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martes, 5 de agosto de 2008

María, imagen de la nueva Jerusalén, morada de Dios entre nosotros

Apc. 21, 1-5
Sal. tomado de Jud. 15, 9-10
Lc. 11, 27-18

‘Tú eres el orgullo de nuestro pueblo’, aclamaba el pueblo de Israel a Judit porque les había dado la victoria contra sus enemigos, y siempre se recordarían las hazañas que el Señor realizó por su mano. Así la liturgia de la Iglesia toma estas palabras para ensalzar y engrandecer a María, como aquellas otras que nos recuerda el evangelio de aquella mujer anónima que en medio de la multitud levantó su voz para ensalzar a la Madre de Jesús. ‘¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron!’
Hoy la liturgia, en este cinco de agosto, celebra la Dedicación de la Basílica de Santa María la Mayor en Roma. Una de las cuatro Basílicas mayores de la Urbe, y que fue mandada construir por el Papa Sixto III, después de que en un sueño recibiera inspiración divina para construirla. Se le señaló el sitio de la edificación por el lugar que amaneciera nevado el 5 de agosto en el caluroso verano romano. Fue en una de las colinas romanas, el Esquilino, donde se realizó el prodigio y allí se levantó este primer templo en Occidente en honor de María, a la que recientemente el Concilio de Éfeso había reconocido y proclamado como Madre de Dios. De ahí que en este día en muchos lugares se celebre la fiesta de Ntra. Sra. de las Nieves, como sucede en la Isla de La Palma y otros tantos sitios.
Toda la liturgia de este día es cántico de alabanza a María valiéndose precisamente de lo proclamado en la Palabra de Dios. El libro del Apocalipsis nos presenta la imagen de la Iglesia en ‘la ciudad santa bajada del cielo, la nueva Jerusalén, ataviada como una novia que se adorna para su esposo... es la morada de Dios entre los hombres. Habitará con ellos; ellos serán su pueblo y Dios mismo estará con ellos’. Triunfo de la Iglesia, morada de Dios, que nos hace presente a Dios, que nos santifica con la presencia de Dios.
Pero la liturgia quiere ver en ellas una figura de María. María es la mejor figura de la Iglesia, porque nos presenta la dignidad más grande a la que somos llamados cuando Dios quiere morar también en nuestro corazón y cuando nos pone en camino de esa santidad que nosotros también hemos de vivir.
¿De quién mejor podemos copiar esa santidad que de María? ¿Quién mejor que María nos puede significar lo que es ser esa morada de Dios, que quiso encarnarse en sus entrañas?
El que no cabía en la inmensidad de toda la creación, del cielo y de la tierra, quiso sin embargo morar en las entrañas de María. ¿Es que acaso el constructor no puede tener la posibilidad de morar en aquella morada que ha construido? Así reflexionaba san Cirilo de Alejandría en su homilía del Concilio de Éfeso que proclamó a María como la Madre de Dios.
Si tomamos las palabras del Antiguo Testamento y las palabras del Apocalipsis para cantar las alabanzas de María, ¡cómo no tomar las palabras de Jesús que también se convierten en una alabanza de su madre en la réplica aquella mujer anónima de la bienaventuranza de María!
‘¡Dichosos, más bien, los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica!’ María fue la que escuchó y plantó la Palabra de Dios en su corazón y la puso en práctica. No sólo María prestó, podríamos decir, sus entrañas de mujer y madre para que en ellas se encarnase la Palabra de Dios que quería plantar su tienda entre nosotros y naciese el Hijo de Dios hecho hombre, sino que además fue la que día a día seguía plantando en su corazón todo lo que el Señor le iba manifestando en los acontecimientos de su vida. ‘María guardaba todo esto en su corazón’, nos repite el evangelista Lucas en los hechos de la Infancia de Jesús.
Es lo que tenemos que aprender de María. Morada de Dios, en la que habita Dios, tierra buena donde se sembró cada día la semilla de la Palabra de Dios. Lo fue María y lo tenemos que ser nosotros, imagen de la Iglesia e imagen y espejo en el que tenemos que mirarnos cada uno de nosotros. Ella es imagen y modelo de lo que nosotros tenemos que ser. Ella es Madre que nos hace nacer para esa vida nueva y nos enseña a plantar en nosotros esa semilla que ha de producir fruto al ciento por uno.
Que resplandezca así en nosotros la santidad de María, blanca y pura como la más resplandeciente nieve que refleja los mejores brillos del cielo. Imitando así a María es cómo realmente cantaremos su mejor alabanza.

1 comentario:

  1. Gracias, por la invitación a conocer su Blog.

    Soy Miaww, en Cyber

    Mi nombre es Concepción

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