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martes, 7 de febrero de 2023

Sepamos buscar la verdad y el bien actuando siempre en justicia para con el otro y eso entrañará la generosidad de nuestro corazón

 


Sepamos buscar la verdad y el bien actuando siempre en justicia para con el otro y eso entrañará la generosidad de nuestro corazón

Génesis 1,20–2,4ª; Sal 8; Marcos 7,1-13

Donde varias personas, por ejemplo, tienen que convivir en un lugar determinado, por las circunstancias que sea, es normal que para facilitar esa misma convivencia, para ayudar y proteger que las cosas marchen bien y se pueda desarrollar en todo detalle aquello que nos ha motivado para esa convivencia, es normal que se establezcan una serie de condiciones o normas donde se ha de establecer lo que cada uno hace o lo que cada uno ha de aportar con su servicio a la buena marcha de aquello por lo que nos habíamos reunido. Protocolos, como se dice ahora para delimitar lo que en cada momento se ha de hacer y según las circunstancias que se vivan, reglamentos o normas, son necesarias. Pero lo fundamental no es la rigidez de una normas, sino lo que con esa convivencia queremos conseguir.

Bueno, esto dicho así, mirando la cercanía de muchas cosas que nos comprometen en la vida social, diríamos que es algo así como la base de las reglas por las que se rige una sociedad. Lo importante es el bien de esas personas que la conforman, lograr esa armonía y esa felicidad, esa buena convivencia, esa paz que nos ayude incluso a cada uno desarrollarnos como personas. Pero algunas veces tenemos el peligro de olvidarnos de las personas y le damos más importancia a la rigidez de unas normas o unas leyes, que no digo que no se tengan que cumplir, pero que siempre hemos de salvaguardar la dignidad de cada una de las personas.

Sucede hoy como ha sucedido en todos los tiempos, quienes no quieren acatar esas normas, pero también los que con una rigidez obsesiva se olvidan de la razón de ser de esos protocolos y pueden llegar a menoscabar la dignidad de cada una de las personas. Gentes rigoristas las hemos encontrado en todos  los tiempos, como seguimos teniéndolo hoy en la sociedad en la que vivimos, cuando queremos imponer nuestra manera de pensar sin respetar el pensamiento o la manera de ver las cosas que puedan tener otras personas, y el diálogo se hace imposible, la convivencia se hace irrespirable, la imposición se convierte en la forma de trabajar por la sociedad.

Nos quejamos fácilmente mirando la historia de tiempos que nos parecieron de dictadura, pero hoy quizá estamos imponiendo la dictadura de nuestras propias ideas y a quien no piense de la misma forma, tendremos mil palabras con las que calificarlos buscando el desprestigio y la anulación de quienes no piensen de la misma manera. Miremos nuestra sociedad de hoy.

Hoy nos encontramos con esos exigentes en el evangelio que vienen a echarle en cara a Jesús porque sus discípulos comen con manos impuras, no se lavan las manos antes de comer. Lo que era una perfecto norma higiénica, muy necesaria en aquellos pueblos que en su origen habían vivido no solo en el campo y en contacto con los animales, sino además una vida de trashumancia de un lugar para otro por lugares desérticos, donde incluso no era fácil la consecución del agua necesaria para la higiene, se había convertido en un precepto religioso que marcaba incluso con impurezas la vida de las personas. Es lo que ahora vienen a reclamarle a Jesús, dándose de puritanos y cumplidores.

En esta ocasión Jesús quiere hacerles reflexionar sobre cómo han de buscar en la vida lo que verdaderamente es importante, y cuando tanto están hablando del culto a Dios para el que había que estar purificados, había que pensar más en el corazón, que en una impureza externa, una impureza exterior. La maldad que llevaban en el corazón rompía más esa relación con Dios y también con los demás, que el lavarse o no lavarse las manos por unas cuestiones, diríamos que de higiene, que también pueden ser necesarias.

Cuando con nuestros reclamos y exigencias estamos haciendo la vida imposible a los que están a nuestro lado en verdad estaremos manchando nuestro corazón, pero también alejándonos de Dios. Busquemos siempre lo que dignifica a la persona, de ahí se desprende el respeto al otro, pero también la búsqueda de lo que pueda hacer bien al  otro. Caminemos con dignidad pero considerando también la dignidad de los que están a nuestro lado.

Sepamos buscar la verdad y el bien, pero actuando siempre en justicia para con el otro y eso entrañará la generosidad de nuestro corazón. Generosidad para compartir en la necesidad, generosidad para llenar nuestro corazón siempre de comprensión y de misericordia, generosidad para ofrecer el perdón, generosidad para saber contar con el otro, generosidad para descubrir también todo lo bueno que hay en el corazón de los que están a nuestro lado, aunque no piensen como nosotros, aunque tengan incluso otra manera de concebir la vida y el mundo. Es un estilo nuevo de vivir el que nos está proponiendo Jesús.

miércoles, 8 de febrero de 2017

Un corazón limpio de maldad nos hará tener una mirada limpia para conocer a Dios y para reconocer en los otros a unos hermanos con quienes hacemos el camino de la vida

Un corazón limpio de maldad nos hará tener una mirada limpia para conocer a Dios y para reconocer en los otros a unos hermanos con quienes hacemos el camino de la vida

Génesis 2,4b-9.15-17; Sal 103; Marcos 7,14-23
Hay una frase que casi como una muletilla le escuchamos decir a Jesús muchas veces, ‘el que tengo oídos para oír, que oiga’. Sobre todo en momentos en que Jesús nos dice cosas que nos pueden dejar desconcertados y bien sabemos que muchas veces oímos lo que queremos oír. Pasamos por el filtro de nuestra subjetividad muchas cosas, y aquello que no nos conviene no lo oímos, no lo queremos oír, o nos desentendemos de ello como si no lo hubiéramos escuchado.
Las cosas que dan origen a lo que Jesús hoy quiere trasmitirnos quizá a la gente del mundo de hoy poco les pueda decir; eso de comidas puras o impuras, cosas que nos entren por la boca y nos hagan daño espiritualmente nos suena hoy quizá como a cosas trasnochadas, aunque tendríamos mejor que fijarnos en el mensaje que Jesús nos quiere trasmitir. Sin embargo en eso de las comidas bien que nos hacemos distinciones hoy, o muchos se las hacen, los vegetarianos en contra de todo lo que signifique carne de animales, los que nos dicen y repiten en las redes sociales que si tal alimento produce esto o produce lo otros, cosas así estamos viendo, sin embargo todos los días.
Pero vayamos al mensaje que Jesús nos quiere trasmitir. Frente a aquellos que en sus reglas y minucias habían establecido lo de los alimentos puros e impuros Jesús nos viene a decir que lo malo es lo que llevamos dentro. La maldad o la  bondad salen de nuestro corazón. Es cierto que muchas cosas pueden influir en nosotros y una buena educación y formación nos ayudará a cultivar lo bondad en nosotros y todos los valores buenos, pero bien sabemos también de los desordenes que salen de dentro de nosotros cuando nos dejamos arrastrar por la pasión, ya sea la ira o el desamor, ya sean las violencias o los malos deseos que podamos tener contra los otros.
‘Lo que sale de dentro, eso sí mancha al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro’.
Ese corazón puro y limpio es lo que tenemos que buscar. Es lo que nos hará merecer la bienaventuranza. ‘Dichosos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios’. Que tengamos ese corazón puro, limpio de malicias y de malos deseos. Nos hará tener una mirada nueva, una mirada limpia, como nos dice la bienaventuranza podemos ver a Dios, podemos conocer a Dios.
Es más, con un corazón limpio tendremos una mirada limpia para ver de forma nueva a los demás. Será una mirada no pasada por el cristal manchado de malicia y podemos ver en el otro a un hermano a quien amar, con quien compartir, con quien hacer el camino de la vida, de quien siempre podemos aprender, a quien queremos hacer feliz y que nos hará felices también a nosotros, con quien podemos construir ese mundo nuevo.
Es el gran mensaje, la gran lección que el Señor quiere trasmitirnos hoy. Sembremos esa buena semilla en nuestro corazón, en nuestra vida y en nuestro mundo. Abramos bien nuestros oídos para oír y entender lo que el Señor quiere decirnos.


sábado, 3 de octubre de 2015

Que nos llenemos de la alegría del Espíritu porque sepamos tener un corazón puro, humilde y sencillo para abrirnos a Dios y a los demás

Que nos llenemos de la alegría del Espíritu porque sepamos tener un corazón puro, humilde y sencillo para abrirnos a Dios y a los demás

Baruc 4, 5-12. 27-29; Sal 68; Lucas, 10, 17-24
A todos nos gusta la alegría; queremos estar contentos, queremos ver la gente a nuestro lado llena de alegría, ansiamos y deseamos ser felices y eso lo expresamos en la alegría de nuestros ojos y en múltiples expresiones y signos exteriores. No todos lo viven y expresan de igual manera. Como también sabemos que podemos expresar signos exteriores de alegría, pero sin embargo no la haya en nuestro interior, o que la busquemos en sucedáneos y no en aquello que nos dé una alegría honda profunda, que nos conduzca por verdaderos caminos de felicidad. Podemos tener incluso actitudes egoístas en la manifestación de nuestra alegría porque solo la busquemos para nosotros no importándonos las tristezas o las amarguras que pudiera haber en nuestro entorno.
¿Dónde buscamos y podemos encontrar esa verdadera alegría? Para comenzar decir que tiene que nacer de lo más hondo de nosotros buscando satisfacciones profundas que de verdad llenen nuestro espíritu. No nos podemos quedar en una alegría superficial, cuando dentro de nosotros no reina la paz, prevalecen los malos sentimientos, nos encerramos en nosotros mismos, no sabemos apreciar lo bueno y lo bello que hay en la misma vida que vivimos y también alrededor nuestro.
Qué satisfacción más grande sentimos tras el deber cumplido, tras el desarrollo pleno de nuestras responsabilidades; qué gozo sentimos cuando somos capaces de superar retos y obstáculos; qué alegría también cuando vemos que podemos poner nuestro granito de arena para hacer felices a los demás. Una verdadera alegría nunca nos aísla de los demás, nos llevará al compartir nuestra alegría para contagiarla a los demás y para que los demás vivan también en nuestra alegría.
Muchas cosas podríamos seguir reflexionando en torno a ello. He querido comenzar por estas breves pinceladas para introducirnos en el texto del evangelio de hoy. Se nos habla en él de la alegría. Por una parte nos habla de la alegría y satisfacción interior con que volvieron los apóstoles y discípulos después de cumplir con la misión encomendada por Jesús. ‘Los setenta y dos volvieron muy contentos y dijeron a Jesús: Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre’. Habían podido realizar la obra que Jesús les había encomendado de anunciar el Reino y habían visto como se realizaban las señales anunciadas por Jesús. La Palabra que anunciaban en nombre de Jesús era una Palabra de salvación con la que se iba liberando - salvando - del mal a quienes la escuchaban y acogían en su corazón. Y Jesús les dice que estén contentos porque sus nombres están inscritos en el libro de la vida.
Pero a continuación el evangelio nos habla de la alegría de Jesús. ‘Lleno de la alegría del Espíritu Santo’, nos dice el evangelista. No es una alegría cualquiera, es la alegría del Espíritu. Dios se nos revela, y se revela de manera especial a los pequeños y a los sencillos. Los de corazón humilde saben abrirse a Dios, escuchar a Dios. Los de corazón puro podrán conocer y contemplar el misterio de Dios. El llamará dichosos a los pobres, a los pequeños, a los de corazón humilde y sencillo,  a los puros de corazón, para ellos es el Reino de Dios, a ellos se les manifiesta Dios, podrán contemplar a Dios. Recordemos las bienaventuranzas. Y si en las bienaventuranzas los llamará dichosos, felices, es la felicidad y la alegría que Jesús siente ahora en su corazón.
Que encontremos nosotros el camino de esa verdadera alegría porque así vayamos viviendo en la vida con un corazón puro, humilde, sencillo. Podremos saborear de verdad las cosas bellas; podremos llenarnos de Dios; podremos sentir verdadera paz en nuestro corazón; aprenderemos a abrirnos a Dios pero a abrirnos necesariamente también a los demás; trabajaremos así porque reine la verdadera alegría en nuestro mundo.


sábado, 18 de agosto de 2012

Unos ojos limpios y luminosos como los de un niño para gustar el Reino de los Cielos

Unos ojos limpios y luminosos como los de un niño para gustar el Reino de los Cielos

Ez. 18, 1-10.13.30-32; Sal. 50; Mt. 19, 13-15

‘Dejadlos, no impidáis a los niños acercarse a mi, de los que son como ellos es el Reino de los cielos’. Hermoso mensaje que nos ofrece hoy el evangelio.

La gente que acude a Jesús viene también con sus niños que se los presentan para que los bendiga. Era algo habitual el que las madres presentaran a sus hijos a los rabinos para que los bendijeran. Lo hacen también con Jesús. Pero por allí están los discípulos muy celosos de lo que pudiera molestar al Maestro. Por eso tratan de impedirlo. Pero ahí está la respuesta de Jesús, la ternura de Jesús.

No hace muchos días ya contemplamos cómo Jesús ponía un niño en medio de los discípulos para decirles también que había que hacerse como niño y que había que saber acoger también a los niños y a los pequeños.

Hoy nos los presenta como un signo de lo que hay que ser en lo más hondo de nosotros mismos para entender y para vivir el Reino de Dios. La imagen del niño nos está hablando de limpieza del corazón, de pureza en las intenciones, donde no quepa malicia alguna, de sencillez y de humildad.

Los limpios de corazón verán a Dios, nos dirá Jesús en las Bienaventuranzas; y de los pequeños y humildes es el Reino de los cielos. Por eso nos está hablando de hacernos como niños, limpios de corazón, pequeños y sencillos sin ninguna malicia interior; abiertos de corazón como un niño que siempre está con los ojos despiertos y atentos para conocer y para aprender; con un alma tierna en la que florezca fácilmente el amor y en la que vayan dejando huella las cosas buenas que vayamos recibiendo o aprendiendo de los demás.

Tras ese breve mensaje nos dice el evangelista que ‘les impuso las manos y se marchó de allí’. Imponer las manos significa bendecir; y bendecir es invocar a Dios para que se derrame con su gracia sobre aquel que es bendecido. Jesús quería que Dios estuviera siempre en alma de aquellos niños para que nunca se enturbiara su corazón con la maldad y la malicia.

Ojalá supiéramos sentir continuamente sobre nosotros las bendiciones de Dios para que aprendiéramos a actuar siempre en la vida con esa rectitud, con esa pureza de intención, alejando de nosotros toda maldad y toda malicia. Necesitamos de esas bendiciones de Dios porque andamos muchas veces con nuestro corazón turbio porque está lleno de recelos y desconfianzas, porque lo dejamos envolver por nuestros orgullos y nos encerramos fácilmente con nuestras actitudes egoístas, porque nos dejamos corroer por las envidias y los celos que nos enferman espiritualmente y nos llenan de tristezas y de muerte. Es de lo que tenemos que saber purificar el corazón sabiendo que no nos faltará la bendición y la gracia del Señor si con humildad se la pedimos.

Qué bellos son los ojos de un niño que te mira sin malicia y abierto siempre al cariño y la confianza. Pero nuestros ojos se han enturbiado con tantas cosas y por ello muchas veces ocultamos los ojos ante la mirada de los demás. Por eso tenemos que aprender de nuevo a ser como niños, a hacernos niños, como nos dice hoy Jesús en el evangelio. Y es que cuando vayamos actuando así con esa mirada limpia y luminosa es porque ya estamos comenzando a gustar en verdad lo que es el Reino de los cielos.

‘No me arrojes lejos de tu rostro, le hemos pedido al Señor en el salmo, devuélveme la alegría de tu salvación’. Alegría porque Dios está con nosotros inundándonos con sus bendiciones y alegría porque podemos vivir el Reino de Dios.

miércoles, 29 de febrero de 2012


Como Jonás fue un signo para los habitantes de Nínive…

Jonás, 3, 1-10; Sal. 50; Lc. 11, 29-32
‘Pide un signo y no se le dará más signo que el signo de Jonás… como lo fue para los habitantes de Nínive… lo mismo el Hijo del Hombre lo será para esta generación…’
Jonás, aquel profeta que quiso rehuir la misión que el Señor le había confiado, el profeta infiel que podríamos llamarlo, y huyó en camino contrario; muchas hechos y circunstancias – la tempestad del mar, el ser arrojado al agua y devorado por el cetáceo, etc… - le llevaron a descubrir que no podía desentenderse de la misión que Dios le había confiado y anuncia la conversión a la gran ciudad que se convierte proclamando un ayuno y vistiéndose de sayal y ceniza.
‘Cuando vio Dios sus obras y cómo se convertían de su mala vida, tuvo piedad de su pueblo, el Señor Dios nuestro’, terminaba diciendo la profecía de Jonás. La misericordia y la bondad del Señor prevalecen siempre sobre todo y el amor del Señor es más grande que nuestro pecado.
Jonás se convierte así en una señal para los ninivitas que así escuchan la voz del Señor y como dirá Jesús los ninivitas se levantarán contra aquella generación porque ellos escucharon al profeta, pero ahora tienen en medio a Jesús y sin embargo no le escuchan ni se convierten. Jesús es en verdad el sacramento de Dios en medio de su pueblo que no solo anuncia e invita a la conversión por el Reino de Dios que llega, sino que en El se está realizando ese Reino de Dios al que habrán de convertirse.
Escuchamos nosotros también esta invitación en este camino de cuaresma que vamos haciendo y al Señor hemos de convertirnos dándole en verdad la vuelta a nuestra vida para seguir los caminos de fidelidad y de amor al que el Seños nos invita. Será llamada repetida a lo largo de este tiempo. La Palabra del Señor va resonando en nuestros oídos y en nuestro corazón.
Ojalá supiéramos descubrir la señal y escuchar la llamada que el Señor nos hace. Ojalá nosotros sepamos irnos abriendo a la Palabra del Señor que se nos proclama cada día y no endureciéramos el corazón. ‘Un corazón quebrantado y humillado, tú no lo desprecias’, hemos repetido hoy en el salmo. Es el corazón humilde con que hemos de ponernos ante el Señor; humildes porque nos sentimos pequeños y pecadores; humildes pero confiados siempre en la misericordia y en la bondad del Señor.
‘Oh Dios, crea en mí un corazón puro, pedíamos en el salmo; renuévame por dentro con espíritu firme; no me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo espíritu’. Es el Señor el que nos purifica y nos renueva. Que vuelva su rostro misericordioso sobre nosotros, porque la mirada de Dios siempre en bendición para nuestra vida, siempre nos llena de gracia que nos transforma y fortalece, que nos purifica y nos da nueva vida. Así con confianza nos acercamos al Señor a pesar de sentirnos tan pecadores.
Sigamos haciendo nuestro camino de Cuaresma con fidelidad. En lo alto contemplamos la Cruz de Cristo, señal definitiva del amor de Dios que nos perdona y nos llena de vida. Caminamos hacia la cruz, caminamos hacia la pascua, caminamos hacia la vida, porque sabemos bien que tras la cruz está la resurrección. Es la meta a la que queremos llegar. Por eso vamos aprendiendo a negarnos a nosotros mismos, vamos aprendiendo a renovar paso a paso n nuestra vida. Vamos buscando la vida, la luz, la gracia, la salvación. Sabemos que Dios en su amor generoso e infinito siempre nos la quiere regalar. Aprovechemos la gracia de Dios. No la echemos en saco roto. 

martes, 29 de marzo de 2011

Generosidad para perdonar con un corazón contrito y humilde


Dan. 3, 25.34-43;

Sal. 24;

Mt. 18, 21-35

‘Acepta nuestro corazón contrito y nuestro espíritu humilde… que éste sea hoy nuestro sacrificio y que sea agradable en tu presencia: porque los que en ti confían no quedan defraudados…’

Es la oración de Azarías, de Daniel, que hemos escuchado en la primera lectura. Se sienten un pueblo pecador – ‘hoy estamos humillados por tierra a causa de nuestros pecados’, dice – y abandonados y perseguidos por los hombres, ponen toda su confianza en el Señor – ‘por el honor de tu nombre no nos desampares para siempre, no rompas tu alianza, no apartes de nosotros tu mirada’ -. No tienen ni donde poder ofrecer sacrificios que sean agradables al Señor y le ofrecen lo mejor que tienen, su corazón ‘un corazón quebrantado y humillado tú no lo desprecias’.

Nos vale esta oración para acercarnos también con humildad al Señor sintiéndonos pecadores. Nosotros además con toda la confianza en la misericordia de Dios que nos garantiza Jesús en su muerte y resurrección. La ofrenda que tenemos que hacer al Señor es nuestro corazón que queremos que el Señor purifique, pero en el que sentimos el dolor de nuestro pecado.

Un corazón contrito y humilde que nos hará tener nuevas actitudes, nuevos sentimientos hacia los demás. Quien se siente amado y perdonado por el Señor no puede menos que amar de la misma manera y tener esa actitud del perdón para con los que nos hayan podido ofender. Quien ha experimentado en sí lo que es la misericordia del Señor de la misma manera ha de actuar con misericordia con los demás. De lo contrario sería raquítica esa experiecia. Recordemos que cuando rezamos el padrenuestro le pedimos al Señor que ‘perdone nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los demás’.

Una invocación y petición del padrenuestro que quizá muchas veces decimos demasiado deprisa; y digo demasiado deprisa porque quizá no pensamos bien lo que decimos. Le pedimos perdón al Señor, pero, ¿de la misma manera y con la misma generosidad del Señor para con nosotros somos capaces nosotros de perdonar a los demás? Reconozcamos que es algo que nos cuesta. Ahí está herida difícil de curar.

Es lo que se nos plantea en el evangelio. Es la pregunta de Pedro pero puede ser también nuestra pregunta que aunque seamos buenos algunas veces parece que nos cansamos de ser buenos y de perdonar una y otra vez. Pero ¿es que tengo que perdonarle otra vez? ¡Ya está bien!, decimos tantas veces si no con las palabras sí con las actitudes cuestionándonos lo de perdonar una vez más.

‘Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿hasta siete veces?’ Ya conocemos la respuesta de Jesús. ‘No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete’. Y nos propone Jesús la parábola que hemos escuchado. No es necesario detenernos mucho a explicarla porque con toda claridad está expuesto el mensaje. No podemos actuar como aquel a quien su señor le había perdona diez mil talentos y luego no era capaz de perdonar a su compañero cien denarios.

Hay una diferencia muy notable entre el valor de los talentos y el de los denarios. Como grande es la diferencia que hay entre lo que es nuestra ofensa a Dios y la ofensa que podamos recibir del hermano. Y Dios siempre está dispuesto a perdonar cuando con humildad acudimos a El porque ‘el Señor es compasivo y misericordioso’. Cuántas veces le decimos como hemos repetido hoy en el salmo ‘Señor, recuerda tu misericordia’. Reconozcamos que nos falta esa misericordia, esa compasión en nosotros, en nuestras comunidades cristianas, en nuestra iglesia.

Pero nosotros seguimos con nuestros resentimientos hacia los demás, tan sensibles a lo que nos puedan hacer o decir los otros, teniendo en cuenta la más mínima palabra o gesto que puedan tener con nosotros y que siempre malinterpretamos, y nos hacemos rencorosos no olvidando nunca y no siendo capaces de perdonar con generosidad.

Cuánto tenemos que aprender del Señor. Qué corazón contrito y humillado hemos de saber poner delante del Señor; y un corazon contrito es un corazón que copiando el amor de Dios es capaz de llenarse de amor para saber ser humildes con Dios y con los demás. Que sea sacrificio agradable en la presencia del Señor ese corazón que somos capaces de llenar de generosidad, de amor y de capacidad de perdón.

sábado, 14 de agosto de 2010

De los que son como ellos es el Reino de los cielos

Ez. 18, 1-10.13.30-32;
Sal. 50;
Mt. 19, 13-15

‘Le presentaron unos niños a Jesús para que les impusiera las manos y rezara por ellos’
. ¡Qué ternura Jesús rodeado de los niños!
Era habitual entre las gentes llevar a sus niños a los maestros o doctores de la ley o a los hombres de Dios para que los bendijeran. ¿Cómo no llevárselos a Jesús? Nos imaginamos la escena, aunque el fervor de algunos discípulos quisiera romper su encanto. No querían que molestaran al Maestro que estaba cansado. Pero ya hemos escuchado. ‘Dejadlos, no se lo impidáis…’
Nos recuerda muchas cosas. Aquella bonita costumbre ya perdida de pedir la bendición a un sacerdote cuando se le encontraba por la calle o en cualquier lugar. Pero no sólo era a los sacerdotes; se pedía la bendición a los padrinos; los padres daban la bendición a sus hijos. Todavía en algunos países quedan esas buenas costumbres, como en muchos países de América. Tengo amigos en América que cuando charlamos o bien al principio o al final de la conversación, y no porque sea sacerdote sino por bonita costumbre, siempre dicen, ‘bendición’.
No estaría mal rescatar costumbres así tan hermosas, y evitaríamos palabras malsonantes e injuriosas en nuestras conversaciones; o sería una forma también de hacer presente a Dios entre nosotros, en nuestra conversación o en nuestro encuentro, porque la bendición siempre será del Señor. Le bendecimos a El y El nos bendice a nosotros llenándonos de su paz y de su gracia.
Pero sigamos contemplando la escena del evangelio de hoy. Jesús rodeado de los niños. ‘De los que son como ellos es el Reino de los cielos’, termina afirmando Jesús. En otra ocasión nos dirá que hay que hacerse como niños para entrar en el Reino de los cielos. Un día tomó a un niño y lo puso en medio de ellos para decirnos que había que hacerse como un niño. Los discípulos habían estado discutiendo por el camino sobre quien era el más importante.
En los pequeños y en los pobres se hace presente Dios. haciéndonos pequeños nos hacemos sencillos, arrancamos de nosotros toda malicia y toda maldad, tendremos los ojos limpios para mirar con mirada pura lo que nos rodea. ¿Os habéis fijado en los ojos de un niño, en su mirada? Necesitamos tener nosotros esa mirada limpia y fresca porque llenamos nuestros ojos tantas veces de maldad.
‘Dichosos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios’, nos dirá en las bienaventuranzas. Quien tiene limpio el corazón tendrá una mirada limpia, pero tendrá también unas actitudes buenas hacia los demás. ‘Oh Dios, crea en nosotros un corazón puro’, hemos pedido en el salmo responsorial.
Y nos dice por otra parte que no le hagamos daño nunca a un niño, porque sus ángeles están contemplando el rostro de Dios. No enturbiemos nunca el corazón de un niño con nuestras maldades. Tengamos nosotros siempre limpio nuestro corazón. Tengamos la alegría pura de un niño inocente que nos hace entender la verdadera alegría. Nos hace falta muchas veces esa sonrisa en nuestros rostros y en nuestro corazón. Nos cuesta tenerla muchas veces por la maldad con la que hemos llenado nuestro corazón.
Aprendamos donde está la verdadera grandeza ante Dios. Hagámonos pequeños porque así descubriremos cómo es el Reino de los cielos.