domingo, 10 de enero de 2016

En el Bautismo de Jesús contemplamos el misterio de Dios que se nos revela señalándolo como Hijo amado de Dios

En el Bautismo de Jesús contemplamos el misterio de Dios que se nos revela señalándolo como Hijo amado de Dios y damos gracias porque en el Bautismo del Espíritu también nos hace hijos de Dios

Isaías 42, 1-4. 6-7; Sal 28; Hechos, 10, 34-38; Lucas 3, 15-16. 21-22
Hay momentos en la vida que son como compendio o resumen. Después de un trabajo realizado vemos el conjunto de todo lo que hemos hecho; después de una meta alcanzada o de un camino recorrido nos sentimos satisfecho y recordamos todo lo que fueron los esfuerzos y las luchas; al iniciar una nueva etapa, nos detenemos, resumimos lo que pretendemos alcanzar, valoramos lo que vamos a hacer y sentimos el gozo de lo vivido que nos impulsa a ese nuevo paso en la vida. Así podríamos recordar muchas situaciones que habremos experimentado y vivido en este sentido.
La liturgia también tiene su pedagogía, que no son solo los protocolos como hoy se dice o los ritos preestablecidos. En la liturgia expresamos nuestra fe y la celebramos; alabamos, damos gracias siguiendo, es cierto, un ritmo para vivir y empaparnos de todos los misterios de la fe que celebramos. Pero la liturgia en su ritmo nos va enseñando y ayudando paulatinamente a ir viviendo en cada momento el misterio de Cristo que celebramos siguiendo como un ritmo ascendente y que al mismo tiempo envuelve toda nuestra vida.
Este domingo, podríamos decir, es uno de esos momentos. Concluimos todas las celebraciones de la Navidad y de la Epifanía del Señor. Por así decirlo, echamos una mirada a su conjunto. Trascendemos de las escenas de la Infancia de Jesús que contemplamos en torno a su nacimiento para contemplar en El todo el Misterio de Dios que se manifiesta. Porque no podemos infantilizar nuestra religión ni nuestra vivencia de la fe. Ese niño que contemplábamos recién nacido en Belén y recostado entre pajas o en los brazos de María es el Hijo de Dios.
Es lo que se nos viene a expresar, como a revelar, en este domingo del Bautismo del Señor. Es el Hijo del Altísimo del que Juan Bautista iba a ser su precursor en el desierto; es el Salvador anunciado por los ángeles a los pastores en la noche de Belén, cuyo nombre sería Jesús como le señalaría el ángel a José, porque salvaría al pueblo de sus pecados; es el Emmanuel, el Dios con nosotros, anunciado por los profetas y que nació del seno de una Virgen; es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo como señalaría más tarde el Bautista a sus discípulos; es el Hijo amado de Dios que oímos resonar junto al Jordán en su bautismo hoy desde la voz venida del cielo mientras el Espíritu se posaba sobre El en forma de paloma.
Hoy celebramos el bautismo de Jesús en las aguas del Jordán. Quiso Jesús someterse a aquel bautismo, poniéndose en la fila de los pecadores porque El iba a cargar con nuestros pecados. Con razón luego Juan diría que es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Juan había sentido que el Espíritu le revelaba en su corazón que aquel sobre quien viera bajar el Espíritu Santo sería en quien se cumplirían las promesas, porque sería el Mesías anunciado, porque sería en verdad nuestro Salvador.
Allí se iban a manifestar las maravillas de Dios. ‘Se rasgó el cielo, el Espíritu vino sobre El como una paloma, la voz del Padre resonaba desde el cielo: Este es mi Hijo amado, mi predilecto’. Allí aparecía la gloria de Dios. No se escucharían los cantos de los ángeles como en Belén; no resplandecerían en su blancura los vestidos y el rostro de Jesús como más tarde sucedería en el Tabor, pero sí se estaba manifestando la gloria del Señor señalándonos quien era Jesús, el Hijo amado y predilecto de Dios.
Nosotros hoy seguimos con el mismo espíritu de contemplación con que hemos venido celebrando todos los misterios de la Navidad. Sí, nos quedamos contemplando la gloria del Señor; nos sentimos sobrecogidos ante tanto resplandor, pero al mismo tiempo damos gracias porque podemos conocer a Jesús en toda su plenitud, porque podemos conocer y escuchar a Dios.
Es el que nos va a bautizar a nosotros no solo con un bautismo de agua, como el de Juan, sino que seremos bautizados en el Espíritu. Es cierto que necesitamos un bautismo que nos purifique como aquel que Juan administraban en el Jordán, pero a partir de este momento Dios nos va a regalar algo más; no solo nos purificará sino que nos elevará; no solo quitará el pecado de nosotros con su perdón y su misericordia sino que por su amor infinito también seremos llamados hijos, en el bautismo nos hacemos participes en Jesús de su vida divina, para hacernos también hijos de Dios.
¡Qué regalo más hermoso! Podemos ser hijos de Dios, vamos a ser llamados hijos de Dios, pero como nos dirá san Juan en sus cartas, es que en verdad lo somos porque así por la fuerza del Espíritu nos hace participes de su vida divina.
Contemplación, sí, en esta fiesta del Bautismo del Señor para acoger todo este misterio de Dios que se nos revela, pero al mismo tiempo acción de gracias, alabanzas a Dios que así nos ama.

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