De la
belleza del templo no quedará piedra sobre piedra, dice Jesús, pero pensemos
igualmente qué quedará de nuestra vida si estamos vacíos por dentro
Daniel 2,31-45; Dn 3,57-61; Lucas 21,5-11
La vanidad se disuelve como el humo. ¿A
qué viene esto que estoy diciendo? La vanidad es humo. Así serán las cosas que
hacemos por vanidad, nos quedamos en la apariencia pero dentro están vacías de
contenido. Demasiado vamos en la vida con ese sentido. ¿Hacemos las cosas para
que nos vean? ¿Por quedar bien? ¿Para que piensen de nosotros cosas bonitas? ¿Y
de todo eso qué es lo que queda?
Me estaba acordando ahora de la casa
aquella que tenía dos cocinas, una muy bonita, muy arreglada, siempre limpia y
pulcra, con buenas vajillas en las alacenas y muchos utensilios de lujo. Pero
no se utilizaba para nada, ni en los días de fiesta, era para decir que se
tenía buena cocina e incluso enseñársela llenos de orgullo a las visitas; para
hacer la comida, para encender el fogón sin miedo a los humos se tenía otra en
el patio, donde los humos no se metieran dentro de la casa; esa no importaba
como estuviera, era la de todos los días.
¿No andaremos en la vida en muchos
aspectos, en muchas de las cosas que hacemos o tenemos con esos criterios de
duplicidad? Apariencias, pero vacíos; mucha buena presencia por fuera, pero sin
humanidad por dentro; locuras y carreras de la vida para tener muchas cosas de
apariencia, pero luego una vida vacía, sin ilusión ni entusiasmo, sin ganas de
hacer de verdad algo útil y que deje huella. Vanidad de vanidades y todo es
vanidad, como decían los libros sapienciales del Antiguo Testamento.
Y eso puede ser pauta de la vida
social, de lo que se hace y se vive en nuestra sociedad muchas veces tan llena
de hipocresía, pero eso nos puede suceder en nuestra vida religiosa y lo que en
verdad tendría que ser nuestra vida cristiana. Sabemos muchas cosas, pero pocas
cosas vivimos; nos sabemos el evangelio de memoria, pero los valores del
evangelio están lejos de nuestra vida; no gloriamos de que tenemos una hermosa iglesia,
y con eso nos estamos refiriendo a nuestros templos que podremos incluso tener
bien cuidados, pero poco se siente el sentido de comunión, el sentido de
comunidad y familia en nuestras parroquias; podemos hacer unas celebraciones
muy suntuosas y bonitas, que se quedan como un adorno, porque es la Palabra de
Dios a la que menos se le da importancia.
Mucho podríamos seguir abundando en
este sentido en nuestra reflexión. Si viene alguien de fuera y le vamos a
enseñar nuestra iglesia, hablaremos de si historia y de su arte, recordaremos
las hermosas y artísticas imágenes que tenemos e incluso parece que hiciéramos
una lucha entre una imagen y otra, entre un santo y una virgen para decir quien
es más milagroso y tiene más devotos; pero ¿le hablaríamos de la intensidad de
vida de aquella comunidad, hablaríamos de los grupos de apostolado o de
formación que tenemos, hablaríamos del interés que la gente pone no en adornar
la iglesia para que esté muy bonita sino en el anuncio del evangelio queriendo
llegar a todos, buscando siempre nuevos cauces de evangelización?
La pantalla que ponemos delante con
nuestras vanidades no nos deja ver ni encontrar lo profundo que tendríamos que
llevar en el corazón. El humo de la vanidad que se disuelve y del que no queda
ni el rescoldo que mantiene caliente el corazón.
Hoy el evangelio comienza diciéndonos
las ponderaciones que se hacían algunos de la belleza y grandiosidad del templo
de Jerusalén. Pero pareciera que Jesús les arroja un jarro de agua fría frente
a todas aquellas alabanzas. Ya en otra ocasión defenderá la pureza del templo
que en verdad tenía que se casa de oración pero como les decía entonces la
habían convertido en cueva de ladrones, pues más parecía un mercado que un
lugar sagrado para el encuentro con Dios.
También nos enseñaba cómo habíamos de
ser templos de la gloria de Dios por la santidad de nuestra vida y por eso
quiere hipocresías sino autenticidad; justo alababa también a quien era capaz
de darlo todo, aunque no tuviera ni para comer como aquella viuda que
recientemente hemos contemplado, porque en realidad buscaba siempre primero la
gloria de Dios, ‘primero buscad el reino de Dios y su justicia, nos
decía, que lo demás se os dará por añadidura’.
Pero hoy cuando se hacen tantas
ponderaciones de la belleza del templo les anuncia que todo aquello que están
contemplando no quedará piedra sobre piedra. No es que Jesús quisiera que se
destruyera el templo, pero era profeta de la historia y sabía en qué había de
quedar todo aquello.
Pero ¿no será profeta también de
nuestra vida y nos está diciendo que solo nos quedamos en la vanidad y en la
apariencia mientras estamos vacíos por dentro todo se va a quedar en nada? Un
interrogante para lo que hacemos de nuestra vida, para lo que hacemos de
nuestra iglesia ¿estaremos vacíos por dentro y todo se nos queda en vanidad
exterior? Creo que tenemos que preguntárnoslo seriamente como tiene que
preguntárselo también la Iglesia.
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