sábado, 11 de marzo de 2017

Los hijos del Reino de Dios nos diferenciamos por un amor generoso y universal para todos

Los hijos del Reino de Dios nos diferenciamos por un amor generoso y universal para todos

Deuteronomio 26,16-19; Sal 118; Mateo 5,43-48
Parece normal que en nuestras relaciones con los demás en la vida estemos más cercanos a aquellos que son más afines a nosotros, con quienes nos podemos entender mejor, con los que han sido nuestros amigos de siempre, con las personas cercanas y ya no solo por parentesco sino que en la vecindad se ha ido creando con ellas unos lazos de amistad.
Otros serán simplemente conocidos, y a otros los veremos más lejanos a nuestra vida porque quizá nunca hemos establecido relación con ellos, o nos hemos ido creando unas distancias que pueden ser fruto de muchas causas, enemistades que se han creado, momentos tensos de enfrentamiento de opiniones quizá en el planteamiento de muchas cuestiones, o porque quizá sus lugares de origen o su raza o religión nos hacen desconfiar y algo así como que los queremos tener lejos de nuestra vida. Son cosas que nos suceden habitualmente en nuestras relaciones con los demás.
El evangelio nos pide dar un paso más. El evangelio nos está enseñando un nuevo sentido de fraternidad porque nunca hemos de poner barreras en nuestras mutuas relaciones sino más bien buscar todo aquello que nos una y crear unos nuevos lazos de amor y hermandad. Nada tendría que distanciarnos, ningún condicionamiento tendría que crear barreras, todos vivimos en una casa común y como una misma familia sentirnos siempre unidos.
Por eso Jesús nos dice hoy Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: Amad a vuestros enemigos, y rezad por los que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo…’ A nadie podemos considerar enemigo. Es cierto que podemos tener diferencias de pensamiento, podremos proceder de lugares distintos o el color de la piel nos haga exteriormente diferentes pero eso nunca tendría que llevarnos al enfrentamiento.
Es cierto también que en ocasiones en la vida quizá no nos tratamos con la delicadeza y la justicia con que deberíamos hacerlo porque en verdad somos débiles y se nos pueden atravesar orgullos o  envidias en la vida, pero todo eso tendríamos que aprender a superarlo llenando siempre nuestro corazón de misericordia y de comprensión.
Igual que el otro me habrá molestado a mí en alguna ocasión también mis gestos, mis actos o mis actitudes en un momento determinado no le caen bien a los otros; por eso hemos de saber ser comprensivos mirándonos primero que nada a nosotros mismos y reconociendo nuestras debilidades.
Por eso nos dirá Jesús ‘rezad por los que os persiguen’. Cuando llegamos a ser capaces de darle un lugar en nuestro corazón, en nuestra oración a aquel que quizá en un momento me hizo daño, estaré comenzando a amarlo y no nos faltará la ayuda y la gracia del Señor para  aprender a superar esos malos momentos que puedan aparecer en mi vida o en mi relación con los demás.
Dios es el Padre bueno de todos que ‘hace salir el sol sobre malos y buenos y hacer caer la lluvia sobre justos e injustos’, nos dice Jesús.  Además nos dice Jesús que quienes le seguimos y optamos por el  Reino de Dios en algo tenemos que diferenciarnos de los demás; nuestra diferencia está en el amor, un amor universal y generoso para todos.

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