A quien anunciamos es a Jesús, es nuestra buena nueva, la
buena noticia que tenemos que dar al mundo y que manifestaremos con las obras
de nuestro amor
Isaías 45, 6c-8. 18. 21b-25; Sal 84; Lucas
7, 19-23
Siempre hemos repetido hasta la
saciedad aquel refrán de que ‘una imagen vale más que mil palabras’; de
mil maneras, y valga la redundancia, hemos cuidado lo de las imágenes; con
ellas queremos trasmitir lo mejor, estamos convencidos de que convencen más que
las palabras, en cualquier publicidad que se precie se tiene sumo cuidado en
las imágenes que presentamos para que digan lo que no somos capaces de decir
con palabras, y nosotros mismos también cuidamos la imagen, o sea que nos
cuidamos de la apariencia que queramos dar, de la presentación que hacemos de
nosotros mismos, hasta tenemos asesores de imagen.
Hacemos referencia a esto por lo que
escuchamos hoy en el evangelio. Vienen los discípulos de Juan de parte de su
maestro, el profeta que está en la cárcel de Herodes, para preguntarle a Jesús
si es o no el Mesías, si es realmente quien tenía que venir o debían de esperar
a otro. Pudiera parecernos extraño que sea Juan el que pida estas explicaciones
a Jesús, cuando fue quien allá junto al Jordán lo señaló a sus discípulos como ‘el
cordero de Dios que quita el pecado del mundo’, y ya en aquel momento
algunos se fueron tras Jesús.
Pero Juan seguía teniendo discípulos
incondicionales, aquellos que le permanecieron fieles incluso cuando estaba en
la cárcel encerrado por Herodes; serán los que después de decapitado irán a
recoger su cuerpo para darle sepultura como el mismo evangelio nos dice. Seguro
que en aquellos diálogos con sus discípulos tenían que salir las andanzas de
Jesús, le contarían de su predicación y de sus milagros, de la gente que lo
seguía y probablemente también, ¿por qué no?, de aquellos que también se
estaban oponiendo a la Buena Nueva de Jesús. Quiere ahora Juan que sus discípulos
palpen con sus propias manos, vean con sus propios ojos, escuchen directamente
a Jesús y por eso los envía con aquella embajada.
En el evangelio vemos que Jesús no da
respuesta directa sino que sigue con lo que está haciendo, enseñando a la gente
y curando a cuando acudían a El con todo tipo de enfermedades. No sería un
hecho momentáneo o de poco tiempo el que estuvieran los discípulos de Juan con
Jesús; seguirían el camino de Jesús que marchaba de aldea en aldea, que
recorría los caminos de Galilea, que predicaba en las sinagogas, junto al lago
o en la ladera de la montaña, hasta que son enviados de nuevo hasta Juan. ‘Id
y decidle a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios
y los sordos oyen, los muertos resucitan, los pobres son evangelizados. Y
¡bienaventurado el que no se escandalice de mí!’
Es la
imagen de Jesús, es la imagen del Mesías, es la imagen de la salvación. Es la
imagen que nosotros también hemos de dar. Es la imagen que nos lleva al
encuentro con la Palabra, el Verbo de Dios en quien tenemos la salvación, al
encuentro con Jesús.
El refrán
se nos queda corto. Es cierto que tenemos que hablar y transmitir con la
imagen, que es importante la imagen que nosotros demos de aquello que
anunciamos, pero no olvidemos que es la Palabra la que tenemos que escuchar. ‘Este
es mi Hijo amado, mi predilecto, escuchadle’, nos dice la voz del Padre
desde lo alto en el Tabor. Es en quien
tenemos que centrar nuestra vida, porque sin esa presencia de Jesús de nada nos
valdría todo lo que nosotros quisiéramos hacer. Si nuestras obras de amor
tienen valor es porque están ancladas en la Palabra de Dios, ancladas en el
amor de Dios que en Jesús se nos manifiesta.
Algunas veces alguno dice lo importante son las cosas que hagamos, y tenemos que decir lo importante es lo que vivimos que se traducirá en obras, que manifestaremos como señales de esa salvación de Dios, de ese Reino de Dios, porque lo importante es que Dios sea en verdad el Señor de nuestra vida.
Nuestro amor no es puro
altruismo, sino que tiene que tener un fundamento más profundo, el amor de Dios.
Por supuesto, luego eso se va a traducir en lo que vivimos, en lo que hacemos,
y será la imagen hermosa que nosotros demos de lo que en verdad es el Reino de
Dios. A quien anunciamos es a Jesús, es nuestra buena nueva, la buena noticia
que tenemos que dar al mundo.
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