El
evangelio de Jesús viene a romper barreras, a tender puentes, a abrirnos los
ojos para ver con mirada distinta desde la humildad y la compasión
1Samuel 9, 1-4. 17-19; 10, 1ª; Salmo 20;
Marcos 2, 13-17
Todos entendemos que una comida es algo
más que ingerir unos alimentos para nutrir nuestro cuerpo; una comida es un
compartir, una comida significa cercanía, una comida es una puerta abierta a la
amistad y el comer juntos viene a intensificar el crecimiento de ese mutuo
conocimiento y de esa amistad. Por eso invitamos a comer con nosotros a
aquellos con los que nos sentimos en mayor sintonía; la invitación a una comida
es una invitación a la amistad, es una muestra del aprecio que sentimos por
aquellos a los que sentamos a su mesa o el aprecio que nos muestran quienes nos
invitan a nuestra mesa.
Esto voy reflexionando pudiera parecer
a algunos muy idílico o como un sueño, porque no siempre le damos a nuestras
comidas ese sentido abierto y universal y pudiera suceder que en nuestra
malicia con esas comidas estemos haciendo juego sucio por nuestras
manipulaciones, por nuestros intereses y en el fondo por falta de sinceridad y
de auténtica solidaridad con aquellos con quienes estamos. Sabemos también cómo
hacemos nuestras exclusiones, hay una cierta discriminación porque no con todos
queremos que nos vieran sentados en una misma mesa, con lo que ya estaríamos
desvirtuando el sentido que tendría que tener una comida, como hemos venido
reflexionando.
Jesús no es de los que excluyen a
nadie, más bien quiere mostrar claramente que todos son importantes para El y a
todos busca y por todos quiere darse. Será precisamente en lo que es muy
criticado por ciertos sectores por sentarse a la mesa con lo que ellos llaman
los publicanos o los pecadores. Aquello que en el refrán castellano se dice ‘dime
con quien andas y te diré quien eres’ con todo el sentido peyorativo que
tiene esa frase que sin embargo los padres que quieren educar a sus hijos
quizás tanto les repiten y tendríamos que decir que con esa visión qué es lo
que realmente están formando o deformando en la conciencia humana. Es lo que
piensan los dirigentes judíos de Jesús cuando lo ven comer con publicanos y
pecadores, sean quienes sean.
El episodio que nos ofrece hoy el
evangelio parte también de un gesto sorprendente de Jesús cuando al paso por
delante de la garita de los impuestos invita a seguirle al publicano que está allí
al frente de la recaudación de los impuestos, y que eran tan mal mirados por
los judíos, a los que despreciaban precisamente con ese epíteto de publicano.
Es cierto que quien anda en medio de esas materialidades de la vida fácilmente
puede mancharse con esas ambiciones de usuras y de riquezas a lo que en cierto
modo todos nos sentimos tentados. Fijémonos cómo priva en tantos momentos de
nuestra vida esa ambición por lo económico o las riquezas: fijémonos en
nuestros sueños de premios y loterías ganadas con las que pensamos que ya tendríamos
todos los problemas de la vida resueltos. Hasta la navidad la tenemos así
marcada con la suerte de la lotería.
Jesús invitó a Leví a seguirle y lo
dejó todo para irse con Jesús, en él hemos interpretado siempre al Mateo que
nos dejó el evangelio. Pero en su entusiasmo por seguir a Jesús lo invitó a
comer con los discípulos que ya le seguían, pero como era normal se sentarían a
la mesa con ellos también los que habían sido sus amigos y compañeros de
siempre. Es lo que motivará las críticas de los fariseos y maestros de la ley.
Al médico lo llamamos o acudimos a él
cuando estamos enfermos. Es lo que les viene a decir Jesús, ha venido a sanar a
los enfermos, por eso se acerca a los pecadores con su corazón lleno de
misericordia para ofrecer caminos de perdón y de paz. ¿Será ese el espíritu de
misericordia que mueve nuestras vidas? Con nuestras posturas y actitudes
tenemos que ser ese médico que sana los corazones, tenemos que ser capaces de
sentar en la mesa de nuestra vida a esos que son despreciados por nuestra
sociedad tan puritana para algunas cosas, pero tan necesitada de esa sanción
porque nuestra sociedad sigue con sus discriminaciones y sus racismos, todavía
pesa el color de la piel o el lenguaje diferente y no es porque no nos
entendamos sino porque no queremos comunicarnos, porque seguimos mintiendo
barreras y abismos en nuestras mutuas relaciones, en la acogida no siempre tan
generosa que hacemos a los emigrantes que llegan a nosotros, provengan de donde
provengan.
Muchas cosas se van desgranando en mi
pensamiento cuando contemplamos este texto del evangelio, que tiene que ser
auténtica buena noticia para nosotros.
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