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domingo, 9 de marzo de 2025

Un desierto y unas tentaciones de donde podemos salir victoriosos si nos dejamos conducir por el Espíritu de Dios

 


Un desierto y unas tentaciones de donde podemos salir victoriosos si nos dejamos conducir por el Espíritu de Dios

 Deuteronomio 26, 4–10; Salmo 90; Romanos 10, 8-13; Lucas 4, 1-13

¿Qué nos sugiere la imagen del desierto? Desolación, soledad, silencio, vida agreste y dura, dificultad, carencias de todo tipo, impotencia, abandono, debilidad… Algo que por tendencia natural rehuimos, no nos gusta, lo evitamos de la forma que sea. No nos gusta vernos impotentes, no chilla en nuestros oídos el silencio, sentimos angustia ante la soledad, lloramos en nuestras dificultades y carencias, no sabemos que hacer con nuestra impotencia, queremos verlo lejano de nuestra vida.

Sin embargo quizás todos habremos pasado por situaciones difíciles donde no sabíamos como salir de ellas, hemos llorando en silencio porque quizás no teníamos un  hombro sobre el que derramar nuestras lágrimas, hemos atravesado momentos oscuros de la vida en que nos sentíamos desorientados sin saber qué camino tomar, los problemas nos han envuelto de tal manera que casi queríamos morir. ¿Qué hacer nos hemos preguntado más de una vez sin encontrar respuesta? Hemos tenido la tentación, como se suele decir, tomar el camino del medio y querer valernos de lo que sea, aunque no siempre fuera bueno, para salir de esas situaciones; hubiéramos deseado tener influencias en quien fuera, pagando lo que fuera, para no seguir en esas situaciones; habríamos estado dispuestos a vender el alma al diablo, como de suele decir.

En una palabra que también nosotros hemos pasado o quizás estemos pasando por esas tentaciones de las que nos habla hoy el evangelio. Es tradicional en nuestra liturgia que el primer domingo de cuaresma escuchemos en el evangelio el relato de las tentaciones de Jesús en el desierto. Un buen pórtico, como un encuadre de la vida al iniciar este camino del tiempo cuaresmal. Un tiempo en el que queremos dejar guiar por la Palabra de Dios en ese camino de renovación que tiene que ser nuestra pascua. Si queremos vivir con toda intensidad la Pascua cuando lleguemos a celebrar la Resurrección del Señor, esa pascua hemos de irla haciendo en nosotros este camino de preparación que es la Cuaresma. Buena es, pues, esta composición de lugar que se nos hace en este primer domingo con el desierto y las tentaciones.

Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto durante cuarenta días, nos dice el evangelio. Un desierto, como veíamos, que estamos muchas veces en nuestra vida sufriendo también esas mismas tentaciones. Un desierto al que hemos de dejarnos conducir por el Espíritu, aunque nos parezca que no nos es agradable, pero sí necesario por una parte para encontrarnos con nosotros mismos, pero sobre todo para encontrarnos con la Palabra de Dios. No temamos ese silencio, esos momentos de soledad, esa aspereza que podamos encontrar en el camino. Como toda Pascua siempre termina en luz.

Ya hemos mencionado algunas de esas tentaciones con que nos podemos encontrar aunque cada uno tenemos que saber ver o descubrir lo que son esas luchas que vamos sosteniendo en nuestra vida; esas ambiciones o esas vanidades, ese orgullo que se nos mete dentro de nosotros y que tantas veces nos hace destructivos o esos sueños de grandeza que nos pueden llevar incluso a la manipulación de lo que sea, incluso las personas, para conseguir aquello que deseamos; esas pasiones que se nos desbordan y nos ciegan y crean ataduras en nosotros de las que no sabemos como liberarnos; esas voces o cantos de sirena que nos llaman de acá o de allá para invitarnos a una vida fácil porque ahí nos dicen que seremos más felices.

¿Qué hacer?, nos preguntamos tantas veces. Pero no solo de pan vive el hombre, no es con esas cosas de las que nos revestimos tantas veces las que nos van a dar un sentido verdadero a nuestra vida; no es endiosándonos a nosotros  como vamos a hacer una vida mejor porque creemos que con lo que hacemos tenemos el aplauso de las gentes; no es dejándonos llevar por los apegos cómo vamos a encontrar la verdadera libertad; no es convirtiéndonos en el ombligo del mundo porque queremos que todo gire en torno nuestro cómo lograremos unas relaciones más humanas o un mundo mejor.

Sólo Dios tiene que ser el único Señor de nuestra vida, cuando tantas veces nos sentimos tentados a adorar las riquezas o los oropeles de este mundo, los honores o los reconocimientos que los demás nos hagan porque nos creemos merecedores de todo o nos parece que son lo más importante para la vida sin lo cual no podríamos vivir.

Aunque se nos presenten como placenteros y se nos ofrezcan como si fueran preciosos jardines son duros esos desiertos que el mundo nos ofrece y del que tenemos que salir victoriosos. Ese desierto en el que tantas veces nos vemos metidos, como hemos dicho desde el principio de esta reflexión, es un desierto del que podemos salir si también nos dejamos conducir por el Espíritu de Jesús. 

Es el camino que queremos hacer en esta Cuaresma en este reencuentro con nosotros mismos, pero lo más importante, en nuestro reencuentro con el Evangelio, en nuestro reencuentro con Dios.

domingo, 26 de febrero de 2023

Necesitamos desierto para descubrir lo más profundo, soledad para sentir la presencia de Dios que nunca nos falla, silencio para poder caminar sumergidos solo en Dios

 


Necesitamos desierto para descubrir lo más profundo, soledad para sentir la presencia de Dios que nunca nos falla, silencio para poder caminar sumergidos solo en Dios

Génesis 2, 7-9; 3, 1-7; Sal 50; Romanos 5, 12-19; Mateo 4, 1-11

De entrada reconocemos que no nos gustan los desiertos, como rehuimos lo que sea soledad, y aunque pudiera parecernos lo contrario los silencios nos aturden. Desierto implica vernos sin nada, o al menos, sin lo que consideramos más necesario para una vida digna, es carencia y es vacío cuando tan acostumbrados a tanta comodidad, entraña también soledad y también silencio.

¿Nos da miedo? Nada hay, nada podemos escuchar, o quizá en ese susurro del viento, sin que nada veamos, podemos comenzar a escuchar más cosas que quizás no queremos escuchar; no nos podemos entretener con sonidos estrepitosos que en la vida ordinaria nos buscamos para huir del silencio, porque solo es el leve susurro de la brisa lo que comenzará quizás a hablar en el interior aunque nos parezcan espejismos.

Pues hoy el Espíritu nos quiere llevar a nosotros también al desierto. Eso significa este comienzo de la Cuaresma y esa es la primera llamada que sentimos desde el evangelio. Jesús fue conducido por el Espíritu al desierto. En la vida hay ocasiones en que nos parece estar también en un desierto. ¿No nos habremos visto en alguna ocasión envueltos en nuestras dudas o atormentados interiormente por nuestros problemas sintiendo también ese vacío y esa soledad? ¿Cómo lo hemos afrontado?

Algunos tan desestabilizados se encuentran que les parece volverse locos. Son las preguntas que surgen en el interior, son los interrogantes sobre el futuro con tantas inseguridades que como fantasmas nos persiguen, son las miradas angustiosas y quizás apesadumbradas hacia el pasado, son los momentos en que nos parece encontrarnos solos, porque aunque haya mucha gente alrededor, parece que todos están lejos, nadie sabe lo que nos pasa por dentro y con nadie queremos compartirlo, o nos sentimos incomprendidos y cuando no ignorados; algunos lo llaman depresión, crisis, momentos de nuevos planteamientos, momentos de desierto, momentos también de los que podemos salir más fortalecidos.

Desiertos que nos impone la vida, que surgen de situaciones o circunstancias que hayamos vivido, pero también, ¿por qué no? desiertos que hemos de saber buscar y aprender a navegar por él. Nos está invitando el Espíritu en este comienzo de cuaresma que vayamos al desierto, que nos metamos en nuestro interior, que buceemos dentro de nosotros mismos, que sepamos hacer silencio para escuchar, para clarificar la mirada y aprender a tener una mirada nueva, a sentir que aunque nos parezca que vayamos a la soledad, en la soledad no vamos a estar porque con nosotros está el Espíritu del Señor que nos guía y que nos alienta.

Nos preguntamos por nosotros mismos, como revisamos el sentido de vida por el que caminamos; nos preguntamos por la presencia de Dios y tenemos que descubrir el verdadero lugar que ha de ocupar en nuestra vida. Hoy el evangelio al relatarnos que Jesús fue conducido al desierto y allí lo vivió en la austeridad y en el ayuno nos habla de las tentaciones de Jesús en aquel momento en que iba a comenzar lo que llamamos su vida pública. Era el comienzo de su misión, para la que había sido enviado por el Padre como El sentía fuertemente en su interior.

Cuando estamos en el momento previo al inicio de una misión que nos han confiado, o de una tarea por la que hemos optado en la vida, es normal que nos surjan muchos cuestionamientos sobre la misma misión o sobre cómo hemos de desarrollarla. Es el momento que está viviendo Jesús. Es el planteamiento de cual es su identidad, podríamos decir.

Será lo fácil del milagro que todo lo soluciona, será ese momento de esplendor que nos envuelve quizás de vanidad y nos hace creer que es así el camino fácil del triunfo, será el momento donde damos lo que sea para sentirnos con poder o con influencia porque así es como podríamos pensar que conseguimos las metas que anhelamos. Nos lo refleja muy bien el relato evangélico con esas tres tentaciones con que quiere el diablo someter a Jesús. Como nos está reflejando ese camino de soluciones fáciles que muchas veces nos buscamos en la vida para conseguir nuestras metas o realizar nuestra misión.

¿Dónde ponemos a Dios en toda esa problemática que se nos plantea? No podemos manipular a Dios utilizándolo para nuestro servicio como tantas veces pretendemos con la manera que tenemos de orar a Dios. ¿Qué se haga mi voluntad o que se haga la voluntad de Dios? Para que no nos confundamos, como tantas veces nos sucede, tenemos que aprender a escuchar a Dios, como tenemos que sentir a Dios que camina a nuestro lado aunque a veces nos cueste descubrirlo en cualquier situación o en cualquier momento de nuestra vida. No podemos tentar al Señor nuestro Dios, sino que tenemos que saber adorar y escuchar a Dios.

Necesitamos desierto para aprenderlo, necesitamos soledad para descubrir la presencia de Dios que nunca nos falla, necesitamos silencio para poder caminar sumergidos e impregnados de verdad del Espíritu de Dios. Aprenderemos a valorarnos a nosotros mismos, porque Dios confía en nosotros; aprenderemos a comprometernos con la vida, porque así Dios la ha puesto en nuestras manos; pero aprenderemos no a confiar solo en nuestra propia fuerza, sino a poner toda nuestra confianza en Dios.