Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta óptica del amor. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta óptica del amor. Mostrar todas las entradas

sábado, 13 de julio de 2019

Mirando desde la óptica de Dios entremos en la dinámica del amor para ser en verdad prójimo de los caídos del camino



Mirando desde la óptica de Dios entremos en la dinámica del amor para ser en verdad prójimo de los caídos del camino

Det. 30, 10-14; Sal 68; Col. 1, 15-20; Lc. 10, 25-37
Se había acercado a Jesús un letrado para poner a prueba a Jesús preguntándole qué es lo que había que hacer para heredar la vida eterna. Una pregunta repetida en el evangelio; recordamos al joven rico, pero recordamos otros letrados que vienen también con suspicacias semejantes para preguntar qué era la principal de la ley. Pregunta que de alguna manera nos hacemos nosotros también, porque andamos buscando una y otra vez que tenemos que hacer y en nuestro caso también tantas veces buscando rebajas para ver en cierto modo hasta donde podemos llegar simplemente para cumplir.
Como no era para menos Jesús le responde recordando los mandamientos, lo que estaba escrito en la Ley que todo buen judío conocía incluso de memoria y no menos quien ahora le hacia la pregunta que era un letrado. ‘¿Qué está escrito en la Ley?, ¿qué lees en ella?... Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con todas tus fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo’. Es el diálogo que entre Jesús y el letrado se cruzan. Pero aun así el letrado trata de justificarse y se hace la pregunta ‘¿Y quién es mi prójimo?’
Esta pregunta que viene respondida con la parábola que Jesús propone viene, por así decirlo, contrarrestada con la pregunta que Jesús le hará al final. ‘¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?’ Creo que aquí está la clave, lo principal que se nos quiere decir hoy. Decir quién es el prójimo es fácil, porque prójimo significa el que está cerca, el que está al lado y eso lo sabemos todos. Pero decir quién se porta como prójimo es algo más comprometido.
Portarme como prójimo será decir acercarme yo al otro, ponerme a su lado, sentir sus mismos sentimientos y sus mismos sufrimientos, no cerrar los ojos para ver y para descubrir al otro, ni poner vendas ni poner filtros para no ver o solo ver lo que yo quiero ver descubriendo crudamente su realidad, llegar a sentir como propio lo que al otro le sucede, lo que el otro vive. Y eso no se hace de cualquier manera ni todos sabemos hacerlo bien. Porque vamos en la vida demasiado ensimismados en mis cosas, en lo que nos parece que pueden ser nuestras obligaciones o nuestros entretenimientos.
Cuántas veces podemos decir o pensar, déjalo ahora, en otro momento te atiendo o te presto atención porque ahora estoy ocupado, estoy en mis cosas, estoy entretenido, o ahora tengo que atender no sé cuantas cosas y dejamos al otro en su sufrimiento o en su soledad, a quien no queremos ver ni queremos escuchar. Son nuestras prisas, nuestras carreras en la vida o nuestra manera de ver la importancia de las cosas y sobre todo de las personas. Nos comunicamos hoy por las redes sociales con quien está al otro lado del mundo, y no podemos dejar de contestar un mensaje o un WhatsApp, pero no tenemos tiempo para escuchar al que tenemos delante de los ojos pero quizás no llegamos a ver.
La parábola que propone Jesús habla del sacerdote y del levita que bajaban también por aquel mismo camino de Jericó donde estaba tendido al borde el camino a quien habían asaltado y maltratado, pero cuantos ejemplos concretos nos pondría hoy Jesús de tantas situaciones en que vamos enfrascados en lo nuestro y no llegamos ni siquiera a hablar con el que está a nuestro lado.
Pero nos hablará luego Jesús del samaritano que bajaba por aquel mismo camino. El personaje está puesto con mucha intención por Jesús, porque el samaritano era un extranjero para el judío, una persona maldita con quien no se hablaban y a quien se marginaba desde la sociedad judía porque los consideraban como unos herejes al querer tener su templo propio en Garizín  distinto del templo de Jerusalén con lo que rompían la unidad del pueblo de Dios. Ejemplos muchos podríamos poner hoy en la figura del samaritano en tantos a los que por una razón u otra marginamos de nuestra sociedad porque vienen de otros lugares o son de otra raza o color de la piel, o incluso de otra religión.
Pero aquel samaritano sí se detuvo, se bajó de su cabalgadura, atendió al hombre malherido queriendo curar sus heridas y montándolo en su propia cabalgadura lo llevo a donde pudiera ser atendido haciéndose cargo incluso de los gastos correspondientes. Su mirar y ver, supo detenerse y acercarse, supo poner palabras y gestos de consuelo y de ayuda, supo también ponerle en su lugar porque lo montó en su cabalgadura, lo que significaría que luego él tendría que ir caminando, supo ponerse él y poner todo lo suyo a disposición de quien allí estaba malherido y moribundo. Podríamos decir, en una palabra, supo poner vida allí donde había prevalecido la muerte.
Cuanto nos están diciendo estos gestos y estos detalles, porque aquel hombre sí se portó como prójimo del que estaba caído. Y es lo que quiere enseñarnos Jesús. ‘Vete y haz tu lo mismo’, le dijo Jesús al letrado. Y es que tenemos que comenzar a mirar la vida, a mirar a los otros, a mirar a las personas con otra óptica, la óptica de los ojos de Dios. Y cuando miramos con la mirada de Dios estamos mirando con el cristal del amor. Es entrar en una dinámica distinta, porque es la dinámica de la vida.
Quienes nos decimos seguidores de Jesús esa tiene que ser nuestra dinámica, nunca para la muerte, siempre para la vida; nunca encerrándonos en nosotros mismos, sino con la mirada del amor que nos hace salir de nosotros mismos, bajarnos de tantas cabalgaduras en los que no hemos subido y que tienen el peligro de alejarnos, separarnos, aislarnos. Y esa nunca puede ser la dinámica de un cristiano.
Muchas conclusiones de cosas muy concretas tenemos que sacar para nuestra vida. Comencemos a mirar con los ojos de Dios y entremos en la dinámica del amor para ser en verdad prójimo de los hermanos que están a nuestro lado.

viernes, 28 de septiembre de 2018

Tenemos que confesar a Cristo siempre desde la óptica de la Pascua que es la óptica del amor de Dios, como ha de ser para siempre el sentido de nuestra vida


Tenemos que confesar a Cristo siempre desde la óptica de la Pascua que es la óptica del amor de Dios, como ha de ser para siempre el sentido de nuestra vida

Eclesiastés 3,1-11; Sal 143; Lucas 9,18-22

Nunca podemos separar nuestra fe en Jesús de su pasión y de su cruz, de su pascua. Y no es solo una imagen o un recuerdo, sino que tiene que ser una actitud de la vida, una manera también de vivir nuestra fe.
Habíamos escuchado ayer en el relato anterior cómo Herodes anda confundido sobre la figura de Jesús. La confusión en cierto modo que tenían las gentes ante lo que Jesús hacia y decía. Herodes con sus cargos de conciencia sentía el temor y el temblor por lo que había hecho, por lo que andaba con los recelos de si era Juan Bautista, al que había mandado matar, que había vuelto a aparecer. Pero es la confusión de las gentes que miran a Jesús como un gran profeta y hacen sus comparaciones con los profetas antiguos o con el mismo Juan el Bautista a quien todos habían conocido.
Mientras Jesús camina por Galilea les hace la pregunta a los discípulos. ‘¿Quién dice la gente que soy yo?’ Y ya escuchamos las respuestas de los apóstoles. Pero Jesús quiere saber algo más, hasta donde llega la fe aquellos que tiene más cerca, de aquellos a los que un día confiará la misión de continuar con el anuncio de la Buena Noticia del Reino. ‘Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?’ Ya escuchamos cómo será Pedro el que haga la profesión de fe. ‘El Mesías de Dios’. Pero también vemos cómo Jesús les prohíbe terminantemente que se lo digan a nadie.
Si Jesús ha venido con una misión, es el Hijo de Dios que nos trae la salvación, es el Ungido del Señor, como habían anunciado los profetas y El mismo lo había proclamado en la Sinagoga de Nazaret, parece que no tiene sentido que ahora que los discípulos más cercanos lo reconocen como lo hace Pedro, eso tendría que darse a conocer, tendrían todos que saberlo y reconocerlo. Pero Jesús no quiere, ¿qué sentido tiene?
Es el sentido de la confusión que se podría seguir creando, porque los judíos tenían una manera de ver al Mesías que era como un jefe liberador poco menos que con sus ejércitos que le iba a dar la libertad al pueblo de Israel, pero ellos pensaban primero que nada en la liberación del pueblo opresor. Y es ahí a donde Jesús no quiere llegar. Cuando allá en el desierto después del milagro de la multiplicación de los panes quieren hacerle rey, Jesús se esconde en la montaña.
Ahora Jesús les explica a los discípulos lo que tienen bien que entender aunque sea algo que les va a costar mucho. El Mesías, y emplea la expresión del Hijo del Hombre ya utilizada por los profetas tiene que padecer, va a ser entregado, va a ser ejecutado y morir, aunque al tercer día vencerá de la muerte y resucitará. Entender que Jesús es el Hijo de Dios no lo podemos separar de su Pascua, lo tenemos que ver siempre con el prisma de su pasión y de su muerte como victoria sobre la muerte y sobre el mal. Porque la vida de Jesús es entrega, y el que se entrega muere a si mismo para dar vida a los demás.
Su pasión y su muerte no serán un sufrimiento cualquiera aunque sea el mayor de los sufrimientos, porque todo ha de entenderse desde la entrega del amor. Es la ofrenda, es el sacrificio, es el amor que se entrega, es el amor que engendra vida, es el amor que nos trae la salvación. Tanto amó Dios al mundo que no paró hasta entregar a su Hijo único para que todos tengamos vida.
Tenemos que mirar a Cristo siempre desde la óptica de la Pascua que es la óptica del amor de Dios, como ha de ser entonces para siempre el sentido de nuestra vida. Es la visión de la fe verdadera, es la visión con la que confesamos nuestra fe en Jesús; por eso siempre tendremos al lado la cruz, aunque sabemos que tras la cruz está resplandeciendo siempre la victoria de la resurrección, la victoria del amor. Y eso es lo que siempre tiene que ser nuestra vida.