sábado, 13 de agosto de 2016

Nos hacemos como niños aprendiendo de su ternura, copiando su sonrisa en nuestros semblantes y poniendo confianza en nuestro corazón y viviremos el Reino de Dios

Nos hacemos como niños aprendiendo de su ternura, copiando su sonrisa en nuestros semblantes y poniendo confianza en nuestro corazón y viviremos el Reino de Dios

Ezequiel 18,1-10.13b.30-32; Sal 50; Mateo 19,13-15

‘Dejadlos, no impidáis a los niños acercarse a mí; de los que son como ellos es el reino de los cielos’. Habían acudido muchas madres llevando a sus niños a Jesús para que los bendijera. Era una costumbre entre los rabinos. Pero allí están muy celosos del descanso de Jesús sus discípulos más cercanos. No querían que molestaran a Jesús, después quizá de aquellas largas caminatas por los caminos de Galilea y las intensas horas de estar hablando y enseñando a las gentes. No quiere Jesús que les impidan a los niños llegar hasta Él.
Seguro que aquellas bendiciones de Jesús eran bien distintas de las que quizá ritualmente hicieran los letrados y rabinos. Jesús amaba a los niños, les tenía en cuenta, se sentía a gusto entre ellos, nos los ponía como ejemplo de cómo tenemos que ser. ¿Qué ejemplo puede darnos un niño? Podrían pensar algunos. Pero Jesús dice que hay que hacerse como ellos para ser del Reino de los Cielos, para entender lo que es vivir el Reino de Dios.
La sonrisa de un niño cautiva el corazón, la ternura que manifiestan de forma espontánea nos mueve también a nosotros a sentimientos semejantes;  ¿quién no es tierno con un niño? El que no sabe vivir esa ternura es porque quizá ha ennegrecido demasiado el corazón o  lo ha llenado de tantas cosas que ya no hay cabida para el amor. ¿Quién no se conmueve ante la imagen de un niño que camina confiado porque sabe que su padre lo lleva de la mano y con él a su lado nada le puede pasar? La alegría con que el niño se expresa cuando va caminando al lado de aquel en quien confía es contagiosa y nos hace mirar las cosas con otros ojos, con una mirada distinta; no tiene malicia en su corazón y no es capaz de actuar con malicia aunque realice las travesuras de un niño que siempre estaremos dispuestos a perdonar.
Antes nos preguntábamos qué ejemplos nos puede dar un niño y pienso que recordando estas cosas que hemos ido haciendo mención podríamos estar descubriendo, sí, cuantas cosas podemos aprender de un niño. Necesitamos ese corazón puro y limpio para poder contemplar a Dios. Ya nos lo decía Jesús en las bienaventuranzas, ‘dichosos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios’. Y Jesús nos dirá en otro momento advirtiéndonos de qué no les hagamos daño, porque sus Ángeles están contemplando siempre el rostro de Dios; yo lo traduciría en los ojos puros de un niño podemos contemplar ese rostro de Dios.
¿Por qué no andar nosotros confiados, como si fuéramos de la mano, poniendo toda nuestra vida en las manos de Dios que es nuestro Padre? Recordemos cómo en otro momento Jesús nos hablará de la providencia de Dios que cuida de nosotros que somos sus hijos mucho más que de unas flores que hace florecer en nuestros campos, o unos pajarillos que cruzan nuestros aires y nos alegran con sus cantos.
Sintiendo el amor que Dios nos tiene, que es un amor de Padre, ¿no tendrá que brotar también la ternura en nuestro corazón? Hablábamos de la ternura y de la maravillosa sonrisa del rostro de un niño, y tendríamos que pensar que si lleváramos esa sonrisa en nuestros labios y en nuestro semblante con todo aquel que nos encontráramos en los caminos de la vida, haríamos un mundo mucho más hermoso y capaz de ser feliz.
‘Dejadlos, no impidáis a los niños acercarse a mí; de los que son como ellos es el reino de los cielos’ eran las palabras de Jesús con las que comenzábamos este comentario. ¡Cuánto podemos aprender!

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