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sábado, 14 de junio de 2025

Tenemos que ser creíbles, no por los juramentos que hagamos, o las muchas palabras vacías que digamos, sino por la autenticidad y sinceridad de nuestra palabra en consonancia con nuestra vida

 


Tenemos que ser creíbles, no por los juramentos que hagamos, o las muchas palabras vacías que digamos, sino por la autenticidad y sinceridad de nuestra palabra en consonancia con nuestra vida

2Corintios 5, 14-21; Salmo 102; Mateo 5, 33-37

Algunas veces nos encontramos con personas que parece que no saben pronunciar dos palabras sin que por medio esté un juramento. ¿Será porque sus palabras habitualmente son vacías y sin contenido y ahora para hacerse creíbles lo que hacen es utilizar el juramento como para darle valor o importancia a lo que dicen? Cuando de forma habitual no vamos con la verdad por delante, como se suele decir, o cuando andamos ocultando cosas, no siendo del todo sinceros en lo que hablamos o decimos, ya estamos pensando que la gente desconfía de nosotros y parece que entonces nos vemos obligados al juramento. Qué bonito sería ir con sencillez en nuestra vida, con palabras sinceras y verdaderamente llenas de contenido.

Es lo que el evangelio está queriendo decirnos. Por supuesto recuerda Jesús de entrada lo que estaba en los mandamientos desde siempre, que de ninguna manera podemos jurar en falso, jurar con mentira, pero también nos dice que no hay que hacerlo sin necesidad. Y sin necesidad de juramento estaríamos si nos acostumbráramos a ir siempre con sinceridad en la vida. Nuestra sinceridad es la que nos hace creíbles, y cuando sabemos que estamos tratando con una persona que es sincera, nunca le pediremos más garantías para aceptar aquello que nos dice.

Démosle pues verdadero contenido a nuestras palabras, autenticidad y verdad porque todo vaya acompañado por la forma en que nosotros vivimos. La sencillez y la humildad deben acompañarnos siempre y no necesitamos muchas palabras para comunicar la verdad que llevamos dentro a los demás. Por eso tenemos que saber ser reflexivos, madurando en nuestro interior aquello que vamos a expresar; así no saldrán palabras vacías, estamos cansados de tanta palabrería y de tantas promesas que se presentan seguramente como una pantalla para ocultar el vacío que llevamos dentro. Y eso, tenemos que reconocerlo, sucede en todos los ámbitos de nuestra sociedad. Por eso al final terminamos hastiados de tanta mentira y ya no creemos en nada ni en nadie.

Seguramente tienes la experiencia que aquellos momentos que han dado hondura a tu vida, porque quizás te hicieron ver las cosas de otra manera, porque encontraste el sentido de muchas cosas, se originó en un buen consejo, breve en palabras, que te dio alguien lleno de sabiduría; es lo que te hizo pensar, rumiar en tu interior, darle vueltas a las cosas y encontrar una luz para tu vida.

Que sepamos tener también nosotros esa palabra sabia que trasmitamos a los que están a nuestro lado; esa palabra que ofrecemos con humildad y sencillez; esa palabra que no hace alardes de nada, sino que en si misma es sabia porque antes nosotros la hemos rumiado y saboreado en nuestro interior; no será nunca una palabras vacía y hueca, una palabra sin sentido, siempre va a ser como un faro que nos ilumina, nos hemos dejado nosotros iluminar por ella, y con esa luz queremos hacerla llegar a los demás; será una palabra que nos sale de lo más hondo de nosotros mismos, porque de alguna manera con ella estamos dando parte de nosotros para enriquecer a los demás.

Es la autenticidad y la veracidad que nos pide Jesús. Nos pide que no andemos con juramentos sino que nos baste decir un si, o decir un no, en el momento oportuno. Es la sabiduría que vamos aprendiendo del evangelio, que da hondura a nuestra vida cristiana y nos hará más creíble el anuncio que nosotros hemos de hacer a los demás. La mejor garantía de credibilidad es la congruencia que mostremos entre nuestras palabras y nuestra vida; lo que no se vea realmente reflejado en nuestra vida nunca será aceptado por mucha palabrería que digamos o por muchos juramentos que hagamos.

sábado, 15 de junio de 2024

Aprendamos a confiar los unos con los otros; vayamos con la verdad por delante siempre; mostremos la sinceridad de nuestra vida, hagamos brillar la lealtad

 


Aprendamos a confiar los unos con los otros; vayamos con la verdad por delante siempre; mostremos la sinceridad de nuestra vida, hagamos brillar la lealtad

1 Reyes 19, 19-21; Salmo 15; Mateo 5, 33-37

¿Por qué nos costará tanto en el mundo en que vivimos creer en la palabra de los demás? Será quizás porque ya voy siendo mayor que recuerde aquellos tiempos en que no eran necesario ni papeles ni contratos para llegar a un acuerdo entre las personas incluso hasta en la compra de terrenos; bastaba la palabra dada, y como se solía decir entonces, aquella palabra iba a Misa. La garantía era la palabra, la honradez, la rectitud. Ahora demasiado vivimos en un mundo de desconfianzas; oímos tantas cosas que luego no se cumplen, escuchamos tantas promesas que no llegan a nada; se está creando un mundo de fantasía y de mentira, no hay sinceridad.

Es doloroso que tengamos que vivir así. Vivimos tras las apariencias, y porque sabemos que hay un velo de apariencia que todo lo tapa, desconfiamos. Necesitamos aprender a vivir en sinceridad y en rectitud. Quien obra rectamente actuará con sinceridad, no tiene nada que oculta, nada de lo que avergonzarse. Es cierto que podemos equivocarnos, cometemos errores, pero sin con sinceridad vamos por la vida, no tenemos que avergonzarnos sino aprender de esos errores reconociendo nuestra debilidad, nuestra posibilidad de errar, y creo que quien se presenta así con sinceridad delante de los demás, también con sus errores, será más apreciado y valorado.

Tenemos que saber apreciar la valentía de quien sabe levantarse, quien tiene valor para decir que se ha equivocado y pide disculpas, quien es capaz de recomenzar de nuevo para tratar de hacer las cosas bien; ahí está la verdadera rectitud, no en las apariencias, no en la ocultación.

Hoy Jesús en el evangelio nos está enseñando a actuar con esa rectitud y con esa sinceridad tan necesaria en la vida. ‘Que vuestro hablar sea sí, sí, no, no’. Es la forma de actuar rectamente. Jesús sale al paso con esta enseñanza al tema de los juramentos. Jurar es poner una garantía, es poner a algo o alguien como testigo de la verdad de aquello que decimos o del compromiso serio y cierto de cumplir aquello a lo que nos comprometemos. El juramento, por así decirlo, más sublime es poner a Dios por testigo de la verdad que decimos o prometemos. Es algo serio, algo grandioso, pero con lo que no podemos jugar. Por eso nos dice Jesús que vaya por delante nuestro si o nuestro no, que no es suficiente más.

Por eso en nuestra ética más fundamental sabemos que no hemos de jurar sin necesidad. Y no hay necesidad si estamos acostumbrados, como se suele decir, a ir siempre con la verdad por delante, a hablar y actuar siempre con sinceridad, a actuar siempre con rectitud alejando de nosotros toda falsedad o toda apariencia, sea lo que sea lo que hagamos. Por eso a la persona que actúa siempre con rectitud no es necesario pedirle el juramento. Basta la palabra, que está avalada con la verdad de su vida.

Peor es cuando en el juramento no hay ni verdad ni sinceridad en nuestro compromiso. Pecado grande contra Dios es ponerle por testigo de algo que no es verdad, de algo falso, de algo en lo que no queremos actuar con sinceridad. Por eso en nuestra ética está como condición para un juramento necesario y auténtico el hacerlo con justicia, hacerlo con verdad.

Aprendamos a confiar los unos con los otros; vayamos con la verdad por delante siempre; mostremos la sinceridad de nuestra vida, aunque tenga también sus limitaciones; esa sinceridad será lo que nos hará grandes a pesar de nuestra pequeñez. Es la lealtad con que hemos de aparecer siempre en la vida. Nos ganaremos el respeto y la confianza, sabremos colaborar mejor los unos con los otros, estaremos haciendo un mundo mejor desde la verdad.


sábado, 13 de junio de 2020

No nos dejemos envolver por esas tinieblas de la mentira, seamos auténticos y congruentes en nuestra vida y nuestra palabra sea siempre la verdad


No nos dejemos envolver por esas tinieblas de la mentira, seamos auténticos y congruentes en nuestra vida y nuestra palabra sea siempre la verdad

1Reyes 19, 19-21; Sal 15; Mateo 5, 33-37
‘Te lo juro por lo más sagrado…’ Y no es expresión de chiquillos como algunas veces pudiera aparentar. Hay personas que parece que no saben decir dos cosas seguidas sin que medie por medio un juramento. Y ya no es solo juramentarse para reafirmar que lo que estamos diciendo es verdad, sino que lo empleamos con frecuencia como promesa de futuro, algo que queremos hacer, algo que vamos a hacer y que alguien puede poner en duda de que seamos capaces de realizarlo y ya va por medio el juramento.
El juramento viene a ser como una reafirmación de que lo que decimos o prometemos es verdad. Lo reafirmamos con el juramento; y ya no es solo el carácter religioso sagrado que en si tendría el juramento poniendo a Dios por testigo de aquella afirmación que hacemos, sino que en nuestro mundo laicista muchas veces le quitamos esa referencia a Dios, pero ponemos por medio nuestro honor o nuestra conciencia. Es lo que vemos ya con frecuencia en la juramentación de lealtad y honradez al tomar posesión de un cargo público o de nuestros representantes sociales. También sabemos en lo que se quedan muchas veces esos juramentos cuando se hacen o esas promesas de lealtad apelando a la conciencia y al honor.
Con lo fácil que sería que nunca se pusiera en duda la veracidad de lo que afirmamos o de lo que prometemos, porque así es la veracidad de nuestra vida, así es la sinceridad con que siempre hablamos y actuamos, que en nosotros no cupiera ni la mentira ni la falsedad sino que fuéramos auténticos y leales como para que nuestras afirmaciones sean siempre verdad. Pero ya sabemos muy bien cómo andamos siempre con la  desconfianza ante aquello que prometen o nos prometen.
¿Nos conocía bien Jesús y ya sabía por dónde iban a ir nuestras flaquezas y deslealtades? Hoy le escuchamos en el evangelio decirnos que no juremos por ningún motivo. Pero es que Jesús en fin de cuentas viene a decirnos que lo que necesitamos es que seamos leales, seamos congruentes en nuestra vida, actuemos siempre movidos por la sinceridad y que si actuamos así nada ni nadie tendrían que poner en duda nunca nuestras palabras.
Y es que en los valores que Jesús viene a enseñarnos en el evangelio que tienen que resplandecer en nuestra vida están la verdad y la sinceridad. Nada que suene a falsedad o mentira cabe en la vida de quien es seguidor de Jesús que es Camino, y Verdad y Vida. Por eso le veremos hablar fuerte contra quienes tienen con plan de vida la falsedad y la hipocresía que es una mentira. Es la peor mentira de la vida; no es solo que digamos unas palabras por otras, que afirmemos como verdad algo que es mentira, sino la mentira de la vida misma cuando no actuamos con sinceridad, cuando nos dejamos arrastrar por la hipocresía para aparentar lo que realmente no somos.
Jesús es la luz que disipa toda mentira; Jesús es el camino que nos conduce a la verdad, siendo El mismo la verdad en plenitud; Jesús quiere que nos llenemos de vida que es llenarnos de amor para que actuemos siempre con sinceridad de corazón porque es la verdad que nos hace libres. Seguimos a Jesús el que vino a dar testimonio de la verdad aunque las tinieblas del mundo trataron de oscurecerla como siguen envolviéndonos esas mismas tinieblas en nuestra hora tan llena de falsedades y de vanidades. No nos dejemos envolver por esas tinieblas de la mentira, seamos auténticos y congruentes en nuestra vida con lo que decimos que creemos y que es la auténtica verdad de nuestra vida.

sábado, 15 de junio de 2019

La sinceridad y la autenticidad de nuestras palabras y de nuestra vida nos facilita el encuentro para caminar juntos y hacer que nuestro mundo sea mejor


La sinceridad y la autenticidad de nuestras palabras y de nuestra vida nos facilita el encuentro para caminar juntos y hacer que nuestro mundo sea mejor

2Corintios 5, 14-21; Sal 102; Mateo 5, 33-37
Hoy para todo necesitamos dejar constancia en documento escrito firmado y sellado y si es ante notario mejor, y aun así seguimos con la desconfianza de la falsedad, porque la veracidad de nuestras palabras no es algo que brille con brillo especial.
Recordamos la veracidad de la palabra dada por nuestros mayores, daban su palabra, un apretón de manos y ya no era necesario ningún documento más porque nos podíamos fiar de la palabra dada. Hoy quizá hay momentos que ni bajo juramento nos creemos en lo que nos decimos. Ocultamos, engañamos, dejamos lados oscuros que nadie entiende o para que no nos entiendan y así vamos por la vida con la desconfianza por delante porque no nos fiamos, como se suele decir, ni de nuestra propia sombra.
Estamos haciendo mención por una parte a la veracidad y a la sinceridad con que hemos de andar por la vida en este mundo tan lleno de vanidades y de falsedades. Prima nuestro yo y nuestros intereses y ocultamos la verdad para que nada nos perjudique en nuestros intereses particulares y egoístas y nos vamos envolviendo en trampas de todo tipo. ¿Qué mundo y qué sociedad hacemos así?
Pero también estábamos haciendo mención a que ni siquiera respetábamos lo sagrado del juramento. Jurar es poner a alguien por testigo de aquello que hacemos o decimos, pero, ¿quién se puede fiar de nosotros para ser testigos de la veracidad de lo que decimos? Claro que en su sentido más profundamente religioso el juramento es poner a Dios por testigo de lo que decimos. Si en cualquier juramento unas condiciones necesarias son la sinceridad de lo que decimos y la justicia con que lo hacemos, ¿cómo podemos atrevernos a jurar por Dios en la falsedad y en la injusticia de nuestros actos? Grave pecado, grave sacrilegio tendríamos que decir. Por eso para no mermar la santidad y la importancia del juramento no ha de hacerse sin necesidad.
Es de lo que nos está hablando hoy Jesús en el Evangelio. Y nos dice que no juremos ni por lo más sagrado. Que nos basta decir si o decir no. Con lo que hay que resaltar entonces la sinceridad con que andamos por la vida. Ojalá siguiéramos el mandato del Señor. Qué felices seríamos y que bonitas serían nuestras mutuas relaciones. Crearíamos confianza entre unos y otros y así seriamos capaces de tendernos las manos los unos a los otros para caminar juntos y para juntos hacer que nuestro mundo sea mejor.
Desgraciadamente llenamos de oscuridades nuestra vida con nuestra falta de sinceridad. Y no son solo ya las palabras que pronunciemos sino las actitudes negativas con que vivimos en la vida. Nos queremos revestir de honorabilidad pero tenemos muchos lados oscuros en la vida, esas sombras de vanidad, de falsedad de hipocresía en que nos envolvemos. Despojémonos de esas falsas vestiduras y revistámonos de luz, la luz de la sinceridad y de la verdad, la luz de la autenticidad y de la congruencia.
La sinceridad y la autenticidad de nuestras palabras y de nuestra vida nos facilitan el encuentro para caminar juntos y hacer que nuestro mundo sea mejor. Y en esto los que nos decimos seguidores de Jesús tenemos un compromiso que cumplir. Seguimos a Jesús que es el Camino, y la Verdad, y la Vida.


sábado, 16 de junio de 2018

La credibilidad de nuestra vida se manifiesta en las obras revestidas de responsabilidad y coronadas por el amor


La credibilidad de nuestra vida se manifiesta en las obras revestidas de responsabilidad y coronadas por el amor

1Reyes 19,19-21; Sal 15; Mateo 5,33-37

‘Lo juro’ escuchamos una y otra vez repetir a muchas personas cuando quieren afirmarnos algo, ante lo que quizás nosotros nos mostremos algo incrédulos. Hay gente que lo tiene como una muletilla, porque les parece que es la única forma de credibilidad que tienen para presentarse, y porque quizá ellos mismos son desconfiados en si mismos, ni confían en lo que le digan los demás ni confían en si mismos.
Pero nos encontramos también que ya incluso en las fórmulas oficiales, por ejemplo, en la toma de posesión de cargos o responsabilidades se va sustituyendo el juramento por la promesa y si en principio el juramento para un creyente es poner a Dios por testigo de la verdad de aquello que afirmamos en la sociedad en que vivimos se sustituye esa invocación de Dios en el propio honor o en el respeto que podamos tener por las obligaciones que asumimos.
En una sociedad en la que ya no prima lo creyente y para una gran mayoría se ha dejado de tener en su vida esa referencia a Dios porque vivan un agnosticismo o un ateismo práctico, no nos extrañe esas sustituciones; como tampoco creo que en el respeto que podamos tener por las otras personas no nos ha de escandalizar que se sustituyan o supriman los elementos o signos religiosos de esas formalidades. Claro que para mí, que soy creyente, siempre será valida y necesaria esa relación con Dios en mi vida y en los actos que realizo. Como creyente, por mucho respeto que tenga a mi propio honor, la última referencia de mi vida siempre será Dios, porque es el que da sentido a mi ser y a mi vivir.
El juramento no solo le da solemnidad al acto que realizamos, sino que realizado responsablemente viene a darle credibilidad a aquello que afirmamos. Y diríamos que por la seriedad que reviste en si mismo se constituye para mi en una obligación que asumo, lo que me hará vivir todo aquello que realizo con responsabilidad y como una exigencia de justicia en si mismo. Por eso sería irresponsable no realizarlo con seriedad; de ahí que no es algo que tenemos que prodigar como una muletilla, como decíamos antes, sino que hemos de reservarlo para aquellos actos que tengan verdadera seriedad.
Hoy Jesús en el evangelio  nos habla de su seriedad y responsabilidad. Pero creo que Jesús quiere ir más al fondo y es que por la responsabilidad de nuestra vida nosotros nos hagamos creíbles siempre sin necesidad de reafirmarnos por medio de juramentos. No es solo ya que sería terrible un juramente en falso, de algo que no es verdad, sino que también hemos de evitar lo innecesario. ‘No juréis en absoluto’, nos viene a decir.  ‘A vosotros os basta decir sí o no’.
Es la autenticidad de nuestra vida; es la congruencia con que vivimos, de manera que nuestras palabras y nuestras obras vayan por el mismo camino. Es importante esa congruencia de nuestra vida. Es necesario que nos hagamos verdaderamente creíbles por las obras que realizamos. Es el testimonio que tenemos que dar de nuestros principios, de nuestros valores, de nuestra fe. Hemos de ser testigos, pero no solo por las palabras que pronunciemos, sino por el testimonio de la vida que vivimos.

sábado, 17 de junio de 2017

Que solo sea necesario una vida de autenticidad para hacernos verdaderamente creíbles poniendo así en juego nuestra propia honorabilidad para ganarnos el respeto de todos

Que solo sea necesario una vida de autenticidad para hacernos verdaderamente creíbles poniendo así en juego nuestra propia honorabilidad  para ganarnos el respeto de todos

2Corintios 5, 14-21; Sal 102; Mateo 5, 33-37
Hay personas que parece que para hacerse creíbles en lo que hablan no saben decir dos afirmaciones seguidas sin que por medio pongan como si fuera una muletilla ‘te lo juro’. ¿Será quizás que ellos desconfían de todo el mundo, no creen nunca lo que la gente les dice y necesitan así afirmarse en lo que hablan con un juramento? ¿Será acaso que ellos mismos no se creen creíbles porque quizá muchas veces hayan engañado a los demás con sus afirmaciones? Sea de una forma o de otra, o por la razón que sea, esa muletilla está siempre en sus labios y creo que habría que hacerse una buena consideración en esas rutinas que se nos meten en la vida.
Jurar es una afirmación muy seria en la que para, por así decirlo, ratificar nuestra veracidad nos apoyamos en la autoridad de alguien que por si mismo es creíble y vendría a ratificar aquello que nosotros decimos. ¿No seria suficiente nuestra propia veracidad, que nos hagamos creíbles por la sinceridad que siempre expresamos en nuestras palabras y en nuestra vida, y por la rectitud con que siempre nos manifestamos?
En el mundo laico y secularizado en que vivimos hoy también es normal que escuchemos en las formulas de juramentos la expresión que se jura o se promete por el propio honor. Sin embargo en el ámbito de los creyentes el juramento tiene además de hacerlo uno desde su propia honorabilidad el poner por testigo de la veracidad de lo que afirmamos o con lo que nos comprometemos al mismo Dios.
En un mundo en que se siente la presencia de Dios en la vida el juramento se hace por Dios, poniendo por testigo a Dios de lo que decimos o prometemos. Lo que para el creyente lo eleva a una mayor solemnidad y que en consecuencia tendríamos que hacerlo con una mayor seriedad y responsabilidad.
De ahí que siempre se nos ha enseñado que no solo no debemos jurar en falso, es decir con mentira o sin intención de cumplir lo que prometemos, sino que tampoco debe hacerse irresponsablemente y por frivolidad. Es una consideración que tendríamos que hacernos con toda seriedad.
Algunas veces nos comportamos de manera infantil en lo que hacemos o decimos y vivimos con excesiva superficialidad.  Por delante ha de estar siempre nuestra honorabilidad y la sinceridad, la autenticidad con que vivimos siempre nuestra vida. Si vivimos una vida autentica y sincera no necesitaremos estar apoyándonos en juramentos para corroborar la verdad que decimos. De esa manera hemos de presuponer siempre la verdad y sinceridad de los otros, siendo capaces de aceptarnos y respetarnos. Hagamos que confien en nosotros sabiendo nosotros tener confianza en los demás.
De esto nos habla Jesús hoy en el texto del evangelio. Comienza recordándonos la gravedad de un juramento en falso, para terminar diciéndonos que a nosotros nos basta decir sí o no. Es lo que hemos venido reflexionando.
En ocasiones quizá por la gravedad del asunto que se trata o en determinadas circunstancias quizá sea necesario llegar al juramento, pero que siempre sea con verdad, en justicia y en verdadera necesidad. No olvidemos que como creyentes estamos poniendo a Dios por testigo de lo bueno que hacemos o decimos.

sábado, 14 de junio de 2014

A vosotros os basta decir sí o no, la veracidad y la autenticidad de la vida




1Reyes, 19,19-21; Sal. 15; Mt. 5, 33-37
En ocasiones nos encontramos con personas que por mucho que nos hagan juramentos de que lo que nos dicen es verdad nunca las creemos. Es algo realmente desagradable, personas las que nos cuesta creer y que ellas mismas se dan cuenta de que no creíbles y por eso creen que por estar reafirmando las cosas con juramento continuamente van a ser más creíbles. Lo que es necesario es una mayor autenticidad y veracidad en la vida.
Quizá en la reflexión estemos partiendo de un hecho negativo, pero creo que nos damos cuenta de por donde va el mensaje que Jesús nos deja hoy en el evangelio. Es necesario constatar además aquellas cosas, actitudes, posturas, comportamientos que tenemos en la vida para confrontarlos con el evangelio y corregir lo que sea necesario. Jesús nos está diciendo que no es necesario jurar, que no podemos hacer juramento sin necesidad y por supuesto nunca con mentira porque sería algo muy grave si consideramos en verdad lo que es y lo que significa un juramento.
Creo que nos viene bien reflexionar sobre esto, que está haciendo referencia a lo que es el segundo mandamiento de la ley de Dios. Como nos dice el mandamiento ‘no tomarás el nombre de Dios en vano’. ¿Qué nos quiere decir? El nombre de Dios es santo y nos merece en todo momento respeto y veneración, porque mencionar el nombre de Dios en mencionar a Dios. Somos demasiado ligeros en nuestras conversaciones y en muchas ocasiones irrespetuosos en nuestra forma de tratar el nombre de Dios, cuando no, además se injuria y se blasfema de forma sacrílega el santo nombre de Dios y el nombre de todo lo sagrado.
Cuántas muletillas en este sentido irrespetuoso se utilizan en el lenguaje de hoy; cuánta banalidad en las conversaciones con palabras que se refieren a cosas sagradas. Ya nos enseñó Jesús a decir en el padrenuestro ‘santificado sea tu nombre’, cosa que no tendríamos que olvidar. Creo que todo creyente tendría que tomarse muy en serio esto que estamos reflexionando.
Y haciendo referencia al juramento del que nos ha hablado directamente hoy el evangelio, tendríamos que considerar que jurar es poner algo o alguien por testigo de que lo que decimos es verdad. Los que no son creyentes quizá se contentan con jurar por su conciencia y su honor, pero habría que pensar qué conciencia tenemos y cuál es el sentido de nuestro honor.
Para un creyente jurar es poner a Dios por testigo de la verdad que decimos o de la autenticidad de lo que hacemos. Pero esto es algo muy serio; invocar a Dios poniéndolo por testigo de nuestra verdad o de lo que prometemos creo que además de hacerlos siempre en justicia y con verdad, tendríamos que dejarlo para actos que realmente sean verdaderamente importantes y solemnes en nuestra vida. Ya siempre se nos enseñó en el catecismo que hay que jurar siempre con verdad y con justicia, y solo cuando realmente sea necesario; entonces no podemos utilizar el juramento por una banalidad. Como se dice, no jurar con mentira ni sin necesidad.
Como nos dice Jesús hoy ‘a vosotros os basta decir sí o no’. Cuando en la vida vamos siendo siempre sinceros y auténticos nadie nos va a pedir más, porque ya con nuestras actitudes y nuestros comportamientos vamos siempre con la autenticidad y la verdad por delante. Y eso es lo que es necesario, que seamos capaces de ser así sinceros, auténticos en lo que hacemos. Que nunca haya falsedad o hipocresía en nuestros comportamientos porque nos falte esa sinceridad en la vida.
Algunos entienden lo de andar con sinceridad en la vida, el ir con desparpajo y como decimos que somos sinceros lo que vamos haciendo es echar en la cara a todo el mundo lo que se nos ocurra. La sinceridad y la autenticidad de nuestra vida tienen que ser mucho más que ese desparpajo; la sinceridad se manifiesta en la forma de comportarnos, en la honradez y veracidad de nuestra vida, en la congruencia entre lo que decimos y lo que hacemos. Es lo que realmente nos hace falta.
Seamos auténticos y congruentes en lo que hacemos y decimos.

sábado, 15 de junio de 2013

Un corazón limpio y veraz es lo que agrada al Señor

2Cor. 5, 14-21; Sal. 102; Mt. 5, 33-37
‘A vosotros os basta decir sí o no’. Así nos dice Jesús. ¡Qué hermoso cuando una persona es creíble! No necesita nada más; sabemos que su palabra es siempre sincera, veraz; no necesitamos más argumentos ni pruebas. Es la persona que se muestra siempre y en todo con sinceridad, con sinceridad total. Se le puede creer. Se puede uno fiar.
Jesús nos dice que no nos es necesario nada más. De El también dijeron, llegaron a reconocer aunque les costaba hacerlo, que era veraz, porque en El no había engaño. Y es lo que nos pide Jesús para nuestra vida. Esas actitudes interiores sinceras sin doblez ni engaño, sin apariencias que traten de deslumbrar, mostrándonos siempre con autenticidad, es lo que el Señor quiere que tengamos en nuestro corazón.
Nos hemos comenzado a hacer esta reflexión que creo que nos viene bien a partir de esas palabras de Jesús pronunciadas con la ocasión del comentario que hace sobre el tema de los juramentos. ‘Yo os digo que no juréis en absoluto’, les dice. Era algo muy habitual entre los judíos pero Jesús quiere purificar muchas cosas y muchas costumbres, como nos sucede a nosotros también.
En el mandamiento del Señor está el no tomar el nombre de Dios en vano, y es ahí donde entra el tema de los juramentos. Cuando estamos jurando por cualquier cosa o ante cualquier afirmación que hacemos porque queremos que sea creíble, fácilmente estamos tomando el nombre de Dios en vano en un juramento que realmente es innecesario. Jurar es poner a Dios por testigo de la veracidad de aquello que decimos o de la promesa que hacemos como que la vamos a cumplir.
Claro que jurar con mentira, poniendo a Dios por testigo de una falsedad nuestra es grave pecado, el perjurio y eso tiene que estar siempre lejos de nosotros porque es una ofensa grave al santo nombre de Dios. Pero por otra parte creo que hemos de tener claro que el juramento habría que dejarlo para cosas o momentos que sean realmente importantes. Son las condiciones que siempre se nos ha enseñado en el catecismo que se han de tener para que con el juramento no ofendamos el nombre santo de Dios: Que sea verdadero, que sea justo y que sea necesario por la importancia del momento.
Hay personas que parece que no saben decir dos palabras seguidas sin que por medio haya un juramento para reafirmar la verdad de lo que están diciendo. ¿Será quizá porque son tan poco creíbles por la poca autenticidad y sinceridad que hay habitualmente en sus vidas por lo que creen necesario están haciendo juramento de cualquier cosa que afirmen para que se les pueda creer? A uno le entran algunas veces esas sospechas. Es por lo que Jesús ha terminado diciéndonos hoy que nosotros nos baste decir sí o no, y con la veracidad que hay en nuestra vida será suficiente para que se nos crea.
Como decíamos al principio qué hermoso cuando una persona es creíble, cuando nos hacemos creíbles ante los demás por la sinceridad con que vivimos nuestra vida, por la rectitud de nuestro obrar, por la autenticidad con que nos mostramos en todo momento. Es una persona trasparente, decimos, porque siempre estaremos apreciando la bondad de su corazón, la justicia de su obrar. Qué desagradable se nos hace una persona mentirosa, en la que notamos esa falsedad, esa poca sinceridad; y ya no son las palabras o afirmaciones que puedan hacer en un momento determinado, sino la actitud permanente que pueda haber en sus vidas.
En el evangelio vemos a Jesús condenar con palabras fuertes a esas personas que viven en esa doblez de su vida, en esa hipocresía de querer aparentar una cosa que realmente no están viviendo por dentro. Como le dirá a los fariseos, como tantas veces hemos escuchado, son como sepulcros blanqueados, por fuera muy limpios y muy relucientes de blancura, pero dentro lo que sabemos es que hay podredumbre.

Por eso lo mejor es un corazón limpio y sin maldad, un corazón sincero y sin doblez, una vida auténtica que busca siempre lo bueno y lo justo para todos. Que haya sinceridad en nuestra vida. El Espíritu del Señor nos llene de fortaleza para esa veracidad de nuestra vida.