y de amor. Es en ese amor de Dios donde tenemos que dejar que nuestro corazón se transforme. Porque no podemos unir ese amor de Dios con el culto que le queremos dar y una vida de derroche y de injusticia, en la que falte además la compasión y la solidaridad. Es lo que denuncia el profeta Amós en la primera lectura. ‘Se fían de Sión y confían en el monte de Samaria – dos lugares de culto a Dios para los israelitas -, y os acostáis sobre lechos de marfil, arrellenados en divanes… bebéis vino en copas, os ungís con perfumes y no os doléis del desastre de José…’ Lo mismo que el rico de la parábola.
La carta de Pablo a Timoteo nos da pautas de por donde ha de ir nuestra vida. ‘Practica la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la delicadeza… combate el buen combate de la fe… conquista la vida eterna a la que fuiste llamado…’ Justicia, piedad, fe, amor, paciencia, delicadeza… virtudes que hemos de cultivar en nuestra vida, que manifiestan esa conversión, ese cambio, que estamos realizando; pero virtudes que queremos vivir también con la esperanza que da trascendencia grande a todo lo bueno que hacemos. ‘Conquista la vida eterna a la que fuiste llamado… guarda los mandamientos sin mancha ni reproche, hasta la manifestación de nuestro Señor Jesucristo… Rey de reyes y Señor de los señores…’
En la oración habíamos pedido que ‘derramara incesantemente sobre nosotros su gracia, para que, deseando lo que nos prometes, consigamos los bienes del cielo’. Y en la oración final vamos a pedir que con la fuerza de la Eucaristía que estamos celebrando y de la que nos alimentamos ‘participemos de la herencia gloriosa de Jesucristo, cuya muerte hemos anunciado y compartido’. Que por nuestra compasión, nuestra solidaridad, el amor que tengamos a los demás merezcamos ser llamados en el día final a participar del Reino eterno que Dios nos tiene preparado.

jueves, 4 de marzo de 2010

¿Una vida infructuosa o llena de frutos?


Jer. 17, 5-10;
Sal. 1;
Lc. 16, 19-31

¡Qué infructuosa y estéril es la vida del avaro y egoísta, aunque aparentemente pudiera parecer lo contrario! Se engaña el que piensa sólo en sí mismo y en sus cosas, se encierra en su yo egoísta que lo convierte en dios de sí mismo. Aunque nos parezca que está rodeado de toda clase de bienes en su avaricia nunca se sentirá satisfecho y como sólo piensa en el gozo inmediato y efímero nunca alcanzará a vislumbrar lo que es una plenitud total que tampoco sabrá alcanzar.
Nos lo refleja la parábola del evangelio, la que llamamos del rico epulón y el pobre Lázaro; y nos lo enseña con gratificante sabiduría tanto Jeremías a quien hemos escuchado como el salmo que nos ha servido de oración y respuesta. ¿Quién será dichoso y lo será de verdad? Aquel que parecía dichoso porque ‘vivía rodeado de lujos y banqueteaba espléndidamente cada día’, pero que no tenía ojos para ver al pobre Lázaro que estaba a su puerta, lo veremos sumido en la angustia y la desesperación final.
‘Maldito quien confía en el hombre y en la carne busca su fuerza, apartando su corazón del Señor; será como un cardo en la estepa… habitará la aridez del desierto, tierra salobre e inhóspita…’
‘Bendito, sin embargo, quien confía en el Señor, y pone en el Señor su confianza; será un árbol plantado junto al agua, que junto a la corriente echa raíces… en año de sequía no se inquieta, no deja de dar fruto…’
Bien podían entender estas imágenes los judíos que vivían en tierra dura y difícil, pero que gracias al agua del Jordán podían hacer reverdecer.
Infructuosa y estéril, dijimos al principio, la vida del que sólo piensa en sí mismo y busca sólo su propia felicidad. Pensamos en el rico que se encierra en sus riqueza, que cierra los ojos para no ser capaz de ver la calamidad que puedan estar pasando los que viven a su lado. El rico de la parábola ni se enteraba de quien estaba a su puerta.
Pero no son sólo las riquezas o los bienes materiales los que nos ciegan o encierran en nosotros mismos. Muchas cosas pueden corroer nuestro corazón en los orgullos, envidias, desconfianzas, resentimientos que aíslan y que tan difícil nos pueden hacer la convivencia con los demás. Somos piedra de muchas aristas de manera que quienes se acerquen a nosotros se pueden sentir dañados o heridos por nuestras palabras, nuestros gestos, nuestras actitudes, nuestras violencias o nuestras desconfianzas.
Algunas veces, quizá, por los problemas que hayamos tenido en la vida, los malos momentos que hayamos pasado, los sufrimientos que hayamos tenido que soportar, han hecho que se haya llenado de amargura nuestro corazón; amarguras que crean barreras, nos encierran, nos hacen suspicaces y a la larga nos hacen daño a nosotros mismos además de hacerlo también a los demás. En lugar de aprender a madurar con esos sufrimientos o problemas, lo que han hecho es llenar de amargura el corazón.
Os digo que situaciones así las he palpado muchas veces en pueblos, comunidades y también en muchos individuos. Hace unos días una persona se desahogaba conmigo por las frustraciones que había tenido en su vida porque no había podido alcanzar las metas en que soñaba y no haber recibido la ayuda que necesitaba en determinados momentos. Yo notaba el dolor de su corazón que le seguía hiriendo por dentro. Le aconsejaba que no viviera la vida con amargura, que no se dejara arrastrar por esa amargura ni la dejara meterse en su corazón, sino que sacara a flote todo lo bueno que había en él para seguir luchando con esperanza, tratando de mirar la vida con optimismo a pesar de todo y poniendo su confianza por encima de todo en el Señor que no le abandonaría nunca.
Escuchemos nosotros la voz del Señor que nos quiere hablar en esta parábola que hemos escuchado. En muchas más cosas podríamos fijarnos porque el mensaje es muy rico. Pero tratemos de darle trascendencia a nuestra vida. Apoyados en el Señor no será nuestra vida infructuosa y estéril porque sepamos también abrir nuestro corazón a los demás. Seamos como árbol plantado junto a las aguas, porque hundamos nuestras raíces siempre en el Señor.