Momentos
de silencio y soledad de los que hemos de despertar para ser signos de
resurrección
La loza del
silencio cayó sobre la tarde, solo se escuchaba el rastrear de unos pasos en
una pequeña comitiva de la que no salía ningún murmullo: todo lo envolvía el
silencio, allá arriba sobre la roca quedaba aquel lugar de tormento desde el
cual se bamboleaban aun mecidas por el viento aquellos lienzos que habían
servido de sudario para bajar el cuerpo de la cruz; allí en las cercanías en
medio de un huerto había una tumba que aun no había sido utilizada y que sirvió
para depositar el cuerpo muerto de Jesús. Unos buenos hombres habían conseguido
la autorización y traído algunas libras mezcladas con aloe para embalsamar poco
menos que a la carrera su cuerpo. Ahora en silencio acompañaban a la madre en
su soledad aunque uno de los discípulos se había hecho cargo de ella como
último deseo de Jesús.
Así nos hemos
quedado igualmente petrificados por el silencio y sintiendo enormemente la
soledad, por eso había que acompañar a la madre porque ella vemos reflejadas
tantas soledades, las que ahora mismo nosotros podemos sentir con la muerte de
Jesús si no fuera que por la fe no nos faltan del todo la esperanza de que sus
palabras se cumplirán; mientras esperamos en este día de silencio y de soledad,
en que podemos sentir un vacío que no sabemos cómo llenar como tantos que se
ven solos y abandonados, que van haciendo los caminos de la vida en soledad y
parece que sin rumbo ni destino, como tantos que pueden sentir la ausencia de
los seres queridos tan lejanos y no solo porque la geografía haya puesto tierra
por medio, sino porque tantas veces creamos abismos que nos aíslan, o se rompen
puentes que un día nos mantuvieron cercanos, o porque en nuestros orgullos no
sabemos rellenar esos valles que ahora nos están distanciando; o la soledad de
tantos que se sienten olvidados y abandonados
porque los consideran molestos y un estorbo y los encerramos quizás allí
donde no se puedan escuchar sus gritos o nadie pueda mirar sus ojos que piden
una compañía, o unos oídos que los escuchen.
Cuando en
esta tarde del viernes o en este amanecer del sábado seguimos sintiendo ese
silencio de soledad cuando acompañamos a María parece que queremos hacernos
unos propósitos, que queremos dar unos pasos para que esa maliciosa espiral
desaparezca. Por eso nos miramos a nosotros mismos y nos analizamos que hemos
puesto o no en nuestras vidas para crear esas soledades; nos prometemos que
vamos a comenzar a tener una mirada distinta con los que nos rodean para ser
capaces de sintonizar ese silencio de soledad en la que se pueden sentir
envueltos.
Este dolor en
el alma que estamos sintiendo cuando hemos dejado a Jesús en el sepulcro y
hemos acompañado a María en silencio ante su dolor tiene que despertar en
nosotros unos nuevos sentimientos, una nueva manera de mirar, un compromiso de
que las cosas las vamos a hacer mejor, las vamos a hacer de otro manera, de que
vamos a encontrar esas soledades y vamos a comenzar ese ejercicio de acercanos
y acompañar.
Tenemos la
esperanza de la resurrección de Jesús que ya pronto celebraremos y ansiones
esperamos, pero no puede ser como algo mágico y milagroso acontecido en otro
tiempo sino que esa resurrección vamos a comenzar a vivirla cuando comencemos a
resucitar ilusión, vida y esperanza en quienes se sienten solos pero a los que
desde ahora le vamos a dar más compañía. Es el milagro de la resurrección que
vamos a vivir porque con ello nosotros también nos vamos a sentir resucitados
en todos esos nuevos puentes que vamos a tender para salvar abismos, en todas
esas manos que vamos a ofrecer que sirvan de apoyo y borren sentimientos se
soledad, en ese amor que vamos a ser capaces de ofrecer para que vuelvan a
florecer las sonrisas y a sentir el perfume de amistades renovadas.
Es el signo
de resurrección que hemos de dar ante el mundo que nos rodea en el que vayan
desapareciendo esas soledades.
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