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jueves, 16 de octubre de 2025

Tenemos que ser testigos que contagien, no obstáculos por nuestra incongruencia y vanidad que interfieran en el camino para el encuentro con Cristo

 


Tenemos que ser testigos que contagien, no obstáculos por nuestra incongruencia y vanidad que interfieran en el camino para el encuentro con Cristo

Romanos 3,21-30ª; Salmo 129; Lucas 11,47-54

Recuerdo una anécdota en la que se apremiaba a alguien a que llegara puntual a un lugar o a una cita donde debía ir, pero este le respondía que iba a hacer todo lo posible por llegar pero si la vaca no estaba en el camino; parece que en otra ocasión en que había intentado hacer ese recorrido no había podido hacerlo porque una vaca estaba suelta en el camino y era poco menos que imposible pasar por aquel lugar.

Traigo a colación este hecho en referencia a lo que nos está expresando hoy el evangelio. Son las palabras de Jesús contra los fariseos y maestros de la ley porque parecía que disfrutaban poniendo exigencias en sus comentarios y enseñanzas a la hora de trasmitir al pueblo creyente lo que era la ley y la voluntad del Señor. Ha partido este episodio de aquel momento en que un fariseo había invitado a Jesús a comer en su casa y en su interior estaba haciendo sus juicios porque Jesús no se había lavado las manos antes de comer; lo que podían ser una medidas higiénicas las habían convertido en leyes para dictaminar lo que era pureza que por la fe había de haber en sus vidas.

Jesús habla fuerte contra aquellos que vivían una fuerte incongruencia en sus vidas; menciona como ahora quieren justificarse con mausoleos levantados en honor de aquellos a los que habían perseguido y dado muerte sus padres. ‘¡Ay de vosotros, les dice, que edificáis mausoleos a los profetas, a quienes mataron vuestros padres! Así sois testigos de lo que hicieron vuestros padres, y lo aprobáis; porque ellos los mataron y vosotros les edificáis mausoleos’.

Es algo más que un mausoleo o no lo que nos quiere decir Jesús, es la incongruencia de sus vidas, a las que les falta una verdadera profundidad y sentido en aquello que realizan, muchas veces solo dejándose envolver por la vanidad, pero sin darle autenticidad a sus vidas. No podemos sentirnos muy lejos nosotros hoy de esas actitudes que muchas veces seguimos con aquello del cumplimiento externo, pero que sin embargo nos dejamos envolver totalmente nuestra vida por ese sentido del evangelio. Cumplidores, pero sin vivencia interior; apariencias pero sin un fondo profundo en la vida. Lo que hacemos muchas veces con nuestros actos religiosos que se quedan fríos, que se convierten en un rito formal, una costumbre o una tradición pero que no repercute en nuestras vidas, nuestras costumbres, nuestra manera de hacer las cosas, nuestras actitudes y posturas con los demás o con lo que hacemos que no llegamos a hacer vida.

Pero recogiendo la imagen con la que iniciábamos nuestra reflexión muchas veces esas formas incongruentes de vivir la religión o el ser cristiano se convierten en pantallas que encandilan, que oscurecen el camino para quieren realizar ese acercamiento a la fe y a la vida cristiana, pueden ser obstáculos para la fe de los demás.

Como creyentes tenemos que convertirnos en testigos, ofrecemos nuestra palabra que anuncia pero tenemos que ofrecer el testimonio de una vida que es lo que de verdad convence y contagia; pero quizás nuestras actitudes, nuestras vanidades, nuestra superficialidad puede ser ese obstáculo, como decíamos antes, esa vaca que está en el camino y nos entorpece y dificulta el que otros puedan transitar por ese camino. Es el ejemplo de nuestras vidas, es esa vivencia que nos convierte en testigos.

¿Estaremos siendo esos testigos o acaso por nuestro mal ejemplo somos obstáculos para que otros se encuentren con Cristo y puedan llegar a vivir su fe? Es una pregunta seria que tenemos que hacernos, porque lo que se nos pide es esa congruencia en nuestras vidas porque será lo que contagia nuestra fe a los demás.

jueves, 17 de octubre de 2024

La autenticidad y congruencia con que vivimos nuestra fe manifieste la hondura de nuestra vida para nunca ser un obstáculo en el camino de los demás

 


La autenticidad y congruencia con que vivimos nuestra fe manifieste la hondura de nuestra vida para nunca ser un obstáculo en el camino de los demás

Efesios 1,1-10; Salmo 97; Lucas 11,47-54

Algunas veces nos encontramos piedras en el camino que nos impiden el paso o que pueden ser un peligro para poder transitar con seguridad por él; me vienen a la memoria años atrás, hace ya bastante tiempo, que estaba en un lugar que era intransitable, sobre todo en invierno; piedras caídas en el camino, ramos de árboles que obstaculizaban su tránsito, quebradas que se veían abajo poniendo en peligro el tránsito por aquellos lugares.

Pero eso pueden ser hoy anécdotas para contar, aunque sabemos que aun hay lugares que tienen difícil el acceso o la comunicación. Pero si traigo al recuerdo estas imágenes es porque quiero pensar en otros obstáculos o dificultades que nos podamos encontrar en los caminos de la vida; los obstáculos que en cierto modo nos ponemos los unos a los otros; serán cosas que emprendemos pero que la envidia de los que están a nuestro lado no nos dejan desarrollar; cuántos traspiés nos damos los unos a los otros desde nuestro amor propio o nuestro orgullo, cuántas envidias que nos llevan a destruir lo bueno que los otros puedan realizar, cuántas críticas que crean desconcierto y desconfianza en aquellos por los que queremos quizás trabajar pero que impedirán que llevemos a cabo lo que teníamos proyectado. Desgraciadamente no nos falta la maldad en los corazones para crear vacíos en torno a aquellos que quieren hacer algo bueno.

Me vienen a la mente estas situaciones que con tanta frecuencia nos suceden en la vida, desde lo que hoy escuchamos en el evangelio. Eran las posturas de algunos alrededor de Jesús, que como hemos visto en otros momentos por ejemplo tratan de desprestigiarlo atribuyendo al maligno aquellas cosas que Jesús realizaba; están aquellos que no aceptaban a Jesús y siempre estaban al acecho de cuanto pudiera hacer o decir Jesús con sus prejuicios o sus intereses que les parecía que podrían verse dañados con el estilo nuevo que Jesús quería para la vida.  Pero son también las manipulaciones que realizaban en sus enseñanzas que pareciera que lo que proponían era una carrera de obstáculos con tantas normas y preceptos que se habían inventado.

Jesús viene a enseñarnos la autenticidad con que hemos de obrar en la vida, dejando a un lado apariencias y vanidades que a nada nos conducen, o que manifiestan el vacío interior con que podemos ir caminando por la vida; cuando todo se queda en apariencia y vanidad es porque tenemos un vacío por dentro que no hemos sabido llenar de cosas de auténtico valor.

Y cuando eso se manifiesta de manera especial en aquellos que están llamados a ir delante ayudando a caminar a los demás, en lugar de ayuda se convierte en obstáculo. Son las piedras que nos ponemos en el camino, porque no damos ese testimonio bueno que tendríamos que dar, sino que más bien nuestra superficialidad es un escándalo y un obstáculo para la vida de fe de los sencillos.

No quiero pensar ahora en esos grandes escándalos en los que se quieren regodear hoy los medios de comunicación en una campaña que a la larga se convierte en difamatoria; pero sí quiero pensar en esas actitudes o en esos gestos que muchas veces aparecen en nuestra vida y que están denotando ese vacío y esa superficialidad.

Porque no hemos de estar mirando con tanta lupa la vida de los demás para hacer nuestros juicios, sino que es a nosotros mismos a quienes tenemos que mirarnos. Y eso lo tenemos que pensar cada uno de nosotros, porque no siempre somos auténticos en lo que hacemos, muchas veces queremos mantener la apariencia pero en nuestro interior no nos estamos esforzando lo suficiente, porque la imagen que como creyentes estamos dando no siempre es bueno porque hay muchas incongruencias en nuestra vida.

¿Seremos nosotros piedra de tropezar para los demás? ¿Seremos acaso como el perro del hortelano, en aquel dicho popular de nuestros refranes, que ni come él ni deja comer al amo? Mucho tenemos que revisarnos en nuestra vida para que haya más autenticidad, para que nuestro testimonio sea claro y diáfano, para que siempre seamos ejemplo que atraiga a los demás a vivir los caminos del evangelio. Es nuestra vida la que tiene que evangelizar.

martes, 30 de enero de 2024

Aunque los caminos se nos vuelvan oscuros y todo parezcan montañas que superar, mantengamos la fe porque Jesús camina siempre a nuestro lado y encontraremos la luz

 


Aunque los caminos se nos vuelvan oscuros y todo parezcan montañas que superar, mantengamos la fe porque Jesús camina siempre a nuestro lado y encontraremos la luz

2 Samuel 18, 9-10. 14b. 24-25a. 31 – 19, 3; Sal 85; Marcos 5, 21-43

Nos sucede muchas veces, nos encontramos pasando por un mal momento del que queremos salir, pero parece que todo son dificultades, murallas que parecen interponerse para encontrar la solución. Y muchas veces parte de nosotros mismos, de nuestra indecisión o de nuestros miedos, como también en el camino podemos encontrarnos obstáculos, desde quienes parece que se gozan en hacernos creer que es grande la dificultad, o también de prejuicios o respetos sociales, por llamarlos de alguna manera que nos hacen temer que aquello no tiene solución o ya no hay remedio.

Pero si tenemos claro a dónde podemos acudir, no nos dejamos llevar por esos posibles prejuicios sociales, y no hacemos caso a tantos agoreros que nos ponen las cosas cada vez más negras, podremos tomar la valiente decisión de encontrar la solución o el camino para esa recuperación que necesitamos.

Muchas de estas cosas que hemos ido mencionando de lo que nos sucede en la vida podemos ver reflejadas en el pasaje del evangelio que hoy se nos presenta. En primer lugar está Jairo, era un hombre importante e influyente, que podía pertenecer de alguna manera a la clase dirigente de aquella sociedad, puesto que era el Jefe de la Sinagoga. Su situación social le podía estar cerca de aquellos escribas y fariseos que tanta oposición comenzaban a hacer a Jesús. Pero Jairo se encuentra con su hija enferma y, como dice él, está en las últimas. ¿A quién acudir? ¿Se atreverá con la prestancia de su figura a acudir como uno más hasta Jesús para que sane a su hija? Saltándose todos los prejuicios que le podían imponer de alguna manera los principales opositores a Jesús, se atreve a ir al encuentro con Jesús, cuando está llegando ahora en barca después de atravesar el lago, para pedirle que vaya a curar a su hija.


Parece que todo son prisas dada la urgencia de la situación de aquella niña. Pero Jesús ha tenido que detenerse en camino. Una mujer con hemorragias en la que se había gastado una fortuna buscando remedio para su enfermedad se ha atrevido a ir por detrás de Jesús a tocar el manto, con la confianza de que solo es necesario eso para curarse. No podría estar aquella mujer en medio de la aglomeración de personas que rodean a Jesús porque ella por su enfermedad es una mujer impura. Pero ha saltado todas esas conveniencias sociales y se ha acercado a Jesús.

Jesús ha sentido que alguien le ha tocado y se detiene en su camino, para impaciencia de Jairo. ‘¿Quién me ha tocado el manto? Los discípulos le contestaban: Ves cómo te apretuja la gente y preguntas: ¿Quién me ha tocado?’ La mujer temblorosa no ha tenido más remedio que dar un paso adelante ‘y se echó a sus pies’. ‘Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz y queda curada de tu enfermedad’, le dice Jesús.

Jairo le apremia y llegan malas noticias. No hay que molestar al maestro, la niña ha muerto. Otra barrera que se impone. Parece que la oscuridad de la muerte quiere hacer presencia. Tantos nubarrones negros que podrán descorrerse si mantenemos la fe. Es lo que le dice Jesús a Jairo. ‘No temas; basta que tengas fe’. Y continúan el camino, encontrándose la casa llena ya de las plañideras que lloran la muerte de la niña. ‘¿Qué estrépito y qué lloros son estos? La niña no está muerta; está dormida’. Pero comenta el evangelista que se reían de El.  ¡Cuántos se ríen de nuestra fe! ¡Cuántas veces nos acobardamos temiendo esas burlas que podamos recibir por nuestra fe!


Y ya sabemos el final del relato. La tomó de la mano y la levantó y se la entregó a los padres. A pesar de que el camino se había llenado de sombras al final apareció la luz. También seguramente lo habremos experimentado cuando hemos mantenido con valentía nuestra fe. ¡Qué satisfacción más honda sentimos en el alma! No nos falta la luz porque nunca faltará la presencia de Dios que camina a nuestro lado y que se nos manifiesta de tantas maneras. Como lo hizo Jesús con Jairo, y como también le dio oportunidad a aquella mujer. Yo lo he sentido en mi vida.

Basta que mantengamos nuestra fe.


lunes, 25 de septiembre de 2023

Cuidemos que nunca seamos obstáculo para los demás para que puedan acercarse a su Palabra y seamos todos en verdad esa familia de Jesús porque la plantemos en el corazón

 


Cuidemos que nunca seamos obstáculo para los demás para que puedan acercarse a su Palabra y seamos todos en verdad esa familia de Jesús porque la plantemos en el corazón

Esdras 6, 7-8.12b.14-20; Sal 121; Lucas 8, 19-21

Es lo que suele suceder cuando hay aglomeraciones de personas porque todos quieren ver, porque todos quieren estar en primera fila para poder escuchar mejor, y vienen los empujones, y el no dejar pasar, y los que llegan más tarde que quieren abrirse paso pero no pueden, y se crea una cierta intranquilidad, y no basta ya solo la buena voluntad, sino que de alguna manera porque afloran nuestros egoísmos y nuestros orgullos no queremos dejar pasar a nadie, y de alguna manera esa aglomeración se convierte en un estorbo para los que en verdad quieren llegar.

Pasaba así en torno a Jesús, la gente se apretujaba junto a Él porque todos querían escucharle directamente, porque querían tocarle, porque ansiaban estar junto a Jesús; pero otros no podían llegar. Les pasó a aquellos hombres que traían en una camilla a un paralítico para que Jesús lo curara, pero las puertas de la casa estaban atascadas y no podían entrar; ellos querían llegar hasta Jesús porque lo que deseaban era la salud de aquel inválido; tuvieron el ingenio de subirse al terrado para descorrer algunas tejas y por allí bajar al enfermo hasta Jesús. Jesús se admiró de la fe de aquellos hombres manifestada en esa solidaridad para hacer llegar al paralítico hasta los pies de Jesús.

Era lo que estaba sucediendo ahora. Habían venido su madre y sus hermanos, en esa expresión tan semítica para referirse a los familiares de Jesús. No podían entrar porque era mucha la aglomeración en torno a Jesús y le mandan recado. 'Tu madre y tus hermanos están fuera'. Jesús quiere resaltar algo importante. No es un desprecio a la madre y a los hermanos, como de entrada pudiera parecer si no llegamos a entender bien las palabras de Jesús. ¿Quiénes eran su madre y sus hermanos? Todos los que querían escuchar la Palabra de Dios y plantarla en su corazón.

Ya nos está diciendo, como aparecerá en otro lugar del evangelio, que María es la primera que ha plantado la Palabra en su corazón. Se había proclamado a sí misma la esclava del Señor dispuesta a que se realizara en ella cuanto la Palabra decía, y la Palabra se hizo carne en sus entrañas y ella se convirtió en la madre de Dios. Son los que escuchan y los que plantan la palabra de Dios en su corazón los que son la verdadera familia de Jesús. Y es el primer mensaje que estamos recibiendo para nuestra vida.

Pero también esta Palabra que ahora estamos escuchando, ahora estamos tratando de meditar y reflexionar me interroga en muchas más cosas. Quiero admitir y dejar por sentado nuestra buena voluntad y nuestros deseos de escuchar la Palabra de Dios para plantarla en nuestro corazón. Pero quiero fijarme en lo que está sucediendo en aquel momento con este pasaje que estamos reflexionando. En torno a Jesús había muchos que querían escucharle, por eso habían venido incluso de lejos y ahora se aglomeraban en torno a la puerta porque querían estar con Jesús.

Admitimos, es cierto, la buena voluntad, como nosotros queremos tenerla también y también somos muchos, vamos a pensarlo así, los que rodeamos a Jesús, los que nos acercamos a nuestras comunidades porque queremos escuchar la Palabra de Dios. Con buenos deseos y con buena voluntad rodeamos a Jesús. Me temo una cosa y es lo que ahora me hace pensar. ¿Seremos los que nos parece que estamos más cerca de Jesús, de la Iglesia, de alguna manera obstáculo para que otros se acerquen a Jesús?

No es una pregunta trivial, es algo serio lo que nos tenemos que plantear. ¿Seremos obstáculo para que otros se acerquen, formamos barrera en torno a Jesús y de alguna manera impedimos que los demás sientan el gusto de venir también y poder acercarse a Jesús? Es donde tenemos que analizar nuestras actitudes y posturas, las vanidades y apariencias con que a veces vamos por la vida o vamos por nuestra propia iglesia incluso en aquellas cosas buenas que queremos hacer, ese orgullo de aquellas cosas que hago pero por eso mismo se pueden convertir en obstáculo para que otros tengan también deseos de creer, ese testimonio débil que ofrecemos porque algunas veces ofrecemos una apariencia negativa que no atrae sino que puede convertirse en repulsa para los demás...

Creo que da para pensar mucho, analizar nuestras posturas y las apariencias que damos, la imagen que ofrecemos, que pueden transformarse en rechazo para los demás, como algunas veces también estamos ofreciendo nuestro rechazo a los que nos parece que están más lejos que nosotros y así andamos también con nuestros prejuicios y descalificaciones.

¿Con la humildad con que nos acercamos seremos en verdad esa madre, ese hermano de Jesús que escucha y planta la Palabra de Dios en nuestro corazón?


sábado, 21 de enero de 2023

Necesitamos una buena y rica espiritualidad que en verdad sea el motor de nuestra vida no temiendo que nos digan que estamos locos por Cristo

 


Necesitamos una buena y rica espiritualidad que en verdad sea el motor de nuestra vida no temiendo que nos digan que estamos locos por Cristo

Hebreos 9,2-3.11-14; Sal 46; Marcos 3,20-21

No hace falta complicarse tanto la vida, parece que te vas a tragar el mundo, tómate las cosas con calma, despacio, que las cosas ya se irán resolviendo ¿o es que piensas que tu solo vas a salvar el mundo? Recomendaciones así seguramente habremos escuchado en alguna ocasión o más de una vez; bien porque nos las digan a nosotros porque nos ven demasiado implicados con lo que estamos haciendo o acaso sean recomendaciones que hacemos a alguien que lo vemos muy entusiasmado con lo que está haciendo y que no para ni para comer.

Se lo dijeron a Jesús. las muchedumbres se apiñaban a la puerta de la casa, en ocasiones no había ni por donde entrar, la gente venía de todas partes y Jesús no paraba, iba de un lado para otro, visitaba todas las aldeas y poblaciones sobre todo de Galilea, pero es que además ya se notaba también cierta oposición que había por parte de algunos a quienes incomodaba el actuar de Jesús, el anuncio del Reino de Dios, pero no de la revolución que quizás muchos ansiaban, los dirigentes habituales de la sociedad, muy manipuladores ellos de cuanto sucediera, como tantas veces sigue sucediendo hoy, se sentían incómodos porque sentían que muchas veces Jesús hablaba por ellos.

Pero no son esos los que quieren disuadir a Jesús de lo que está haciendo, de su predicación y de toda la tarea que va realizando, son su propia familia que, como sucede tantas veces, tienen miedo que se enferme con tanto trabajo o que pierda la cabeza, por eso hoy les vemos que vienen y tratan de convencerlo de que se vaya con ellos porque incluso llegan a pensar que Jesús no está bien de la cabeza. ¡Ay la familia, que algunas veces se convierte en un retardo de lo que podemos hacer o de lo que queremos emprender con sus prudencias y con sus miedos!

¿Qué es lo que nos frena muchas veces en nuestra tarea, en soñar con proyectos nuevos, en implicarnos en aquellas cosas que vemos que no marchan bien y que nadie hace nada por remediarlo? Muchas veces también nos sucede que empezamos con mucho fervor y entusiasmo una tarea, pero pronto vamos aflojando, se va debilitando aquel entusiasmo y terminamos dejándonos arrastrar por la rutina como les pueda suceder a tantos.

Por supuesto, no podemos ir a lo loco, hay que poner unos buenos cimientos en aquello que queremos hacer y tener una buena planificación. Pero tampoco podemos quedarnos en tecnicismos, por así llamarlos, porque todo se quede en una planificación muy bonita. Necesitamos en nosotros mismos un cimiento interior, porque en verdad hayamos fortalecido nuestro espíritu, y tenemos que aprender a dejarnos guiar; pueden ser, es cierto, los buenos consejos que recibamos de cuantos están a nuestro lado, pero quien en verdad tiene que guiar nuestra tarea es el Espíritu del Señor que hemos de saber sentir con su inspiración en nuestro interior.

Eso se llama tener buen espíritu, eso se llama crecimiento interior, eso se llama una buena y rica espiritualidad que sea en verdad el motor de nuestra vida. Cuando nos dejamos envolver por esa espiritualidad profunda ni vamos haciendo las cosas por puro activismo ni nos quedamos en programaciones que quedan muy bonitas en el papel, sino que sentiremos esa urgencia interior que nos mueve, que nos hace darnos y gastarnos porque queremos hacer el bien, porque queremos un mundo mejor, porque queremos en verdad construir el Reino de Dios.

Y esto es algo, hemos de reconocer, que los cristianos no cuidamos como tendríamos que hacerlo. Profundicemos en la acción del Espíritu en nosotros.

viernes, 14 de enero de 2022

Jesús es el que nos sana y el que nos salva, el que nos perdona y el que nos llena de vida, el que nos libera y el que nos pone en camino, dejémonos conducir hasta Jesús

 


Jesús es el que nos sana y el que nos salva, el que nos perdona y el que nos llena de vida, el que nos libera y el que nos pone en camino, dejémonos conducir hasta Jesús

1Samuel 8, 4-7. 10-22ª; Sal 88; Marcos 2, 1-12

La constancia y la perseverancia, sobre todo cuando encontramos dificultades en la vida, es algo que nos suele fallar. Queremos las cosas fáciles, queremos las cosas a nuestra comodidad; cuánto nos cuesta, por ejemplo, hacer una cola, en una oficina, en un comercio, en algo a lo que vamos a asistir; enseguida estamos queriendo que se den soluciones prontas, que todo sea fácil, rehuimos esos momentos que nos parecen perdidos, pero que entran en el ritmo de la vida que nos hemos impuesto.

El otro día me decía un amigo que no soportaba las aglomeraciones y las colas incluso para entrar en las tiendas, en estos días de compras de regalos que quizá en nuestro consumismo nos hemos impuesto; se marchó, me decía, para otro lado aunque sabía que lo que buscaba solo allí lo podía encontrar.

Pero, ¿seremos así en la búsqueda de las cosas verdaderamente importantes de la vida? Según lo que nos importen las cosas son nuestras prisas o tenemos la constancia de perseverar para conseguirlo.

Hoy vemos que la gente hace cola por ver y escuchar a Jesús, vamos a decirlo así. La gente se aglomeraba a la puerta de la entrada de la casa donde estaba Jesús y no había manera de poder entrar hasta los pies de Jesús como querían aquellos que llevaban en la camilla a un paralítico para que lo curara. En su deseo, en este caso, por estar cerca de Jesús, se atreven a romper el techo de la casa quitando algunas baldosas o tejas, para por allí descolgar al paralítico hasta los pies de Jesús. ¿Justificamos en este caso las prisas de estos hombres? No se trata ahora de justificar, pero sí de contemplar la fe de aquellos hombres. Es lo que se resalta en la actitud incluso de Jesús. Ojalá nuestras prisas fueran siempre para algo tan importante como estar a los pies de Jesús.

Lo primero que se resaltará será la de fe aquellos hombres que fueron capaces de saltar por encima de dificultades para lograr su deseo de llevar a los pies de Jesús al paralítico. Pero cuántas trabas tenemos tantas veces en nuestro corazón; serán nuestras ambiciones o serán nuestros orgullos, los que nos van a motivar o los que nos van a retrasar o incluso paralizar; estará la indolencia con que tantas veces nos tomamos la vida o nuestros apegos a la comodidad y a los deseos de que todo nos salga siempre fácil; será el egoísmo que nos encierra en nosotros mismos y nos vuelve tantas veces insolidarios, o será la vanidad por la que nos movemos en la vida. Muchas cosas de las que tenemos que liberar el corazón, la lista sería grande quizás; muchas cosas que nos mantienen postrados en la vida sin iniciativas y sin ganas de nada que signifique esfuerzo. Así no avanzamos, así vamos arrastrándonos.

Jesús viene a decirnos que para levantarnos tenemos que tener un corazón liberado de ataduras, un corazón que se sienta liviano porque no hay cadenas que pesen sobre él. De cuántas cadenas nos envolvemos en la vida, de cuántas cosas tenemos que liberarnos. El ya anunció en la sinagoga de Nazaret que venía a traer la libertad a todos los que se vieran oprimidos. ¿Qué opresión hay mayor que el pecado que pesa sobre nuestra conciencia? El anuncia la amnistía y el perdón.

Por eso cuando Jesús quiere liberar a aquel hombre de su camilla, lo primero que hace es perdonarle sus pecados. No lo entenderán, como también a veces a nosotros nos cuesta entender. Ya vemos la reacción de algunos de los que rodeaban a Jesús aquel día. Como tantas pegas que nos ponemos en nuestro interior para no ir a buscar el perdón. Pero Jesús es el que nos sana y el que nos salva, el que nos perdona y el que nos llena de vida, el que nos libera y el que nos pone en camino. Es lo que estamos contemplando hoy en el evangelio. Aquel hombre del evangelio tuvo la suerte de que alguien lo condujera hasta Jesús. ¿Nos dejamos conducir, nos dejamos llevar?

¿Será en verdad eso lo que buscamos en Jesús? ¿Saltaremos un día por encima de todos esos obstáculos que llevamos en el corazón para poder acercarnos a Jesús y llenarnos de liberación y de su gracia? ¿Qué es de verdad lo importante que nosotros buscamos? ¿Qué es lo que hay de interés en nosotros y en nuestra vida?  Sintamos esa palabra de luz y de vida que Jesús tiene para nosotros y gocemos de su salvación.

domingo, 3 de noviembre de 2019

La búsqueda de Zaqueo que a pesar de las murallas quería conocer a Jesús y la búsqueda de Jesús que siempre llega junto al corazón del hombre que más lo necesita


La búsqueda de Zaqueo que a pesar de las murallas quería conocer a Jesús y la búsqueda de Jesús que siempre llega junto al corazón del hombre que más lo necesita

Sabiduría 11, 23 - 12, 2; Sal 144; 2Tesalonicenses 1, 11 - 2, 2; Lucas 19, 1-10
Aunque nos digamos que somos muy liberales, que somos muy abiertos y con todos nos llevamos y nos tratamos hemos de reconocer que luego en la realidad de la vida de cada día no somos tan liberales ni tan abiertos sino que andamos con mucha prevención hacia los demás. No quiero emplear la palabra discriminación pero sí que nos hacemos nuestras distinciones. Realmente con todos no nos juntamos, tenemos nuestro grupito, tenemos siempre aquellas personas con las que sintonizamos mejor – lo que es bastante normal – pero que de alguna manera nos encerramos en ese círculo y de ahí no salimos.
El caso está que no le damos la mano a cualquiera – ejemplo, negativo en este caso, tenemos incluso ante las mismas cámaras de televisión, en que se rehuya dar la mano a alguien porque piensa distinto, nos parece una persona de otro tiempo no sé que otras razones se podrán argüir; pero eso son cosas que suceden continuamente, porque son de otra opinión, porque tienen otra manera de ver las cosas, con ellos no hablamos ni dialogamos porque de sentado lo damos por imposible.
Y no digamos en relación con clases sociales – que todavía existen las clases sociales – donde cada uno va por su lado y ya simplemente porque nos parece que es de otra clase social no voy a decir los epítetos que se utilizan, pero nos sentimos prevenidos hacia esas personas. Mira, sin ir más lejos, los que vamos a la Iglesia los domingos, cómo miramos, reaccionamos o nos relacionamos con esas personas que nos encontramos a la puerta pidiéndonos una ayuda. Y pienso en mi mismo. No quiero ser negativo ni pesimista, pero parece que el evangelio no ha pasado por nosotros ni ha dejado huella en nosotros. Mucho se podría seguir diciendo si seguimos por este camino.
Yendo al texto del evangelio de hoy, ¿cómo reaccionaron algunos de aquellos que se consideraban más puritanos cuando Jesús se detuvo ante la higuera y se puso a hablar con Zaqueo que en ella se había subido para ver pasar a Jesús? Ya hemos escuchado como criticaban luego que Jesús entrara en la casa de aquel pecador para comer allí rodeado además de tantos publicanos y pecadores.
Ya lo hemos adelantado. Jesús camino de Jerusalén iba de paso por Jericó y la gente había salido a su encuentro. También un publicano, el jefe de los publicanos de Jericó también quería ver a Jesús. No podía, la gente se aglomeraba y era bajo de estatura; no habría quien le cediera el puesto siendo un publicano odiado como era por los judíos; se adelantó y se subió a una higuera para poder conocer a Jesús a su paso por delante; pero sucedió lo que nadie esperaba como suelen ser los gestos de Jesús; se detuvo ante la higuera y se puso a hablar con Zaqueo para escándalo de muchos, porque Jesús quería hospedarse en casa de Zaqueo. Bajó corriendo, lo recibió en su casa y preparó una comida.
Nos podemos detener en dos cosas, la búsqueda de Zaqueo que quería conocer a Jesús y la búsqueda de Jesús que se acerca siempre a aquel que más lo necesita. No era la pobreza material de aquel hombre lo que le moviera a esa necesidad, pero sí era su situación; era un discriminado dentro del pueblo, aislado de los demás que solo podía relacionarse con los de su clase, y Jesús ve donde hay un corazón que se siente solo; podemos recordar al paralítico de la piscina. Pero aquella presencia de Jesús en la casa de Zaqueo iba a significar algo grande. ‘Hoy ha llegado la salvación a esta casa’, proclamará más tarde Jesús.
No necesitamos entrar en más detalles, que ya todos conocemos y los hemos escuchado en la proclamación del evangelio, como el cambio grande que va a darle Zaqueo a su vida. Pero estos pequeños detalles que venimos comentando creo que pueden tener mucha incidencia en nuestra vida. La búsqueda de Zaqueo desde su soledad y los gestos de Jesús tendrían que interpelarnos.
Buscamos a Jesús pero muchas veces nos vamos encontrando impedimentos, barreras que se nos atraviesan en el camino. Nos sentimos pequeños y que no podemos alcanzar a ver lo que realmente buscamos; quizá las actitudes de muchos en nuestro entorno no nos estimulan sino más bien en muchas ocasiones parece que nos quitan las ganas, porque aquellos que quizá tendrían que ser signos para nosotros acaso se conviertan en signos negativos; tenemos que buscar otras perspectivas, otros ángulos de visión que nos puedan ayudar a ver claramente, como Zaqueo que se subió a la higuera y aunque detrás de las hojas desde aquella altura podía ver con menos dificultad. Tendríamos quizá que encontrar esa perspectiva que nos anime, aunque nos cueste porque sabemos que al final será Jesús el que nos vaya saliendo a nuestro encuentro, a nuestro paso.
Pensemos nosotros en nuestra búsqueda o quizá pensemos en cómo en ocasiones nosotros podamos ser obstáculo para que otros se encuentren con Jesús. Algo que cada uno tenemos que analizar allá en lo hondo del corazón. Pero pensemos también en nosotros que tendríamos que actuar a la manera de Jesús para buscar, para detenernos al lado de aquel que lo necesita, para romper esos moldes de nuestras prevenciones con que tantas veces vamos actuando, para ir a cara descubierta hasta el otro manifestándonos como signos de Jesús por nuestras actitudes, por nuestros gestos, por nuestros detalles, por la cercanía, por la manera en que vamos por la vida.
¿Alguna vez por ese nuestro actuar se habrá podido decir ‘hoy ha llegado la salvación a esta casa’? ¿No decimos tantas veces que tenemos que evangelizar, que tenemos que ser evangelio en medio de los que nos rodean empezando quizá por nuestra misma casa?

jueves, 19 de octubre de 2017

Los compartimientos y actitudes que mantengo en la vida tendrían que ser siempre camino que llevara a todos a hacer el bien

Los compartimientos y actitudes que mantengo en la vida tendrían que ser siempre camino que llevara a todos a hacer el bien

Romanos (3,21-30a); Sal 129; Lucas (11,47-54)

¿Podemos ser obstáculo para el bien que los otros quieren hacer? Parecería que eso no tiene sentido porque en el fondo todos queremos lo bueno, queremos hacer el bien, y parece que tendríamos que alegrarnos que otros también hagan cosas buenas, hagan el bien a los demás; tendría que ser incluso un aliciente y un estimulo para nuestra vida.
Pero ya bien sabemos cómo la malicia llena el corazón de los hombres y en lugar de sentirnos estimulados lo que nos sucede es que nos llenamos de envidia, y ya sabemos lo destructiva que es la envidia cuando se nos mete en el corazón. El envidioso en lugar de ayudar querrá poner todos los obstáculos posibles, porque quizás nos duela que nosotros no podamos hacer eso bueno que hacen los demás. Y desprestigiamos, restamos importancia a lo que hacen los demás, sembramos desconfianza queriendo hacer ver que hay una caprichosa intención en quien está haciendo lo bueno, tratamos de llenar de sombras todo aquello que tendría que estar lleno de luz.
Es la malicia que se nos puede meter en el corazón y así nos convertimos en obstáculos para lo bueno de los demás. Cosas así nos podemos encontrar en las relaciones de los amigos, en el trato con los que conviven cerca de nosotros y que alguna vez por resentimientos que vienen de viejo nos hacen brotar esas malas yerbas que tanto daño nos pueden hacer. Algunas veces pueden ser resentimientos que se heredan de familia porque no sé quien y no sé en qué época alguien de aquella familia hizo algo que hirió a un antepasado nuestro y eso parece que no se olvida ni se perdona aunque pasen años y generaciones.
He ido en mi reflexión por este camino de las envidias pero que encierran orgullos mal curados en nuestro interior, pero también hay tantas formas en que por nuestro mal ejemplo podemos ser ese obstáculo para lo bueno y que de alguna manera por nuestro mal testimonio incitan o inclinan hacia lo malo a los que nos rodean. Es el mal ejemplo que podemos ver los mayores, son las situaciones de corrupción por ejemplo que vemos hoy en nuestra sociedad, que nos lleva a ver las cosas tan naturales, que ya hasta lo malo e injusto nos puede parecer bueno porque otros lo hacen. Son los obstáculos para lo bueno que nos podemos ir encontrando en el camino de la vida, o son los obstáculos que también nosotros mismos podemos ser para los demás.
Muchas cosas que pensar para caer en la cuenta de la rectitud en que hemos de vivir nuestra vida. Quizá pensamos en un momento determinado que aquello que nosotros hacemos o sentimos en nuestro interior es cosa nuestra y a nadie tiene que interesar, pero no nos damos cuenta que una mala actitud por nuestra parte en un momento determinado puede hacer daño a alguien, no solo porque lo podamos ofender, sino porque nuestro mal ejemplo es el peor daño que le hacemos, porque de alguna manera es abrirle las puertas al mal.
Me ha surgido esta reflexión - que quizá se quede incompleta porque son muchas las consecuencias que se pueden sacar - cuando he escuchado en el evangelio en la diatriba que sostiene con los escribas y con los fariseos diciéndoles: ‘¡Ay de vosotros, maestros de la Ley, que os habéis quedado con la llave del saber; vosotros, que no habéis entrado y habéis cerrado el paso a los que intentaban entrar!’
Que no nos suceda así a nosotros. Que nuestras actitudes y comportamientos ayuden siempre a los que están a nuestro lado a hacer el bien y apartarse del camino del mal.

martes, 20 de septiembre de 2016

Nuestras actitudes y comportamientos nunca pueden ser un obstáculo para que otros lleguen hasta Jesús

Nuestras actitudes y comportamientos nunca pueden ser un obstáculo para que otros lleguen hasta Jesús

Proverbios 21, 1-6. 10-13; Sal 118; Lucas 8, 19-21

‘Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte’. Habían intentado llegar hasta Jesús su madre que venía con algunos familiares; bien sabemos que la expresión hermanos en el lenguaje semita tiene la amplitud de abarcar a los familiares más cercanos. No había podido acercarse a Jesús porque el gentío que lo rodeaba lo impedía; por eso algunos de los discípulos le avisan a Jesús.
Algunos piensan que es un desaire de Jesús hacia la familia, cosa que no podemos aceptar, sino que Jesús quiere darnos un mensaje bien hermoso de la nueva familia de los hijos de Dios que El nos viene a constituir. ‘Mi madre y mis hermanos son éstos: los que escuchan la palabra de Dios y la ponen por obra’. Somos la familia de Jesús si aceptamos y escuchamos su Palabra; somos la familia de Jesús cuando en verdad tratamos de reflejar en nuestra vida, en nuestros comportamientos, en nuestras actitudes, en nuestro sentido de vida lo que El quiere trasmitirnos en el evangelio. Un reto que nos está lanzando Jesús a nuestra vida. No basta decir ‘¡Señor, Señor!’ sino que nos es necesario cumplir la voluntad del Padre del cielo, como nos dirá en otro lugar.
Pero al hilo de estas palabras con que le anuncian a Jesús que allí están su madre y sus hermanos que no alcanzan a poder llegar hasta El, me hago otra reflexión. ¿Habrá en nuestro entorno alguien que quiera llegar hasta Jesús y no pueda? En aquella ocasión los mismos que estaban alrededor de Jesús porque querían escucharle y estar con El fueron obstáculo para que alguien también pudiera llegar hasta Jesús, en este caso María y familiares.
Pero quiero reflexionar y plantear y plantearme si acaso los que estamos cerca de Jesús pudiéramos ser obstáculo para que otros puedan llegar hasta Jesús, si acaso yo con mi vida no tan ejemplar pueda ser ese obstáculo para alguien. Nos puede suceder. Quizá nosotros nos podemos sentir muy entusiasmados y contentos con nuestra fe, pero no pensamos en los otros, en los que no conocen a Jesús, aquellos a quienes no se les anuncia, aquellos que están en nuestro entorno y quizá no llegan a ver nuestro testimonio, o aquellos a los que quizá podemos escandalizar con nuestro contra-testimonio.
Somos muy religiosos quizá, nos gusta rezar, asistir a cuantos actos religiosos se organicen en nuestro entorno, acudimos a santuarios del Señor o de la Virgen con asiduidad, no faltamos a una fiesta o a una procesión, pero luego nuestra vida de cada día no va en consonancia con esa fe, nuestros valores dejan mucho que desear porque no entran en verdadera sintonía con el Evangelio. Nuestra vida no es un auténtico testimonio y así nos podemos convertir en un obstáculo para que otros sintonicen con el evangelio, sintonicen con Jesús. Somos interferencia.
Aprendamos de María, la madre de Jesús. María que siempre tuvo abierto su corazón a Dios pero para que se realizara en ella siempre lo que era la voluntad de Dios. ‘Aquí está la esclava del Señor. Hágase, cúmplase en mí según tu palabra’. Y la vemos caminar con su fe siempre al servicio de los demás, en una disponibilidad total, generosa en lo más hondo de su corazón para estar atenta siempre a todas las necesidades, madre implorante e intercesora no por sí sino para los demás. María, la que supo vaciarse de si misma para llenarse de Dios, pero para dar cabida en su corazón a todos los hombres que ahora para siempre serán sus hijos.
¿Serán esas nuestras disposiciones? ¿Será esa la generosidad que inspire el actuar de nuestro corazón y cuanto hagamos en la vida? Así nos convertiremos en trasmisores del Evangelio, así nos convertiremos en un hermoso eslabón para que todos puedan llegar hasta Jesús.