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lunes, 26 de junio de 2023

Repasemos la vara que tenemos para medir, revisemos la suciedad de nuestros ojos, que reconozcamos que muchas veces la maldad la tenemos en nuestro corazón

 


Repasemos la vara que tenemos para medir, revisemos la suciedad de nuestros ojos, que reconozcamos que muchas veces la maldad la tenemos en nuestro corazón

Génesis 12,1-9; Sal 32; Mateo 7,1-5

Con qué facilidad acomodamos las varas de medir, acrecentándolas o disminuyéndolas según sea lo que presuntuosamente pensamos de nosotros o el juicio que queremos hacer de los demás. Siempre nos consideraremos que valemos más o somos más importantes que lo que los demás puedan ver en nosotros, y siempre usaremos una vara raquítica para valorar, y este caso siempre por las mínimas, la importancia o el valor que puedan tener las cosas que hacen los otros. Nos molesta que hablen de nosotros, que valoren o no lo que hacemos, pero no nos importa ser duros en el juicio en contra siempre de los que están a nuestro lado, porque no podemos permitir que nos hagan sombra.

Así es nuestra miseria humana, así es en muchas ocasiones la mezquindad de nuestro corazón, así es nuestro orgullo y amor propio con el que nos endiosamos y nos subimos por encima de todos los pedestales, así son esas malas raíces que parece que todo lo enredan y en todo queremos hacer sombra, así es la soberbia de la vida que terminará por arrasar cuanto de bueno pueda surgir en nuestro entorno, así andamos por la vida revestidos de vanidad para aparentar unos brillos que no tenemos.

Desde que la serpiente maligna inoculó en nosotros el veneno de la maldad, de la desconfianza, del orgullo no seremos capaces de ver nuestros errores, pero entramos a saco en el juicio que nos hacemos de los demás viendo por todos lados defectos e irregularidades.

¿Por qué no seremos capaces de reconocer lo bueno que tienen o que puedan hacer los demás? ¿Por qué andaremos por la vida siempre como contrincantes dándonos la batalla, queriendo destruir todo lo bueno que puedan hacer los demás, queriendo echar nubes de sombras y de cenizas sobre las obras de los otros para dar por inservible todo lo que puedan hacer los otros? Es normal que haya disparidad de criterios y de opiniones en todos los ámbitos y aspectos de la vida, ¿Por qué no podemos ver lo bueno que tiene todo proyecto aunque no sea el nuestro, para sumar y para aunar esfuerzos, ofreciendo cada uno lo bueno que tenemos en nuestras ideas o en nuestra manera de hacer para lograr entre todos algo mejor que a todos a la larga nos beneficie?

En nuestros egoísmos insolidarios, en nuestros orgullos y ambiciones de querer quedar siempre por encima del otro, nos destruimos, no somos capaces de ver las limitaciones y lagunas que puedan tener nuestros proyectos y nuestras ideas, y siempre estaremos echando la culpa a los demás del fracaso de la vida misma porque consideramos incapaces a los otros poder hacer algo bueno.

Y esto lo estamos viendo todos los días en nosotros mismos con nuestros juicios y nuestra falta de respeto a lo que hacen los demás, esto lo estamos viendo en el desarrollo de nuestra vida social en que todo lo convertimos en una lucha parece sin cuartel contra todo lo que no salga de nuestras ideas, esto lo estamos viendo en la construcción y desarrollo de nuestra sociedad donde nunca terminamos de colaborar porque nos parecería que nos quitarían nuestros méritos de ser los únicos y los mejores.

Hoy Jesús nos habla de que cuidemos nuestros juicios, porque esa medida que usamos contra los demás también la usarán contra nosotros. Qué bonito sería un mundo sin prejuicios y sin condenas a los que no piensan como nosotros. Nos dice Jesús que nos miremos a nosotros mismos, que seamos reconocer la realidad de nuestra vida también tan llena de limitaciones, tan llena de lagunas. Que no estemos mirando con terror la pequeña mota que puede haber en el ojo del otro, mientras nuestros ojos están atravesados por tantas vigas de maldad.

Que seamos capaces de tener limpio el cristal de nuestros ojos para tener una mirada luminosa para que podamos disfrutar de la belleza de la vida de los demás; pensemos si cuando estamos viendo tanta maldad en los otros, acaso sea la suciedad y maldad de nuestro corazón la que empaña nuestra vida para estar viendo siempre maldad a nuestro alrededor. ‘Sácate primero la viga del ojo; entonces verás claro y podrás sacar la mota del ojo de tu hermano’. Qué distinta sería nuestra mirada.

 

lunes, 30 de enero de 2023

Jesús se nos manifiesta también en los que quieren ayudarme, hacerme reflexionar, en esas llamadas que sentimos en el corazón y no queremos escuchar

 


Jesús se nos manifiesta también en los que quieren ayudarme, hacerme reflexionar, en esas llamadas que sentimos en el corazón y no queremos escuchar

Hebreos 11,32-40; Sal 30; Marcos 5,1-20

Como me diría mi madre a veces somos tozudos; nos empeñamos en  lo que estamos haciendo y viendo que las cosas no funcionan seguimos intentándolo una y otra vez aunque nos salga mal, no por deseo de superación sino por nuestro capricho y nuestro orgullo que no queremos dar el brazo a torcer. Y ya no solo se trata de que en un trabajo que estemos realizando no tengamos el arte de sacarlo adelante, sino que muchas veces es en nuestra propia vida que no queremos corregirnos, no queremos reconocer el error, no tenemos la humildad de decir que no nos estamos o no nos hemos portado bien.

Rechazamos la corrección, rechazamos la mano que se nos ofrece para salir de esa situación, rechazamos el consejo y la palabra amable que quiere ayudarnos. Como decíamos, somos tozudos, somos orgullosos, estamos llenos de soberbia. Y así no llegaremos a ninguna parte.

Hoy en el evangelio nos encontramos con un hecho sorprendente. Cuando han atravesado el lago han llegado a una región que ya propiamente no es territorio judío; son otros los que allí viven, es Gerasa, junto al lago pero territorio palestino si queremos decir, pero no considerado territorio de Israel. Lo primero que se encuentran es a un hombre poseído por el espíritu del mal. Ya nos da muchos detalles el evangelista, de donde habita y de su modo de comportarse.

Además se encara a Jesús. ¿Qué vienes a hacer aquí? ¿Por qué nos importunas? Esto es territorio mío, déjame con mis obras, podríamos decir que algo así es lo que le4 dice a Jesús. ‘¿Qué tienes que ver conmigo, Jesús, Hijo de Dios altísimo? Por Dios te lo pido, no me atormentes’.

Su nombre es legión, porque son muchos. Se resiste a la acción de Jesús. Prefiere quedarse en su situación. ¿Nos recuerda algo de lo que son muchas veces nuestras posturas y actitudes? Como decíamos antes nos resistimos cuando no queremos escuchar un consejo, nos resistimos cuando nos negamos a que nos den la mano, nos resistimos obtusos en nuestro orgullo. Y ahora cuando escuchamos este pasaje del evangelio hasta quizás nos atrevemos a juzgar y a condenar a aquel hombre.

Finalmente Jesús lo expulsa aunque se apoderan, por así decirlo, de una piara de cerdos que por allí anda hociqueando con sus cuidadores y que se arroja acantilado abajo a las aguas del lago, pereciendo todos.

Ante todo el barullo que se ha formado, probablemente los cuidadores de los cerdos habrán ido al poblado más cercano contando lo sucedido, esto hace que las gentes del lugar salgan al encuentro de Jesús. Podríamos pensar que agradecidos porque se has visto liberados de aquel espíritu maligno que atormentaba a aquel hombre – ahora sentado allí a un lado sin saber quizá ni lo que le ha sucedido – pero le piden sin embargo que se marche a otros lugares. También rechazan la acción de Jesús. ¿Por qué veían peligrar con la muerte de los cerdos – para los judíos animales impuros pero para ellos no – su propio medio de vida? ¿No rechazaban a Jesús los principales del pueblo de Israel porque también podían ver en peligros sus influencias y manipulaciones?

Y nosotros ¿cómo recibimos a Jesús? Porque Jesús se nos está manifestando también en esos que quieren ayudarme, esos que quieren hacerme reflexionar sobre mi vida, en esas llamadas que sentimos tantas veces en el corazón pero que no queremos escuchar. Mira si acaso nosotros no estaremos actuando de la misma manera que aquellas gentes.

sábado, 25 de agosto de 2018

Nunca se llene de soberbia nuestra vida por lo bueno que hacemos, sino que siempre nuestro espíritu sea el del servicio y nuestro estilo la humildad y la sencillez



Nunca se llene de soberbia nuestra vida por lo bueno que hacemos, sino que siempre nuestro espíritu sea el del servicio y nuestro estilo la humildad y la sencillez

Ezequiel 43,1-7ª; Sal 84; Mateo 23,1-12

Cuando alguien alaba algo que hayamos hecho bien es justo que sintamos satisfacción dentro de nosotros y nos sintamos contentos con nosotros mismos. No porque busquemos esa alabanza o ese reconocimiento sino por esa satisfacción en si misma del bien hecho, de lo que pudo servir a los demás, o del granita de arena con que hemos contribuido a hacer que nuestro mundo sea mejor. Nadie nos puede decir nada porque nos sintamos contentos con nosotros mismos y que de alguna manera nuestro ego se sobrealimente siempre y cuando esto nos estimule a seguir haciendo el bien, ayudando a los demás o poniendo en servicio de todos aquellos valores que nosotros tengamos.
No hacemos las cosas para la apariencia, para buscar el reconocimiento y la alabanza, para que nos suban en pedestales. La persona que obra con rectitud y sencillez incluso muchas veces buscará ocultarse a si misma, porque lo que le importa es el bien que ha hecho; una persona que obra con rectitud y porque tiene ese espíritu de servicio en su vida no se deja halagar por vanidades ni nunca querrá ponerse por encima de los demás. Y esto bueno, esta manera de actuar con rectitud y sencillez lo podemos encontrar en muchos a nuestro alrededor que la mayor parte de las veces pasan desapercibidos.
Quizá muchas veces nos sea más fácil descubrir a los que van de arrogantes por la vida porque hacen mucho ruido. Quieren que se los vea y se les reconozca sus obras, y como nos dice Jesús en el evangelio van tocando campanillas por las esquinas de las calles para hacer notar su paso o para que vean las buenas cosas que hacen, que ya se ven viciadas por el propio orgullo con que se hacen. Y de eso quiere prevenirnos Jesús, porque de ninguna manera ese puede ser el estilo de lo que le siguen y se llaman sus discípulos.
Es cierto que nos dirá en otra ocasión que se vean nuestras buenas obras para que todos puedan dar gloria a Dios. Pero es para la alabanza y la gloria del Señor, no para alimentar nuestro ego, para buscar esos reconocimientos o ahogarnos en nuestras vanidades.  Por eso nos dirá también que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha y es que el bien no se hace haciendo ruido, aunque la música de las obras buenas que hacemos sí tiene que cautivar los corazones.
Por eso el que es humilde y servicial se va a sentir querido y valorado por todos aunque le parezca sentirse herido en su humildad. Los que son buenos y hacen el bien sin ruido sin embargo van dejando tras de si una melodía hermosa y cautivadora que servirá para atraer a todos a hacer el bien.
Mientras que el arrogante y vanidoso, el que va por la vida repartiendo orgullo y con mucha soberbia en su corazón, no se sentirá nunca querido, más quien quizá temido, y muchas veces rechazado desde nuestro interior porque nos hiere la soberbia de los demás. Por eso andemos nosotros con cuidado para que nunca se llene de soberbia nuestra vida, sino que siempre nuestro espíritu sea el del servicio y nuestro estilo la humildad y la sencillez.
Sepamos descubrir y valorar eso bueno que hay en tantos corazones que calladamente hacen el bien y que su gozo es hacer el bien a los demás.

viernes, 13 de julio de 2012

Que el Señor nos dé sabiduría y prudencia para seguir los caminos del Señor

Que el Señor nos dé sabiduría y prudencia para seguir los caminos del Señor
Oseas, 14, 2-10; Sal. 50; Mt. 10, 16-23

‘¿Quién será el sabio que lo comprenda, el prudente que lo entienda? Rectos son los caminos del Señor, los justos andan por ellos, los pecadores tropiezan en ellos’. Ojalá alcanzáramos esa sabiduría divina y aprendiéramos a caminar caminos de justicia y santidad.

Es la invitación del profeta, la llamada y el ofrecimiento que nos hace hoy el Señor. Mucho hemos tropezado en nuestro camino y no somos justos ni santos. Pero si nos convertimos al Señor, si le damos la vuelta a la vida para volvernos a Dios aprenderemos lo que es esa sabiduría divina. Lo hemos venido reflexionando estos días y es la invitación que hoy escuchamos de parte del Señor. Recordamos cómo la Palabra del Señor nos invitaba a buscarla como el más preciado tesoro, verdadera riqueza de nuestro corazón.

Hemos de comenzar por reconocer nuestros tropiezos y ver que sólo en el Señor es donde verdaderamente hemos de apoyarnos. ‘No nos salvará Asiria, no montaremos a caballo, no volveremos a llamar dios a la obra de nuestras manos’. Así hablaba el profeta invitándoles a poner su confianza en el Señor y no confiar solamente en el poder de las alianzas que hicieran con otros pueblos - Asiria como salvación para su situación -, o de sus ejércitos - ‘no montaremos a caballo’ - o de aquello que por sí mismos pudieran hacer. Era un pueblo avocado a la idolatría y tenía la tentación de crearse sus propios dioses- ‘llamar dios a la obra de sus manos’ -.

Es el orgullo que se introduce tantas veces en nuestra vida, nuestra autosuficiencia pensando que sabemos hacerlo todo por nosotros mismos, o nuestra soberbia para creernos mejores que los demás y nadie puede estar por encima de nosotros. actitudes dañinas que se nos meten tantas veces en el corazón, que nos inducen al desprecio en nuestro orgullo de los que están a nuestro lado, o nuestro olvido de Dios apartándonos de sus caminos. Cuántas veces en nuestro orgullo nos creemos tan sabios que pretendemos incluso enmendar los mandamientos del Señor.

Por eso, como decíamos comenzamos por reconocer nuestros errores y tropiezos, pero también por reconocer lo que es la bondad del Señor. ‘Yo curaré sus extravíos, los amaré sin que lo merezcan, mi cólera se apartará de ellos’, nos dice el Señor. Así es el amor del Señor, así nos ama y no porque nosotros lo merezcamos, sino por su benevolencia.

Bellas imágenes las que nos sigue ofreciendo el profeta para expresarnos cómo cuando estamos con el Señor todo lo bueno vuelve a florecer en nuestra vida. Como un bello jardín, como un huerto bien cuidado y lleno de árboles de ricos frutos, como una rica hacienda que nos llena de riqueza con el producto de nuestro trabajo. Así nuestra vida cuando estamos con el Señor. Nos recuerda la imagen que se repite a lo largo del camino del desierto y que llenaba al pueblo de esperanza, pues el Señor les había prometido una tierra de rica fertilidad, una tierra que manaba leche y miel.

‘¿Quién será el sabio que lo comprenda, el prudente que lo entienda?’ era la pregunta que con el profeta nos hacíamos desde el principio de esta reflexión. Que alcancemos, sí, esa sabiduría y esa prudencia para seguir los caminos del Señor. A pesar de todo lo que nos ofrece el Señor y de la experiencia del amor de Dios que todos tenemos y que tantas veces hemos reflexionado y meditado, sin embargo seguimos apegados a nuestro pecado. Que se mueva nuestro corazón, que seamos capaces de volvernos al Señor; que sintamos la fuerza de la gracia que siempre está actuando en nosotros y no la echemos en saco roto.

‘En mi interior me inculcas sabiduría…’ decíamos en el salmo. ‘Crea en mi, Señor, un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme… devuélveme la alegría de la salvación… que mi boca, mi corazón, mi vida proclame siempre tu alabanza’.

sábado, 20 de agosto de 2011

El orgullo nos hace vivir tras las máscaras de las apariencias la mentira de la vida


Rut, 2, 1-3.8-11;
4, 13-17;

Sal. 127;

Mt. 23, 1-12

‘En la cátedra de Moisés se han sentado los letrados y los fariseos… no hagáis lo que ellos hacen… todo lo que hacen es para que los vea la gente…’ Previene Jesús a sus discípulos de los fariseos y letrados que se presentan como maestros en Israel, pero que no son consecuentes con su vida. Enseñan y plantean muchas exigencias a la gente, pero no es lo que ellos hacen. Todo se queda en apariencias y en lo que podríamos llamar la mentira de la vida o una vida de mentira. Ya tendremos oportunidad de reflexionar más sobre ello.

Os tengo que confesar que este texto del evangelio siempre me ha hecho detenerme a pensar en lo que el Señor dice para mi vida. Por supuesto, cada vez que me acerco a la Palabra de Dios tengo que escucharla como Palabra que el Señor me dice a mí. Claro que en mi misión sacerdotal luego tengo que reflexionar también en cómo os anuncio esa palabra, os la explico y os ayudo a través de ella a encontraros con el Señor para que todos descubramos qué es lo que el Señor quiere decirnos.

Siempre pido al Señor que me ilumine y me dé fuerzas para que esta Palabra que os predico en el nombre del Señor transforme mi corazón y no vaya nunca tras las apariencias, buscando honores o primeros puestos; no puedo ser yo el que me haga notar porque todo lo que tengo que hacer es conducirles hasta el Señor.

Nunca podrá ser el camino soberbio del orgullo, de la apariencia y de la mentira de mi vida el que yo transite para ayudaros en vuestro camino hacia el Señor. Tienen que ser necesariamente caminos de sencillez y de humildad que fueron los que hizo el Señor. Así lo contemplo en Belén, así lo contemplo siempre rodeado de los humildes y sencillos, así lo contemplo en su entrega de infinito amor en la pasión y en la cruz, como cordero humilde llevado al matadero. Es lo que al menos intento hacer con mi vida, no siempre lo consigo, pero me acojo al juicio miseridordioso del Señor. Siento admiración por los que son sencillos y humildes y de alguna manera me siento estimulado con sus ejemplos. La dulzura de la humildad siempre nos atraerá más que la acritud del soberbio.

El Señor siempre es misericordioso, pero siento que el pecado del orgullo y la soberbia es un pecado difícil de perdonar. No, porque el Señor no estuviera siempre dispuesto a concedernos su perdón, sino porque al orgulloso le es difícil agachar la cabeza humilde para reconocer su pecado y pedir perdón. Y es un pecado en el que fácilmente caemos. Por eso, decía, siempre pido al Señor su luz y su fuerza para descubrir cuales han de ser mis verdaderas actitudes y de verdad plasmarlas en mi vida. Que no caiga nunca en esa tentación de la soberbia y del orgullo; que el Señor me dé un corazón sencillo y humilde, pido al Señor.

Nuestro único Maestro y Señor es Jesús; y es su Espíritu el que nos ilumina interiormente sugiéndonos e inspirándonos siempre lo bueno que tenemos que hacer. Por eso Jesús decía que no nos dejemos llamar ni maestros, ni padres, ni consejeros porque sólo el Ungido del Espíritu del Señor es nuestro verdadero consejero.

Creo que esta reflexión que me estoy haciendo para mi mismo en alta voz nos puede valer a todos, porque el mensaje de Jesús es siempre para todos. Será algo que nos repetirá muchas veces. ‘El primero entre vosotros sea vuestro servidor. El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido’. Que nunca nuestras relaciones mutuas las entintemos con ese color turbio del orgullo y la soberbia; lo que tiene que resplandecer entre nosotros es el amor y el amor nos hace sencillos y humildes, porque antes que valorarnos nosotros siempre valoraremos a los demás.

sábado, 6 de noviembre de 2010

Unas frases para no olvidar: todo lo puedo en aquel que me conforta…

Filp. 4, 10-19;
Sal. 111;
Lc. 16, 9-15

Algunas veces nos encontramos con frases lapidarias que en pocas palabras nos dejan un gran mensaje y que no se deberían olvidar nunca. Por eso mismo las llamamos lapidarias, grabadas en lápidas, en piedras a base de cincel y martillo para que nada las pueda borrar. Hoy hacemos carteles en papel o tela u otros materiales semejantes, pero la frase lapidaria merece un material más permanente como permanente tiene que ser su mensaje.
La palabra proclamada hoy nos ofrece varias de esas frases para no olvidar y que merecerían más amplio comentario que el que en este corto espacio podamos ofrecer. Comienzo por una que nos ofrece san Pablo. ‘Todo lo puedo en aquel que me conforta’ nos dice el apóstol. Seguridad y fortaleza en el Señor. Por nosotros quisiéramos hacer mucho, pero nos sentimos muchas veces débiles, imposibilitados o no somos siempre capaces. Pero el Señor es nuestra fortaleza. Pensemos en nuestro camino de superación. Pensemos en cómo hemos de vencer la tentación. O pensemos en algo grande que deberíamos emprender.
Pero quiero recoger otra frase de este mismo texto de la carta a los Tesalonicenses. Pablo está agradecido a la comunidad por tanta ayuda que ha recibido de ellos, incluso subsidios que en ocasiones le enviaron cuando estaba en otras comunidades. Su agradecimiento se hace bendición del Señor. Pero que nos enseña también cómo hemos de actuar generosamente que el Señor nos bendecirá que siempre nos ganará en generosidad. ‘En pago, les dice, mi Dios proveerá a todas vuestras necesidades con magnificencia, conforme a su riqueza en Cristo Jesús’. Grande es el premio que del Señor recibimos por lo bueno que hagamos, porque su recompensa será siempre eterna.
Del evangelio escuchado podríamos resaltar muchas. Destaquemos algunas. ‘El que es de fiar en lo menudo, también en lo importante es de fiar…’ La fidelidad en las cosas pequeñas. Quizá nos sintamos capacitados para hacer cosas grandes y en nuestra autosuficiencia y orgullo le damos menos importancia a las cosas pequeñas. Pues nos dice el Señor, y la experiencia nos lo confirma, que si no somos de fiar, si no somos honrados en las cosas que nos puedan parecer pequeñas e insignificantes, tampoco seremos capaces de hacer cosas grandes.
Nos dice también que ‘ningun siervo puede servir a dos amos… no podéis servir a Dios y al dinero’. Mal amo de nuestra vida es el dinero y la riqueza, porque en lugar de darnos libertad lo que hace es esclavizarnos. Cómo se nos apega el corazón, cómo creemos que el dinero o las riquezas son la solución de todos los problemas. Sirvamos a Dios que es el que da verdadera libertad a nuestro corazón. Sirvamos a Dios que es el que nos da la más profunda grandeza y la mayor felicidad.
Podríamos destacar más. Sólo fijarnos en la última con la que termina este texto que nos ofrece hoy la liturgia. ‘La arrogancia con los hombres, Dios la detesta’. La da ocasión a pronunciar esta sentencia la actitud en cierto modo burlona de los fariseos hacia Jesús por lo que había dicho anteriormente. ‘Dios os conoce por dentro’, les dice. Un corazón arrogante no lo quiere el Señor. Dios se complace en los humildes y sencillos. Alejemos de nuestro corazón todo orgullo y toda soberbia. Aprendamos a caminar por caminos de humildad, porque el Señor ama a los pequeños y se revela a los humildes y sencillos de corazón. Ya hemos escuchado a Jesús en este sentido en otros lugares del evangelio.
Grabemos a cincel en nuestro corazón estas sentencias, que nos ayuden a buscar sinceramente al Señor y a poner toda nuestra confianza solamente en El. Seamos siempre generosos de corazón.

miércoles, 25 de agosto de 2010

Autenticidad, rectitud, responsabilidad… valores a tener en cuenta

2Tes. 3, 6-10.16-18;
Sal. 127;
Mt. 23, 27-32

Alguna vez nos encontramos en el evangelio páginas con palabras duras por parte de Jesús. Jesús resiste a los soberbios y no soporta ni las vanidades ni las apariencias. Ya sabemos bien cómo se nos presenta Jesús, pobre y humilde, el que siendo Dios quiso hacerse hombre, en todo semejante a nosotros, pasando por uno de tantos, como nos dice la Escritura, y haciéndose el último hasta dar su vida por nosotros. Es lo que nos enseña también cuando los discípulos aspiran a grandezas y primeros lugares.
Por eso le escuchamos hablar con dureza contra aquellos que vivían de apariencias, apetecían honores y primeros puestos, llenando su vida de falsedad y de hipocresía. ‘Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que parecéis sepulcros blanqueados…’ Buena apariencia por fuera pero el corazón lleno de maldad y de pecado. Como un sepulcro blanqueado, nos dice Jesús. ¿Qué es lo que hay detrás de esa blancura aparente del exterior? Bien lo sabemos.
Les denuncia que ahora quieran justificarse con algunas cosas que intentan hacer ‘haciendo sepulcros a los profetas y ornamentando lo mausoleos de los justos’ diciendo que ellos no hubieran hecho lo que hicieron sus padres. Pero Jesús les hace ver que la misma maldad sigue en sus corazones. Y es ahí, en el corazón, donde tenemos que cambiar.
Creo que también nosotros hemos de escuchar este mensaje que Jesús quiere darnos. Nos pudiera parecer que esas palabras duras de Jesús no nos las merecemos. Pero creo que sí tenemos que examinarnos por la autenticidad de nuestra vida. También nos podemos sentir tentados por la apariencia y nos tientan también los reconocimientos que los otros puedan hacer de nosotros.
Pero busquemos con humildad la sinceridad, la autenticidad, la verdad de nuestra vida. Y lo mejor que podemos hacer es tratar de purificarnos de todas esas cosas que se nos pueden meter en el corazón. Esa verdad de nuestra vida tiene que partir de la rectitud con que la vivamos. Una vida auténtica, una vida de rectitud desde lo más hondo de nosotros mismos es lo que tenemos que buscar. Nunca hemos de dejar meter en nosotros la vanidad. Caminemos esos caminos que nos conduzcan a obrar siempre rectamente y haciendo el bien, a buscar en todo lo que es la voluntad de Dios. Esa autenticidad de nuestra vida que nos lleve a obrar rectamente es camino de santidad.
Y un breve comentario a lo que nos dice Pablo en la segunda carta a los Tesalonicenses. Quiere hablarnos el apóstol de la responsabilidad con que hemos de vivir nuestra vida. Lejos de nosotros, entonces, la ociosidad, el abandono de nuestros deberes y obligaciones, la dejación de la responsabilidad del trabajo que tenemos que realizar no sólo como un medio de ganarnos nuestro sustento, sino además como esa contribución que hacemos al bien de nuestro mundo, de nuestra sociedad.
Quizá ya no lo necesitemos porque tengamos garantizado nuestro sustento, dada la edad y las prestaciones sociales que recibamos, pero siempre hay algo bueno que hacer con lo que podemos contribuir al bien de los demás. Además una vida ociosa sin hacer nada pudiera convertirse en el inicio de una vida viciosa.
San Pablo se pone como ejemplo, cuando teniendo él derecho al sustento, porque el obrero merece su salario y su trabajo era para el Señor en la predicación del evangelio, como les dice, él ha trabajado con sus propias manos para no ser carga para nadie, les dice. ‘Quise daros un ejemplo que imitar’, concluye. Y les recuerda la sentencia que les había dejado ‘el que no trabaja, que no coma’. Una invitación a la responsabilidad.

sábado, 21 de agosto de 2010

Haz, Señor, que me desprenda de mis vanidades

Haz, Señor, que me desprenda de mis vanidades


¿Quién soy yo, Señor,
para venir a postrarme en tu presencia?
¿quién soy yo
para atreverme a venir a contemplar tu gloria?
Un hombre pecador,
con el corazón manchado
y de labios impuros
que no soy digno de estar en tu presencia;
humilde me pongo ante ti,
sabiendo que me amas y me perdonas;
no soy digno,
pero tu amor me sana,
me salva, me da vida,
aleja de mi corazón mi pecado.

Dame, Señor,
un corazón humilde y arrepentido,
transforma mis tinieblas en luz,
sana mi corazón enfermo,
lléname de tu salvación.

¿Cómo puedo acercarme a ti,
cuando tantas veces escucho tu evangelio,
pero prefiero seguir mis caminos a los tuyos?

Me es más fácil pensar o decir
que lo que dices en tu Palabra
es para éste o aquel,
que aplicármelo a mi vida;
como los fariseos y letrados
que denuncias en el evangelio
porque cargaban cargas pesadas
sobre los hombros de los demás
sin ellos estar dispuestos
a mover un dedo para empujar,
me es fácil juzgar y condenar,
señalar a los demás
antes de mirarme a mí mismo;
no soy tan distinto de ellos,
para mi es también tu denuncia y tu palabra.

También me halagan
las palabras vanas de alabanza
que despiertan mi vanidad y mi orgullo,
recibir reconocimientos y reverencias
diciendo lo bueno que soy;
por eso hoy ante ti reconozco
la vanidad de mi pecado
y mi pecado de vanidad,
reconozco mi pecado de orgullo
y la soberbia que desde dentro
me hace juzgar y condenar a los demás.

Tu evangelio me deja inquieto
porque por más que lo oigo
no lo escucho de verdad en mi corazón
y sigo prefiriendo mis vanidades
y mi superficialidad.

Dame, Señor,
un corazón humilde que sepa escuchar
y poner en práctica
desde lo más hondo de mi mismo tu Palabra;
que aprenda a ser el último de verdad,
pero no para que nadie me suba más arriba,
que algunas veces sutilmente lo hacemos así
apareciendo como humildes,
pero buscando en el fondo
la vanidad del reconocimiento humano
y los lugares de honor.

Qué distintos seríamos todos,
qué distinta sería tu iglesia también
si aprendiéramos a ser humildes
y a no buscar honores y grandezas;
demasiados oropeles llenan nuestra vida,
demasiadas vanidades
ponen barreras en nuestras relaciones,
demasiado orgullo nos separa y aísla;
que tu iglesia se desprenda
también de oropeles y vanidades
para que pueda llevar mejor
el evangelio de Belén y de la Cruz
a todos los hombres,
tenemos que aprender de verdad
el camino de tu evangelio
para poder anunciarlo mejor
al mundo que no rodea.

Sólo quiero hoy presentarme ante ti
con corazón humilde,
con corazón contrito,
para dejarme trasformar por ti,
por la fuerza de tu gracia;
te pido, Señor,
que sepa desprenderme de mis vanidades
para saber vivir la vida
con la sencillez y humildad
que tu nos enseñas,
que contemplamos en Belén,
o en el camino de la cruz;
por eso nos dices:
aprended de mi que soy manso
y humilde de corazón;
que aprenda tu lección, Señor.

Sólo desde ese camino de humildad
podré un día contemplar tu gloria.

Dame tu gracia, Señor,
para trasformar mi corazón.

lunes, 8 de marzo de 2010

Sólo los de corazón humilde se llenarán de Dios

2Rey. 5, 1-15;
Sal. 41;
Lc. 4, 24-30

La sabia pedagogía de la cuaresma nos va ayudando a recorrer este camino que nos prepara y nos conduce a la Pascua, iluminándonos con la Palabra de Dios que cada día se nos proclama.
Repetidos anuncios de Pascua se nos van haciendo para que no olvidemos la meta de este camino, que son anuncios de pasión y cruz como hoy se refleja en el rechazo de las gentes de Nazaret que ya incluso quieren llevar a la muerte a Jesús. ‘Lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba su pueblo, con intención de despeñarlo…’
Pero también la palabra nos ilumina y nos ayuda en diferentes aspectos de nuestra fe y nuestra vida cristiana que hemos de ir aquilatando y purificando muy bien para que nuestra fe sea la más auténtica y vivamos con toda intensidad la celebración de la Pascua y haya en verdad pascua salvadora en nuestra vida.
Jesús había sido bien recibido en principio en su presentación en la sinagoga de Nazaret. Estaban llenos de orgullo por las palabras de gracia que salían de su boca, y era una de ellos, allí se había criado y por allí estaban sus parientes, presentes quizá algunos también en aquella ocasión en la sinagoga.
Pronto, sin embargo, se volverían interesados. ‘¿Por qué no haces aquí los milagros que sabemos que has hecho en Cafarnaún?’ No era por ese camino por dónde habían de aceptar a Jesús. no era ésa la fe que Jesús quería provocar en ellos. Y esa clarificación va hacer que surja el rechazo, que, como dijimos, en cierto modo es anuncio de pasión y de pascua.
‘Os aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra’. Y les recuerda ‘muchas viudas había en Israel en tiempos de Elías… muchos leprosos habían en Israel en tiempos de profeta Eliseo…’ Pero a quienes se va a manifestar la acción de Dios y la gloria del Señor es al que, sintiéndose pobre y vacío de sí mismo porque nada tiene pos sí ni le tienta el orgullo, acude con fe al Señor. Será la viuda de Sarepta que llegará a dar el último puñado de harina y el poco aceite que le queda para hacerle un panecillo al profeta; será Naamán, el sirio, cuando se apea de su orgullo, que además no son judíos sino extranjeros.
Precisamente en la primera lectura hemos escuchado el relato de la curación de Naamán, el sirio. Un relato que nos trasmite todo un proceso que se realiza en aquel hombre. Mientras el sirio se presenta desde la prepotencia de sus riquezas y poderes, desde el orgullo de su condición de hombre poderoso, no va a obtener la curación. Cuando se baja del caballo de su orgullo y se sumerge humildemente en las aguas del Jordán como le pedía el profeta aunque fuera un río menor comparado con los de su tierra y lo que le pidiera Eliseo eran cosas humildes y sencillas, es cuando va a obtener el favor de Dios, es cuando nacerá la verdadera fe en él.
Se había presentado cargado de riquezas y opulentos dones. Quería que poco menos que el profeta se postrase ante él como si Dios estuviera a su servicio. Pensaba que así podría comprar el favor de Dios. ¿Nos sucederá a nosotros algo parecido? Buscamos grandiosidades, nos creemos merecedores de todo, ante todos y ante Dios, porque yo he sido bueno,, porque yo he hecho tantas cosas buenas. Hasta tengo el reconocimiento de los hombres en una plaquita con mi nombre puesta donde todos la vean, o tengo tantos diplomas merecidos por mis cosas buenas… No serán cosas así, pero muchas veces nos presentamos con nuestros orgullos ante Dios.
¿De qué me vale ganar todo el mundo… tener el reconocimiento y la alabanza de todos? ¿Qué es lo verdaderamente importante? Bajémonos del caballo de las prepotencias donde tenemos la tentación tantas veces de subirnos, de nuestra soberbia. Sólo los de corazón humilde se llenarán de Dios. Ya decíamos al principio que este tiempo nos ayuda a aquilatar y purificar nuestra fe.

sábado, 20 de junio de 2009

Presumo de mis debilidades porque así residirá en mi la fuerza de Cristo

2Cor. 12, 1-10
Sal.33
Mt. 6, 24-34

Hermoso el mensaje que nos ofrecen los dos textos de la Palabra de Dios hoy proclamada, tanto el Evangelio como de la segunda carta a los Corintios.
Fijándonos de manera especial en este texto de san Pablo podríamos comenzar por preguntarnos quiénes son los que hoy se manifiestan como triunfadores en la vida. Los que presentan como poderosos, ricos de bienes materiales o pueden ofrecer muchos títulos acreditativos o con muchas recomendaciones, muy combativos de manera que no les importe eliminar a sus contrincantes, pareciera que tienen abierto el camino para el triunfo. Sin embargo el texto de la Palabra de Dios hoy nos ofrece otra visión y otros criterios.
San Pablo en esta carta que estamos comentando trata de describirnos cuál es la misión y la tarea de un apóstol presentándose a sí mismo como un apóstol enviado del Señor. Y aunque en un momento determinado pareciera que puede ofrecer los títulos de lo que él ha hecho – tendríamos que fijarnos en el texto de ayer, aunque por ser el día del Corazón de Jesús fue otro el que nos ofreció la liturgia -, y aunque ahora mismo pudiera hablar hasta de sus experiencias místicas, sin embargo quiere presentarse en medio de su debilidad, porque como nos dice lo que quiere manifestar por encima de todo es ‘la fuerza de Cristo’.
Podría presumir de muchas cosas, viene a decirnos, pero concluye: ‘lo que es yo, sólo presumiré de mis debilidades… muy a gusto presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo. Por eso vivo en medio de mis debilidades, de los insultos, de las privaciones, de las persecuciones y dificultades sufridas por Cristo…’
Y nos hace una confesión, como dice él ‘para que no tenga soberbia’. No sabemos a qué hace referencia en concreto de los aspectos de su vida, una enfermedad, una debilidad y discapacidad corporal, una tentación que sufran continuamente… ‘me han metido una espina en la carne: un emisario de Satanás que me apalea, para que no sea soberbio’. Dice cómo le pide continuamente al Señor verse libre de ello, pero el Señor le contesta: ‘Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad’.
Es el camino que nos ha enseñado Jesús en el evangelio. Camino que pasa por la humildad, por hacerse y sentirse el último. O como el mismo san Pablo nos dirá otra ocasión ‘ese tesoro lo llevamos en vasijas de barro’. Esos son los títulos para el triunfo, que sólo en Cristo podremos obtener de verdad. Pero es que así además es cómo podremos saborear el amor del Señor. ‘Gustad y ved qué bueno es el Señor’, que hemos dicho en el salmo.
Y es que nos sentimos amados y protegidos del Señor. Así conectamos con el evangelio de hoy que nos habla de la confianza absoluta que hemos de tener en la Providencia de Dios. Es el Padre bueno que nos cuida, nos protege, nos ama, nos libra del mal. En El tenemos que poner toda nuestra confianza. Y nos habla de los lirios del campo o de los pájaros del cielo. ‘No trabajan ni hilan…’ y las flores del campo se manifiestan en toda su belleza, ‘que ni Salomón, en todo su fasto, se vistió como uno de ellos,,, vuestro Padre celestial los alimenta… ¿no valéis vosotros más que ellos?... no andéis agobiados pensando qué vais a comer a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir… no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio…’
Recordemos que cuando Jesús nos enseña a orar – escuchamos el texto hace pocos días – y nos enseñó a pedir también por nuestras necesidades materiales, no nos dice que pidamos riquezas en abundancia que nos resuelvan la vida para siempre. Recordemos la parábola de aquel rico que lleno de una cosecha todos sus graneros pensando que ya tendría para toda su vida, pero aquella noche murió. Jesús nos enseña a pedir solo el pan de cada día. ‘El pan nuestro de cada día dánosle hoy’.
Cómo ha de ser nuestra confianza en la providencia del Dios, Padre bueno que nos ama y cuida de nosotros. ‘Buscad el Reino de Dios y su justicia que lo demás se os dará por añadidura’, terminará diciéndonos Jesús.