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jueves, 1 de agosto de 2019

Tengamos la sabiduría de saber discernir bien lo que nos sucede para que sepamos escoger siempre el camino bueno


Tengamos la sabiduría de saber discernir bien lo que nos sucede para que sepamos escoger siempre el camino bueno

Éxodo 40,16-21.34-38; Sal 83; Mateo 13,47-53
‘¿Habéis entendido todo esto?’ preguntaba  Jesús después de exponer sus parábolas. Si entendemos tenemos que ser como ese hombre sabio, como continúa diciéndonos, que sabe darle sentido a cada cosa en su momento.
No es fácil. No es fácil porque nos confundimos muchas veces, porque interpretamos mal, porque no sabemos darle importancia y trascendencia a cada cosa que hacemos. Todo tiene su valor, en todo podemos encontrar algo bueno, cuanto nos sucede tendría que hacernos pensar. Pero pararse a pensar con lo deprisa que va la vida nos cuesta, seguimos en el ritmo vertiginoso y perdemos los detalles, y en los detalles hemos de descubrir cuanto bueno podemos hacer y podemos vivir.
Las parábolas que nos propone Jesús para hablarnos del Reino de Dios y para en consecuencia hacernos pensar en el sentido que le damos a la vida, son un estímulo, quieren alentarnos y alertarnos. Alentarnos para que sigamos el camino con ilusión, que no le temamos a la lucha, que mantengamos claras nuestras metas, que descubramos el sentido de Dios en la vida y en lo que hacemos. ¿No nos quiere hablar del Reino de Dios?
Pero, como decíamos, quieren alertarnos también, ponernos en alerta ante los peligros, ante las tentaciones, ante las desviaciones que podamos hacer en los cruces de la vida no escogiendo el correcto, ante las cosas que nos pueden confundir, ante lo que el mundo nos puede presentar como bueno y nos distraiga de nuestra meta, ante las materialidades de la vida, ante la posible pérdida del rumbo y del sentido espiritual y trascendente que tenemos que darle a lo que hacemos y vivimos.
Hoy nos habla de la red echada al mar y en la que recogen toda clase de peces. Al final será la criba, pero todos están en la red. Así nosotros en la vida y en el mundo. Pero no nos contentemos en pensar que unos son los buenos y otros son los malos y que nosotros somos siempre los buenos.
Es que en nosotros puede haber de una cosa y de otra, porque no somos tan perfectos, porque somos débiles, porque cometemos errores y nos desviamos en algunas cosas del rumbo certero, porque aunque queremos ser buenos y fieles hay cosas en las que bajamos la tensión y nos vamos permitiendo cosas que luego pueden ser una pendiente peligrosa de la que no podamos salir.
En nuestro corazón hay bondad y buenos deseos, es cierto, pero muchas veces se nos mete también el orgullo y el amor propio, nos sentimos tentados por la indiferencia y la insolidaridad, se nos ponen turbios los ojos con nuestros recelos y hasta con las envidias que pueden aparecer en nuestro corazón. Y es en lo que tenemos que estar alerta, como decíamos antes.
Por eso, como ya nos decía también en la parábola del trigo y la cizaña Dios espera, espera nuestro cambio, espera que emprendamos ese camino de conversión de nuestra vida. Mientras vamos caminando si nos damos cuenta de nuestras debilidades tenemos que saber encontrar la fortaleza para no sucumbir, pero también para levantarnos si hemos tropezado. No podemos decir es que soy así y no hay quien me cambie; sí, podemos cambiar, podemos mejorar nuestra vida, podemos transformarnos en esos peces buenos, en ese buen fruto, en esa buena semilla que algún día florezca para alegrarnos la vida, pero que también dé buenos frutos.
Nos sentimos alentados por la Palabra de Dios y nos llenamos de esperanza. Como el hombre sabio sepamos discernir bien lo que nos sucede para que sepamos escoger siempre el camino bueno y con todo lo que hacemos demos gloria al Señor.

domingo, 24 de diciembre de 2017

No olvidemos en la celebración de la próxima navidad el misterio que en verdad celebramos y que tiene que ser la raíz y razón de toda nuestra fiesta

No olvidemos en la celebración de la próxima navidad el misterio que en verdad celebramos y que tiene que ser la raíz y razón de toda nuestra fiesta

2Samuel 7,1-5.8b-12.14a.16; Sal 88; Romanos 16, 25-27; Lucas 1, 26-38

‘El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios’. Ahí se revela el misterio a María en respuesta a sus preguntas. Ahí se nos revela el misterio que vamos a celebrar.
María se sintió sorprendida con la visita del ángel y sus palabras y sus anuncios. Ella era una mujer bueno, de una gran fe que ponía toda su confianza en el Señor, que alentaba en su corazón continuamente la esperanza de la venida del Mesías, pero se consideraba una mujer pequeña que vivía perdida en una de aquellas aldeas insignificantes de Galilea que nunca había tenido nombre. Lo que ahora escucha le sorprende y la deja anonadada pensando en que significado tenían aquellas palabras. Por eso cuando se le anuncia que va a tener un hijo que será grande y se llamará el Hijo del Altísimo no comprende y pregunta. Pero las palabras del ángel vendrán a corroborar todo lo dicho y le van a revelar el misterio, ante el que ella, disponible como estaba siempre para Dios, no sabe decir otra cosa que sí, que se cumpla la palabra y la voluntad del Señor.
Se le revela el misterio y se nos revela también a nosotros para que comprendamos bien lo que vamos a celebrar. No es cualquier cosa. No son simplemente unas fiestas donde nos deseamos los unos a los otros todo lo bueno del mundo. No son simplemente unos encuentros familiares o de los amigos. No es simplemente que digamos palabras bonitas y todos hablemos de paz y de amor, de alegría y de felicidad. Tenemos que ahondar en lo que está en la raíz de todo eso y que tiene que ser el verdadero motivo que muchas veces olvidamos o dejamos a un lado.
Es la visita de Dios a su pueblo. Es el Hijo de Dios que se encarna en María. Es el Espíritu Santo que está actuando en María y quiere también actuar en nosotros y en nuestro mundo. No es cualquier cosa. Es el misterio de Dios que se hace hombre, que se hace Emmanuel para ser Dios con nosotros. Es el misterio más grande porque es la encarnación de Dios en el seno de María por obra del Espíritu Santo y lo que va a nacer se llamará, es el Hijo de Dios hecho hombre. No lo podemos olvidar; no lo podemos poner en segundo plano.
Porque creemos en Jesús, el Hijo de Dios y nuestro Salvador y Redentor creemos que es posible todo eso bueno que ahora nos deseamos. Es que en el nacimiento del Hijo de Dios está la raíz de todo, porque ahí está nuestra salvación. Y nos olvidamos de la salvación, de que hemos sido redimidos para alcanzar el perdón de los pecados y de que con esa salvación que nos trae Jesús es por lo que es posible esa paz y ese amor, y ese mundo nuevo y mejor, y esa alegría y esa felicidad.
No es la alegría que podamos alimentar con unos sustitutivos, con unas copas que nos tomemos o una opípara comida que compartamos. Muchas veces parece que eso es lo único que nos da alegría, pero nos quedaríamos en una alegría superficial, caduca, que pronto se acaba cuando volvemos a la rutina de todos los días. Pobre sería una navidad así y es lo que muchos hacemos cuando no pensamos en lo que tiene que ser de verdad la raíz de todo.
No podemos vivir la Navidad de cualquier manera sin que deje huella en nosotros. Si la vivimos de una forma superficial, aunque hagamos mucha fiesta y nos intercambiemos muchos regalos, pasará la navidad y todos aquellos buenos deseos se quedarán en eso, en unos buenos deseos. Y eso  no es celebrar la Navidad. Le damos mucha importancia a todos los preparativos para la fiesta, pero nos olvidamos de lo que tiene que ser la razón verdadera de la fiesta que es el nacimiento del Señor.
Pensemos en toda la importancia que le damos a la cena familiar – y por supuesto no podemos negar que eso es bueno, pero  no es lo único que tendríamos que hacer - y la poca importancia que le damos a la celebración del nacimiento del Señor en la Eucaristía de esa noche, que es donde estamos celebrando en verdad el misterio de nuestra salvación. Nuestras iglesias se están quedando vacías en la nochebuena e incluso en algunos lugares está desapareciendo la Misa de esa noche porque los cristianos que tanto celebran la navidad ya no participan en ella.
Dicen que son los tiempos nuevos, pero ¿no tendríamos que decir que hay algo que nos está fallando en nuestra fe cuando no queremos celebrar nuestra fe en el modo más sublime que tenemos los cristianos de hacerlo que es en la Eucaristía? Claro, dicen, después de lo que se ha comido y se ha bebido cómo vamos a ir a Misa, mejor es seguir con la fiesta. Qué lástima que toda nuestra fiesta se quede en eso. Tengo que decirlo porque es lo que en verdad siento.

martes, 13 de enero de 2015

Para llevar a una multitud de hijos a la gloria, perfeccionar y consagrar con sufrimientos al guía de nuestra salvación

Para llevar a una multitud de hijos a la gloria, perfeccionar y consagrar con sufrimientos al guía de nuestra salvación


Cuando en la vida nos aparece el sufrimiento, ya sea por la enfermedad que daña nuestro cuerpo, por las limitaciones que nos vayan apareciendo en la vida a causa de nuestras debilidades o también por el paso de los años, ya sea por las injurias que podamos recibir de los demás o por los problemas que nos afectan y nos agobian, nos cuesta aceptarlo, nos rebelamos en ocasiones o surgen muchas preguntas en nuestro interior sobre el sentido de todo lo que nos está pasando, poniendo en peligro en ocasiones incluso hasta nuestra fe. A nadie la gusta el sufrimiento que muchas veces se puede convertir en una prueba muy dolorosa también en un sentido espiritual.
El creyente que sigue a Cristo en El busca y quiere encontrar respuestas. Le miramos a El, el justo y el inocente, que al asumir nuestra naturaleza humana haciéndose hombre como nosotros lo veremos también envuelto en dolores y sufrimientos. Contemplamos el acoso que sufrió de parte de quienes no le entendían ni le aceptaban, pero sobre todo le contemplamos en su pasión y en su cruz. Fue su Pascua que para nosotros fue vida y salvación. Fue su Pascua que fue su entrega de amor en la ofrenda que de sí mismo había hecho desde su entrada en el mundo, ‘aquí estoy, oh Padre, para hacer tu voluntad’.
Es por ese camino donde tenemos que encontrar esa respuesta que buscamos,  ese sentido y ese valor que hemos de aprender a darle a nuestros sufrimientos. No es fácil; como decíamos antes, a nadie le gusta el sufrimiento. Pero nuestra vida encuentra sentido desde el amor.  Y primero que nada miramos el amor de Dios que se nos manifiesta en Jesús; que se nos manifiesta en Jesús en su entrega suprema de amor que fue su pascua, que fue su pasión y su muerte que culminó en la resurrección.
De eso nos ha hablado hoy la carta a los Hebreos que estamos escuchando en la primera lectura de la liturgia. ‘Al que Dios había hecho poco inferior a los ángeles, a Jesús, lo vemos ahora coronado de gloria y honor por su pasión y su muerte’. Fijémonos en lo que nos dice ‘coronado de gloria y honor por su pasión y su muerte’. No fue ignominia, sino camino de gloria y honor. ‘Dios, para quien y por quien existe todo, juzgó conveniente, para llevar a una multitud de hijos a la gloria, perfeccionar y consagrar con sufrimientos al guía de nuestra salvación’. Gracia redentora para todos los hombres fue el sufrimiento de Cristo en su Pascua. Ofrenda de amor para nuestra salvación.
¿Encontraremos ahí un sentido y un valor para nuestros sufrimientos? ¿Encontraremos en Cristo esa respuesta que necesitamos y que ilumine nuestra vida ensombrecida por el sufrimiento? Cuestión de amor, cuestión de ofrenda de nuestra vida para darle ese valor también redentor y de gracia. Es pascua, decimos, porque ahí y así pasa Dios por nuestra vida, aunque nos cueste verle o que en ocasiones sea duro. Cuando encontramos ese sentido se convierte también para nosotros en una purificación de nuestra vida, y a la larga de una consagración de nuestra vida. Será manifestación de la gloria y el honor del Señor en nuestra vida. Será cauce de salvación y de gracia también para los demás.
¿Aprenderemos a hacerlo? ¿Sabremos decirle sí al Señor? Sabemos que no nos faltará nunca su gracia que nos fortalece y su luz que nos ayuda ver el camino. Que todo sea siempre para la gloria de Dios. La pascua siempre termina en vida, en luz, en resurrección. Que podamos alcanzarla.

lunes, 15 de septiembre de 2014

La presencia de María junto a la cruz de Jesús nos enseña a una presencia solidaria junto a la cruz de nuestros hermanos

La presencia de María junto a la cruz de Jesús nos enseña a una presencia solidaria junto a la cruz de nuestros hermanos

Hebreos, 5,7-9; Sal. 30; Jn. 19, 25-27
Ayer la liturgia nos invitaba a levantar nuestros ojos hasta el árbol de la cruz de la que pende la salvación del mundo como se proclama en el viernes santo; allí aprendíamos a descubrir el amor de Dios que no nos abandona - a Dios sí le interesamos, como ayer decíamos - y aún más nos enseña a mirar con mirada nueva y distinta no solo nuestra propia cruz, sino también la cruz de los demás.  
Pero hoy la liturgia nos invita a mirar a María, la madre de Jesús que allí estaba al pie de la cruz. ‘Junto a la cruz de Jesús estaban su Madre, la hermana de su madre…’ nos dice el evangelista señalándonos el grupo de las santas mujeres que estuvieron siempre junto a Jesús.
El anciano Simeón le había anunciado que una espada le traspasaría el alma, pero la presencia de María junto a la cruz de Jesús pasando por su mismo dolor de pasión, - que por eso la llamamos Madre de los Dolores - no viene sino a corroborar y culminar lo que fue siempre la presencia de María, no solo junto a Jesús sino solidariamente allí donde era necesaria su presencia de amor.
María unida al dolor y sufrimiento de Jesús en su pasión y muerte; María participando como nadie con su propio dolor y sufrimiento - ¿es que hay dolor mayor que el de una madre que ve morir a su hijo entre los crueles tormentos de una crucifixión? -, participando digo, en la pascua redentora de Cristo por lo que a ella queremos llamarla también corredentora con Cristo - Cristo es el único Redentor - desde su ofrenda de amor junto a la cruz de Jesús.
María estaba junto a la cruz de Jesús.  ¡Cuánto nos enseña su presencia junto a la cruz! La presencia de María junto a la cruz de su Hijo no era una presencia cualquiera, como la de tantos que aquella mañana estaban en Jerusalén y eran testigos de aquel drama: unos como espectadores y curiosos que siempre acuden donde suceda algo para mirar desde lejos, otros quizá indiferentes que pasaban junto al camino pendiente más de sus cosas, y otros como aquellos sumos sacerdotes y miembros del sanedrín con el odio en su corazón queriendo quitar de en medio a Jesús porque no respondía a lo que ellos deseaban que fuera el Mesías, pero que estaban contribuyendo sin saberlo a que se realizase la obra de nuestra redención con la Muerte de Jesús.
La Presencia de María era una presencia pascual porque ella estaba participando como nadie del misterio pascual que en Cristo se estaba realizando en su pasión y muerte. María estaba junto a la cruz de Jesús. María estaba haciendo suyo en su dolor y sufrimiento de madre todo el misterio pascual de Jesús. Fue pascua para María; vivió el paso de Dios por su vida y por la cruz. Tenemos que aprender de esa presencia de María para que no nos quedemos insensibles e indiferentes ante el misterio de la cruz que además hemos de vivir en nuestra propia vida. Que sea pascua en nosotros también porque ahí en la cruz veamos ese paso de Dios.
Tenemos que aprender de la presencia de María que también estaba pasando por el tormento de la cruz en el sufrimiento que se producía en su corazón por la muerte de su Hijo a mirar y a llevar nuestras propias cruces en nuestros sufrimientos de todo tipo y en nuestros problemas. Que María nos ayude a comprender el sentido de nuestra cruz, de nuestro sufrimiento, de nuestras luchas y problemas y como María sepamos hacer esa ofrenda de amor para que adquiera un profundo sentido y valor la vivencia de nuestra cruz unida a la de Cristo.
María estaba junto a la cruz de Jesús. La presencia de María al pie de la cruz de Jesús nos enseña algo más. Ayer cuando alzábamos nuestra mirada hasta la cruz de Jesús aprendíamos también a mirar la cruz de los demás con una mirada nueva. Es una mirada nueva pero es también un saber estar junto a esa cruz de nuestros hermanos de una manera nueva. Ni nuestra mirada ni nuestra presencia pueden ser una mirada o una presencia pasiva, porque no serían una mirada ni una presencia de amor.
Aprendamos de María; hemos dicho que su presencia ahora al pie de la cruz de Jesús venía a culminar todo lo que había sido su vida donde había sabido estar allí donde se necesitara su servicio o ella pudiera contribuir a la solución de un problema, como recordamos en su visita a Isabel en la montaña o su actuación en las bodas de Caná. Era un amor que se manifestaba en las obras, en su actuar generoso y con desprendimiento, o en el saber buscar aquello que remediase la necesidad.
Así nuestra presencia y nuestro estar junto al sufrimiento o la necesidad de los que están a nuestro lado. Hablábamos ayer de unas actitudes nuevas y de una nueva manera de actuar y acompañar. Cuántas son las cosas que podemos hacer cuando hay generosidad y disponibilidad en el corazón para ayudar, para caminar al lado del que sufre, para tender una mano que ayude a dar un paso o para poner nuestro hombro que sirva de descanso, para abrir el corazón para escuchar en silencio del desahogo del alma que sufre, para levantar el ánimo decaído dando esperanza, para consolar y mitigar el dolor y el sufrimiento, para llevar alegría al corazón y hacer que brote una sonrisa en los labios que alegran el alma. 
Pongamos amor y seremos creativos en todo lo que podemos hacer por los demás. Aprendamos de María a quien hoy, repito una vez más, estamos contemplando junto a la cruz de Jesús y junto a nuestra cruz para saber estar nosotros junto a la cruz de los demás, para que a nosotros nos importe también de forma solidaria el dolor y sufrimiento de los demás.
Celebramos hoy a María llamándola Madre y Virgen de los Dolores, porque estuvo asociada al dolor de Cristo en la Cruz; pero la podemos llamar también Madre y Virgen de los Dolores porque ella está siempre junto a nuestro dolor, al lado de todo el que sufre haciéndose en verdad solidaria con una solidaridad verdadera y real de todos nuestros dolores y sufrimientos. ¿A quien mejor que a ella podemos acudir, y de hecho acudimos, sabiendo que es la madre que siempre nos escucha en nuestra oración y atiende a nuestras suplicas sirviéndonos siempre de consuelo y fortaleza de ánimo su presencia y la oración que a ella dirigimos?
La presencia de María junto a la cruz de Jesús nos está enseñando también a una presencia solidaria junto a la cruz de los hermanos, así como aprender a valorar la ofrenda de amor que nosotros hacemos también de nuestra propia cruz.