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martes, 3 de agosto de 2021

Sintiendo a Jesús con nosotros, aunque las aguas tormentosas que atravesamos siguen siendo las mismas, nos sentimos más seguros con la paz que nos da su presencia

 


Sintiendo a Jesús con nosotros, aunque las aguas tormentosas que atravesamos siguen siendo las mismas, nos sentimos más seguros con la paz que nos da su presencia

Números 12, 1-13; Sal 50; Mateo 14, 22-36

‘Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente’. Pero Jesús no volvió con ellos a la barca y ellos iban solos haciendo la travesía. Cruz el lago para aquellos avezados pescadores no era algo que entraña dificultad, pero sabemos cómo es andar sobre las olas. O viene la calma o se encrespan las olas con el viento que aparece en contra de alguna parte.

Y en esas se vieron en aquella noche; y la barca no avanzaba; y comenzaron los miedos. La oscuridad de la noche en medio del agua nos hace ver más tinieblas que las que realmente existen en algunas ocasiones. En estas andaban o más bien hacían esfuerzos por remar cuando les pareció ver un fantasma; muy propio en esos niveles de cultura; se llenaron de temor.

Cuántas veces en la vida nos llenamos de miedos y temores, incluso en aquellas cosas o en aquellos lugares o circunstancias a las que estamos habituados; pero como se nos pongan los vientos en contra, como comiencen a no salirnos las cosas como nosotros quisiéramos, como aparezcan dificultades con las que no contábamos, vienen los agobios, los temores, la indecisión de no saber qué hacer, el sentirnos abrumados porque nos parece que todo lo tenemos en contra. Cuántas veces perdemos esa serenidad de espíritu que tanto necesitamos, y nos llenamos de angustias, y ya no sabemos hacer lo que siempre hacíamos, o perdemos las fuerzas para luchar y querer salir adelante.

Son muchas las circunstancias de la vida, son muchos los aspectos en los que nos encontramos de esta manera. Y a veces se nos tambalea nuestra fe, perdemos la confianza. Hay cosas que vemos que suceden en nuestro entorno, incluso en nuestro entorno eclesial, que quizá no terminamos de entender y nos sentimos que desestabilizados. Quisiéramos otra imagen de la Iglesia, pero la imagen que damos muchas veces no es la más ideal; nos sentimos mal muchas veces en la debilidad de los que están a nuestro lado y eso nos desanima; nos parece que la barca se nos hunde.

Tenemos que pensar que es Jesús el que nos ha puesto en marcha para hacer esa travesía; es en esa Iglesia que algunas veces no nos gusta en las que nos quiere Jesús y donde también tenemos que saber hacerle presente a El. Nos puede parece que no es Jesús sino son otras cosas las que resplandecen en ocasiones, pero es la barca en la que tenemos que remar, es la barca con la que tenemos que ir al mundo, cruzar todas las travesías de la vida y donde tenemos que dejar una huella, la huella del evangelio, la huella de Jesús. Es lo que nos toca realizar.

A veces saltamos al agua de la vida y nos parece que nos hundimos como Pedro, porque son tales las tormentas del mundo alrededor que nos parece que perdemos pie. Nos tenemos que dar cuenta que Jesús está ahí, a nuestro lado, a nosotros nos tiende la mano también para que nos mantengamos firmes y sigamos dando testimonio, sigamos siendo testigos de algo nuevo, de lo que Jesús quiere para nosotros y para el mundo.

Sintiendo a Jesús a nuestro lado, porque hayamos despertado bien nuestra fe, aunque las aguas que atravesamos son las mismas y con las mismas dificultades de siempre, nos sentimos más seguros, sentiremos la paz en el corazón que tanto necesitamos. No olvidemos la presencia de Jesús. Hagamos sentir su presencia al mundo a través del testimonio que damos con nuestra vida. Hagamos resplandecer la verdadera imagen de la Iglesia de Jesús.

jueves, 9 de enero de 2020

‘Ánimo, soy yo, no temáis’, ¡qué palabras más bonitas y qué sensación de paz podemos de nuevo sentir desde esas situaciones de miedos y temores que nos aparecen tantas veces


‘Ánimo, soy yo, no temáis’, ¡qué palabras más bonitas  y qué sensación de paz podemos de nuevo sentir desde esas situaciones de miedos y temores que nos aparecen tantas veces!

1Juan 4, 11-18; Sal 71; Marcos 6, 45-52
Hay ocasiones en que se nos mete el miedo en el cuerpo, como solemos decir, aunque bien sabemos que es algo mucho más hondo. Físicamente hasta nuestro cuerpo se sienten aturdidos y los temores nos hacen ver más densas las sombras. Pudiera ser incluso después de experiencias muy intensas y reconfortantes pero cuando todo aquello pasa nos viene un vació y una soledad que nos llena de temores. ¿Sería todo un sueño? ¿Sucedió en realidad? ¿Por qué ahora nos sentimos solos? Porque esa soledad la sentimos incluso aunque físicamente haya personas cerca, porque es algo que llevamos o sentimos por dentro.
El miedo y el temor nos hacen sentirnos cada vez más desorientados y sin rumbo y nuestra imaginación se nos llena de fantasías que no son en la mayoría de las ocasiones nada estimulantes sino todo lo contrario. El miedo nos hace barruntar siempre lo peor y ya nos vemos envueltos en no sé cuantas catástrofes y calamidades. Al final aquello que pudiera ser un rayo de luz también nos confunde y hace que nuestros temores aumenten.
Un problema que un día nos apareció y nos sentíamos acosados por todas partes; el miedo a no saber enfrentarnos hace que nos encerremos más en nosotros mismos y no contemos con nadie; las posibles soluciones nos parecen imposibles aunque parezca un contrasentido pero es que la oscuridad de nuestra mente lo revuelve y lo confunde todo. Seguramente en alguna ocasión nos habremos visto envueltos en situaciones así sin saber darle salida.
No era quizá un problema tan existencial el que podían estar pasando los discípulos en aquella travesía del lago que se les estaba haciendo tan costosa. Para ellos sin embargo ahora era un problema el que tenían.  Se mezclaban muchas cosas. El viento en contra les impedía avanzar y las sombras de la noche lo envuelven y lo confunden todo. Pero ellos que siempre habían estado con el Maestro, ahora El se había querido quedar en tierra donde lo de la multiplicación de los panes e iban solos en la barca hacia la otra orilla. Es cierto que le tenían miedo al lado, aunque allí iban avezados pescadores, pero de todos eran conocidas las tormentas que con facilidad se desataban sobre el lago. Y esos peligros aumentaban sus miedos. Ahora hasta les parecía ver fantasmas.
Jesús se había quedado en la orilla para despedir a la gente y luego se había metido monte arriba buscando la soledad para la oracion. Pasada media noche sabiendo lo que les estaba pasando a los que iban en la barca decidió ir a su encuentro andando sobre el agua. Era el fantasma que ellos creían ver. ‘Animo, soy yo, no temáis’, fueron las palabras de Jesús. El estaba con ellos ya en la barca y la calma volvió por todas partes, en el viento del lago que cesó pero cuanto más en el corazón de los discípulos que se sentían solos y con tantos miedos dentro de ellos. Y es que ‘ellos estaban en el colmo del estupor, pues no habían comprendido lo de los panes, porque tenían la mente embotada’. Eran muchas las cosas que se iban sucediendo y aun no terminaban de comprenderlo todo.
‘Animo, soy yo, no temáis’, ¡qué palabras más bonitas  y qué sensación de paz se puede sentir dentro del corazón! Pensemos de nuevo en esas situaciones de miedos y temores como comenzábamos recordando, pero que en medio de ese torbellino escuchemos la voz de Jesús. Como un día María Magdalena a la entrada del sepulcro vacío. Como los apóstoles en el cenáculo la tarde de aquel primer día de la semana que era como la tarde del primer día de la nueva creación.
‘Soy yo, no temáis’, y sentiremos la mano de Jesús sobre nuestro hombro cuando nos sentimos hundidos, o vemos la mano tendida de Jesús que nos quiere levantar después de nuestras caídas, o le veremos caminar a nuestro lado queriendo hacer arder de nuevo nuestro corazón cuando nos sentimos desilusionados y desesperanzados, tantas veces que Jesús vendrá a nuestro encuentro y hemos de saber verle, sentir su presencia junto a nosotros caldeando de nuevo nuestro corazón con su amor.

sábado, 14 de abril de 2018

Aunque la vida se nos vuelva turbia y oscura en nuestras soledades y luchas con nosotros siempre está el Señor para caminar hacia delante y hacia arriba


Aunque la vida se nos vuelva turbia y oscura en nuestras soledades y luchas con nosotros siempre está el Señor para caminar hacia delante y hacia arriba

Hechos de los apóstoles 6, 1-7; Sal 32; Juan 6, 16-21

En la vida nos parece que remamos muchas veces con el viento en contra. Parece como si las dificultades nos fueran saliendo de debajo de los pies. Las cosas en un momento determinado da la impresión que van bien pero pronto se tuerce todo y aparecen los contratiempos, la dificultades, los problemas y nos parece que todo lo tenemos en contra. Nos puede surgir el cansancio porque no vemos que conseguimos objetivos, porque  no avanzamos en lo que queremos conseguir, porque no tenemos beneficios, y no es ya solo en lo material, de aquello por lo que luchamos.
Nos puede pasar en nuestros trabajos, en la vida familia, en la relación con la que gente con la que convivimos, o nos puede suceder allá en nuestro interior en esos valores por los que queremos luchar, en esas metas de superación que queremos alcanzar, en esos defectos que queremos corregir y así en muchas cosas.
Nos sucede en nuestra vida espiritual o  nos sucede en la lucha que mantenemos por nuestros compromisos cristianos o por aquello que queremos hacer por los demás. No es que siempre tengamos la vida llena de dificultades, pero hay momentos que se nos vuelven oscuros y no sabemos cómo salir adelante.
Ahí tiene que aparecer nuestra fortaleza interior, la madurez con que vamos afrontando la vida, la conciencia de la realidad de nuestra propia debilidad, pero al mismo tiempo sabemos que podemos conseguirlo y no queremos tirar la toalla aunque remar con el viento en contra en la vida nos esté resultando costoso. Como creyentes y como cristianos sabemos siempre que la fuerza de la gracia no nos falta y con nosotros, aunque nuestra mente y nuestro corazón se vuelvan turbios muchas veces y no veamos con claridad, la presencia del Señor no nos falta. No podemos acobardarnos
El texto del evangelio de hoy creo que nos da pautas, nos ayuda a descubrir esa presencia del Señor aunque a veces nos parezca que estamos siendo engañados. Los discípulos remaban rumba a Cafarnaún después que en la tarde anterior Jesús realizara aquella multiplicación milagrosa de los panes para que todos comieran. La gente estaba entusiasmada y poco menos que querían hacer rey a Jesús, pero éste embarcó a sus discípulos rumbo a la otra orilla aunque Jesús se quedó en tierra.
Ahora allá iban solos en la barca y el viento lo tenían en contra y les costaba avanzar. El esfuerzo que estaban realizando era grande. No habían podido saborear a su gusto los que les parecía que eran un triunfo de Cristo cuando era aclamado por las gentes, y ellos se encontraban con dificultades en medio del lago. Y Jesús no estaba con ellos. En otra ocasión en que se había desatado una fuerte tormenta en el lago Jesús estaba, aunque fuera dormido en un rincón de la barca. Al menos entonces podían acudir a Jesús, pero ahora no estaba.
¿Nos pasará a nosotros en algunas ocasiones? Querríamos sentir la presencia y la fuerza del Señor con nosotros en medio de aquellos problemas que nos surgieron en la vida, pero nos sentimos solos y parece que hasta la fe se decaía. Cuántas veces todo se nos vuelve turbio y oscuro en nuestras soledades y en nuestras luchas.
Pero Jesús vino al encuentro de los discípulos que remaban con esfuerzo en medio del lago sin poder avanzar. A ellos les pareció un fantasma, porque alguien venia caminando sobre el agua. Y se llenaron de temor. ‘No temáis, soy yo’, fue la voz del maestro la que escucharon. Pero aun seguían con sus dudas y sus temores. Pedro quería tener la certeza plena de que era Jesús, como nos contará otro evangelista al narrarnos este mismo episodio. Ahora con Jesús cerca de ellos llegan pronto a la orilla.
‘Soy yo, no temáis’, nos dice tantas veces Jesús aunque quizá con los vientos de las tormentas que estamos pasando no lo oigamos y sigamos sintiendo confusión en nuestro corazón.  Pero hemos de tener la certeza, la seguridad de que el Señor no nos deja solos, está a nuestro lado, con El junto a nosotros podremos avanzar por muchas que sean las dificultades. Que se despierte nuestra fe. Que no nos dejemos envolver por las oscuridades de la vida. La luz de la fe tiene que iluminarnos el camino y hacernos descubrir esa presencia maravillosa del Señor.