jueves, 11 de agosto de 2016

Seamos capaces de ser misericordiosos con los demás después de tantos signos de misericordia que hemos recibido de Dios en nuestra vida

Seamos capaces de ser misericordiosos con los demás después de tantos signos de misericordia que hemos recibido de Dios en nuestra vida

Ezequiel 12,1-12; Sal 77; Mateo 18,21–19,1
¿Cómo es posible que no seamos capaces de ser misericordiosos con los demás con tantos signos de misericordia que hemos recibido en nuestra vida? Pareciera que olvidamos nuestras debilidades, nuestros fallos y cuantas muestras de comprensión, de paciencia, de misericordia han tenido con nosotros tantas veces.
Nos volvemos en ocasiones insensibles y duros, exigentes más con los otros que con nosotros mismos; olvidamos nuestras limitaciones y los errores que tantas veces hemos cometido en la vida; nos creemos merecedores de todo y nos creemos quizá con derecho a que tengan paciencia con nosotros que erramos una y otra vez y que no siempre mostramos suficientes señales de arrepentimiento y de que seriamente queremos corregirnos.
Desde esas posturas, desde esas actitudes surge el que tanto nos cueste perdonar, el que nos hagamos esa consabida pregunta de si tenemos que estar perdonándole a los demás una y otra vez las cosas con las que nos hayan podido ofender. Es la pregunta que le hace Pedro a Jesús.
Repetidamente Jesús en el evangelio nos habla del sentido del verdadero amor y cómo hemos de amar a todos incluso a nuestros enemigos. Recordamos que nos decía que en algo teníamos que diferenciarnos los que pretendíamos seguirle, ser sus discípulos y pertenecer al Reino que El nos anunciaba. Es más nos decía también cómo nuestro amor a los enemigos debería llevarnos también a rezar por ellos.
Entendían fácilmente que teníamos que amarnos como hermanos, que no podíamos dejar de amar a los que nos amaban y nos hacían bien porque era además una forma de ser agradecidos, eso de amar a todos era una forma genérica de hablar, pero cuando llegaban a lo concreto de tener que amar a los que nos habían ofendido eso era cuestión de otro cantar. Les costaba a ellos entenderlo como nos cuesta a nosotros también, hemos de reconocerlo.
‘Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?’ Es la pregunta de Pedro que refleja también la pregunta que rebrota dentro de nosotros tantas veces. Ya sabemos la respuesta de Jesús. ‘No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete’. Está diciéndonos Jesús cómo tenemos que perdonar siempre. Y para ello nos propone una parábola.
Parábola que nos refleja toda la misericordia que Dios tiene con nosotros, imagen de la misericordia con que nosotros hemos de actuar con los demás. ¿Pero no decimos ‘perdónanos nuestros ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden’? Así nos enseño Jesús a orar. Y creo que si rezáramos el padrenuestro con una mínima atención y dijéramos esas palabras con total sinceridad otra forma tendríamos de mirar al hermano que nos haya ofendido. Da la impresión que decimos tan deprisa el padrenuestro que pasamos por alto esa parte del perdón y casi no la decimos para no vernos nosotros comprometidos a perdonar también.
Seamos compasivos y misericordiosos como sabemos bien que Dios es infinitamente compasivo y misericordioso con nosotros que somos tan pecadores. 

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