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jueves, 14 de marzo de 2024

Con Jesús no nos equivocamos, en El no haya falsedad ni engaño, es la coherencia plena porque es la Verdad, tenemos asegurado el Camino, tenemos asegurada la Vida

 


Con Jesús no nos equivocamos, en El no haya falsedad ni engaño, es la coherencia plena porque es la Verdad, tenemos asegurado el Camino, tenemos asegurada la Vida

Éxodo 32, 7-14; Salmo 105;  Juan 5, 31-47

Lo menos que le podemos pedir a una persona en su actuación pública, y más aún cuando ejerce algún tipo de responsabilidad o de liderazgo en la sociedad es que sea coherente; que haya verdadera congruencia entre lo que dice o le pide a los demás y lo que él hace con su propia vida; lo contrario sería falsedad, actuación desde unos intereses donde parece que para él lo importante es su dominio sobre los demás o lo que personalmente se pueda beneficiar antes que esos valores que trata de enseñar o lo que es el bien de esa sociedad a la que tendría que servir.

Desgraciadamente en el mundo que vivimos vemos demasiadas incongruencias, poca coherencia y realmente esta hace que muchas veces vayamos desencantados por la vida y nos sintamos sin estímulo para luchar por unos ideales. Cuánto daño se puede hacer. No son los buenos ejemplos los que arrastran, sino que más bien nos vemos como engullidos en un mundo de falsedad. Poco podemos caminar hacia una sociedad mejor.

‘Sabemos que eres veraz’, no les quedó más remedio que reconocer a los escribas y maestros de la ley ante Jesús, aunque sus palabras también iban con unas segundas intenciones porque a la larga lo que querían era coger a Jesús en sus propias palabras. Nosotros sí podemos decir de Jesús que sabemos que es veraz, porque El mismo se nos presentará en algún momento del Evangelio como ‘el Camino, y la Verdad, y la Vida’, y nos enseña que siguiéndole no perderemos el camino porque llenos de la Sabiduría de Dios nos llenaremos plenamente de su vida.

Es como se nos presenta hoy Jesús en el evangelio. En el tiempo litúrgico que nos resta de la Cuaresma iremos escuchando en el Evangelio y la Palabra de Dios una serie de textos que nos presentan aquellas diatribas que surgieron entre aquellos que quería quitarlo de en medio y Jesús. Hoy nos está planteando por qué no creemos en El. Nos habla del testimonio de Juan el Bautista que había preparado los caminos del Señor y que nos presentará a Jesús como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Aunque como les dice, ellos tampoco creyeron a Juan, porque siempre estuvieron en desconfianza con él. Recordemos cómo le habían también enviado una embajada pidiéndole que diera razón de por qué bautizaba allá en el desierto.

Pero Jesús nos habla hoy más del testimonio del Padre a través de las obras que Jesús realiza. ¿Quién podía perdonar pecados sino Dios?, se preguntaban un día ante las palabras de Jesús ante el paralítico que habían descendido del techo hasta los pies de Jesús. Ante la incredulidad de aquellos que lo observaban entonces, de alguna manera Jesús les pregunta también ¿y quien es el que puede tener poder para sanar y para curar, para realizar los signos y milagros que Jesús realiza? Como nos dirá Jesús El no hace sino las obras que el Padre le mandó realizar.

Si Jesús nos va proponiendo un camino nuevo que ha de ser siempre por los derroteros del amor, del perdón, de la comprensión, del servicio, de la misericordia, es así cómo Jesús se nos manifiesta. Jesús es el rostro de la misericordia de Dios. Es el Dios que nos mira a los ojos y al corazón desde su mirada de amor y de misericordia. Ya lo vemos cómo no solo curará a todos aquellos que sufren, sino que se acerca a los más pequeños, acoge a los pecadores y para todos tiene palabras de perdón. ¿Qué es lo que dirá en el momento en que lo estén crucificando? ‘Padre, perdónales porque no saben lo que hacen’.

Es el camino, es la Verdad, es la Vida; con El no nos equivocamos, en El no haya falsedad ni engaño, es la coherencia plena porque es la Verdad, tenemos asegurado el camino, tenemos asegurada la Vida, porque le tenemos a El.


jueves, 27 de octubre de 2022

Sintamos en nuestro corazón la fuerza del Espíritu que nos impulsa y nos da fortaleza para arriesgarnos por lo que en verdad merece la pena, nuestra fe

 


Sintamos en nuestro corazón la fuerza del Espíritu que nos impulsa y nos da fortaleza para arriesgarnos por lo que en verdad merece la pena, nuestra fe

Efesios 6, 10-20; Sal 143; Lucas 13, 31-35

No nos gusta exponernos a peligros innecesarios; si nos dicen que aquel es un lugar peligroso, evitaremos ir él o iremos con todas las precauciones; si nos dicen que hay personas que nos quieren mal y que estarían tramando hacernos daño de la manera que fuera, ya andaríamos precavidos. Es de prudencia el hacerlo así, no arriesgar innecesariamente.

En la vida hoy hay muchos miedos, se ha creado una sensación de miedo, que quizás en otros momentos incluso más peligrosos no teníamos esa sensación. Hay que ser precavidos, nos dicen. ¿Lo haremos en todas las ocasiones así? ¿Pensaremos que quizá hay cosas por las que arriesgarse enfrentándose a ellas sin ningún temor? ¿Habrá algo por lo que merezca la pena arriesgarse? Somos nosotros los que hemos de tener unos criterios.

Me han venido estos pensamientos que aun están medio confusos hasta en la forma de exponerlos a raíz de lo que hoy nos dice el evangelio. En este caso son los fariseos los que le avisan a Jesús – ¿acaso ellos por su posición tendrían más medios de información? – de que Herodes está tramando algo contra Jesús; lo anda buscando.

Pero Jesús no se arredra, no tiene miedo de lo que pueda hacerle Herodes; de ahí ese recado que le reenvía Jesús que podría parecer un poco atrevido. Pero Jesús está subiendo a Jerusalén sabiendo lo que allí va a pasar; varias veces se lo ha anunciado a los discípulos aunque ellos no acaban de entender; pero sabiendo la Pascua que ha de vivir sube de manera consciente. Ahora, lo mismo, poco menos que le dice a Herodes que no le tiene miedo y que seguirá haciendo un día y otro lo que es su misión.

‘Mira, yo arrojo demonios y realizo curaciones hoy y mañana, y al tercer día mi obra quedará consumada. Pero es necesario que camine hoy y mañana y pasado, porque no cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén’, y en sus palabras hay como un anuncio velado de lo que un día será su entrada en Jerusalén. ‘Os digo que no me veréis hasta el día en que digáis: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!’

¿Habrá algo por lo que merezca la pena arriesgarse?, nos preguntábamos. Hay cosas por las que merece la pena arriesgarse. Ya nos dirá Jesús que merece la pena entregar su vida. Es lo que está haciendo. Pero, nosotros andamos con nuestros miedos, con nuestra poca valentía, con nuestra poca coherencia entre lo que decimos que es nuestra fe y lo que luego estamos manifestando en nuestra vida. Tenemos que quitarnos las caretas de una vez por todas; andamos con demasiados miedos, porque no confiamos en la Palabra de Jesús, que nos ha prometido la fuerza de su Espíritu para cuando lleguen esos momentos difíciles.

No busquemos cosas extraordinarias, cosas especiales. Las circunstancias están ahí en lo que estamos viviendo cada día; no nos dejemos arrinconar, porque es una forma de cerrarnos la boca. Cualquiera puede hoy en nuestra sociedad presentar sus ideas, siempre y cuando sean de un determinado color, por eso cuando los cristianos queremos hablar nos arrinconan, tratan de desprestigiarnos, de arrimarnos a lo que les parezca según sean sus conveniencias. Y nosotros seguimos callados ¿por un plato de lentejas?

Sintamos en nuestro corazón la fuerza del Espíritu que nos impulsa. Es nuestra sabiduría y nuestra fortaleza.

sábado, 12 de septiembre de 2020

Si el árbol se conoce por sus frutos tendríamos que preguntarnos viendo los frutos de nuestra vida el grado de congruencia con que vivimos incluso nuestra fe

 


Si el árbol se conoce por sus frutos tendríamos que preguntarnos viendo los frutos de nuestra vida el grado de congruencia con que vivimos incluso nuestra fe

1Corintios 10, 14-22; Sal 115; Lucas 6, 43-49

‘Cada árbol se conoce por su fruto’, nos dice hoy Jesús en el evangelio. Es lo que es la misma naturaleza en sí. En la higuera buscamos higos, en el peral peras, en la vid es lógico que esperemos encontrar uvas. Lo contrario sería algo fuera de la naturaleza, aunque hoy nos hagamos plantas híbridas con el desarrollo de la genética, o desde siempre hayamos injertado unos árboles en otros, pero siempre como nos decían nuestros mayores siguiendo las reglas de la naturaleza.

Pero Jesús no nos está poniendo este ejemplo para darnos una lección de botánica o de otras ciencias, sino como una imagen para decirnos cuán incongruentes somos las personas por la forma como nos expresamos en la vida o como vivimos. Es la congruencia con que hemos de vivir, o la incongruencia que manifestamos en tantas ocasiones donde quizá nuestras palabras que tendrían que expresar nuestros pensamientos, sin embargo van por un lado y nuestra vida, lo que luego hacemos, parece que está en contradicción total con nuestro pensamiento.

Quizás nos está manifestando el vacío y la hipocresía con que vivimos nuestra vida. Y es que de lo que hay en nuestro  corazón, nos dice, rebosa la boca y dado el vacío interior con que vivimos es superficial nuestra vida y cuanto hacemos parecerá como un sin sentido. Queremos aparentar muchas veces quizá lo que realmente no somos y nos ponemos como un disfraz, como una careta para aparentar unas cosas que realmente no tenemos en el corazón y que luego se manifestarán como una farsa, mera apariencia superficial nada más porque no le hemos dado profundidad a la vida.

Por supuesto todo esto lo podemos contemplar en la vanidad con que viven tantos su vida. Solo son una fachada, una apariencia; una fachada y una apariencia para buscarse quizá el aplauso de la gente, para alcanzar unas cotas de poder con su populismo vacío de contenido, con unas promesas que nunca van a ser cumplidas, porque lo único que se desea muchas veces es ser aupado a esas alturas de poder.

Bonitas palabras, pero que si hay un poco de sensatez en nuestra vida pronto nos damos cuenta que están llenas de falsedades con las que pretenden engañarnos y engatusarnos. Contemplamos demasiado en la sociedad en que vivimos todas esas vanidades y ansias de poder que se llenarán luego de corruptelas y de injusticias. Todo termina generando un desencanto y un hastío en aquellos que con buena voluntad luchan por algo mejor con lo que se sienten tentados a pasar de todo eso y aislarse de ese mundo de falsedad e hipocresía.

Pero cuidado esa vanidad, esa falta de coherencia, esa vaciedad y superficialidad la estemos viviendo en este mundo concreto de nuestras comunidades cristianas. Cuidado no estemos cayendo nosotros también en esas incoherencias en nuestra manera de actuar y de vivir nuestra fe, desde quienes vivimos una religiosidad demasiado superficial porque quizá  no profundizamos lo suficiente en el sentido y valor de nuestra fe, o desde quienes todo nuestro ser cristiano se nos haya quedado en unos ritos que en determinados momentos realizamos con lo que parece que ya contentamos nuestra conciencia pero que luego en el resto de la vida nos olvidamos de los valores cristianos, de los valores del Reino de Dios, viviendo nuestra vida a nuestro aire, muchas veces muy alejada del sentido de la fe.

Muchas veces tenemos la tentación de quedarnos en la expresión religiosa de nuestra vida de fe en unos ritos llenos de pompa y de esplendor, de gran solemnidad decimos muchas veces, pero que se nos pueden quedar en una ostentación excesivamente artística como un espectáculo donde sacamos a relucir todos nuestros oropeles llenos de boato y de fastuosos brillos que nos hacen sentirnos como en la gloria en esos momentos, pero que cuando pasa todo lo olvidamos y no damos los frutos de amor y de justicia que serían nuestra verdadera riqueza. Vanidades en las que podemos caer los cristianos, en los que puede caer incluso la iglesia en la realización del culto cristiano.

viernes, 10 de marzo de 2017

Desde la autenticidad y coherencia de nuestra vida creyente hemos de saber buscar siempre los caminos del reencuentro y la reconciliación sanándonos por dentro con la verdadera paz

Desde la autenticidad y coherencia de nuestra vida creyente hemos de saber buscar siempre los caminos del reencuentro y la reconciliación sanándonos por dentro con la verdadera paz

Ezequiel 18,21-28; Sal 129; Mateo 5,20-26
Autenticidad y coherencia, dos valores que manifiestan nuestra madurez humana. No tememos manifestarnos como somos, porque no tenemos nada que ocultar, porque con nuestra manera de actuar estamos manifestando limpiamente lo que somos, porque no tenemos intenciones ocultas ni inconfesables dentro de nosotros cuando hacemos las cosas, porque siempre deseamos construir lo bueno y buscamos la paz, porque aunque cometamos errores en la vida – que todos cometemos porque somos débiles – estamos siempre con el deseo de corregirnos y mejorar nuestra vida.
Esto nos lleva a la coherencia en nuestro ser y en nuestro manifestarnos; tenemos unos principios por los que queremos regir nuestra vida y somos fieles hasta sus ultimas consecuencias aunque nos cueste y hasta nos duela en ocasiones. No queremos ser de palabras fáciles y charlatanas que siempre vamos diciendo cosas bonitas pero luego en el día a día de nuestra vida parece que fuéramos por otros caminos.
Es cierto que en nuestra debilidad hay ocasiones en las que fallamos, pero ahí esta nuestra capacidad de reconocer aquello en lo que fallamos y levantarnos para emprender un camino corregido. Y seremos capaces de pedir perdón y buscar siempre la reconciliación porque queremos tener paz en nuestro interior, pero es que queremos tener paz siempre con los que nos rodean.
Realmente reconocemos que muchas veces no es fácil. Herimos o nos podemos sentir heridos y no sabemos como actuar, como resolver los conflictos, nos sentimos confundidos, nos aparece el orgullo y el amor propio, pero hemos de saber tener la valentía de busca solución, de salir de esa situación, de buscar la manera de encontrarnos de nuevo con esa persona herida o que nos ha herido para restablecer el dialogo y la paz.
Como decía, sabemos que muchas veces no es fácil, y tiene que desarrollarse todo un proceso interior que busque la manera de sanarnos por dentro y no buscar una falsa paz. Buscaremos quien nos ayude, nos anime, nos diga la palabra acertada que nos levante el animo, que nos haga sentirnos con fuerza para ir dando esos pasos. Hoy Jesús nos señala en el evangelio algunas de esas situaciones en las que podemos decir mal de los demás, ofender con palabras hirientes, romper la comunicación y la comunión. El nos señala los caminos de la reconciliación.
Como creyentes sabemos donde podemos encontrar esa fuerza y esa gracia. Con nosotros va el Señor ayudándonos en esa cruz que nos hace sufrir ya sea por lo que hayamos recibido o ya sea por nuestra propia debilidad que hayamos hecho sufrir a los demás.
‘Desde lo hondo a ti grito, Señor; Señor, escucha mi voz; estén tus oídos atentos a la voz de mi súplica…’ rezábamos en el salmo que hoy nos ofrece la liturgia, porque sabemos que ‘del Señor viene la misericordia, la redención copiosa; y él nos redimirá de todos nuestros delitos’. Confiamos en el Señor, confiamos en su Palabra, sentimos su presencia alentadora siempre junto a nosotros. El camina a nuestro lado y nos ayuda a caminar por esas sendas de rectitud, caminos de autenticidad y de coherencia.

domingo, 30 de agosto de 2009

Coherencia y autenticidad en el corazón y la vida


Deut. 4, 1-2.6-8;

Sal. 14;

Sant. 1, 17-18.21-22.27;

Mc. 7, 1-8.14-15.21-23


‘¿Por qué comen tus discípulos con manos impuras y no siguen tus discípulos la tradición de los mayores?’, pregunta un grupo de fariseos y letrados venidos de Jerusalén. La respuesta Jesús se la dio con palabras del profeta Isaías: ‘este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos’. Y apostilla Jesús: ‘Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres’.
El Evangelista ha explicado bien lo de las costumbres convertidas en preceptos por los fariseos de lavarse las manos cuando vienen de la plaza ‘restregando bien, siguiendo la tradición de sus mayores’. Podrían haber tocado alguna cosa impura – recordemos cómo consideraban impuros a los enfermos y sobre todo a los leprosos – y eso les trasmitiría una impureza legal de la que habrían de purificarse.
¿Qué era lo importante? ¿lo externo y la apariencia o lo que tiene que brotar del corazón? ¿Hacer las cosas porque siempre se han hecho así, aunque sea una rutina repetitiva y que hasta haya perdido sentido, o descubrir hondamente lo que es la voluntad del Señor y a través de su Palabra - la Palabra de Dios, no la palabra de los hombres – llenarme de nueva vida?
Jesús está pidiendo coherencia de vida y autenticidad. ¡Cuánto daño hace la incongruencia! Cuando no hay coherencia y autenticidad estamos llenando la vida de mentira. Las mentiras peores no son cuando con nuestras palabras decimos una cosa por otra, sino cuando llenamos la vida de falsedad. (Algunas veces nos confesamos de que hemos dicho una mentirita piadosa y no examinamos la falsedad que pueda haber en nuestra vida). Queremos aparentar una cosa pero realmente en nuestro ser más profundo somos realmente otra cosa muy distinta. Y cuando nuestro estilo de vida lo llenamos con apariencias, lo tremendo es el vacío que a la larga hay dentro de nosotros mismos.
De ahí que nuestra vida cristiana no la podamos reducir meramente al cumplimiento de unas normas o preceptos si nuestro corazón, las actitudes interiores que tengamos están bien lejos de esa fe que decimos tener simplemente porque cumplamos unos reglamentos.
Muchas veces la gente te pregunta o se pregunta qué cosas tengo que hacer pretendiendo les des unas normas o unos reglamentos. Yo te diría, pregúntate qué es lo que tienes que vivir, o más bien, a quién tienes que vivir. Ser cristiano es una vida, pero que ya no es sólo vivir tu vida, sino que es vivir a Cristo en ti. Aquello que decía san Pablo ‘ya no vivo yo sino que es Cristo quien vive en mí… para mi vivir es Cristo’.
Ya no serán, pues, unas normas o preceptos; es simplemente dejarte conducir por Cristo, dejarte llenar de su Espíritu y todo podíamos decir que sale como espontáneo de ese vivir en el Espíritu. Surgirá el amor, la generosidad, la bondad, la solidaridad, la justicia, la verdad y autenticidad de mi vida.
En el salmo nos preguntábamos ‘Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda?... el que procede honradamente y practica la justicia, el que tiene intenciones leales…’ el que no hace daño a nadie sino que siempre busca el bien, el que no se comporta con el prójimo con tacañanería o por interés. Es que ya no sólo estamos hospedándonos en la tienda del Señor, sino más bien es Dios quien ha puesto su tienda en nosotros, habita en nosotros.
Comenzábamos la reflexión recordando la pregunta con la que los fariseos querían cuestionar a Jesús del si lavarse o no las manos antes de comer y por qué los discípulos no lo hacían como mandaba la tradición. Jesús viene a decirles que la maldad no entra en el corazón del hombre porque tengamos o no las manos manchadas. Sabido es cómo en la reglamentación de los judíos en este sentido – y los fariseos eran unos expertos – tenían catalogada toda una serie de cosas que eran en sí mismas impuras y que no podían ni tocar porque era caer en una impureza legal de la que tenían que purificarse con abluciones rituales.
Jesús les dice que la impureza o la maldad no nos viene de fuera, sino que la podemos tener en el corazón y que serán esos malos deseos los que nos harán vomitar maldad desde dentro de nosotros. ‘De dentro del corazón del hombre salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas estas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro’.
Limpiemos de maldad el corazón. Eso es lo importante. Más aún, tenemos a quien ha venido para limpiarnos el corazón, para que lo que brote entonces de nosotros sea siempre bueno. Podríamos decir que no sólo nos enseña esa autenticidad, esa bondad, esa justicia en la que tenemos que caminar quienes nos llamamos sus discípulos, sino que El se hace vida nuestra y es nuestra salvación para perdonarnos esa maldad que tantas veces dejamos meter dentro de nosotros, sino también viene a nosotros para transformarnos con su gracia, para llenarnos de su Espíritu que nos hace hombres nuevos.
‘Aceptad dócilmente la Palabra de Dios que ha sido plantada y es capaz de salvaros. Llevadla a la práctica y nos os limitéis a escucharla’, nos decía el Apóstol Santiago en su carta. Esa palabra de Dios que es nuestra inteligencia y nuestra sabiduría, como se nos decía en el libro del Deuteronomio. Que seamos, pues, ese pueblo sabio y ese pueblo santo que así acoja la Palabra de Dios, y que así sienta también la presencia de Dios en medio de nosotros. ‘Así viviréis…’ nos decía el autor sagrado en la primera lectura. Así el culto que le demos al Señor no será un culto vacío, porque habremos llenado nuestra vida de amor que es lo que agrada al Señor.