Hacer
las cosas porque siempre se ha hecho así o porque son las costumbres que nos
enseñaron se nos puede quedar en un ritualismo tan vacío como el lavarse las
manos para los fariseos
Jeremías 30, 1-2. 12b-15. 18-22; Sal 101; Mateo 15, 1-2. 13-14
En los momentos que vivimos parece que
se ha puesto de modo de nuevo el lavarnos las manos para todo; nos encontramos
en la entrada de cualquier establecimiento o de cualquier lugar publico el gel
que se nos facilita para que podamos realizar ese preceptivo lavado de manos.
Como si no nos hubieran enseñado desde pequeños que tenemos que ser limpios y
tenemos que lavarnos frecuentemente las manos. Ahora con el tema de la pandemia
y la prevención con que hemos de actuar – lo que parece muy conveniente y
necesario – se ha convertido en norma de obligado cumplimiento. ¿Podríamos
llegar a convertirlo hasta en un rito religioso?
Bueno, eso es lo que parece que pasaba en tiempos de Jesús. Lo que era una norma higiénica necesaria, pensemos que en su origen el pueblo hebreo era un pueblo nómada y trashumante que andaba por los desiertos de un lugar para otro, en contacto con sus ganados porque esa era su principal actividad; necesarias eran esas normas de higiene que habría que imponer de la forma que fuera necesario, pero que vemos como luego llegaron a convertirse en unos ritos relacionados con la impureza o no impureza que les permitía o no acercarse a lo sagrado. Ahora estaban los fariseos tan rigoristas que hacían tanto hincapié en la pureza o la impureza y para quienes tocar cualquier cosa que estuviera manchada de alguna forma se consideraba causa de esa impureza.
Es lo que ahora vienen reclamando a Jesús. Sus discípulos no se lavan las manos. El ritualismo con que vivían la vida les hacia aferrarse a esas cosas como ritos, pero que luego estaban tan lejos en su corazón de vivir una verdadera pureza y santidad de vida. Y Jesús es tajante en su respuesta. No es lo que entra de fuera lo que hace impuro al hombre, sino que es lo que sale del corazón, de un corazón lleno de maldad, lo que verdaderamente mella la santidad de vida que hemos de vivir. Apegados a su ritualismo no lo entienden, y como le dicen los discípulos a Jesús, los fariseos se han escandalizado con la respuesta que Jesús les había dado. Les parece que Jesús no le da importancia a aquellos ritos que estaban prescritos en la ley de Moisés. Como responde Jesús ahora son ciegos que no quieren ver.
¿Andaremos nosotros cegados de la misma
manera? porque eso es lo que ahora tenemos que preguntarnos. No se trata ahora
de unas costumbres o de unos ritos, no se trata de unas normas para una buena
convivencia o con lo que queremos cuidar nuestra salud, sino de lo que en
verdad llevamos en el corazón. Algunas
veces nos hemos hecho también una religión de ritos y de costumbres, que
hacemos una serie de cosas porque como decimos tantas veces ‘siempre se ha
hecho así’, o son las costumbres que nos enseñaron. ¿Y nuestro corazón donde
está cuando realizamos esas cosas?
Por ejemplo, los cristianos celebramos
el día del Señor y lo hacemos el domingo porque recordamos el día en que
resucitó el Señor; para nosotros se ha convertido en un precepto la asistencia
a la Misa dominical y los que decimos que queremos ser buenos cristianos no
podemos dejar de pasar un domingo sin nuestra participación en la Eucaristía
dominical. Es justo, es necesario, es importante en nuestra vida que celebremos
nuestra fe y que lo hagamos en la comunidad y con la comunidad y por eso nos
reunimos el día del Señor.
Pero quizá tendríamos que detenernos un
poco a pensar cómo lo hacemos, cómo vivimos esos momentos, ¿nos contentamos con
nuestra asistencia, con el rito de la celebración o hay una vivencia más
profunda desde lo hondo del corazón? No se nos puede quedar para que sea
auténtico simplemente en el cumplimiento de un precepto; el precepto nos ayuda,
nos educa, nos hace entrar en la dinámica, pero no se nos puede quedar en el
ritualismo, tenemos que poner vida, poner todo nuestro corazón en lo que
hacemos para que sea en verdad vida para nosotros.
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