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jueves, 10 de septiembre de 2020

Todos deseamos la paz y la armonía, pues seamos capaces de emprender ese camino que nos señala Jesús aunque nos parezca una paradoja

 


Todos deseamos la paz y la armonía, pues seamos capaces de emprender ese camino que nos señala Jesús aunque nos parezca una paradoja

1Corintios 8, 1b-7. 11-13; Sal 138; Lucas 6, 27-38

Todos deseamos la paz y la armonía de la vida. Es una aspiración profunda de todos, una aspiración de la humanidad, reconocemos, no siempre conseguida. Cuando nos ponemos a hablar y razonar con serenidad todos andamos por esos deseos y añoramos que pudiéramos vivir así. Lo intentamos con buena voluntad al menos con aquellos que están más cerca de nosotros, familiares y amigos pero al mismo tiempo nos damos cuenta que vivimos en un mundo donde hay mucha acritud.

Desgraciadamente los dirigentes de nuestra sociedad no nos dan mucho ejemplo cuando solo actúan con visiones muy miopes y muy partidistas de manera que solo es bueno y solo son buenos los que son de su onda. Aquellos lugares donde la palabra y el diálogo tendrían que resplandecer muchas veces son una muestra pública, un escaparate donde solo vemos acritud en las palabras, en los gestos, en las actitudes, y solo sabemos echarnos en cara los unos a los otros si hiciste una cosa o si hiciste otra.

Y esa acritud se trasmite y se contagia de manera que en la vida de cada día estamos muy abocados a actitudes y posturas violentas. Ya no sabemos hacer ningún reclamo ni reivindicación a lo que tendríamos derecho si no lo hacemos con esa acritud y con esa violencia. Es una pena que vayamos construyendo una sociedad así, porque eso es además lo que estamos enseñando con nuestras actitudes y posturas a las generaciones más jóvenes que vienen detrás y en lugar de ayudarles a que encuentren serenidad en su vida, más bien provocamos esas actitudes violentas. ¿A dónde vamos a parar con una sociedad fundamentada en estas posturas y actitudes?

Todo esto tendría que hacernos pensar. Todo esto tendría que hacer que nosotros los cristianos supiéramos sacar a flote esos valores más profundos que nos enseña el evangelio y que tenemos que reflejar en nuestra vida aunque vayamos a contracorriente del mundo que nos rodea. Es la paradoja que nos ofrece hoy el evangelio. Y digo paradoja porque en verdad una primera lectura de lo que nos dice Jesús nos hace pensar que eso es imposible de realizar, que eso está en contra de lo que todos hacen.

¿Quién perdona a los que le ofenden o hacen daño? Lo normal es que guardemos rencor. ¿Quién es capaz de desprenderse de todo por los demás? Bueno, estaríamos dispuestos a dar hasta cierto punto, pero no a quedarme sin nada. ¿Quién es capaz de poner la otra mejilla? Es que se reirían de mí, pensamos, y pensarán que soy un cobarde. Y así podríamos seguir pensando en todo lo que nos dice hoy Jesús. Pero es el plan que El nos propone, son los parámetros en los que hemos de vivir los que queremos el Reino de Dios. Es la forma que tenemos para construir ese mundo mejor que todos deseamos. Es la forma positiva en que tenemos que enfrentar la vida.

Y Jesús nos dice que seamos misericordiosos. Y misericordia significa no juzgar ni condenar; y misericordia significa ser capaces de ser comprensivos con las debilidades de los demás hasta a llegar a perdonar; y misericordia significa ser capaz de no solo dar sino darme por los demás, porque siento como propio el dolor y el sufrimiento por el que puedan estar pasando los otros en sus necesidades o en sus problemas, y si lo siento como propio, como propio lo asumo y pongo todo de mí para darle solución. Como termina diciéndonos Jesús ‘os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midiereis se os medirá a vosotros’.

Qué distinta sería la vida, nuestras relaciones, la armonía que pondríamos en todo lo que hiciéramos; qué lejos estarían las violencias y las acritudes; qué paz resplandecería sobre nuestro mundo. Es nuestra tarea, es lo que asumimos cuando decimos que somos cristianos seguidores de Jesús. Emprendamos el camino aunque nos cueste.

 

jueves, 26 de octubre de 2017

Creer en Jesús significará remar muchas veces con la mar en contra, con los vientos de frente sin dejarnos llevar por la corriente de lo que todos hacen creando una revolución en el mundo


Creer en Jesús significará remar muchas veces con la mar en contra, con los vientos de frente sin dejarnos llevar por la corriente de lo que todos hacen creando una revolución en el mundo

Romanos 6, 19-23; Sal 1; Lucas 12, 49-53
En ocasiones escuchamos frases que en principio y sobre todo por quienes nos las dicen nos resultan una paradoja; nos cuesta entenderlas, les damos vueltas porque de entrada nos parecen incomprensibles, pero quizá al final nos damos cuenta que tienen su significado, nos quieren decir algo, y al final terminan inquietándonos en nuestro interior.
Son palabras que en cierto modo se convierten en proféticas para nosotros, que encierran gran sabiduría y nos van a hacer mucho bien si llegamos a meternos de lleno en su significado. Producirán una inquietud en nuestro corazón, quizás un cierto desasosiego, pero nos harán despertar a una realidad más sublime o nos pondrán en caminos insospechados pero que nos van a hacer mucho bien.
Algo así nos sucede con lo que hoy escuchamos en el evangelio. No podíamos imaginar que Jesús nos dijera que no viene a traer la paz sino la guerra y que lo que quiere es prender fuego; ni que fuera un incendiario. Parece estar lejos de lo que es su mensaje que es siempre un mensaje de amor, un mensaje de paz. Podemos recordar el canto de los ángeles en su nacimiento, o podemos pensar en las palabras que normalmente les dice a los enfermos o a los pecadores cuando salen curados de su presencia, claro que también podríamos recordar su saludo de pascua después de la resurrección.
Pero es verdad, Jesús viene a poner inquietud en nuestro corazón; sembrar esperanza no significa que nos contentemos con lo que tenemos o cómo estamos. Es un mensaje de algo nuevo el que nos trae, eso significa precisamente evangelio, y ya desde el principio nos dice que tenemos que creer en la buena noticia. Pero esa bueno noticia no es para que nos quedemos adormilados en donde estamos; esa buena noticia nos pone en camino, siembra inquietud, nos hace querer buscar algo nuevo porque no estamos contentos con lo que tenemos.
Eso significará remar muchas veces con la mar en contra, con los vientos de frente. No es dejarnos llevar por la corriente de lo que todos hacen; cuantas veces decimos o escuchamos que nos dicen, eso es lo que hacen todos. Nos tenemos que rebelar contra eso porque queremos algo nuevo, porque Jesús nos ofrece algo nuevo.
Ya lo vemos en el evangelio que su presencia inquieta de tal manera que se va a encontrar con muchos en contra que lo llevarán hasta el Calvario. Pero frente a esa muerte a la que nos quieren conducir los que no quieren cambiar, los que se contentan con que todo siga igual, los que ambiciosos no quieren perder su poder o su influencia, Jesús nos ofrece la Vida porque El es la vida.
Frente a la maldad que reina alrededor y que se quiere meter también en los entresijos de nuestra alma, nosotros nos rebelamos, denunciamos, buscamos el cambio, queremos hacer esa revolución en nuestra vida, queremos la transformación de nuestro mundo.
Claro que el fuego que nosotros queremos prender en el mundo – es lo que Jesús nos ha enseñado – es el fuego del amor, es el fuego de su Espíritu, será el fuego que todo lo transformará aunque a veces nos parezca imposible por la fuerza de tanto mal que vemos en nuestro entorno y que quiere meterse también en nuestro corazón. Creemos en la fuerza del amor porque creemos en Jesús el que murió y resucitó, el que Vive para siempre y nos llena de su vida que nos transforma.
¿Paradójico lo que nos dice Jesús? Ya vemos que no es tan paradójico sino que tiene en si la fuerza transformadora del amor, tiene la lógica del amor verdadero que nos enseña a olvidarnos de nosotros mismos para darnos a los demás. Eso algunos no lo comprenderán, pero nosotros queremos vivirlo y que sea nuestro testimonio el que haga comprender a los demás la necesidad de un mundo nuevo transformado por el fuego del amor.

viernes, 11 de agosto de 2017

Dejémonos sorprender por las palabras de Jesús que abren ante nosotros horizontes de plenitud para ser verdaderamente felices siempre con los demás

Dejémonos sorprender por las palabras de Jesús que abren ante nosotros horizontes de plenitud para ser verdaderamente felices siempre con los demás

Deuteronomio 4,32-40; Sal 76; Mateo 16,24-28
Hay cosas, palabras, hechos que nos resultan muchas veces paradójicos; nos cuesta entenderlos, porque puede parecer que se contradicen en si mismas. Y algunas veces el mensaje del evangelio choca con nuestra manera de pensar o de ver las cosas; en nuestras lógicas humanas nos parece que las cosas han de transcurrir por un camino, pero viene Jesús y nos dice algo que nos deja desconcertados, porque es una nueva visión, un nuevo sentido a aquello que nos parecía que teníamos muy claro. Y os digo una cosa, si en verdad queremos seguir el camino de Jesús, dejémonos sorprender.
Hoy Jesús nos habla de cruz y eso nos puede parecer una ignominia; en la cruz morían los peores malhechores, esa muerte no se deseaba a nadie. Hablarnos de cruz nos hace pensar en sufrimiento y en muerte. Pero la paradoja está que cuando Jesús nos habla de cruz nos está hablando de vida, nos está hablando de amor.
¿Es necesario buscar la cruz y la muerte como si fuera un destino fatídico y algo sádico a lo que hemos de someternos? Pero  no es así como tenemos que hacernos la pregunta. La pregunta sería si somos capaces de amar, de darnos, de entregarnos por ese amor hasta las últimas consecuencias. Amamos y queremos vivir; amamos y queremos trasmitir vida; amamos y queremos la vida para aquel a quien amamos; amamos y por quien amamos somos capaces de todo en nombre de ese amor.
Y cuando amamos de verdad – no solo con bonitas palabras como si todo fuera un sentimentalismo y un romanticismo – somos capaces hasta de olvidarnos de nosotros mismos por ese amor. ¿No es eso lo que hace el enamorado de verdad? Tendrá momentos de romanticismo, de bonitas palabras, de poesía y música por así decirlo, de emociones y sentimientos, pero no nos quedamos ahí, ese amor va mucho más allá porque se convierte en vida y en sentido de vida. No importa ya que haya momentos en que haya que sufrir por ese amor, en que nos neguemos muchas cosas para nosotros porque queremos darlo todo por quien amamos.
Es lo que nos está queriendo decir Jesús hoy. Tomar la cruz, tomar el camino de la cruz es tomar el camino del amor y de la vida; ese camino de amor y de vida que nos lleva a la mayor plenitud, a la mayor felicidad. Porque en la verdadera felicidad no nos buscamos a nosotros mismos; la verdadera felicidad no la vivimos en solitario, la verdadera felicidad la viviremos siempre con quien amamos; vivir la verdadera felicidad siempre nos llevará a los otros, porque de lo contrario no seriamos verdaderamente felices.
Claro que eso no siempre será fácil, porque tendremos que aceptar muchas limitaciones en nosotros o limitaciones que veamos en la persona amada; pero es que estamos emprendiendo un camino de superación, de crecimiento y eso siempre cuesta. En la superación y en el crecimiento se está abriendo ante nosotros nuevos caminos, nuevas posibilidades, nuevos horizontes en los que buscamos siempre la plenitud.
Para alcanzar esa plenitud tendremos que desprendernos quizá de muchas cosas que como rémoras nos pueden impedir avanzar. Será controlar violencias y orgullos que aparecen en el corazón, será controlar malos sentimientos que puede florecer en cualquier momento por nuestros celos o desconfianzas, será comenzar a mirar con mirada nueva porque quitemos las oscuridades de las envidias o los resentimientos, y así tantas cosas. Camino de cruz, de purificación, pero que es camino de vida que hacemos por amor.
¿Paradojas, como decíamos al principio? No, es descubrir el verdadero camino que nos conduce a la vida en plenitud y que verdaderamente nos hará felices viviendo esa felicidad siempre con los demás.

domingo, 14 de agosto de 2016

La Buena Nueva de Jesús que anunciamos con el testimonio de nuestra vida no temamos que se convierta en signo de contradicción en medio de nuestro mundo

La Buena Nueva de Jesús que anunciamos con el testimonio de nuestra vida no temamos que se convierta en signo de contradicción en medio de nuestro mundo

Jeremías 38, 4-6.8-10; Sal 39; Hebreos 12,1-4; Lucas 12,49-53

Las palabras que escuchamos hoy a Jesús en el evangelio nos resultan una paradoja que nos llevan de alguna manera – eso al menos parece a primera vista – a una contradicción. Nos pudieran parecer que van en contra de lo que El a lo largo del Evangelio nos viene enseñando. Parece que nos hablara de destrucción, de guerras y enfrentamientos hasta entre hermanos y familias, y de angustias que diera la impresión que nos quita la paz.
¿Es eso lo que realmente produce el evangelio en nosotros? Y cuidado que en nuestras interpretaciones para suavizar las cosas caramelicemos las palabras de Jesús. De entrada en nuestro comentario ir diciendo que ya desde su nacimiento se vió la paradoja que era la vida de Jesús. ¿Verdaderamente es Jesús el Hijo de Dios que se hizo hombre? ¿Cómo le vemos en esa humildad y pobreza que fue su nacimiento que por no tener no se tenía ni una cuna donde recostar al recién nacido? ¿Cómo se nos irá presentando Jesús a lo largo del evangelio?
Ya nos meditará más tarde san Pablo que el que tenía la categoría de Dios tomó la condición de uno de tantos, de un esclavo, sometiéndose a la muerte, y a la muerte más ignominiosa que fue la muerte de Cruz. Ya había anunciado el anciano Simeón de aquel niño que era presentado en el templo que sería signo de contradicción.
Y es efectivamente que la Buena Nueva que Jesús nos anuncia tiene que producir un impacto grande en nuestra vida como para no dejarnos tranquilos. Es cierto que son palabras consoladoras, que nos anuncian paz en nuestros corazones y misericordia para nuestra vida pecadora, pero son anuncio de una transformación grande que tendrá que producirse en nuestra vida y en nuestro mundo. La Buena Noticia que recibimos no es para que todo siga igual, porque entonces no sería una buena noticia sino un constatar como estamos y cómo vamos a seguir.
Escuchar el evangelio nos obliga a ponernos en camino hacia algo nuevo que Jesús nos anuncia y quiere de nosotros. Decimos que el Evangelio nos anuncia el Reino de Dios, pues para que reine de verdad Dios en nuestra vida muchas cosas tienen que cambiar en nosotros, en nuestro mundo, para arrancarnos de una vida de esclavitud y de pecado. Sí, es un fuego transformador que quemará en nosotros todo lo viejo, todo lo que haya de pecado para hacer florecer la nuevo, la vida nueva que brota de la gracia de Jesús. Un incendio nos puede parecer devastador, pero el incendio que Jesús quiere en nuestra vida es purificador, principio de una vida nueva.
Y nos habla Jesús de Bautismo. Qué lástima que cuando escuchamos esa palabra nos quedemos en un rito al que quizá le hayamos desvirtuado su significado verdadero. Bautismo es sumergirnos para significar una muerte en nosotros, de la que renacemos en una vida nueva. No es un simple lavado externo, es algo profundo lo que se tiene que realizar.
Y Jesús cuando habla de su bautismo está hablando de su pascua, de su muerte y resurrección. Es una forma de anunciarnos la pasión lo que nos está diciendo Jesús con estas palabras. Por eso habla, sí, de angustia, porque habla de dolor y de sufrimiento, de muerte. Ya al comienzo de la pasión en Getsemaní pedirá al Padre que pase de Él este cáliz, pero que está dispuesto a seguir adelante, que se haga la voluntad del Padre. Pero la pascua no termina en muerte sino en vida, en resurrección, signo de renovación, de vida nueva.
Y eso es lo que ha de realizarse en nuestra vida cuando escuchamos el evangelio. Como decíamos, es ponernos en camino de vida nueva. Es renovación, es transformación. No todos lo entenderán, como nos cuesta entenderlo y aceptarlo a nosotros también, reconozcámoslo. Y entre los nuestros, entre los que nos rodean, quizá muchas veces en nuestra propia familia, no van a entender el cambio que se produce en nosotros, ese nuevo estilo de vida que queremos vivir, que nos sentimos impelidos a vivir. Y no nos aceptarán, y se enfrentarán a nosotros, y querrán hacernos la vida imposible, y ya sabemos como en la sociedad que no quiere entender las palabras de Jesús podemos estorbar y querrán incluso quitarnos de en medio.
¿No es en cierto modo todas esas cosas que escuchamos ahora mismo, en nuestra propia sociedad, cuando se habla contra la Iglesia, cuando se nos insulta o se nos trata de ridiculizar, cuando se quiere hacer desaparecer todo signo religioso y cristiano, cuando nos quieren imponer sus ideas ateas y materialistas de la vida?
Por eso nos dice Jesús que no ha venido a traer paz sino división. Pero Jesús sí querrá que nosotros no perdamos nunca la paz, aunque por fuera tengamos esas guerras, esas violencias, esos ataques. El estilo de vida del cristiano siempre nos ha de hacer reaccionar en paz, nunca con violencia, siempre con misericordia y comprensión, siempre ofreciendo nuestro camino de amor, aunque no sea entendido.
No son tan paradójicas ni contradictorias las palabras de Jesús, sino que Jesús nos está anunciando como nosotros hemos de ser un signo en medio del mundo, un signo que manifieste lo que es el evangelio; tenemos que ser buena noticia de Jesús en el mundo que nos rodea, aunque suframos violencias, aunque nos vean como una contradicción. Nuestra vida, el testimonio de nuestra vida ha de ser siempre una palabra de amor; hemos de ser siempre signos de ese amor.