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jueves, 25 de marzo de 2021

Contemplamos y nos postramos ante el misterio de Dios, nos abrimos al misterio de Dios y decimos Sí, el sí de nuestra fe, el sí de la ofrenda de nuestra vida y de nuestro corazón

 


Contemplamos y nos postramos ante el misterio de Dios, nos abrimos al misterio de Dios y decimos Sí, el sí de nuestra fe, el sí de la ofrenda de nuestra vida y de nuestro corazón

Isaías 7, 10-14; 8, 10b; Sal 39; Hebreos 10, 4-10; Lucas 1, 26-38

Hoy es un día que pasa desapercibido para la mayoría de los cristianos y sin embargo es de gran importancia y podríamos decir que fundamental en nuestra fe cristiana. Hoy es el día de la Encarnación de Dios en las entrañas virginales de María para hacerse hombre y ser así nuestro Salvador. El momento en que el Hijo de Dios se hace hijo del hombre, en que sin dejar de ser Dios, el Hijo de Dios desde toda la eternidad, se hace verdaderamente hombre tomando nuestra naturaleza carnal.

‘Y el Verbo se hizo carne y acampó entre nosotros’, nos dice el evangelio de san Juan, como tantas veces hemos confesado en el credo de nuestra fe. Y por obra del Espíritu Santo se encarnó en el seno de la Virgen y se hizo hombre, como confesamos en el credo. Un momento inolvidable, un momento grandioso, un momento en que se manifiesta todo el misterio de Dios para nuestra salvación.

He contado muchas veces la experiencia y no me importa repetirla, que fue lo que viví en el lugar donde se realizó este misterio de Dios en el seno de María. Me refiero a Nazaret, como nos ha contado hoy el evangelio de Lucas y en el lugar concreto de la Basílica de la Anunciación estando enfrente del lugar que llaman la casita de la Virgen en unas ruinas que sobresalen de la roca en el ábside de la Basílica magníficamente conservadas. Fue en mi segunda visita a Israel; estaba con el grupo en silencio rumiando el pasaje del evangelio y era algo que me repetía y repetía una y otra vez por lo bajo pero para que le sirviera de meditación a los que allí estábamos. Aquí, aquí se realizó el misterio de la Encarnación, aquí Dios se hizo hombre encarnándose en las entrañas de María y no podía dejar de repetir esa palabra, aquí, fue aquí.

Lo recuerdo y aunque han pasado ya muchos años es algo que sigo sintiendo muy hondo dentro de mí y con gran emoción. El silencio en el que solo se escuchaban las pisadas de otros peregrinos en otro lugar de la basílica era penetrante y a todos creo que nos llenaba de la presencia de Dios.

Creo que hoy es un día para hacer silencio y escuchar ese susurro de Dios contemplando su misterio de amor. Es un día para tomar de nuevo ese evangelio en nuestras manos y más allá de las palabras de la Virgen podamos quizá sentir algo de la emoción de llenarse de Dios que María pudo haber sentido en aquel instante. ‘El Espíritu Santo vendrá sobre ti y te cubrirá con su sombra… Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús… por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios… Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin…’

Contemplemos y escuchemos en silencio. Contemplamos y nos postramos ante el misterio de Dios. Contemplamos y nos lo repetimos en el corazón una y otra vez. Contemplamos y decimos Sí, el sí de nuestra fe, el sí de la ofrenda de nuestra vida y de nuestro corazón; un sí como el de María para dejar que a nosotros nos alcance también ese misterio de Dios; un sí como el de María para llenarnos de la presencia de Dios que cuando quiere hacerse como nosotros quiere estar con nosotros, quiere asentarse en nuestro corazón. Contemplamos y nos abrimos al misterio de Dios.

lunes, 1 de febrero de 2021

La Palabra de Dios siempre es novedad y Buena Noticia de la que tenemos que dejarnos sorprender para discernir lo que el Señor quiere de nosotros en cada momento

 


La Palabra de Dios siempre es novedad y Buena Noticia de la que tenemos que dejarnos sorprender para discernir lo que el Señor quiere de nosotros en cada momento

Hebreos 11,32-40; Sal 30; Marcos 5,1-20

Hoy es un evangelio de un cierto desconcierto. Primero, es el hecho de que Jesús se haya acercado con los discípulos a una región que no era propiamente judía; en contadas ocasiones le veremos actuar fuera de los confines de la palestina judía, como en la ocasión en que la cananea grita detrás de El pidiéndole auxilio para su hija poseída por el Espíritu del mal. En aquella ocasión parece Jesús displicente cuando le dice que el pan de los hijos no se echa a los perros, mezclando en su lenguaje la forma cómo los judíos solían tratar a los gentiles; pero la fe de aquella mujer le moverá entonces a acceder a la petición de aquella madre.

Ahora está en territorio de los gerasenos; el hecho de que cuiden piaras de cerdos ya nos manifiesta que no eran de religión judía, pues el cerdo era considerado un animal impuro cuya carne no comían, ni siquiera podían tocar. Puede ser significativo para cuando va a suceder en este pasaje; surgirá un hombre poseído también por el maligno a quien nadie podía dominar, pero que sin embargo reconoce en la presencia de Jesús el poder de Dios que está sobre todo. Como escuchábamos en el episodio del endemoniado de la sinagoga de Cafarnaún también proclamará quién es Jesús. ‘¿Qué tienes que ver conmigo, Jesús, Hijo de Dios altísimo?’

Jesús liberará a aquel hombre del espíritu del maligno que le posee, haciendo que la piara de cerdos se arroje poseída por el maligno por el acantilado ahogándose en el mar.  Llegarán las gentes que hasta entonces habían tenido que soportar las ‘locuras’, vamos a decirlo así, de aquel hombre a quien ahora contemplan tranquilo y sano sentado allí en medio de ellos, y a quien ya no han de temer. Y aquí viene algo que también nos desconcierta en este texto. ‘Le rogaban que se marchara de su comarca’.

Tienen allí a quien les ha traído la salvación y no han sabido leer los signos de Dios. Como nos sucede muchas veces, nos cegamos; estarán por medio nuestros intereses, estará también la costumbre que se vuelve rutina de la que no queremos salir, estará el miedo a lo que en el futuro nos puede devenir y que por lo incierto y ante el temor de nuevos y distintos compromisos rehusamos entrar en esa dinámica. Esto que nos desconcierta de la negación de aquellas gentes a aceptar el misterio de gracia puede significar quizás muchos interrogantes en nuestra vida.

Jesús no fuerza nunca la respuesta que hemos de dar. Nos ofrece su camino de gracia que podemos aceptar o no, pero todo depende de nosotros. Por eso Jesús con los discípulos se sube a la barca para marchar por otros caminos. Pero aquel que había sido liberado del mal sí reconoce la gracia que ha recibido y quiere corresponder; por eso pide el irse con Jesús. Pero ahora será Jesús el que le dice que se quede. ‘Pero no se lo permitió, sino que le dijo: Vete a casa con los tuyos y anúnciales lo que el Señor ha hecho contigo y que ha tenido misericordia de ti’.

Aquel hombre tenía allí una misión, un testimonio que dar en cuanto él había recibido. Aquellas gentes reacias a la presencia de Jesús sin embargo necesitan el anuncio de la Buena Nueva. Sería el testimonio de aquel hombre quien tendría que anunciarlo desde lo que él había vivido, desde su propia vida. No sería fácil seguramente la tarea vista las predisposiciones de aquellas gentes. ‘El hombre se marchó y empezó a proclamar por la Decápolis lo que Jesús había hecho con él; y finalmente todos se admiraban’.

¿Nos cuesta ir a los nuestros, allí donde todos nos conocen? Reconozcamos que muchas veces nos suceda si, preferimos ir a otro lado, allí donde no nos conozcan que entre los nuestros, los que nos conocen de siempre hacer el anuncio. ¿Miedos y cobardías humanas? ¿Falsos respetos humanos? ¿Pensamos que acaso no nos van a escuchar porque nos conocen de siempre, como a Jesús en Nazaret a quien le dicen que es el hijo del carpintero? Es cierto que un profeta no es despreciado sino solo en su patria, pero en nuestra patria, en nuestro lugar, allí tenemos que ser testigos y profetas.

Los desconciertos que se producen en muchas ocasiones son un buen toque de atención, para que en verdad lleguemos a descubrir lo que el Señor quiere de nosotros.

domingo, 24 de diciembre de 2017

No olvidemos en la celebración de la próxima navidad el misterio que en verdad celebramos y que tiene que ser la raíz y razón de toda nuestra fiesta

No olvidemos en la celebración de la próxima navidad el misterio que en verdad celebramos y que tiene que ser la raíz y razón de toda nuestra fiesta

2Samuel 7,1-5.8b-12.14a.16; Sal 88; Romanos 16, 25-27; Lucas 1, 26-38

‘El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios’. Ahí se revela el misterio a María en respuesta a sus preguntas. Ahí se nos revela el misterio que vamos a celebrar.
María se sintió sorprendida con la visita del ángel y sus palabras y sus anuncios. Ella era una mujer bueno, de una gran fe que ponía toda su confianza en el Señor, que alentaba en su corazón continuamente la esperanza de la venida del Mesías, pero se consideraba una mujer pequeña que vivía perdida en una de aquellas aldeas insignificantes de Galilea que nunca había tenido nombre. Lo que ahora escucha le sorprende y la deja anonadada pensando en que significado tenían aquellas palabras. Por eso cuando se le anuncia que va a tener un hijo que será grande y se llamará el Hijo del Altísimo no comprende y pregunta. Pero las palabras del ángel vendrán a corroborar todo lo dicho y le van a revelar el misterio, ante el que ella, disponible como estaba siempre para Dios, no sabe decir otra cosa que sí, que se cumpla la palabra y la voluntad del Señor.
Se le revela el misterio y se nos revela también a nosotros para que comprendamos bien lo que vamos a celebrar. No es cualquier cosa. No son simplemente unas fiestas donde nos deseamos los unos a los otros todo lo bueno del mundo. No son simplemente unos encuentros familiares o de los amigos. No es simplemente que digamos palabras bonitas y todos hablemos de paz y de amor, de alegría y de felicidad. Tenemos que ahondar en lo que está en la raíz de todo eso y que tiene que ser el verdadero motivo que muchas veces olvidamos o dejamos a un lado.
Es la visita de Dios a su pueblo. Es el Hijo de Dios que se encarna en María. Es el Espíritu Santo que está actuando en María y quiere también actuar en nosotros y en nuestro mundo. No es cualquier cosa. Es el misterio de Dios que se hace hombre, que se hace Emmanuel para ser Dios con nosotros. Es el misterio más grande porque es la encarnación de Dios en el seno de María por obra del Espíritu Santo y lo que va a nacer se llamará, es el Hijo de Dios hecho hombre. No lo podemos olvidar; no lo podemos poner en segundo plano.
Porque creemos en Jesús, el Hijo de Dios y nuestro Salvador y Redentor creemos que es posible todo eso bueno que ahora nos deseamos. Es que en el nacimiento del Hijo de Dios está la raíz de todo, porque ahí está nuestra salvación. Y nos olvidamos de la salvación, de que hemos sido redimidos para alcanzar el perdón de los pecados y de que con esa salvación que nos trae Jesús es por lo que es posible esa paz y ese amor, y ese mundo nuevo y mejor, y esa alegría y esa felicidad.
No es la alegría que podamos alimentar con unos sustitutivos, con unas copas que nos tomemos o una opípara comida que compartamos. Muchas veces parece que eso es lo único que nos da alegría, pero nos quedaríamos en una alegría superficial, caduca, que pronto se acaba cuando volvemos a la rutina de todos los días. Pobre sería una navidad así y es lo que muchos hacemos cuando no pensamos en lo que tiene que ser de verdad la raíz de todo.
No podemos vivir la Navidad de cualquier manera sin que deje huella en nosotros. Si la vivimos de una forma superficial, aunque hagamos mucha fiesta y nos intercambiemos muchos regalos, pasará la navidad y todos aquellos buenos deseos se quedarán en eso, en unos buenos deseos. Y eso  no es celebrar la Navidad. Le damos mucha importancia a todos los preparativos para la fiesta, pero nos olvidamos de lo que tiene que ser la razón verdadera de la fiesta que es el nacimiento del Señor.
Pensemos en toda la importancia que le damos a la cena familiar – y por supuesto no podemos negar que eso es bueno, pero  no es lo único que tendríamos que hacer - y la poca importancia que le damos a la celebración del nacimiento del Señor en la Eucaristía de esa noche, que es donde estamos celebrando en verdad el misterio de nuestra salvación. Nuestras iglesias se están quedando vacías en la nochebuena e incluso en algunos lugares está desapareciendo la Misa de esa noche porque los cristianos que tanto celebran la navidad ya no participan en ella.
Dicen que son los tiempos nuevos, pero ¿no tendríamos que decir que hay algo que nos está fallando en nuestra fe cuando no queremos celebrar nuestra fe en el modo más sublime que tenemos los cristianos de hacerlo que es en la Eucaristía? Claro, dicen, después de lo que se ha comido y se ha bebido cómo vamos a ir a Misa, mejor es seguir con la fiesta. Qué lástima que toda nuestra fiesta se quede en eso. Tengo que decirlo porque es lo que en verdad siento.

lunes, 4 de abril de 2016

La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros y hemos contemplado su gloria, la gloria del Hijo de Dios en el misterio de su Encarnación

La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros y hemos contemplado su gloria, la gloria del Hijo de Dios en el misterio de su Encarnación

Isaías 7, 10-14; 8, 10; Sal 39; Hebreos 10, 4-10; Lucas 1, 26-38

El veinticinco de marzo la Iglesia celebra una solemnidad muy especial. Es la fiesta grande de la Encarnación de Dios. El misterio admirable de Dios que se hace hombre en el seno de Maria. Pero este año de 2016 no pudimos celebrar esta solemnidad en su propio día porque coincidió con la celebración del Viernes Santo. Por eso la liturgia traslada esta solemnidad precisamente a este día, lunes de la segunda semana de pascua. ¿Por qué a este día, podría preguntarse alguien, y no al lunes siguiente al día de pascua? Por la sencilla razón de que la semana de pascua es una solemnidad especial, la octava de pascua que ayer concluíamos, en la que se prolonga la fiesta grande de la resurrección del Señor durante los ocho días que siguen.
Hoy, pues, celebramos este admirable misterio de la Encarnación. Por eso escuchamos en el evangelio una vez más – cuántas a través del año en su liturgia – del anuncio del ángel a Maria en Nazaret del nacimiento del Hijo de Dios encarnado en sus entrañas. ‘No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin’.
El hijo de María va a ser el Hijo de Dios. ‘Se llamará el Hijo del Altísimo’, le dice el ángel. No es fruto del amor humano, es una concepción misteriosa, porque es obra de Dios, obra que solo Dios puede realizar. ‘El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios’.
Es el Emmanuel anunciado por el profeta, Dios con nosotros. Es el misterio de Dios ante el que nos postramos. Es el misterio de Dios que con toda humildad reconocemos. Es el misterio de Dios que se nos revela para manifestarnos la grandeza del amor de Dios. Así nos ama Dios que quiere tomar nuestra naturaleza humana, hacerse hombre como nosotros porque por nosotros se entrega, para a nosotros darnos vida.
Creo que solamente podemos decir ‘Sí’, como María, porque nuestras palabras se quedan cortas, nuestra lengua se queda muda y sin palabras, nuestra mente se queda obnubilado ante tanto misterio, nuestro corazón se siente sobrecogido ante tanto amor.
Muchos no lo entenderán porque quieren emplear sus raciocinios humanos para comprenderlo. Muchos lo considerarán como una locura o una insensatez. Pero nosotros confesamos nuestra fe, nosotros reconocemos el amor de Dios, nosotros nos sentimos agradecidos y alabamos a Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra vida. Como María decimos: ‘Aquí está la esclava del Señor. Hágase en mi según tu palabra’. Como el Hijo de Dios al entrar en el mundo: ‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’.
Y como nos dice el evangelio de san Juan: ‘Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros; y hemos visto su gloria, la gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad’.

domingo, 10 de enero de 2016

En el Bautismo de Jesús contemplamos el misterio de Dios que se nos revela señalándolo como Hijo amado de Dios

En el Bautismo de Jesús contemplamos el misterio de Dios que se nos revela señalándolo como Hijo amado de Dios y damos gracias porque en el Bautismo del Espíritu también nos hace hijos de Dios

Isaías 42, 1-4. 6-7; Sal 28; Hechos, 10, 34-38; Lucas 3, 15-16. 21-22
Hay momentos en la vida que son como compendio o resumen. Después de un trabajo realizado vemos el conjunto de todo lo que hemos hecho; después de una meta alcanzada o de un camino recorrido nos sentimos satisfecho y recordamos todo lo que fueron los esfuerzos y las luchas; al iniciar una nueva etapa, nos detenemos, resumimos lo que pretendemos alcanzar, valoramos lo que vamos a hacer y sentimos el gozo de lo vivido que nos impulsa a ese nuevo paso en la vida. Así podríamos recordar muchas situaciones que habremos experimentado y vivido en este sentido.
La liturgia también tiene su pedagogía, que no son solo los protocolos como hoy se dice o los ritos preestablecidos. En la liturgia expresamos nuestra fe y la celebramos; alabamos, damos gracias siguiendo, es cierto, un ritmo para vivir y empaparnos de todos los misterios de la fe que celebramos. Pero la liturgia en su ritmo nos va enseñando y ayudando paulatinamente a ir viviendo en cada momento el misterio de Cristo que celebramos siguiendo como un ritmo ascendente y que al mismo tiempo envuelve toda nuestra vida.
Este domingo, podríamos decir, es uno de esos momentos. Concluimos todas las celebraciones de la Navidad y de la Epifanía del Señor. Por así decirlo, echamos una mirada a su conjunto. Trascendemos de las escenas de la Infancia de Jesús que contemplamos en torno a su nacimiento para contemplar en El todo el Misterio de Dios que se manifiesta. Porque no podemos infantilizar nuestra religión ni nuestra vivencia de la fe. Ese niño que contemplábamos recién nacido en Belén y recostado entre pajas o en los brazos de María es el Hijo de Dios.
Es lo que se nos viene a expresar, como a revelar, en este domingo del Bautismo del Señor. Es el Hijo del Altísimo del que Juan Bautista iba a ser su precursor en el desierto; es el Salvador anunciado por los ángeles a los pastores en la noche de Belén, cuyo nombre sería Jesús como le señalaría el ángel a José, porque salvaría al pueblo de sus pecados; es el Emmanuel, el Dios con nosotros, anunciado por los profetas y que nació del seno de una Virgen; es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo como señalaría más tarde el Bautista a sus discípulos; es el Hijo amado de Dios que oímos resonar junto al Jordán en su bautismo hoy desde la voz venida del cielo mientras el Espíritu se posaba sobre El en forma de paloma.
Hoy celebramos el bautismo de Jesús en las aguas del Jordán. Quiso Jesús someterse a aquel bautismo, poniéndose en la fila de los pecadores porque El iba a cargar con nuestros pecados. Con razón luego Juan diría que es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Juan había sentido que el Espíritu le revelaba en su corazón que aquel sobre quien viera bajar el Espíritu Santo sería en quien se cumplirían las promesas, porque sería el Mesías anunciado, porque sería en verdad nuestro Salvador.
Allí se iban a manifestar las maravillas de Dios. ‘Se rasgó el cielo, el Espíritu vino sobre El como una paloma, la voz del Padre resonaba desde el cielo: Este es mi Hijo amado, mi predilecto’. Allí aparecía la gloria de Dios. No se escucharían los cantos de los ángeles como en Belén; no resplandecerían en su blancura los vestidos y el rostro de Jesús como más tarde sucedería en el Tabor, pero sí se estaba manifestando la gloria del Señor señalándonos quien era Jesús, el Hijo amado y predilecto de Dios.
Nosotros hoy seguimos con el mismo espíritu de contemplación con que hemos venido celebrando todos los misterios de la Navidad. Sí, nos quedamos contemplando la gloria del Señor; nos sentimos sobrecogidos ante tanto resplandor, pero al mismo tiempo damos gracias porque podemos conocer a Jesús en toda su plenitud, porque podemos conocer y escuchar a Dios.
Es el que nos va a bautizar a nosotros no solo con un bautismo de agua, como el de Juan, sino que seremos bautizados en el Espíritu. Es cierto que necesitamos un bautismo que nos purifique como aquel que Juan administraban en el Jordán, pero a partir de este momento Dios nos va a regalar algo más; no solo nos purificará sino que nos elevará; no solo quitará el pecado de nosotros con su perdón y su misericordia sino que por su amor infinito también seremos llamados hijos, en el bautismo nos hacemos participes en Jesús de su vida divina, para hacernos también hijos de Dios.
¡Qué regalo más hermoso! Podemos ser hijos de Dios, vamos a ser llamados hijos de Dios, pero como nos dirá san Juan en sus cartas, es que en verdad lo somos porque así por la fuerza del Espíritu nos hace participes de su vida divina.
Contemplación, sí, en esta fiesta del Bautismo del Señor para acoger todo este misterio de Dios que se nos revela, pero al mismo tiempo acción de gracias, alabanzas a Dios que así nos ama.

martes, 8 de diciembre de 2015

Nos alegramos con María, la bendecida de Dios, que se convierte en aurora de la salvación y anuncio de la misericordia de Dios

Nos alegramos con María, la bendecida de Dios, que se convierte en aurora de la salvación y anuncio de la misericordia de Dios

Génesis 3, 9-15. 20; Sal 97; Efesios 1, 3-6. 11-12; Lucas 1, 26-38
‘Alégrate, Dios te salve, la llena de gracia’ la saludó el ángel en Nazaret. ‘Alégrate’ y María se quedó rumiando aquellas palabras. ¿Qué saludo era aquel? ¿Qué significaba aquella invitación a la alegría? ¿Qué quería decirle el ángel del Señor? María se turbó, dice el evangelista.
‘Alégrate…’ llegan en verdad días de alegría; alégrate porque se ha cumplido el tiempo; alégrate porque se comienzan a realizar las promesas hechas desde antiguo; alégrate porque llegan los días de la salvación. Lo que repetidamente habían ido anunciando los profetas ahora tenía su cumplimiento. Llegaba el tiempo de la salvación; llegaba el que escacharía la cabeza de la serpiente, el que venía a vencer al maligno.
¿Qué estaba queriendo anunciarle el ángel? ¿Qué buena noticia se le estaba dando que era motivo de alegría para ella? Más tarde esos mismos ángeles van repetir ese anuncio de alegría, porque será  alegría para todos, para vosotros y para todo el pueblo. ¿Por qué a ella le llegaba ahora ese anuncio y esa invitación a la alegría?
‘Alégrate, llena de gracia’, le había dicho el ángel. Allí estaba la agraciada del Señor, aquella sobre la que el Señor desde siempre la había llenado de gracia porque iba a tener una misión especial. Era, sí, un motivo de alegría. Por eso le dice el ángel, ‘alégrate… no temas, has encontrado gracia ante Dios’, se ha querido fijar en ti, ha vuelto su rostro sobre ti y te ha llenado de gracia. ‘Has encontrado gracia ante Dios’ porque Dios para ti tiene una misión; vas a ser Madre, ‘concebirás en tu vientre’, aunque ahora tu no lo entiendas, ‘y darás a luz un hijo’, que no es un hijo cualquiera, es un hombre como todos los hombres pero es ‘el Hijo del Altísimo… le pondrás por nombre Jesús, porque El salvará al pueblo de sus pecados’.
María se sentía sorprendida y al mismo tiempo agradecida; era la llena de gracia, en la que Dios se había fijado, vuelto su mirada, a la que Dios había elegido ‘desde antes de la creación del mundo’ la había elegido y la había predestinado. María es la bendecida de Dios y la que hará posible que esa bendición llegue también a toda la humanidad. El Sí con que iba a responder María iba a convertirse en el Sí de la bendición de Dios para todos los hombres.
‘Alégrate…’ le decía el ángel y continuaba anunciándole cosas que ella no entendía. ‘¿Cómo será eso pues no conozco varón?’ replicaba María, pero el ángel le da la solución de todo. Eres la llena de gracia porque ‘el Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Espíritu te cubrirá con su sombra; el Santo que va a nacer de ti se llamará Hijo de Dios’.
Se alegraba María aunque se sentía sobrecogida por lo que Dios le estaba confiando. Lo que habían esperado durante siglos ahora se estaba comenzando a realizar. No era un profeta, no era simplemente un hombre de Dios quien de sus entrañas iba a nacer, era el Hijo de Dios, era el que había sido anunciado como el Mesías Salvador, el que venía a restaurar los corazones, el que nos devolvía la dignidad, el que nos engrandecía haciéndonos a nosotros hijos, el que venía como Redentor del mundo y Juan lo señalaría allá junto al Jordán como el ‘Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’.
‘Alégrate, María, eres la llena de gracia’ y su corazón iba a cantar las glorias del Señor porque su espíritu se regocijaba en Dios su Salvador que se había fijado en su pequeñez, en la humildad de quien ahora se proclamaba la esclava del Señor. ‘Alégrate, María…, porque todas las generaciones te van a felicitar’, porque Dios hace cosas grandes en ti, pero porque eres el tipo y el modelo de cuantos han de escuchar la Palabra de Dios y plantarla en su corazón y Jesús mismo proclamará la bienaventuranza sobre ti.
‘Alégrate, María…’  porque todo va a comenzar siendo nuevo, porque se derrama la misericordia del Señor que El había prometido desde antiguo, porque los humildes y los pequeños serán ensalzados, mientras los soberbios y poderosos serán derribados de sus tronos.
Se alegra María y nos alegramos nosotros hoy en su fiesta. Nos alegramos porque María es aurora que nos anuncia la salvación. En María estamos intuyendo ya los resplandores de luz y de gracia que con Cristo nos van a llegar. En este camino de Adviento, mientras esperamos al Salvador, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Señor Jesucristo, miramos a María la llena de gracia, la rebosante de la alegría de Dios y nos llenamos de esperanza, y queremos hacer el camino siguiendo los pasos de María; y como María queremos estar rebosantes también de esa alegría de Dios y abrir nuestro corazón a Dios para que se desborde también su gracia sobre nosotros.
Celebramos a María y vemos cómo ella hace posible que se abran las puertas de la misericordia para nosotros porque nos llega el Salvador. ‘Su nombre es santo y su misericordia llega nosotros de generación en generación’  cantaría María. Por eso a ella la llamamos nuestra Madre, la Madre de Dios, pero la madre y reina de la misericordia.
En este día en Roma el Papa ha querido abrir la puerta santa del perdón en el año de la misericordia que hoy se inicia para toda la Iglesia. No podía buscarse otro día mejor que en el que contemplamos a María, la aurora de la misericordia y el perdón, que al aceptar el plan de Dios para su vida, se convierte en plan de salvación para todos los hombres. De mano de María queremos acudir confiados ante Dios porque si sabemos ir como María con humildad y con amor, en Dios siempre vamos a encontrar esa misericordia y ese perdón.
Pero yendo de manos de María aprendamos de su corazón generoso y lleno de amor copiando en nosotros esos sentimientos de misericordia con los que hemos de presentarnos ante nuestros hermanos, los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Que nuestras vidas reconciliadas con Dios e inundadas de esa gracia misericordiosa del Señor se conviertan en signos para los demás que les hablen de ese amor misericordioso de Dios.