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martes, 28 de octubre de 2025

Ocasión para detenernos a ver esos momentos o esos signos que nos llegan a través de quienes nos aman de lo que es el amor que Dios nos tiene llamándonos por nuestro nombre

 


Ocasión para detenernos a ver esos momentos o esos signos que nos llegan a través de quienes nos aman de lo que es el amor que Dios nos tiene llamándonos por nuestro nombre

Efesios 2, 19-22; Salmo 18; Lucas 6, 12-19

Todos tenemos un nombre, un nombre que nos identifica; nos gusta que nos llamen por nuestro nombre; tiene su importancia, porque yo soy yo y no otro, y mi nombre me identifica, lo que es mi vida y lo que soy, lo que hago o lo que tengo que hacer, lo que ha enriquecido mi vida con sus cualidades y valores y lo que estoy llamado a hacer, mi misión. Mucho podríamos decir aún más del nombre, que en algunas culturas incluso tratan de expresar en esa palabra, que se puede inventar para la ocasión, la descripción de la persona, con su identidad o con su misión en la vida.

Y uniendo esta previa reflexión con el mensaje del evangelio tenemos que decir que Dios nos ama con nuestro nombre. Ama a la humanidad que ha creado, pero te ama a ti y me ama a mí. Y ese amor de Dios que nos llama y nos ama por nuestro nombre se manifiesta en algo concreto que Dios nos da que así, podríamos decir, nos identifica. Pensemos, por ejemplo, que llamándonos por nuestro nombre hemos sido bautizados.

A lo largo del evangelio vemos que a Jesús le sigue mucha gente, que quizás para nosotros se conviertan en gente anónima y sin nombre. Pero gestos y detalles por parte de Jesús, hay momentos en que vemos que la llamada de Jesús es por el nombre. Los evangelistas nos lo concretan en unos momentos o personajes determinados, de los que se dice su nombre en el evangelio, pero hoy nos encontramos con un texto en que Jesús, después de pasar la noche en oración, va llamando por su nombre a aquellos a los que elige de manera especial con su misión de ser apóstoles. Pero fijémonos en el relato de san Lucas que hoy escuchamos cómo cuando se repiten los nombres los señalará con un segundo nombre o una referencia para diferenciar unos y otros. Santiago (que es el Zebedeo) y Santiago el de Alfeo, Simón a quien llamará Pedro y Simón llamado el Zelote, Judas el de Santiago y Judas Iscariote, es muy significativo.

Llamará a Zaqueo para que baje de la higuera para hospedarse en su casa, con los maravillas que allí se van a realizar; Será Jairo, el jefe de la Sinagoga al que le pide fe para que su hija viva; será Simón el fariseo que invita a Jesús comer en su casa donde nos hará un anuncio hermoso; será Nicodemo el que fue de noche a ver a Jesús a quien le hablará del nacer de nuevo por el agua y el Espíritu; serán muy significativos los nombres de las mujeres que le siguen o están al pie de la cruz siendo a ellas a las que primero se manifestará resucitado, o de aquella familia de Betania que le acoge en su casa, Marta y María a las que llamará por su nombre. Serán muchos los momentos en que se dirige Jesús así de manera directa a aquellos con quienes habla o le confía una misión.

Nos hace pensar en nuestro nombre con el cual Dios nos ama. Y decir nuestro nombre es recordar nuestra historia personal, con sus luces y con sus sombras, con nuestros momentos de fervor pero también con nuestros momentos de duda y de crisis, con los momentos en que nos hemos sentido agobiados por nuestros problemas o hemos sentido el peso de tantas cosas sobre nuestra vida, con nuestros momentos de entrega y compromiso y con todo lo bueno que hemos intentado ir haciendo en el camino de nuestra vida como también en esos momentos negativos y de fracaso, de negación o de frialdad que hayamos vivido, pero donde nunca nos ha faltado ese amor de Dios que ha llegado y se ha manifestado en tantas cosas concretas de nuestra vida.

¿Será un momento de detenernos a dar gracias a Dios? ¿No será oportuno disfrutar de esa paz que nos da el sentirnos amados de Dios? ¿No será en verdad un punto de apoyo y de arranque para sentirnos fuertes para hacer esa carrera de fidelidad hasta el final para alcanzar la corona de la gloria del Señor? ¿No tendríamos que detenernos a ver esos momentos o esos signos que nos pueden llegar a través de quienes nos aman de lo que es el amor que Dios nos tiene llamándonos por nuestro nombre?


sábado, 7 de junio de 2025

Una respuesta personal es nuestra fe, aunque la vivamos en comunión con los demás y nos sintamos estimulados por el testimonio de los demás creyentes

 


Una respuesta personal es nuestra fe, aunque la vivamos en comunión con los demás y nos sintamos estimulados por el testimonio de los demás creyentes

Hechos. 28, 16-20. 30-31; Salmo 10; Juan 21, 20-25

Hay gente que siempre se está comparando con los demás; si es mejor o peor, más guapo o más feo, si ha tenido más suerte en la vida o no ha tenido, si lleva una vida próspera o nosotros somos unos infelices, y así mil cosas más. Comparaciones que muchas veces están nacidas de envidias y de resentimientos, comparaciones no para sentirnos estimulados por nosotros mismos y en la búsqueda de nuestro crecimiento espiritual, comparaciones que nos destruyen a nosotros mismos mientras quizás estamos queriendo destruir todo lo bueno que puedan hacer los demás. Comparaciones de índole personal, particular podríamos llamarlas, pero comparaciones en lo social, entre pueblos o entidades, que muchas veces llevan a enfrentamientos innecesarios que en fin de cuentas llevan a dañarnos a nosotros mismos, como sociedad o como pueblo. No es camino de superación y crecimiento personal o como comunidad, sino que son resentimientos ahogados que aunque nos creamos mejores que los demás realmente no nos harán felices.

Creo que es bueno detenerse a pensar en estas cosas, aunque nos parezcan muy de índole personal y muy particulares de nosotros mismos, porque nos ayudarán a descubrir actitudes que se transforman en envidias o en orgullos mal curados y por otra parte es sentirnos invitados a ese crecimiento personal valorando el crecimiento de los demás que nos puede servir de estímulo positivo. Puede parecer que poco tiene relación con el mensaje de la Palabra de Dios, pero una curiosidad de Pedro que no se pudo callar ante lo que podía esperarle al discípulo amado de Jesús, me ha motivado a comenzar la reflexión de hoy desde estos aspectos muy humanos, pero que también han de formar parte de nuestra espiritualidad cristiana.

Como decíamos, Pedro que le había porfiado – en el buen sentido de la porfía – su amor que a pesar de sus tropiezos no dejaba de querer expresar a Jesús con toda la fuerza de su ser – Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo, le había dicho – pero cuando Jesús le anuncia lo que incluso va a padecer por su nombre – ‘otro te ceñirá y te llevará a donde tú no quieras' - al ver por allí cerca al discípulo, como dice el evangelio, que Jesús tanto amaba, le surge la pregunta ‘y de éste ¿qué va a ser?’. Y poco menos que Jesús ahora le dice que no se meta en la vida de los demás, que no le importa a él lo que Jesús le tenga reservado para el discípulo amado.

No veamos aquí correcciones duras e incomprensibles de Jesús a Pedro como no queramos ver intenciones oscuras en la pregunta que le ha hecho a Jesús. ¿No nos estará diciendo Jesús que cada uno tiene que hacer su camino y cada uno tiene que llevar su cruz cuando le toque? Es cierto que en nuestra vida cristiana hay algo muy importante que es la comunión que tenemos que sentir los unos con los otros; estamos llamados a la comunión y a la comunidad, y Jesús así en ese sentido ha constituido la Iglesia. Pero la respuesta de fe siempre tiene que ser personal, aunque la hagamos caminando junto a los hermanos; pero ni tú puedas dar la respuesta que le toca dar al otro, ni nadie va a sustituir lo que tú tengas que hacer.

Cuando Jesús te invitó a seguirle lo ha hecho por tu nombre personal. Es bonito lo que se expresa en la liturgia del Bautismo cuando el sacerdote al principio de la celebración pregunta por el nombre de aquel que va a ser bautizado. Y será con ese nombre con el que recibe las aguas del bautismo. Es nuestra decisión personal, es nuestro camino personal, que haremos, es cierto, y viviremos en comunión con los hermanos que están a nuestro lado, no para envidiarnos, sino para apoyarnos mutuamente, para servirnos de aliciente y estímulo los unos a los otros. En la liturgia aunque cuando oremos a Dios digamos ‘Padre nuestro’, no mío sino nuestro, a la hora de la confesión de fe diremos ‘Creo’, de una forma personal, porque estoy poniendo mi yo, mi persona, mis valores, mis actos, mi vida en esa fe que estoy proclamando.


jueves, 2 de diciembre de 2021

No nos contentemos con simplemente recitar, sino que oremos de todo corazón porque esté brotando como de forma espontánea todo lo que llevamos en el corazón

 


No nos contentemos con simplemente recitar, sino que oremos de todo corazón porque esté brotando como de forma espontánea todo lo que llevamos en el corazón

Isaías 26, 1-6; Sal 117; Mateo 7, 21. 24-27

Cuando estamos con los amigos o con aquellas personas que queremos hablamos con naturalidad y espontaneidad, expresando nuestras ideas o nuestro pensamiento, manifestando espontáneamente nuestros sentimientos y no necesitamos buscar palabras rebuscadas para expresarnos. Sería como algo encorsetado que para expresar nuestros sentimientos a aquellas personas que queremos rebusquemos palabras que quizás tomemos de otros coartando así nuestra espontaneidad. Aunque algunas veces de forma romántica quizás nos expresemos con poesías o palabras de amor escritas por otros más inspirados, sin embargo sabemos hacerlas nuestras, poniéndole quizá nuestros propios matices para darles el aire de esa espontaneidad.

Es lo ideal. Que así seamos nosotros mismos. Que nos manifestemos como somos. Que comuniquemos lo que llevamos dentro. Que por hacer florituras de palabras hermosas no llevemos a expresar realmente lo que llevamos dentro, sino quizás las palabras o los sentimientos de los otros. Eso en todas las facetas de la vida. Hay cosas quizás que tienen su tecnicismo, por así decirlo, y según qué lugares pues tengamos que emplear ese lenguaje, pero no nos podemos poner a hablar con la gente normal que está a nuestro lado desde ese manera.

Y ¿esto tiene que ver algo con lo que es nuestra relacion con Dios? Es serio pensarlo, planteárnoslo, porque muchas veces podemos caer también en que repetimos unas oraciones que hemos convertido en fórmulas, pero con las que quizás nuestro corazón se siente lejos. Aquí podemos entrar en varias facetas o campos. Pensemos primero en lo que es nuestra oracion personal con el Señor. ¿Logramos en verdad sentirnos en su presencia y que nuestra oración sea realmente la oración, el diálogo de amor de un hijo con su padre?

Rezamos, decimos, y decimos que rezamos mucho, porque repetimos muchas oraciones una y otra vez. Pero es lo que seriamente tenemos que plantearnos. Que en ese momento de oración en verdad nos sintamos en las manos de Dios nuestro Padre y que nuestra oración sea ese encuentro personal con Dios, con el Dios que nos ama y a quien nosotros también amamos.

Es cierto que nos han enseñado unas oraciones que hemos aprendido desde niños y que seguimos repitiendo; es cierto que una de esas oraciones decimos que es salida de labios de Jesús cuando enseñó a orar a sus discípulos; cuando rezamos el padrenuestro o cualquiera de esas otras oraciones que hemos aprendido de memoria desde pequeños tenemos que hacer que en verdad en esas palabras, vamos a decirlo así, salga nuestro corazón, que las hagamos tan nuestras que en ello estemos poniendo todo lo que son nuestros sentimientos y nuestros deseos, todo lo que tiene que ser nuestra alabanza y nuestra acción de gracias al Señor.

Pensemos también en lo que es nuestra oración comunitaria que fundamentalmente hacemos con la oración litúrgica. Cuando esa oración es la oración de una comunidad reunida en el nombre del Señor es cierto que necesitamos aunar esa oración expresada en las plegarias que la liturgia nos ofrece. Pero aquí creo que hemos de tener un cuidado muy especial para que no sea un simplemente recitar unas oraciones o unas plegarias, como de una forma encorseta como decíamos antes, sino que sea lo que en verdad sale del corazón de aquella comunidad, del corazón de todos y cada uno de los que en esa celebración estamos participando.

Por eso, no nos contentemos con simplemente recitar, sino que oremos de todo corazón. Que por encima de esas palabras esté brotando como de forma espontánea todo lo que llevamos en el corazón. No es simplemente un poema de amor lo que recitamos fríamente, sino que es la oración que desde ese encuentro profundo con el Señor hacemos llegar al Padre que sabemos que nos ama. No es con florituras de palabras rebuscadas con lo que queremos hablar al Señor, aunque bellas son las expresiones de la liturgia. Sepamos sacarle jugo, por así decirlo. Tenemos que poner ahí todo lo que es la espontaneidad de nuestra vida y de nuestros sentimientos, todo lo que es la riqueza del amor que también nosotros queremos ofrecerle al Señor.

Hoy hemos escuchado a Jesús que nos dice en el evangelio. ‘No todo el que me dice “Señor, Señor” entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos’. Que no sea, pues, solamente decir, ‘Señor, Señor’, sino que seamos capaces de poner toda la intensidad de nuestra vida en nuestra oración. Y poner la intensidad de nuestra vida significa cómo con nuestra vida en todo momento siempre queremos hacer la voluntad del Señor. Porque oramos no solo para expresar lo que nosotros sentimos o llevamos en el corazón, sino para abrir nuestro corazón a Dios y escucharle para dejarnos transformar por la fuerza del Espíritu haciendo siempre lo que es su voluntad.

domingo, 9 de mayo de 2021

El amor es esa energía de Dios que nos da vida en plenitud reconociendo en nuestro sentido creyente que cualquier amor que nosotros podamos vivir o tener parte siempre de Dios

 


El amor es esa energía de Dios que nos da vida en plenitud reconociendo en nuestro sentido creyente que cualquier amor que nosotros podamos vivir o tener parte siempre de Dios

 Hechos 10, 25-26. 34-35. 44-48; Sal. 97; 1Juan 4, 7-10; Juan 15, 9-17

Para que llegue hasta nosotros la energía, llamémosla energía eléctrica, necesitamos unos conductores que desde la central, donde se produzca o esté concentrada, sin interrupción llegue a ese instrumento, por ejemplo, en el que la vamos a utilizar. Ya conocemos las consecuencias cuando, por ejemplo, a causa de un temporal se cortan esas líneas de alta tensión, o cuando se produce alguna avería seria en alguno de sus transformadores, por ejemplo.

Podríamos decir que el amor es esa energía de Dios y hemos de reconocer en nuestro sentido creyente que cualquier amor que nosotros podamos vivir o tener hacia los demás parte de Dios. Ya se nos ha dicho claramente hoy en la carta de san Juan. ‘Dios es amor’. Y el amor no parte de nosotros sino que parte de Dios. ‘El amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Dios nos amó primero’.

Es la gran revelación que nos hace Jesús. Aunque si hacemos una buena lectura nos damos cuenta de que toda la historia de la salvación es una historia de amor – la historia del pueblo elegido es una historia de amor de Dios para con su pueblo -, en Jesús alcanzamos la plenitud de esa revelación de lo que es el amor de Dios. ‘Como el Padre me ha amado, así os he amado yo, permaneced en mi amor…’ y terminará diciéndonos, ‘pues así amaos los unos a los otros como yo os he amado’.

No es un amor cualquiera ni con cualquier medida. Es el amor de la entrega total. No es amar solo a aquellos que me aman, no solo es el amor de amistad, aún con todo lo bello que puede ser. Es el amor que se hace ‘ágape’, se hace comida, como comida se hizo Cristo mismo para que nosotros lo comiéramos; es el amor que llega a la entrega más sublime porque es capaz de darse hasta la muerte para dar vida, para que haya fruto en nosotros. Y podemos recordar al grano de trigo que es enterrado para que muera al germinar y producir una nueva vida. Es el amor supremo del que da la vida por el amado, como lo hizo Jesús. ‘Nadie tiene amor más grande que aquel que da la vida por el amado’.

Ahí estamos contemplando ese hilo conductor del amor de Dios, que se nos manifiesta en Jesucristo y que tendrá que irse reflejando luego en nuestra vida, amando con el mismo amor, amando con la misma medida del amor, ‘como yo os he amado’. No nos podemos permitir ninguna ruptura, por eso nos dice, ‘permaneced en mi amor’. Pero además recordemos que ha venido hablándonos con muchas imágenes como la de la viña en que los sarmientos tienen que estar unidos a la vid para que puedan dar frutos. ‘Sin mi no podéis hacer nada’, nos dice.

Es el amor que tiene una característica especial, porque es un amor muy concreto; no es un amor genérico con el que decimos que amamos a todos, no es un amor interesado porque solo amamos a los que nos han amado antes a nosotros, no es un amor en el que ponemos unas condiciones de correspondencia, sino que es un amor generoso y total pero muy personal y concreto a cada uno. Así es el amor que el Señor nos tiene, porque El nos ha elegido, luego, podríamos decir, nos está amando con nuestro nombre. ‘No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca’.

Es un gozo sentirnos amados así; es un gozo poder hacernos participes de un amor así. Disfrutemos de ese amor que el Señor nos tiene pero disfrutemos nosotros amando de la misma manera. Jesús nos está diciendo que todo esto nos lo revela para que nuestra alegría sea completa, nuestra alegría llegue a la plenitud. ‘Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud’.

Qué felices somos cuando nos sentimos amados, por eso la fe que tenemos en el Señor es el motivo de la mayor alegría. Los cristianos que nos sabemos amados de Dios tendríamos que ser las personas más felices del mundo, tendríamos que ir repartiendo alegría y felicidad por doquier. Y es que amando así de esa manera los demás tenemos que sentirnos las personas más dichosas, porque estamos haciendo felices a los que nos rodean. Es una lástima que los cristianos no contagiemos esa alegría; tristes cristianos que aunque se dicen muy creyentes van con caras de amargados y caras de circunstancias allá por donde van.

Tendríamos que tomar la temperatura de nuestro amor, tomando como referencia todo esto que nos ha hecho reflexionar hoy la Palabra de Dios. quizás el mercurio de nuestro amor no nos da la medida de la temperatura porque aun seguimos amando con medidas raquíticas, escogiendo a quien amamos o quienes queremos ser buenos, sopesando primero lo que hayamos podido recibir de los otros para entonces llegar a amarlos.

Quizá los hilos conductores que nos hacen llegar ese amor de Dios a nosotros los hemos roto e interrumpido, o puesto muchos obstáculos o averías en el camino. ¿Seremos el sarmiento unido a la vid que tiene vida o nuestra vida es un sarmiento reseco que no da fruto y solo sirve para arrojarlo al fuego? Mucho tendríamos que analizar.

‘Esto os mando, nos dice Jesús, que os améis los unos a los otros’. Ya sabemos cómo.