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viernes, 3 de abril de 2026

Momentos de silencio y soledad de los que hemos de despertar para ser signos de resurrección

 


Momentos de silencio y soledad de los que hemos de despertar para ser signos de resurrección

 

La loza del silencio cayó sobre la tarde, solo se escuchaba el rastrear de unos pasos en una pequeña comitiva de la que no salía ningún murmullo: todo lo envolvía el silencio, allá arriba sobre la roca quedaba aquel lugar de tormento desde el cual se bamboleaban aun mecidas por el viento aquellos lienzos que habían servido de sudario para bajar el cuerpo de la cruz; allí en las cercanías en medio de un huerto había una tumba que aun no había sido utilizada y que sirvió para depositar el cuerpo muerto de Jesús. Unos buenos hombres habían conseguido la autorización y traído algunas libras mezcladas con aloe para embalsamar poco menos que a la carrera su cuerpo. Ahora en silencio acompañaban a la madre en su soledad aunque uno de los discípulos se había hecho cargo de ella como último deseo de Jesús.

Así nos hemos quedado igualmente petrificados por el silencio y sintiendo enormemente la soledad, por eso había que acompañar a la madre porque ella vemos reflejadas tantas soledades, las que ahora mismo nosotros podemos sentir con la muerte de Jesús si no fuera que por la fe no nos faltan del todo la esperanza de que sus palabras se cumplirán; mientras esperamos en este día de silencio y de soledad, en que podemos sentir un vacío que no sabemos cómo llenar como tantos que se ven solos y abandonados, que van haciendo los caminos de la vida en soledad y parece que sin rumbo ni destino, como tantos que pueden sentir la ausencia de los seres queridos tan lejanos y no solo porque la geografía haya puesto tierra por medio, sino porque tantas veces creamos abismos que nos aíslan, o se rompen puentes que un día nos mantuvieron cercanos, o porque en nuestros orgullos no sabemos rellenar esos valles que ahora nos están distanciando; o la soledad de tantos que se sienten olvidados y abandonados  porque los consideran molestos y un estorbo y los encerramos quizás allí donde no se puedan escuchar sus gritos o nadie pueda mirar sus ojos que piden una compañía, o unos oídos que los escuchen.

Cuando en esta tarde del viernes o en este amanecer del sábado seguimos sintiendo ese silencio de soledad cuando acompañamos a María parece que queremos hacernos unos propósitos, que queremos dar unos pasos para que esa maliciosa espiral desaparezca. Por eso nos miramos a nosotros mismos y nos analizamos que hemos puesto o no en nuestras vidas para crear esas soledades; nos prometemos que vamos a comenzar a tener una mirada distinta con los que nos rodean para ser capaces de sintonizar ese silencio de soledad en la que se pueden sentir envueltos.

Este dolor en el alma que estamos sintiendo cuando hemos dejado a Jesús en el sepulcro y hemos acompañado a María en silencio ante su dolor tiene que despertar en nosotros unos nuevos sentimientos, una nueva manera de mirar, un compromiso de que las cosas las vamos a hacer mejor, las vamos a hacer de otro manera, de que vamos a encontrar esas soledades y vamos a comenzar ese ejercicio de acercanos y acompañar.

Tenemos la esperanza de la resurrección de Jesús que ya pronto celebraremos y ansiones esperamos, pero no puede ser como algo mágico y milagroso acontecido en otro tiempo sino que esa resurrección vamos a comenzar a vivirla cuando comencemos a resucitar ilusión, vida y esperanza en quienes se sienten solos pero a los que desde ahora le vamos a dar más compañía. Es el milagro de la resurrección que vamos a vivir porque con ello nosotros también nos vamos a sentir resucitados en todos esos nuevos puentes que vamos a tender para salvar abismos, en todas esas manos que vamos a ofrecer que sirvan de apoyo y borren sentimientos se soledad, en ese amor que vamos a ser capaces de ofrecer para que vuelvan a florecer las sonrisas y a sentir el perfume de amistades renovadas.

Es el signo de resurrección que hemos de dar ante el mundo que nos rodea en el que vayan desapareciendo esas soledades.

domingo, 9 de marzo de 2025

Un desierto y unas tentaciones de donde podemos salir victoriosos si nos dejamos conducir por el Espíritu de Dios

 


Un desierto y unas tentaciones de donde podemos salir victoriosos si nos dejamos conducir por el Espíritu de Dios

 Deuteronomio 26, 4–10; Salmo 90; Romanos 10, 8-13; Lucas 4, 1-13

¿Qué nos sugiere la imagen del desierto? Desolación, soledad, silencio, vida agreste y dura, dificultad, carencias de todo tipo, impotencia, abandono, debilidad… Algo que por tendencia natural rehuimos, no nos gusta, lo evitamos de la forma que sea. No nos gusta vernos impotentes, no chilla en nuestros oídos el silencio, sentimos angustia ante la soledad, lloramos en nuestras dificultades y carencias, no sabemos que hacer con nuestra impotencia, queremos verlo lejano de nuestra vida.

Sin embargo quizás todos habremos pasado por situaciones difíciles donde no sabíamos como salir de ellas, hemos llorando en silencio porque quizás no teníamos un  hombro sobre el que derramar nuestras lágrimas, hemos atravesado momentos oscuros de la vida en que nos sentíamos desorientados sin saber qué camino tomar, los problemas nos han envuelto de tal manera que casi queríamos morir. ¿Qué hacer nos hemos preguntado más de una vez sin encontrar respuesta? Hemos tenido la tentación, como se suele decir, tomar el camino del medio y querer valernos de lo que sea, aunque no siempre fuera bueno, para salir de esas situaciones; hubiéramos deseado tener influencias en quien fuera, pagando lo que fuera, para no seguir en esas situaciones; habríamos estado dispuestos a vender el alma al diablo, como de suele decir.

En una palabra que también nosotros hemos pasado o quizás estemos pasando por esas tentaciones de las que nos habla hoy el evangelio. Es tradicional en nuestra liturgia que el primer domingo de cuaresma escuchemos en el evangelio el relato de las tentaciones de Jesús en el desierto. Un buen pórtico, como un encuadre de la vida al iniciar este camino del tiempo cuaresmal. Un tiempo en el que queremos dejar guiar por la Palabra de Dios en ese camino de renovación que tiene que ser nuestra pascua. Si queremos vivir con toda intensidad la Pascua cuando lleguemos a celebrar la Resurrección del Señor, esa pascua hemos de irla haciendo en nosotros este camino de preparación que es la Cuaresma. Buena es, pues, esta composición de lugar que se nos hace en este primer domingo con el desierto y las tentaciones.

Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto durante cuarenta días, nos dice el evangelio. Un desierto, como veíamos, que estamos muchas veces en nuestra vida sufriendo también esas mismas tentaciones. Un desierto al que hemos de dejarnos conducir por el Espíritu, aunque nos parezca que no nos es agradable, pero sí necesario por una parte para encontrarnos con nosotros mismos, pero sobre todo para encontrarnos con la Palabra de Dios. No temamos ese silencio, esos momentos de soledad, esa aspereza que podamos encontrar en el camino. Como toda Pascua siempre termina en luz.

Ya hemos mencionado algunas de esas tentaciones con que nos podemos encontrar aunque cada uno tenemos que saber ver o descubrir lo que son esas luchas que vamos sosteniendo en nuestra vida; esas ambiciones o esas vanidades, ese orgullo que se nos mete dentro de nosotros y que tantas veces nos hace destructivos o esos sueños de grandeza que nos pueden llevar incluso a la manipulación de lo que sea, incluso las personas, para conseguir aquello que deseamos; esas pasiones que se nos desbordan y nos ciegan y crean ataduras en nosotros de las que no sabemos como liberarnos; esas voces o cantos de sirena que nos llaman de acá o de allá para invitarnos a una vida fácil porque ahí nos dicen que seremos más felices.

¿Qué hacer?, nos preguntamos tantas veces. Pero no solo de pan vive el hombre, no es con esas cosas de las que nos revestimos tantas veces las que nos van a dar un sentido verdadero a nuestra vida; no es endiosándonos a nosotros  como vamos a hacer una vida mejor porque creemos que con lo que hacemos tenemos el aplauso de las gentes; no es dejándonos llevar por los apegos cómo vamos a encontrar la verdadera libertad; no es convirtiéndonos en el ombligo del mundo porque queremos que todo gire en torno nuestro cómo lograremos unas relaciones más humanas o un mundo mejor.

Sólo Dios tiene que ser el único Señor de nuestra vida, cuando tantas veces nos sentimos tentados a adorar las riquezas o los oropeles de este mundo, los honores o los reconocimientos que los demás nos hagan porque nos creemos merecedores de todo o nos parece que son lo más importante para la vida sin lo cual no podríamos vivir.

Aunque se nos presenten como placenteros y se nos ofrezcan como si fueran preciosos jardines son duros esos desiertos que el mundo nos ofrece y del que tenemos que salir victoriosos. Ese desierto en el que tantas veces nos vemos metidos, como hemos dicho desde el principio de esta reflexión, es un desierto del que podemos salir si también nos dejamos conducir por el Espíritu de Jesús. 

Es el camino que queremos hacer en esta Cuaresma en este reencuentro con nosotros mismos, pero lo más importante, en nuestro reencuentro con el Evangelio, en nuestro reencuentro con Dios.