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viernes, 3 de mayo de 2019

Con el testimonio de nuestra vida tenemos que facilitar hoy el encuentro de los demás con Jesús y el evangelio



Con el testimonio de nuestra vida tenemos que facilitar hoy el encuentro de los demás con Jesús y el evangelio

1Corintios 15, 1-8; Sal 18; Juan 14, 6-14
‘Señor, muéstranos al Padre y nos basta…’ le pedía Felipe a Jesús. Les costaba asimilar las palabras de Jesús. A nosotros ahora quizá nos puede parecer muy claro. Pero era algo nuevo y distinto lo que estaban escuchando. Y cuando escuchamos algo nuevo que nos sorprende por su novedad, porque nos hace cambiar nuestros esquemas mentales, la forma en que estábamos acostumbrados a ver las cosas también nos cuesta asimilar, digerir. Es como un alimento nuevo y fuerte que nunca hemos comido, tenemos que irlo saboreando poco a poco para encontrar esas nuevas sensaciones, esa nueva visión de las cosas.
Jesús acababa de decirles  ‘si me conocéis a mi, conoceréis también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto’. Pero costaba entender. A Jesús lo conocían, con El llevaban mucho tiempo, pero les hablaba de Dios, les decía que conociéndole a El conocerían también a Dios; y estaba además esa forma nueva de llamar a Dios, porque Jesús les hablaba del Padre, mientras ellos en su religión judía ni se atrevían a mencionar el nombre de Dios para no profanarlo.
Y ahora Jesús les dice que cómo es esto que después de tanto tiempo que están con El no acaban de conocerle ni de comprender sus palabras. Bien sabemos que necesitarán la presencia y la fuerza del Espíritu para comprenderlo todo, como les diría más tarde Jesús. ‘Cuando venga el Espíritu de la verdad El os lo enseñará todo’. Pero ahora siguen con sus dudas y con sus interrogantes interiores que son mucho más que las palabras que puedan balbucir. Por eso Jesús terminará diciéndoles que ‘quien me ha visto a mí ha visto al Padre’.
Parece que le damos vueltas y vueltas a las palabras de Jesús, pero bien necesitamos nosotros rumiarlas muy bien. Porque tenemos que fortalecer nuestra fe. Porque tenemos que sentirnos muy seguros con nuestra fe en Jesús. Porque vamos a encontrar mucha gente que no comprenda estas cosas y nosotros tenemos que iluminar también sus vidas con nuestra presencia, con nuestras obras, con nuestra vida. Porque esa fe que tenemos en Jesús para creer en sus palabras tiene que transformar nuestra vida, tiene que darnos un nuevo sentido de vivir. Y reconozcamos que muchas veces no terminamos de dar ese nuevo sentido de vida a nuestra existencia.
Estamos celebrando hoy a dos apóstoles, Felipe y Santiago el Menor. Poco sabemos de lo que fue su vida a partir de su dispersión por el mundo para anunciar el evangelio, pero sobre todo de Felipe encontramos un par de retazos en el evangelio que podrían ayudarnos. Felipe es llamado directamente por Jesús y pronto se va con El.
Pero es que inmediatamente en esa misma página del evangelio lo contemplamos ya como misionero. Será quien se encuentre a Natanael y le hable de Jesús hasta convencerlo a pesar de sus reticencias para que venga también a conocer a Jesús. Más tarde nos encontraremos que unos gentiles se dirigen a Andrés y Felipe para decirlos que quieren conocer al Maestro y ellos los llevan ante Jesús, podríamos decir que les facilitan el encuentro con Jesús.
¿No tendría que ser algo así nuestra vida? Siempre misioneros, siempre apóstoles, siempre anunciando el nombre de Jesús a pesar de las reticencias que encontremos en nuestro mundo, siempre facilitando a través del testimonio de nuestra vida que otros puedan encontrarse con Jesús.
Vivimos en nuestra Iglesia un estado de misión. Algo que nunca puede faltar, pero que en nuestro tiempo queremos de una manera especial intensificar, pero no solo pensando en países lejanos sino en nuestra periferia particular de aquellos que nos rodean que necesitan de nuestro testimonio para encontrarse con el evangelio, para encontrarse con Jesús. Es la tarea misionera en la que está empeñada nuestra Iglesia en este hoy de nuestra vida y de nuestra historia.
Creemos que ya todo el mundo está convertido al evangelio, pero bien sabemos que no es así. Que en este sentido nuestros tiempos son difíciles, pero que ahí está donde hemos de encender nuestra luz, o mejor, la luz de Jesús que reflejamos con nuestra vida para hacer el anuncio del evangelio al mundo que nos rodea. No cejemos en nuestro empeño misionero.

sábado, 3 de mayo de 2014

Los apóstoles, unos hombres inquietos y movidos por la esperanza que siguen a Jesús



Los apóstoles, unos hombres inquietos y movidos por la esperanza que siguen a Jesús

1Cor. 15, 1-8; Sal. 18; Jn. 14, 6-14
Cuando celebramos la fiesta de alguno de los apóstoles, hoy celebramos a Santiago, llamado el Menor para diferenciarlo del Zebedeo hermano de Juan,  y que es llamado también el pariente del Señor, y a Felipe, normalmente nos quedamos en el hecho de que eran discípulos de Jesús y un día fueron especialmente escogidos por el Señor para formar parte del grupo de los Doce y con la misión de ser los especialmente enviados a anunciar el Evangelio, la Buena Nueva de Jesús por todo el mundo.
Está bien partir de ese pensamiento de que eran discípulos de Jesús, parte de ese gran grupo que seguía a Jesús por todas partes y se sentían llamados de manera especial en su seguimiento por el Reino de los cielos. Pero se me ocurre pensar en la inquietud que habría en sus corazones que un día despertaría en ellos el deseo de conocer más de cerca a Jesús y seguirle y estar con El. Tenían que ser personas inquietas y en búsqueda de una esperanza nueva que en Jesús podían ver realizada. Como decían los discípulos de Emaús nosotros esperábamos que el fuera el futuro liberador de Israel. Era la esperanza del Mesías que tenía que estar muy fuerte en sus corazones; era la esperanza de todo el pueblo de Israel, pero que seguramente en ellos se destacaba de manera especial como para seguir a aquel profeta que había surgido en medio de ellos proveniente de Nazaret.
Vamos a fijarnos más en  Felipe del que se nos habla ya casi al principio del evangelio de san Juan cuando la llamada de los primeros discípulos. Juan y Andrés se habían ido con Jesús tras las indicaciones del  Bautista que lo señalaba como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, y ya pronto Andrés irá a buscar a su hermano Simón para traerlo a Jesús porque han encontrado al Mesías.
Luego nos dirá el evangelio que al pasar Jesús vio a Felipe y lo invitó a seguirle. Pero pronto será Felipe el que vaya a buscar a Natanael. ‘Felipe era de Betsaida, el pueblo de Andrés y Simón’ y por ahí andará en la cercanía de aquellos dos hermanos con inquietudes semejantes que cuando escucha la invitación de Jesús se va con El.
Le veremos luego en el episodio de la multiplicación de los panes, porque es a él a quien le plantea Jesús la necesidad de buscar pan para aquella multitud. Había buenos deseos en su corazón, pero desde el realismo del lugar en que estaban y la cantidad de gente que se había reunido, aunque habría buenos deseos se sentía impotente para la tarea que habría que realizar. Lo escuchábamos ayer, ‘¿dónde compraremos panes para que coma toda esta gente?’, se pregunta pero no quiere cruzarse de brazos.
Jesús les iba instruyendo, a ellos de manera especial les hablaba del sentido del Reino de los cielos; ellos habrían de ser los enviados. Pero es interesante ver los diálogos que se entablan entre Jesús y los apóstoles cuando les va descubriendo todo ese misterio de Dios, porque sienten deseos de algo grande con las palabras de Jesús pero en muchas ocasiones les cuesta comprender. Como hemos escuchado hoy en el evangelio, que forma parte del diálogo de Jesús con los apóstoles en la noche de la cena pascual, Jesús les habla del Padre del que quiere hacer siempre su voluntad, pero no terminan de entender. Jesús les dice que será a través de El como pueden llegar hasta Dios, pero aun les cuesta entender cómo ha de ser todo eso.
‘Nadie va al Padre sino por mí’, les dice Jesús después de manifestarles que El es el Camino y la Verdad y la Vida, y que conociéndole a El podrán conocer a Dios, como también nosotros hemos venido reflexionando últimamente, y desde ahí surge la pregunta de Felipe: ‘Señor, muéstranos al Padre y nos basta’. Tienen deseos de Dios, quieren conocer todo ese misterio de Dios que Jesús les va revelando, hay una inquietud honda en sus corazones, pero aún les cuesta. Es hermosa, sin embargo, esa búsqueda y cuánto nos enseña y estimula a nosotros. También tendríamos que tener esa inquietud en nuestro corazón desde una fe viva que queremos vivir con toda intensidad.
La respuesta de Jesús a la pregunta de Felipe bien nos impulsa a nosotros a querer conocer cada vez más a Jesús y permanecer unidos a El. Es nuestra Salvación y nuestra vida. Es el camino que nos conduce a la plenitud de Dios. Es la verdad que se nos revela y que nos hace grandes porque nos da la libertad de los hijos de Dios. Es la vida que tenemos que vivir. Porque no es solo hacer cosas, es vivir a Cristo, permanecer en su amor, caminar su camino, llenarnos de El. Sin El nada somos ni podremos alcanzar esa plenitud que deseamos. Busquemos a Jesús.

viernes, 3 de mayo de 2013

Por medio de los santos apóstoles proteges y guías a todos con la luz del Evangelio

1Cor. 15, 1-8; Sal. 18; Jn. 14, 6-14
‘Os recuerdo el evangelio que os proclamé y que vosotros aceptasteis, y en el que estáis fundados, y que os está salvando… que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras…’
Así nos lo recuerda el apóstol san Pablo y ahí encontramos el sentido profunda de esta fiesta de los Apóstoles Felipe y Santiago que hoy estamos celebrando, como la fiesta de todos los Apóstoles que vamos celebrando a lo largo del año. Viene a ser una proclamación y una afirmación de nuestra fe, que hemos recibido de los Apóstoles. Fueron los primeros testigos de la muerte y la resurrección del Señor que nos han trasmitido la fe. Es a lo que nos ayuda la celebración de la fiesta de los apóstoles, a una afirmación de nuestra fe.
Como diremos en el prefacio, motivando nuestra acción de gracias al Señor ‘no abandonas nunca a tu rebaño, sino que por medio de los santos apóstoles, lo proteges y conservas, y quieres que tenga por guía la palabra de aquellos mismos pastores, a quienes tu Hijo dic la misión de anunciar el evangelio’. A esto tiene que ayudarnos nuestra celebración, damos gracias a Dios por la fe recibida, pero al mismo tiempo nos sentimos más fortalecidos para proclamarla en medio del mundo, porque también hemos recibido esa misión de anunciar el evangelio.
En el texto de san Pablo que hemos escuchado se nos ha dado una descripción de las distintas apariciones de Cristo resucitado, unas nos las han relatado los evangelios otras no, pero nos llega a decir cómo también se apareció a Santiago, como reconoce Pablo que también él tuvo su encuentro con Cristo resucitado en el camino de Damasco. La liturgia nos ofrece este texto porque nos viene a ayudar en esa proclamación de nuestra fe, heredada de los Apóstoles, pero también por la mención a Santiago, que hoy estamos celebrando junto con Felipe. En el evangelio nos aparecerá Felipe en el diálogo con Jesús en la última cena.
Si nos fijamos bien en este texto del evangelio vemos que todo él es una invitación insistente a poner nuestra fe en Jesús. Felipe manifiesta su deseo, que era el deseo de todos los discípulos como es nuestro deseo según hemos reflexionando recientemente, de querer conocer más a Dios. ‘Muéstranos al Padre’, le pide a Jesús. Pero Jesús nos invita a poner toda nuestra fe en El; una fe que nos lleve a conocerle más, porque conociendo a Jesús estamos conociendo a Dios. ‘Quien me ha visto a mi, ha visto al Padre’, le responde Jesús.
Pero la respuesta de Jesús en cierto modo encierra una queja. Tanto tiempo con Jesús y aún no han terminado de conocerle. Ya hemos visto muchas veces cuánto les cuesta entender a Jesús, conocer a Jesús. Miremos a Jesús, conozcamos a Jesús, vivamos a Jesús y nos estaremos llenando de Dios. Porque nuestra mirada no es una mirada externa, el conocimiento de Jesús no es un conocimiento superficial que solo se fije en cosas; mirar a Jesús y conocerle es vivirle, es llenarnos de su vida, es irnos configurando con El para vivir su misma vida.
Y nosotros, ¿conocemos de verdad a Jesús? ¿ponemos en el toda nuestra fe y nuestra esperanza? Es nuestra tarea, la tarea de cada día. Si en verdad hemos comenzado a amar a Jesús, y a amarlo de verdad, cada día tendremos más deseos de su vida, tendremos ansias de escucharle y escucharle desde lo más hondo de nosotros mismos para dejarnos transformar por El, sin dejarnos reservas para nosotros. Y es que en el seguimiento de Jesús no podemos andas a medias tintas, nadando entre dos aguas, sino que por El hemos de aprender a darlo todo, a darnos totalmente.
Que la celebración de esta festividad de los dos santos apóstoles nos ayude a una vivencia profunda de nuestro ser cristiano, y de nuestro ser cristiano en Iglesia. Porque no vivimos nuestra fe por nuestra cuenta en solitario o a nuestra manera. Nuestra fe en Jesús tiene siempre, ha de tener un profundo sentido eclesial, porque a la Iglesia confió Jesús toda la gracia de la salvación para que a través de ella en la celebración de los Sacramentos y en la proclamación de la Palabra nos llegue esa gracia salvadora que nos llena de vida.
Que crezca nuestra fe; que crezca nuestro sentido de Iglesia; que crezca también nuestro espíritu misionero para llevar esa luz de la fe a los demás que quizá están a nuestro lado buscando hasta sin saberlo. ‘A toda la tierra alcanza su pregón’, repetíamos en el salmo. Como Felipe que con Andrés condujeron a aquellos dos gentiles que preguntaban por Jesús hasta el Maestro, nosotros por el testimonio de nuestra vida, pero también por  nuestra palabra valiente seamos capaces de conducir a la luz a tantos que se encuentran en las tinieblas por no tener fe y que solo en Jesús, en su encuentro con El podrán iluminar plenamente sus vidas. 

jueves, 3 de mayo de 2012


Impulsados a hacer visible a Dios a los demás por nuestra santidad y amor

Santos Apóstoles Felipe y Santiago el Menor
                                                                                                  1Cor. 15, 1-8; Sal. 18;
 Jn. 14, 6-14
A través del año en distintos momentos, según la tradición de la Iglesia vamos celebrando la fiesta de los Apóstoles. Es importante la celebración de la fiesta de los Apóstoles porque nos ayuda a reflexionar y a expresar luego también con nuestra vida al tiempo que los celebramos lo que significa nuestra pertenencia y nuestra vivencia de Iglesia que está precisamente fundamentada sobre la roca de los Apóstoles.
Como expresamos en el prefacio ‘has cimentado tu Iglesia sobre la roca de los apóstoles para que permanezca en el mundo como signo de santidad y señale a todos los hombres el camino que nos lleva hacia ti’, nos lleva hasta Dios. Constituyó Jesús el grupo de los Doce a los que llamó apóstoles y que puso como fundamento de su Iglesia.
Son los primeros testigos de Cristo y de su resurrección que nos han trasmitido el mensaje de Jesús y por la fe que nace de esa predicación apostólica nos sentimos nosotros unidos a Cristo. Es una de las características de la Iglesia precisamente su apostolicidad, fundamentada en la ininterrumpida sucesión apostólica de los Obispos como sucesores que son de los Apóstoles y en torno a los cuales se reúne y se convoca la verdadera Iglesia de Cristo.
Hoy estamos celebrando a dos de dichos apóstoles, Felipe y Santiago. Una tradición de la Iglesia romana nos habla de que fueron sus reliquias las que se colocaron en la Iglesia de los Doce Apóstoles de Roma al ser consagrada allá por el siglo VI y es por lo que se celebran de manera conjunta estos dos apóstoles.
 Felipe, probablemente era ya de los discípulos del Bautista, porque aparece al principio del evangelio de Juan llamado por Jesús después que Andrés y Juan se habían ido tras Jesús a las indicaciones del Bautista. Será quien traiga hasta Jesús a Natanael – ‘hemos encontrado a aquel de quien hablan Moisés y los profetas’, que le dice - y luego lo veremos en el diálogo con Jesús después de la última cena en el texto que hoy se nos ha proclamado.
Santiago, no hemos de confundirlo con el Zebedeo, sino que es el llamado Santiago el Menor, hijo de Alfeo, probablemente el pariente del Señor del que se habla en los Hechos a quien se apareció Jesús, que fuera el que estaba al frente de la Iglesia de Jerusalén y escribiera una carta que conservamos entre las cartas canónica del Nuevo Testamento.
‘Hace tanto tiempo que estoy con vosotros ¿y no  me conoces, Felipe?’, le dice Jesús cuando Felipe le pide: ‘Muéstranos al Padre y eso nos basta’. Jesús habla de que es el camino que nos lleva a Dios. ‘Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocierais a mi, conoceríais al Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto’. Jesús habla claramente, pero a los discípulos les cuesta entender, como tantas veces hemos dicho. Por eso Jesús le responderá: ‘Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre… creedme: Yo estoy en el Padre y el Padre en mí…’
Queremos conocer a Dios; queremos acercarnos al Misterio de Dios. Es el deseo más profundo que el hombre tiene en su corazón. Conocer a Dios, ver a Dios. Aunque en el Antiguo Testamento está el concepto y pensamiento de que quien ha visto ha Dios muere, sin embargo ese es siempre el deseo más hondo que tenemos. Claro que quien viese a Dios se sentiría tan inundado de la divinidad que, podríamos decir, se sentiría transportado al cielo.
Ahora lo vemos desde la fe, pero tenemos la esperanza de que un día se correrán esos velos del misterio de Dios y podremos contemplarle cara a cara. Es el cielo, es la plenitud de Dios que solo podremos alcanzar después de la muerte. Pero ahora, también ya desde la fe, podemos ir contemplando a Dios contemplando a Jesús, contemplando las obras de Jesús que son las obras del Padre.
Que se despierte esa honda aspiración de nuestro corazón; que se nos despierte la fe para que deseemos en verdad conocer a Dios, llenarnos de Dios, que desde Jesús podemos alcanzar. Para eso Jesús nos da su gracia, se hace presente en los sacramentos, le escuchamos en su Palabra, pero también le podemos sentir presente desde el amor. Allí donde amemos de verdad sentiremos la presencia de Jesús y nos llenaremos de Dios.
Esto tiene muchas consecuencias para nuestra vida. La primera es la santidad con que hemos de vivir para sentir a Dios; o más bien, como consecuencia de que nos hemos llenado de Dios tenemos necesariamente que ser santos. Pero tiene más consecuencias, y es que nosotros por nuestro amor, por las obras buenas que hacemos, por nuestra santidad tenemos que hacer visible a Dios para los demás. Cuánta responsabilidad, pero sentimos a Dios con nosotros y su gracia no nos faltará. 

jueves, 26 de mayo de 2011

Nos salvamos por la gracia del Señor y respondemos con nuestra fe


Hechos, 15, 7-21;

Sal. 95;

Jn. 15, 9-11

‘Creemos que ellos lo mismo que nosotros nos salvamos por la gracia del Señor Jesús’. Es la afirmación y respuesta que da Pedro a la controversia que había surgido en las primeras comunidades cristianas con la aceptación de los gentiles al bautismo y la fe.

Recordamos cómo le habían pedido explicaciones a Pedro cuando bautizó a Cornelio y su familia en Cesarea del Mar. Ahora, después de la llegada de Pablo y Bernabé de su viaje apóstolico donde muchos gentiles habían abrazado la fe, surgió la cuestión porque algunos pretendían someterlos a la ley mosaica y al rito de la circuncisión.

Desde Antioquía habían subido a Jerusalén para consultar con los apóstoles y los ancianos. Lo que nos narran los Hechos en lo que estamos escuchando estos dias es lo que suele llamarse el Concilio de Jerusalén que fue aquella reunión allí convocada para resolver la cuestión. Ha hablado Pedro y recordado lo sucedido con los gentiles de Cesarea, ‘contaron Pablo y Bernabé lo signos y prodigios que habían hecho entre los gentiles con la ayuda de Dios’, y finalmente hablaría también Santiago dando la solución definitiva. Mañana escucharemos lo que podíamos llamar el decreto del Concilio que llevarían a Antioquía y a todas las iglesias con las exigencias de alejarse de toda idolatría y de todo mal para vivir la gracia del Señor.

La frase que hemos subrayado al principio viene a ser buen resumen y mensaje. Es Cristo Jesús quien nos salva con su gracia. Y decimos gracia, como regalo que es de Dios, cuando nos ofrece su salvación. Para eso Cristo entregó su vida por nosotros y así nos regala esa vida nueva, su vida que nos llena de salvación y de gracia.

Por la fe aceptamos y recibimos esa gracia. Es nuestra respuesta. Que no solo es el ritualismo de unas cosas que hacemos o de unas leyes que cumplimos, sino que es aceptar ese regalo de Dios y vivir en consecuencia esa vida nueva. Vida nueva que vamos a expresar en un nuevo estilo de vivir, en unas nuevas actitudes y en todo lo que son nuestros actos de amor para con los demás.

No es que recibamos su gracia salvadora y sigamos viviendo de la misma manera como si nada hubiéramos recibido. Por esa gracia recibida tenemos que sentirnos en verdad transformados. Es que además nos sentimos unidos a Dios de una forma nueva, de la misma manera que debemos entrar en una nueva comunión de amor con los demás. Es toda nuestra vida cristiana.

Cómo nos sentimos regalados por Dios. Cómo hemos de ser agradecidos a tanta gracia que el Señor nos regala. Como muchas veces hemos dicho no terminamos de considerar la grandeza y la maravilla del amor que Dios nos tiene. De ahí nuestra respuesta de fe y de amor.

Respuesta de fe y amor que nos tiene que llevar a vivir esa gracia del Señor en la santidad de nuestra vida. Lejos, pues, de nosotros toda idolatría y todo pecado. Lejos de nosotros todo aquello que nos contamine con el mal. Lejos de nosotros todo lo que suene a egoísmo y pasión de desenfrenada y nos pueda llevar a romper nuestra comunión con Dios y con los demás. ¿Cómo no vamos a responder con una vida santa a tanta gracia que el Señor nos regala y con la que llega su salvación a nuestra vida? Es que además con nuestro testimonio hemos de anunciar esa gracia salvadora a todos.

martes, 3 de mayo de 2011

Seamos mediación para que el mundo pueda conocer a Jesús


Seamos mediación para que el mundo pueda conocer a Jesús

1Cor. 15, 1-8; Sal. 18; Jn. 14, 6-14

‘Hace tanto tiempo que estoy con vosotros, ¿y aún no me conoces, Felipe?’ Es la réplica o recriminación de Jesús cuando Felipe le pide ‘Señor, muéstranos al Padre y nos basta’, en la última cena.

Felipe era de los que estaban con Jesús desde el principio. Jesús mismo lo había llamado después que Juan y Andrés se fueran con Jesús tras haberlo señalado el Bautismo como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo; luego Andrés había llevado a su hermano Simón hasta Jesús y a continuación nos dice el evangelio que Jesús encontrándose con Felipe en su camino a Galilea le invita seguirle y éste se va con Jesús. Ya inmediatamente le lleva la noticia a Natanael diciéndole que ‘hemos encontrado a aquel de quien hablan las Escrituras, Moisés y los profetas’ y lo convence para llevarlo a Jesús.

Volveremos a encontrarlo en el Evangelio cuando unos gentiles se le acercan para decirle que quisieran ver a Jesús; se lo comunica a Andrés y los dos se los llevan a Jesús. Aparece en los listados de los doce escogidos por Jesús para nombrarlos apóstoles.

Santiago, a quien hoy celebramos también, como entendemos todos no es el Zebedeo hermano de Juan, sino Santiago el de Alfeo, como se dice en las listas de los apóstoles y que también conocemos habitualmente como Santiago el Menor. ¿Pariente de Jesús? ¿primer obispo de la Iglesia de Jerusalén? Quizá el Santiago del que dice Pablo que también a él se le apareció el Señor resucitado, como hemos escuchado en la carta a los Corintios. También tenemos en el canón de los libros del Nuevo Testamento una carta atrbuida también a Santiago Apóstol, que tendría que ser éste.

Poco más sabemos de ambos. Bástenos saber que perteneció al grupo de los Doce Apóstoles escogidos por el Señor y enviados con misión especial a hacer el anuncio del evangelio por el mundo entero.

Es hoy una fiesta de los Apóstoles con la importancia que tiene esta celebración para la Iglesia por lo que significan para nosotros. Testigos de Jesús nos trasmitieron la fe Cristo como nuestro Salvador, por lo que decimos que nuestra fe está fundamentada en los apóstoles y la Iglesia es apostólico entre sus esenciales características.

¿Qué podríamos considerar como lección para nosotros que nos estimule en el camino de nuestra vida cristiana? Fijémonos, por ejemplo, en esos detalles que hemos subrayado de Felipe. Podíamos destacar en esa pregunta que le hace a Jesús en la última cena sus ansias de conocer más y más a Dios. ‘Muéstranos al Padre y nos basta’. Que surjan esas ansias en nuestro corazón de querer conocer más y más todo el misterio de Jesús que es meternos de lleno en el misterio de Dios.

Pero también podríamos destacar la mediación que fue Felipe para que otros conocieran a Jesús. En él hubo disponibilidad total cuando Jesús le llama, pero pronto se está conviritiendo en medio para que otros conozcan a Jesús. Hablará de Jesús a Natanael y aquellos gentiles por su medio pueden llegar también hasta Jesús.

‘Queremos conocer a Jesús’. Quizá también los que nos rodean conscientes y deseosos o con un deseo que no se atreven a manifestar también podrían de una forma o de otra estar diciéndonos lo mismo. Tenemos que llevar hasta Jesús a nuestros hermanos los hombres que nos rodean. Tenemos que anunciarles a Jesús.

O tenemos también que hablarle a Jesús de esos hombres, de ese mundo que está a nuestro alrededor. Una forma hermosa de vivir ese espíritu misionero también es la oración que podemos hacer por nuestro mundo. En nuestra oración, con esa inquietud que tenemos en el corazón por lo que vemos a nuestro lado, hablémosle a Jesús, hablémosle a Dios de ese mundo que nos rodea; oremos, en una palabra, por ellos.

lunes, 3 de mayo de 2010

La fiesta de los apóstoles señala a la Iglesia como signo de santidad y como camino hacia Jesús


1Cor. 15, 1-8;
Sal. 18;
Jn. 14, 6-14


‘Has cimentado tu Iglesia sobre la roca de los apóstoles, para que permanezca en el mundo como signo de santidad y señale a todos los hombres el camino que nos lleva hacia ti’. Así proclamamos en uno de los prefacios de los apóstoles y nos manifiesta bien el sentido hermoso que tiene para los cristianos, para la Iglesia la celebración de la fiesta de cualquiera de los apóstoles. En el prefacio manifestamos además el gran motivo de nuestra acción de gracias en Jesús en cualquiera de las celebraciones. Cuánto más en la celebración de algunos de los apóstoles como nos sucede hoy al celebrar a san Felipe y Santiago el Menor.
Por otra parte en la oración hemos pedido que ‘con su intercesión, podamos participar en la muerte y en la resurrección de tu Hijo (de Jesús) para que merezcamos llegar a contemplar en el cielo el esplendor de tu gloria (de la gloria de Dios)’. Y es que la Iglesia tiene que ser signo de la gloria de Dios en medio de los hombres, signo de la santidad de Dios que hemos de saber copiar e imitar en nuestra vida.
Es importante para la Iglesia, para los cristianos la celebración de las fiestas de los Apóstoles, aunque de algunos de ellos tengamos poco conocimiento de por donde transcurrió su misión apostólica una vez que se dispersaron por todo el mundo, siguiendo el mandato de Cristo, para anunciar la Buena Noticia de Jesús a todos los hombres.
Pero somos Iglesia apostólica en una de sus características principales y sobre la roca de los Apóstoles, de Pedro y de todo el colegio apostólico está cimentada la Iglesia, fundamentada nuestra fe. Esa fe en Jesús que nos trasmitieron los apóstoles, los primeros testigos de Cristo, de su vida, de su muerte y de su resurrección. Sin ese testimonio apostólico nuestra fe en Jesús, podríamos decir, se hubiera quedado coja, porque ellos son los primeros testigos, y los que escucharon de labios del Maestro el mandato de llevar la Buena Noticia del Evangelio a todo el mundo. Con los Apóstoles y como los apóstoles la Iglesia, nosotros hemos de señalar a los hombres el camino que lleva a Jesús.
En la primera lectura, de la primera carta a los Corintios, hemos escuchado esa proclamación de fe en Jesús, muerto y resucitado, que nos hace Pablo. Y precisamente en los testigos de la resurrección, aquellos a los que se manifestó Cristo resucitado, hace especial hincapié a la hora de proclamarnos su fe. Quizá la liturgia haya escogido este texto de manera especial por la referencia a Santiago a quien también se le apareció Jesús resucitado de manera especial, que podría ser este Santiago, hijo de Alfeo que hoy estamos celebrando.
El evangelio – lo escuchamos hace un par de días – nos hace referencia también al otro apóstol a quien hoy celebramos, Felipe, por la pregunta que hace a Jesús: ‘Muéstranos al Padre y nos basta’. Hubiéramos podido recordar que a Felipe lo llama Jesús de forma directa como se nos narra al principio del evangelio de Juan, pero que pronto Felipe se convertirá en misionero de Jesús porque traerá a Natanael hasta Jesús. ‘Aquel de quien hablaron Moisés y los profetas lo hemos encontrado… ven y verás’. Pero podríamos recordar también que junto a Andrés hará de intermediario para que unos griegos, unos gentiles lleguen hasta Jesús a quien quieren conocer.
Podemos aquí encontrar un mensaje. Conocemos a Jesús y queremos seguirle, pero hemos de hablar de Jesús a los demás, hemos de convertirnos en apóstoles y misioneros. Que el Espíritu del Señor nos dé ese arrojo y esa valentía para hablar de Jesús a los demás. Pero también en la respuesta-queja de Jesús cuando Felipe le pide que le muestre al Padre, que eso será suficiente, que Jesús le dirá. ‘Tanto tiempo que estoy con vosotros y aún no me conoces’. Que nuestro estar al lado de Jesús nos haga conocerle más y más. Que crezca nuestro amor, nuestros deseos de estar con El, pero que le conozcamos y nos llenemos de su vida, para que luego podamos trasmitir a los demás lo que nosotros hemos vivido, aquello de lo que estamos llenos, que es de la vida de Jesús.