Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta negativo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta negativo. Mostrar todas las entradas

lunes, 16 de diciembre de 2019

Dejémonos enseñar con humildad aceptando el testimonio y la palabra de vida que a través de los demás nos pueda llegar aunque interpele nuestra vida


Dejémonos enseñar con humildad aceptando el testimonio y la palabra de vida que a través de los demás nos pueda llegar aunque interpele nuestra vida

Números 24, 2-7. 15-17ª; Sal 24; Mateo 21, 23-27
¿Quién es él para decirme eso? ¿Quién se ha creído qué es? Ni que yo tenga que estarle aguantando todas sus ocurrencias… Algo así pensamos cuando creemos que alguien se ha metido donde no lo llamaban y se ha atrevido a meterse con mi vida, con mis cosas, con lo que hago o dejo de hacer. Pero no siempre la reacción negativa por nuestra parte es debido a una actitud no correcta de la otra persona, sino que en ocasiones reaccionamos así porque en el fondo reconocemos que tiene la razón y lo que nos está diciendo es una verdad como puños, como se suele decir, pero no nos agrada que nos hagan ver cosas de nuestra vida que quizá no sean tan positivas.
Demasiado vamos por la vida con nuestra autosuficiencia llena de orgullo, reclamando a los demás el por qué nos dicen algo, o reaccionando negativamente ante el testimonio que nos puedan ofrecer con su vida. Aquello de que las tinieblas rechazan la luz. Qué distintos seríamos si tuviéramos suficiente humildad para aceptarnos unos a otros sabiendo acoger la sabiduría que en las obras de los demás podríamos descubrir. Claro que no tenemos que imponer a los demás nuestros puntos de vista, pero si podemos ofrecer lo que consideramos bueno de la vida para que mutuamente nos enriquezcamos.
Proféticamente el anciano Simeón había anunciado que aquel Niño iba a ser un signo de contradicción ante el cual habían de decantarse unos y otros. Lo contemplamos en el evangelio, pues mientras la gente sencilla ve la obra de Dios en el actuar de Jesús y todo son alabanzas y bendiciones al cielo, otros sin embargo le rechazan, les cuesta aceptar las palabras y las obras de Jesús, se sienten interpelados interiormente y eso es algo que no pueden soportar.
Hoy lo contemplamos en el evangelio cuando vienen a preguntarle, a exigirle que les diga con qué autoridad hace lo que hace. Pero Jesús a su vez los interpela a ellos que reculan y se encierran en si mismos y no responden al planteamiento de Jesús. Si ahora rechazan a Jesús, por qué rechazaron también al Bautista que predicaba allá en el Jordán. Pero ellos no quieren responder, se sienten comprometidos en las posibles respuestas que puedan dar.
También nosotros en la vida cuando nos sentimos interpelados por algo damos vueltas y más vueltas para que no se note que somos interpelados, para no dar el paso que nos comprometa, para seguir con las mismas actitudes y la misma vida. Es el círculo defensivo con que tantas veces envolvemos nuestra vida para hacernos sordos a la llamada de la Palabra de de Dios. Abramos nuestro corazón, abramos nuestro espíritu, bajémonos de nuestros pedestales, seamos capaces de reconocer lo que es la realidad de nuestra vida.
Decidámonos valientemente seguir los caminos del Señor. Sean otras las actitudes con que caminemos por la vida y sean nuevas las relaciones que mantenemos con los demás. Dejémonos enseñar con humildad aceptando el testimonio y la palabra de vida que a través de los demás nos pueda llegar, aunque interpele nuestra vida que siempre será para bien.

viernes, 13 de septiembre de 2019

Limpiemos los cristales de nuestra ventana para no mirar en negativo sino ser capaces de ver todo lo positivo de la vida de los demás


Limpiemos los cristales de nuestra ventana para no mirar en negativo sino ser capaces de ver todo lo positivo de la vida de los demás

1Timoteo 1, 1-2. 12-14; Sal 15; Lucas 6, 39-42
Conocida es la anécdota de la señora que comentaba a su marido cada mañana que su vecina era una persona descuidada y nada limpia; le decía que mirara por la ventana desde la que se veía el patio de la vecina con su ropa tendida a secar y le decía que se fijara en lo mal lavada que tendía su ropa hasta que un día el marido abrió la ventana y le señaló que la ropa no estaba sucia, sino que eran los cristales de su ventana los que había que limpiar porque era mirando a través de ellos como se veía manchado todo lo que estaba en el exterior. Eran los cristales a través de los que miraba los que tenían falta de limpieza.
Mucho de esto nos pasa en la vida; cuando miramos a los demás con qué facilidad lo vemos llenos de defectos, de cosas que no nos gustan y con qué facilidad criticamos la vida y lo que hacen los demás. ¿Pero no serán nuestros ojos, o más bien nuestro corazón los que no están límpidos para mirar a los demás? Vemos a través de nuestros ojos, vemos a través de lo que hay en nuestro corazón y con qué frecuencia la malicia de la que hemos llenado nuestro corazón es lo que nos hace ver malicia en la vida de los demás.
Nuestros propios sentimientos, las actitudes o las posturas que tengamos dentro de nosotros hacia los demás marcan la mirada que tenemos hacia los otros. De la misma manera que nos dejamos influenciar por lo que nos dicen los otros, cualquier cosa que nos digan y que siembre duda en nosotros en relación a los demás, hará que nuestra postura sea diferente, que ya estemos con recelos hacia lo que los otros hacen, y esas dudas que siembran en nosotros con comentarios y murmuraciones interesadas corroen muchas veces una amistad hasta hacerla desaparecer.
Ojalá fuéramos capaces de ir siempre con buen corazón hacia los demás, arrancando de nosotros sentimientos de desconfianza, olvidando y borrando viejas cicatrices para que nuestra mirada sea limpia y seamos así capaces de ver todo lo bueno que hay en los otros. Sabemos que no somos perfectos y todos tenemos nuestras debilidades y flaquezas, pero ¿por qué fijarnos en eso y no ser positivos para ver lo bueno que hay en los demás? Digo muchas veces que seamos capaces de ir siempre con una sonrisa en nuestro semblante, porque eso puede significar lo positivo con que andamos en la vida y no solo  nos hacemos agradables a los demás, sino que también seremos capaces de ver todo lo positivo que hay en los otros.
Hoy nos dice Jesús en el evangelio que cómo un ciego puede guiar a otro ciego. Y ciegos vamos caminando por la vida cuando la pupila de los ojos de nuestra vida los tenemos enturbiados por la malicia que hay en nosotros. Seamos capaces de arrancar esa malicia de nuestro corazón, pongámonos ese colirio del amor que todo lo limpia para que nuestra vida y nuestra postura al lado de los demás sean siempre positiva.
Nos habla Jesús de que quitemos esas vigas que llevamos en nuestros ojos, antes de querer limpiar las pequeñas pajuelas que pueda haber en los ojos de los demás. Así no seremos ciegos guía ciegos, sino que con luz y claridad, la luz y la claridad del amor, de la ternura, de la comprensión, de la humildad podremos caminar junto a los otros y ayudarnos mutuamente.