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domingo, 21 de enero de 2024

No podemos quedarnos enredados, sino que comencemos a liberarnos de tantas cosas que nos atan para escuchar el hoy de la llamada de Jesús y ponernos en camino

 


No podemos quedarnos enredados, sino que comencemos a liberarnos de tantas cosas que nos atan para escuchar el hoy de la llamada de Jesús y ponernos en camino

Jonás 3, 1-5. 10; Sal 24; Corintios 7, 29-31; Marcos 1, 14-20

Ya quisiéramos hacer las cosas ya desde el mismo instante en que sentimos la inspiración de hacerlo. Algunas veces hay que esperar que llegue su momento. No cogemos la fruta del árbol tan pronto la vemos despuntar tras el proceso de la flor; tendremos que esperar a que esté en su punto para poder tomarla, para poder saborearla y disfrutarla, pero cuando llegue su momento no lo podemos dejar pasar, porque, como decimos, se nos pasa la fruta y se nos vuelve inservible. Es el trabajo que vamos a hacer, es la siembra que vamos a realizar, es el proyecto que podamos tener entre manos, es lo que queremos emprender… todo tendrá su momento.

Pero hoy nos dice Jesús en el evangelio que el momento ha llegado, se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios. Y hemos de emprender la tarea; y vendrá el momento de la conversión y de la escucha, como el momento de la proclamación de la Palabra y de la elección de aquellos primeros discípulos que se van a convertir en pescadores de hombres. Es lo que nos describe el evangelio en este domingo en que estamos retomando ya plenamente el tiempo ordinario y la lectura del evangelio de san Marcos que será el que nos guíe en este ciclo.

Fue el comienzo de la predicación de Jesús tal como nos lo presenta el inicio del evangelio de san Marcos, pero es también la llamada que hoy nosotros seguimos escuchamos. Y digo hoy, no ayer, ni mañana. Es en este hoy, en este tiempo, en que se cumple el plazo, como nos dice Jesús, donde tenemos que escuchar para nuestra vida, para nuestro mundo ese anuncio que es buena noticia, que eso significa evangelio. Una buena noticia para el hoy de nuestra vida y de nuestro mundo. Es importante que lo comprendamos.

¿Necesitamos en este mundo de hoy, en nuestra vida, ese anuncio de Buena Noticia que Jesús nos está haciendo? Miremos con sinceridad nuestra vida y tengamos de mirar con valentía la realidad de nuestro mundo. Las buenas noticias tienen que despertar alegría en aquellos que la reciben. ¿Será en verdad una alegría para nuestro mundo? Quizás vamos a escuchar a muchos que nos dicen que no la necesitan; tienen sus alegrías y tienen sus soluciones a la situación de nuestro mundo.

Pero seamos sinceros, quizás escuchamos mucha música y muchos cantos y muchos gritos, que dicen que son gritos y expresiones de alegría y de felicidad, pero quizás nos podemos dar cuenta de la insatisfacción que reina realmente en los corazones, en los que esa música y esos cánticos vienen a ser como panaceas, como sustitutos de lo que realmente falta por dentro.

Porque el sufrimiento sigue marcando el ritmo de muchas vidas, porque la paz no termina de reinar en nuestro mundo sino que cada vez se ve más rota y echa añicos en tantas lugares del mundo donde continuamente no dejan de aparecer nuevas guerras y nuevas violencias; hablamos de un mundo de mayor justicia y autenticidad, pero sigue existiendo la maldad y la mentira, seguimos envolviéndonos en gasas de fantasía y de vanidad.

Necesitamos una palabra que nos despierte, que nos haga centrar de verdad nuestra vida en valores permanentes que restablezcan la dignidad de la persona y que verdaderamente nos engrandezcan; necesitamos que de verdad todos emprendamos esa tarea de hacer un mundo nuevo, un mundo mejor, y de verdad nos sintamos comprometidos, alejando de nosotros miedos y cobardías.

Jesús nos dice hoy que llega el tiempo, que hemos de darle la vuelta a nuestro corazón para que encontremos lo que verdaderamente va a engrandecer nuestra vida y hará nuestro mundo mejor. Nos habla de la hora del Reino de Dios que llega, que tenemos que hacer presente, hacer realidad en nuestra vida y en nuestro mundo. No podemos seguir entretenidos en nuestras cosas en las que tanto nos afanamos. Jesús pasa, está pasando junto a nosotros, como aquel día en el lago de Tiberíades con aquellos pescadores, para invitarnos a seguirle, a ir con El, a hacer realidad ese Reino de Dios en nuestro mundo.

No podemos quedarnos enredados, sino que comencemos a liberarnos de tantas cosas que nos atan, nos cierran los oídos, quieren hacer opacos nuestros ojos, para escuchar esa llamada de Jesús y ponernos en camino. Como Simón y Andrés, como Santiago y Juan dejemos atrás nuestras redes y nuestras barcas particulares, pongámonos en camino tras Jesús. Y eso tiene que ser hoy y no mañana, ni nos podemos quedar en lo que en otro tiempo se haya hecho, porque hoy nos ha dicho Jesús que se ha cumplido el plazo.

¿Qué respuesta le vamos a dar?

viernes, 24 de marzo de 2023

Aquí estamos acercándonos a la hora de la Pascua, arrancando miedos, diluyendo sombras, conociendo y amando a Jesús para vivir también su hora y nuestra hora

 


Aquí estamos acercándonos a la hora de la Pascua, arrancando miedos, diluyendo sombras, conociendo y amando a Jesús para vivir también su hora y nuestra hora

Sabiduría 2, 1a. 12-22; Sal 33; Juan 7, 1-2. 10. 25-30

Todavía no había llegado su hora… nos dice el evangelista. Todo tiene su tiempo nos había dicho un día el profeta Jeremías, para trabajar y para descansar, para sembrar y para recoger, para vivir y para morir, podíamos decir resumiendo.

La hora, el tiempo oportuno. Lo utilizamos de muchas maneras en la vida. No es el momento y esperamos que sea su tiempo para sembrar, esperamos que llegue su tiempo para recoger la cosecha, esperamos que llegue su tiempo para realizar aquel proyecto con el que soñábamos, esperamos que llegue el momento para actuar, para emprender la tarea, el momento de hablar, de decir esto o aquello. Claro que siempre es el momento de amar, siempre es el momento de la hora de Dios, aunque quizás no siempre estemos atentos.

¿Habrá habido cosas en la vida en las que se nos pasó el momento? La excesiva prudencia, el estar pensándonoslo siempre pero sin llegar a tomar decisiones, los miedos y cobardías, el pensar que la cosa no estaba madura, pero quizás éramos nosotros los que no estábamos lo suficientemente maduros para tener valentía. Pudimos hacer y no hicimos, pudimos prevenir y quizás caímos en las redes…

¿Cuándo llega el momento? ¿Será para nosotros ya la hora de Dios? ¿Cómo sintonizar con esa hora de Dios? Es una sabiduría que no vamos a alcanzar por nosotros mismos, sino que hemos de dejarnos empapar por la sabiduría de Dios, abrir nuestro corazón al Espíritu divino que El nos guiará, El nos inspirará, y estemos, pues, atentos, a esa llamada, a esa inspiración divina. Porque ahora también tenemos que hacer algo, no podemos quedarnos permanentemente con los brazos cruzados.

Es tanta la obra que está en nuestras manos, es tanto lo que en esta hora de la historia nosotros tenemos que hacer. Tenemos que dejar nuestra huella, nuestra impronta, desarrollar nuestros valores, actuar con todo nuestro saber pero dejándonos al mismo tiempo que el Espíritu de Dios nos inspire y nos impulse. Se ha de notar nuestra presencia; aunque queramos ocultarnos por nuestros miedos, tenemos que dejarnos notar. No nos podemos seguir cruzando de brazos.

Me ha surgido esta reflexión dentro de mí y que comparto con ustedes, desde este evangelio un tanto paradójico que hoy se nos ofrece. La gente subía a Jerusalén porque era la fiesta de la tiendas, una fiesta judía muy importante, y Jesús se queda en Galilea. Ya sabía que en Jerusalén están al acecho ante lo que hago o lo que diga. Parece que no va a subir a Jerusalén. En un último momento se decide a subir e incluso se deja ver por el templo. De ahí los comentarios que escuchamos, en las que algunos se preguntan si será o no será.

Por otra parte algunos dudan de la autenticidad de Jesús como Mesías porque, como dicen, de Jesús saben de donde procede pero la idea extendida era que el Mesías no se sabía de donde procedía. Jesús les viene a decir que aun no lo conocen, porque ellos no quieren reconocerlo como el enviado del Padre, el enviado de Dios. Y de eso Jesús sí tenía clara conciencia. Allí está en medio de ellos, porque ese es su lugar y esa es la misión que tiene que realizar. Pero los que intentan algo contra Jesús no pueden, no son capaces de realizarlo. Como dice el evangelista, a Jesús aún no le había llegado su Hora.

Será en la siguiente subida para la Pascua, donde veremos que Jesús poco menos que tiene prisa por llegar. Los discípulos veremos que incluso se extrañan de la prisa que lleva Jesús por llegar a Jerusalén. Es consciente de que llega su hora, así lo proclamará más tarde en el momento de la cena pascual.

Aquí estamos ahora nosotros cuando ya se va acercando la hora de la Pascua, preparándonos también para ese momento en este camino cuaresmal que vamos haciendo. ¿Habrá cosas de las que tenemos que irnos purificando, miedos que hemos de ir arrancando de nuestro corazón, dudas que oscurecen nuestro espíritu que tendremos que disipar, valentías de las que tendremos que ir llenando nuestro corazón?

 

martes, 31 de enero de 2023

Dios llega a su hora a nuestra vida, siempre hay una hora de la salvación, mantengamos la fe y la esperanza

 


Dios llega a su hora a nuestra vida, siempre hay una hora de la salvación, mantengamos la fe y la esperanza

Hebreos 12, 1 – 4; Sal 21; Marcos 5, 21-43

Cosas así suelen suceder; cuando más prisa parece que tenemos, más tropiezos encontramos en el camino. Estamos deseosos por algo, hemos hecho de nuestra parte las gestiones necesarias para conseguirlo, pero vienen los retrasos, vienen los ‘peros’y las dificultades, cosas que van surgiendo y que ralentizan la solución o la concesión de aquello que habíamos solicitado, o que estábamos deseando conseguir y que en principio tan fácil parecía.

Nos encontramos en el evangelio hoy a un hombre que vive envuelto en sus preocupaciones, su niña está enferma y parece estar en las últimas. Quizás ha oído hablar de Jesús que realiza milagros, que cura a los enfermos, lo busca quizás y no lo encuentra, porque Jesús está al otro lado del lago – recordemos el evangelio de ayer -; a su llegada está esperándolo como muchas gente también que lo espera porque quiere escucharle. Es lo que se disponía hacer Jesús, hablar, enseñar a la gente que allí está reunida.

Pero por medio se mete este hombre, que además es alguien principal porque es un jefe de la sinagoga; ¿se valdría quizás de su estado para acercarse a Jesús? para acercarse a Jesús no hace falta tener influencias, porque Jesús acoge a todos. Habla de su niña, de su situación, y Jesús se ofrece para ir a la casa de Jairo. Ojalá lleguen pronto.

Pero la gente entorpece el paso de Jesús. ahora una mujer en medio de aquella multitud que apretuja a Jesús se atreve a acercarse también porque ella también tiene un problema, una necesidad, está enferma con hemorragias que ningún medico ha podido curar. Pero no quiere interrumpir el camino de Jesús y tiene la confianza que con solo tocarle el manto puede curarse. Y así sucede.

Pero esto hace detenerse a Jesús, para que aun crezca más la impaciencia del jefe de la sinagoga. ‘¿Quién me ha tocado?’ pregunta Jesús y allá están los discípulos más cercanos para recordarle que toda la gente lo apretuja a su alrededor y muchos habrán sido los que lo han tocado. Pero Jesús se ha detenido. Jesús sabe hacer eso que a nosotros nos cuesta cuando tenemos prisa. Allí hay alguien que ha estado sufriendo y que ahora ha recobrado la vida, la salud y Jesús quiere destacar algo. La mujer al final se acerca reconociendo lo que ha pasado. Ha sido ella quien lo ha tocado pero con esa fe grande que había en su corazón. ‘Tu fe te ha salvado’, le dice Jesús, ‘vete en paz y queda curada de tu enfermedad’.

Era necesario resaltar la fe de aquella mujer, porque hay muchos más que están necesitando reafirmar también su fe. Han llegado a decirle a Jairo que no moleste más al maestro porque la niña ya ha fallecido. Y Jesús sigue con tema de la fe que sigue necesitando aquel hombre traspasado por el dolor de la noticia que le han traído. ‘No temas; basta que tengas fe’, le dice Jesús.  Y prosiguen el camino.

Ya hemos escuchado el final del relato, cómo Jesús toma de la mano a la niña y la levanta, porque como les ha dicho ‘no está muerta, solo está dormida’. Y la niña vuelve a la vida y les dice que le den de comer. Seguramente en todo aquel proceso de la enfermedad poco habría comido y tendría hambre. 

Pero con la fe había llegado la vida a aquella casa. Como lo necesitamos nosotros; como necesitemos mantener la confianza y la esperanza; como tenemos que esperar la hora de Dios; como hemos nosotros también de mantener la fe. Dios llega a su hora a nuestra vida. Siempre hay una hora de la salvación.   

miércoles, 18 de agosto de 2021

Siempre hay una hora donde podemos de nuevo comenzar a sembrar porque grande y amplio es el campo que tenemos ante nosotros

 


Siempre hay una hora donde podemos de nuevo comenzar a sembrar porque grande y amplio es el campo que tenemos ante nosotros

Jueces 9,6-15; Sal 20; Mateo 20, 1-16a

¿A dónde voy yo a estas alturas?, pensamos algunas veces.  Bien porque nos parece que se nos ha pasado la hora, y ya llegamos tarde, bien porque pensamos qué es lo que podemos nosotros aportar si ya hay tanta gente que está haciendo cosas. Lo pensamos en referencia a nuestras actividades de la vida social, nuestra relación con los demás, o los compromisos que podríamos adquirir. Lo pensamos porque quizás ya nos creemos mayores y que nuestra hora se ha pasado, y que quizás ya nuestra vida se ha de reducir a ir viviendo sin más pero sin complicarnos demasiado las cosas. Lo pensamos en todo lo que significa el progreso de nuestra propia vida, en los deseos de superación que tendríamos que tener, en las cosas que podríamos mejorar en nosotros mismos o incluso en el desarrollo de valores que podemos tener ocultos ahí en nosotros y nos da pereza hacerlos salir a flote.

Muchas son las cosas que podríamos pensar en este sentido. Mucha puede ser la pasividad con la que vivamos, o quizá las cansancios que han ido apareciendo en la vida desde frustraciones de cosas no logradas, de fracasos en algunos momentos y ya pensamos que a dónde vamos a ir.

Hoy Jesús con su parábola en el evangelio nos da respuesta. Nunca podremos decir que es demasiado tarde, nunca podremos pensar que se nos pasó la hora; nunca nos podemos resignar a decir aquí no hay nada que hacer o yo no puedo aportar nada; nunca cabe la pasividad en la vida de quedarnos simplemente sentados en la plaza sin salir al encuentro de algo nuevo que siempre se nos puede ofrecer; nunca podemos pensar que ya es tarde para comenzar a esta hora; nunca nos podemos dejar envolver por actitudes pasivas ni por el conservadurismo que ya todo está hecho porque otros lo han hecho muy bien y yo nada puedo aportar. Siempre hay un momento para comenzar.

Es el hombre que salió a buscar jornaleros para su vida desde muy de mañana, pero que luego siguió saliendo en distintas horas del día e incluso cuando parecía que ya todo se iba a acabar, y siempre encontró a alguien nuevo que enviar a su viña. Para todos tenía su denario.

Pensamos en la vocación y la llamada que nos hace el Señor que puede ser a cualquier hora del día de nuestra vida, pero tenemos que pensar también en ese campo abierto que tenemos ante nosotros y en el que tenemos tanta semilla que sembrar. Un testimonio, una palabra, un gesto, una mano tendida hacia el otro lo podemos hacer o lo podemos dar en cualquier hora de nuestra vida.

Siempre hay en ti una buena semilla que sembrar, siempre hay la posibilidad de un campo abierto ante tu vida donde puedes realizar tu labor. No podemos andar con cobardías ni mezquindades, no nos podemos quedar en conservadurismos ni pasividades, no podemos ir enterrando talentos sin hacerlo fructificar, no podemos seguir parapetándonos tras nuestras comodidades que muchas veces son cobardías.

Lo hacemos por la gloria de Dios. Eso es lo importante. No nos podemos quedar en nuestros cálculos humanos para sacar nuestros rendimientos. No podemos andar con medidas ni contabilidades de lo que hemos hecho o dejado de hacer. Nuestro premio es el Señor. En sus manos nos ponemos con toda confianza porque ya es un gozo grande poder trabajar en la viña del Señor. Y el Señor sigue confiando en nosotros.

domingo, 28 de marzo de 2021

No tengamos miedo de subir con Jesús a Jerusalén para su pascua, dejémonos convencer por su amor

 


No tengamos miedo de subir con Jesús a Jerusalén para su pascua, dejémonos convencer por su amor

Isaías 50, 4-7; Sal. 21; Filipenses 2, 6-11; Marcos 14, 1–15, 47

‘Mirad que estamos subiendo a Jerusalén…’ les había anunciado repetidas veces Jesús a los discípulos. No lo entendían. ¿Era simplemente la subida a Jerusalén para la Pascua como se solía hacer todos los años? Pero Jesús dejaba a entrever algo más, mejor, hablaba claramente de lo que había de suceder en aquella pascua. Hablaba de entrega y de muerte, como hablaba de traición y entrega en manos de los gentiles, hablaba de pasión y sufrimiento y hablaba de cruz. Pero eso no le podía suceder. Eran tantos los que le querían, le seguían, le aclamaban, por eso Pedro se pone terco para quitarle la idea de la cabeza a Jesús.

Se acercaba la Hora. En otros momentos decía que no había llegado su hora, pero parecía que ahora estaba aquí. En medio de las multitudes que bajaban o subían según se mira desde Galilea por el valle del Jordán y se acercaban a la ciudad santa desde el camino de Betania y Jericó Jesús va a entrar en Jerusalén. Las noticias de las últimas cosas que habían sucedido como la resurrección de Lázaro – casi por las puertas de la casa de Lázaro había de pasar el camino que llevara a Jerusalén – ahora la gente entusiasmada comienzan a aclamarle.


La alegría de los peregrinos cuando desde el monte de los Olivos podían vislumbrar ya la ciudad santa que se ofrecía imponente tras el valle del Cedrón con el templo en primer lugar, ahora se transforma en cánticos de alabanza en honor de Jesús. ‘Bendito el que viene en el nombre del Señor. ¡Hosanna en el cielo!’ Comienzan las aclamaciones y no hay quien los haga callar. Jesús se deja hacer; incluso pide a los discípulos que tomen prestado un borrico en el que nadie ha montado todavía para cruzar en monte de los Olivos hasta la entrada en la ciudad montado en él; la gente extiende sus mantos a su paso a la manera de alfombras y con ramos de olivo le aclaman. ‘Si callan estos gritarán las piedras’ responde a los que le piden que haga callar la multitud.

Los discípulos más cercanos de Jesús andaban por allí regocijados viendo lo que parecía ya el triunfo definitivo de Jesús. No quieren recordar lo anunciado por Jesús tantas veces en su subida a Jerusalén ‘el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los gentiles que lo crucificarán’. No quieren recordar ni hacen nada por entender las palabras de Jesús. No saben lo que por detrás se está tramando porque ya los dirigentes judíos han decidido que antes de la fiesta de la Pascua hay que quitar de en medio a Jesús. ‘Conviene que uno solo muera por todo el pueblo’, había dicho el Sumo Sacerdote en el Sanedrín. No lo sabían o no lo habían querido entender porque entre ellos uno ya se había puesto de intermediario por unas monedas para entregar en su momento a Jesús.

Estamos recordando – porque forma parte de la celebración de este domingo – lo acaecido a la luz de aquel día luminoso en la entrada de Jesús en Jerusalén, pero nosotros bien sabemos el sentido y significado de aquella entrada. Estamos al tanto también de quien lo va a entregar. Nosotros sí conocemos todo lo que va a suceder en los próximos días porque tenemos el relato de los evangelios. Y conocemos también de las dudas y de las huidas de aquellos discípulos que ahora parecen tan complacidos con la entrada de Jesús de esa manera triunfal en Jerusalén. Por eso cuando nosotros estamos celebración del domingo de ramos, decimos también, en la pasión del Señor. Y es el relato que en el evangelio escuchamos, este año la pasión según san Marcos.

Es lo que tenemos muy presente en este domingo de pasión que hoy estamos celebrando y que nos sirve de pórtico a esta semana que llamamos santa y que culminará con el triduo pascual de la pasión, muerte y resurrección del Señor. Es la semana que nos lleva a la pascua. Es para lo que subimos con Jesús a Jerusalén. Es lo que vamos a contemplar y a vivir en estos próximos días.

Ante nuestros ojos está la pasión. Unos ojos y un corazón que no pueden ser insensibles, que no se pueden cegar. Vamos a mirar cara a cara a la pasión, sin velos que desfiguren las imágenes y sin huidas para no querernos enterar. No nos quedamos tampoco en las imágenes que los artistas han querido presentarnos, aunque sí en muchos casos con mucha dureza pero que nosotros muchas veces hemos revestido de ricos ropajes que hacen demasiado contraste con lo que en realidad fue la pasión de Jesús, su camino hasta el calvario o su estar colgado del árbol de la cruz. ¿Os dais cuenta de que con la disculpa de un crudo realismo sin embargo endulzamos demasiado las imágenes de la pasión y al final no nos terminan de llegar al alma?

Comencemos por mirar el crudo sufrimiento de muchos en nuestro entorno; de los subsaharianos que nos llegan en cayucos, de los que atraviesan continentes esperando cruzar una frontera que se cierra para ellos, de los enfermos que sufren en soledad los dolores de sus enfermedades sin una mano a la que agarrarse cuando es la vida la que se les escapa; de los que a la vera del camino de la vida están esperando un trozo de pan que llevar a sus estómagos vacíos; de los que rebuscan en medio de las basuras lo que otros han desechado para tener algo de sustento… y así podríamos seguir contemplando la pasión de tantos hombres y mujeres de nuestro tiempo que están haciendo patente la pasión de Jesús, que por ellos también se entregó.

Necesitamos, sin embargo, ver también a los que como aquel hombre de Cirene quieren también hoy ayudar a llevar la cruz. Aquel hombre de Cirene ¿lo hizo voluntario o porque fue obligado por los soldados que lo cogieron al paso de la comitiva? No sé cual sería la resistencia de aquel hombre del que nos habla el evangelio, pero me pongo en su carne y me pregunto si yo lo hubiera hecho tan voluntariamente.

Pero en este cuadro de dolor quiero pensar también en positivo y quiero ver a tantos cireneos voluntarios que en tan diversos campos ayudan a los que sufren, acogen a los que llegan en cayucos o les ofrecen su mano en la agonía de la enfermedad como tantos sanitarios lo han hecho con las víctimas de la pandemia que sufrimos. Y así podíamos pensar en tantos y tantos más.

Y es que cuando contemplamos la pasión de Jesús y queremos celebrar su Pascua tenemos que darnos cuenta de los caminos que se abren ante nosotros, de los nuevos horizontes que tenemos que poner en nuestra vida teniendo una nueva mirada que sea a la manera de la mirada de Jesús para que entonces su pascua sea también nuestra pascua. Porque no contemplamos la pasión simplemente para ver desfilar como espectadores a unos personajes que intervinieron en la pasión de Jesús, sino para buscar nuestro lugar.

Ahí, en la pasión de Jesús, tenemos que estar también nosotros, también tengo que estar yo y tengo que descubrir mi lugar; quizá en lo negativo de mi vida con lo que he contribuido al sufrimiento, pero también en lo nuevo y positivo que tengo que sentirme movido a realizar.

No tengamos miedo de subir con Jesús a Jerusalén para su pascua. Abramos los ojos y oídos de nuestro corazón para escuchar a Jesús, para sentir su invitación a que subamos con El, dejémonos convencer por su amor.

lunes, 15 de marzo de 2021

Confianza o desconfianza, quedarnos estáticos o ponernos en camino, mirar con nuestra mirada o descubrir la hora de Dios, es la apertura a la fe que va a envolver toda nuestra vida

 


Confianza o desconfianza, quedarnos estáticos o ponernos en camino, mirar con nuestra mirada o descubrir la hora de Dios, es la apertura a la fe que va a envolver toda nuestra vida

Isaías 65, 17-21; Sal 29; Juan 4, 43-54

Si no lo veo,  no lo creo. ¿Desconfiados? No siempre nos lo queremos tragar todo. Unos más confiados, pero otros desconfiados de siempre. Es que oímos tantas cosas, que no todo nos lo podemos creer. Y no se trata solamente en el orden de la fe como don sobrenatural, sino que es esa credibilidad que tenemos los unos en los otros; pero tenemos tantos motivos de desconfianza, que en muchas cosas queremos asegurarnos bien. Se trata de nuestras relaciones personales entre unos y otros y la credibilidad que nos damos, o se trata de cosas que nos cuentan, noticias que nos traen, cosas asombrosas que nos dicen que suceden aquí o allá, y andamos como gatos escarmentados de agua fría; todo queremos pasarlo por el tamiz muy particular que tenemos de valorar la credibilidad de quien nos cuenta cosas.

Pero se trata también en el orden religioso, sobrenatural, de nuestra relación con Dios, de lo que escuchamos y se nos dice Palabra de Dios, de lo que pudiera animar o no la fe que nosotros tengamos. También aparecen nuestras dudas y nuestras desconfianzas; también cuando pedimos, aunque decimos que lo hacemos con fe, sin embargo tenemos nuestras convicciones previas o ponemos nuestras condiciones. Algunas veces, yo también me lleno de dudas y temo juzgar de mala manera a los demás, pero me pregunto si todo lo que le decimos como Palabra de Dios la gente se lo cree; si, incluso, los milagros que escuchamos en el evangelio que Jesús realiza nosotros nos lo creemos o también tenemos nuestras reservas y nuestras explicaciones propias.

Hoy nos sorprende el evangelio. Nos hace un relato previo de la venida de Jesús desde Judea atravesando Samaría, y ha llegado a Galilea, en concreto a Caná de Galilea. Este pueblo es mencionado en varias ocasiones, por ahí andan las bodas de Caná con el agua convertida en vino, por ahí anda una viuda que cuando iban a enterrar a su hijo Jesús le sale al paso y se lo devuelve con vida, por ahí anda que es la patria chica de algunos de los apóstoles, Natanael, por ejemplo. Y cuando Jesús está ahora en Caná viene un hombre desde Cafarnaún porque tiene un hijo gravemente enfermo y al escuchar los milagros que Jesús realiza sube al encuentro de Jesús.

‘Si no veis milagros, signos y prodigios, no creéis’, le dice Jesús de entrada cuando aquel hombre se presenta rogándole por la salud de su hijo. El hombre, que era un funcionario real, insiste ‘Baja antes de que mi hijo muera’. Y la respuesta de Jesús es corta y es clara. ‘Tu hijo vive, anda ponte en camino’. Y el hombre creyó. Podía haber pedido pruebas, podría seguir insistiendo, podría haberse presentado con todas las humildades del mundo pero esperando una señal de Jesús. Pero bastaron esas palabras ‘anda, tu hijo vive’ para que aquel hombre se pusiera en camino.

Allí estaba su fe, pero no sabemos si sus dudas interiores persistían. Cuando en su camino de regreso se encuentra a sus criados que le traen la buena nueva de que su hijo está vivo, aun pregunta la hora en que lo abandonó la fiebre. Era la misma hora de la Palabra de Jesús. Y el hombre creyó totalmente, él y su familia.

Es necesario ponerse en camino; la fe no nos paraliza ni nos deja quietos. Aunque la fe sea débil es necesario salir, porque en el camino vamos a encontrar todas las certezas que necesitamos para nuestra fe. No nos podemos quedar estáticos a que vengan a traernos todas las pruebas. Tenemos que confiar en la Palabra, que es la hora de Jesús, que es la hora de Dios que tenemos que saber escuchar. Esa campana que nos hace sonar la hora de Dios algunas veces no terminamos de escucharla, porque estamos esperando otros sonidos, otros signos, otras campanas que suenen a nuestra manera. Y no es a nuestra manera sino a la manera de Dios.

Por eso tenemos que creer en su palabra, porque tenemos que darnos cuenta del momento en que hemos de ponernos en camino. La prueba y la señal no estarán en palpar a nuestra manera, o en ver solo con nuestros ojos que muchas veces siguen turbios. Que el colirio de la fe ilumine nuestros ojos, nos llene de claridad, despierte nuestra fe dormida, nos haga ponernos en camino, nos haga abrirnos a la hora de Dios.

jueves, 18 de abril de 2019

Es la hora del amor, es el paso del Señor, es la pascua, es la hora de comenzar a vivir su misma vida en su mismo amor



Es la hora del amor, es el paso del Señor, es la pascua, es la hora de comenzar a vivir su misma vida en su mismo amor

Éxodo 12, 1-8. 11-14; Sal 115; 1Corintios 11, 23-26; Juan 13, 1-15
‘Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido’ nos decía san Pablo en la carta a los Corintios. Mientras en la lectura del Éxodo escuchábamos ‘porque es la Pascua, el paso del Señor’.  Y Jesús en el evangelio nos dice que ‘ha llegado la hora, la hora de pasar de este mundo al Padre’.
Tres expresiones podríamos decir que nos están manifestando la grandeza del momento. No es un momento cualquiera al que hacen referencia las lecturas de la Palabra hoy proclamadas en la liturgia, como no es un momento cualquiera el que ahora nosotros estamos viviendo. Es el hoy de nuestra salvación; es el hoy del paso de Dios por nuestra vida; es el hoy de la Pascua. Y ese hoy no es simplemente recordar tiempos pasados o circunstancias que hayamos podido vivir en otros momentos. Es el hoy que nosotros tenemos que vivir, en esas circunstancias concretas de nuestra vida, como de la vida de nuestro mundo. Porque es el hoy en que Dios llega a nuestra vida.
Cuando celebramos jueves santo es una simplemente repetición de otros momentos o de otros hechos. San Pablo nos dice que ha recibido una tradición que al mismo tiempo nos trasmite. Es cierto que hacemos memoria, pero la palabra que mejor lo expresa es memorial, porque no solo es recuerdo sino que es presencia en el hoy de nuestra vida. Es el paso del Señor en el hoy de nuestra vida, tal como somos, tal como vivimos, en el mundo concreto en que estamos, con aquellas cosas que suceden en el hoy de nuestro mundo.
Esto nos tiene que dar la intensidad con que nosotros queremos vivir hoy jueves santo, como la intensidad que le daremos mañana al Viernes Santo, pero será la intensidad de la Pascua que viviremos cuando lleguemos en el amanecer del domingo a la celebración de la resurrección. No lo podemos vivir de una forma cualquiera. Es nuestra vida que se abre a la presencia de Dios en nosotros.
Contemplemos y revivamos cuanto hoy celebramos. Sí, contemplar, quedarnos como extasiados ante el cuadro que nos presenta el evangelio. Allí están en aquella sala grande en el piso de arriba que aquella familia ha facilitado a Jesús para celebrar la cena pascual. Allí está todo preparado, como ayer escuchábamos que hacían los discípulos a las indicaciones de Jesús. Allí está sintiendo Jesús la grandeza de aquel momento. ‘Había llegado la hora…’ Y se rompen los protocolos.
Es Jesús el que se levanta de la mesa y se despoja del manto, ciñéndose una toalla a la cintura. Normal era que se ofreciera agua al huésped que llegara a casa para que se purificara, pero ahora es Jesús el que va postrándose a los pies de los apóstoles para ser El quien les lavara los pies. Asombro, desconcierto, lo contemplamos en los rostros de los apóstoles; reticencias como la de Pedro que no quiere permitirlo, pero insistencia de Jesús. ‘No tendrás parte conmigo’ y en su amor por Jesús ya Pedro está dispuesto para no separarse de Jesús que no solo sean los pies sino todo. ‘Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos’.
Este gesto de Jesús es bien significativo. Quien se quita el manto y se ciñe bien es el que se dispone a trabajar, a servir. Es lo que está realizando Jesús. Porque es el signo de su entrega. El es el Maestro y el Señor, pero es quien ha venido a servir, a dar su vida en rescate por muchos. Es el signo de su entrega con el amor más grande que nadie habría podido imaginar. Es el amor del que da su vida por los ama. Es el amor con el que el Señor nos ama a nosotros.
Ahí está el paso del Señor, entonces y ahora. Es el Señor que nos ama, que me ama a mi, que me ama tal como soy, que me ama aunque sea pecador, que me ama y sigue amándome por toda la eternidad para dar su vida por mi. Y es lo que ahora tengo que sentir y tengo que vivir. No podemos cansarnos de considerar lo que es el amor que Dios nos tiene y que así se nos manifiesta en Jesús.
Por eso a partir de entonces vamos a sentir que cada vez que comemos del Pan que Jesús nos da y bebemos de su copa vamos a sentir que está con nosotros, que por nosotros está dándosenos, que nos está amando y podemos y tenemos que sentir su presencia de la misma manera que la sintieron los apóstoles en aquella cena pascual.
Parte el pan y nos lo reparte para que lo comamos, es su cuerpo; por eso cada vez que comemos de ese pan hacemos memoria del Señor – ‘haced esto en memoria mía’ nos ha dicho – y ya no es un pan cualquiera que comemos, sino que estamos comiendo al mismo Señor. Aquel Pan de vida que prometió allá en la sinagoga de Cafarnaún y que nos dijo que era su carne, y que quien comiera su carne y bebiera su sangre tendría viva para siempre, nos resucitaría en el último día.
Los discípulos no terminaron de comprender totalmente las palabras de Jesús allá en la sinagoga; ahora en la cena pascual lo están entendiendo. Como nosotros que parece que no siempre entendemos y creemos en total fidelidad las palabras de Jesús, pero que ahora tenemos que sentir de una manera especial dentro de nosotros. Porque ahora tenemos que comprender y tenemos que comprender que es el paso del Señor, es la Pascua.
Un paso del Señor que nos transforma, que nos pone en nuevo camino, que nos impulsa a vivir su misma entrega, que nos llena de su Espíritu para que vivamos su mismo amor. Entenderemos entonces lo que nos dice Jesús que tenemos que amarnos y no con amor cualquiera sino con un amor como el suyo. ‘Amaos los unos a los otros como yo os he amado’, nos dice. Y entenderemos todo aquello que a lo largo del evangelio nos ha dicho de cómo tiene que ser nuestro amor, para amar a todos, para rezar por todos, para sentirnos en comunión con todos, para con todos tener un corazón abierto al perdón y a la verdadera comunión.
Es la pascua, es el paso del Señor, es la hora del amor, es la hora de comenzar a vivir su misma vida en su mismo amor.

viernes, 16 de marzo de 2018

Contemplamos la grandeza del amor y nos sentimos agradecidos al tiempo que impulsados al mismo amor aunque nos cueste llegar a vivir la Pascua de Jesús


Contemplamos la grandeza del amor y nos sentimos agradecidos al tiempo que impulsados al mismo amor aunque nos cueste llegar a vivir la Pascua de Jesús

Sabiduría 2,1ª.12-22; Sal 33; Juan 7,1-2.10, 25-30
‘Intentaban agarrarlo; pero nadie le pudo echar mano, porque todavía no había llegado su hora…’ Ha comenzado el acoso de Jesús, buscaban quitarlo de en medio; en las discusiones con Jesús no podían con El, pero para ellos Jesús era un problema. Maquinarán por un lado y por otro para quitarlo de en medio.
Pero la entrega de Jesús tenía otro sentido; no era que ellos lo entregaran aunque eso fuera lo que hicieran, sino que la entrega era del propio Jesús. Libremente había subido a Jerusalén porque sabia que se acercaba la hora de la entrega. Era conciente de ello y así lo había anunciado a los discípulos una y otra vez. El nos dirá que libremente entrega su vida que nadie se la arrebata. Pero aun no había llegado su hora.
Así había dicho allá en Caná cuando lo de las bodas y el agua convertida en vino para salvar la situación de aquel joven matrimonio. En otros momentos veremos también que no ha llegado su hora y se les escabulle de las manos. Pero cuando llegue el momento de la Pascua, de su Pascua, ya nos dirá el evangelista que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre y se comenzaran entonces a desarrollar todos los gestos y todos los actos que lo conducen a la pasión, a la entrega, a la muerte en la cruz por nosotros.
Vendrán también momentos de angustia como le sucederá en Getsemaní pidiendo incluso al Padre que pase aquella hora, pero siempre dispuesto a que se cumpla por encima de todo la voluntad del Padre; libremente saldrá al encuentro de aquellos que le buscan. Dirá entonces que ha llegado el momento, que ha llegado la hora. No querrá incluso que sus discípulos lo defienden con la violencia. Es una entrega de paz, es una entrega de amor. En el momento final dirá ‘todo está cumplido’, había llegado la hora y en las manos del Padre pondrá su espíritu.
Contemplamos y vivimos. Contemplamos la grandeza del amor y nos sentimos agradecidos al tiempo que impulsados al mismo amor. Nos cuesta, es cierto. Porque no es un amor cualquiera. Es la entrega hasta el final consciente de todo lo que significa esa entrega. Por eso cuando nos lo pensamos bien, nosotros también algunas veces sentimos miedo. Porque sabemos que el amor nos compromete y cuando comenzamos ese camino de amor somos conscientes de que tenemos que comenzar a olvidarnos de nosotros mismos y que tenemos que llegar hasta el final.
También como Jesús algunas veces gritamos, que pase este cáliz, que pase esta hora, y parece que nos sentimos sin fuerzas. Pero el ángel del Señor estará con nosotros, la fuerza de su Espíritu no nos faltará. Sentimos miedo, no queremos ser el hazmerreír de la gente que no entiende de nuestra entrega, tendremos que hacer gestos y signos que los que nos rodean no nos entenderán, tendrá que haber también un despojo de nosotros mismos y hay muchos apegos en nuestro corazón de los que nos cuesta arrancarnos.
Pero es el camino de Jesús y ha de ser también el camino del cristiano. Es nuestra Pascua que es unirnos a la Pascua de Jesús. Y tendremos que estar dispuestos para cuando llegue la hora, para estar atentos al momento y no nos coja desprevenidos. Cuando nos cuesta todo esto. Tenemos que pensárnoslo muy bien. Tenemos que abrir nuestro corazón a la fuerza y a la gracia del Señor porque de lo contrario no podremos vivir nuestra entrega, nuestra Pascua. Sigamos haciendo el camino en esta cuaresma con toda intensidad, libertad y amor.



martes, 3 de junio de 2014

La oración del Pontífice y Sacerdote que hace la ofrenda del sacrificio de su vida para dar gloria a Dios



La oración del Pontífice y Sacerdote que hace la ofrenda del sacrificio de su vida para dar gloria a Dios

Hechos, 20, 17-27; Sal. 67; Jn. 17, 1-11
Comenzamos a escuchar en el evangelio la llamada oración sacerdotal de Jesús. Viene a ser la conclusión de la cena pascual con toda aquella conversación y diálogo que sostuvo Jesús con sus discípulos donde les iba revelando lo más profundo de su corazón.
Situada esta oración entre la cena pascual donde había instituido el memorial de la nueva y eterna Alianza y el inicio de su pasión viene a ser como el ofertorio del Sacrificio de la Cruz que se iba a consumar y la oración en la que quiere hacer la ofrenda por todos y en la que quiere tenernos presentes a todos, y en especial a los discípulos que tanto ama y a los que quiere ver unidos en su mismo amor.
Todo siempre para la gloria de Dios, de quien El ha venido a hacer en todo su voluntad. Era su alimento y su sentido de vivir, como era la ofrenda que desde su entrada en el mundo había hecho al Padre: ‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’.
Había llegado la hora, que tantas veces antes había dicho que no era el momento; era la hora de la ofrenda, del sacrificio. Así había comenzado también el evangelista Juan a relatarnos la cena pascual. ‘Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo que había llegado la hora de dejar este mundo para ir al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo’.
Había llegado la hora el amor infinito y total. Había llegado la hora en que había de ser glorificado el Hijo con lo que al mismo tiempo se glorificaba también al Padre, Jesús lo quiere para nosotros es que alcancemos la vida eterna. En eso se va a manifestar la gloria de Dios, en la vida eterna; pero esa vida eterna es que ‘te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo’.  Y es que conociendo a Dios, reconociendo su amor, entramos en la órbita de una vida nueva y distinta; conociendo a Jesucristo y descubriendo en El todo lo que es el amor eterno que Dios nos tiene nos llenamos de su vida, de su gracia y de su santidad. Así podremos cantar para siempre la gloria del Señor.
Es lo que Jesús ha querido realizar en nosotros, lo que nos ha ido descubriendo en su evangelio, en su mensaje de salvación. Nuestra respuesta es creer en esa Palabra de Jesús, creer que Jesús ha venido de Dios pero para llevarnos a Dios; nuestra repuesta ha de ser comenzar a vivir esa vida nueva que Jesús nos ofrece y que nos hace partícipes de la vida de Dios. Creyendo en Jesús y viviendo en su amor estaremos en verdad glorificando al Señor, cantando la gloria de Dios con toda nuestra vida. Cuando creemos en Jesús y queremos vivir en su amor lo que estaremos buscando siempre es el bien, lo bueno, lo justo, la verdad, y eso es realizar la gloria del Señor.
Y Jesús el Sumo Sacerdote que hace la ofrenda del Sacrificio de su vida en la entrega de su amor, el Pontífice y Sacerdote que está puesto entre nosotros y Dios, ora por nosotros; es la función del Sacerdote, del Pontífice, orar por su pueblo porque se convierte en intercesor de su pueblo ante Dios. Así contemplamos a Cristo en su oración sacerdotal por nosotros y por el mundo.
Vamos a dejarnos inundar por el gozo de esa oración de Jesús que así ora por nosotros; vamos nosotros también a ponernos en ese mismo espíritu de oración, pidiéndole que nos dé la fuerza de su Espíritu para que en verdad con toda nuestra vida siempre cantemos la gloria del Señor, porque siempre le reconozcamos a El y a su enviado Jesucristo.
Es la oración sacerdotal que Jesús hace por nosotros, pero nos sentimos impulsados a unirnos a esa oración y también surja nuestra oración por nuestra Iglesia y por nuestro mundo. Que el Espíritu divino inspire y sostenga nuestra oración. Es el Espíritu divino el que gime en nuestro interior para que podamos presentar la mejor oración al Padre; pensemos que solo desde el Espíritu podemos llamar a Dios Padre y reconocer que Jesús es el Señor.

sábado, 12 de abril de 2014

Llega la hora de la Pascua y hemos de desear vivamente ese “paso” salvador del Señor por nuestra vida



Llega la hora de la Pascua y hemos de desear vivamente ese “paso” salvador del Señor por nuestra vida

Ez. 37, 21-28; Sal: Jer. 31, 10-13; Jn. 11, 45-56
Los hechos se van precipitando. Tras la  resurrección de Lázaro, aquellos judíos que habían ido a casa de María de Betania y habían sido testigos del acontecimiento habían traído la noticia y ‘muchos creyeron en Jesús’.
A los sumos sacerdotes y a los fariseos las cosas se les escapan de las manos; muchas veces habían pretendido prender a Jesús, como hemos visto en estos días anteriores, pero no habían podido hacer nada. Se convocó el Sanedrín porque algo había que hacer porque para ellos ya parecía un peligro. ‘Si lo dejamos seguir, todos creerán en El y vendrán los romanos y nos destruirán el lugar santo y la nación’. Temían peligros de revueltas y la reacción de los romanos.
Pero será Caifás, sumo sacerdote aquel año, el que dictamine y lo hará proféticamente sin ser consciente de la trascendencia de lo que está diciendo, pues será el cumplimiento de las profecías. ‘Vosotros no entendéis ni palabra: no comprendéis que os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera’. Ya el evangelista lo comenta: ‘Jesús iba a morir por la nación, y no solo por la nación, sino también para reunir a los hijos dispersos’. Y nos dirá continuación el evangelista: ‘Aquel día decidieron darle muerte’.
Era lo anunciado por el profeta que hemos escuchado en la primera lectura. ‘Voy a reunir a los israelitas… voy a congregarlos de todas partes… los haré un solo pueblo… los libraré de los sitios donde pecaron; los purificaré… serán mi pueblo y yo seré su Dios… haré con ellos una alianza de paz, alianza eterna pactaré con ellos… con ellos moraré, yo seré su Dios…’
La muerte de Jesús iba a significar una nueva y eterna alianza; su sangre derramada en la cruz nos congregará en un nuevo pueblo, formado por todos los creyentes de todas las naciones.  Con la muerte de Jesús nos va a venir la salvación y comenzaremos a tener una nueva vida. Aquel pueblo se dispersará, pero nacerá un nuevo pueblo, el pueblo de la nueva Alianza que iba a ser sellada con la Sangre del Cordero, con la Sangre de Cristo derramada en el sacrificio de la cruz. Somos nosotros ese nuevo pueblo de la salvación, ese nuevo pueblo donde todos somos hijos de Dios. No sabía bien Caifás lo que estaba profetizando, porque se estaba convirtiendo en un paso muy importante para una nueva Pascua.
Es lo que nos disponemos nosotros a celebrar y vivir. Somos ese nuevo pueblo nacido de la Pascua, nacido de la sangre de Cristo derramada en la Cruz. Cristo, levantado en lo alto de la cruz como lo vamos a contemplar en estos días de una forma más intensa al celebrar su pasión y su muerte, nos atrae a todos hacia El. A todos nos reúne y nos congrega para formar ese nuevo pueblo de la Pascua, de la Alianza eterna.
Pero hemos de seguir preparándonos. Hay un detalle en este pasaje del Evangelio. Jesús se había retirado lejos de Jerusalén y se acercaba el tiempo de la Pascua. Llegaba su Hora, como iremos escuchando repetidamente en los próximos días. Pero aun no había subido a Jerusalén y había gente que se preguntaba si Jesús vendría a la fiesta de la Pascua. No va a faltar, porque llega su Hora. Pero es significativo que, aun sin saber bien lo que iba a suceder, había gente que estaba deseando que Jesús estuviera en aquella Pascua.
Nos puede decir algo a nosotros. Se acercan las fiestas pascuales y también nosotros hemos de desear estar en esta Pascua y que además sintamos esa presencia pascual de Cristo en nosotros, porque eso va a significar cómo nos vamos a llenar de su salvación. No pueden ser unas celebraciones más, sino que siempre nuestras celebraciones cristianas tienen que ser únicas. Es la intensidad con que lo hemos de vivir; es la apertura de nuestro corazón y nuestra vida a la gracia del Señor; es ese disponernos de verdad a que haya pascua en nosotros porque sintamos intensamente ese paso salvador del Señor por nuestra vida con su gracia y con su salvación. Vivámoslo con toda intensidad.

jueves, 5 de abril de 2012


Hacemos Eucaristía y comenzamos a lavarnos los pies los unos a los otros

Éxodo, 12, 1-8.11-14;
 Sal. 115;
 1Cor. 11, 23-26;
 Jn. 13, 1-15
Todo estaba debidamente preparado. Los discípulos siguiendo las instrucciones de Jesús habían ido a la ciudad y le habían trasmitido el encargo. Allí estaba la sala alta de la casa arreglada con divanes y ahora con todo lo necesario para celebrar la Pascua, el cordero, los panes ácimos, las lechugas amargas, el vino, el agua para las purificaciones, todo tal como prescribía la ley de Moisés.
Pero en el ambiente había algo distinto, una especial solemnidad. ‘Se acerca el momento’, había dicho Jesús y el evangelista ya nos dirá que ‘había llegado la hora’.  Aquella pascua iba a ser distinta porque además Jesús comienza haciendo algo inesperado. Normal era ofrecer agua para lavarse, pero era inusual que el que presidiera la mesa se fajara una toalla para ponerse a lavar los pies de los comensales. Ese oficio le correspondía a otros. Bueno, hasta entonces.
Los apóstoles asombrados no saben qué hacer y Pedro – siempre el impulsivo Pedro el primero en hablar – se resiste. ‘No me lavarás los pies jamás’. Pero si no le lavaba los pies no tendría parte con El, y el amor pudo más: el amor de quien se había puesto a los pies de los discípulos y el amor del discípulo que impulsivo y todo como era sin embargo amaba mucho a Jesús y quería hasta dar su vida por El, aunque ya sabemos.
Había llegado la hora y Dios había de ser glorificado. Había llegado la hora e iba a comenzar a manifestarse todo lo que era su entrega de amor sin límites. Comienzan los signos y las lecciones que se prolongarán en la entrega más absoluta de quien es capaz de dar su vida por aquellos a los que ama. Y así hacía Jesús. Así era su amor. ‘Habiendo amado a los suyos los amó hasta el extremo’, nos dirá el evangelista como cronista y testigo de ese amor. El que siendo Dios se había hecho hombre para ser como nosotros, toma además la condición de esclavo, la condición del servidor para lavar los pies, porque quería además lavar el corazón y transformar la vida.
Es el momento de lavar los pies; el primer signo que tiene que indicar una predisposición especial. El que es capaz de los pequeños detalles será capaz de llegar a las cosas grandes. Como Pedro algunas veces nos resistimos a esos pequeños detalles; quizá estaríamos dispuestos a grandes cosas, pero los caminos de Jesús son distintos y hemos de aprender a entenderlos y seguirlos. Sólo se puede lavar los pies al hermano desde el amor y la humildad; no caben en los discípulos de Jesús las actitudes de la prepotencia y el orgullo; sólo amando, que es acercarnos al otro para estar a su altura, para saber estar a su lado es cómo podemos llegar a lavar los pies al hermano.
Tenemos que aprender la lección, comprender bien lo que ha hecho y sigue haciendo Jesús. ‘¿Comprendéis bien lo que he hecho con vosotros? Me llamáis el Maestro y el Señor, y decís bien porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies los unos a los otros; os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis’. Es el mandamiento del amor. Es el distintivo de quien sigue a Jesús que no ha de hacer otra cosa que lo que hace Jesús.
¿Qué ha hecho el Señor con nosotros? ¿Sólo lavarnos los pies? Eso ha sido solo el pórtico de esta noche y de esta cena. Eso, podríamos decir, es el primer minuto de esa hora que ha llegado. Es el pequeño detalle presagio de cosas mayores y más trascendentales. Seguirá dándonos señales de su entrega. Partirá el pan, bendecirá la copa, nos los repartirá. ‘Tomad, comed… Tomad, bebed… es mi Cuerpo entregado por vosotros… es mi Sangre derramada por vosotros, la de la nueva y eterna alianza, por el perdón de los pecados’.  Nos lo ha recordado Pablo tal como ya lo vivían las primeras comunidades cristianas.
Se nos está dando Jesús para que le comamos, para que nos unamos a El, para que vivamos su misma vida, para que tengamos vida para siempre. Lo había anunciado en Cafarnaún y entonces no habían entendido. Nos pregunta ahora ‘¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros?’ ¿Comprenderemos de verdad todo lo que está sucediendo? Es una hora muy solemne. Es mucho lo que está haciendo. Lo de lavar los pies es un signo que nosotros, es cierto, tenemos que repetir porque hemos de tener sus mismas actitudes, repetir sus mismos actos, vivir su mismo amor, entregarnos con su misma entrega. Es pasar por el camino de la humildad y de la sencillez que nos lleva al verdadero amor.
Estamos todavía en los signos que nos abren a cosas mayores. Porque comerle a El significará unirnos a El en la unión más íntima y más profunda; comerle a El es ser capaz de hacer como El, vivir una entrega como la suya. Y es que cada vez que comemos de su cuerpo y bebemos de su cáliz estamos anunciando su muerte hasta que vuelva. La cena de la pascua no se queda en hacer la comida del Cordero Pascual. Sigue siendo un pórtico que nos lleva a más. Es su Cuerpo entregado y su Sangre derramada. Y esa entrega se realizó subiendo al madero de la Cruz; y esa sangre se derramó en lo alto del Calvario. Ese Cuerpo entregado y esa Sangre derramada son el signo del amor que es capaz de llegar hasta el extremo. Esa es la hora de la gloria, de la glorificación de Dios.
Es algo grande y maravilloso lo que hoy sucede. Es un misterio de amor lo que estamos contemplando y celebrando. Es el misterio del amor de Dios que se derrama sobre nosotros como el más hermoso perfume y a todos nos envuelve. Nos sentimos envueltos por el amor de Dios y nos sentimos impulsados a amar con un amor semejante.  Nos lo dejó como señal. Quedó para nosotros como un mandamiento imborrable. Es el gran signo permanente de su presencia y de su amor para siempre. Es el Sacramento que adoramos y que nos alimenta, que nos da fuerzas y nos sirve de viático en nuestro caminar. Es la Eucaristía. Es el amor.
‘Haced esto en conmemoración mía’, nos dice. Ya nos había dicho antes ‘haced vosotros lo mismo’. Tenemos que repetirlo. Tenemos que vivirlo continuamente. Y celebramos la Eucaristía y estamos haciendo presente su sacrificio redentor. Y nos alimentamos de la Eucaristía y aprendemos lo que es el amor verdadero. Y nos reunimos en Eucaristía y sentimos para siempre su presencia que nos hace entrar en comunión y querernos como hermanos. Y vivimos la Eucaristía y comenzamos a lavarnos los pies los unos a los otros en el servicio y en la fraternidad evangélica. Es el compromiso de la Eucaristía que celebramos.
Es el Sacrificio y la entrega de Cristo en la cruz. Es el amor de Dios por nosotros y será para siempre el amor de hermanos que nos vamos a tener. Es el Sacramento que hoy Cristo en una locura de amor ha instituido para hacerse comida y alimento de nuestra vida y de nuestro amor, y para ser viático, acompañante, de nuestro camino. Qué maravilla lo que hoy celebramos.
‘Haced esto en conmemoración mía’, les dice a los apóstoles reunidos en torno a El e instituye el Sacerdocio del Nuevo Testamento que nos hace partícipes de su mismo Sacerdocio. Hoy día de la Eucaristía y del amor fraterno es también día del Sacerdocio. Para que podamos tener Eucaristía nos ha dejado a los sacerdotes que participando del sacramento de Cristo nos hacen posible la Eucaristía y presidirán en el amor y en el nombre de Cristo a la comunidad para ofrecernos el alimento de su gracia divina a través de su ministerio sacerdotal.
Algo distinta fue aquella cena pascual. Algo especial estaba allí sucediendo. Algo grandioso estamos nosotros hoy celebrando. Es la cena del Señor. Aquí está el verdadero Cordero Pascual inmolado por nosotros. Ya no es aquella cena en que comían el cordero pascual como recuerdo de una pascua. Ahora para nosotros es pascua porque es el paso del Señor hoy y aquí para nosotros, para nuestra vida, para nuestro mundo.
Es Cristo mismo, verdadero Cordero de Dios, que está en medio nuestro, que quiere llegar a nuestro corazón porque también nosotros tenemos una misión en medio de nuestro mundo. Tenemos que ir a llevar su amor, tenemos que ir a lavar los pies en tantos hermanos que sufren y a los que tenemos que llevar la luz de Jesús. No olvidemos que celebrar la Eucaristía nos compromete a llevar ese amor de Jesús al mundo que nos rodea y tan falto de él está.
El signo que va a realizar el sacerdote repitiendo el gesto de Jesús tiene que reflejar lo que la comunidad, la Iglesia quiere hacer en medio de nuestro mundo. Es el día del amor. Impregnemos nuestro mundo de ese amor. Tenemos tantos motivos para creer en El.

jueves, 21 de abril de 2011

Un amor hasta el extremo para darnos vida y enseñarnos a amar


JUEVES SANTO
Ex. 12, 1-8.11-14;

Sal. 115;

1Cor. 11.23-26;

Jn. 13, 1-15

¡Maestro! ¿qué estás haciendo? ¿cómo se te ocurre? Algo así tuvo que decirle Pedro, o pensaron los discípulos, cuando Jesús se arremangó para irle lavando los pies a cada uno al inicio de la cena de pascua. Ya lo escuchamos, Pedro no quería dejarse lavar los pies por el Maestro. Al final no le quedará más remedio que ceder cuando Jesús le dice que si no le lava los pies no tendrá parte con El.

Sí. Tendría que ser la sorpresa que nos embargara a nosotros también en este día cuando contemplamos hasta donde llega el amor de Jesús. ¿Qué estas haciendo, Señor? ¿cómo se te ocurre? No se le puede ocurrir sino a quien lleva el amor hasta el final con todas sus consecuencias. Lo malo sería que nosotros nos acostumbráramos a las cosas y ya no nos causen sorpresa. Miremos con mirada nueva todo lo que sucede en esta tarde y no nos quedará otra cosa que sorprendernos ante tanto amor.

Había llegado la Hora. En otras ocasiones había dicho que no era la hora, o que estaba cercana, como lo escuchamos hace poquitos días. Ha llegado la Hora. La Hora de pasar de este mundo al Padre. La Hora del amor. La Hora del sacrificio supremo. ‘Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo’. Todo ahora es una sucesión de amor que va como creciendo más y más en su manifestación hasta llegar a la entrega suprema. Abramos los ojos, no ya de nuestra cara, sino de nuestro corazón para comprender tanta entrega y tanto amor.

Son las señales de la acogida y de la hospitalidad, pero era la acción que estaba confiada a los encargados del servicio, los sirvientes o los esclavos. Aunque pueda parecer algo indigno y humillantes según los criterios humanos, es Jesús el que ha tomado la toalla, echado agua en la jofaina y se ha puesto a lavar los pies a los discípulos. Nos extraña, - ¡cómo se te ocurre semejante cosa! - pero ¿por qué nos ha de extrañar si El había dicho que el Hijo del hombre no había venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por todos? Tantas veces cuando los discípulos seguían discutiendo por los primeros puestos les habia enseñado que era necesario hacerse el último y el servidor de todos. Será el primer gesto al que se seguirán sucediendo más cosas hasta llegar a la entrega suprema de la cruz.

‘Me llamáis el Maestro y el Señor, y decís bien porque lo soy’. No sólo es el Maestro que nos está dando la gran lección; es el Señor. ‘Yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies; también vosotros debéis lavaros los pies los unos a los otros’. Nos está dejando su mandato del amor. Pero amor, no como palabra bonita y fácil de decir, sino amor a su manera. Amor hasta el extremo. Como El nos ha amado.

¿Cómo se puede amar con un amor así? ¿Es posible amar con un amor así? Es amar como Jesús que es amar desde Jesús; es amar dejándose amar por Jesús y entonces amar con ese mismo amor; es amar hasta Jesús, sin más límites que Jesús; Jesús no puso límites a su amor. No es sólo imitar a Jesús en su amor, sino es dejarnos invadir por el amor de Jesús, que su amor nos contagie de manera que empecemos a amar con su mismo amor.

Claro que para eso tenemos que abrirnos al amor; no siempre lo hacemos aunque hablemos mucho de amor; cuántas limitaciones y medidas ponemos tantas veces, cuánto nos pesan nuestro egoismo o nuestro amor propio. Es dejar que su Espíritu, Espíritu de amor, se derrame en tu corazón. Porque tiene que ser un amor que nace en su Corazón, en la hoguera de su cruz para que llegue a nuestro corazón. Para eso comemos a Cristo, comulgamos en su pasión y resurrección. Y comulgar en la muerte de Jesús es vaciarnos de tanto egoismo y mal con el que llenamos tantas veces nuestro corazón. Comulgar en la muerte de Cristo es llenarnos, inundarnos de vida, vivificarnos.

Por eso hoy Jesús en esa locura de amor que tiene por nosotros sigue haciendo cosas sorprendentes. Se nos hace comida y bebida. Nos da su Cuerpo y su Sangre para que podamos llenarnos de esa vida, inundarnos de ese amor. Instituye la Eucaristia, sacramento de su Cuero y de su Sangre. Esto es mi Cuerpo entregado, es mi Sangre derramada, la Sangre de la Alianza nueva y eterna, derramada para el perdón de los pecados. Establece El una nueva Alianza, una Alianza eterna que nosotros no seríamos capaces de imaginar. Porque es Cristo el que se nos da, el que derrama su Sangre por nosotros, el que entrega su vida. No porque nosotros lo merezcamos. El único merecimiento que podamos tener es que somos amados por El. Sigue sorprendiéndonos. ¿Qué estás haciendo, Señor? Pero El lo había anunciado allá en Cafarnaún.

Se entrega porque quiere arrancarnos de la muerte y llenarnos de vida. ‘El que coma mi carne y beba mi sangre, tendrá vida para siempre’, nos había dicho en Cafarnaún. Es que quiere arrancar de nosotros la muerte de nuestro egoísmo y desamor, para llenarnos, inundarnos de la vida de su amor. Nos da su Espíritu. Nos da su Cuerpo y Sangre hecho comida y bebida. Comiendo del Pan de la Eucaristía, bebiendo del cáliz de su Sangre, podremos tener vida. Y sólo así, entonces, podremos amar como El hasta el extremo.

Comemos a Cristo para amar con su amor. El amor que nace de su corazón, en la hoguera de la cruz. Comemos a Cristo comulgando en su pasión y su resurrección, decíamos antes, porque sólo así seremos capaces de amar con un amor como el de El. Es la fuente de nuestro amor, de un amor hasta el final, hasta el extremo como el de Jesús. Por eso nos enseñaba san Pablo que cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz estamos anunciando la muerte del Señor hasta que venga. Cada vez que celebramos la Eucaristía es el misterio pascual de Cristo lo que celebramos.

Nos preguntábamos al principio sorprendidos como Pedro y los apóstoles ¿cómo se te ocurre esto? ¿qué estás haciendo, Señor? Dejémonos, sí, sorprender por tanto amor. Nos lava los pies para que lo hagamos nosotros también; se nos da en como comida y bebida, como alimento y como vida en la Eucaristía para que seamos capaces de amar con su mismo amor; subirá hasta la cruz, como prueba y manifestación del más grande amor enseñándonos el camino a seguir. Así somos redimidos, salvados, inundados de su Espíritu de amor. Nadie tiene amor más grande… Dejémonos sorprender e inundar por tanto amor. Aprendamos a amar, lo que es el verdadero amor.

Y para que todo eso sea posible y podamos seguir celebrando este sacramento de amor instituye también hoy Jesús el sacerdocio de la nueva Alianza. ‘Haced esto en commemoración mía’, les dice a los Apóstoles. Todo aquello que habia hecho Jesús tenemos que seguirlo haciendo. Seguiremos haciendo presente a Jesús y para que llegue su gracia divina a nosotros nos ha dejado a los sacerdotes que en la celebración de los sacramentos hacen presente a Cristo y nos trasmiten esa gracia divina. Por eso hoy día del amor y de la Eucaristía es día también del Sacerdocio.

Misterio de amor que celebramos en el Jueves Santo. Es inicio, principio del camino del triduo pascual que nos llevará a la muerte y a la resurrección. Asi llega Dios a nuestra vida. Queremos tener parte con Jesús. Queremos que Jesús llegue así a nuestra vida con su salvación. Queremos aprender a amar con un amor como el de Jesús. Queremos alimentar nuestro amor en Jesús. Celebramos la Eucaristía, celebramos el amor.