viernes, 10 de marzo de 2017

Desde la autenticidad y coherencia de nuestra vida creyente hemos de saber buscar siempre los caminos del reencuentro y la reconciliación sanándonos por dentro con la verdadera paz

Desde la autenticidad y coherencia de nuestra vida creyente hemos de saber buscar siempre los caminos del reencuentro y la reconciliación sanándonos por dentro con la verdadera paz

Ezequiel 18,21-28; Sal 129; Mateo 5,20-26
Autenticidad y coherencia, dos valores que manifiestan nuestra madurez humana. No tememos manifestarnos como somos, porque no tenemos nada que ocultar, porque con nuestra manera de actuar estamos manifestando limpiamente lo que somos, porque no tenemos intenciones ocultas ni inconfesables dentro de nosotros cuando hacemos las cosas, porque siempre deseamos construir lo bueno y buscamos la paz, porque aunque cometamos errores en la vida – que todos cometemos porque somos débiles – estamos siempre con el deseo de corregirnos y mejorar nuestra vida.
Esto nos lleva a la coherencia en nuestro ser y en nuestro manifestarnos; tenemos unos principios por los que queremos regir nuestra vida y somos fieles hasta sus ultimas consecuencias aunque nos cueste y hasta nos duela en ocasiones. No queremos ser de palabras fáciles y charlatanas que siempre vamos diciendo cosas bonitas pero luego en el día a día de nuestra vida parece que fuéramos por otros caminos.
Es cierto que en nuestra debilidad hay ocasiones en las que fallamos, pero ahí esta nuestra capacidad de reconocer aquello en lo que fallamos y levantarnos para emprender un camino corregido. Y seremos capaces de pedir perdón y buscar siempre la reconciliación porque queremos tener paz en nuestro interior, pero es que queremos tener paz siempre con los que nos rodean.
Realmente reconocemos que muchas veces no es fácil. Herimos o nos podemos sentir heridos y no sabemos como actuar, como resolver los conflictos, nos sentimos confundidos, nos aparece el orgullo y el amor propio, pero hemos de saber tener la valentía de busca solución, de salir de esa situación, de buscar la manera de encontrarnos de nuevo con esa persona herida o que nos ha herido para restablecer el dialogo y la paz.
Como decía, sabemos que muchas veces no es fácil, y tiene que desarrollarse todo un proceso interior que busque la manera de sanarnos por dentro y no buscar una falsa paz. Buscaremos quien nos ayude, nos anime, nos diga la palabra acertada que nos levante el animo, que nos haga sentirnos con fuerza para ir dando esos pasos. Hoy Jesús nos señala en el evangelio algunas de esas situaciones en las que podemos decir mal de los demás, ofender con palabras hirientes, romper la comunicación y la comunión. El nos señala los caminos de la reconciliación.
Como creyentes sabemos donde podemos encontrar esa fuerza y esa gracia. Con nosotros va el Señor ayudándonos en esa cruz que nos hace sufrir ya sea por lo que hayamos recibido o ya sea por nuestra propia debilidad que hayamos hecho sufrir a los demás.
‘Desde lo hondo a ti grito, Señor; Señor, escucha mi voz; estén tus oídos atentos a la voz de mi súplica…’ rezábamos en el salmo que hoy nos ofrece la liturgia, porque sabemos que ‘del Señor viene la misericordia, la redención copiosa; y él nos redimirá de todos nuestros delitos’. Confiamos en el Señor, confiamos en su Palabra, sentimos su presencia alentadora siempre junto a nosotros. El camina a nuestro lado y nos ayuda a caminar por esas sendas de rectitud, caminos de autenticidad y de coherencia.

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