Hacer
brillar la fortaleza de nuestra fe sabiendo de quien nos fiamos porque todo ya
nos lo anunció Jesús, mostrarnos firmes y seguros de nuestra fe aún en las
persecuciones
Daniel 5,1-6.13-14.16-17.23-28; Dn 3,62-67;
Lucas 21,12-19
Qué difícil es permanecer en tu lugar
señalado cuando la tierra tiembla bajo tus pies. Podemos interpretarlo de
muchas maneras; el primer pensamiento que nos viene es un terremoto, ¿nos
quedamos paralizados y estáticos en el lugar o buscamos un refugio o una
salida? No es por ahí por donde voy aunque bien nos pudiera valer la imagen,
protocolos hay para saber qué hacer en casos de emergencias.
Pero hay otro tipo de emergencias en la
vida, desde los problemas que nos envuelven, las incomprensiones o rechazos que
recibimos de los demás, el río revuelto de la vida en que nos hemos metido con
nuestros errores, los fracasos que se nos vienen encima porque las cosas no son
como las habíamos imaginado que podrían ser, las enfermedades que nos
debilitan, los cansancios y ansiedades porque no logramos salir adelante o las
pendientes de la vida se nos hacen muy fuertes y costosas, la soledad en que
caminamos a veces porque nos parece que nos sentimos abandonados de todos, las
incertidumbres ante el futuro propio o de los que están bajo nuestra
responsabilidad, ¿cómo podemos permanecer en la lucha? ¿No nos dan ganas de
echar a correr y huir de todo esperando encontrar un lugar donde todo sea
distinto? ¿Habrá ese lugar?
Muchas veces hemos pensado o hablado de
la necesaria perseverancia en los caminos de la vida que nace de una esperanza.
Si no hay una esperanza bien fundamentada será difícil mantener esa
perseverancia. Tenemos que saber estar en nuestro lugar aunque muchas veces se
nos haga difícil; y eso cuesta porque todos queremos salvar el pellejo, como
suele decirse. No nos gusta vernos fracasados ni ignorados, la soledad reseca
nuestra garganta y nos hace llorar con lágrimas amargas, pero hemos de tener la
certeza que tras ese túnel oscuro siempre habrá una luz. Tenemos que buscarla,
tenemos que tener esperanza de que podemos encontrarla.
Y en eso nuestra fe nos enseña mucho,
aunque estemos muy llenos de tinieblas. Esa fe que hará que nuestros pasos se
sientan seguros aunque tiemble la tierra bajo nuestros pies. Sabemos de quien
nos hemos fiado y en quien en verdad nos apoyamos. Es la roca firme, es la
piedra angular que mantendrá bien cohesionado todo el edificio. Jesús nos ha
prometido su presencia en medio de nosotros para siempre hasta el final de los
tiempos.
El camino de nuestra vida cristiana no
siempre es fácil, primero porque partimos de nuestra debilidad, de nuestra
inconstancia, de lo poco congruentes que somos tantas veces entre lo que
decimos y lo que realmente es nuestra vida; pero nos viene también del mundo
que nos rodea, no siempre favorable a nuestras ideas y a nuestros principios,
con lo que muchas cosas a nuestro alrededor se convierten en una tentación para
nosotros; pero en ese mundo encontramos por una parte quienes nos dan malos
ejemplos, quienes tendrían que darnos un testimonio coherente, pero reconocemos
que ellos son también débiles como lo somos nosotros; pero están quienes nos
van a la contra, quienes aprovecharán lo que sea para denigrarnos y hacernos
perder prestigio, para luchar contra nosotros o ignorarnos.
Pero ahí tenemos que hacer brillar la
fortaleza de nuestra fe sabiendo de quien nos fiamos y que todo eso ya nos lo
anunció Jesús, como hoy mismo escuchamos. Pero es ahí donde tenemos que
mostrarnos firmes y seguros de nuestra fe y de nuestros planteamientos aunque
tengamos que ir a la contra con el mundo que nos rodea. Es donde hoy nos dice
Jesús que seamos perseverantes. Y nos da unas garantías de que podemos vencer
en esas dificultades, no nos faltará la fuerza de su Espíritu. Es por lo que
nos confiamos y seguimos adelantes, permanecemos en nuestro lugar aunque como decíamos
la tierra tiemble bajo nuestros pies.
‘Con vuestra perseverancia salvaréis
vuestras almas’, que nos dice Jesús.
Es la luz que aunque nos parezca que solo está al final del túnel misteriosamente
va iluminando cada paso que demos para no tropezar y dar satisfacción a los
demás por nuestras caídas.
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