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domingo, 12 de noviembre de 2023

La esperanza de los cristianos no nos deja en una actitud pasiva, nuestra tarea es construir caminos, un mundo nuevo y mejor con los valores del evangelio

 


La esperanza de los cristianos no nos deja en una actitud pasiva, nuestra tarea es construir caminos, un mundo nuevo y mejor con los valores del evangelio

Sabiduría 6, 12-16; Sal 62; 1 Tesalonicenses 4, 13-18;  Mateo 25, 1-13

Cuando vamos haciendo camino nuestras miradas se dirigen con frecuencia al horizonte esperando ver la meta que queremos alcanzar, pero somos conscientes también de que tenemos que estar atentos al camino que vamos haciendo, para no perder sentido ni orientación, para ser conscientes quizás de las dificultades que en el paso a paso podemos encontrar y que tenemos que estar atentos a cómo superarlas, para ir recogiendo también lo que en el mismo camino podemos encontrar, no que nos distraiga, sino que sea ayuda, motivación y estímulo para alcanzar esa meta que deseamos. No podemos olvidar el momento presente, que queremos mirar desde ese horizonte al que aspiramos, pero en el que tenemos que estar preparados y bien dispuestos para cada paso que demos.

Esto lo podemos ver casi como una alegoría de lo que es también el camino de nuestra vida, en lo humano que vamos realizando y donde nos vamos desarrollando y creciendo, en lo espiritual que nos eleva hacia metas más altas, y en todo lo que significa el camino de nuestra vida cristiana. Así se trasciende nuestra vida, así elevamos nuestro espíritu, así le damos sentido, valor y profundidad a todos los actos que vamos realizando, así creceremos como personas  creceremos espiritualmente, así nos disponemos a alcanzar esa meta que es Cristo y que al mismo tiempo es el camino, como nos dirá en el evangelio.

No es fácil, porque el camino muchas veces se nos hace duro en todas las cosas que tenemos que ir superando; crecer no es fácil, porque en esos deseos de carrera y de llegar pronto podemos cometer errores, o podemos sentirnos atraídos por otras cosas que nos pudiera parecer que se nos ofrecen como más fáciles y más placenteras; son muchas las tentaciones las que nos podemos ver sometidos; recordemos cuántos errores hemos cometido en la vida en ese querer crecer como personas. También nos puede aparecer el cansancio y el desaliento y tener la tentación del abandono, o simplemente del dejarnos llevar. Nos hace falta brío y empuje, pero también la serenidad de poner los pies en la tierra e ir viendo bien las posibilidades que tenemos o que se nos ofrecen.

Hoy Jesús nos ofrece en el evangelio una hermosa parábola que muchas veces habremos meditado. Las doncellas que tenían que salir al camino con sus lámparas encendidas para recibir al novio que llegaba para la boda. Pero la espera se hizo larga, como largo parece que se nos hace también tantas veces el camino. No todas fueron igualmente previsoras para tener el aceite suficiente para que no se apagaran las lámparas. En su entusiasmo por la fiesta de la boda y la llegada del novio salieron muy alegres al camino sin el aceite de repuesto. Algunas se permitieron dormirse incluso en la espera. Cuántas veces nos dormimos porque pensamos que hay tiempo para todo.

Y cuando oyó la voz que anunciaba la presencia del novio, no todas las lámparas se pudieron encender de la misma manera, porque se les había acabado el aceite. Era tarde para buscarlo y estar a punto en el momento que se abriera y cerrara la puerta para entrar a la boda. Mientras fueron a comprarlo a última hora se cerró la puerta y ya no fueron reconocidas.

Creo que lo entendemos muy bien en la aplicación de nuestra vida. Aquellas metas, aquellos caminos, aquella atención a los pasos de cada día, aquel no permitir que nada nos distrajera y apartara del camino que nos haría llegar a nuestras metas ofreciéndonos otras cosas más fáciles. El aceite suficiente que siempre hemos de tener para que nuestra lámpara esté encendida. La atención juiciosa que hemos de ir haciendo en cada momento de los pasos que vamos dando. La mirada siempre puesta en lo alto para no perder de vista la meta a la que aspiramos, pero que nos hace estar atentos siempre a los pasos que vamos dando. Ese crecimiento humano y espiritual que vamos haciendo en nuestra vida aprovechando cuando en el camino nos vamos encontrando o se nos va ofreciendo para que logremos esa profundidad de nuestro espíritu.

Los cristianos lo hemos de tener muy claro siempre. Porque vamos haciendo el camino que nos lleva a la meta, pero vamos abriendo y construyendo camino para que otros también puedan alcanzarla. Porque si bien las muchachas de la parábola no pudieron darle el aceite que necesitaban las que ya no tenían porque eso era una tarea que cada una tenía que cuidar por su cuenta, si podemos nosotros ir mejorando nuestro mundo en esa construcción que decimos del Reino de Dios para así facilitar, para así atraer a cuantos nos rodean para que vayan también en búsqueda de ese Reino de Dios.

Los cristianos con nuestra esperanza no podemos estar en una actitud pasiva esperando que todo se nos dé hecho, sino que nuestra tarea es construir caminos, construir un mundo nuevo, un mundo mejor en el que resplandezcan los valores del evangelio. Es la manera de mantener encendida nuestra lámpara, es la forma de que no nos falte ese aceite que mantenga esa luz en nuestra vida pero esa luz que ilumine también nuestro mundo.

Es nuestro compromiso y nuestra tarea. No dejemos que nunca se nos apague esa luz que un día recibimos en nuestro bautismo y que hemos de mantener encendida para ir al encuentro con el Señor.

 


viernes, 1 de septiembre de 2023

No nos falte ese aceite que nos mantenga encendida la luz de la esperanza y nos conduce por los caminos del compromiso en el amor



 No nos falte ese aceite que nos mantenga encendida la luz de la esperanza y nos conduce por los caminos del compromiso en el amor

1 Tesalonicenses 4, 1-8; Sal 96; Mateo 25, 1-13

Para vivir no hace falta tanto. Expresiones así escuchamos algunas veces, desde el que se contenta vivir malamente, sin salirse de sus rutinas, y no tienen ansias de nada y se contenta con ir arrastrándose por la vida; pero son también los de la ley del mínimo esfuerzo, para que voy a andar agobiado, para que tengo que esforzarme tanto, para qué tengo que tener que estar estudiando tanto, porque, dicen, que ellos ven quienes no saben nada y les va bien en la vida, y no se preocupan por prepararse, de formarse para crear o alcanzar un futuro mejor; pero están también aquellos a los que lo único que les preocupa es pasarlo bien, divertirse, estar a la última, pero viven la vida con un vacío interior muy grande. en muchos que piensan de una manera semejante podríamos pensar, para vivir no hace falta tanto.

¿Cuáles son los resultados? ¿Cuál es el sentido de vida que tienen? ¿Qué frutos van teniendo en la vida? Que cada uno juzgue, analice, compare, vea cual es su realidad. Es tanta nuestra pereza en ocasiones que ni eso somos capaces de pensar.

hoy Jesús nos está previniendo frente a actitudes asó que se convierten en malas costumbres en nuestra vida o nos llenan de rutinas y de vacío interior. Cuidado que nos sucede que no somos capaces de llenar nuestra vida con nada. Nos propone una parábola en la que parte de lo que eran las costumbres de la época. Era una boda y sus amigas habían ido a acompañarla; ahora tocaba salir al encuentro del novio que llegaba para la boda, pero había que llevar unas lámparas para iluminar el camino. Bueno, pensaban algunas, el camino no es largo, no va a tardar en venir con que llevemos la lámpara será suficiente. Pero no fueron previsoras de los imprevistos que pudieran surgir.Y es lo que pasó. Pensaban que con el aceite de la lámpara era suficiente y algunas no se preocuparon de llevar aceite de repuesto.Y a la hora de la llegada del novio se quedaron a oscuras; ya no tuvieron tiempo de buscar nuevo aceite y se quedaron sin poder entrar al banquete de bodas, que además se vería mermado en su iluminación.

Los que decían que para vivir la vida no hace falta tanto. Los que vamos por la vida al salto de mata, como se suele decir, a vivir solo lo del momento, sin previsiones de futuro, pero sin haberse cultivo interiormente para poder ser algo de verdad en la vida. La apariencia de la lámpara bonita, pero que no ilumina porque no tiene aceite. Los que nos falta esa interioridad en la vida y vivimos en la superficialidad y en la rutina. Los que no nos hemos preocupado de poner sólidos cimientos a ese edificio de la vida, y vendrán luego los vientos y las avenidas de agua y los barrancos lo arrastrarán todo porque no tenemos raíces que nos tengan bien anclados en la vida.

Es la superficialidad con que se vive la vida; es la huida del esfuerzo y del sacrificio; es la pérdida de valores que nos den riqueza interior pero también de metas en la vida que nos hagan soñar y tener aspiraciones a algo más alto y más grande; es la rutina que nos hace perder la ilusión y nos adormece y nos creemos que eso es lo de una vida tranquila y en paz; son las penumbras que tantas veces nos acompañan y nos perdemos y no sabemos encontrar el camino.

Qué importante y necesario saber cultivarnos por dentro para poder tener esa fortaleza interior. Qué importante esa búsqueda constante que tenemos que hacer que nos impulse a superarnos y a crecer, a madurar en la vida para poder dar los mejores y más sabrosos frutos; qué importante dejarnos envolver por esa mirada de Dios que nos llena de luz, que nos impulsa siempre a algo nuevo y mejor; qué importante escuchar esa voz de Dios en lo secreto de nuestro corazón que hará que nos estemos preguntando y planteando con verdadera madurez el sentido de nuestra vida.

 


viernes, 30 de agosto de 2019

Cuidemos que no nos falte el aceite suficiente para mantener encendida la lámpara de la fe para que sea viva y podamos ser luz en medio del mundo



Cuidemos que no nos falte el aceite suficiente para mantener encendida la lámpara de la fe para que sea viva y podamos ser luz en medio del mundo

1Tesalonicenses 4, 1-8; Sal 96;  Mateo 25, 1-13
Con esto es suficiente, pensábamos, y si acaso luego buscamos más. Pero nos cogió el toro, como se suele decir. No fue suficiente y luego no hubo manera de conseguir más. Son nuestras imprevisiones, muchas veces nacidas de la desgana, del poco entusiasmo, de hacer las cosas simplemente como si fuera una obligación pero sin poner ganas, entusiasmo, alegría que aquello que hacemos.
Hay personas que van así por la vida, arrastrándose. Han perdido la ilusión, no tienen ganas de esforzarse para nada, con poca cosa se contentan, van a lo mínimo y así le vas en la vida. Parece que son felices así, que no necesitan tanto esfuerzo como aquellos que nos tomamos las cosas en serio y ponemos ganas y trabajamos lo que sea necesario para conseguirlo. Pero a la larga no son felices, lo pasaron bien (¿?) en algún momento porque no se esforzaron tanto, pero sus metas eran raquíticas y no lograron algo que les diera mas plenitud a sus vidas.
Esforzarnos y perseveran es algo que cuesta; ser previsores de futuro para las contingencias que pudieran surgir no siempre lo tenemos en cuenta; y no es que tengamos que ir acaparando con agobios como si nos fuéramos a quedar sin nada, pero sí es necesario preparar bien las cosas, porque eso forma parte de nuestra responsabilidad en la vida.
No podemos estar a lo que salta, a lo que venga en cualquier momento y nos coja de improviso. Hay tomarse en serio la misión que tenemos en la vida y por eso es necesario prepararse y desde muy pronto. Es una lástima que tantos jóvenes se tomen la vida alegremente en su juventud y no se preparen en serio para el futuro de su vida.
Son pensamientos que me surgen, un poco desordenados quizás, ante la parábola que se nos ofrece hoy en el evangelio. Ya sabemos de aquellas jóvenes que salían a recibir al esposo que llegaba para la boda, pero que tenían que ir con lámparas encendidas para alumbrar el camino en principio pero también para iluminar la sala de las bodas. El esposo tardó en llegar, y no había suficiente aceite para mantener las lámparas encendidas. Ya conocemos el desarrollo de la parábola y como las que no tuvieron aceite suficiente mientras a última hora fueron a comprar más, se cerró la puerta de la boda y no pudieron entrar.
Ya de alguna manera hemos hecho una lectura del mensaje del texto aplicándolo a la vida, en esas cosas que nos suceden cada día, o en estas posturas o actitudes que tomamos ante nuestras responsabilidades. Muchas situaciones de la vida tendríamos que ver reflejadas ahí para sacar nuestras propias conclusiones; revisión de la forma como nos tomamos la vida, como asumimos hasta el fondo nuestras responsabilidades, como vamos teniendo esas previsiones que necesitamos en el día a día.
Algo que podemos aplicar al camino de nuestra fe, de nuestra formación cristiana, de nuestros compromisos ante el mundo desde esa vivencia de nuestra fe. En nuestras manos, podemos decir, tenemos esa luz de nuestra fe, pero que tenemos que cuidar, que tenemos que preservar que no se apague, que tenemos que alimentar. No nos podemos contentar en decir que tenemos fe, que estamos bautizados y algunas veces realicemos algún acto religioso.
La vivencia de la fe tiene que llevarnos a algo más; primero a profundizar en esa fe, a tener un verdadero conocimiento y formación de esa fe que tenemos, que hemos recibido. Poco nos preocupamos de la formación y maduración de esa fe; nos contentamos con lo que de niño nos trasmitieron, pero luego no lo hemos madurado en la vida en la medida en que hemos ido madurando humanamente. Hay que alimentar esa fe, conociéndola, formándonos, escuchando con atención desde lo hondo del corazón, participando en todo aquello que se nos pueda ofrecer para profundizar en esa fe y hacerla más viva.
Tenemos posibilidad de cada día leer el evangelio, leer la Biblia; como igualmente se nos ofrece por parte de la Iglesia en que participemos en grupos cristianos que nos ayudan a madurar en esa fe. Pero muchas veces somos reacios a participar porque nos creemos que ya nos lo sabemos todo y qué nos van a decir o qué nos van a enseñar.
Se nos apagan las lámparas, no tenemos el aceite suficiente, y vemos como se va debilitando la fe en tantos y nos puede suceder a nosotros también. Cuidemos que no nos falte el aceite suficiente para mantener encendida esa lámpara.

viernes, 9 de agosto de 2019

Que no se nos apague nunca esa Luz, ni nos falte el aceite para mantenerla encendida, para iluminar siempre a los demás y a nuestro mundo sin dejarlo al azar ni para última hora


Que no se nos apague nunca esa Luz, ni nos falte el aceite para mantenerla encendida, para iluminar siempre a los demás y a nuestro mundo sin dejarlo al azar ni para última hora

Oseas 2, 16b. 17b. 21-22; Sal 44; Mateo 25,1-13
Nos sucede en ocasiones. Tenemos que realizar algo en un tiempo determinado, pero nos confiamos y lo vamos dejando para después porque sabemos que podemos hacerlo y nos llega el último momento y vienen los agobios para terminarlo y muchas veces ya no lo realizamos como a nosotros nos hubiera gustado porque se nos fue el tiempo. Hay personas que son especialistas en dejarlo todo para última hora confiándose demasiado y luego viviendo con agobios y prisas. Lo malo es que al final nos tengamos que presentar con las manos vacías o que no lo realicemos con la perfección que se nos pide. Responsabilidad, prontitud, previsión, buena organización de nuestras tareas, seriedad con la que nos tomamos las cosas es algo importante a tener en cuenta y que van a marcar nuestra madurez humana.
Algo que hemos de saber aplicar a las diferentes facetas de la vida, desde las responsabilidades en nuestros trabajos o en la propia familia, como en lo más personal de nosotros mismos que nos ayuda a realizarnos más y mejor como personas y tenemos que decir también en el ámbito de nuestra fe. Es la tarea de la vida con el sentido de trascendencia que hemos de darle a cuanto hacemos, que no solo nos repercute en lo que cada momento vivamos sino que va más allá de nosotros mismos en lo que podemos trascender en los demás por lo bueno que les podamos trasmitir, pero también en el sentido de trascendencia de eternidad que vivimos desde nuestra fe.
Ahí está todo ese camino de superación que hemos de ir realizando siempre en nuestra vida, ese camino de crecimiento en lo humano pero también en lo espiritual para darle cada día una mayor profundidad a nuestro ser. Ahí está ese lucha diaria en la que intentamos ser mejores, corregir nuestros errores, fortalecernos frente a las debilidades que hay en nosotros y también, ¿por qué no?, pedir perdón a Dios por lo que hayamos hecho en contra de su voluntad. Un aspecto que olvidamos, que dejamos de lado o para el último momento tantas veces, pero el final puede ser inesperado y siempre hemos de estar preparados. ¿Cómo nos vamos a presentar ante Dios? ¿Con las manos vacías? ¿Con las manos manchadas por nuestro pecado?
Todas estas cosas – y en muchas más podríamos profundizar – me sugiere y comparto con ustedes en esta semilla de cada día desde la parábola que hoy se nos presenta en el evangelio y que seguramente muchas veces hemos escuchado, rumiado en nuestro interior y también querido llevar a nuestra vida. La parábola de las jóvenes que esperaban la llegada del novio para la boda.
Esperaban con lámparas encendidas en sus manos, según las costumbres de la época en la que no solo se alumbraba así el camino, sino que además aquellas luces habían de servir para iluminar la sala del convite de bodas. Pero no todas tuvieron suficiente aceite para mantener encendidas las lámparas, más cuando el esposo tardo en su llegada, y así algunas se encontraron que sus lámparas se apagaban y ni podían alumbrar el camino ni tampoco iluminar la sala del banquete. Fueron a buscar aceite a última hora y la puerta se cerró sin posibilidad de entrar al banquete de bodas.
Creo que la aplicación de la parábola a la vida es bien sencilla, pero que también nos ayudará a encontrar esa profundidad para nuestra vida. No podemos dejar las cosas al azar ni para última hora. Como decíamos antes en todas las facetas de la vida; como podemos pensar también en todo lo que afecta y atañe a nuestra relación con Dios y a lo que ha de ser nuestra respuesta de vida cristiana. Es el cuidado de nuestra fe y de nuestra vida espiritual; es la profundidad que hemos de saber darle a la vida desde los valores del Evangelio; es el camino de nuestra vida cristiana como respuesta de amor al amor que Dios nos tiene; es el compromiso que desde esa fe vivimos también en el seno de nuestra comunidad cristiana a la que tenemos que enriquecer con nuestra vida, pero que si vamos con las manos vacías poco podemos hacer.
Que no se nos apague nunca esa luz, que no nos falte el aceite para mantenerla encendida, que podamos siempre iluminar a los demás y a nuestro mundo. No lo dejemos al azar ni para la última hora, sino vivámoslo cada día con intensidad.