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martes, 27 de mayo de 2025

Os conviene que yo me vaya, nos dice Jesús, para que recibamos la fuerza de su Espíritu, para que nos pongamos en camino, para que arranquemos hacia una vida nueva

 


Os conviene que yo me vaya, nos dice Jesús, para que recibamos la fuerza de su Espíritu, para que nos pongamos en camino, para que arranquemos hacia una vida nueva

Hechos 16, 22-34; Salmo 137;  Juan 16, 5-11

Las despedidas son siempre costosas y tristes; confieso que a mi es algo que me parte el alma, pero tenemos que afrontarlas en la vida; es una ruptura pero es un arranque, porque se rompen unos lazos creando distancias, es cierto, pero es un arranque porque quien marcha se abre a otros caminos, descubre otros horizontes, se desprende de apegos y ataduras, comienza quizás una libertad nueva; arranque también para quien se queda porque comenzamos a creer más en nosotros mismos y comenzamos también a ver la vida, las cosas, las personas de manera distinta y no dependiendo siempre de nosotros, como confiar en el que marcha con sus posibilidades y sus potencialidades.

Pero como decimos, aunque sepamos todas estas cosas, siempre hay una tristeza que se nos mete en el alma. Cuando hay una despedida por una marcha siempre queremos dejar o queremos que nos dejen un recuerdo, algo que vamos a tener muy presente a nuestro lado para no olvidar a quien marchó. ¡Cuántos recuerdos en este sentido vamos acumulando en la vida!

Es la situación en la que nos encontramos hoy en las páginas del evangelio. ‘Os digo la verdad, nos dice Jesús hoy o le dijo entonces a los discípulos, conviene que yo me vaya’. Andaban tristes porque ellos presentían algo, aunque no habían terminado de comprender todo lo que Jesús les había anunciado. ‘Por haberos dicho esto, la tristeza os ha llenado el corazón’, les dice Jesús. Era consciente del mal momento por el que estaban pasando.

Pero no les va a dejar solo un recuerdo, como nosotros cuando nos despedimos de alguien. Ya les había dejado unos signos diciéndoles que era algo que ellos tenían que hacer, cuando les había lavado los pies. Había dejado el mandamiento del amor, para que aprendiéramos a amar como El nos había amado. Pero ahora promete la asistencia de su Espíritu, que estará siempre con ellos, que les descubrirá todas las cosas, que les hará emprender una tarea nueva con su fuerza.

La Pascua era un arranque para algo nuevo, como antes decíamos, para un mundo nuevo, para una vida nueva. A partir de la Pascua era posible una vida nueva, era necesario que se sintieran firmes y seguros para no derrumbarse en lo que les podía parecer una hecatombe, ni seguir encerrados con sus miedos. Algo nuevo tenía que comenzar y era posible realizarlo, para eso les dejaba su Espíritu. Pero convenía que El marchase, para que sintieran la fuerza del Espíritu, para que se pusieran a caminar abriendo las puertas cerradas por el miedo. Lo vamos a contemplar cuando llegue Pentecostés y ellos se echen a la calle. Es lo que ahora les está anunciando Jesús. Las tristezas había que superarlas y un empuje nuevo iban a sentir en sus vidas.

Pero esto lo escuchamos no solo como algo dicho y sucedido entonces a los apóstoles, sino como una realidad que nosotros tenemos que vivir. Litúrgicamente nos encontramos en las vísperas de la Ascensión del Señor. ¿Una despedida? ¿Un quedarnos apesadumbrados y hundidos por la tristeza simplemente contemplando la marcha de Jesús al cielo? ¿Un ponernos de nuevo en camino?

La promesa de la presencia del Espíritu ahí está claramente en las palabras de Jesús. Es lo que tenemos que esperar, es a lo que tenemos que abrir el corazón, es el comienzo de un nuevo camino porque escucharemos que somos enviados por el mundo para llevar esa buena noticia, y podremos hacerlo, seremos capaces de hacerlo, creemos no solo en nosotros mismos sino en la presencia en nuestro corazón y en el corazón de la Iglesia del Espíritu del Señor.

jueves, 6 de agosto de 2020

Subir al Tabor no es para quedarnos extasiados porque allí estamos bien sino punto de partida de nuevos caminos y nuevos horizontes que se pueden abrir ante nosotros

Subir al Tabor no es para quedarnos extasiados porque allí estamos bien sino punto de partida de nuevos caminos y nuevos horizontes que se pueden abrir ante nosotros

2 Pedro 1, 16-19; Sal 96; Mateo 17, 1-9

¡Qué bien se está aquí! ‘Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí!’ La reacción de Pedro y por asentimiento de los otros dos discípulos que habían subido con Jesús aquella montaña alta. La reacción que tenemos cuando nos sentimos a gusto en un lugar, sobre todo después quizás de un esfuerzo grande y llega el momento de relax, de descanso, de pausa, de silencio después de la algarabía.

En las carreras locas en que muchas veces vamos por la vida que parece que nunca tenemos tiempo para detenernos si un día llega ese momento en que podemos parar y relajarnos, ya no queremos salir de allí; ansiamos esos momentos como los de gran felicidad, aunque no siempre sabemos aprovecharlos. Quizá son esos momentos que tantos deseamos en medio de los problemas de la vida, los momentos que buscamos aunque algunas veces los tenemos más cerca de lo que pensamos cuando la vida se nos desestabiliza y perdemos la rutina de lo que veníamos haciendo un día y otro.

Deseamos quizás ese momento que nos ayude a pensar, lo tenemos a mano, pero seguimos buscando otras rutinas u otras carreras como las que siempre habíamos vivido y no aprovechamos las oportunidades que se nos ofrecen que quizá podrían ser un buen arranque para un cambio a mejor en la vida. En los últimos meses la vida, la situación que hemos vivimos y seguimos viviendo nos obligó a hacer paradas, a dejar a un lado esas carreras locas, pero buscábamos quizá en qué entretenernos y no hemos sabido sacarle jugo a toda esta situación. Pero quizá seguimos diciendo ¡qué bien se está aquí si esto durara!

Me estoy haciendo toda esta reflexión a partir de esa frase que le salió espontánea a Pedro cuando contempló aquellos momentos de gloria en el Tabor, que también le llenarían de mucha paz en el corazón. Jesús se los había llevado a aquella montaña alta, haciendo una pausa en aquel caminar de un lado para otro en medio de las llanuras y aldeas de Galilea, porque al manifestarles su gloria en la transfiguración aquello podía ser un buen punto de partida para que terminaran de comprender todo el Misterio de Dios que en El se manifestaba y que fuera además preparación para los momentos duros que se avecinaban en la cercana pascua en Jerusalén.

Aquello  había sido un momento, un momento importante, pero por muy bien que estuvieran no se podían quedar allí. Había que seguir el camino hasta la Pascua, había que bajar de nuevo de la Montaña de la Transfiguración porque tendrían que llegar a la montaña de la pascua, de la pasión y de la muerte para poder finalmente contemplar la gloria de la resurrección de la que ahora estaban como pregustando sus mieles. De alguna manera para los discípulos era incierto lo que se avecinaba, aunque Jesús bien sabía cuál era el camino.

Como nosotros que seguimos en el camino de la vida, volviendo quizá a los mismos caminos y viéndonos obligados a emprender otros distintos. Es lo que tenemos que descubrir, es a lo que tiene que ayudarnos este parón que en la vida estamos haciendo. El camino que iban a recorrer Jesús y sus discípulos hasta llegar al calvario y a la mañana del sepulcro vacío realmente para ellos iba a ser un camino nuevo. Jesús les estaba preparando porque tras la pascua vendría el envío, y sí que tendrían que emprender nuevos caminos iluminados solo por la fe.

¿No necesitaremos nosotros también esa luz de la fe? Cuantos nuevos horizontes pueden aparecer en nuestra vida a donde dirigir nuestros caminos. Y saldremos de estas situaciones, y nos arrancaremos de nuestros problemas, y tendremos en muchas ocasiones que emprender una vida distinta que se nos presenta bastante incierta en las decisiones que tendremos que tomar. Pero la luz del Tabor tiene que seguir iluminándonos en esa bajada de la montaña y ese camino que vamos a realizar y que tenemos que hacerlo con un sentido nuevo.

Cada uno pensemos en nuestra situación, en nuestros problemas, en nuestras dudas y hasta en nuestros miedos, cada uno pensemos en ese camino que el Señor nos está llamando a recorrer.

 


lunes, 30 de octubre de 2017

Nada debe hacernos ir encorvados por la vida porque nos impida vivir con autenticidad lo que somos y lo que es la búsqueda sincera del bien de los demás

Nada debe hacernos ir encorvados por la vida porque nos impida vivir con autenticidad lo que somos y lo que es la búsqueda sincera del bien de los demás

Romanos 8,12-17; Sal 67; Lucas 13,10-17

Hay cosas que vamos aprendiendo en la vida, que se nos van inculcando desde pequeño y que pretenden enseñarnos unos valores, hacer que tengamos buenas costumbres en las que no solo nos manifestemos con dignidad sino que también tratemos con dignidad a los demás, que se van convirtiendo en norma, en plantilla por así decirlo, de nuestra conducta.
Es bueno y necesario que vayamos aprendiendo esos principios que van configurando nuestra vida, le van dando un sentido y tenemos que comprender bien el por qué lo hacemos, lo que pretendemos, y evitar que se conviertan en una rutina o que las hagamos así porque así sin darle una razón o sentido y al final vayamos siendo esclavos de esas normas que de entrada lo que pretendían era lo mejor para nosotros.
Que tengamos que lavarnos las manos o nuestro cuerpo por razones de higiene personal y también por dignidad y respeto a los que nos rodean, está bien, ahora que lo convirtamos en un escrúpulo que nos hace esclavos de esa limpieza de manera que sea una obsesión para nosotros ya no es tan bueno. Hemos de darle sentido a las cosas y vivirlas en su propio sentido y valor.
El respeto al día del Señor era algo inculcado en el pueblo judío con mucha intensidad, por una razón teológica por una parte porque era un reconocimiento de que Dios es el centro de la vida y a El hemos de mostrar todo nuestro amor y rendirle culto, pero también iba acompañado de una razón humanitaria por así decirlo, porque ese descanso es necesario para el hombre para no hacerse esclavo de trabajo y para tener un tiempo para si y para los suyos en un tiempo, por así decirlo, lúdico.
De ahí nacía el descanso sabático que buscando ese descanso y ese día para el Señor te impedía realizar cualquier tipo de trabajo. Pero eso pronto en Israel se llenó de normas y preceptos que prescribían hasta el más mínimo detalle lo que se podía y no se podía hacer. Y allá estaban los cumplidores fariseos, obsesionados con el descanso sabático para exigir el más estricto cumplimiento. ¿Es bueno el descanso sabático? No lo podemos negar pero no podemos convertirlo en una obsesión que llegue a impedirnos actuar con verdadera libertad.
En ese marco sucede el episodio que nos narra el evangelio hoy. Era sábado. Estaban en la sinagoga, para el culto, la oración y la proclamación de la lectura de la ley y los profetas. En medio anda una mujer encorvada a causa de la enfermedad. Y Jesús la cura. Surge la sorpresa porque era sábado. Para allá andan los fariseos con ojo avizor. Pero vemos la libertad de la actuación de Jesús, el amor que lo motivo, y la liberación que quiere significar para todos aquel signo.
No quiere Jesús que vayamos encorvados por la vida. muchos pesos pueden caer sobre las espaldas de nuestra vida que resten nuestra libertad. La vida superficial a la que nos sentimos abocados tantas veces resta mucho la valoración profunda que le hemos de dar a lo que hacemos; el estar pendientes de lo que puedan pensar o decir los demás nos puede impedir que nos mostremos tal como somos y manifestemos también lo que son nuestros verdaderos principios; las rutinas con que hacemos las cosas, simplemente porque hay que hacerlas pero sin buscarle su verdadero sentido pueden ser también un lastre para nuestra vida; el dejarnos arrastrar por la corriente de lo que todos hacen puede terminar volviéndonos insolidarios e injustos en nuestro trato o en la valoración que hagamos de los demás.
Muchas pueden ser las trabas que nos vayamos imponiendo en la vida y que a la larga nos hacen caminar encorvados. Pero Jesús viene a darnos la verdadera libertad, a arrancarnos de esas cosas que nos esclavizan, a abrir nuevos horizontes en nuestra vida y nuevos caminos que nos conduzcan a ser más libres, más solidarios, más justos, más auténticos en nuestro trato con los demás, como manera de hacer un mundo mejor. Dejemos que Jesús ponga su mano de amor sobre nosotros y nos levante.

domingo, 13 de agosto de 2017

Muchas pueden ser las dudas y oscuridades que tengamos en la travesía de la vida pero Jesús estará siempre con nosotros siendo nuestra luz y nuestra fortaleza

Muchas pueden ser las dudas y oscuridades que tengamos en la travesía de la vida pero Jesús estará siempre con nosotros siendo nuestra luz y nuestra fortaleza

1Reyes 19, 9a. 11-13ª; Sal 84; Romanos 9, 1-5; Mateo 14, 22-33
Siempre andamos en caminos de búsqueda. De una forma o de otra, pero buscamos, queremos saber, queremos conocer algo más, algo nuevo; buscamos porque nos sentimos insatisfechos y con hambre; no contentos con lo que somos o con lo que tenemos queremos algo distinto, algo nuevo, deseamos algo más.
Buscamos porque queremos ir más allá, aunque eso entrañe riesgos; es como atravesar un mar nuevo, desconocido quizá o que nos puede propinar sorpresas; pero en el fondo es que queremos trascendernos porque lleguemos nosotros a algo distinto o porque lleguen nuestras cosas o lo que somos a los demás y puedan serle también de ayuda.
Buscamos porque no queremos quedarnos en metas mezquinas y caducas, tenemos ansia de algo más grande, más perfecto, algo que nos satisfaga por dentro. Queremos salirnos de oscuridades que nos ahogan o nos encierran, porque la luz nos da libertad, nos hace ser más nosotros mismos y nos conduce a una mayor plenitud. No nos contentamos con que nos digan lo que tenemos que hacer o cómo tenemos que ser, queremos ampliar horizontes para nuestra vida.
Pueden ser muchas las maneras cómo hagamos la búsqueda; preguntando, escuchando, abriendo los ojos y los oídos a la vida, a lo que sucede, a lo que piensan los demás; queriendo quizá saber por nosotros mismos, palpando con algo más que nuestras manos lo que vamos encontrando porque lo pasamos por el tamiz de nuestra reflexión, porque comparamos unas cosas y otras buscando sentido, razón de ser de lo que encontramos; poniéndonos en camino porque nos abrimos a nuevos horizontes, atravesando los mares de la vida; arriesgándonos a salir de lo que ya somos o tenemos, a salir de seguridades que nos atan, quitando miedos y temores.
Sin embargo a pesar de todas esas ansias de búsqueda, que son deseos de plenitud que hay en nosotros, a veces dudamos y nos confundimos, tenemos miedos y nos acobardamos, nos parece que andamos perdidos, sentimos la soledad allá en lo más hondo de nosotros mismos aunque estemos rodeados de muchos, mientras nos entran momentáneas valentías que parece que nos hacen correr luego nos vienen los tropiezos y los desánimos.
¿Cómo encontrar seguridad? ¿Dónde poner nuestros apoyos? ¿Dónde encontramos luz para ese camino?
Ha surgido en mi interior toda esta reflexión que me vengo haciendo al leer y meditar el evangelio de este domingo que nos habla también de una travesía. Después de aquellos episodios del desierto con la multitud que seguía a Jesús, que buscaba a Jesús y se vieron hambrientos en aquellos descampados sin saber donde acudir para saciar su hambre cuando Jesús hizo que se multiplicaran los panes y los peces para que todos comieran, Jesús embarcó a los discípulos para que atravesaran el lago hacia la otra orilla a pesar de que la noche ya comenzaba a caer.
Fue una travesía que se les hizo difícil. Hasta el viento lo tenían en contra y Jesús no estaba con ellos. Remaban buscando alcanzar la otra orilla pero  no lograban avanzar; las dudas y los miedos comenzaron a aparecer en sus corazones por haberse embarcado en aquella travesía y hasta les pareció ver fantasmas. Se sentían solos y perdidos a pesar de que eran unas aguas que tantas veces habían atravesado.
Como nos encontramos tantas veces en la vida. Aunque parece que todo sigue igual nos llegan también momentos de incertidumbres y de dudas, de desorientación y no saber que buscar ni entender cuanto nos sucede. Tenemos buenos deseos en nosotros pero no siempre parece que podamos realizarlos y no alcanzamos las metas que nos proponemos en la vida. Los problemas en ocasiones se nos amontonan y será en la familia, será en el trabajo, será en nuestras relaciones con los demás, será en eso bueno que quizás nos habíamos propuesto realizar y que ahora no nos sale, será en el camino de nuestra vida espiritual o nuestro compromiso cristiano, son tantas las cosas que nos hacen perder la estabilidad y la paz.
Pero Jesús no nos deja solos en esa travesía, en esa búsqueda. Nunca nos vamos a sentir solos. Nosotros, es cierto, buscamos porque hay cierta inquietud en nuestro interior, pero es El quien nos sale al encuentro. Algunas veces, como sucede en el evangelio de hoy, nos confundimos, no lo vemos claro, queremos pruebas. Decían que era un fantasma, pero cuando Jesús les dice que era El, Pedro quiere asegurarse y como prueba le pide que él también pueda ir caminando sobre el agua como hace Jesús. Y camina hacia Jesús, pero a la menor dificultad, una ola que parece levantarse, Pedro duda y se hunde. Pero allí está la mano de Jesús.
Creo que podemos ver el cierto paralelismo de aquellas búsquedas de nuestra vida, de las que antes hablábamos, con este pasaje del evangelio. Y de una cosa si hemos de estar ciertos y seguros, que Jesús no nos abandona, sale a nuestro encuentro, tiende su mano para levantarnos, nos llevará siempre a buen puerto.
Con Jesús nuestra vida se trasciende; con Jesús todo va a tener un hondo sentido; con Jesús caminaremos siempre abiertos a nuevos horizontes y a la búsqueda de metas bien altas. Con Jesús no nos sentiremos nunca solos ni en oscuridad, aunque haya momentos de dudas, de flaquezas en nuestra vida, porque Jesús quiere seguir siempre contando con nosotros. Con Jesús vamos a encontrar esa plenitud de nuestra vida, caminos de verdadera felicidad, paz para siempre en nuestro corazón.

viernes, 11 de agosto de 2017

Dejémonos sorprender por las palabras de Jesús que abren ante nosotros horizontes de plenitud para ser verdaderamente felices siempre con los demás

Dejémonos sorprender por las palabras de Jesús que abren ante nosotros horizontes de plenitud para ser verdaderamente felices siempre con los demás

Deuteronomio 4,32-40; Sal 76; Mateo 16,24-28
Hay cosas, palabras, hechos que nos resultan muchas veces paradójicos; nos cuesta entenderlos, porque puede parecer que se contradicen en si mismas. Y algunas veces el mensaje del evangelio choca con nuestra manera de pensar o de ver las cosas; en nuestras lógicas humanas nos parece que las cosas han de transcurrir por un camino, pero viene Jesús y nos dice algo que nos deja desconcertados, porque es una nueva visión, un nuevo sentido a aquello que nos parecía que teníamos muy claro. Y os digo una cosa, si en verdad queremos seguir el camino de Jesús, dejémonos sorprender.
Hoy Jesús nos habla de cruz y eso nos puede parecer una ignominia; en la cruz morían los peores malhechores, esa muerte no se deseaba a nadie. Hablarnos de cruz nos hace pensar en sufrimiento y en muerte. Pero la paradoja está que cuando Jesús nos habla de cruz nos está hablando de vida, nos está hablando de amor.
¿Es necesario buscar la cruz y la muerte como si fuera un destino fatídico y algo sádico a lo que hemos de someternos? Pero  no es así como tenemos que hacernos la pregunta. La pregunta sería si somos capaces de amar, de darnos, de entregarnos por ese amor hasta las últimas consecuencias. Amamos y queremos vivir; amamos y queremos trasmitir vida; amamos y queremos la vida para aquel a quien amamos; amamos y por quien amamos somos capaces de todo en nombre de ese amor.
Y cuando amamos de verdad – no solo con bonitas palabras como si todo fuera un sentimentalismo y un romanticismo – somos capaces hasta de olvidarnos de nosotros mismos por ese amor. ¿No es eso lo que hace el enamorado de verdad? Tendrá momentos de romanticismo, de bonitas palabras, de poesía y música por así decirlo, de emociones y sentimientos, pero no nos quedamos ahí, ese amor va mucho más allá porque se convierte en vida y en sentido de vida. No importa ya que haya momentos en que haya que sufrir por ese amor, en que nos neguemos muchas cosas para nosotros porque queremos darlo todo por quien amamos.
Es lo que nos está queriendo decir Jesús hoy. Tomar la cruz, tomar el camino de la cruz es tomar el camino del amor y de la vida; ese camino de amor y de vida que nos lleva a la mayor plenitud, a la mayor felicidad. Porque en la verdadera felicidad no nos buscamos a nosotros mismos; la verdadera felicidad no la vivimos en solitario, la verdadera felicidad la viviremos siempre con quien amamos; vivir la verdadera felicidad siempre nos llevará a los otros, porque de lo contrario no seriamos verdaderamente felices.
Claro que eso no siempre será fácil, porque tendremos que aceptar muchas limitaciones en nosotros o limitaciones que veamos en la persona amada; pero es que estamos emprendiendo un camino de superación, de crecimiento y eso siempre cuesta. En la superación y en el crecimiento se está abriendo ante nosotros nuevos caminos, nuevas posibilidades, nuevos horizontes en los que buscamos siempre la plenitud.
Para alcanzar esa plenitud tendremos que desprendernos quizá de muchas cosas que como rémoras nos pueden impedir avanzar. Será controlar violencias y orgullos que aparecen en el corazón, será controlar malos sentimientos que puede florecer en cualquier momento por nuestros celos o desconfianzas, será comenzar a mirar con mirada nueva porque quitemos las oscuridades de las envidias o los resentimientos, y así tantas cosas. Camino de cruz, de purificación, pero que es camino de vida que hacemos por amor.
¿Paradojas, como decíamos al principio? No, es descubrir el verdadero camino que nos conduce a la vida en plenitud y que verdaderamente nos hará felices viviendo esa felicidad siempre con los demás.

lunes, 29 de febrero de 2016

Abramos los horizontes de nuestra vida de fe llevando el evangelio con valentía a tantos que necesitan esa luz de esperanza

Abramos los horizontes de nuestra vida de fe llevando el evangelio con valentía a tantos que necesitan esa luz de esperanza

2Reyes 5,1-15ª; Sal 41; Lucas 4,24-30

Peligroso es ponerle vallas a los horizontes de la vida, pero algunas veces quizá inconscientemente se las ponemos. Una mirada que nos cierre el horizonte nos encierra la vida, nos limita posibilidades, nos impide soñar con plenitud. Necesitamos a abrirnos a algo más que lo que cada día hacemos y vivimos. No podemos quedarnos en la rutina de lo que siempre hacemos o pensando que no hay otra forma, otra mirada más amplia, otra opinión aunque estemos muy convencidos de lo que pensamos y son nuestros principios. Nos hace confrontar ideas y pensamientos, nos enriquece con algo nuevo, nos purifica de rutinas y de apegos, nos hace ir a lo que verdaderamente es fundamental, nos hace ver con más claridad la vida y por lo que luchamos.
Jesús viene a abrirnos horizontes para que encontremos en verdad esa plenitud y ese sentido verdadero a lo que vivimos, por lo que luchamos, lo que somos en verdad. Algunas veces nos cuesta; parece que deseamos simplemente dejarnos llevar por lo que siempre hacemos, pero así vemos cómo nuestra vida se limita, se encierra, perdemos el sueño de algo más grande.
Lo vemos en lo que es nuestra vida personal de cada día en la que al final si no tenemos esos horizontes parece que todo se nos vuelve monótono y aburrido y lo vemos en nuestras comunidades ya sean simplemente nuestras comunidades humanas o ya sea nuestras comunidades eclesiales. De ahí esa atonía que viven nuestros pueblos; de ahí esa atonía que vivimos muchas veces en nuestra Iglesia donde perdemos incluso ese impulso misionero para salir a buscar, a anunciar, a llevar ese mensaje de vida que nos trae Jesús. Nos contentamos en nuestras comunidades eclesiales en los que ya venimos siempre y que seamos buenos, pero nos falta ese coraje para ir al encuentro con nuestro mundo, porque olvidamos esa misión universal que tenemos.
Es lo que les costó aceptar a las gentes de Nazaret. Vivían muy encerrados en sí mismos con unos horizontes muy limitados. Ahora su orgullo se había alimentado cuando habían visto que uno de su pueblo hablaba como hablaba y hacía los prodigios que habían escuchado que iba haciendo por todas partes. Pero cuando Jesús quiere abrirles horizontes, les habla de una universalidad del Reino que ha de llegar más allá de sus fronteras, pero les recuerda que eso ya estaba anunciado con hechos en la misma vida de los profetas, y eso les cuesta aceptarlo. Cuando no ven que Jesús realiza allí los prodigios que en otras partes han escuchado que realiza, les gusta menos. Cuando Jesús viene a descubrirles el sentido de una fe más auténtica, le rechazan. Querían despeñarlo en el barranco del monte.
Jesús viene a ser ese revulsivo en nuestra vida que tanto necesitamos, aunque nos cueste aceptarlo. Abramos en verdad el corazón al evangelio de Jesús y seamos capaces de compartir su mensaje haciéndonos misioneros, portadores de evangelio para los demás. Hagamos en verdad una iglesia misionera, como nos dice el Papa Francisco, seamos capaces de ir a las periferias. E ir a las periferias no siempre significa ir a países lejanos, porque esa periferia la tenemos cerca de casa, en los que nos rodean y conviven con nosotros a los que tenemos que llevar esa esperanza y esa luz del evangelio.