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sábado, 19 de agosto de 2023

Tenemos que saber recomenzar, reemprender muchas veces de nuevo para hacer que todo tenga nueva y más fuerte vitalidad, aprendamos a resetear haciéndonos de nuevo niños

 


Tenemos que saber recomenzar, reemprender muchas veces de nuevo para hacer que todo tenga nueva y más fuerte vitalidad, aprendamos a resetear haciéndonos de nuevo niños

Josué 24,14-29; Sal 15; Mateo 19,13-15

No seas un niño, le decimos quizás a alguien, y en cierto modo de manera despectiva, cuando nos parece que se está comportando de una manera muy infantil. ¿Quizás podríamos preguntarnos por que es un niño? ¿Por qué se comporta de una manera inocente y sin malicia? ¿Qué tiene eso de malo? ¿Es que es necesario ir por la vida siempre con una mirada atravesada, llena de desconfianzas, o con los malos instintos , como solemos decir, de estar echando la zancadilla para ver cómo cae el otro?

¿Será acaso niño porque se deja sorprender por la vida y todo le llama la atención? Sentir curiosidad por lo que no se conoce, sentir deseos de saber y aprender más, tener inquietud en nosotros que no nos deja quietos e imperturbables ante lo que sucede alrededor, estar buscando siempre algo nuevo, algo que hacer, algo que nos haga desarrollarnos y crecer, no creo que sea malo para la persona sino más bien necesario.

Nos hace falta despertar esa inquietud en nuestros corazones porque es la manera como creceremos, como avanzaremos en la vida, cómo vamos haciendo que la vida en verdad sea interesante y creativa. Por eso me atrevo a decir que no es tan malo ser como un niño, porque siempre tenemos esa inquietud en nuestro corazón por algo más, por algo distinto, por algo nuevo, por algo mejor. No nos podemos quedar adormilados en la vida, porque camarón que se duerme se lo lleva la marea, que dice el refrán popular, porque quien vive adormilado no sabrá disfrutar de lo mejor de la vida, no sabrá llenar la vida de grandes sueños y de grandes ideales, y su vida perderá vitalidad.

Me hace pensar en todo esto como plan incluso para darle vitalidad a la vida, lo que escuchamos hoy en el evangelio. ‘Le presentaron unos niños a Jesús para que les impusiera las manos y orase, pero los discípulos los regañaban’. Quiero ponerle incluso un poco de imaginación al tratar de contemplar este episodio. Jesús quizás sentado en la plaza, sentado a la puerta de su casa, como tantas veces quizás nosotros hemos hecho después de nuestras tareas y trabajos, y los niños que revolotean a su ardedor con sus juegos, sus gritos, su alegría; podemos ver tan a unas madres, como nos dice el evangelio que le traen a sus hijos a Jesús para que se los bendijera.

Pero allí están los de siempre, en este caso eran los discípulos tan celosos del descanso de su maestro. Vaya jaleo con los muchachos, sus carreras, sus juegos, sus gritos, sus preguntas y sus curiosidades. Quiten a esos chiquillos que no hacen sino molestar. Una reacción muy celosa. No sé, pero recuerda alguna escena alguna vez contemplada en nuestros templos con los jaleos que forman los chiquillos. Pero es importante la reacción de Jesús. ‘Dejadlos, no impidáis a los niños acercarse a mí; de los que son como ellos es el reino de los cielos’.

Y ahora nos dice que Jesús que ‘de los que son como ellos es el Reino de los cielos’. ¿Entonces tenemos que hacernos niños revoltosos e inquietos? Creo que nos damos cuenta de la inquietud que hemos de tener muy despierta en nuestro corazón. Esas ganas de más y mejor, esa búsqueda continua tan necesaria en la vida, ese dejarnos sorprender por las maravillas de Dios, esa apertura tan necesaria en nuestro corazón. No nos dejemos avejentar, no permitamos que se endurezca el corazón, no es posible que nos acostumbremos de tal manera a las cosas que las convirtamos en una rutina, arranquemos esas costras de pasividad con que nos vamos envolviendo tantas veces, tengamos la inquietud vital de ese niño que parece que se toma la vida como un juego pero que es así como va creciendo, es necesario tener la juventud que busca siempre la novedad para darle más intensidad a la vida y a lo que estamos haciendo.

Por algo nos dirá Jesús en otro momento que es necesario nacer de nuevo. No podemos seguir viviendo anquilosados en el hombre viejo. Tenemos que saber recomenzar, reemprender muchas veces de nuevo para hacer que todo tenga nueva y más fuerte vitalidad, aprendamos a resetear haciéndonos de nuevo niños que nos dejemos sorprender y sepamos hacer nuevas todas las cosas.

viernes, 18 de agosto de 2023

No podemos perder de vista lo que son nuestras metas e ideales, no podemos ensombrecer y de ninguna manera quitarle brillo a lo que es la sublimidad del amor

 





No podemos perder de vista lo que son nuestras metas e ideales, no podemos ensombrecer y de ninguna manera quitarle brillo a lo que es la sublimidad del amor

Josué 24,1-13; Sal 135; Mateo 19,3-12

La historia de nuestra vida tendríamos que convertirla en una historia brillante, en una historia de amor; son nuestros deseos, son nuestros sueños, podríamos decir, más elementales; es lo que buscamos y de alguna manera por lo que luchamos.

Pero pronto nos damos cuenta en la vida que sin embargo esta llena de claroscuros y de sombras, no todo brilla conforme son nuestros deseos, y encontraremos espinas que nos hieren, encontraremos contradicciones que nos confunden, encontraremos sombras de dolor que nos llenan de pesar y algunas veces todo nos puede parecer un sin sentido, porque no siempre quizás entendemos lo que nos pasa y nos encontramos como desorientado en la vida; y hasta en aquello que pareciera que llamamos amor por antonomasia, como es el amor de una pareja, el amor de un hombre y una mujer, el amor matrimonial también parece que pierde su brillo el amor y aparecen sombras que parecen destruirlo.

Pero seguimos buscando ese mundo de armonía, seguimos soñando con cosas bellas para nuestra vida, y aunque nos veamos como arrojados de acá para allá en una vida turbulenta, seguimos buscando el amor, seguimos queriendo que brille nuestra vida en todos sus aspectos.

Hoy Jesús nos propone una vez más lo que son sus ideales, lo que sueña para nuestra vida. Nos recuerda algunas cosas que son fundamentales en la vida y en toda relación humana, dejándonos claro el ideal que quiere para nosotros. No nos recrimina ni nos echa en cara, aunque constatemos las duras y crudas realidades de la vida que parece que todo quieren destruirlo. Pero las metas que nos propone Jesús ahí están de forma permanente aunque constatemos nuestra debilidad, nuestra flaqueza.

Nos recuerda que algunas veces se nos endurece el corazón, pero que tenemos que renovar continuamente nuestro amor que es el mejor suavizante que nos haga de nuevo tiernos en la vida para vivir lo que es la belleza y la hermosura del amor. Jesús conoce bien nuestras flaquezas, y El quiere caminar delante de nosotros dando en El las señales del Reino que nosotros también hemos de vivir, que también hemos de reflejar en nuestras actitudes y comportamientos, en nuestra manera de afrontar la vida y también los problemas que nos van apareciendo y que nos desestabilizan en lo más profundo de nuestras vidas.

No siempre es fácil mantener ese ritmo del camino; muchos cantos de sirena envuelven nuestros oídos y nuestra vida queriendo ofrecernos otros camino que quieren incluso presentársenos más fáciles, pero que sin embargo debilitan nuestra humanidad y pueden terminar por destruirla. No podemos perder de vista lo que son nuestras metas y nuestros ideales. No podemos ensombrecer, de ninguna manera quitarle brillo a lo que es la sublimidad del amor. Eso tendrá que resplandecer por encima de todo, aunque el mundo llame a cualquier cosa amor.

Algunas veces nos cuesta entenderlo, y mucho más vivirlo. Pero sabemos cuales son nuestras metas, como sabemos también en donde encontramos la fuerza para vivir ese amor.

domingo, 4 de julio de 2021

Necesitamos una Iglesia profética que actúe en medio del mundo a la manera de Jesús y asumir como cristianos la misión profética que hemos recibido

 


Necesitamos una Iglesia profética que actúe en medio del mundo a la manera de Jesús y asumir como cristianos la misión profética que hemos recibido

Ezequiel 2, 2-5; Sal. 122; 2Corintios 12, 7-10; Marcos 6, 1-6

Alguna vez puede sucedernos que tenemos un proyecto preparado con el mayor entusiasmo y dedicación con el que uno piensa que aquello puede ser la gran solución a graves problemas o situaciones para las que hasta entonces no se había encontrado salida o quizás pocos realmente se habían preocupado por resolver dicha situación y nos encontramos con el rechazo de frente, bien porque gente interesada no cree que esa sea la solución que quizás pueda afectar a sus intereses personales, bien por antipatías personales que tratan de desprestigiarnos. Nos sentiremos mal seguramente, podemos reaccionar con un abandono a su suerte de aquellos planes propuestos, heridos por el amor propio nos podremos poner guerreros y llenarnos de violencias, o nos sentiremos fracasados, por mencionar algunas posibles salidas.

¿Creemos de verdad en esos proyectos o en esos planes? ¿Nos sentiremos con la responsabilidad de llevarlos adelante contra todo viento o marea? ¿Nos volveremos algo así como unos quijotes que luchamos algunas veces casi sin saber contra quienes luchamos? ¿Seremos capaces de arriesgarnos a lo que pueda venir y seguir adelante con esos planes que tratan de mejorar alguna situación?

Nos encontramos en la vida con gente luchadora, que no como quijotes, sino como unos auténticos profetas luchan por unos ideales y por unas metas, tienen claros sus objetivos en la vida, buscan la manera de llevar adelante aquello que ellos consideran justo, y eso lo podemos ver en muchos aspectos de la vida. Serán quizás unos incomprendidos y muchas veces se sentirán solos, pero siguen adelante con arrojo y valentía luchando por poner ese grano de arena, que algunos no aceptan, pero que ellos saben que pueden mejorar nuestro mundo, nuestra sociedad.

¿Cómo se sentiría Jesús cuando fue a su pueblo, donde se había criado, Nazaret, y al intentar enseñar en la sinagoga como ya venía haciéndolo en otros lugares se encontró con el rechazo de su gente, de sus convecinos, incluso quizás de algunos familiares? No es extraño esto que digo de los familiares porque ya nos dice el evangelio en otro lugar que en una ocasión su familia pretendió llevárselo con ellos porque decían que no estaba en sus cabales. ¿Sentiría sensación de fracaso? Ya nos dice el evangelista que se extrañó de su falta de fe y allí no hizo ningún milagro.

Era el hijo de María y de José el carpintero; por allí andaban sus hermanos y familiares; ellos no habían visto que asistiera a ninguna escuela rabínica para aprender y tener algún título para enseñar. ¿Qué autoridad y qué sabiduría era esa?

Pero ya nos dice el evangelista para cerrar este episodio que siguió enseñando por los pueblos de alrededor. Jesús tenía claro cual era su misión profética. Reconoce con el dicho popular que ningún profeta es bien mirado en su tierra, que solo en su tierra lo rechazan y no lo aceptan. El anuncio del Reino de Dios no podía dejar se realizarse. Como profeta no podía callar, aquello que había recibido del Padre. Y empleamos esta expresión de profeta para referirnos a Jesús sin mermar ni un ápice lo que era el ser y la misión de Jesús.

Como nos dirá en otros momentos del evangelio El no nos trasmite otras cosas sino lo que ha recibido de su Padre, es el enviado del Padre. Como se nos dirá en otro momento tanto fue el amor que Dios nos tenía que nos envió y nos entregó a su Hijo único, nos dio a Jesús. El Verbo de Dios que era la luz de los hombres, aunque los hombres la rechazasen, porque las tinieblas tratan de rechazar, de ahogar la luz. Y la luz no se puede ocultar debajo del celemín, sino que hay que ponerla bien alto para que ilumine a todos los de la casa.

Con Jesús nosotros desde nuestro bautismo – para eso fuimos ungidos – hemos sido hechos sacerdotes, profetas y reyes, porque así nos configuramos con Cristo para ser como El. Por eso tenemos también que tener muy claro cuál es nuestra misión en medio del mundo. El mundo necesita profetas y es lo que tenemos que ser en verdad los cristianos en medio del mundo. No lo podemos olvidar. Aunque no nos acepten o nos rechacen; aunque seamos unos incomprendidos y hasta perseguidos por realizar esa misión. Pero tenemos que reconocer que tenemos medio abandonada esa misión profética. Como tenemos que saber descubrir y apreciar a esos profetas, aún sin fe, que en medio de nuestro mundo luchan por causas justas, que no son nuestros contrincantes en la lucha por un mundo mejor, sino que en todo lo bueno que haga un mundo más justo hemos de saber colaborar.

Es la misión de la Iglesia que no puede olvidar, de la que no se puede escaquear. Necesitamos en verdad una Iglesia profética en medio del mundo de hoy para que pueda realizar en verdad la misma obra de Jesús. A alguien le escuché decir en una ocasión hablando de la oración por las vocaciones al Sacerdocio ante la escasez de sacerdotes que más bien tendríamos que pedir al Señor por la abundancia de vocaciones de profetas. Es lo realmente necesitamos en la Iglesia, profetas auténticos que miren con los ojos de Dios nuestro mundo y nuestra sociedad para traernos la Palabra de Dios que nos ilumine y nos transforme. Es lo que hizo Jesús. Es nuestra tarea y nuestra misión.

lunes, 4 de marzo de 2019

Soñemos, aspiremos a cosas grandes, somos capaces a pesar de nuestra debilidad, ese camino no lo vamos a hacer solos, contamos siempre con el Espíritu del Señor



Soñemos, aspiremos a cosas grandes, somos capaces a pesar de nuestra debilidad, ese camino no lo vamos a hacer solos, contamos siempre con el Espíritu del Señor

Eclesiástico 17,20-28; Sal 31; Marcos 10,17-27
Hay momentos en que parece que estamos dispuestos a comernos el mundo; nos sentimos animados y en nuestros deseos parece que todo lo vemos color de rosa, o al menos nos sentimos capaces de hacer muchas cosas. ¿Sueños? No es malo soñar, pero no nos podemos quedar en el sueño sino mirar la realidad y ver lo que es posible.
Es bueno que deseemos más, que queramos hacer grandes cosas, que nos preguntemos qué más podemos hacer, que nos hagamos planes y tengamos buenos propósitos. Pero hay que caminar en el día a día, porque cuando nos enfrentamos a eso que soñamos o nos planificamos, quizá nos damos cuenta que no es tan fácil, que parece que eso que nos propusimos nos supera, y tenemos el peligro de comenzar a relantizar nuestros buenos propósitos y al final nos demos la vuelta y volvamos a lo de siempre.
Muchas rémoras pueden aparecer en nuestra vida que nos frenen, cansancios y desganas, inconstancia para perseverar, metas que nos parecen imposibles de alcanzar, cosas de nuestro entorno que nos distraen de lo que nos propusimos, quizá el que los que están a nuestro lado no nos entiendan y nos digan que por qué nos metemos en esos berenjenales y nos llamen locos, apegos interiores o en la rutina de nuestras vidas que nos arrastran como un peso de debilidad…
Hoy el evangelio nos habla de un joven que con mucho entusiasmo se acercó a Jesús preguntándole que había de hacer para alcanzar la vida eterna. En su respuesta Jesús va dando pasos para ver el camino que hace aquel joven. Le propone los mandamientos, pero él ha sido bueno y cumplidor desde su niñez; da un paso más Jesús pidiéndole que se desprenda de lo que tiene, que sea capaz de quedarse sin nada para compartirlo con los pobres y que así tendrá un tesoro en el cielo. ¿No le ha preguntado que hacer para alcanzar la vida eterna? Jesús le habla del verdadero tesoro que ha de atesorar en el cielo.
Los entusiasmos se van para el piso. Era bueno, pero había vivido rodeado de bienes y comodidades, y comenzar ahora de cero sin nada en que apoyarse, le parece algo imposible. Las aves del cielo tienen nido y las fieras tienen sus guaridas, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar su cabeza, diría Jesús también a otro que quería seguirle.
Cuando queremos tener asegurado nuestro nido o nuestra guarida, cuando queremos tenernos aseguradas para siempre las cosas materiales en las que apoyarnos en cualquier situación hemos materializado mucho nuestra vida y seremos incapaces de entender lo que son los valores espirituales. Cuando solo caminamos apoyándonos en los bastones que se sustentan en el suelo, no sabemos mirar a lo alto para descubrir otros caminos, para encontrar otro sentido de vida.
Le pasó a aquel joven que se dio la vuelta y se fue por donde había venido, o mejor se fue a donde había estado siempre, pero ya sin sueños de vida eterna. La tristeza invadió su alma, porque no fue capaz de levantar vuelo. Nosotros buscamos risas y alegrías efímeras y tampoco llegamos a descubrir muchas veces – o al menos cerramos los ojos – aquellas cosas que nos pueden dar verdadera felicidad. Reímos y cantamos en muchas ocasiones, pero la tristeza permanece en nuestra alma; corremos como locos en la vida tras muchas cosas, pero nunca nos sentiremos satisfechos de verdad.
Soñemos, sí, aspiremos a cosas grandes, veamos que somos capaces a pesar de nuestra debilidad, porque ese camino no lo vamos  a hacer solos; contamos siempre con la fortaleza del Espíritu del Señor.

viernes, 17 de agosto de 2018

El espíritu del evangelio nos tiene que llevar a la comprensión y el respeto también de aquellos a quienes les cuesta alcanzar la meta del ideal cristiano



El espíritu del evangelio nos tiene que llevar a la comprensión y el respeto también de aquellos a quienes les cuesta alcanzar la meta del ideal cristiano

Ezequiel 16, 1-15.60.63; Sal. Is 12, 2-3.4bcd.5-6; Mateo 19, 3-12

La meta del ideal cristiano ha de estar siempre presente en nuestra vida, y por ella hemos de luchar, esforzarnos, tratar de superarnos en nuestras debilidades y dificultades de cada día, y nunca podemos perderla de vista. Es cierto que somos débiles y además tenemos tendencias por todos lados que nos arrastran y hacen que nos cueste más alcanzar ese ideal. Pero con nuestras limitaciones y debilidades tenemos que seguir caminando, poniendo toda nuestra buena voluntad, todo nuestro esfuerzo.
Somos un pueblo de santos, porque ese es nuestro ideal y en el bautismo hemos sido consagrados para ello, pero al mismo tiempo reconocemos que somos un pueblo de pecadores e individualmente cada uno cada día se siente pecador porque a pesar de que se esfuerza sin embargo tropieza y cae muchas veces alejándose de aquel ideal de santidad.
Malo sería, sin embargo, que aun siendo como somos, nos creyéramos tan santos que comenzáramos a despreciar a los demás, porque no vemos en ellos la santidad a la que aspiramos y que tendría que ser el ideal de cada cristiano. No podemos dejarnos arrastrar por esa soberbia, no puede haber nunca desprecio hacia nadie en nuestro corazón, siempre tenemos que ser comprensivos y misericordiosos porque nosotros los primeros nos sentimos pecadores.
Algunas veces nosotros mismos, y podemos verlo incluso hasta en nuestra iglesia en quienes tendrían que ser para nosotros verdaderos signos de misericordia, somos intransigentes con los demás y no le perdonamos la mínima en ninguna cosa. Creo que eso esta muy lejos del espíritu del evangelio. Ahí está nuestro ideal por el que luchamos, pero somos conscientes que no siempre podemos llegar a ese ideal porque pueden ser muchas las cosas que nos cerquen y nos lo hagan costoso.
Hoy en el evangelio se nos plantea lo que es el ideal cristiano del matrimonio. Algo que Jesús nos dejará bien sentado y muy claramente y creo que todos bien conocemos de su unidad y de su indisolubilidad. Pero ya en el evangelio, desde la practica de la vida de las dificultades que Vivian los propios judíos, aparece la debilidad en la consecución de tan hermoso ideal. Ya Moisés en determinadas circunstancias, por vuestra terquedad les dice Jesús, ha permitido la separación de quienes no podían vivir en aquella unión.
Son las dificultades que se siguen viviendo hoy con muchas y diferentes circunstancias a lo que contribuye no pocas veces la superficialidad con que vivimos la vida sin tomarnos bien en serio las cosas. Personas, por otra parte, con muy buena voluntad y para quienes esa ruptura muchas veces produce una ruptura interior acompañada de muchos dramas interiores, que no siempre se ven.
No es que nos acostumbremos a esas cosas pero sin perder lo que es nuestro ideal de vida cristiana también en el matrimonio tendríamos que ser muy comprensivos y actuar con mucho respeto con los sufrimientos y dramas que viven en este aspecto muchas personas a nuestro lado. ¿Lo habremos hecho siempre así? ¿Se habrá manifestado esa misericordia de la Iglesia con tantas personas que sufren en estos aspectos y circunstancias?
Creo que nos hace falta una buena dosis de misericordia en nuestros corazones que nos lleven a esa comprensión y a ese respeto, para saber caminar al lado de quienes sufren tales dramas. No es buscar soluciones fáciles, pero sí es saber caminar a su lado ofreciendo el brazo y corazón de nuestro apoyo, para hacerles presente siempre a todos esa bondad y esa misericordia del Señor. No somos perfectos, pero eso no nos tiene que alejar de la presencia del Señor porque es cuando más lo necesitamos.

miércoles, 1 de agosto de 2018

Buscamos y deseamos, pero también tenemos que saber dejarnos encontrar y saber estar abiertos en nuestro espíritu a algo distinto, a algo más sublime


Buscamos y deseamos, pero también tenemos que saber dejarnos encontrar y saber estar abiertos en nuestro espíritu a algo distinto, a algo más sublime

Jeremías 15,10.16-21; Sal 58; Mateo 13,44-46

Ayer me contaba un amigo de lo bien, mas o menos, que ahora le van las cosas. Me hablaba de su trabajo, de los negocios que había emprendido, los bienes o posesiones que había ido adquiriendo, y le decía que tenía que sentirse satisfecho porque la vida le iba marchando bien. Me comentaba que había nacido pobre y se había jurado a si mismo que lucharía por mejorar su vida para mejorar también la situación de su familia.
En medios de las luchas y trabajos que significa la vida y los negocios, pudiendo ya vivir más o menos bien, sin embargo me decía que algunas veces no se encontraba a si mismo, no se sentía del todo satisfecho porque parecía que aun le faltaba algo. Terminábamos hablando de la familia, sobre todo de sus hijos a los que veía crecer, de los que se sentía sin embargo satisfecho a pesar de que en su juventud aún son promesas de futuro, pero había algo que buscaba en su interior y por ese camino iba encontrándolo.
Buscamos en la vida, luchamos, queremos mejorar, deseamos encontrar algo que nos llene plenamente. Por mucha que sea la suerte o el resultado de los esfuerzos en lo material que vamos consiguiendo – no todo tenemos que dejarlo al azar o la suerte o verlo como el resultado del azar – sin embargo sentimos en nuestro interior que necesitamos algo más que nos llene, que nos dé un verdadero sentido para nuestras luchas, que nos haga descubrir como podemos dejar una huella de nosotros mismos en los que van tras nosotros, o algo que nos trascienda en un más allá que nos lleve a una plenitud que en el fondo todos deseamos.
Es esa perla preciosa que deseamos encontrar, es ese tesoro que parece que permanece escondido y tanto nos cuesta encontrar. Buscamos y deseamos, pero también tenemos que saber dejarnos encontrar. Buscamos y deseamos pero también tenemos que estar abiertos en nuestro espíritu a algo distinto, a algo más sublime, a algo que nos eleve sobre esas tareas o esas rutinas de cada día, a algo noble que pueda llenar de verdad nuestro espíritu.
Si solo buscamos lo primario que todos deseamos tenemos el peligro de quedarnos siempre en lo material y en lo efímero. Por eso tenemos que ser capaces de pensar que hay un estadio superior, unos ideales más altos, unas metas más espirituales. Tenemos que ser capaces de renunciar incluso a eso material que ahora parece que nos puede llenar para dar cabida en nuestro corazón y en nuestra vida a algo que es bien superior. Si vivimos solo en lo sensible físicamente o en lo material no aprenderemos a saborear lo espiritual. Por eso tenemos que aprender a vaciarnos también, porque eso material algunas veces lo que produce en nosotros es un vació interior que no sabemos como llenar.
Las parábolas que nos propone hoy Jesús del tesoro encontrado en el campo o la perla fina encontrada casi por casualidad nos hablan de cómo aquel que los encuentra es capaz de vender todo lo que tiene para adueñarse de aquel tesoro o para poseer aquella perla preciosa.
¿Seríamos capaces de hacer nosotros lo mismo si encontramos el verdadero tesoro de nuestra vida? sepamos encontrar en el evangelio ese tesoro, sepamos descubrir la verdadera riqueza que es para nuestra vida vivir conforme a los valores que nos ofrece el evangelio, sepamos encontrarnos con Cristo verdadera sabiduría de nuestra vida. Merece la pena dejarlo todo por El.

sábado, 5 de mayo de 2018

Lo importante en nuestra vida cristiana es que queremos sintonizar con el evangelio, ideal y sentido de nuestro ser, que nos hace verdaderos discípulos de Jesús


Lo importante en nuestra vida cristiana es que queremos sintonizar con el evangelio, ideal y sentido de nuestro ser, que nos hace verdaderos discípulos de Jesús

Hechos de los apóstoles 16, 1-10; Sal 99; Juan 15, 18-21

Las palabras de Jesús nos ayudan a ser realistas en la vida. Todos soñamos en algún momento con un mundo ideal, y por supuesto tenemos que luchar por alcanzarlo, bien desde esa lucha nuestra de cada día por ir haciendo mejor ese mundo en que vivimos, bien con la trascendencia y esperanza que vivimos la vida pensando que un día alcanzaremos la plenitud eterna en Dios.
El evangelio de Jesús nos hace mirar hacia lo alto, por un lado desde esa trascendencia como decimos con que vivimos nuestros actos, pero también porque tenemos que esforzarnos por ponernos metas altas que nos hagan elevarnos, no quedarnos arrastrándonos como si no pudiéramos más por esta tierra y este mundo que algunas veces se nos puede hacer tenebroso. Jesús nos ha ido presentando en el evangelio ese ideal de ese cielo nuevo y esa tierra nueva, de ese Reino de Dios que nos anuncia y que nos invita a construir y que nos hace que siempre estemos en ese deseo de superación y de crecimiento.
Pero esto no nos quita que tengamos dificultades, que encontremos oposición, que dentro de nosotros mismos surjan también tentaciones de desánimo o nos quieran hacer mirar hacia otros lados para distraernos del ideal. Por eso tenemos que ser realistas y caminar con los pies bien sobre la tierra, aunque encontremos esas durezas del camino, esas piedras que nos hacen tropezar, esos desniveles que nos desequilibran. Esa oposición la encontramos en nosotros mismos con nuestras pasiones, en ese desencanto y frialdad con que vemos vivir a la gente a nuestro lado y aun así nos parece que son felices, pero también en aquellos que se nos ponen en contra, porque no les gustan nuestros ideales ni el mundo nuevo que nosotros queremos construir.
Y como decíamos Jesús nos quiere hacer realistas, nos demos cuenta de la realidad. Esa realidad con la que El se encontró y que le llevó hasta el calvario y la muerte; lo vemos continuamente en el evangelio que no todos son tan forofos de los que dice o enseña Jesús, que muchos van a estar en contra, que se va larvando una oposición e incluso persecución. Distintos momentos veremos o que quieren apedrearle, tirarle por un barranco, prenderle, o muchos se marchan también desencantados porque no es lo que ellos buscaban o les parecen duras e insoportables las palabras de Jesús.
De todo eso nos previene hoy Jesús con sus palabras en el evangelio. ‘Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya, pero como no sois del mundo…’ Porque a nosotros nos sucede igual, porque el mundo que nos rodea, incluso aquellos que aparentemente puede aparecer muy religiosos con sus tradiciones o devociones, sin embargo no siempre sintonizan con el evangelio. Y viene a decirnos Jesús: ‘No es el siervo más que su amo. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán…’
Y eso ha de ser importante en nuestra vida cristiana. Que vivamos una vida cristiana porque queremos sintonizar con el evangelio y convertirlo en ideal y sentido de nuestra vida; es lo que verdaderamente nos hace cristianos que seguimos a Jesús. Es la revisión constante que tenemos que hacer de nuestra vida, de nuestros planteamientos, de nuestra manera de actuar para que seamos fieles a los valores que nos enseña Jesús en el Evangelio y verdaderamente Dios sea el centro de nuestra vida con todas sus consecuencias.

miércoles, 8 de noviembre de 2017

Caminamos queriendo seguir a Jesús con la cruz de nuestras debilidades y tropiezos, con la realidad que es nuestra propia vida y la del mundo que nos rodea


Caminamos queriendo seguir a Jesús con la cruz de nuestras debilidades y tropiezos, con la realidad que es nuestra propia vida y la del mundo que nos rodea

Romanos 13,8-10; Sal 111; Lucas 14,25.33

‘Mucha gente acompañaba a Jesús…’ nos dice el evangelista. Y Jesús de alguna manera detiene su marcha para hacerles pensar y reflexionar cómo habían de buscar lo que era verdaderamente importante, asumiendo la realidad de su propia vida en ese camino del seguimiento de Jesús.
No somos perfectos y por muy radicales que nos pongamos en la vida siempre nos afloran nuestras limitaciones y nuestros tropiezos. Algunos se creen perfectos, yo al menos así no me siento porque reconozco cuantas limitaciones hay en mi vida. Quisiera hacer y quisiera ser pero aparecen las sombras, las dudas, las limitaciones, los tropiezos porque estamos sujetos a muchas influencias por acá y por allá.
Pero no significa eso que no pueda seguir a Jesús. Lo que necesito es un deseo de superación, una voluntad de querer dar pasos, de corregir errores, de soñar con cosas nuevas, de poner altura de miras en la vida buscando ideales altos y grandes que aunque no llegue a conseguirlos en plenitud al menos algún escalón vamos logrando subir si continuamos en nuestro empeño de superación.
Primero nos dice Jesús que pongamos en su justo punto de mira lo que son esas realidades más cercanas a nosotros como pueden ser nuestra familia o las cosas que poseamos. No nos dice Jesús que no amemos a nuestra familia, sea mujer o marido, padres o hijos, hermanos o personas allegadas a nosotros. No suprime Jesús el cuarto mandamiento de la ley del Señor. Tenemos que amarlos y hacer por ellos todo lo que esté en nuestra mano, tenemos que vivir nuestra vida familiar que no podemos desatender, pero en medio de todo eso, como centro de verdad de nuestra vida está el Reino de Dios por el que optamos.
No quiere Jesús que opongamos la familia y los seres queridos con el Reino de Dios, ni mucho menos. En ellos y con ellos tenemos que construirlo, y ellos no podrán ser nunca un obstáculo para esa consecución del Reino en lo que estoy comprometido. Dios sigue siendo el centro de mi vida, el punto más alto de nuestro amor, pero también el motor de ese amor que tengo que vivir con los que me rodean.
Luego nos dirá Jesús que hemos de tomar nuestra cruz para seguirle. Algunas veces entramos en confusiones, porque pensamos que es una cruz nueva que tenemos que cargar sobre nuestros hombros y quizá buscamos sacrificios y penitencias que nos imponemos como si ese fuera el camino que nos está señalando Jesús.
Pero Jesús nos dice que tomemos y carguemos nuestra cruz, la nuestra, la que está por así decirlo en nuestra vida. ¿Cuál será esa cruz? Decíamos antes que queremos pero no podemos muchas veces porque tenemos nuestras limitaciones. ¿Por qué no pensar en que va por ahí lo que nos quiere decir?
Muchas veces nos cuesta aceptarnos, nos damos cuenta de nuestros defectos o de nuestros fallos, ahí están presentes en nuestra vida lo que son nuestras debilidades o nuestros tropiezos, ahí podemos pensar está nuestra buena o mala salud en ocasiones, ahí están los encontronazos que tenemos en tantas ocasiones con los demás, quizá por nuestro propio carácter, quizás porque no terminamos de entendernos, quizás también por la manera de ser de los otros que nos cuesta aceptar. ¿Por qué no pensar que esa es la cruz, la realidad de nuestra vida que tenemos que aceptar y asumir?
Con esos tropiezos queremos avanzar, con esas debilidades queremos seguir caminando aunque nos cuesta, con esas personas que están en nuestro entorno y que nos hacen sufrir o quizá nosotros también las hacemos sufrir en ocasiones tenemos que convivir, ahí en esa realidad de nuestra vida tenemos que ir construyendo el Reino.
Nos cuesta, tenemos que superarnos, tenemos que elevar nuestro espíritu, tenemos que vencernos  en esas cosas que desde dentro quizá nos atacan, tenemos que caminar a pesar de la debilidad de nuestro cuerpo… esa es la cruz con la que seguimos a Jesús. Es por ahí por donde tenemos que caminar, es ahí donde sentiremos también la mano del Señor que nos ayuda, que nos levanta el peso de esa cruz porque El siempre será nuestro cireneo. No nos faltará la gracia del Señor. Caminemos, sigamos al paso de Jesús considerando lo que es lo verdaderamente importante, sintiendo siempre su amor y su voz que nos llama, nos invita a seguirle.

miércoles, 30 de agosto de 2017

Necesitamos sinceridad en la vida para mirarnos y aceptarnos, reconocer nuestros valores y también cuánto tenemos que superar para alcanzar metas altas en la vida

Necesitamos sinceridad en la vida para mirarnos y aceptarnos, reconocer nuestros valores y también cuánto tenemos que superar para alcanzar metas altas en la vida

1Tesalonicenses 2,9-13; Sal 138; Mateo 23,27-32

‘Señor, tú me sondeas y me conoces… ¿Adónde iré lejos de tu aliento, adónde escaparé de tu mirada? Si escalo el cielo, allí estás tú; si me acuesto en el abismo, allí te encuentro’. A los ojos del Señor no nos podemos ocultar. Quizá podemos intentarlo en nuestra relación con los demás y vivir sujetos a la apariencia y al disimulo, pero allá en lo secreto de nuestro corazón no nos podemos engañar, ni podemos engañar a Dios. El nos conoce hasta lo más profundo.
Necesitamos sinceridad en la vida. Algunas veces parece que hasta queremos engañarnos a nosotros mismos, porque no queremos reconocer la realidad de nuestra persona, de nuestra vida. algunas veces no nos atrevemos a mirarnos de frente; hay cosas que no nos gustan de nuestra vida, pero tratamos de disimularlas, como el avestruz ponemos la cabeza debajo del ala, porque pensamos que así pasa el peligro, pero la realidad de lo que somos con nuestros valores y con nuestros defectos está ahí.
Es cierto que tenemos que ser positivos en la vida, ver cuales son nuestros valores, nuestras cualidades, lo que podemos hacer, lo que somos capaces de hacer. Seguro que hay muchas cosas buenas en nosotros, pero que también tenemos el peligro de que no las hayamos descubierto. Quizá tengan que venir momentos malos, de dificultad, para que saquemos toda esa fuerza interior que tenemos y con lo que somos capaces de superar muchas cosas. Pero creo que tenemos que ponernos a pensar en eso bueno que hay en nosotros, nuestros sueños, nuestros ideales, aquellas metas por las que nos gustaría luchar.
No podemos ocultar lo que valemos, no podemos enterrar el talento que hay en nuestra vida; seríamos desagradecidos. Con esa positividad en nosotros podemos llegar muy lejos, a grandes cosas; pongámonos metas que nos ilusionen y nos hagan levantar la mirada para ver más allá de lo presente que muchas veces pudiera estar lleno de oscuridades.
Pero mirar más allá de esas oscuridades porque nos pongamos buenas y altas metas no significa que no miremos nuestra realidad completa, también con nuestras deficiencias, nuestras limitaciones, nuestros tropiezos, el carácter que tengamos, o los tormentos que pudiera haber en ocasiones en nuestro interior. No quisiéramos que hubiera esos tormentos, esas limitaciones o defectos, pero ahí están y de ahí también tenemos que partir sabiendo aceptar lo que somos y tratando por supuesto de superarnos.
No es que vayamos pregonando lo que son nuestros defectos ante todo el mundo, pero no podemos poner cara de ‘niños buenos’ cuando quizá haya tantas malicias que enturbian nuestro interior. No aparentemos lo que somos, pero porque aceptemos lo que somos no significa que no tengamos que superarnos, crecer, purificarnos interiormente, transformar nuestro corazón tantas veces malicioso.
Es la tarea de nuestro crecimiento interior que tenemos que saber emprender, en lo que tenemos que empeñarnos. No nos podemos contentar con decir es que yo soy así y no puedo cambiar, sino que tengo que saber poner mi empeño y mi esfuerzo para ir dando esos necesarios pasos que nos vayan transformando. Y podemos, y seremos capaces, y tenemos fuerza en nosotros para realizarlo. La fuerza de todo eso otro bueno que hay en nosotros nos ayuda, nos impulsa.
Jesús denuncia la actitud de aquellos que no eran capaces de reconocer los errores de su vida, sino que Vivian de apariencias mientras su corazón estaba lleno de maldades. Ciegos guías de ciegos, como les dice Jesús en una ocasión. Trataban de ser guías en medio del pueblo porque por su posición social así se lo creían ellos, pero eran tan ciegos para no reconocer sus errores, las maldades que llevaban en su corazón, y no se dejaban interpelar por la Palabra de Dios, por la Palabra de Jesús que siempre era Palabra de vida y salvación. Que no nos sucede a nosotros igual. Cerca de nosotros está siempre esa mirada de Jesús que nos alienta, nos hace ver la realidad de nuestra vida y siempre en nosotros deseos de grandeza y superación.


miércoles, 27 de enero de 2016

Todos soñamos con cosas buenas y todos hemos de sembrar en nosotros y en nuestro mundo buenas semillas que fructifique en frutos hermosos de un mundo mejor

Todos soñamos con cosas buenas y todos hemos de sembrar en nosotros y en nuestro mundo buenas semillas que fructifique en frutos hermosos de un mundo mejor

2Samuel 7,4-17; Sal 88; Marcos 4,1-20

Todos soñamos con cosas buenas. Tenemos metas en la vida más o menos grandes, anhelamos conseguir cosas, los ideales nos mueven desde dentro, nos hacemos promesas de hacer siempre lo mejor. Pero bien sabemos que muchas veces no lo conseguimos; se nos quedan en el sueño de un momento mas o menos de fervor o entusiasmo, vienen los cansancios, somos inconstantes en el mantener la luchas por ir consiguiendo esos objetivos, nos rendimos ante las dificultades que vamos encontrando, o nos dejamos arrastrar por la rutina, por lo que hacen los demás para no llevar la contraria al ambiente. Solo los esforzados, los que no solo tienen claras las ideas o las cosas que quieren conseguir sino que han cultivado una fuerza interior serán capaces de alcanzar esas metas o ver realizados sus sueños al menos en gran parte, porque siempre desean más y lo mejor.
Esto podría ser una forma de hacer una lectura o de traducir a esa lucha nuestra de cada día la parábola que Jesús nos propone hoy en el evangelio. Nos habla del sembrador, de una semilla, de un terreno más o menos favorable y de unos frutos que al final solo consiguen los que han sabido preparar una tierra buena y hacer un buen cultivo de aquella semilla en ellos plantada.
Es una clara referencia a la Palabra de Dios y al Reino de Dios que Jesús quiere plantar en nosotros y que hemos de saber cultivar. Con sus dificultades, con sus fracasos, con sus abandonos, o con el buen cultivo en nuestra vida de esos valores del Reino de Dios. La imagen la tenemos en Jesús, el buen sembrador que sale por los caminos y los pueblos, que anda en medio de las gentes siempre sembrando la semilla de la Palabra de Dios, de la Buena Noticia del Reino de Dios. No en todos fructificó, no todos lo acogieron de la misma manera, muchos incluso lo rechazaron, solo aquellos que fueron capaces de ser fieles, fieles en su fe y fieles en la gracia que el Señor en ellos iba derramando permanecieron hasta el final.
Nos miramos a nosotros y miramos a la Iglesia. No solo somos esa tierra en la que el Señor siempre esa buena semilla, sino que además nosotros también hemos de ser sembradores,  la Iglesia es sembradora en medio del mundo de esa semilla del Reino. Lo malo sería que no fuéramos buenos sembradores, que no pusiéramos todo el entusiasmo y todo el esfuerzo por hacer esa siembra; lo malo seria que en el sembrador ya hubiera también esa dureza del corazón porque no lo habría empapado de la misericordia y del amor divino; nos puede pasar a nosotros y le puede pasar también a la misma Iglesia. Que hubiera otras cosas que nos distraen o que nos atraen, que brillara demasiado en nosotros la vanidad de las apariencias o de las cosas ostentosas y no fuéramos lo suficiente humildes para presentarnos con sencillez y con amor en el corazón. Muchas piedras podremos encontrar en el camino, muchos zarzales que nos enreden o muchos perfumes que nos engañen. Como sembradores hemos de ser los primeros en ser tierra buena y cultivada, nosotros y la Iglesia.
Hace referencia a lo que es nuestra vida de cada día con sus sueños y con sus metas, como decíamos al principio. Serán nuestros trabajos y responsabilidades, será nuestra familia, será ese circulo donde convivimos, será ese mundo con el que tenemos que sentirnos comprometidos para hacerlo mejor poniendo nuestro grano de arena, sembrando nuestra buena semilla. Que nada nos aparte de nuestras metas, que nada nos engañe ni nos distraiga, que no  nos pueda el cansancio ni la rutina, que haya en nosotros perseverancia y esfuerzo, que haya en nosotros apertura a la gracia del Señor para dejarnos motivar y conducir. Podremos llegar a dar fruto hasta del ciento por uno, como nos dice la parábola.