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sábado, 4 de enero de 2025

Aquellos dos primeros discípulos no solo querían saber donde vivía Jesús sino que más bien querían pasar un día con Jesús y conocerle

 


Aquellos dos primeros discípulos no solo querían saber donde vivía Jesús sino que más bien querían pasar un día con Jesús y conocerle

1Juan 3, 7-10; Salmo 97; Juan 1, 35-42

Me gustaría pasar un día contigo… ¿No habremos expresado algo así alguna vez a un amigo o alguien también nos habrá manifestado ese deseo? Dos amigos que poco a poco se van conociendo y que van entrando en estrecha amistad y que desean estar juntos; alguien que quizás recientemente hemos conocido pero nos ha llamado la atención su forma de ser o de pensar, con quien veíamos que podíamos tener buena comunión y que queremos conocer más porque nos sentimos muy a gusto con él…No ya es solo saber cosas de su historia o de su vida, sino que es algo mucho más hondo lo que sentimos y que sabemos que puede anudar una hermosa amistad. Luego vamos a hablar del amigo que encontramos, vamos a resaltar sus valores, nos sentiremos orgullosos y felices de ser su amigo.

Algo si sucedió en aquella tarde cuando aquellos dos discípulos del Bautista se fueron tras aquel a quien Juan había señalado como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Muchos se habían congregado en torno al Bautista para escuchar sus anuncios de lo nuevo que estaba por suceder y escuchando las palabras de Juan se sometían a aquel bautismo en las aguas del Jordán. Aquel que ahora era señalado como el Cordero de Dios también se había puesto en las filas de los que recibían el bautismo y ahora Juan decía que cosas maravillosas y extraordinarias habían sucedido porque había visto bajar al Espíritu de Dios en forma de paloma sobre El al salir de las aguas del Jordán.

Ahora ellos se habían ido tras El porque algo más buscaban tras las indicaciones de Juan el Bautista. ‘¿Qué buscáis?’ había sido la pregunta que les había dirigido, ¿por qué me seguís? ¿Qué es lo que buscan o desean? Pero no eran cosas lo que buscaban, tampoco eran solo palabras ni recomendaciones, querían estar con El, querían conocerle, quería saber cómo era su vida. ‘Maestro, ¿dónde vives?’

Y estuvieron con El y le conocieron, estuvieron con El y algo nuevo de verdad encontraron, estuvieron con El y ya comenzaron a hablar a todos de El; Andrés a su hermano Simón al que convencería de que habían encontrado al Mesías, más tarde sería Felipe el que tendría noticia de Jesús, y también éste comenzaría a pasar la noticia, porque con entusiasmo se la comunicaba a Natanael al que convenció para que también viniera a estar con Jesús a pesar de sus reticencias y desconfianzas.

Es muy importante este detalle que en cierto modo nos puede pasar desapercibido del evangelio que hoy escuchamos. Queremos pasar un día con Jesús, como comenzábamos nuestra reflexión. ¿Será realmente lo que queremos y lo que buscamos cuando nos decimos cristianos y seguidores de Jesús y miembros de su Iglesia? Es cierto que necesitamos de la mediación de alguien que nos anuncie, que nos comunique, que nos dé señales del camino; así la mayoría de nosotros hemos bebido nuestra fe en la familia, de nuestros padres o nuestros mayores, o tantas otras mediaciones que a lo lago de la vida hemos tenido, una catequesis en la infancia, unas celebraciones de las que nos hemos hecho participes en tantos momentos de la vida, unas fiestas religiosas en las que habremos participado, una asistencia a unos lugares determinados de especial devoción en nuestros pueblos, pero preguntémonos seriamente, ¿habremos deseado realmente estar un día con Jesús?

Podríamos decir que de mil manera Dios nos ha abierto sus puertas para que vayamos a El y nos encontremos con El, para que escuchemos su Palabra o nos enriquezcamos con la gracia de sus sacramentos, pero ¿le habremos abierto nuestras puertas, las puertas de nuestra vida a Jesús para que venga a estar con nosotros?

Lo de aquellos dos discípulos no solo fue que Jesús les dijera que fueran con El y vieran donde vivía, sino que de alguna manera aquellos dos discípulos ya tenían también una predisposición – quizás con su curiosidad por saber algo más de aquello que les había hablado el Bautista – para dejar que Jesús entrara en sus vidas. Es conocer donde Jesús vive, o es hacer que Jesús venga a vivir en nosotros, o sea, como decíamos, pasar en día con Jesús.

¿Será algo que nos tendría que hacer pensar?

domingo, 17 de marzo de 2024

Jesús nos habla del grano de trigo que se entierra y muere para germinar nueva vida, Jesús de perderse a sí mismo para poder ganar la vida, ahí está nuestra glorificación

 


Jesús nos habla del grano de trigo que se entierra y muere para germinar nueva vida, Jesús de perderse a sí mismo para poder ganar la vida, ahí está nuestra glorificación

Jeremías 31, 31-34; Salmo 50; Hebreos 5, 7-9; Juan 12, 20-33

Alguna vez habremos escuchado hablar de alguien, del que quizás nos han contado maravillas, y tenemos deseos de conocer a esa persona. Motivados por esa curiosidad y sobre todo sintiendo admiración en cierto modo ya de entrada sobre esa persona, buscaremos medios y formas para acercarnos a ella, lograr que nos la presenten, intentar entrar en su círculo de amistades para hacernos un hueco y poder acercarnos a ella.

Son cosas normales en nuestras mutuas relaciones, que forman parte del engranaje de la vida social en el que nos movemos; será alguien de quien hemos escuchado que hace muchas cosas buenas por los demás, una persona altruista que se desvive por los otros, o como sucede en la sociedad en la que estamos, un deportista famoso, un político de esos que tienen un arte muy especial para ganarse adeptos y amigos, será alguien del mundo de la cultura si esto está en nuestros intereses, un artista de fama que arrastra masas y de quien pretendemos arrancarle aunque sea un autógrafo.

¿Cómo nos sentiremos cuando le conozcamos o logremos aquello que tanto soñábamos? Seguramente que encantados, aunque también hay el peligro o la posibilidad de que nos sintamos desilusionados porque en persona no es lo que nosotros habíamos imaginado. Muchas veces pudiera ser mucho más lo que nosotros llevamos en la cabeza, en la imaginación, que la realidad de ese personaje que queríamos conocer.

¿Cómo se sentirían aquellos griegos que querían conocer a Jesús y de los que nos habla hoy el evangelio? Nos relata el evangelista que había dos griegos, quizás en cierto modo cercanos al mundo judío o prosélitos, que a través de Felipe primero y luego también de Andrés quieren acercarse a Jesús. ‘Queremos ver a Jesús’ fue su petición, y ambos apóstoles se los presentaron a Jesús. Importantes que son también las mediaciones. ¿Nos habremos parado a pensar a través de quienes a lo largo de nuestra vida nos hemos acercado a Jesús o le hemos conocido más? Sería también algo para pensar, pero también para agradecer, quienes han sido mediación en la vida para que nosotros conozcamos a Jesús. Nuestros padres, el testimonio de alguien a nuestro lado, un catequista, el sacerdote que nos ha acompañado, el ejemplo de una persona en la que nos fijamos que calladamente hacía el bien y sin ella siquiera saberlo ha influido en nosotros. Daría para largas reflexiones, como también tendríamos que pensar en cómo habremos sido nosotros mediación para los demás.

Seguramente el encuentro con Jesús de aquellos griegos fue impactante. Fijémonos de lo que comienza a hablar Jesús. Llega la Hora en que ha de ser glorificado el Hijo del hombre. ¿Cuál ha de ser esa glorificación? Los judíos que tan ansiosos estaban por la llegada del Mesías, con su manera tan particular de entenderlo, estarían pensando en esos días de gloria para el pueblo de Israel que por fin se vería liberado de la esclavitud y de la opresión. Días de gloria habían sido los de la salida de Egipto en búsqueda de la libertad, aunque el camino había sido bien duro a través del desierto para llegar a la tierra prometida. ¿Llegarían esos nuevos días de gloria?

Pero Jesús habla del grano de trigo que se entierra y muere para germinar nueva vida. Jesús habla de una entrega que El va a realizar de sí mismo porque es la manera de alcanzar la vida. ¿Recordarían los discípulos aquello que Jesús tantas veces les había anunciado de que el Hijo del hombre iba a ser entregado en manos de los gentiles y les había hablado de padecer y de muerte? Ellos nunca lo habían querido entender, y seguramente serían palabras que estarían bien guardadas quizás por los temores de lo que anunciaban. Habla Jesús de perderse a sí mismo para poder ganar la vida. Pero eran palabras que resultaban duras. Y Jesús les dice que el que quiera servirle que le siga, pero ese es el camino, el de la entrega hasta perder la vida para ganarla.

En medio de los interrogantes que podrían están surgiendo en el corazón de quienes escuchaban las palabras de Jesús va a surgir momentáneamente algo extraordinario. Se va a oír una voz venida de lo alto que habla de esa glorificación. ‘Lo he glorificado y volveré a glorificarlo’. Fue como un trueno, fue algo extraordinario que no acababan de entender, como también les costaba entender las palabras de Jesús; era como la voz de un ángel del cielo, pero todos se sentían como aturdidos. ¿Recordarían los discípulos lo sucedido en lo alto del Tabor? ¿Alguien recordaría las palabras venidas del cielo allá en el Jordán cuando Jesús fue bautizado por Juan? Mas tarde en Getsemaní, ¿recordarían lo que ahora había sucedido?

Allí se estaba manifestando la gloria de Dios. Era como un anticipo de lo que Jesús tanto había anunciado que el Hijo del hombre que había de ser crucificado resucitaría al tercer día. Seguramente después de la resurrección recapitularían todas esas cosas y con la fuerza del Espíritu Santo recibido en Pentecostés llegarían a la plena comprensión.

Nosotros lo escuchamos hoy, en vísperas ya de la celebración del misterio pascual. Es lo que vamos a contemplar y a celebrar. Es la glorificación del Hijo del hombre, pero que va a ser para nuestra gloria, para nuestra salvación, porque en ese amor de Dios que se va a manifestar alcanzaremos el perdón, nos llenaremos de la salvación.  Es para lo que tenemos que seguir preparándonos con intensidad en estos días que nos quedan de cuaresma. Es lo que vamos a vivir en la Pascua. Jesús nos está diciendo que cuando sea elevado sobre la tierra, atraerá a todos hacia El.


jueves, 12 de mayo de 2022

Escuchemos con espíritu humilde y corazón abierto la palabra de Jesús para no contagiarnos del espíritu del mundo ansiosos de alcanzar el poder que nos aleja del evangelio


 

Escuchemos con espíritu humilde y corazón abierto la palabra de Jesús para no contagiarnos del espíritu del mundo ansiosos de alcanzar el poder que nos aleja del evangelio

Hechos de los apóstoles 13, 13-25; Sal 88; Juan 13, 16-20

En las costumbres y hasta normas sociales con las que nos vivimos y relacionamos los unos con los otros tenemos una multitud de recursos, llamémosles así, en los que actuamos por la mediación de los demás o como mediación de los demás, que incluso se han traducido en normas legales que le dan como mayor autoridad y validez a esas mediaciones; gentes que actúan por poder, abogados que nos representan y hablan en nombre nuestro o defienden nuestros intereses, portavoces de grupos o de familias en diversas situaciones y así muchas cosas más en este sentido. Quien actúa como mediador o en representación no se puede atribuir papeles o poderes que superen a quien es representado, ni podrán actuar en contra o por encima de los intereses de dichas personas que representan. Así nos damos cuenta, que además hasta legalmente está establecido cual es la verdadera medida de esa representación.

Digo esto como ejemplo y me viene a la memoria al escuchar las palabras hoy de Jesús. ‘El criado no es más que su amo, ni el enviado es más que el que lo envía. Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica’. Primero recordemos el hecho del que parten estas palabras de Jesús. El episodio es el comienzo de la cena pascual. Jesús se ha quitado el manto, se ha ceñido la toalla y se ha puesto a lavar los pies de los sorprendidos discípulos. Y cuando termina recordándoles que le llaman el Maestro y el Señor y en realidad lo es, sin embargo ha sido capaz de arrodillarse delante de sus discípulos para lavarles los pies. Y de ahí el comentario de las palabras de Jesús que hemos recordado.

En el texto que hoy se  nos ofrece en la liturgia de este día Jesús terminará diciéndonos que somos sus enviados. Quien recibe el enviado, recibe al que lo envía, y así Jesús nos dirá como estamos recibiendo a Dios. Es un nuevo y distinto sentido de mediación. No es simplemente que vayamos con unos poderes legales, como al principio comentábamos, aunque Jesús cuando envía a sus discípulos les da sus mismos poderes para anunciar la Buena Nueva, para curar enfermos y para arrojar demonios. Y es que sintiéndonos enviados de Jesús en la misión que se nos confía y que tenemos que realizar, estamos convirtiéndonos en algo más, estamos convirtiéndonos en signos de la presencia de Dios.

Esto es serio y es grandioso. Es cómo tenemos que ver nuestra misión. Es darnos cuenta de lo que nosotros tenemos que realizar en medio del mundo. Somos algo más que unos portavoces porque nuestra vida y nuestra palabra tienen que convertirse en ese signo de la presencia salvadora del Señor. Es grandiosa la misión que se nos está confiando, es de seria responsabilidad la misión que estamos asumiendo; es lo que tiene que brillar en nuestra vida. Es el cuidado también de lo que nuestra palabra tiene que pronunciar y lo que nuestras obras tienen que realizar. No nos podemos alejar del evangelio de Jesús, no nos podemos alejar del mensaje del Reino de Dios que Jesús nos anuncia.

‘Puesto que sabéis esto, dichosos vosotros si lo ponéis en práctica’, nos dice Jesús. La iglesia tiene que escuchar en sí misma estas palabras de Jesús. El criado no es mayor que su amo, ni el enviado mayor del que lo envía. ¿Lo habremos tenido en cuenta siempre? ¿No nos contagiaremos del espíritu del mundo y algunas veces porque actuamos como iglesia o en nombre de la Iglesia, se nos habrán subido los humos y nos habremos creído poco menos que dioses?

Es un peligro y es una tentación. Es la tentación del poder, de la búsqueda de grandezas humanas, de querer ponernos a la altura de los poderes del mundo, y algunas veces nos hemos confundido y hemos querido quizá ser mayores que nuestro maestro.

¿No habremos querido hacer y deshacer a nuestro antojo en muchas de las cosas que llamamos pastorales y que en la Iglesia o en su nombre realizamos? ¿Habrá sido siempre la Iglesia imagen del servicio a los demás y a ejemplo de Jesús que se arrodilló ante de los discípulos para lavarles los pies? Puede haber sido nuestro gran pecado.

Tenemos que escuchar con corazón humilde, con corazón abierto la palabra de Jesús.

miércoles, 5 de enero de 2022

¿Sabes con quién me encontré? Nos dejamos encontrar y lo compartimos con los demás como hizo Felipe primero con Jesús y luego con Natanael

 


¿Sabes con quién me encontré? Nos dejamos encontrar y lo compartimos con los demás como hizo Felipe primero con Jesús y luego con Natanael

1Juan 3,11-21; Sal 99; Juan 1,43-51

¿Sabes con quién me encontré? Es la conversación de dos amigos que comparten lo que les sucede en la vida y se lo cuentan todo el uno al otro. Pudo ser algo casual que le haya sucedido, o ha sido un encuentro importante; algo que entra en la comidilla normal de dos amigos que se cuentan sus cosas, o algo que le haya afectado mucho y que quizás le haya hecho ver las cosas de manera distinta; sea lo que fuere los amigos lo comparten todo, se alegran el uno con el otro en las cosas que les sucede, o pueden convertirse en interrogante para el otro interlocutor que le pueda llevar a él también a nuevos planteamientos. Los amigos se pasan el tiempo compartiendo las cosas de su vida.

Algo así sucedió entre Felipe y Natanael. Felipe había tenido un encuentro con Jesús que fue decisivo en su vida. Aunque el evangelio es parco en palabras de cómo fue el encuentro de Felipe con Jesús, luego ya Felipe irá contando a su amigo el gran descubrimiento que ha hecho. ‘Aquel de quien escribieron Moisés en la ley y los profetas, lo hemos encontrado: Jesús, hijo de José, de Nazaret’. No puede callarlo, y tan pronto se encuentra con su amigo Natanael le da la noticia, aunque en esta ocasión Natanael ponga sus pegas y sus dudas. Salen a relucir en su mutua confianza los recelos pueblerinos entre gentes de pueblos cercanos que siempre querrán echar tierra sobre el pueblo que consideran su contrincante. Natanael es de Caná, un pueblo cercano a Nazaret y de ahí esos recelos y el comentario que le hace a Felipe. ‘¿De Nazaret puede salir algo bueno?’

Ha sido para él tan importante el encuentro que ha tenido con Jesús que no quiere entrar en discusiones con su amigo y se contenta con decirle, ‘ven, y verás’, te vas a convencer por tí mismo. Y Natanael no se resiste, aunque vaya con sus desconfianzas interiores que le hará estar a la defensiva ante el saludo con Jesús y sus palabras.

Y es que Jesús lo cautivará, aunque haya reticencias en su corazón. Las palabras de saludo de Jesús son de alabanza para Natanael, y en su desconfianza le viene a decir de qué me conoces. Pero Jesús le recordará cosas que nadie más sabe y que nosotros en nuestras consideraciones también tantas veces nos hemos hecho muchas cábalas, de manera que Natanael terminará haciendo una hermosa confesión de fe. ‘Rabí- y comienza con un reconocimiento pues lo llama maestro -, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel’.

¡Qué importante es el encuentro! No ha habido milagros ni cosas extraordinarias, solamente un encuentro, y la vida de aquellos dos hombres cambiará para comenzar a seguir a Jesús. Lo veremos en otras ocasiones en el evangelio; son los encuentros profundos y llenos de vida, son los encuentros en un tú a tú sin muchas mediaciones milagrosas. Claro que quien se ha encontrado con Jesús puede ser mediación para que otros se encuentren también con Jesús; como lo fue Felipe para su amigo Natanael, a quien le había comunicado la noticia de su encuentro con Jesús.

Es importante que nos dejemos encontrar. En este caso que estamos comentando al hilo del evangelio, que nos dejemos encontrar por Jesús. Poco más tenemos que hacer que dejarnos sorprender, abrir los ojos para encontrar la luz. Que nos vale también para muchas cosas más en la vida, en nuestro encuentro con los demás; nos cuesta dejarnos sorprender por lo que podemos encontrar en las otras personas; así vamos de encerrados en nosotros mismos tantas veces por la vida.

Pero que nos vale también para que nosotros seamos capaces de ser portadores de buenas nuevas para los demás, porque aquello que vamos viviendo y experimentando seamos capaces de compartirlo con los demás, como hiciera Felipe con Natanael; podemos ser mediación para que haya sorpresa también para los demás y se dejen encontrar por Jesús.

¿Sabes con quien me he encontrado? Podemos nosotros también decirles a nuestros amigos, a nuestros familiares, a nuestros compañeros de trabajo, para hablarles de nuestra fe, de nuestro personal encuentro con Jesús.

lunes, 4 de enero de 2021

Tenemos que detenernos a dar gracias por esas personas que han sido una mediación para nosotros a lo largo de la vida para nuestro encuentro con Dios

 


Tenemos que detenernos a dar gracias por esas personas que han sido una mediación para nosotros a lo largo de la vida para nuestro encuentro con Dios

1Juan 3, 7-10; Sal 97; Juan 1, 35-42

Es cierto que en la pereza y cierta indolencia con que vivimos muchas veces preferimos que nos den las cosas hechas, por aquello de la ley del mínimo esfuerzo; que nos lo den ya todo masticado para no tener que esforzarnos. Pero también reconocemos que no todas las personas actúan así, y quieren buscar por sí mismas, hacer el camino y el esfuerzo lo que incluso pedagógicamente es mejor porque así aprendemos a valorar también por lo que nos cuesta aquello que alcanzamos.

Pero está también la ayuda que podemos recibir como una mediación que nos da pautas, nos abre caminos, nos señala horizontes, pero donde nosotros hemos de ponernos en camino de búsqueda para saber encontrar aquel punto de luz que se nos señalaba el camino para llegar a él. Son muchas las mediaciones que vamos recibiendo en la vida, unas veces de una manera concreta y consciente, otras que nos aparecen como sugerencias o nos inspiramos en el testimonio que podemos encontrar en quienes están a nuestro lado. Ojalá estuviéramos más atentos en la vida a esas señales, a esos signos de algo mejor y superior que nos van apareciendo pero que no siempre sabemos descubrir y leer.

Ese es muchas veces el camino de nuestra fe. Han sido unos padres que nos trasmitieron lo que ellos vivían y que fueron esos primeros caminos que nosotros hicimos, pero en la medida en que en la vida fuimos creciendo y madurando aprendimos a leer más señales que Dios va poniendo en nuestro camino, descubrimos personas que nos ofrecen su testimonio, aunque también muchas veces de una forma inmadura nos quedamos un tanto infantilizados sin dar pasos a un crecimiento espiritual como personas, y en consecuencia no ha habido una maduración de nuestra vida y compromiso cristiano.

Dios pone también en nosotros, en nuestro interior una inquietud y unos deseos de algo grande, de algo que nos eleve, no contentándonos con la materialidad de la vida de cada día, y muchas veces quizá vamos respondiendo a esa inquietud y también nos ponemos a buscar. Cuando a esa inquietud de nuestro corazón unimos las mediaciones o señales que nos van apareciendo en el testimonio de los demás estaremos haciendo un camino que realmente nos puede llevar a una mayor madurez en la vida y a una mayor madurez como cristianos.

Pero no nos pueden faltar nuestros deseos de búsqueda y no podemos dejarnos vencer por las dificultades o los cantos de sirena de falsas luces que nos pueden desorientar y hacer perder el rumbo. Por eso es tan importante también tener a nuestro lado quien en un momento determinado tenga una palabra, una indicación, un sabio consejo que nos ayude a no perder el rumbo.

Esto lo vemos hoy plasmado en el evangelio. En torno al Bautista se había formado un grupo de discípulos y de seguidores que iban a escucharle, porque su palabra y el testimonio de su vida sembraban inquietud. Ya Juan ha tenido la experiencia del encuentro con Jesús en el bautismo con la teofanía posterior donde se manifestó la gloria de Dios. Allí había escuchado en su corazón como se le decía que aquel sobre quien viera bajar al Espíritu era el Mesías salvador esperado.

Pero al paso ahora de Jesús - ¿vendría Jesús de regreso del monte de la cuarentena? Es posible – señala a sus discípulos que aquel es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Dos de sus discípulos escuchan la voz de Juan y se van tras Jesús. Allí estaba Juan realizando su mediación, la misión para la que había venido a preparar los caminos del Señor, y era esa voz que sintieron aquellos inquietos discípulos para seguir en su búsqueda caminando detrás de Jesús.

Ya conocemos el diálogo entre Jesús y aquellos dos que le siguen, porque muchas veces lo hemos escuchado y meditado. ‘¿Qué buscáis?... –Maestro, ¿Dónde vives?... – Venid y lo veréis’. Y se fueron con Jesús.

¿Qué buscáis? ¿A quién buscáis? Una pregunta en labios de Jesús que se repite en el evangelio aunque en la otra ocasión sea en medio del drama de Getsemaní. Entonces, Jesús les dirá que es El, a quien buscan – ‘A Jesús, el Nazareno’ – ahora simplemente les dice que continúen la búsqueda y aquellos dos primeros discípulos se fueron con Jesús. Ya a la mañana siguiente Andrés que era uno de los dos al encontrarse con su hermano Simón podrá decirle que han encontrado al Mesías.

¿Nos encontraremos nosotros así con Jesús? ¿También nos pondremos en camino en su búsqueda? ¿Nos dejamos conducir por esos signos que Dios nos va poniendo en nuestro camino para que en verdad lleguemos a encontrarnos con El? Quizá podría ser el momento de pensar en quienes han sido mediaciones de Dios para nosotros a lo largo de nuestra vida y nos han ayudado a encontrar a Dios; recordarlos y dar gracias a Dios por ellos.

domingo, 14 de enero de 2018

Aprendamos a escuchar la voz del Señor que nos habla a través de diversas mediaciones, pero no olvidemos que hemos de ser mediación para que otros saboreen también la voz de Dios

Aprendamos a escuchar la voz del Señor que nos habla a través de diversas mediaciones, pero no olvidemos que hemos de ser mediación para que otros saboreen también la voz de Dios

1Samuel 3, 3b-10. 19; Sal 39; 1Corintios 6, 13c-15a. 17-20; Juan 1, 35-42

En la vida somos mediaciones unos de los otros para muchas cosas. No podemos ser testigos directos de todo; no podemos estar en todos los lugares cuando suceden las cosas; por eso, digo, somos mediaciones los unos de los otros. Alguien que nos cuenta, noticias que nos llegan por distintos medios y hoy tenemos poderosos medios de comunicación que nos trasmiten al momento lo que pueda suceder en cualquier lugar del mundo.
Aunque también nosotros podemos leer en los mismos acontecimientos algo que va más allá del hecho en si descifrando algún tipo de mensaje o de lección que podemos recibir o aprender. Claro que para esto último tenemos que tener una especial sensibilidad, aprender a leer esos signos, tener una cierta profundidad en nuestra vida, en nuestro pensamiento o un sentido espiritual que nos haga trascender de verdad en la vida.
Esto en ocasiones nos cuesta porque quizá no tenemos bien calibrada esa sintonía del espíritu, o porque quizá nadie nos haya ayudado a descubrirlo. Vivimos quizá tan materializados en el día a día de las cosas presentes o que nos puedan dar una satisfacción en el momento que no nos hace gustar esos valores del espíritu y que pueden darnos una mayor altura a nuestra vida.
Tendríamos también que tener la humildad de dejarnos guiar, de acudir a donde podamos encontrar esa espiritualidad para nuestra vida, a esas personas que Dios va haciendo surgir también en nuestro entorno y que nos pueden ayudar en ello. Tenemos que pensar que solo por nosotros mismos no siempre conseguir mirar a esas metas más altas para nuestra vida.
Un poco de todo esto podemos ver reflejado en el evangelio que hoy se nos ofrece. Estamos en el comienzo de la vida pública de Jesús y son los momentos de los primeros encuentros, de los primeros discípulos. Dos discípulos del Bautista, allá en el desierto, se dejan guiar por el Precursor. Había, es cierto, una cierta sintonía en su corazón porque hasta las orillas del Jordán habían acudido para escuchar a aquel profeta que decía que preparaba los caminos del Señor.
Pero es la palabra de Juan las que les señala los primeros pasos. ‘Fijándose en Jesús que pasaba Juan lo señala: ‘Ese es el Cordero de Dios’. Y aquellos jóvenes inquietos se van tras Jesús; pero van preguntando buscando: ‘¿Qué buscáis?... Maestro, ¿Dónde vives?... Venid y lo veréis…’ y se fueron con Jesús. Juan, podíamos decir, había sido el medio, pero ellos se dejaron conducir. Juan les daba la noticia, pero ellos creyeron en su palabra y se fueron a buscar. Nos tiene que hacer pensar.
Encontraron lo que ansiaban sus corazones. Ya a la mañana siguiente Andrés que era uno de los dos discípulos del Bautista, va comentarle a su hermano Simón. ‘Hemos encontrado al Mesías’. Siguen las mediaciones. Ahora es Andrés el que trasmite la noticia, el que sirve de cauce, de camino para que Simón venga también al encuentro con Jesús. La cadena continuará.
¿Cómo podrán creer en El si nadie se los ha anunciado?, se preguntaba Pablo en una de sus cartas. Esto es importante por una parte para que nosotros vayamos cada día más a un encuentro con Jesús, pero también para que pensemos qué es lo que nosotros estamos trasmitiendo. Es necesario el anuncio del Evangelio. ¿Cómo van a creer si nadie se los anuncia? Algunas veces tenemos la tentación de dar por sentado que ya el evangelio está anunciado y todos los conocen. Pero bien nos damos cuenta que la realidad es otra.
A cuántos en nuestro entorno, en esta sociedad en la que vivimos no les dice nada el evangelio, la religión, el hecho religioso, el cristianismo. Pero no les dice nada porque no se han encontrado con el evangelio, porque no se han encontrado con Jesús, porque no han descubierto de verdad el sentido cristiano, aunque luego todos hablen de religión y todos quieran expresar su opinión de lo que tiene que ser la Iglesia y lo que tendrían que hacer los cristianos. Y en esto tenemos nuestra parte los que nos decimos cristianos, los que venimos a la Iglesia. Quizá a nosotros mismos nos falte esa verdadera sintonía con el evangelio y con el mensaje de Jesús.
Pero además es que nosotros tenemos que hacernos portavoces de ese evangelio con nuestra vida, con nuestro testimonio, pero también con nuestra palabra. Juan no se calló, señalo a Jesús como el Cordero de Dios. Andrés no se calló, contó a Pedro que habían encontrado el Mesías. ¿A quien le contamos nosotros nuestra fe?
Hoy la Palabra nos ha hablado del niño Samuel que en sueños escuchaba la voz de Dios que le llamaba y no entendía quien le estaba llamando. Fue el Sacerdote Heli el que le ayudó a descubrir que Dios quería hablarle en su corazón. Le enseñó a decir ‘habla, Señor, que tu siervo escucha’. Tenemos que aprender a decirlo, a hacer silencio también en nuestro corazón para escuchar esa voz de Dios. Tenemos que ayudar a los demás a que también escuchen esa voz de Dios en su corazón. Qué hermosa sería la tarea de los padres que enseñan a rezar a sus hijos, que no solo le enseñaran oraciones aprendidas de memoria, sino que les enseñaran a sintonizar con Dios en su corazón. ¿Será esa también la tarea de nuestros catequistas en nuestras parroquias?
Escuchemos la voz de Dios que nos llama, que nos habla quizá a través de tan diversas mediaciones, pero no olvidemos que  nosotros somos también mediación para que otros puedan escuchar y saborear la llamada del Señor.

lunes, 18 de septiembre de 2017

Jesús quiere ir siempre al encuentro del que sufre, pero es necesario que nosotros con nuestra fe y nuestra humildad nos dejemos encontrar por Jesús

Jesús quiere ir siempre al encuentro del que sufre, pero es necesario que nosotros con nuestra fe y nuestra humildad nos dejemos encontrar por Jesús

1Timoteo 2,1-8; Sal 27; Lucas 7,1-10
Hay gente que se cree merecedora de todo; van poniendo por delante las cosas que hacen o que han hecho y con ello se creen con derecho a reclamar y exigir.
Por adelantando decir que siempre hemos de valorar lo bueno que hacen los demás, siempre hay que valorar a la persona, nos merece respeto y consideración sea quien sea, pero bueno es que valoremos lo que hace e incluso de alguna manera se lo manifestemos; no es cultivar orgullos ni vanidades, sino más bien que nuestra valoración sea un estimulo para que siga haciendo eso bueno que hace o eso que intenta aunque le cueste.
Cuantas veces nos encontramos en la vida gente buena que se hunde porque nunca han escuchado una palabra amable o una valoración de lo que hacen; según el carácter de la persona eso puede hacerle sentirse incluso inútil porque le puede parecer que lo que hace no le importa a nadie. Por eso hemos de saber tener esa delicadeza para con los demás porque una palabra amable por nuestra parte puede ser un buen estimulo para que quien quizá no se cree nada, se dé cuenta de sus valores y hasta donde pueda llegar.
Pero hemos dicho que aunque se nos valore lo que hacemos, eso no nos da derecho a convertirnos en unos vanidosos y orgullosos que vayamos exigiendo por aquello que hacemos, o echándoselo en cada a los que nos rodean. Otro ha de ser el espíritu de sencillez y de humildad con que hemos de saber ir por la vida. Ya Jesús nos enseña que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha. Que no vayamos buscando esos reconocimientos de los demás. Y quien quizá por el cargo o la situación social en que se encuentra situada todo eso lo puede convertir en una forma de poder sobre los demás que le lleve incluso a la manipulación y quizá muchas veces a formas de corrupción por sus exigencias que se quieren incluso convertir en ganancias económicas.
Toda esta reflexión me viene al pensamiento escuchando el texto del evangelio que hoy se nos ofrece. Un centurión, un hombre con su poder y prestigio desde el lugar que ocupa en el orden social, político o militar que se vive en el momento; un hombre que no se ha servido de su situación para sus ganancias personales, sino que incluso ha sido bueno con el pueblo al que ha de servir, ha ayuda a construir incluso la nueva sinagoga, aunque él no es de religión judía. Es bien considerado por los demás. Un criado o servidor que tiene enfermo de gravedad y al que tiene gran aprecio.
Serán los ancianos del pueblo los que acudan a Jesús como intercesores. Pero detrás está la fe de aquel hombre y su humildad. Ante el deseo de Jesús de llegar hasta la casa de aquel hombre vendrá su reacción. Primero fijémonos en la actitud de Jesús que escucha pero que quiere estar cerca de aquel que sufre, en este caso el criado del centurión pero también del mismo centurión que sufre por la enfermedad de su criado; cuanto tenemos que aprender de esta cercanía de Jesús. No ayudemos desde la distancia, porque muchas veces el consuelo o la solución no está en lo que materialmente hagamos, sino vayamos siempre al encuentro de la persona que suele ser mas difícil y será también lo que más necesitará esa persona.
Pero mencionábamos la reacción humilde y confiada por parte del centurión. ‘No soy digno…’ Cuánto nos dice esta frase que refleja toda una actitud en la vida. La Iglesia la recoge en su liturgia para que la repitamos con humildad antes de recibir la comunión. Quizás por tantas veces repetida le hemos mermado su valor y su sentido. Pensemos mucho esa frase antes de decirla, no me extiendo más porque seremos capaces de comprender todo su sentido.
Jesús alaba la fe y la humildad de aquel hombre. ‘Os digo que ni en Israel he encontrado tanta fe’. ¿Alabará así Jesús nuestra fe y nuestra humildad? Muchas cosas habremos podido haber aprendido de este episodio para crear unas nuevas actitudes y posturas en lo más hondo de nosotros mismos.

jueves, 29 de junio de 2017

La fe nos congrega en torno a Pedro para estar fundamentados en Jesús, nuestro único Salvador, y expresar nuestro compromiso de amor por el Reino de Dios

La fe nos congrega en torno a Pedro para estar fundamentados en Jesús, nuestro único Salvador, y expresar nuestro compromiso de amor por el Reino de Dios

Hechos 12, 1-11; Sal 33; 2Timoteo 4, 6-8. 17-18; Mateo 16, 13-19
Aunque a veces nos creemos que llegamos a conocer las cosas o las personas siempre por nosotros mismos, bien sabemos que siempre hay algo, siempre hay alguien que de alguna manera es mediación para nosotros para que lleguemos a ese conocimiento; circunstancias especiales, personas que nos ayudan en el encuentro, cosas que vemos en las acciones de los demás que nos llevan a interrogantes que nos plantean cuestiones importantes para nosotros. Interactuamos entre unos y otros y siempre hay una relación que nos lleva a otra relación.
Fue como Pedro llego a conocer a Jesús. Su hermano Andrés que había llegado hasta Jesús por el testimonio del Bautista, después de tener un encuentro con Jesús – en este caso acompañado por Juan el Zebedeo – es el primero que le habla de Jesús. ‘Hemos encontrado al Mesías’, le dice, y lo llevo a Jesús. Y Jesús desde ese primer encuentro ya le señala que habrá una misión para él. ‘Tu eres Simón, el hijo de Juan, en adelante te llamarás Cefas (Pedro)’.
Más tarde como  nos narrarán los sinópticos en la orilla del lago estaban por un lado Andrés y Simón, y por otro lado los hermanos Zebedeos, y pasará Jesús y les invitará a ser pescadores de hombres. Habrían ya escuchado a Jesús en aquellos primeros anuncios que hacia del Reino de Dios que llegaba y para el que había que convertirse y creer en la Buena Nueva que Jesús significaba; en sus corazones habría ya esa inquietud por el Mesías que se esperaba y ahora sus esperanzas afloraban de nuevo con el profeta de Nazaret, será por eso por lo que lo dejarán todo por seguir a Jesús.
Se reconocerá indigno y pecador ante las maravillas que realiza Jesús cuando ha puesto toda su confianza en El. Por tu nombre, porque tu lo dices, por tu Palabra echaré las redes, había respondido Pedro a la invitación de Jesús aquel día en el lago cuando nada habían cogido la  noche anterior, y ante la maravilla de aquella pesca tan abundante se siente pecador y no se considera digno de estar al lado de Jesús, pero Jesús sigue confiando en él, ‘serás pescador de hombres’.
Su fe, su confianza, su entusiasmo va creciendo día a día después de las diversas experiencias que va teniendo con Jesús el Tabor, la resurrección de la hija de Jairo, y le llevará a decir un día que estará siempre con El, que no lo abandonará, aunque todos lo abandonen, porque El tiene Palabras de vida eterna. Aunque porfíe lo mismo en otros momentos trascendentales su debilidad le podrá y llegará incluso a decir un día, por temor, que no lo conoce, pero Jesús sigue confiando en él, sigue confiando en quien se siente cogido del amor de Jesús. ‘¿Me amas?... Tu lo sabes todo, tu sabes que te amo… apacienta mis ovejas…’
Es el Pedro que un día había llegado a hacer una hermosa confesión de fe cuando Jesús pregunta lo que la gente piensa de El, y lo que ellos mismos piensan de Jesús después de tanto que ha estado con ellos. ‘Tu eres el Cristo, el Mesías, el Hijo del Dios vivo’. Pero aquello Pedro no lo había conocido por si mismo; había habido una revelación del Padre allá en lo hondo del corazón, porque de lo contrario no podría afirmar tales cosas. Pedro se había dejado conducir por el Espíritu de Dios. Ese Espíritu de Jesús que le inundaría para poder llegar a ser el que en nombre de Jesús fuera piedra fundamental de la comunidad que nacía, piedra sobre la que se fundamentaría la Iglesia.
Pedro es la piedra por su fe, y en la fe de Pedro nos apoyamos nosotros sintiéndonos en plena comunión con su sucesor el Papa y con toda la fe de la Iglesia. Será así como hacemos Iglesia, como nos constituimos en Iglesia. No como una organización más, al estilo y a la manera de las organizaciones del mundo, sino como una comunidad de fe.
Es la fe lo que nos une, lo que nos hace Iglesia. Es lo que tendríamos que expresar de manera clara ante el mundo que nos rodea. Demasiado aparecemos ante los ojos del mundo como una organización llena de poder, pero nuestro único poder es la fe que nos une, que nos congrega en torno a Pedro para estar fundamentados de verdad en Jesús. Ese es el sentido que tiene ser iglesia, es así como hemos de manifestarnos, es así como tenemos que expresar nuestro compromiso de amor ante el mundo que nos rodea.
No olvidemos que a través nuestro otros muchos pueden llegar al conocimiento de Jesús. Nuestro testimonio tiene que ser esa mediación que conduzca a todos hasta Jesús para que en verdad entre todos constituyamos y construyamos el Reino de Dios.

sábado, 27 de mayo de 2017

Anunciemos la buena noticia a todos de que Dios nos ama, para que todos nos sintamos amados de Dios que es lo mejor que nos puede pasar

Anunciemos la buena noticia a todos de que Dios nos ama, para que todos nos sintamos amados de Dios que es lo mejor que nos puede pasar

Hechos, 18, 23-28; Sal. 46; Juan 16, 23-28
Estamos en las vísperas de la Ascensión. Continuamos aun en el tiempo pascual que se prolonga aun hasta el próximo domingo en Pentecostés. Este día de la ascensión que vamos a celebrar mañana domingo, pero que antes hubiéramos celebrado litúrgicamente el pasado jueves, cronológicamente los cuarenta días desde la pascua, siempre tuvo una resonancia especial en la piedad popular con aquellas connotaciones que nos hablaban de los jueves que brillaban mas que el sol – jueves santo, corpus christi y día de la Ascensión -. Los ajustes laborales en la sociedad civil cada vez mas laica y alejada del sentido religioso de la vida ha trasladado a fiestas como esta al domingo, mientras quizás nos inventamos otras fiestas en el consumismo de la vida moderna.
Pero aparte estos comentarios un tanto ocasionales queremos en nuestra reflexión seguir dejándonos guiar por los textos que la liturgia nos ofrece como alimento para nuestro diario caminar. El texto del evangelio que se nos ofrece sigue la lectura continuada de lo que llamamos el discurso de la última cena de Jesús.
Las palabras de hoy tienen de nuevo esa resonancia de la despedida. ‘Sali del Padre y he venido al mundo, nos dice, otra vez dejo el mundo y vuelvo al Padre’. Ha cumplido su misión, el anuncio del Reino de Dios y nuestra redención. Como mañana escucharemos ahora nos deja su misión en nuestras manos para que nosotros anunciemos esa Buena Nueva y sigamos construyendo el Reino de Dios.
Vuelve al Padre donde vamos a tener un intercesor, mediador para siempre. ‘Yo os aseguro, nos dice, si pedís algo al Padre, en mi nombre os lo dará’. Sentado a la derecha del Padre, como lo contemplaremos mañana a partir de la Ascensión y confesamos en el Credo, intercede por nosotros, es el Mediador definitivo y eterno que por nosotros ha ofrecido su sangre, para nuestra redención, para el perdón de los pecados. Por eso ahora, por esa mediación de Jesús, nos sentiremos amados de Dios para siempre. ‘Aquel día, nos dice, pediréis en mi nombre, y no os digo que yo rogare al Padre por vosotros, pues el Padre mismo os quiere, porque vosotros me queréis y creéis que yo salí de Dios’.
Es nuestra fe. Creemos en Jesús enviado del padre, que ‘por nosotros y por nuestra salvación bajo del cielo’ como confesamos en el Credo; creemos en Jesús y amamos a Jesús porque nos sentimos inundados de su amor. Así sentiremos para siempre ese amor de Dios en nosotros. ‘El padre mismo os quiere’, nos dice. Nos recuerda aquello que ya habíamos escuchado en el evangelio. ‘Tanto amo Dios al mundo que nos envió a su único Hijo para que todo el que crea en El no perezca, sino que tenga vida eterna’.

Demos gracias a Dios por su infinito amor. Correspondamos con nuestra fe y con nuestro amor siguiendo el camino de Jesús. Anunciemos esa buena noticia a todos para que todos sepan que Dios los ama, para que todos nos sintamos amados de Dios. Sentirse amado de Dios es lo mejor que nos puede pasar.

viernes, 7 de octubre de 2016

Con María del Rosario entretejemos la vida con el misterio de Cristo gozoso, crucificado y glorioso



Con María del Rosario entretejemos la vida con el misterio de Cristo gozoso, crucificado y glorioso

Hechos de los apóstoles 1, 12-14; Salmo Lc 1, 46-55; Lucas 1, 26-38

La espiritualidad de una persona manifiesta aquellos valores e ideales que se convierten en metas de su vida y que al mismo tiempo vienen a ser como un motor interior que nos impulsa en nuestro camino, da un sentido y valor a cuanto hacemos y nos hace sentir esa fuerza que necesitamos en la lucha de la vida de cada día. Es el espíritu de nuestra vida, de ahí la palabra espiritualidad.
Y la espiritualidad de un cristiano está toda ella centrada en Cristo, porque es en quien en verdad encontramos ese sentido, esa salvación de nuestra vida. Un cristiano está impregnado del espíritu de Cristo; un cristiano está lleno e inundado del Espíritu de Cristo. Un cristiano, pues, todo lo centra en Cristo. Todo lo que gira en torno al hecho de Cristo y su evangelio a eso nos lleva, han de ser en verdad mediaciones que nos conduzcan a Cristo. Cuanto hacemos, cuanto rezamos, los modelos o ejemplos que tengamos ante nuestros ojos siempre nos han de llevar a Cristo. No nos podemos quedar en ellos, porque entonces en verdad perdería su sentido.
Así María, la madre de Jesús que es también nuestra madre; así la devoción que le tengamos a María, el amor que como hijos a ella le tengamos; nunca María sustituirá a Cristo ni podrá ocupar el lugar de Cristo en nuestra espiritualidad, nunca nuestra devoción a María se puede contraponer con nuestra fe en Cristo. Es más, María siempre querrá llevarnos hasta Cristo. ‘Haced lo que El os diga’, nos dirá a nosotros como a aquellos sirvientes de las bodas de Caná.
Hoy estamos celebrando una fiesta de María que es muy entrañable en el pueblo cristiano. Celebramos a María, Virgen del Rosario. Una fiesta y una devoción a María que va profundamente unida a la oración porque de alguna manera toma su nombre de esa cadena de rosas que son las cuentas del rosario, que son las avemarías que desgranamos en nuestra oración a María.
Y es aquí donde hemos de fijarnos en algo muy importante, yo diría esencial, en esta devoción a María en consonancia con lo que venimos diciendo. El rosario no es solo encadenar esas cincuenta avemarías que como piropos dedicamos a María porque el rosario está encadenado – y válganos bien el sentido de la palabra – con todo el misterio de Cristo. Cada decena de avemarías la llamamos un misterio, porque en cada una de esas decenas mientras nuestros labios desgranan esos piropos a María nuestra mente está embebida en ese misterio de la vida de Cristo al que se hace referencia.
Rezar el santo rosario
no es solo hacer memoria
del gozo, el dolor, la gloria,
de Nazaret al Calvario.
Es el fiel itinerario
de una realidad vivida,
y quedará entretejida,
siguiendo al Cristo gozoso,
crucificado y glorioso,
en el Rosario, la vida.
Son unos versos hechos himno de oración en la liturgia de las horas y creo que nos definen muy bien el sentido del rosario haciéndonos marcar profundamente nuestra espiritualidad en todo el misterio de Cristo. A ello nos conduce María siempre. ‘Quedará entretejida la vida en el rosario siguiendo al Cristo gozoso, crucificado y glorioso’, que decían los versos del himno.
Que así vivamos con intensidad nuestra devoción a María, la Madre del Señor y nuestra madre. Así centremos toda nuestra vida, toda nuestra espiritualidad en el misterio de Cristo. María es esa mediación, Mediadora la llamamos, que nos ayuda a ese encontrarnos con Cristo, a ese impregnarnos de su Espíritu, como ella estuvo llena de Dios e inundada por el Espíritu divino. 

martes, 3 de mayo de 2011

Seamos mediación para que el mundo pueda conocer a Jesús


Seamos mediación para que el mundo pueda conocer a Jesús

1Cor. 15, 1-8; Sal. 18; Jn. 14, 6-14

‘Hace tanto tiempo que estoy con vosotros, ¿y aún no me conoces, Felipe?’ Es la réplica o recriminación de Jesús cuando Felipe le pide ‘Señor, muéstranos al Padre y nos basta’, en la última cena.

Felipe era de los que estaban con Jesús desde el principio. Jesús mismo lo había llamado después que Juan y Andrés se fueran con Jesús tras haberlo señalado el Bautismo como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo; luego Andrés había llevado a su hermano Simón hasta Jesús y a continuación nos dice el evangelio que Jesús encontrándose con Felipe en su camino a Galilea le invita seguirle y éste se va con Jesús. Ya inmediatamente le lleva la noticia a Natanael diciéndole que ‘hemos encontrado a aquel de quien hablan las Escrituras, Moisés y los profetas’ y lo convence para llevarlo a Jesús.

Volveremos a encontrarlo en el Evangelio cuando unos gentiles se le acercan para decirle que quisieran ver a Jesús; se lo comunica a Andrés y los dos se los llevan a Jesús. Aparece en los listados de los doce escogidos por Jesús para nombrarlos apóstoles.

Santiago, a quien hoy celebramos también, como entendemos todos no es el Zebedeo hermano de Juan, sino Santiago el de Alfeo, como se dice en las listas de los apóstoles y que también conocemos habitualmente como Santiago el Menor. ¿Pariente de Jesús? ¿primer obispo de la Iglesia de Jerusalén? Quizá el Santiago del que dice Pablo que también a él se le apareció el Señor resucitado, como hemos escuchado en la carta a los Corintios. También tenemos en el canón de los libros del Nuevo Testamento una carta atrbuida también a Santiago Apóstol, que tendría que ser éste.

Poco más sabemos de ambos. Bástenos saber que perteneció al grupo de los Doce Apóstoles escogidos por el Señor y enviados con misión especial a hacer el anuncio del evangelio por el mundo entero.

Es hoy una fiesta de los Apóstoles con la importancia que tiene esta celebración para la Iglesia por lo que significan para nosotros. Testigos de Jesús nos trasmitieron la fe Cristo como nuestro Salvador, por lo que decimos que nuestra fe está fundamentada en los apóstoles y la Iglesia es apostólico entre sus esenciales características.

¿Qué podríamos considerar como lección para nosotros que nos estimule en el camino de nuestra vida cristiana? Fijémonos, por ejemplo, en esos detalles que hemos subrayado de Felipe. Podíamos destacar en esa pregunta que le hace a Jesús en la última cena sus ansias de conocer más y más a Dios. ‘Muéstranos al Padre y nos basta’. Que surjan esas ansias en nuestro corazón de querer conocer más y más todo el misterio de Jesús que es meternos de lleno en el misterio de Dios.

Pero también podríamos destacar la mediación que fue Felipe para que otros conocieran a Jesús. En él hubo disponibilidad total cuando Jesús le llama, pero pronto se está conviritiendo en medio para que otros conozcan a Jesús. Hablará de Jesús a Natanael y aquellos gentiles por su medio pueden llegar también hasta Jesús.

‘Queremos conocer a Jesús’. Quizá también los que nos rodean conscientes y deseosos o con un deseo que no se atreven a manifestar también podrían de una forma o de otra estar diciéndonos lo mismo. Tenemos que llevar hasta Jesús a nuestros hermanos los hombres que nos rodean. Tenemos que anunciarles a Jesús.

O tenemos también que hablarle a Jesús de esos hombres, de ese mundo que está a nuestro alrededor. Una forma hermosa de vivir ese espíritu misionero también es la oración que podemos hacer por nuestro mundo. En nuestra oración, con esa inquietud que tenemos en el corazón por lo que vemos a nuestro lado, hablémosle a Jesús, hablémosle a Dios de ese mundo que nos rodea; oremos, en una palabra, por ellos.