lunes, 11 de enero de 2016

Creer en la Buena Noticia del Reino nos exige quitar negruras de desilusión y llenarnos de la alegría de la esperanza de que es posible ese mundo nuevo

Creer en la Buena Noticia del Reino nos exige quitar negruras de desilusión y llenarnos de la alegría de la esperanza de que es posible ese mundo nuevo

1Samuel 1,1-8; Sal 115; Marcos 1,14-20

Con los medios de comunicación que  hoy tenemos y con las redes sociales las noticias podemos decir que nos llegan al instante. Pero aun recuerdo en mi niñez y juventud con qué ansias esperábamos la tan deseada carta que nos llegara de los familiares que se habían ido a América, en mi caso a Venezuela, trayéndonos noticias de su estado; cómo al llegar noticias ya fuera a nosotros mismos o nuestros vecinos en idénticas circunstancias nos comunicábamos la buena noticia recibida que era motivo de alegría para todos.
Una buena noticia siempre es motivo de alegría que además compartimos con los demás, con aquellos más cercanos a nosotros como fueran familiares, amigos o vecinos. Una buena noticia parece que no nos la podemos callar.
Esto tendría que ser siempre el evangelio para nosotros, que eso mismo significa, buena noticia. Esa era la esperanza que despertaba la presencia y la palabra de Jesús en aquellos pueblos y caminos de Galilea. Jesús anunciaba una Buena Noticia que estaba por llegar, o más bien, estaba llegando ya con su misma presencia. La gente quería escucharle porque sentían que algo nuevo estaba sucediendo. ‘Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios’, les anuncia Jesús.
Pero Jesús nos viene a decir que para acoger y aceptar esa buena noticia del Reino que llega son necesarias unas actitudes básicas en la persona. Hay que abrir los oídos bien, hay que quitar todo lo que pueda impedir que escuchemos esa buena noticia, hay que abrir el corazón y dejarse transformar. Esa buena noticia no nos puede dejar impasibles, como meros espectadores. Es necesario un cambio de actitudes en el corazón, en la vida, en los comportamientos. ‘Convertios y creed en el evangelio’, les dice.
Un cambio, pero que se acaban para siempre las desesperanzas y desilusiones, los pesimismos con que veíamos la vida y las actitudes negativas. Aquel que dice que esto siempre es lo mismo y que nada puede cambiar porque todo va a seguir igual no tiene una buena actitud en su corazón para acoger el Reino de Dios. Tenemos que sentir la novedad de lo que se nos anuncia; tenemos que poner ilusión y esperanza; tenemos que creer que es posible cambiar, es posible ese mundo nuevo. Lejos de nosotros todos los derrotismos que ya de antemano nos hacen perdedores.
Por eso nos dice ‘convertios y creed en la Buena Noticia?’ Tenemos que creer de verdad en esa buena noticia que se nos anuncia y que tiene que llenarnos de alegría ya en su anuncio; tenemos que poner una ilusión que contagie a los que están a nuestro lado; creemos en verdad en ese reino nuevo que nos anuncia a Jesús. Por él tendríamos que ser capaces de dejarlo todo.
El testimonio lo tenemos en el mismo evangelio. Aquellos pescadores creyeron y estuvieron dispuestos a comenzar algo nuevo, aunque eso significase un cambio de rumbo en sus vidas. ‘Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron... se marcharon con El’. Es la imagen del cambio y de la conversión; es la imagen de que creían de verdad aquella buena noticia que les anunciaba Jesús; es la imagen de cómo se confiaban a aquel reino nuevo que se les anunciaba y que ya comenzaba a hacerse presente en sus vidas.
¿Cuáles serán las redes que nosotros tendremos que dejar atrás si en verdad queremos vivir en el Reino de Dios? Cada uno ha de mirar esas redes en las que está enredado en su vida. Arranquemos de nosotros esas negruras de desilusión y de desesperanza con que tantas veces vivimos; comencemos a creer en verdad que a pesar de todas las negruras la luz del Reino de Dios comienza a brillar y podemos en verdad transformar nuestro mundo; llenémonos de esa alegría de poner toda nuestra fe y confianza en Jesús y contagiemos a los demás de esa alegría. Puede ser el comienzo de una nueva evangelización para nuestro mundo. ‘Se ha cumplido el plazo’.

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