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sábado, 20 de agosto de 2011

El orgullo nos hace vivir tras las máscaras de las apariencias la mentira de la vida


Rut, 2, 1-3.8-11;
4, 13-17;

Sal. 127;

Mt. 23, 1-12

‘En la cátedra de Moisés se han sentado los letrados y los fariseos… no hagáis lo que ellos hacen… todo lo que hacen es para que los vea la gente…’ Previene Jesús a sus discípulos de los fariseos y letrados que se presentan como maestros en Israel, pero que no son consecuentes con su vida. Enseñan y plantean muchas exigencias a la gente, pero no es lo que ellos hacen. Todo se queda en apariencias y en lo que podríamos llamar la mentira de la vida o una vida de mentira. Ya tendremos oportunidad de reflexionar más sobre ello.

Os tengo que confesar que este texto del evangelio siempre me ha hecho detenerme a pensar en lo que el Señor dice para mi vida. Por supuesto, cada vez que me acerco a la Palabra de Dios tengo que escucharla como Palabra que el Señor me dice a mí. Claro que en mi misión sacerdotal luego tengo que reflexionar también en cómo os anuncio esa palabra, os la explico y os ayudo a través de ella a encontraros con el Señor para que todos descubramos qué es lo que el Señor quiere decirnos.

Siempre pido al Señor que me ilumine y me dé fuerzas para que esta Palabra que os predico en el nombre del Señor transforme mi corazón y no vaya nunca tras las apariencias, buscando honores o primeros puestos; no puedo ser yo el que me haga notar porque todo lo que tengo que hacer es conducirles hasta el Señor.

Nunca podrá ser el camino soberbio del orgullo, de la apariencia y de la mentira de mi vida el que yo transite para ayudaros en vuestro camino hacia el Señor. Tienen que ser necesariamente caminos de sencillez y de humildad que fueron los que hizo el Señor. Así lo contemplo en Belén, así lo contemplo siempre rodeado de los humildes y sencillos, así lo contemplo en su entrega de infinito amor en la pasión y en la cruz, como cordero humilde llevado al matadero. Es lo que al menos intento hacer con mi vida, no siempre lo consigo, pero me acojo al juicio miseridordioso del Señor. Siento admiración por los que son sencillos y humildes y de alguna manera me siento estimulado con sus ejemplos. La dulzura de la humildad siempre nos atraerá más que la acritud del soberbio.

El Señor siempre es misericordioso, pero siento que el pecado del orgullo y la soberbia es un pecado difícil de perdonar. No, porque el Señor no estuviera siempre dispuesto a concedernos su perdón, sino porque al orgulloso le es difícil agachar la cabeza humilde para reconocer su pecado y pedir perdón. Y es un pecado en el que fácilmente caemos. Por eso, decía, siempre pido al Señor su luz y su fuerza para descubrir cuales han de ser mis verdaderas actitudes y de verdad plasmarlas en mi vida. Que no caiga nunca en esa tentación de la soberbia y del orgullo; que el Señor me dé un corazón sencillo y humilde, pido al Señor.

Nuestro único Maestro y Señor es Jesús; y es su Espíritu el que nos ilumina interiormente sugiéndonos e inspirándonos siempre lo bueno que tenemos que hacer. Por eso Jesús decía que no nos dejemos llamar ni maestros, ni padres, ni consejeros porque sólo el Ungido del Espíritu del Señor es nuestro verdadero consejero.

Creo que esta reflexión que me estoy haciendo para mi mismo en alta voz nos puede valer a todos, porque el mensaje de Jesús es siempre para todos. Será algo que nos repetirá muchas veces. ‘El primero entre vosotros sea vuestro servidor. El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido’. Que nunca nuestras relaciones mutuas las entintemos con ese color turbio del orgullo y la soberbia; lo que tiene que resplandecer entre nosotros es el amor y el amor nos hace sencillos y humildes, porque antes que valorarnos nosotros siempre valoraremos a los demás.

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