Bajemos
los humos de la autosuficiencia y orgullo para aprender a confiar en la bondad
de quien puede ayudarnos dando señales de la confianza que pueden tener en
nosotros
1Samuel 4, 1-11; Salmo 43; Marcos 1, 40-45
‘A ver si aprendes a pedir las
cosas’, escuchamos a alguien que reacciona ante la forma en que alguien le
presentaba una petición, pero desde mucha arrogancia y altivez. Lo sabemos bien
con humildad y sencillez, con la sinceridad de reconocer nuestras carencias y
limitaciones ‘ganamos más’, por decirlo de alguna manera, que con
nuestra arrogancia y aun con nuestra pobreza con signos de arrogancia y
prepotencia. Sé humilde para conseguir lo que graciosamente, en gratuidad y
generosidad, te van a regalar.
Es lo que nos presenta hoy el
evangelio. Su anuncio era la buena noticia de que el Reino estaba cerca. Y
Jesús lo manifestaba con signos y señales. Lo hemos venido escuchando en estos
días. Nazaret, Cafarnaún, toda la
orilla del lago de Tiberíades, tierra adentro los pueblos y aldeas de Galilea
habían ido escuchando su anuncio, pero habían visto también los signos que
realizaba; escuchamos que en Cafarnaún se juntaban a su puerta ya a la caída de
la tarde de aquel sábado que había ido a la sinagoga, multitud de gente
venida de todas partes con sus lamentos y con sus sufrimientos, con sus
imposibilitados y con sus enfermos, y a todos curaba. A la mañana siguiente
dirá que hay que ir a otros lugares, que otros también han de escuchar ese
anuncio de esperanza.
Movido por esa esperanza y por la fe
grande que había comenzado a manar en su corazón, también con mucha sencillez y
humildad había sido hasta un leproso, que saltándose todas las normas y
prohibiciones de estar en poblado y en medio de las gentes, es que se acerca a
Jesús para hacerle su petición. ‘Si quieres, puedes limpiarme’.
No aparece más diálogo en el relato del
evangelista pero allí está con su grandeza de espíritu manifestada en su
humildad y sinceridad que le llena además de confianza. No depende de sí mismo,
viene a decir, todo está en manos de Jesús, en la voluntad de Jesús. El solo
tiene lo mejor con que presentarse a Jesús, su fe y su humildad; sabe que Jesús
puede hacerlo, ya lo ha manifestado en otros signos que ha ido realizando, y
confía en Jesús, que está manifestando la confianza de su fe, de aquello en lo
que cree.
Cuántas veces hacemos nuestra oración
pobre por nuestra falta de confianza. Vamos a ver si ahora me escucha, parece
que nos decimos, lo cual ya está señalando y marcando la pobreza de nuestra fe,
quizás ocultando detrás nuestro orgullo y nuestra autosuficiencia. No nos gusta
sentirnos necesitados, reconocer nuestra pobreza, ser conscientes de que solo
por nosotros mismos no lo vamos a lograr. Medio nos ocultamos a los ojos de los
demás cuando vamos a rezar para que no nos digan si nosotros aun creemos en
esas cosas; hacemos de nuestras oraciones y nuestras peticiones algo tan
íntimas y personales que nunca compartimos con los demás lo que es nuestra
oración. ¿Alguien sabe como ha sido ese momento íntimo en ti mismo, por ejemplo,
después de comulgar? ¿A alguien le has hablado de sus sentimientos en ese
momento o de lo que le has pedido al Señor más allá de pedir suerte o de pedir
salud?
Aquel leproso se puso allí delante de
todos, postrado ante Jesús, reconociendo que era leproso y confiando en Jesús
que podía curarle. Creo que mucho nos puede enseñar la postura o la manera de
hacer de aquel leproso, pero sobre todo de su humildad y de su confianza.
Necesitamos bajar los humos de nuestros
orgullos que nos hacen ir de autosuficientes por la vida. Necesitamos bajarnos
de nuestro pedestal del orgullo para ponernos ras a tierra en los caminos de la
humildad. Necesitamos aprender a confiar en el corazón en la bondad de quienes
nos rodean que pueden hacer muchas cosas por nosotros como expresar una
apertura en nuestra vida que llene de confianza en nosotros en quienes nos
rodean.
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