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miércoles, 1 de octubre de 2025

No basta solo buena voluntad si no nos desprendemos de apegos y añoranzas a cosas pasadas, seguir a Jesús es ponernos en camino abiertos a unos valores nuevos

 


No basta solo buena voluntad si no nos desprendemos de apegos y añoranzas a cosas pasadas, seguir a Jesús es ponernos en camino abiertos a unos valores nuevos

Nehemías 2,1-8; Salmo 136; Lucas 9,57-62

No basta solo la buena voluntad. Es necesario algo más, aparte de un realismo que nos haga ver cosas concretas y cuales son las exigencias, por otra parte hace falta una disponibilidad generosa para dejarnos conducir y para abrirnos a todas las posibilidades. Ese realismo es conocernos a nosotros mismos, con nuestras cualidades y posibilidades, con los valores que podemos y hemos de desarrollar pero también con nuestras carencias, nuestras deficiencias acompañadas de una fuerza de voluntad para superarlas y que nos de continuidad y permanencia a aquello que emprendemos, es necesario constancias para no cansarse y volvernos pronto atrás y tirar la toalla porque creemos tarde que no somos capaces.

Esto podemos decir es en todos los ámbitos de la vida, es lo que nos hace maduros, lo que va a marcar nuestra personalidad, lo que nos hará conseguir altas metas, lo que nos arrancará de la mediocridad. Es la tarea personal de nuestro propio crecimiento y maduración como personas, son nuestros trabajos y cuanto emprendemos, es la vida de nuestra familia en la que tenemos que ser incluso creativos para buscar siempre lo mejor y no arriesgarnos a lo que salga, es en cuanto nos podamos comprometer en el ámbito de nuestra sociedad de la que no nos podemos sentir ajenos nunca.

De eso nos está hablando Jesús, que aunque de forma concreta se está refiriendo a lo que significa su seguimiento y nuestra vocación cristiana, me gusta también aterrizar en todo lo que es el ámbito de nuestra vida humana, porque cualquier palabra del evangelio siempre es luz para toda nuestra vida; desde el evangelio precisamente nos sentimos impulsados a vivir con toda intensidad la responsabilidad de nuestra vida allí donde estemos, allí donde nos desarrollemos como personas, allí donde estamos realizando nuestras tareas humanas. Por eso trato de siempre de hacer una lectura de la vida, de cuanto no sucede, porque ahí siempre tenemos dejar el matiz de nuestro sentido cristiano.

El episodio de hoy del evangelio nos habla de quienes entusiasmados quieren seguir a Jesús, o de aquellos a los que Jesús invita a un seguimiento especial donde tenemos que saberlo vivir con un desprendimiento y una generosidad especial, pero también con realismo.

Nos habla primero de aquel que entusiasmado dice que quiere seguir a Jesús a donde quiera que vaya, o sea, cualquier cosa que le pida Jesús. Pero Jesús lo hace detenerse a pensar, a calibrar bien lo que significa seguir a Jesús, a lo que son las exigencias de vida que se le presentan. No es el fervorín de un momento, como tantas veces sucede y luego vemos que aquella llamarada tan ostentosa pronto se afloja y apaga. La decisión del seguimiento de Jesús no parte solo de una buena voluntad que nosotros tengamos, sino también de una llamada que escuchamos en lo hondo de nosotros mismos.

¿Hasta dónde somos capaces de seguirle? ¿Qué estamos dispuestos a dar o a hacer? Jesús le habla a aquel buen hombre tan entusiasmado por seguirle que las fieras del campo tienen sus madrigueras y las aves del cielo sus nidos, pero ‘el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar su cabeza’. ¿Seremos capaces de una disponibilidad así? Jesús no tenía casa, porque incluso cuando va a su pueblo es rechazado y lo quieren tirar barranco abajo; si vida es itinerante de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad, lo veremos más o menos establecido en Cafarnaún pero parece ser la casa de Pedro su centro de referencia; cuando va a Jerusalén estará pidiendo a alguien que le preste una sala para celebrar la pascua con los discípulos. ¿Seremos capaces de ponernos así en camino?

A otro a quien invita Jesús a seguirle y que le pida que le permita primero ir a enterrar a su padre, le dirá tajantemente que deje que los muertos entierren a sus muertos, que el camino que El le ofrece es un camino de vida; mientras que al que le pide que primero quiere ir a despedirse de su familia le dirá que no hay que volver la mirada atrás con añoranzas de tiempos pasados, sino que quien se pone en camino siempre ha de mirar hacia delante. No quiere Jesús que rompamos nuestros vínculos familiares, pero sí que no nos creemos ataduras; ponerse en camino, y ya nos dirá en otra ocasión que sin alforjas, porque no dependemos de las cosas, la fuerza está en el mismo camino que hacemos y en la Palabra que pronunciamos, porque la fuerza nos viene del Señor, para El toda nuestra disponibilidad.

¿Es el camino que hacemos en nuestra vida cristiana? ¿Habremos entendido bien lo que significa seguir a Jesús? ¿Nos dejaremos envolver por sus valores o estaremos con nuestro corazón desgarrado porque siempre estamos aspirando a las cosas que dejamos atrás?

jueves, 25 de septiembre de 2025

No nos basta decir que sabemos muchas cosas del evangelio e intentamos hacer lo que podemos; hace falta algo más que ‘buena voluntad’ para tener un encuentro vivo con Jesús

 


No nos basta decir que sabemos muchas cosas del evangelio e intentamos hacer lo que podemos; hace falta algo más que ‘buena voluntad’ para tener un encuentro vivo con Jesús

Ageo 1, 1-8; Salmo 149; Lucas 9, 7-9

A todos nos ha pasado de una forma o de otra; cosas que nos han pasado, palabras que hemos escuchado, accidentes que contemplamos en la vida, sueños perturbadores que en algún momento hemos tenido, personas con las que nos hemos encontrado o de las que hemos escuchado cosas que nos llaman la atención, se ha sembrado una inquietud en nuestro interior, nos hacemos preguntas a las que se nos hace difícil responder, la conciencia quizás comienza a ronronear en nuestro interior quizás por culpabilidades de cosas pasadas… pero ¿a final que ha significado eso en nuestra vida?

Podemos darle muchas respuestas, o acallarlo y dejarlo en lo más olvidado de nuestra conciencia para no tenerlo en cuenta, puede suceder que durante un tiempo no estemos tranquilos porque son cosas que no podemos quitar de nuestra cabeza, nos damos explicaciones que ni a nosotros nos convencen pero con las que queremos acallar esos gritos de nuestro interior, podemos echarlo todo al olvido y con el paso del tiempo aquello ha quedado como enterrado, pero quizás no hemos sabido dar un paso adelante para el que necesitábamos una valentía de la que nos parecía carecer, nos contentamos con ver las cosas de lejos pero no nos enfrentamos a ellas y la vida sigue rodando y rodando y seguimos igual, cuando quizás esas preguntas podían haber hecho si nos atrevíamos a dar respuesta a hacer algo que mejorara en lo más hondo de nosotros mismos.

Algo así se nos está planteando en el evangelio y quizás tendríamos que plantearnos cual es de verdad la actitud que tenemos ante el mismo evangelio, ante Jesús, y en el fondo todo lo que significaría nuestra religiosidad, nuestra relación con Dios, y en consecuencia nuestra vida que queremos llamarla vida cristiana. ¿Cuáles serían nuestras respuestas o las actitudes mantenemos sobre todo ello?

Partimos de las preguntas que se hacía Herodes ante lo que oía de Jesús. Eran cosas que le inquietaban. Se interrogaba y no sabía tampoco que respuesta dar. Le hablaban de Jesús, de su manera de actuar y de lo que enseñaba a la gente, de la respuesta que el pueblo estaba dando a aquella predicación de Jesús y los milagros que realizaba. En su mente se confundían muchas cosas. Un día había querido también escuchar a Juan a quien se decía que respetaba, pero influenciado por muchas cosas había terminado por degollarle. ¿Veía en peligro su poder? ¿Era incompatible lo que Juan enseñaba con la forma de vida de Herodes? La austeridad de Juan en el desierto hacía que estuviera muy distante con aquella vida de superficialidad, de lujos y de fiestas, de desenfreno e inmoralidades que se vivían en su palacio. Había también en su entorno quien quería quitarlo de en medio porque le molestaba lo que Juan denunciaba y enseñaba. Al final había pasado lo que tenía que pasar.

Ahora oye hablar de Jesús, de quien dicen que es un profeta, como los grandes profetas que ha habido en la historia de Israel; a él en su conciencia que le remuerde por lo que ha dicho le parece que Jesús es Juan que ha vuelto a la vida. Pero se seguían interponiendo los mismos obstáculos y aunque decía que tenía ganas de conocer a Jesús, nunca llegaría a un encuentro con El como para reconocerle como el Mesías y el Hijo de Dios.

Pero no nos quedamos en la consideración de lo sucedido con Herodes y sus inquietudes y sus relaciones frustradas tanto con el Bautista como con Jesús. Es que todo eso tenemos que verlo en nosotros mismos. Ante esos hechos que nos suceden en la vida y nos llenan de inquietud, ante esas palabras que escuchamos que tocan lo más hondo de nuestra conciencia, ante lo que vemos o escuchamos de la Iglesia, del evangelio que predica o del testimonio de tantos, ¿cuales son nuestras actitudes, nuestros deseos de búsqueda, las respuestas que vamos dando en la vida?

Porque muchas veces nos podemos poner a la distancia, para ver las cosas de lejos para no implicarnos, muchas veces nos hacemos oídos sordos o damos nuestras explicaciones que no son sino excusas, muchas queremos hacer nuestros arreglitos y como se suele decir ponemos una vela a Dios y otra al diablo, porque seguimos con nuestras rutinas o nuestras malas costumbres, seguimos dejándonos arrastrar ya sea por las pasiones o lo que salga en cada momento, pero no terminamos de dar el paso, no terminamos de abrir de verdad nuestros oídos para escuchar el evangelio, no terminamos de tener ese encuentro vivo con Jesús desde lo más hondo de nuestra vida.

Busquemos respuestas pero seamos valientes; dejémonos encontrar por la gracia, dejémonos encontrar por Jesús, dejemos que el Evangelio haga mella en nosotros, dejémonos iluminar por la luz.

No nos basta decir que sabemos muchas cosas de Jesús o del evangelio, que conocemos bien la Iglesia y que intentamos hacer lo que podemos; hace falta más que eso que llamamos ‘buena voluntad’, hacen falta decisiones firmes y valientes, hace falta abrir el corazón.

martes, 25 de junio de 2024

La puerta que se abre para el camino de la vida, los mandamientos, tiene el ancho suficiente para que todos vivamos cada día con mayor dignidad

 


La puerta que se abre para el camino de la vida, los mandamientos, tiene el ancho suficiente para que todos vivamos cada día con mayor dignidad

2 Reyes 19, 9b-11. 14-21. 31-35a. 36; Salmo 47; Mateo 7, 6. 12-14

Me vino a la mente una cosa que siempre escuché, ‘cria cuervos y te sacarán los ojos’. ¿Qué es lo que estamos criando? ¿Qué es lo que estamos plantando? Nos vale para todos los aspectos, para todas las situaciones de la vida. Ya sea en nuestra propia vida personal, la metas que nos proponemos, las cosas que nos gusta hacer, o aquellas cosas por las que nos dejamos arrastrar, cuando no sabemos tener la suficiente fortaleza para decirnos no en cosas que apetecemos y de las que finalmente nos convertimos en esclavos; cuantas malas costumbres que tenemos en la vida, que comenzaron porque simplemente nos dejamos llevar por la rutina, por la desgana, por la ley del mínimo esfuerzo, y al final caímos en sus redes, y nos convertimos en dependientes de esos malos hábitos, convirtiéndose en vicios o esclavitudes de la vida.

Es con lo que nos encontramos en el ámbito de la educación, sea quien sea a quien le corresponda; no forjamos el carácter de la personas, no fortalecemos la voluntad aprendiendo a discernir con claridad para tomar decisiones, en las que también tenemos que aprender a decir no; vamos por un camino de permisividad en todo, donde todo parece que es bueno y todo podemos permitírnoslo; permitimos hoy cosas que nos parecen de poca importancia, pero no hemos fortalecido las voluntades, no enseñamos que hemos de tener unas normas de conducta y de comportamiento, no solo desde un punto de vista moral, sino como ciudadanos y miembros de una sociedad en la que vivimos.

Nos quejamos de libertinajes y no se cuantas cosas, pero  hemos enseñado a cumplir unas reglas que vienen a facilitar la convivencia en la sociedad, y que nos vienen a enseñar a tener voluntad para saber escoger lo mejor, aunque no sea lo más fácil. ¿Qué sociedad estamos creando que al final nos sacarán los ojos?

Así podríamos pensar en muchas cosas, que tienen que darnos criterios claros y firmes para nuestro comportamiento, para vivir con mayor y mejor dignidad. Porque eso tenemos que saber buscar, en eso hemos de saber crecer, en esto tenemos que saber madurar.

‘No deis lo santo a los perros, ni les echéis vuestras perlas a los cerdos; no sea que las pisoteen con sus patas y después se revuelvan para destrozaros’, nos dice hoy Jesús en el texto del evangelio. Y hemos de saber interpretarlo bien y entenderlo. Y nos hace pensar en la dignidad de nuestra propia vida que hemos de cuidar, pero en lo que tenemos que saber crecer como personas. Es mi propia dignidad, pero es también la dignidad de los demás, que también tengo que saber apreciar, valor, tener en cuenta, respetar.

Por eso seguirá dándonos pautas Jesús de cómo hemos de saber tratarnos los unos a los otros, porque no vamos a exigir para nosotros lo que no somos capaces de dar o de ofrecer a los demás. Para que respeten tu dignidad comienza tú respetando la dignidad de los demás. ‘Así, pues, todo lo que deseáis que los demás hagan con vosotros, hacedlo vosotros con ellos; pues esta es la Ley y los Profetas’, termina diciéndonos Jesús.

¿Qué es lo que realmente nos están enseñando los mandamientos del Señor? Los vemos muchas veces como cargas pesadas, como si todo fueran prohibiciones que nos vinieran a coartar nuestra libertad – cuantas cosas en este sentido tenemos que escuchar – pero nos olvidamos que lo que nos están enseñando es a respetar a los demás, a valorar a las otras personas, porque así lograremos nuestro propio respeto y nuestra propia dignidad.

Como decimos tantas veces nos puede parecer puerta estrecha, porque queríamos la amplitud de hacer lo que nos apetezca – y ya veíamos en qué terminamos – pero no nos damos cuenta de que tiene el ancho suficiente para que pasemos por ella con dignidad; cuando nos recargamos de caprichos, de dependencias, de esclavitudes, por muy ancha que sea la puerta nunca podremos pasar, porque siempre queremos más. Tiene el ancho necesario para mantener la dignidad de toda persona, porque el amor suavizará tantas aristas de nuestra vida y facilitará el verdadero camino que hemos de tomar.

viernes, 18 de enero de 2019

No nos quedemos a la vera del camino sino levantémonos de la camilla de nuestra comodidad para poner nuestro compromiso de amor como una rayo de luz y de esperanza en la vida


No nos quedemos a la vera del camino sino levantémonos de la camilla de nuestra comodidad para poner nuestro compromiso de amor como una rayo de luz y de esperanza en la vida

Hebreos 4,1-5.11; Sal 77; Marcos 2,1-12

En más de una ocasión habremos sido testigos de cómo una persona de buena voluntad ha ayudado a una persona mayor o a alguna persona con cierta discapacidad, por su ceguera, por su invalidez o dificultad para moverse con facilidad a subir o a bajar un escalón en la acera para cruzar la calle, o incluso le haya ayudado a cruzar a la acera de enfrente para sortear el peligro de los coches que van de un lado para otro. Quizás nos hemos quedado pensativos admirando la generosidad y la iniciativa de personas así, preguntándonos si nosotros también lo hubiéramos hecho.
Aunque hablamos muchas de la insensibilidad en la que tenemos el peligro de caer en nuestras correrías de la vida moderna, quedan buenos sentimientos en muchos corazones, y si hay nos encontramos con personas generosas dispuestas a echar una mano, en situaciones como las que mencionamos o en otras circunstancias entre vecinos que siempre están dispuestos a poner ese bonito grano de arena para hacer que nuestro mundo sea mejor y nosotros mismos sintamos que no somos tan malos, aunque sin caer en tontos orgullos.
Esas cosas no se hacen buscando ganancias ni intereses egoístas sino solamente desde ese buen corazón que llevamos en nuestro interior. no siempre los vemos pero muchos son los voluntarios que por su cuenta o participando en muchas instituciones o en muchas organizaciones de esas que llamamos ahora ONG’S o en movimientos de nuestros barrios o comunidades están dándole un sabor de mayor humanidad a nuestra sociedad. Tendríamos que aprender a reconocer esas cosas, aunque quienes las hacen no están buscando gratitudes ni diplomas, porque además así nos sintamos nosotros movidos a realizar esa bonita función social en el voluntariado.
Es lo que estamos viendo en el texto del evangelio que hoy se nos ofrece. Jesús había vuelto a Cafarnaún y allí en la casa estaba rodeado de mucha gente que venía a escucharle cuando llegan unos hombres portando en una camilla a un paralítico que quieren hacer llegar a los pies de Jesús. La gente se agolpaba a la puerta y les impiden el paso, pero ellos quieren llegar. Se atreven a subirse a la terraza para, quitando una tejas encima de donde estaba Jesús, por allí descolgar el paralítico para hacerlo llegar a los pies de Jesús.
Ya conocemos la reacción de Jesús, aunque también la reacción en cadena de aquellos que no  hacen nada pero siempre están observando todo para ver qué es lo que pueden criticar; cuantos así nos encontramos en la vida en nuestro entorno. Jesús se admira de la fe no solo del paralítico sino de aquellos que han hecho todo lo posible por traerlo hasta Jesús. ‘Perdonados están tus pecados’, le dice al paralítico lo que provoca la reacción de los escribas y fariseos que por ahí andan.
Ya nosotros entendemos bien el poder de Jesús y el signo grande que Jesús quiere que todo este episodio sea para nuestra vida. Jesús quiere liberarnos desde lo más hondo, y la liberación de una enfermedad o una discapacidad es la señal de ese hombre nuevo que Jesús quiere hacer de nosotros. No lo entenderán aquellos que andan con la mente cerrada en sus prejuicios o en su poca fe, aunque mucho quieran aparentar. Pero aquel hombre va a salir de la presencia de Jesús como un hombre nuevo, liberado de todas las peores ataduras que pudiera tener en su vida.
Tras aquel diálogo entre Jesús y quienes le escuchan y hasta la juzgan, aquel hombre tomará su camilla y saldrá de nuevo a la vida, volverá a los suyos, irá al encuentro de los demás con algo nuevo en su corazón.  Se levantó inmediatamente, cogió la camilla y salió a la vista de todos. Aquel hombre se puso en camino.
Levantarnos de la postración de nuestra camilla y ponernos en camino. Cuántas veces tenemos que saber hacerlo en la vida, aunque luego sabemos que podemos quizá volver a tropezar, o que en el camino nos vamos a encontrar otras camillas, otras personas a las que como a aquellos buenos voluntarios nosotros también tenemos que ayudar a levantarse, ayudarles a ir al encuentro con Jesús, ayudarles a que se liberen de esas camillas o de esas limitaciones que tenemos tantas en la vida y que nos impiden caminar con dignidad.
Esta puede ser la invitación que nos esté haciendo Jesús hoy; éste puede ser el camino que nosotros tenemos que aprender a recorrer, no solos y por nuestra cuenta, sino sabiendo descubrir a esas personas a las que podemos ayudar, o a esas personas con las que podemos contar para tantos nuevos proyectos de vida que tendríamos que realizar. No podemos quedarnos en la acera, a la vera del camino contemplando a esos buenos voluntarios que tanto bueno hacen, sino que nosotros tenemos que despertar y levantarnos de esa camilla de nuestra comodidad o de nuestra insensibilidad para poner una rayo de luz y de esperanza en la vida con nuestro compromiso de amor.

lunes, 10 de diciembre de 2018

La presencia de Jesús y nuestro encuentro con El viene a restaurar con su salvación a todo el ser de la persona


La presencia de Jesús y nuestro encuentro con El viene a restaurar con su salvación a todo el ser de la persona

 Isaías 35,1-10; Sal 84; Lucas 5,17-26

Decimos que cuando hay voluntad todo lo conseguimos, porque ya seremos capaces de poner todos los medios que estén a nuestro alcance y si es necesario inventarnos otros para conseguir aquello que tenemos voluntad de obtenerlo. Es bueno, es cierto, que tengamos voluntad para obtener las cosas porque eso impedirá que nos rindamos fácilmente cuando puedan aparecer las dificultades y eso significa también una valoración de nosotros mismos, una autoestima como ahora tantas veces nos repiten para creer que podemos y somos capaces y mantener nuestras lucha y nuestros afanes por conseguirlo.
Todo esto está muy bien mientras no caigamos en autosuficiencias que nos hagan creer que todo lo podemos alcanzar por nosotros mismos – los orgullos nos impulsarán a intentar conseguir lo que otros consideran imposible – pero nunca esa autosuficiencia nos puede conducir a creernos en un estadio superior y poco menos que omnipotentes. Creo que hace falta algo mas para que no lo echemos a perder, algo que nos ayude a encontrar motivaciones porque fácilmente nos vienen los cansancios en nuestras luchas y bajamos la guardia y terminamos por rendirnos o nos obcecamos de tal manera que nos puede convertir en fieras que busquemos el obtener las cosas por la violencia, o la manipulación.
Nos hace falta humildad para saber hasta donde podemos llegar y nos ceguemos, pero necesitamos además una fuerza superior que solo desde la fe podemos encontrar. Será esa fe la que nos impulse, la que nos haga mover montañas, como ya no dirá Jesús en el evangelio, y nos hará mantenernos perseverantes hasta el final. Muchas consideraciones podríamos hacernos aquí en torno a nuestra fe.
Bástenos lo que hemos dicho hasta aquí como inicio y preparación a lo que el evangelio hoy viene a enseñarnos. Jesús estaba enseñando en una casa rodeado de gente. Era tal la cantidad que cuando vienen unos hombres con un paralítico para llevarlo a los pies de Jesús para que lo cure, es imposible entrar por la aglomeración de la gente en la puerta. Y es aquí donde aparece la voluntariedad de aquellos hombres que no se dejan vencer fácilmente. Pero será también la fe, como luego el mismo evangelista nos resalta que Jesús se fijó en la fe de aquellos hombres. En la dificultad se aguza el ingenio y quitando algunas lozas del tejado por aquel hueco descuelgan a aquel hombre enfermo hasta los pies de Jesús.
Vemos ya una parte del mensaje en la voluntad y en la fe de aquellos hombres. Pero aquí viene la sorpresa de Jesús. Cuando todos pensaban que iba a curarlo lo que Jesús le ofrece es la salvación con el perdón de sus pecados. Desconcierto quizás por aquellos que lo traían y el mismo enfermo porque en su fe sencilla lo que ellos pedían era la curación de la parálisis de aquel hombre. Pero el estupor se contagia entre los demás que están allí escuchando a Jesús y siendo testigos de sus obras, porque por allá aparecen aquellos que dicen que Jesús blasfema porque solo es Dios el que puede perdonar pecados. Los escribas y fariseos están siempre al acecho.
Pero Jesús se reafirma en lo que ha hecho y en lo que ha dicho. ¿Quién puede perdonar pecados? ¿Quién puede tener poder para sanar a aquel hombre? ¿Es cosa de poderes humanos? Si tiene poder para sanar a aquel hombre – es el poder y la gloria de Dios – también en consecuencia tiene poder para perdonar los pecados. ‘A ti te lo digo, le dice al que está postrado en su camilla, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa’.
Todos ahora se quedaron viendo visiones, como se diría en otro lugar; todos estaban ahora asombrados como Dios da el poder del perdón de los pecados a quien ellos pensaban que eran un hombre. Pero allí está Dios con su salvación. Todos darán gloria a Dios.
El encuentro con Jesús viene a restaurar la vida del hombre. Estamos viendo todo un proceso en lo que allí ha sucedido aquel día. La fe de aquellos hombres en Jesús les hace fuertes, les hace creer en las posibilidades de todo aquello que anhelan. Está fortaleciéndose la dignidad de aquellas personas, están creciendo humana y espiritualmente desde que creen en Jesús.
Es la vida de aquellos hombres, y no solo la del paralítico la que se está transformando. Aquella voluntariedad que antes decíamos lo está expresando, como al mismo tiempo se va haciendo fuerte su fe, van creciendo humana y espiritualmente; nada los detiene, aparecen las iniciativas para vencer las dificultades, podemos decir que han crecido como personas.
Lo que en la vida de los hombres es tanta veces cobardía o son sombras ahora les hace llenarse de valentía y va haciendo que su vida se ilumine de una forma nueva y sorprendente. Es la salvación que está llegando al paralítico y a aquellos hombres. Nos quedamos muchas veces solo en la curación y el perdón que ha obtenido el paralítico, pero tenemos que darnos cuenta que la gracia de Jesús, la salvación de Jesús está afectando a todos,  porque al final todos darán gloria a Dios.
¿Nos daremos cuenta de que esos han de ser los derroteros por donde ha de girar nuestra preparación en al Adviento para la celebración del nacimiento del Salvador?

viernes, 24 de julio de 2015

Algo más que buena voluntad para crecer como personas y para llegar a vivir todo el compromiso de nuestra fe

Algo más que buena voluntad para crecer como personas y para llegar a vivir todo el compromiso de nuestra fe

Éxodo 20,1-17; Sal 18; Mateo 13,18-23
La buena voluntad no siempre es suficiente. Es cierto que respetamos y valoramos la buena voluntad que ponen en su vida las otras personas, porque siempre hemos de respetar lo bueno, por más mínimo que sea, que tienen los demás. Pero cuando se trata de nuestra vida personal hemos de ser exigentes que nosotros mismos; no nos podemos contentar con la buena voluntad, porque eso nos exige el mínimo esfuerzo.
La persona que quiere crecer en la vida, quiere desarrollar al máximo sus valores y cualidades, quiere darle profundidad a lo que hace y vivir en total dignidad no se puede contentar en si mismo con la buena voluntad. Tiene que aspirar a más y en consecuencia ha de poner todo su esfuerzo por crecer, por no quedarnos en la mediocridad, siempre buscando lo más grande, lo más alto, lo más intenso y profundo para su vida. Por eso decimos que no siempre la buena voluntad es suficiente.
Eso en todos los aspectos de su vida, en lo humano, en lo espiritual, en su compromiso cristiano, en la búsqueda de Dios, en el querer darle un sentido profundo a su ser. No nos podemos quedar en mediocridades. Es lo que nos va enseñando el evangelio en cada una de sus páginas. Cuántas veces escuchamos a Jesús pedirnos que demos fruto en sus parábolas, en sus enseñanzas. Es la medida del amor cristiano que no se queda solo en cosas elementales sino al que cada día hemos de darle mayor profundidad y amplitud.
Es, podríamos decir, una de las enseñanzas de la parábola del sembrador que tantas veces hemos escuchado en el evangelio. Cuando Jesús se la explica a los discípulos al llegar a casa ante sus preguntas - es el texto que hoy escuchamos, aunque en días anteriores que se hubiera proclamado la parábola en sí no la pudimos escuchar por otras fiestas que tenían sus lecturas propias - les habla de quienes no entendieron la Palabra que se les proclamaba, de los que eran inconstantes y de los que simplemente se dejaban arrastrar en la vida por los afanes de cada día sin poner mayor esfuerzo.
Entender significa que hemos de tener las cosas claras; entender en nuestro caso de cristianos que queremos vivir el compromiso de nuestra fe, es tener claros los objetivos, lo que hemos de hacer, el sentido de la vida que hemos de vivir y que hemos de trasmitir a los demás. Nos pudiera pasar muchas veces porque vivimos a lo de la fe del carbonero, sin mayores preocupaciones de formarnos debidamente en nuestra fe, sin comprender bien el compromiso de vida al que nos lleva nuestra fe, sin tener claro cuales son los valores que nos enseña el evangelio.
Y está luego la perseverancia, el permanecer fieles en nuestro camino, en nuestro compromiso, sin cansarnos, sin volver la vista atrás, sin dejarnos seducir por otros señuelos. Muchas son las cosas que nos rodean que nos pueden llamar la atención y distraer de la meta de nuestro camino; muchas pueden ser las cosas que nos confundan y nos hagan caer en frialdades y rutinas; muchas pueden ser las cosas que nos tienten en esos afanes de la vida, en esas apetencias o ambiciones que se nos pueden meter en el alma, en esos orgullos y vanidades que nos pueden seducir.
La parábola nos pide que seamos tierra buena y bien cultivada. Y cultivar la tierra es cuidarla, es abonarla, es quitar abrojos y malas hierbas, es humedecerla debidamente para que la semilla pueda germinar y la planta prosperar hasta llegar a dar fruto. Bien sabemos todo lo que eso significa en nuestro quehacer cristiano contando con la gracia del Señor, con su Palabra, con los sacramentos, con el alimento y la luz de nuestra oración de cada día.
Es mucho más que buena voluntad. Pero no para exigirles a los otros, sino para exigirnos a nosotros mismos.