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sábado, 31 de mayo de 2025

Buena Nueva que nos habla de acogida, de disponibilidad, de generosidad, porque acogemos a Dios y porque Dios se hace presente en nosotros también para los demás

 


Buena Nueva que nos habla de acogida, de disponibilidad, de generosidad, porque acogemos a Dios y porque Dios se hace presente en nosotros también para los demás

 Romanos 12, 9-16b; Is 12, 2-3. 4bcd. 5-6; Lucas 1, 39-56

Imaginaos que estáis en casa tranquilamente, con vuestras tareas, con vuestras preocupaciones, disfrutando del momento o preparando quizás lo que está por venir, siempre tenemos algo que preparar porque los trabajos se continúan unos tras otros, y de pronto alguien toca a la puerta. ¿Quién será? nos preguntamos, ¿Quién llama? Preguntamos muchas veces antes incluso de abrir la puerta. Y os encontráis con el amigo querido que hace tiempo no veías, o al familiar por quien sentís mucho aprecio pero que quizás vive lejos. Además de la sorpresa la alegría será grande, el encuentro será efusivo, las puertas no solo de la casa sino del corazón se abren de par en par para recibir a quien llega a nosotros y nos disponemos pronto a agasajarlo y ofrecerle de todo para que se sienta bien. Nuestra alegría es tan grande que es como si Dios hubiera entrado por esa puerta, en expresión que muchas veces usamos en ocasiones así.

Es lo que nos ofrece hoy el evangelio en esta fiesta y celebración especial que en este final de mayo tenemos, la visitación de María a su prima Isabel. No nos extrañan las muestras de alegría que se nos muestran en el evangelio, en la acogida de Isabel, en sus palabras llenas de alabanzas y bendiciones, hasta en el pequeño Juan que desde el seno de su madre está también saltando de alegría. Era Dios que llegaba a aquella casa; si, era la visita de María, la prima que desde la lejana Galilea se había puesto en camino para llegar a las montañas de Judea; era la disponibilidad de Maria que en su generosidad venía a ayudar a su prima Isabel de quien se había enterado que en su vejez esperaba un hijo, y necesitaría de apoyo y ayuda. María, al tener noticia, se había puesto aprisa en camino. Cuando llegan las muestras de amor a nuestra vida, sí, está llegando Dios a nosotros.

Pero llegaba Dios a aquella casa de las montañas de Judea por el misterio de Dios que en Maria se está desarrollando. Ella también había recibido la visita del ángel, como un día Zacarías también lo había recibido allá en el templo; pero el ángel de Dios había llegado a aquella pequeña aldea de Galilea, perdida incluso en los mapas, que no en los mapas celestiales. Algún día la gente proclamaría al contemplar a Jesús y los signos que realizaba que Dios había visitado a su pueblo; pronto escucharemos también proclamar a Zacarías que con el nacimiento de Juan era el comienzo de la visita de Dios a su pueblo mostrándonos su misericordia y su amor. Dios había visitado también aquel hogar de Nazaret en Galilea, pero no para una visita de paso, sino para quedarse entre nosotros, para ser el Emmanuel, el Dios con nosotros. Y con María, habitando ya en su seno había llegado también a aquel hogar de las montañas de Judea.

Proclamaría Isabel que se sentía feliz y no cabía en ella de gozo porque la madre de su Señor la visitaba, bendeciría a Maria que por su fe estaba haciendo que se manifestasen así las maravillas de Dios. ‘¡Dichosa tú, que has creído! Porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá’. Allí se estaba cumpliendo, allí se estaba manifestando la gloria del Señor.

Muchas conclusiones tendríamos que sacar para nuestra vida de este momento del evangelio que estamos contemplando. Es Buena Nueva de Dios que nos habla de acogida a los otros porque en ellos estamos acogiendo a Dios.

Es Buena Nueva de Dios que nos habla también de esa disponibilidad y de esa generosidad que debe abundar en nuestro corazón para llegar a donde fuera necesario si allí vamos a mostrar nuestro amor, por encima de las renuncias que tengamos que hacer, de los desprendimientos de nosotros mismos que tengamos que tener, de lo que nos pueda costar correr esas puertas del corazón algunas veces endurecidas por los apegos para ser capaces de abrirnos siempre a los demás, sin pretensiones de grandeza poniéndonos al nivel de los demás en sus llantos y en sus alegrías, en sus sufrimientos o en sus necesidades.

Buena Nueva de Dios que nos hace reconocer las maravillas que Dios está obrando en nosotros por lo que tenemos que saber dar gracias, pero que precisamente impulsados por ese amor de Dios que sentimos nos pondremos siempre en camino para hacer llegar esa Buena Noticia también a los demás.

viernes, 31 de mayo de 2024

Podemos seguir cantando al Señor como María porque reconocemos que la misericordia del se derrama sobre nosotros también de generación en generación

 


Podemos seguir cantando al Señor como María porque reconocemos que la misericordia del se derrama sobre nosotros también de generación en generación

Romanos 12, 9-16b; Sal.: Is 12, 2-3. 4bcd. 5-6; Lucas 1, 39-56

En medio de la tribulación parecería que nadie podría dar saltos de alegría, que cuando nos aventuramos a algo nuevo que nos resulte desconocido podamos ser capaces de alejar de nosotros los miedos ante la incertidumbre y mantener firme la esperanza, que cuando emprendemos un camino nuevo que nunca hayamos recorrido lo hagamos con total seguridad de manera que alejemos de nosotros todo tipo de desconfianzas. Pero sí es posible mantener la esperanza aunque es necesario tener un gran equilibrio en nuestra vida porque de verdad tengamos unos sólidos cimientos sobre los que fundamentemos todas esas esperanzas y nos abran caminos de luz en nuestros ojos.

Hoy contemplamos a María dando saltos de alegría en su camino hacia las montañas de Judea. Sobre su vida se han abierto otros horizontes en los que quizá nunca habría pensado para si y tenía que sentir que todo aquello que le estaba sucediendo podría complicar su vida. Había marchado de Nazaret sin que su prometido esposo aun supiera el misterio que en ella se estaba realizando y eso podría sembrar algunas inquietudes en su corazón ante la posible manera de reaccionar de José; su marcha por los caminos de Samaría y Judea hasta llegar a las montañas de Judá habiendo partido de Galilea no era un camino de rosa – no podemos hacer comparación alguna entre lo que era entonces y lo que puedan ser hoy esos caminos – y eso entrañaba peligros de todo tipo y son miedos difíciles de superar; su presencia en casa de Zacarías e Isabel que iba a ser inesperada no sabía realmente la respuesta que podría encontrar, porque habían vivido en la distancia agravada en aquellos tiempos por la dificultad del transito entre unos lugares y otros.

Pero María iba cantando en su corazón. Podríamos decir que iba ensayando aquel canto con que prorrumpiría a la llegada a la casa de su prima Isabel. La sorpresa del recibimiento había sido algo agradable, porque sentía además que el misterio de Dios se revelaba más y más, sobre todo escuchando las palabras de Isabel. ‘¿De donde a mi que venga a visitarme la madre de mi Señor?’ habría prorrumpido, pero además la había llamado dichosa porque había creído en el Señor.

Sí, estamos contemplando el camino de fe de María. Muchas veces resaltábamos en este episodio la generosidad y el amor de María que allá había ido para servir a su prima Isabel, pero como trasfondo siempre tenemos que ver su fe. Es lo que resalta Isabel; es lo que se desprende del cántico de María; era la mujer que confiaba en el Señor y en sus manos se había puesto para dejar que en ella el Señor hiciera cosas grandes, obrara maravillas.

Es lo que ella ahora quiere cantar al Señor en aquel cántico seguramente tantas veces ensayado en su corazón en el camino desde Nazaret hasta la montaña. Por eso desborda de gozo en el Señor. Reconoce ella la mano de Dios en su vida; sin esa mano y esa presencia de Dios no podía realizarse en ella todas aquellas maravillas. Allí se está manifestando la misericordia del Señor. Lo va a repetir de mil maneras. Todo es un derroche de gracia, un derroche de misericordia que transforma los corazones como se ha ido transformando su propio corazón. Ahí esta recordando María toda la historia de Israel que ha sido la historia de la misericordia de Dios para con su pueblo y que ahora en su Hijo Jesús se va a realizar de manera tan admirable.

¿Seremos capaces de cantar a Dios así, con un corazón tan agradecido, por tantas maravillas de amor que va realizando en nosotros? Que se despierte nuestra fe para que podamos creer como María, para que podamos ver esa mano de Dios obrando en nosotros. ¿Quién te ha traído ahora mismo, en estos momentos, a este encuentro con la Palabra de Dios que nos está haciendo cosquillas en nuestro corazón?

Podemos sentirnos también perturbados por muchas cosas, porque la vida no siempre es fácil, porque el camino se nos hace duro, porque reconocemos nuestras debilidades y también tantos fracasos, pero también podemos seguir cantando al Señor como María porque reconocemos que la misericordia del Señor se derrama sobre sus fieles, se derrama sobre nosotros también de generación en generación. Mira tu vida de forma concreta, con lo que eres y como eres y descubre esas señales de la misericordia de Dios.

martes, 31 de mayo de 2022

A ejemplo de María en su visita a Isabel que surja espontáneo de nuestro corazón el cántico de alabanza al Señor aunque se nos hagan duros los caminos de la vida

 


A ejemplo de María en su visita a Isabel que surja espontáneo de nuestro corazón el cántico de alabanza al Señor aunque se nos hagan duros los caminos de la vida

Romanos 12, 9-16b; Sal.: Is.12, 2-3. 4bcd. 5-6; Lucas 1, 39-56

¿Seríamos capaces, cuando tenemos algo que nos puede resultar costoso o que nos pide un esfuerzo extraordinario de hacerlo cantando? Aún me queda un recuerdo en mi mente de cuando era niño y escuchaba cantar a mi madre mientras realizaba las faenas de la casa, la limpieza, la comida, el lavado de la ropa que entonces no era con la facilidad de las lavadores como es hoy porque incluso había que acarrear el agua en baldes para llevarla a casa. Recuerdo escuchar a mi madre, o recuerdos a mis tías cuando iba a la casa de los abuelos que desde el camino escuchaba sus cantos con alegría mientras realizaban sus faenas. 

Por eso me hago la pregunta del principio, porque aun cuando fácilmente hoy estamos escuchando música continuamente, no siempre es la canción que nos sale de dentro de nosotros mientras realizamos la tarea o el trabajo. ¿No será acaso poner una nota de alegría en la vida aunque en ocasiones nos resulte costosa?

Y me hago esta consideración contemplando el pasaje que nos ofrece hoy el evangelio en esta fiesta que celebramos de la visita de María a su prima Isabel. Nadie le pidió nada a María, simplemente el ángel le informaba también como una corroboración de las propias palabras del ángel que tantas maravillas le anunciaba a María en la Anunciación de Nazaret. Pero el evangelio nos dice que María se puso aprisa en camino hasta las montañas de Judea. ¿Y queréis que os diga lo que imagino? María cantando por los caminos que atravesaban Samaría y Judea desde Galilea porque llevaba la alegría en su corazón con las maravillas que el ángel le había anunciado.

Si tras los saludos entre María e Isabel vemos que Maria se pone a cantar al Señor en aquel cántico de alabanza y de acción de gracias que es el Magnificat, me atrevo a decir que María lo llevaba ensayado en su mente y en su corazón a través de aquel largo camino. Ahora aquello que venía cantando en el corazón le sale a voz en grito porque tiene que alabar y bendecir al Señor por todas las maravillas de su amor que se están manifestando.

Es cierto que no había sido fácil el camino, porque si hoy en un vehículo lo podemos hacer en unas cuantas horas, hacerlo como María lo hizo atravesando todos aquellos lugares para llegar a las montañas de Judea no era un camino fácil ni exento de peligros para una mujer que caminaba sola, aunque se uniera a alguna de aquellas caravanas que circularían por aquellos caminos. Pero María iba llena del Espíritu divino, iba llena de Dios, como lo reconocería nada más llegar su prima que se siente honrada porque viene a ella la madre de su Señor.

Muchas consideraciones nos hacemos siempre con este pasaje del evangelio alabando la disponibilidad y la generosidad de María que se pone en camino y su espíritu de servicio; en esta visita de María a aquel hogar de las montañas de Judea vemos una señal y un signo de lo que es la visita de Dios a su pueblo, como incluso luego reconocería el anciano Zacarías cuando le lleguen a él los momentos del cántico y de la alabanza. La música, podríamos decir, resuena fuerte en aquellos corazones que les hace ponerse a todos a prorrumpir en cánticos de alabanza al Señor, pero es la alegría de unos corazones que están llenos de Dios.

¿Seremos nosotros capaces de cantar cuando los caminos se nos hacen duros y difíciles, cuando tenemos que atravesar valles oscuros, cuando la senda se nos hace empinada porque también tenemos que subir a un calvario con alguna cruz sobre nuestros hombros? Me atrevo a sugerir que por ahí concretemos el mensaje que hoy se nos ofrece en el evangelio y a través de la figura de María en su camino hasta la montaña de Judea. Es el cántico del amor el que tiene que surgir en nuestro corazón; es el cántico que brota de la alegría que llevamos en nuestro corazón cuando sabemos que llevamos a Dios con nosotros.

viernes, 18 de septiembre de 2020

Caminemos con Jesús de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo, proclamando a anunciando la Buena Nueva del Reino que tanto necesita hoy nuestro mundo

 


Caminemos con Jesús de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo, proclamando a anunciando la Buena Nueva del Reino que tanto necesita hoy nuestro mundo

1Corintios 15, 12-20; Sal 16; Lucas 8, 1-3

‘Jesús iba caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, proclamando y anunciando la Buena Noticia del reino de Dios’. Así nos dice hoy el evangelio. Y es una imagen que grabamos fácilmente en nuestra imaginación y que casi contemplamos con gran realismo como si nosotros hubiéramos ido también insertos en aquella comitiva. Ya lo había dicho Jesús que tenía que salir también por otros lugares, no podía quedarse en Cafarnaún en las orillas del Tiberíades.

En distintos momentos del evangelio contemplamos esa comitiva, unas veces solo los discípulos más cercanos, en ocasiones gentes que se les iban agregando a su paso por los pueblos, había gente que se ofrecía para formar parte del grupo aunque Jesús les pusiera sus condiciones, o como en esta ocasión también le acompañaban algunas mujeres que o bien se habían visto liberadas del mal por el poder de Jesús o quienes en su generosidad incluso aportaban sus bienes para las necesidades del grupo.

En ocasiones atravesaban en barca el lago para llegar con mayor prontitud a los lugares más distantes, o se dirigían incluso al otro lado del lago a la región de los gerasenos. Le contemplamos en la alta Galilea ya en los límites con las ciudades fenicias donde incluso una mujer arrancará de Jesús la curación de su hija, o irán cercanos incluso a las fuentes del Jordán, en la región donde se había levantado en honor del Cesar la ciudad de Cesarea de Filipo, lugar de hermosas confesiones de Simón y de promesas de Jesús.

Igualmente le veremos atravesar Samaria, o  bajar por el valle del Jordán atravesando Jericó para dirigirse a Jerusalén. En Judea lo contemplaremos en Jericó como hemos mencionado o en las poblaciones cercanas a Jerusalén por donde solían atravesar las caravanas venidas de Galilea por el Valle del Jordán siendo Betania una de las más mencionadas como lugar de paso de Jesús. La ciudad santa será escenario en repetidas fiestas de la presencia, de la Palabra y de los signos de Jesús, el ciego de Nacimiento enviado a Siloé, o el paralítico de la piscina de las ovejas que serán los más destacados.

Al hilo de lo que nos ha dicho hoy el evangelio he querido recordar aunque no de forma exhaustiva algunos de esos recorridos que Jesús hacía por los pueblos y ciudades anunciando el Reino, proclamando la Palabra de Dios. De Galilea podríamos mencionar Nazaret, su pueblo, o la vecina Caná de Galilea de donde procedía alguno de los apóstoles, Betsaida la patria de Andrés y Simón Pedro, como otros lugares donde no siempre acogieron con buen espíritu su predicación. Pero igual le vemos detenerse en los caminos, participar en los acontecimientos de las familias o dejarse invitar a reuniones o comidas familiares, irse a lugares apartados y descampados, o subir a la montaña para desde allí enseñar a la multitud reunida.

Cuando tenemos la suerte de visitar Tierra Santa – tuve esa dicha en dos ocasiones hace ya unos cuantos años - la tierra que hollaron los pies de Jesús, podíamos decir que a cada paso que damos vamos teniendo un recuerdo de esa presencia de Jesús y cuando con espíritu de fe hacemos ese camino casi parecen resonar en nuestros oídos las palabras de Jesús, sus parábolas y sus enseñanzas, sus anuncios del Reino de Dios.

Mientras hemos ido reviviendo este recorrido en la reflexión en torno al evangelio que nos estamos haciendo quizá haya podido resonar en nuestro corazón una llamada del Señor. Antes de su Ascensión al cielo nos prometió que recibiríamos el don del Espíritu Santo para que con su fuerza fuéramos sus testigos hasta los confines del mundo. ‘Id al mundo entero…’ nos dijo. Ha sido la labor que otros testigos de Jesús han ido realizando a lo largo de los siglos y por eso ha llegado la Buena Nueva de Jesús hasta nosotros.

Pero ese testigo está también en nuestras manos, somos también enviados y tenemos que comenzar por la Jerusalén de donde vivimos, pero salir también a los caminos, tenemos que saber llegar a cuantos nos rodean porque el mundo está necesitando esa Buena Noticia del Evangelio. Creo que los cristianos estamos medio adormecidos o quizá con muchos temores en el corazón. Necesitamos despertar, necesitamos salir a los caminos, necesitamos volver a ir al encuentro de los demás con el mensaje de Jesús.

Hay tantos en nuestro entorno que no le conocen, aunque decimos que vivimos en un mundo o en un ambiente cristiano, aunque una gran mayoría incluso esté bautizada – que ya no todos en nuestro entorno están bautizados -, y es necesario anunciarles el evangelio de Jesús. Dejemos a un lado nuestros miedos y cobardías y no olvidemos que con nosotros siempre está la fuerza del espíritu Santo prometido por Jesús.

viernes, 4 de abril de 2014

Vivamos una entrega generosa de amor a la manera de Jesús aunque no seamos comprendidos por los demás

Vivamos una entrega generosa de amor a la manera de Jesús aunque no seamos comprendidos por los demás

Sab. 2, 1.2-22; Sal. 33; Jn. 7, 1-2.10.25-30
‘Recorría Jesús la Galilea, pues no quería andar por Judea porque los judíos trataban de matarlo… intentaban agarrarlo, pero  nadie le pudo echar mano, porque todavía no había llegado su hora…’ Así nos dice el principio del texto del evangelio que hoy hemos escuchado y el versículo final.
¿Por qué querían echarle mano? ¿por qué querían matarlo? En una ocasión que quisieron apedrearlo Jesús les preguntaba que por cual obra buena de las que hacía querían apedrearlo. ¿Por qué nos preguntamos nosotros también? El pasó haciendo el bien; ahí están sus milagros, sus curaciones, la cercanía de su corazón a todos como el pastor que cuida de sus ovejas y busca a las descarriadas, el perdón y la paz que con su presencia y con su palabra iba llevando a todos.
El texto del sabio del Antiguo Testamento, del libro de la Sabiduría nos ayuda a comprender. ‘Acechemos al justo que nos resulta incómodo… es un reproche para nuestras ideas… lleva una vida distinta a los demás y su conducta es diferente… declara dichoso el fin de los justos y se gloría de tener por Padre a Dios’.
La vida del hombre  justo a nuestro lado nos resulta incómoda porque con su vida nos está haciendo ver la realidad de nuestras obras que no son siempre son buenas.  A los ojos que están acostumbrados nada más que a las tinieblas les molesta y les hiere la luz. ¿La luz es mala? De ninguna manera, pero nos hiere porque nuestros ojos no quieren sino tinieblas, nos hiere porque nos hace descubrir donde están nuestras maldades.
Como hemos escuchado en el evangelio Jesús andaba por Galilea y cuando llegó la fiesta judía de las tiendas o de los campamentos, que recordaba su peregrinar por el desierto, no subió con sus parientes a Jerusalén, sino que lo hizo más tarde sin dejarse ver mucho. Sin embargo cuando algunos lo encuentran se harán preguntas sobre si en verdad Jesús será o no el Mesías y si ya lo habrán aceptado los dirigentes judíos. Pensaban, sin embargo, que no podía ser el Mesías, porque tenían la idea de que el Mesías no sabrían de donde procedía y de Jesús en cambio sabían que era de Galilea.
Es lo que ahora les quiere aclarar Jesús con sus palabras. Para conocer a Jesús era necesario algo más que saber que era de Galilea, cuál era su patria y quienes eran sus parientes. En Jesús habían de descubrir algo más que solo desde la fe podrían conocer. Jesús es el enviado del Padre. Será algo que nos aparecerá muchas veces en el Evangelio de san Juan. Viene del Padre y viene a hacer la voluntad de Dios.
‘Aquí estoy, oh Dios, para hacer tu voluntad’, es su grito a la entrada en el mundo del Hijo del Hombre. Consciente de que ha de hacer siempre la voluntad del Padre esa será su oración en la oración y agonía de Getsemaní. ‘Que pase de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya’. Ahí descubrimos la obra de Jesús y su misión; ahí comprendemos  su entrega de amor y su muerte en la cruz, entregándose en las manos del Padre.
Es lo que nos va enseñando, porque es lo que fue su vida en todo momento.  Es ese sentido nuevo de vivir que vemos en Cristo y que no siempre será comprendido por todos. Como hemos comenzado reflexionando hoy vemos cómo no es aceptado, cómo su vida resulta incómoda para los demás que quieren ponerlo a prueba y lo llevarán a la prueba suprema del amor que es su entrega y su muerte en la cruz.
Nosotros que nos decimos seguidores de Jesús, ¿seremos capaces de vivir una entrega de amor semejante? Quienes nos rodean ¿llegarán a descubrir en nosotros ese estilo de entrega y de amor porque también nuestra meta y nuestro ideal sean siempre pasar haciendo el bien?
No nos importe que no nos entiendan ni comprendan cuando amamos y cuando somos serviciales, cuando ponemos la paz y el amor por encima de todo y somos capaces de ser siempre comprensivos con los demás, aceptándonos mutuamente con generosidad y siendo capaces siempre de perdonarnos. No temamos parecer unos bichos raros porque amemos así a la manera de Jesús. No hacemos otra cosa que querer parecernos a Jesús porque sabemos que así es como vamos a encontrar la verdadera plenitud de nuestra vida.

lunes, 15 de marzo de 2010

Voy a crear un cielo nuevo y una tierra nueva

Is. 65, 17-21;
Sal. 29;
Jn. 4, 43-51

Los primeros versículos del texto del evangelio hoy proclamado vienen a ser como un resumen de las diversas actividades de Jesús narradas en los capítulos precedentes. Jesús llega a Galilea procedente de Samaria donde ha tenido lugar el encuentro con la mujer samaritana junto al pozo de Jacob; se menciona la presencia de Jesús en Nazaret que es san Lucas el que nos lo ha contado con la reacción negativa de sus convecinos, por eso nos recuerda lo de que ‘un profeta no es estimado en su propia patria’; y hace referencia al milagro de la conversión del agua en vino en las bodas de Caná de Galilea para situarnos donde se realiza la escena que hoy nos narra.
Hasta allí ha llegado, por otra parte, la fama de lo que antes Jesús había realizado en Jerusalén. ‘Los galileos lo recibieron bien porque habían visto todo lo que había hecho en Jerusalén, durante la fiesta, pues también ellos habían ido a la fiesta’.
Ahora es ‘un funcionario real que tenia un hijo enfermo en Cafarnaún el que, oyendo que Jesús había llegado de Judea a Galilea, había ido a verle y le pedía que bajase a curar a su hijo que estaba muriéndose’. ¿Tenía fe aquel hombre? Por algo viene a pedirle a Jesús que dé vida a su hijo. Además se fió de Jesús cuando le dijo que su hijo estaba curado. Se puso en camino. Al encontrarse con los criados que vienen a decirle que su hijo está ya curado ‘creyó él con toda su familia’, nos dice el evangelista.
Jesús pide habitualmente fe a los que vienen a él buscando el milagro de la curación. Y porque tienen fe alcanzan lo que piden. ‘Que te sucede conforme a tu fe… tú fe te ha curado…’ son expresiones que escuchamos muchas veces. Ahora el milagro se convierte en un signo que hace crecer más la fe llegando a un compromiso mayor. ‘Creyó él con toda su familia’, nos dice el evangelista. El hombre no se quedó solamente en tener fe en él para obtener de Jesús la curación, sino que ahora esa fe va abarcar a toda la familia.
Algo nuevo se está realizando en la medida en que crece el anuncio del Reino de Dios. Un mundo nuevo se está creando, como lo había anunciado el profeta, según escuchamos en la primera lectura. ‘Mirad, yo voy a crear un cielo nuevo y una tierra nueva, de lo pasado no habrá recuerdo… sino que habrá gozo y alegría perpetua, por lo que voy a crear’. Esta imagen del cielo nuevo y de la tierra nueva volverá a aparecer en el Apocalipsis cuando ya se nos está presentando la apoteosis final.
Un cielo nuevo y una tierra nueva iremos viviendo en la medida en que va creciendo el Reino de Dios en nuestra vida y entre nosotros. Todo ha de irse transformando, haciéndose nuevo. El dolor y el sufrimiento han de desaparecer, la muerte ya no tendrá la palabra final, y los milagros que va realizando Jesús son signo de ese mundo nuevo. De ahí la alegría que en la esperanza hemos de ir viviendo. ¿Cómo no vivirla y sentirlo en lo más hondo de nosotros mismos, si nos sentimos renovados en el Señor, si hemos de hacer crecer día a día esa civilización del amor que dé sentido hondo a nuestra vida y a nuestro mundo?
‘Te ensalzaré, Señor, porque me has librado’
, hemos repetido una y otra ve en el salmo. Será un salmo que también cantaremos en la noche de Pascua, en la Vigilia Pascual. En el triunfo de Cristo en su resurrección adquiere todo sentido, porque por la muerte y la resurrección de Cristo nos vemos liberados y rescatados de toda tristeza y de todo mal, inundados de gracia, de vida y de paz. ‘Sacaste mi vida del abismo, me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa… cambiaste mi luto en danzas, Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre’.
Pero tiene también su hondo sentido que ahora lo recemos, porque estamos viendo las obras del Señor; porque estamos reconociendo también ese actuar de Dios en nuestra vida, porque en la medida que vamos dando pasos en este camino cuaresmal nos vamos sintiendo nuevos, distintos, renovados, y con más ganas cada día de vivir ese camino de santidad al que el Señor nos ha llamado. Que así lo vayamos viviendo con toda hondura.