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martes, 11 de agosto de 2026

No es voluntad del Padre del cielo que se pierda ninguno de esos que consideramos pequeños, porque otro es el sentido del Reino de los cielos

 


No es voluntad del Padre del cielo que se pierda ninguno de esos que consideramos pequeños, porque otro es el sentido del Reino de los cielos

Ezequiel 2, 8 – 3, 4; Salmo 118; Mateo 18, 1-5. 10. 12-14

Si no es nada más que un niño, habremos oído en alguna ocasión, o también hemos de tener la valentía de reconocerlo es también lo que nosotros hemos pensado y quizás manifestado, cuando hemos intuido o hemos visto que se le da opinión, o se le pide la opinión, por ejemplo, a un muchacho sobre cosas que quizás nos puedan afectar a todos. Y es que, aunque también nosotros tengamos ganas de opinar pensamos que hay que tener una cierta madurez, una prestancia o un prestigio – que quizás vaya acompañado de ciertas influencias de poder y no es necesario decir mucho – para poder participar, expresar una opinión o tomar una decisión sobre cosas que consideramos de importancia.

Realmente en nuestra sociedad vamos cambiando porque esto que estamos expresando así y refiriéndonos a estas situaciones o circunstancias era la forma de actuar, por ejemplo, en relación a la mujeres, o las fuerzas que se contrapesaban entre los poderosos por ser ricos y los que no lo eran a los que siempre se les ponía en otros escalones, y creo que todos nos entendemos.

Hoy Jesús nos está mostrando la novedad que suponía el evangelio, la buena noticia del Reino de Dios que Jesús iba proclamando. Siempre, en todos los tiempos, en todas las circunstancias históricas todos – y aquí no queremos excluir a nadie – hemos tenido deseos de grandeza, que significaba una preponderancia y también una prepotencia sobre los demás y nos buscamos mil razones para presentarnos de esa manera. Nadie quiere quedar por detrás, en un segundo plano, que no sea reconocido ni valorado y nos buscamos mil vanidades para alimentar nuestro ego y nuestro orgullo, para hacer salir nuestro amor propio y manifestarnos con esos prestigios que al final se quedan en vanidades.

Eran también las discusiones que tantas veces se traían de camino incluso los discípulos más cercanos de Jesús. Y son las preguntas que tantas veces le repiten a Jesús. Siempre andan buscando lo principal para saber a qué reglas nos atenemos y saber los límites mínimos con los que nos podemos contentar. ‘¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?’, vienen a preguntarle a Jesús.

Y es cuando Jesús nos da la gran lección. ‘En verdad os digo que, si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ese es el más grande en el reino de los cielos. El que acoge a un niño como este en mi nombre me acoge a mí’.

Nos habla de un niño, que no era nada considerado en la sociedad de su tiempo; y nos dice Jesús que tenemos que hacernos como niños, y esto no es tarea fácil; fáciles pueden ser las palabras, pero hacerlas categoría de nuestra vida no es tan fácil; siempre estamos aspirando a dejar atrás nuestra niñez para que seamos considerados, todos queremos ser ‘grandes’, o sea poder comportarnos como mayores para tener nuestras opiniones y nuestros derechos y Jesús nos está diciendo que desmontemos todo ese tinglado que tenemos montado en nuestra cabeza para que comencemos a ser niños. No es tarea fácil, por eso Jesús nos habla de conversión. Porque el que se haga pequeño es el que será grande en el Reino de los cielos.

Por eso como dice a continuación tenemos que comenzar por acogerlos y respetarlos, cuidarlos y valorarlos, porque así tenemos que valorar a todos, también a los que nos parecen pequeños, a aquellos que en nuestra sociedad consideramos insignificantes, y mira que tenemos en nuestra mente una lista grande de todos esos que decimos que no valen. Recordemos simplemente como es nuestra mirada a los que están a nuestro alrededor, a quienes acogemos y a quienes no, con quienes no nos sentaríamos ni en la guagua ni por supuesto a nuestra mesa para compartir nuestra comida, a quienes saludamos en la plaza o a quienes dejaríamos o no entrar a nuestra casa. ¿Cuál es la lista secreta que todos llevamos en nuestra cabeza, o peor aún, en nuestro corazón del cual los excluimos?

Nos pone a continuación la parábola de la oveja perdida y herida que tenemos que buscar, para que en verdad le demos a nuestra vida el sentido del Reino de Dios, y termina diciendo que no es voluntad de nuestro Padre del cielo que se pierda ninguno de esos pequeños. ¿Será así cómo nosotros los buscamos?


miércoles, 28 de febrero de 2024

En este camino de subida a Jerusalén de esta cuaresma miremos que no andemos perdidos porque no sabemos escuchar con corazón abierto a Jesús

 


En este camino de subida a Jerusalén de esta cuaresma miremos que no andemos perdidos porque no sabemos escuchar con corazón abierto a Jesús

Jeremías 18, 18-20; Salmo 30; Mateo 20, 17-28

Nos cuesta escuchar lo que no nos interesa, lo que nos parece que nos hace daño o no va según nuestras conveniencias. Y es que a veces da la impresión que andamos como perdidos en la vida; y no se trata de que nos hayamos ido a las montañas o al bosque y perdimos el camino y ahora no sabemos donde estamos y cómo salir de ese atolladero; no se trata de que nos hayamos metido en la gran ciudad que no conocíamos y caminando entre calles y calles entretenidos en todo lo que va apareciendo a nuestros, ahora no sabemos donde estamos y cómo podemos volver por nuestro camino.

Es otra cosa; vamos haciendo un camino en la vida porque nos entusiasmamos por algo que nos parecía que nos podía interesar, encontramos a alguien con carisma y nos atrajo, pero cuando nos va dando las verdaderos motivaciones nosotros andamos como soñando con otras cosas y al final ni prestamos atención a aquello que se nos dice o que se nos propone. Seguimos tras aquella persona, porque quizás nos atrae su simpatía, su alegría, pero cuando nos habla de algunas exigencias, eso ni lo escuchamos.

¿Les estaría pasando a los discípulos así? Estaban entusiasmados por Jesús, escuchaban sus enseñanzas y se quedaban encantados con sus parábolas, los milagros que hacía despertaban un interés pero les parecía que aquella era un camino que les llevaría a triunfos y a que ellos pudieran alcanzar también esas glorias humanas que podían ver en otros. Ahora marchaban a Jerusalén, y les parecía que aquello iba a ser un camino victorioso. En Galilea la gente andaba entusiasmada por Jesús y las multitudes le seguían por todas partes; su fama llegaría también a Jerusalén y allí no iba a ser menos, pensaban ellos.

Por eso cuando ahora habla Jesús de su sentido de la subida a Jerusalén donde el Hijo del Hombre iba a ser entregado incluso en manos de los gentiles, no lo entendían. Ellos seguían con sus mismos pensamientos. Estaban como obcecados.

Por eso se adelante la madre de aquellos dos hermanos, los Zebedeos, y se postra ante Jesús porque quiere hacer una petición para sus hijos. ‘¿Qué deseas? ¿Qué pides?’ le pregunta Jesús. ¿Era un camino de triunfo y de gloria el que iban haciendo, al menos así lo pensaban ellos? Pues participar de esa gloria; y por aquello de que eran parientes de Jesús, que ocuparan los primeros puestos, uno a la derecha y otro a la izquierda, de ese poder que vislumbraban para Jesús.

‘No sabéis lo que pedís’, es la primera respuesta de Jesús. Respuesta que se convierte en pregunta. Había hablado Jesús poco menos que de un bautismo de sangre, porque había hablado de entrega que llevaría al sufrimiento y a la muerte, ¿estarían ellos dispuestos a ese bautismo de sangre? ‘¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?’ Y en el entusiasmo de sus sueños dicen que están dispuestos.

Están dispuestos y, como les dice Jesús, lo beberán. Pero en el Reino de Dios las cosas no son como nosotros a nuestra manera humana soñamos o imaginamos. Hay algo distinto que tenemos que hacer y que tendremos que llegar a vivir. No podemos andar a la manera de los reinos de este mundo. Bien lo sabemos; cómo la gente aspira al poder y es aspirar a riquezas y a dominio sobre los demás, es buscar honores y reconocimientos. Así andamos, así lo estamos viendo todos los días, como la corrupción va entrando en los corazones, el egoísmo y el orgullo es lo que impera, y surge todo lo que surge que lo estamos viendo en las noticias de todos los días.

En el camino de Jesús otros son los parámetros, otro es el estilo y la manera de hacer las cosas. Es el espíritu de servicio el que tiene que imperar en el corazón; y eso nos tiene que hacer humildes, ser capaces de hacernos los últimos para mejor servir a los demás, dejar de pensar en nosotros mismos para buscar el bien y lo bueno que tenemos que hacer. Y eso no es fácil, porque son muchas las cosas que de un lado y de otro estarán tirando de nosotros, nos atraerán y nos tentarán. De muchos orgullos y pedestales tenemos que bajarnos; otros caminos con los pies descalzos tenemos que hacer.

Estamos subiendo a Jerusalén, porque estamos haciendo el camino que nos lleva a la pascua en esta cuaresma. ¿Estaremos dispuestos a emprender el camino a la manera de Jesús? ¿Cuáles serán en verdad nuestras aspiraciones? ¿Andaremos también a la manera de los hijos del Zebedeo?

Mirad que no andemos también perdidos, porque no sepamos escuchar con corazón abierto a Jesús.

miércoles, 8 de marzo de 2023

¿Cómo casamos lo que Jesús nos habla de entrega y de servicio con lo que siguen siendo nuestras aspiraciones y nuestra manera de entender el seguimiento de Jesús?

 


¿Cómo casamos lo que Jesús nos habla de entrega y de servicio con lo que siguen siendo nuestras aspiraciones y nuestra manera de entender el seguimiento de Jesús?

Jeremías 18, 18-20; Sal 30; Mateo 20, 17-28

Cuando se nos mete algo entre ceja y ceja, parece que nada ni nadie nos hará cambiar; y no empleo una expresión que se ha introducido en nuestra manera de hablar que para un creyente me parece lo menos respetuosa, por no decir medio sacrílega, cuando le negamos hasta el poder a Dios para cambiarnos el corazón, o cambiar las cosas.

Pero volviendo a nuestra cabezonería nos sucede en muchas ocasiones, nosotros tenemos una visión de las cosas y las cosas tienen que ser como nosotros las vemos, y no aceptamos que nadie pueda tener una manera de ver o que realmente las cosas son distintas a como nosotros las vemos; nos empeñamos en que una cosa se ha de hacer de determinada manera y no aceptamos el que otro pueda tener otra forma y que incluso pueda ser mejor que la nuestra; cuando entramos en el tema de las opiniones nos volvemos tercos de verdad. No vemos otra cosa sino lo que a nosotros nos parece.

Algo así obcecados andaban los discípulos y los que rodeaban a Jesús. En varias ocasiones ya le ha anunciado lo que iba a suceder en Jerusalén en que iba a ser entregado en manos de los gentiles que llegarían a darle muerte, pero ellos siguen sin entender. Hoy ha hecho ese anuncio Jesús una vez más, pero inmediatamente la madre de los Zebedeos se acerca a hacer una petición a Jesús a favor de sus hijos. ¿La influencia familiar quizás porque andaban en la misma familia? ¿La confianza que habían depositado en Jesús a lo que se unía su amor de madre que quiere lo mejor para sus hijos? Parece que sus oídos han estado sordos para escuchar lo que Jesús acaba de anunciar.

Por eso viene a pedirle primeros puestos para sus hijos en su Reino. La idea preconcebida que tenían del Mesías no había quien se las quitara de la cabeza. A ello se unen las ambiciones humanas; quienes han vivido tiempos duros de opresión y de pobreza, escuchar la palabra liberación daba opción a muchas cosas, entre ellas estaba el poder, las grandezas humanas, un nuevo reino con nueva gente que enseguida se apunta a ver lo que puede caer.

Somos humanos y ahí están nuestras aspiraciones, nuestros sueños; quienes habían vivido pobremente en una situación de opresión, aquel cambio tenían que significar unas nuevas posibilidades. Y si sus hijos habían estado al lado de Jesús bien merecerían ahora lugares importantes.

‘No sabéis lo que pedís’, les dice Jesús, como nos dice a nosotros cuando seguimos con nuestras ambiciones, con nuestras rutinas, con nuestros apegos de los que parece que no podemos desprendernos. Y luego va y rezamos y pedimos no sé cuantas cosas, y queremos suerte, y queremos que nos salga la lotería, y queremos que siempre las cosas nos vayan bien, y queremos que aquellos que nos molestan desaparezcan del mapa. Y ahí están nuestras peticiones y nos creemos que ahí está Jesús para que nos resuelva nuestros problemillas.

‘No sabéis lo que pedís’, y nos sigue hablando de cáliz y de pasión, y pareciera que poco menos que nos lo tomamos como un juego o como un entretenimiento. Porque ahora en esta subida a Jerusalén que nosotros estamos haciendo, cuaresma es subida y subida hasta la pascua, hasta un monte donde habrá pasión y sufrimiento, donde abr muerte y habrá cruz, donde se nos anuncia la luz de la vida en la resurrección, nosotros seguimos erre con erre pensando en lo mismo de siempre para nuestra semana santa. Y no es que nos pensemos ir de vacaciones, sino que ya estamos pensando en las cosas que tenemos que preparar para la semana santa y todas las cosas que en la Iglesia tenemos que hacer. Pero seguimos sin pensar en lo que Jesús nos dice que es la Pascua y lo del bautismo del que le habla a los hermanos Zebedeos, y seguimos con nuestros mismos pensamientos y planteamientos.

Y nos tendrá que Jesús reunir de nuevo para decirnos qué es lo importante, cuáles son los valores por los que hemos de optar, cuáles han de ser nuestras verdaderas aspiraciones, y nos hablará de entrega, de sacrificio, de hacernos los últimos, de dar la vida, pero ¿llegaremos a entender? ¿Cómo casamos estas palabras de Jesús con lo que luego nosotros seguimos entendiendo que es la semana santa y cómo tenemos que celebrarla?

Parece que aún estamos lejos. Dejémonos conducir por el Espíritu de Jesús. Abramos nuestro corazón. Quitemos esas cosas que se nos meten entre ceja y ceja y no nos dejan cambiar.

domingo, 17 de octubre de 2021

Nuestra ambición mejor y nuestro sueño más bonito hacer un mundo mejor, el Reino de Dios, poniendo lo mejor de nosotros mismos para lograr esa felicidad para todos

 


Nuestra ambición mejor y nuestro sueño más bonito hacer un mundo mejor, el Reino de Dios, poniendo lo mejor de nosotros mismos para lograr esa felicidad para todos

Isaías 53, 10-11; Sal. 32; Hebreos 4, 14-16; Marcos 10, 35-45

Todos tenemos aspiraciones y sueños en la vida. Dicen que soñar es gratis. ¿Quién no quiere más o quiere algo distinto? Dentro de nuestro camino de crecimiento como personas está también el tener aspiraciones, no contentarnos con lo que somos, buscar algo mejor, llegar más allá. Si no hubiera habido hombres soñadores el mundo y la vida se hubiera paralizado. Como decíamos, es parte de nuestro crecimiento como personas, como sociedad.

Lo que sí tenemos que pensar es en qué soñamos o cuales son nuestras aspiraciones. Y ahí es donde puede estar nuestra piedra de tropiezo. Pensar que el mundo es solo para nosotros; en mi sueño o en mi aspiración querer estar por encima de los demás, tener más poder para que sea yo solo el que crezca, ser más grande u ocupar un determinado lugar para en esa búsqueda de mi grandeza personal yo poder manipular para que todo sea en mi propio beneficio. Estaríamos perdiendo algunos aspectos buenos de esos sueños cuando nos encerramos en nuestro círculo egoísta y lleno de soberbia.

Y aquí está la diferencia que nos marca Jesús. Dos soñadores se acercaron a Jesús, soñaban con ser los primeros, acaparar para ellos todo el poder que podía derivarse de ese reino que Jesús estaba anunciando. ‘Maestro, queremos que nos hagas lo que te vamos a pedir’. Así, poco menos que con exigencia. Tienes que hacerlo, puedes hacerlo, mira quiénes somos nosotros, hemos estado contigo siempre y además somos de una misma familia. Cuantos parecidos a cosas, actitudes y posturas semejantes que se siguen sucediendo hoy.

‘Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda’. Ahí está, los primeros puestos. No iban a quedarse en menos, con los méritos que ellos se creían que tenían. ‘No sabéis lo que pedís’, les dice Jesús. Ellos creían saberlo, tenían claras sus aspiraciones y estaban dispuestos a todo lo que fuera necesario para conseguirlo. Qué ciegos nos ponemos a veces. Dispuestos a beber el cáliz o pasar por el mismo bautismo de Jesús. No sabían lo que pedían. Aunque estaban dispuestos a todo no terminaban de comprender de qué cáliz hablaba Jesús o de qué bautismo. Estaban dispuestos, pero cuando llegara la hora de la pasión todos se desperdigaron, se perdieron, se encerraron, el miedo pudo con ellos.

Porque no eran solo aquellos dos los que estaban llenos de sueños y de aspiraciones. El resto cuando vio la petición de los hermanos Zebedeos por allá se pusieron también a criticar, a hacer sus consideraciones, a hacer aparecer la envidia que corroía también sus corazones y les hacía entrar también en esa lucha por los primeros puestos, que no se acabaría aquí a pesar de todas las cosas que Jesús a continuación les dirá. Seguirá siendo una discusión mientras iban de camino.

Y Jesús les habla, nos habla claro. Nuestras aspiraciones y sueños no pueden ir por esos caminos a los que nos hemos acostumbrado viendo lo que sucede a nuestro alrededor. Se quiere ser grande para tener poder, para buscar grandezas personales, para tener lugares no solo de prestigio sino donde todo lo tengan a su favor, que todo se convierta en un beneficio personal; y el poderoso dirige las cosas a su conveniencia pensando que todo es para él, y manipula no solo para hacer que las cosas sean en su beneficio sino peor de todo para manejar las personas y su voluntad, lo centra todo en sí mismo subiéndose a los más altos pedestales desde donde mejor pueda manipular, una carrera incesante e imparable que los hace cada vez más poderosos.

Y Jesús les dice que ese no puede ser su estilo y su manera de ser y de actuar. El camino tiene que ir por otros derroteros donde aprendamos a mirar con ojos nuevos a las personas que están a nuestro lado y a las que tenemos que ayudar a crecer, a ser ellas mismas; y para eso tenemos que aprender a despojarnos de esas ambiciones egoístas y entrar en el camino de lo sencillo, de lo pequeño, del abajarnos para ponernos a la altura del otro que es la mejor manera de levantarlo, del servicio para poner a disposición del otro todo lo que somos e incluso todo lo que tenemos aunque tanto nos cueste despojarnos de esas cosas.

Pero no son bonitas palabras las que Jesús les dice o buenos razonamientos. Es que El va delante. Ya les ha anunciado lo que significa la subida a Jerusalén, donde el Hijo del Hombre, aquel que es aclamado por las gentes sencillas, va a ser entregado, o mejor, es el mismo el que se entrega porque el Hijo del Hombre no ha venido para ser servido sino para servir. Se nos pone como ejemplo, se nos pone como camino, traza las huellas que nosotros hemos de seguir.

Que nuestra ambición mejor, que nuestro sueño más bonito sea hacer un mundo mejor, el Reino de Dios que Jesús nos anuncia, porque pongamos lo mejor de nosotros para lograr esa felicidad para todos. Es el camino de hacernos los últimos, porque somos capaces de desprendernos de todo, de despojarnos de esas cosas que pudieran parecer grandezas en nuestra vida; es el camino del servicio porque es el camino del amor verdadero. Un amor semejante al que nos tiene Jesús que por nosotros se entrega. 


lunes, 1 de julio de 2019

En torno a Jesús vemos que hay inquietud y surgirán muchas personas deseosas de querer imitar el maestro, de irse con El aunque seguirle tiene sus exigencias


En torno a Jesús vemos que hay inquietud y surgirán muchas personas deseosas de querer imitar el maestro, de irse con El aunque seguirle tiene sus exigencias

Génesis 18,16-33; Sal 102; Mateo 8,18-22
Signos de vitalidad se dan en una comunidad cuando vemos que la gente anda inquieta, no está siempre satisfecha con lo que tiene o con lo que hace, siempre está en movimiento buscando como hacer mejor las cosas y así surgen iniciativas que se ponen en común y se ofertan para ver qué más o mejor podemos hacer, y así vemos personas que se sienten llamadas de lo más hondo de si mismas y ofrecen sus cosas o se ofrecen ellas mismas, para ver en que se puede participar, como pueden hacer crecer más y mas la comunidad.
Mientras podemos contemplar pueblos amorfos, donde nadie se mueve para tener una iniciativa, todos están como a la expectativa a ver que hacen los otros, pero no surgen esas personas con valores que cuiden de dar vida a esa comunidad; pueblos amorfos, que pareciera que están dormidos o que ya no tuvieran vida porque lo que hacen es como dejarse arrastrar por la monotonía y la rutina. No hay vida, parece que todo está muerto, todos viven en esa dejadez.
Ejemplo palpable de esto lo podemos ver en tantas comunidades, en que nadie se compromete, donde no surgen esos nuevos lideres que conduzcan por nuevos derroteros a la comunidad, donde no vemos florecer esas personas con inquietud que sean capaces de movilizar a los demás. Comunidades muertas, en su desgana, en su rutina, en su conservadurismo, que languidecen poco a poco.
En torno a Jesús vemos que hay inquietud y surgirán muchas personas deseosas de querer imitar el maestro, de irse con El. En el evangelio de hoy tenemos dos ejemplos claros. Uno se ofrece estando dispuesto a todo y el otro escucha la invitación del Maestro. Pero este tiene sus cosas pendientes; le queda mucho de muerte en su alma; hay apegos en su corazón. Lo que se nos dice en el evangelio de que tenia que ir a enterrar a su padre es algo muy sintomático. Apegos del corazón, ataduras de las que no sabemos desandarnos, signos de muerte que muchas veces permanecen entre los pliegues de nuestro corazón, aunque tengamos buena voluntad y buenos deseos. Es como una rémora que nos frena, que nos impide ir más allá, no vemos otros horizontes sino que seguimos siempre en lo mismo. Cuantas cosas nos retrata ese pequeño detalle de tener que ir a enterrar a sus muertos.
El primero en su generosidad explosiva se ofrece para todo. ¿Hasta donde estará dispuesto a llegar? Si yo tuviera tiempo, decimos tantas veces, y hacemos hasta una lista de todas las cosas que haríamos, pero al final nos quedamos en nada, porque en nosotros sigue pesando que no tenemos tiempo.
Digo esto como ejemplo, de otros sueños, otras aspiraciones que podamos tener pero que sea algo fácil, que sea algo que yo pueda hacer, que no me quite mi tiempo de lo que ya son mis ocupaciones, que sea aquí cerca, y no tenga que ir por otros sitios desconocidos, y así pensamos en tantas cosas cuando queremos aparecer como muy generosos y siempre dispuestos, pero que cuando vemos la dificultad ya no nos ofrecemos tan alegremente. ‘Las zorras tienen madrigueras y los pájaros nido…’ bueno que yo tenga unas mínimas cosas para poder realizar mi tarea y quizá lo que estamos es buscando facilidades para que no se nos complique mucho la vida.
‘El Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza’. ¿No recordamos que allá en Belén no había ni sitio en la posada para tener una cuna para su nacimiento? Cuando nos ponemos a seguir a Jesús no podemos estar pensando en esas cosas técnicas, o en esas cosas que nos faciliten nuestra tarea, para entonces verlo fácil eso de seguir a Jesús.  Muchas veces o miramos para atrás cuando ponemos la mano en el arado o estamos pidiendo que se nos pongan a disposición unos medios para yo poder comprometerme en esa tarea de la evangelización.
Y no es ese el estilo de Jesús. Pensemos en cuantos medios queremos tener a nuestra disposición, porque de lo contrario no sabríamos qué hacer en las tareas pastorales. No digo que no los utilicemos, sino que no los convirtamos poco menos en cosas absolutamente necesarias, absolutos, para poder realizar la tarea de la evangelización.

martes, 18 de junio de 2019

Jesús nos propone metas altas, metas que rompen esquemas, metas que nos hacen ser inconformistas porque así es siempre el camino del amor


Jesús nos propone metas altas, metas que rompen esquemas, metas que nos hacen ser inconformistas porque así es siempre el camino del amor

2Corintios 8,1-9; Sal 145; Mateo 5,43-48
Somos buenos, decimos tantas veces, y ya parece que nos quedamos contentos como si hubiéramos alcanzado una gran meta. Somos buenos, decimos, no matamos a nadie, no levantamos grandes testimonios como se suele decir, no me gusta hablar mal de nadie, pero hay cosas que uno ve y que no le gustan y comentamos, pero levantar testimonios, nunca, nos justificamos.
Somos buenos, pero parece que no tenemos más ilusiones, nos contentamos como ya somos y no tenemos mayores aspiraciones ni ilusiones. Alguien dijo que quien ya no tiene ilusiones ya está comenzando a morir, ya está comenzando a dar olor a muerte, porque nos aspiramos a algo mejor, a una superación, y simplemente nos dejamos ir, que es como dejarse morir.
Hacemos lo que todos hacen, no tenemos iniciativa de algo mejor para la vida, ni la nuestra ni la de los demás, nos vamos arrastrando, y claro si nos molestan, reaccionamos, pero no para despertar, sino para ponernos en actitud de defensa o de ataque; y claro no me voy a quedar quieto, no me voy a quedar callado, no voy a mezclarme con quien me hizo daño, nos ponemos lejos y trazamos fronteras o respondemos con guerra.
Jesús no nos quiere ni tan amorfos, ni sin ilusiones de algo más, de algo mejor. Es más, Jesús nos propone metas altas, metas que rompen esquemas, metas que nos hacen ser inconformistas con nosotros mismos por querer algo mejor, e inconformistas con los demás aunque respetemos los ritmos de cada uno, pero para los que queremos lo mejor, y les ofreceremos lo mejor de nosotros mismos para ayudarles también a reaccionar y despertar.
Tan alta es la meta que nos propone Jesús que nos dice que tenemos que ser perfectos, como perfecto es nuestro Padre del cielo, que tenemos que ser santos como es nuestro Padre del cielo. Y esa perfección y santidad pasa por romper esos moldes a los que nos hemos acostumbrado pero que nos damos cuenta que no son buen ideal. Por eso nos invita a entrar en una relación nueva y distinta con los demás.
Nuestras relaciones no tienen que poner distancias, que hacer discriminaciones, crear diferencias, guardar resentimientos ni recelos, mantener desconfianzas. Es el camino del amor que nos va a distinguir, que nos va a hacer distintos, que nos va a hacer soñar, que nos va a comprometer con un sentido nuevo, con unos valores nuevos. Pero eso tiene que estar presente siempre el perdón, y saber buscar lo que nos lleve siempre a la reconciliación y a la paz, y crear nuevos lazos de amor y de amistad, a vivir en una nueva comunión, a sentirnos en armonía con cuantos están a nuestro lado y con toda la creación.
Será nuestro distintivo, lo que como un suave y penetrante perfume atraerá a todos a ese nuevo sentido de vivir. Es el olor del evangelio, es el buen olor de Cristo que perfuma nuestra vida y que perfumará nuestro mundo, para crear ese mundo de paz. Es nuestro compromiso y nuestra manera de hacer las cosas. Es la construcción del Reino de Dios.
Somos buenos pero podemos ser mejores. La meta ideal que nos propone Jesús es bien alta y merece la pena intentarlo, comprometernos a alcanzarla.

martes, 25 de julio de 2017

Sabemos bien y con realismo lo que soñamos y por esa esperanza tenemos que luchar, dispuestos a la entrega y compromiso como el Apóstol Santiago

Sabemos bien y con realismo lo que soñamos y por esa esperanza tenemos que luchar, dispuestos a la entrega y compromiso como el Apóstol Santiago

Hch. 4, 33; 5, 12. 27b-33; 12, 2; Sal 66; 2Cor. 4,7-15; Mt. 20, 20-28

‘¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?... no sabéis lo que pedís’. Es la respuesta a la petición que le han hecho los dos hermanos Zebedeos.
Pronto aparecen los sueños, las apetencias, las ambiciones que muchas veces se llevan ocultas en el corazón. Todos en algún momento nos ponemos a soñar; cómo nos gustaría que fueran las cosas, lo que desearíamos para un mañana de nuestra vida, lo que desearíamos de los demás. Sueños y aspiraciones nobles en principio cuando no las llenamos de ambición y las viciamos con deseos materialistas o excesivamente sensuales.
Soñar nos hace aspirar a un futuro que siempre queremos que sea mejor, nos hace buscar metas, tener algo por lo que luchar. No es malo soñar. Pero tengamos los pies en la tierra, veamos claramente el mundo que pisamos, lo que somos y, por así decirlo, de lo que estamos hechos. Pongamos verdadera nobleza en nuestros sueños y aspiraciones y seamos capaces de elevarnos por encima de metas caducas.
Sueñan los discípulos y se llena de ambición su corazón. Ayudaba a ello los deseos de una vida mejor, un mundo mejor frente a la situación que Vivian entonces. Ayudaba la esperanza de un Mesías Salvador que esperaban como buenos judíos, pero cuya imagen habían ido transformando excesivamente desde sus afanes demasiado humanos y terrenos. El Reino que Jesús anunciaba aun no terminaban de entenderlo más allá de un sentido material. Allí querían tener primeros puestos.
De ahí su petición, estar a su derecha y a su izquierda. Provocaría también la envidia y desconfianza del resto de los discípulos. Jesús se los aclarará con la pregunta que les está haciendo. ¿Sois capaces de vivir el mismo bautismo, la misma pasión, la misma entrega que yo voy a vivir? Aunque todavía no han llegado a entender hasta donde va a llegar la entrega de Jesús, su amor por El les hará decir que son capaces. Y beberán el cáliz, Santiago seria el primero de los apóstoles den dar la vida por el evangelio, y vivirán esa entrega, celebramos a quien llego hasta el final de la tierra conocida entonces para hacer ese anuncio del Evangelio.
Hoy nosotros estamos celebrando en España la fiesta del Apóstol Santiago, el Apóstol que primero vino a nuestras tierras hispanas a traernos la luz del evangelio, y cuya tumba según piadosa tradición conservamos en el Campo de las Estrellas, en Compostela. Para nosotros es un orgullo, una alegría honda, pero también un compromiso grande.
De él hemos de recoger ese testigo para seguir haciendo el mismo camino. También seguimos soñando y aspirando con el corazón lleno de esperanza. Soñamos, sí, que podemos hacer que nuestro mundo sea mejor y tenemos el instrumento en nuestras manos que es el evangelio de Jesús que tenemos que anunciar. Creemos que si nos impregnamos del espíritu del evangelio, llenamos nuestra vida de los valores que nos propone, vivimos la salvación que Jesús nos ofrece estamos construyendo ese mundo mejor.
Tenemos que colaborar con todos, porque todos juntos hemos de trabajar unidos por hacer ese mundo mejor pero nosotros lo hacemos desde nuestros valores, desde nuestros principios, desde nuestra fe. Es el aporte importante que nosotros podemos y tenemos que hacer y de lo que no hemos de escondernos.
La espiritualidad de la que impregnamos nuestra vida cuando queremos vivir según el sentido del evangelio, hace que elevemos siempre nuestras metas dándole verdadera profundidad a lo que queremos hacer. Y a eso no podemos rehusar. Y ahí tendrá que notarse en nuestra sociedad nuestra presencia de cristianos con nuestros valores. Ser creyente y cristiano no es para quedarse encerrado en la sacristía y convertir todo lo que es nuestra vida en lo que hagamos dentro de los muros de nuestros templos.
Nuestro ser cristiano tiene que manifestarse en todo lo que es nuestra vida social, nuestra relación con los demás, el compromiso que vivimos con nuestro mundo para contribuir entre todos a hacerlo mejor. No solo los demás tienen la palabra para hacer que nuestro mundo sea mejor. Nosotros también tenemos una palabra que decir, una acción que realizar, un compromiso que vivir. Sabemos bien y con realismo lo que soñamos y por esa esperanza tenemos que luchar. Dispuestos tenemos que estar para beber el cáliz de esa entrega y compromiso.

lunes, 11 de julio de 2016

No busquemos ganancias materiales por lo bueno que hacemos sino que tengamos la esperanza de la plenitud de vida que en Cristo vamos a alcanzar

No busquemos ganancias materiales por lo bueno que hacemos sino que tengamos la esperanza de la plenitud de vida que en Cristo vamos a alcanzar

Proverbios 2,1-9; Sal 33;  Mateo 19,27-29

‘Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué nos va a tocar?’ Una pregunta muy humana que se hace Pedro y que le plantea a Jesús aunque nos pudiera parecer  por otra parte interesada desde aquello bueno que ha hecho de seguir a Jesús. Una pregunta que en el fondo todos nos hacemos cuando quizá no vemos un fruto inmediato de aquello por lo que quizá nos estamos sacrificando tanto y con una efectividad o ganancia para nosotros. Tanto que he hecho yo por esa persona y así me paga, tenemos la tentación de decir.
De qué me vale todo esto que estoy haciendo si luego sigo en las mismas y no me trae sino sacrificios y renuncias, nos planteamos quizá en alguna ocasión. Para qué todo eso que hago si luego en lugar de agradecimiento lo que encuentro son incomprensiones, malos juicios, desconfianzas porque quizá están viendo segundas intenciones en aquello que hago gratuita y generosamente.
De aquello que hacemos queremos obtener un fruto, un resultado, algo que signifique ganancia para mi vida. Podemos decir que somos interesados pero en fin de cuentas es humano querer ver el fruto de lo que hacemos. Claro que muchas veces el fruto lo queremos ver en lo material y quizá no nos damos cuenta de la riqueza interior que vamos ganando en los valores que vamos desarrollando, en la madurez que vamos alcanzando en nuestra vida, en todo eso que nos enriquece por dentro espiritualmente cuando somos generosos, cuando cumplimos con nuestro deber, cuando hacemos algo por los demás o por mejorar ese mundo en el que vivimos.
Es, repito, la pregunta que se hacia Pedro y le estaba planteando a Jesús. Un día Jesús les había invitado a seguirle y ellos lo habían dejado todo, la barca, las redes, la pesca, lo que era su trabajo y su vida para seguir a Jesús. Con El se habían ido por aquellos caminos de Galilea y de toda Palestina siguiendo al Maestro que anunciaba un mundo nuevo, el Reino de Dios que llegaba pero ellos aun no terminaban de ver las señales de esa llegada.
Algunas veces en su interior estaban aspirando a ver qué lugar iban a ocupar en ese reino nuevo porque no habían terminado de entender el sentido de ese Reino. Discutían por los primeros puestos, Santiago y Juan valiéndose de los parentescos un día le habían pedido a Jesús ocupar  el puesto de la derecha y de la izquierda, los discípulos habían reaccionado llenos de recelos, y Jesús les explicaba que la grandeza estaba en hacerse el último y el servidor de todos, pero era algo que les costaba entender.
Sin embargo Jesús les había ido anunciando también que iban a encontrar incomprensiones y persecuciones, como a El mismo le iba a suceder; anunciaría Jesús lo que significaría su subida a Jerusalén como un camino de pascua, porque iba a ser  entregado a los gentiles, incluso, y lo condenarían a muerte; es cierto que anunciaba resurrección pero ellos seguían teniendo sus dudas. ¿Y si era cierto lo que decían los saduceos que no había resurrección?
Ahora Jesús les dirá claramente ‘Os aseguro: cuando llegue la renovación, y el Hijo del hombre se siente en el trono de su gloria, también vosotros, los que me habéis seguido, os sentaréis en doce tronos para regir a las doce tribus de Israel. El que por mí deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, mujer, hijos o tierras, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna’. Pero ¿cómo habían de entender estas palabras?
Un anuncio de vida eterna, un anuncio de plenitud, una esperanza que ha de haber en el corazón, un descubrir lo que son en verdad los auténticos valores por los que luchar y hasta sacrificarse. Si en otra ocasión diría que un vaso de agua dado en su nombre no se quedaría sin recompensa, esa entrega, ese darse, esas renuncias que habían hecho en sus vidas un día se transformarían en plenitud. No nos importe hacer el bien aunque quienes estén a nuestro lado no lo entiendan; entendamos cuál es la verdadera ganancia para nuestra vida, busquemos lo que es la plenitud de la vida eterna que el Señor nos ofrece.

domingo, 18 de octubre de 2015

No nos confundamos en nuestras ambiciones ni nos quedemos en las grandezas humanas sino busquemos lo que verdad nos hará vivir en la mayor plenitud

No nos confundamos en nuestras ambiciones ni nos quedemos en las grandezas humanas sino busquemos lo que en verdad nos hará vivir en la mayor plenitud

Isaías 53, 10-11; Sal. 32; Hebreos 4, 14-16; Marcos 10, 35-45
Todos en la vida tenemos aspiraciones, soñamos con algo, hay ambiciones en el corazón que nos hacen luchar por algo. Es la vida. Y la vida tiene que crecer, ansiamos lo mejor, queremos una vida en plenitud. Y eso se llamará desarrollo de nuestras capacidades y valores, crecimiento personal, aspiraciones y ambiciones de todas formas que anidan en nuestro corazón. Eso en sí mismo, decimos de entrada, no es malo. Porque lo contrario sería anularnos, un camino de muerte, podríamos decir.
Pudiera parecer ir a contracorriente en mi reflexión con los comentarios que normalmente hacemos ante este pasaje del evangelio. A contracorriente aparentemente de los comentarios habituales, es cierto, pero no me estoy alejando de ninguna manera de lo que es el espíritu del evangelio. Ya nos enseñará Jesús en otro momento con sus parábolas que tenemos que hacer fructificar nuestros talentos.
Ahí aparecen los sueños de los hermanos Zebedeos; se manifiestan ellos hoy claramente, pero ¿por qué no pensar que eso andaba también en el corazón de los otros discípulos? Les veremos mientras van de camino ir discutiendo por los primeros puestos. Además no terminaban de ver claro que Jesús fuera el Mesías y cuál era la misión del Mesías. Pesaba mucho sobre ellos, como sobre todo el pueblo en general, la idea de un Mesías caudillo para liberar a Israel de la opresión de los otros pueblos. Recordaban quizá demasiado guerrero a Moisés que los había sacado de Egipto - como vemos incluso en las imágenes que hoy se nos ofrecen en las películas - olvidando la misión profética que había realizado Moisés guiando a su pueblo, enseñándoles a ser un pueblo unido, constituyéndolos como pueblo. La liberación que había realizado Moisés era mucho más que sacarlos de Egipto.
Aparecen, sí, Santiago y Juan pidiendo primeros puestos, uno a la derecha y otro a la izquierda. En su deseo de seguir a Jesús y seguirlo en la mayor plenitud aparecen las confusiones de la mente y del corazón. Aparecen las ambiciones que buscan el poder y la influencia. Maestro, queremos que hagas lo que te vamos a pedir… Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda’. Y es donde Jesús les va a hacer reflexionar, les va a hacer ver que otras han de ser las aspiraciones, que otro ha de ser el estilo y el sentido en su reino.
Es cierto, como antes recordábamos, que nos pide que hagamos fructificar nuestros talentos, pero no son simplemente para un enriquecimiento personal, por el deseo de alcanzar poder o influencia; es algo más y es algo distinto porque la meta está en el servicio. ‘Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen. Vosotros nada de eso: el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos’, les dirá luego cuando surgen los resentimientos y las envidias en el resto de los discípulos. Y se pone de modelo a sí mismo. ‘Porque el Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos’.
Y es que la razón de ser, la motivación grande de la vida ha de ser la del amor. Es lo que hace Jesús y es lo que nos pide a nosotros. Crecemos para amar y amando crecemos; amándonos y dándonos en como llegamos a vivir la vida en mayor plenitud. Y cuando amamos nos damos generosamente y sin límites, nuestra entrega es hasta el final. Y amar algunas veces duele, porque nos arrancamos de nosotros mismos, nos desprendemos de nosotros para ir al otro, para dar al otro, para ser para el otro. Y eso cuesta. Cuesta desde nosotros mismos y cuesta de lo que quizá en otros podamos encontrar. Alguien no entenderá quizá ese amor, esa entrega y eso nos puede hacer sufrir. A Jesús le llevó a la pasión y a la muerte, pero con la certeza de la vida, con la certeza de la resurrección.
Por eso cuando los hermanos Zebedeos le piden primeros puestos Jesús les dirá si son capaces de beber el mismo cáliz que El ha de beber, si ellos serán capaces de amar y de darse hasta el final siguiendo el estilo de Jesús aunque eso les llevara a pasión, a sufrimiento, a muerte de sí mismos. Todo será una consecuencia del amor, de ese amor sin límites. No es que Jesús buscara el sufrimiento por si mismo o que Dios se lo exigiera. Lo que busca Jesús es amar, lo que quiere Dios es que amemos. Y es la ofrenda de Jesús que ha de ser nuestra ofrenda.
Decíamos al principio que tenemos aspiraciones, ambiciones, sueños de algo grande y mejor. Pero ya vemos cuál es el camino, cuáles han de ser las motivaciones profundas que tengamos en esos deseos de vivir. Crecemos, nos desarrollamos, llegamos o queremos llegar a la mayor plenitud de nosotros mismos en lo que somos y en lo que podemos hacer, pero no es para buscar pedestales, no es para servirnos de los demás, no es para aprovecharnos de forma egoísta, no es simplemente por mi enriquecimiento personal (y cuando hablo de enriquecimiento no es solo lo material o lo económico) sino porque queremos un mundo mejor para todos, porque amamos y estamos dispuestos a servir con lo que somos y todo lo que es nuestra vida. Queremos construir el Reino de Dios.
Que el Señor nos ayude a descubrir esa verdadera grandeza que encontramos en el amor; que no nos confundamos en nuestras ambiciones ni nos quedemos en las grandezas humanas; que busquemos lo que en verdad nos hará vivir en la mayor plenitud y eso lo lograremos en un amor como el de Jesús y con la fuerza del Espíritu de Jesús.