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sábado, 23 de noviembre de 2019

No por el afán de prestigio o de seguridades, de la vanidad del poder o del orgullo, sino fundamentémonos en unos nuevos valores, camino vida en plenitud



No por el afán de prestigio o de seguridades, de la vanidad del poder o del orgullo, sino fundamentémonos en unos nuevos valores, camino vida en plenitud

1Macabeos 6,1-13; Sal 9; Lucas 20,27-40
Hay una reacción, yo diría sicológica y no soy psicólogo, que cuando alguien no nos complace en aquello que deseamos y quizá nos sentíamos muy seguros en lo que queríamos o nos presenta un plan de vida que viene a echar por tierra aquellas cosas en las que habíamos puesto nuestras seguridades, no solo mostramos nuestro desacuerdo – lo que podría parecer normal pues cada uno tiene su opinión o manera de pensar y plantearse las cosas – sino que quizá lo que queremos es destruir a nuestro adversario.
Utilizamos quizá mil formas de maldad desprestigiando, queriendo hacer quedar en ridículo, formando un circulo ardedor que pueda anularlo en su prestigio y en consecuencia en sus planteamientos. Aparece con facilidad la maldad del corazón que nos lleva muchas veces a cosas que ignoráramos que pudiéramos hacer. Cuántas guerras nos creamos los unos contra los otros simplemente porque nosotros no hemos logrado – o tenemos el peligro de perderlo – mantenernos quizá en lo que pudiéramos considerar nuestros privilegios. Odios que surgen como volcanes que todo lo quieren destruir. Sufrimientos y amarguras que nos hacen perder la paz.
En algo así se vio envuelto Jesús. El reino nuevo que anunciaba Jesús venia a trastocar muchos planteamientos exigiendo nuevas actitudes, nuevos valores, un estilo de vida totalmente distinto. Y como fácilmente nos acomodamos a nuestras rutinas y también a los privilegios y honores de los que nos hemos rodeado, así surgió en muchos esa oposición fuerte a Jesús. Algo nuevo tenía que comenzar con el Reino nuevo que anunciaba Jesús y muchos que se consideraban peligros veían poner en peligro sus privilegios de poder y de manipulación. Distintos grupos se iban oponiendo a Jesús y querían socavar el mensaje que Jesús trataba de anunciar para crear ese mundo nuevo del Reino de Dios.
Hoy son los saduceos los que quieren socavar toda la credibilidad de Jesús; lo saduceos, un partido político religioso de gente acomodada y que ansiaba mantenerse en cuotas de poder, negaban la resurrección y no creían en la vida eterna. No les cabía en la cabeza lo que Jesús enseñaba de la vida eterna y de la esperanza de vida y resurrección junto a Dios para siempre. Vienen con sus pegas queriendo oponer la enseñanza de Jesús con lo que ellos enseñaban como tradición basada en la Escritura. Ya conocemos los detalles de la pregunta que terminaba planteando y negando algo que ellos consideraban ridículo, pues quien seria el verdadero marido de aquella mujer en la vida eterna.
Pero Jesús habla del Dios de la vida y de que nos ofrece vida para siempre. Pero ese sentido de vida no lo hemos de considerar de una vida a la manera de lo que es una vida humana con sus pasiones y sus deseos. Lo que Jesús viene a decirnos es algo más sublime y que lleva a la persona a una plenitud de verdad. Y con la misma Escritura les rebate diciéndoles que el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, que era la base de toda su religiosidad y fundamento de su fe, es un Dios de vivos, no un Dios de muertos.
De este texto del evangelio que comentamos podemos sacar muchas consecuencias. Primero que nada viene a animar nuestra esperanza y dar sentido de trascendencia a lo que hacemos y vivimos ahora porque un día lo vamos a tener en una plenitud mucho más maravillosa. Quitemos imaginaciones a lo humano y alejemos de nosotros lo que sean solo deseos sensuales, porque la dicha y la felicidad que Dios nos promete es otra cosa que es vivir en Dios en plenitud.
Pero también tendríamos que sacar consecuencias para poner unas nuevas actitudes en nuestros corazones en esas luchas que humanamente sostenemos tantas veces los unos contra los otros buscando prestigios, buscando honores, buscando seguridades, dejándonos arrastrar por vanidades y deseos de poder. Otro ha de ser el sentido de nuestra vida, otras tienen que ser nuestras actitudes y nuestros valores.

viernes, 22 de noviembre de 2019

La expulsión de los vendedores del templo nos dice que es necesario detenerse a reflexionar, a ver nuestra vida y cuanto nos sucede y saber leer esos signos de Dios para nosotros hoy


La expulsión de los vendedores del templo nos dice que es necesario detenerse a reflexionar, a ver nuestra vida y cuanto nos sucede y saber leer esos signos de Dios para nosotros hoy

1Macabeos 4,36-37,52-59; Sal. 1Cro 29,10-12; Lucas 19,45-48
Hay ocasiones en que nos podemos encontrar con un gesto realizado por alguien, un hecho que nos sucede y que se salta todo lo previsible, algo que nos llama la atención, que puede incluso escandalizarnos porque no lo entendemos, que de alguna manera nos conmociona y nos hace pensar.
Claro que tenemos que saber estar atentos en la vida porque a veces nos pueden pasar desapercibidos y no los tenemos en cuenta ni siquiera captamos su sentido. Cuando nos detenemos algo a pensar nos damos cuenta que aquello tiene un significado, que puede ser una llamada a nuestra conciencia, que puede ser un despertar y un abrirnos a algo nuevo que quizá nos trasciende.
Vivimos sin embargo muchas veces demasiado superficialmente y dejamos pasar grandes oportunidades para nuestra vida, hermosos testimonios que podrían hacer que nuestra vida sea mejor. Esa superficialidad nos hace mucho daño en la vida porque nos puede hacer perder el sentido de cosas que aparentemente son pequeñas pero que pueden cosas grandes para nuestra vida. Es necesario detenerse a reflexionar, a rumiar lo que nos pasa, lo que contemplamos, lo que vemos o lo que escuchamos en nuestro entorno; grande seria la riqueza para nuestra vida. Tenemos que aprender también a dejarnos sorprender.
Hoy el evangelio nos presenta un hecho verdaderamente profético de Jesús. Después de aquellas lágrimas al contemplar su ciudad que le hicieron aflorar todas sus emociones, se abre paso Jesús hasta el templo de Jerusalén. El camino de bajada del monte de los Olivos, tras atravesar el torrente Cedrón que circunvalaba la ciudad y el templo por su lado este sube de nuevo la colina y atravesando la llamada Puerta Hermosa – hoy clausurada en la actual muralla – introducirse en el templo.
Allí el espectáculo que se ofrece realmente no es agradable ni da el sentido profundo que tendría que tener el templo como lugar de oración y encuentro con Dios. Justificándose en la necesidad de tener lo necesario para el culto y los sacrificios aparecen en aquellas explanadas multitud de vendedores y cambista de dinero que lo convierten todo en una muchedumbre tumultuosa. Qué parecido a lo que sigue sucediendo en torno a nuestros templos y sobre todo santuarios de especial devoción y afluencia de fieles.
Y ahí surge el gesto profético de Jesús echando fuera a todos aquellos vendedores y quitando de en medio todo lo que representaba un negocio en torno al culto debido a Dios. No entenderán el por qué de ese gesto de Jesús y por que tiene que meterse con algo que parecía tan natural en torno al templo. Suscitará preguntas, interpretaciones y será un motivo más para querer quitar de en medio a Jesús. Andaban ya acechando como acabar con El porque además desbarataba los intereses de tantos. Incluso las palabras de Jesús serán utilizadas en su contra sin haberlas realmente entendido cuando lo acusen ante el Sanedrín.
Nos habla el gesto de Jesús de la necesaria purificación del templo, pero  nos estará hablando más hondamente de la purificación de nuestro templo, de nosotros mismos que en verdad somos ese templo de Dios que quiere morar en nosotros. ¿Estaremos lo suficientemente purificados? Fácil nos es el juzgar lo que sucedía entonces en aquel templo de Jerusalén y en los intereses de tantos que lo rodeaban, pero nos cuesta más mirarnos a nosotros mismos, mirar nuestra situación actual, mirar también lo que nos sucede en la Iglesia para que sea en verdad ante el mundo esa verdadera morada de Dios entre los hombres, ese signo vivo de la presencia y del amor de Dios para todos.
Es necesario detenerse a reflexionar, a ver nuestra vida y cuanto nos sucede y saber leer esos signos de Dios para nosotros hoy.


jueves, 21 de noviembre de 2019

Las lágrimas de Jesús por su ciudad de Jerusalén trascienden el tiempo y la historia para ser lágrimas por el hoy de nuestra vida, de nuestra Iglesia, de nuestro mundo


Las lágrimas de Jesús por su ciudad de Jerusalén trascienden el tiempo y la historia para ser lágrimas por el hoy de nuestra vida, de nuestra Iglesia, de nuestro mundo

2Macabeos 2, 15.29; Sal 49; Lucas 19, 41-44
Hay momentos y situaciones en las que nos afloran los sentimientos y fácilmente nos brotan las lágrimas de nuestros ojos. Es la emoción ante una alegría grande que nos sobreviene cuando quizá no lo esperábamos, pero será la tristeza que embarga el corazón en momentos difíciles de dolor no solo físico sino muchas veces porque nos duele el alma; puede ser la incomprensión que vemos en los demás por lo que hacemos; aunque no busquemos gratitudes y alabanzas porque en nosotros predomina la gratuidad, sin embargo no apreciamos el fruto de lo que hacemos en la reacción de los otros sino más bien quizá posturas negativas y enfrentamiento.
Es triste la ingratitud y aunque en nuestro corazón haya buenos deseos de perdonar, son cosas sin embargo que nos duelen en el alma. Queramos o no, somos personas sensibles, hay sensibilidad en nuestro espíritu y aunque queramos parecer fríos sin embargo hay sentimientos que afloran sin que lo podamos remediar. De alguna manera en esa lucha interior en que queremos mantener el dominio de nosotros mismos, podemos aparecer también como signos de contradicción.
Jesús era consciente de que era un signo de contradicción. El ofrece su amor e invita a escucharle y a seguirle. No es frío, sin embargo, ante la reacción de ingratitud que pueda encontrar a los demás, aunque sabia muy bien que su camino era un camino de pascua. La gente sencilla se entusiasmaba con El, le escuchaba con agrado y muchos eran los que querían ser sus discípulos. Estaban también los que le rechazaban quizá porque no llegaran a comprender el sentido nuevo de vida que Jesús nos ofrecía, o quizá podían ver en peligro sus situaciones de privilegio.
Ahora caminaba hacia Jerusalén y bien sabía El que caminaba hacia la Pascua y aquella pascua iba a ser bien distinta. No era solo un cordero inmolado como recuerdo de aquella primera pascua de la salida del pueblo de Dios de la esclavitud de Egipto, sino que ahora iba a ser la Pascua verdadera, el paso definitivo de Dios que nos ofrecía la salvación eterna, el momento en que el verdadero Cordero Pascual iba a ser inmolado y su sangre seria para nosotros precio de redención eterna. Era la Sangre, sangre de la Alianza nueva y eterna para nuestra salvación.
Bajando el monte de los Olivos, contemplando enfrente todo el esplendor de la ciudad santa con la suntuosidad del templo en primer término nos dice el evangelista que Jesús lloró. Una pequeña capilla en la bajada del monte hoy sigue recordándonoslo. Llora Jesús ante aquella ciudad donde ha prodigado sus signos, donde ha enseñado con insistencia la llegada del Reino de Dios y como hay que acogerlo desde lo hondo del corazón, pero siente también el rechazo de tantos y Jesús llora.
No es el temor a lo que aquel rechazo pudiera significar para El en su muerte, porque sabía bien que era el Cordero que había de inmolarse. Era el llanto y el sufrimiento al ver cuantos rechazaban la gracia, la vida nueva que El les ofrecía. Aquel llanto de Jesús, en primer lugar por aquella ciudad santa que un día había de destruirse, era algo más porque trascendía los tiempos y la historia para contemplar a cuantos siguen rechazando la gracia, a cuantos dan la espalda y se hacen oídos sordos para no escuchar la invitación a la gracia, la invitación a la vida.
Esas lágrimas de Jesús llegan hasta el hoy de nuestra vida y de nuestra historia. Porque esas lágrimas hemos de reconocer son por ti y por mí con tantas respuestas negativas que seguimos dando en la historia de nuestra vida. Esas lágrimas son también por el hoy de nuestra sociedad, el hoy de nuestra Iglesia, el hoy de nuestro mundo. ¿Seguiremos siendo insensibles nosotros que esas lágrimas de Jesús no lleguen a mover nuestro corazón?


miércoles, 20 de noviembre de 2019

De lo que nosotros hagamos sea pequeño o sea grande surgirán bellas flores y hermosos frutos que harán nuestro mundo mejor


De lo que nosotros hagamos sea pequeño o sea grande surgirán bellas flores y hermosos frutos que harán nuestro mundo mejor

2Macabeos 7,1.20-31; Sal 16; Lucas 19,11-28
Hay momentos en la vida que parece que andamos desganados, como se dice ahora sin motivación, sin ilusión por seguir luchando o por emprender una nueva tarea. La desilusión que se nos mete por dentro nos hace pensar que iniciar una nueva tarea es una aventura imposible y así vamos caminando dejándonos llevar, o mejor, dejándonos arrastrar por lo que cada día sucede pero nos falta fuerza para querer cambiar las cosas, para buscar algo que las mejore.
Corazones cansados, y no se trata de problemas cardiacos que nos solucione un cardiólogo, sino esa desilusión que se nos mete por dentro. Miramos alrededor y todo nos parece negro; vemos las luchas de intereses en las que se mueven tantos y ni en eso queremos meternos; los rumbos por los que camina la sociedad vapuleada por tantas cosas no nos gustan pero tampoco hacemos nada por poner nuestro grano de arena, sembrar nuestra pequeña semilla. Nos confían quizá una tarea o una misión y tratamos solamente de guardar las formas pero aquello que nos han confiado no camina sino por la inercia y con ese desánimo nada hacemos por sacar un fruto nuevo.
No es que todos caminen así en la vida, ni ese sea el marco en el que nos movemos siempre, pero hay momentos en que preferimos enterrar el talento, refugiarnos en la cueva que nos hemos creado poniendo en nuestro entorno muchas barreras para no salir, pero tampoco para dejar que entre una luz nueva en nosotros.
Hoy en el evangelio se nos propone la parábola de los talentos que en este relato de Lucas más bien nos habla de onzas de oro. Cuando se les pide cuentas a aquellos empleados a los que se les habían confiado el que solo había recibido una, lleno de miedo la había guardado bien guardada por miedo a perderla y ahora no pudo presentar ningún rendimiento. ¿Sentía que era poco lo que se le había confiado? ¿Tenia miedo a los riesgos a los que tenia que enfrentarse si se ponía a negociarlas para sacarle rendimiento? Prefirió no hacer nada, simplemente aguardar.
Lo que nos pasa a nosotros tantas veces en la vida. Decimos que no valemos, que no somos capaces, que es un peligro arriesgarse a algo nuevo, que preferimos quedarnos en nuestro conservadurismo, que nunca terminamos de ver clara a donde nos llevan esos caminos, que siempre hay dudas y miedos en nuestro interior, y nos sentimos aplanados y nunca llegaremos a destacar en nada porque no sacamos a flote aquello que somos aunque nos parezca pequeño. Olvidamos que de lo pequeño pueden salir cosas grandes y hermosas. Una semilla bien pequeña es pero si la plantamos podemos sacar no solo una planta hermosa sino también hermosos frutos.
Es lo que tenemos que aprender a hacer en la vida y tener la paciencia de la esperanza. Merece la pena esperar, merece la pena ponerse a plantar la semilla, merecen la pena las luchas y los esfuerzos, merece la pena todo el trabajo que tengamos que realizar porque estaremos en verdad haciendo un mundo nuevo. Ya no nos quedamos a comentar desilusionados los rumbos que lleva la vida y dejar que otros hagan, sino que vamos a poner manos a la obra porque somos nosotros los que tenemos que hacer.
De lo que nosotros hagamos sea pequeño o sea grande surgirán bellas flores y hermosos frutos. Es la esperanza que siempre tiene que estar presente en nuestra vida y que nos llenará de luz y saltará por encima de nuestros cansancios y desilusiones. No nos crucemos de brazos. Hagamos florecer nuestro rosal.

martes, 19 de noviembre de 2019

Andamos refugiados tras muchos ramajes, nos cuesta dar el paso y tomar la iniciativa, pero dejémonos encontrar por Jesús


Andamos refugiados tras muchos ramajes, nos cuesta dar el paso y tomar la iniciativa, pero dejémonos encontrar por Jesús

2Macabeos 6,18-31; Sal 3; Lucas 19, 1-10
‘Entró Jesús en Jericó y atravesaba la ciudad’. No parece que en principio tenga intenciones de detenerse. Solo quizá lo indispensable, porque su meta era llegar a Jerusalén y quedaba mucho camino por delante para subir desde el valle del Jordán hasta la ciudad santa. Era el camino habitual que hacían los galileos, evitando pasar por Samaría, bajar por el valle del Jordán para subir luego a Jerusalén entrando en la ciudad santa por el monte de los olivos después de cruzar también Betania y Betfagé. Y si atravesaba Jericó era lo habitual que el camino fuera enlazando pueblos y ciudades atravesando los mismos.
Algo sin embargo iba a suceder en aquella ocasión. Había un hombre que buscaba conocer a Jesús. Y Jesús había venido para encontrarse con las gentes, buscarlas incluso allá quizá donde incluso se escondieran, no en vano es Emmanuel, Dios con nosotros. Aquel hombre tenía sus complejos. Era el jefe de los publicanos de la ciudad y en consecuencia no era muy querido por las gentes, más bien despreciado. Pero además era bajo de estatura y no atreviéndose a meterse entre la gente para ver a Jesús se había adelantado en la calzada que atravesaba la ciudad para detrás de las hojas y ramaje de una higuera a la que se había subido ver el paso de Jesús. Para él era suficiente, no se atrevía a más. Nos contentamos tantas veces con poca cosa; nos refugiamos tras cualquier cosa cuando no queremos vernos comprometidos, como nos escondemos cuando o queremos dar la cara y buscamos disimulos y hasta disfraces.
Pero quien había venido a buscarnos – y ya un día hablará del pastor que busca la oveja extraviada entre laderas y barrancos – no podía pasar de largo. Quizá nadie había visto a Zaqueo subido en la higuera y hubiera podido pasar desapercibido, pero allí al pie de la higuera Jesús se había detenido, sin saber quizá la gente por qué. El pastor estaba buscando la oveja perdida. ‘Zaqueo, baja que quiero hospedarme en tu casa’.
Sorpresa para Zaqueo, como sorpresa también quizá para los que acompañaban a Jesús y no se habían percatado de la presencia de aquel pequeño hombre tras las ramas de la higuera; sorpresa además porque Jesús había dicho que quería hospedarse en aquella casa. ¿No había en Jericó alguien más digno donde Jesús se hospedase? Alguno quizá estaba ahora pensando por allá que él le hubiera ofrecido hospedaje a Jesús si hubiera sabido que Jesús quería detenerse en Jericó.
Si hubiera sabido… como pensamos nosotros tantas veces, pero después que las cosas sucedan. Yo también hubiera podido ofrecer mi hogar, pero nadie me lo sugirió, pensamos tantas veces pero tarde como siempre. Ahora vienen las buenas voluntades que decimos que teníamos, pero no nos habíamos adelantado. Y cada uno puede pensar en tantas circunstancias de la vida en que también decimos ‘si yo lo hubiera sabido…’ pero no nos adelantamos, no tomamos la iniciativa. Y quizá pensamos que nosotros somos mejores incluso que aquel o aquellos que se nos adelantaron en tantas cosas y tomaron la iniciativa cuando nadie esperaba que fueran capaces de hacerlo. Cuantas suspicacias, cuantos malos entendidos, cuantos juicios allá en nuestro interior, cuanta critica también a los que hacen cosas buenas queriendo descalificar…
Pero Jesús fue a hospedarse a casa de Zaqueo que se había bajado presuroso y alegre de la higuera porque Jesús quería ir a su casa. Y aun con las criticas de tantos Jesús se había hospedado allí y había participado en aquel banquete donde se mezclaban con los discípulos que acompañaban a Jesús los publicanos amigos de Zaqueo.
Y aquel fue un día de gracia. ‘Hoy ha llegado la salvación a esta casa’. Y es que finalmente Zaqueo dio el paso hacia delante para hacer lo que Jesús a todos nos va pidiendo, lo que había pedido desde el principio de su predicación allá por los caminos y poblados de Galilea. Llegaba el Reino de Dios y había que darle la vuelta a la vida, había que convertirse. Y era lo que Zaqueo había hecho en aquella ocasión. Ya sabemos de las devoluciones en justicia, pero del compartir generoso de todo aquello que había ganado. Fue el día de la salvación. El encuentro de aquel corazón que llevaba quizá callado muchos interrogantes en su corazón pero que había encontrado la respuesta cuando se encontró con Jesús.
¿Nos producirá también muchos interrogantes a nosotros en nuestro interior este encuentro de hoy con la buena nueva de Jesús? Muchas mas cosas podríamos descubrir pero bástenos esto para que se mueva nuestro corazón. Aunque andemos refugiados tras muchos ramajes, ¿nos dejaremos encontrar por Jesús?

lunes, 18 de noviembre de 2019

Que llegue a nosotros ese toque de gracia para que despertemos, para que abramos los ojos, para que se nos despierte la fe y el amor en nuestro corazón


Que llegue a nosotros ese toque de gracia para que despertemos, para que abramos los ojos, para que se nos despierte la fe y el amor en nuestro corazón

Macabeos 1,10-15.41-43.54-57.62-64; Sal 118; Lucas 18,35-43
Ahora sí que lo entiendo, ahora sí que lo veo claro. Hoy ocasiones en que nos obcecamos con alguna determinada cosa que aunque nos digan que está muy claro parece que nosotros tenemos la mente cerrada que no terminamos de ver claro. Cuantas discusiones surgen por cosas así, en que al final parece que estamos diciendo lo mismo pero nosotros no nos apeamos de nuestra obcecación. Y no lo queremos reconocer y nos aferramos a nuestras ideas o a nuestro pensamiento y no vemos otra cosa con claridad. Nos hace falta un punto de luz, una palabra, un gesto quizá que observamos en los demás para que despertemos de esa cerrazón y ahora sí digamos que lo vemos claro, que lo entendemos.
Hay cegueras y cegueras. No es solo que nuestros ojos hayan perdido la capacidad de ver, que tengamos una limitación en nuestros órganos visuales, sino que muchas veces es el sentido hondo que hay en nosotros el que está ciego y no queremos ver ni entender. Alguna vez somos interesados en esas cegueras, y pasamos de largo para no enterarnos, para no ver la realidad de las cosas, o buscamos disculpas para no ver ni escuchar porque quizá nos molesta por dentro ver con claridad, ver la verdad de las cosas, o nos respaldamos en los otros tan ciegos como nosotros y ¿cómo un ciego podrá guiar a otro ciego?
Junto al camino en las entradas o salidas de Jericó había un ciego al borde del camino pidiendo la compasión de los que pasaban. Eran limitaciones frecuentes en aquellos lugares de una luz extremadamente brillante como podía ser aquel valle del Jordán que realmente era una depresión en la tierra – estaba más bajo que el nivel del mar – y con aquel resplandor del sol hacia evaporarse incluso el agua del Jordán al llegar a aquel lago que por las sales que allí se acumulaban precisamente se le llama el Mar Muerto.
Comprendemos la multitud de ciegos de aquellos lugares donde la higiene no era muy favorable y los remedios y soluciones no eran las que hoy podamos tener; con qué facilidad un colirio, unos cristales debidamente preparados o las distintas cirugías hoy nos curan las deficiencias que podamos tener en nuestra visión evitando así la ceguera. Ser ciego entonces llevaba a una pobreza extrema al impedirle poder realizar un trabajo para su propia subsistencia y por eso los veremos por los caminos moviendo a compasión a los transeúntes para obtener lo mínimo y elemental para poder vivir.
Como paréntesis hemos hecho referencia a estos detalles que nos pueden valer para comparar la situación de aquellos ciegos de entonces con lo que hoy podamos encontrar, pero para ver también y comparar algunas actitudes que nos pueden aparecer a nosotros hoy. Como decíamos al borde el camino estaba aquel ciego pidiendo limosna cuando oye el paso de un grupo grande de gente, que le dirán que es Jesús quien pasa. Y el ciego que quizá alguna vez había oído hablar de aquel profeta de Galilea se pone a gritar pidiendo compasión y misericordia para su ceguera. Pero los que acompañaban a Jesús por el camino quieren hacerlo callar porque molestaba al Maestro.
¿A quien molestaban realmente aquellos gritos? ¿Quizá no sería más a aquellos que acompañaban a Jesús, acaso porque sus gritos les impedían escuchar claramente lo que les iba hablado Jesús? ¿O sería quizá porque ellos querían pasar de largo y aquellos gritos los interpelaban, era un grito a la insensibilidad de sus conciencias? ¿Quiénes realmente seria entonces los ciegos?
Pero Jesús no pasa de largo, se detiene y lo manda buscar. Ahora sí que le ayudan a levantarse para que vaya ligero hasta que Jesús le llama. El gesto de Jesús les hace cambiar la perspectiva. Quienes antes se sentían molestos con el ciego ahora se vuelven obsequiosos para traerlo ante Jesús. ¿Nos querrá decir esto algo a nuestras posturas vacilantes, que oscilan de un lado a otro según qué circunstancia porque quizá estamos medio ciegos y no tenemos las ideas muy claras? Ya decíamos de alguna manera que muchos gestos y detalles que encontramos en el texto del evangelio pueden ser en verdad una interpelación para nosotros.
Allí hubo un encuentro entre la fe y el amor y cuando los unimos de verdad surge la vida. Está la fe confiada de aquel hombre que se encuentra con el amor misericordioso de Jesús y todo se llenó de luz. ‘Tu fe te ha curado’, le dice Jesús. Sus ojos se abrieron ahora lo seguía por todas partes alabando a Dios. ¿Estarán de verdad unidos en nosotros la fe y el amor? Algunas veces damos rodeos para no encontrarnos con el que está tirado al borde del camino acaso por llegar temprano al templo. Cerramos los ojos para no ver y ahora somos nosotros los ciegos.
Que llegue a nosotros ese toque de gracia para que despertemos, para que abramos los ojos, para que se caigan las escamas de nuestras cegueras de nuestros ojos, para que terminemos de ver claro, para que haya una nueva luz no ya en nuestros ojos sino en toda nuestra vida, para que se nos despierte la fe y el amor en nuestro corazón.

domingo, 17 de noviembre de 2019

En un mundo de conflictos y crisis donde parece que todo se va a derrumbar no perdamos la esperanza cristiana confiados en las palabras de Jesús que nos abre a un mundo nuevo


En un mundo de conflictos y crisis donde parece que todo se va a derrumbar no perdamos la esperanza cristiana confiados en las palabras de Jesús que nos abre a un mundo nuevo

Malaquías 4, 1-2ª; Sal 97; 2Tes. 3, 7-12;  Lucas 21, 5-19
No sé si recordáis hace unos años cuando los talibanes destruyeron a bombazos unas inmensas imágenes sin ninguna posibilidad de recuperación el impacto que se produjo por la destrucción de una cultura de siglos reflejada en aquellas imágenes que se habían guardado religiosamente en aquellas montañas de Afganistán; lo mismo sucedió cuando no hace mucho tiempo las ruinas de la antigua ciudad de Palmira en Siria fueron  igualmente destruidas en medio de las guerras tenidas en los últimos años en aquel lugar de medio Oriente. Fue una conmoción en los pueblos y en las gentes de cultura por esas destrucciones que hacían desaparecer, por así decirlo, siglos de historia.
Recuerdo todo esto porque pienso en el asombro ante las palabras de Jesús cuando admiraban y ponderaban la belleza del templo de Jerusalén y Jesús les viene a decir que todo aquello será destruido y no quedará piedra sobre piedra. Cuando se escribe el evangelio de Lucas que nos transmite estas palabras de Jesús, ya había sucedido la destrucción del templo y de la ciudad de Jerusalén. Algo nuevo estaba sucediendo para aquel mundo y para aquella sociedad.
Podíamos preguntarnos, qué pretendía Jesús con esos anuncios que de alguna manera hablaban de un final apocalíptico y de alguna manera daban la sensación de que se estaba hablando del final de la historia y del mundo. Aunque producen cierto temor en el corazón, porque nunca nos gusta escuchar hablar del final de los tiempos y de la historia podríamos decir que Lucas al transmitirnos estas palabras de Jesús pretende preparar a la gente de su tiempo, como a nosotros también, para que sepamos leer los signos de los tiempos, nos ayude a prepararnos para esos momentos difíciles a los que tengamos que enfrentarnos tantas veces en la vida, y no nos falte la esperanza por una parte y sepamos descubrir por otra el mundo nuevo que Jesús quiere ofrecernos.
A lo largo de la historia no es la primera vez que la humanidad haya que enfrentarse a momentos difíciles en los que parecía que todo se acababa. Guerras y destrucción no han faltado a lo largo de los siglos, como muchas veces no son solo las guerras los que nos pueden producir pánico y temor sino esas otras situaciones difíciles llenas de incertidumbres de cara a la solución de los problemas a los que el mundo y la sociedad tienen que enfrentarse. Nos parece que todo se acaba, que es la destrucción de la sociedad, de una cultura, de unas tradiciones y de alguna manera se produce inquietud en el interior de las personas. Como nos dice Jesús ‘todo esto tiene que suceder primero – no os dejéis envolver por el pánico – pero el final no vendrá enseguida’.
Y nos habla Jesús de perseverancia, de fidelidad hasta el final, y nos habla también de las persecuciones a las que nos veremos sometidos. Pero como nos dice ‘así tendréis ocasión de dar testimonio’. Y es que por mucha que sea la perturbación que tengamos que sufrir, a la que tengamos que enfrentarnos, nosotros hemos de tener una seguridad interior que nos llena siempre de paz. Nos dice incluso que no tengamos preocupación de preparar nuestra defensa ‘porque yo os daré palabras y sabiduría a las que nadie podrá hacer frente’. Y es que Jesús nos promete siempre la asistencia del Espíritu Santo en nuestro corazón, por eso en nuestro corazón no nos ha de faltar la paz.
Es difícil, nos cuesta cuando nos vemos envueltos en problemas, en dificultades, en oposición, que nos difamen o nos quieran hacer perder el honor, donde todo parece que se vuelve en contra nuestro. Es difícil mantenerse en pie y muchas veces en medio de esas revueltas que tantas veces nos aparecen en la vida, mantenernos firmes, no perder la paz en el corazón, no echarlo todo a rodar porque nos parezca que todo lo tenemos perdido. Como nos dice Jesús ‘con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas’.
Y es que hemos de tener la esperanza, tener la visión de fe para ver como de todo eso puede surgir algo nuevo. Muchas cosas pueden cambiar, nuestra situación pudiera ser distinta, pero en medio de todo hemos de saber descubrir la presencia de Dios en nosotros, el actuar de Dios en nosotros que siempre abrirá caminos nuevos. No podemos acongojarnos porque veamos ese camino nuevo que tengamos que recorrer sin saber bien como va a terminar. Hemos de tener puesta nuestra confianza en el Señor.
Seguro que tenemos la experiencia cuando nos hemos visto en situaciones así, que tras aquellos momentos de oscuridad luego se abrió una nueva luz delante de nosotros con otras posibilidades nuevas en la vida. Es la perseverancia que hemos de mantener, es la apertura del corazón a eso nuevo que nos está ofreciendo el Señor detrás de esas tormentas de la vida.
Y esto hemos de experimentarlo en todo lo que es nuestra vida cristiana, nuestro compromiso de fe, pero también en los cambios que se puedan suceder en nuestra sociedad después de momentos de perturbación, de incertidumbres, de oscuridad porque la situación social que nos envuelve muchas veces no la entendemos. Se nos pueden barruntar momentos difíciles y oscuros en que como cristianos nos veamos en la sociedad postergados o incluso en cierto modo perseguidos. Pero confiemos en las palabras de Jesús, mantengamos firme nuestra fe y nuestra esperanza y estemos atentos a las nuevas señales que pueden aparecer ante nosotros que nos abren a un mundo mejor.
Sepamos hacer una lectura creyente de la historia, pero también del vivir de cada día en cuanto sucede a nuestro alrededor o en esa sociedad concreta en la que vivimos. Hay muchos momentos revueltos en esta sociedad de hoy, cuantos conflictos y situaciones de crisis contemplamos cada día en tantos lugares a lo largo y ancho del mundo, pero sepamos actuar siempre movidos por la esperanza cristiana

sábado, 16 de noviembre de 2019

Es cuestión de amor, de amistad, es cuestión de enamorados, de saber que amamos a Dios queriendo amarle cada vez más, pero con la certeza y la confianza de que El nos ama




Es cuestión de amor, de amistad, es cuestión de enamorados, de saber que amamos a Dios queriendo amarle cada vez más, pero con la certeza y la confianza de que El nos ama

Sabiduría 18,14-16;19, 6-9; Sal 104; Lucas 18,1-8
A los amigos les gusta encontrarse y unos buenos amigos siempre tienen cosas que contarse; se pasan horas y horas en la tarde o en la noche, cuando ocasionalmente se encuentran o cuando se buscan por los medios de comunicación y hoy por las redes sociales para contarse lo que les sucede, lo que son sus preocupaciones o los sueños de su vida. Malo es cuando unos amigos no tienen de qué hablar, no tienen nada que contarse, porque eso puede significar que se ha enfriado la amistad, que comienzan a haber distanciamientos y esa amistad si no se cuida tiene el peligro de perderse, de morirse.
Lo mismo podríamos decir de dos personas enamoradas, como se buscan y como les agrada estar juntos, para soñar juntos, para expresarse su cariño y su amor, para ir construyendo una vida en común. Siempre tienen de qué hablar, en sus corazones no se guardan secretos, siempre hay algo nuevo que decirse, algo nuevo que comunicarse, o un proyecto en común que realizar. Si algo necesita cualquiera de los dos, ya sabe con quien contar, aunque el otro en su amor y en el conocimiento mutuo que se tienen ya casi de antemano sabe cuales son sus necesidades.
Son experiencias que vivimos en la vida. Cosas que expresan esa mutua relación desde la amistad y desde el amor. Casi no es necesario hablar de ello, porque será algo que habremos experimentado de una forma u otra en la vida. Pero si hoy me he entretenido en esta pequeña descripción es porque todo esto me hace preguntarme muchas cosas de nuestra relación con Dios. Y con todo esto de base quizás tendríamos que preguntarnos por qué nos cuesta tanto hablar con Dios, relacionarnos con Dios, hacer nuestra oración porque es la forma como llamamos a esa relación con Dios.
De entrada en nuestra fe más simple y elemental hablamos y decimos que Dios es nuestro padre, ¿cómo es que no tenemos de qué hablar con Dios? ¿Por qué nos cuesta tanto perseverar en la oración? Y seguimos profundizando algo más en el evangelio recordamos que Jesús nos llama amigos, ¿pero vivimos en verdad una relación de amistad con Jesús con todas aquellas características, por ejemplo, que hablábamos de los amigos a los que les gusta encontrarse y que siempre tienen tiempo para hablar y hablar y contarse cosas y contar el uno con el otro? ¿Nos estará fallando algo en nuestra fe y en nuestro amor a Dios? ¿Por qué nos falla tanto nuestra oración? ¿Habremos perdido ese sentido de comunión y de amistad en nuestra relación con el Señor?
Hoy en el evangelio se nos dice que Jesús nos propone una parábola para explicarnos como debemos orar siempre y sin desanimarnos. Y nos habla de la viuda que acude a un juez para que se le haga justicia, pero aquel juez no le hace caso hasta que por la insistencia de aquella mujer, al menos para quitársela de encima finalmente le hará justicia. El ejemplo no es el de aquel juez inicuo que de ninguna manera podemos comparar con Dios, sino el ejemplo está en la perseverancia de aquella mujer. Así nuestra oración, perseverante porque cuando acudimos a Dios acudimos con la confianza de los hijos y con la confianza de que Dios nos ama.
¿Queremos más motivos para nuestra oración? Sabemos que Dios es un padre que nos ama y la razón del amor es la mayor motivación. Por eso podía llegar a decir santa Teresa de Ávila, nuestra gran mística que tanto sabía de oración, aquello de que ‘orar es tratar de amistad estando muchas veces a solas con quien sabemos que nos ama’. Es cuestión de amor, de amistad de la más grande; es cuestión de enamorados, de saber que amamos a Dios y queremos amarle cada vez más, pero con la certeza y la confianza de que El nos ama.

viernes, 15 de noviembre de 2019

Despiertos y atentos para descubrir y acoger la presencia del Señor que llega a nosotros en tantas circunstancias de la vida


Despiertos y atentos para descubrir y acoger la presencia del Señor que llega a nosotros en tantas circunstancias de la vida

Sabiduría13, 1-9; Sal 18; Lucas 17,26-37
Tenemos que estar preparados en la vida para afrontar las diversas situaciones que se nos presenten. Surgen imprevistos que a veces no sabemos como afrontar, la misma vida exige arrostrar riesgos pero a los que tenemos que enfrentarnos valientemente; no todo es desagradable, también nos suceden cosas hermosas que nos alegran el corazón y nos dan ánimos para vivir, y hemos de saber estar atentos para no dejar escapar esas alegrías de la vida.
Las palabras de Jesús hoy en el evangelio en una primera lectura parece que nos llenan de temor porque nos habla de un momento final que no sabemos cuando llegará. Sin embargo si reflexionamos con una mayor profundidad vemos que lo que quiere decir Jesús es que tenemos que saber estar atentos a la vida en todas esas circunstancias que nos toque vivir. Son una gracia del Señor y nunca podemos llenarnos de temor si vivimos una vida con rectitud y también sabemos ir corriendo el rumbo que algunas veces se nos puede desviar. Como el piloto de un barco, de un avión o cualquier otro medio de transporte que está en nuestras manos señalar el rumbo e ir corrigiendo los desvíos que por las inclemencias nos puedan estar influyendo en mantener el rumbo de nuestra ruta; no se puede dejar dormir.
No nos podemos dejar dormir en la vida, atentos no solo al momento final que no sabemos cuando nos puede llegar, sino en ese día a día en que van apareciendo cosas nuevas en nuestra vida y que tenemos que saber valorar. En una mirada creyente son una gracia del Señor que nos ayuda a mantenernos despiertos, atentos, fieles en nuestro camino. Y en una mirada creyente podemos descubrir también cómo es el Señor que llega a nuestra vida de mil maneras y tenemos que estar atentos para recibirle, para acogerle, para enriquecernos con esa gracia que en cada momento derrama sobre nosotros.
Los acontecimientos de la vida pueden ser en verdad una llamada del Señor. El viene a nosotros y con nosotros camina a nuestro lado, aunque nuestros ojos muchas veces estén velados por otras cosas que nos distraen, nos preocupan o nos llaman la atención, como le sucedió a aquellos caminantes de Emaús; el Señor caminaba con ellos y les hablaba y aunque sentían que algo estaba pasando dentro de ellos no se daban cuenta que era el Señor.
Pero pensemos también cómo el Señor viene a nuestra vida a través de los que nos encontramos en el camino. Ya nos dirá El que en el momento final se nos va a examinar del amor con que vivimos nuestro encuentro con los demás, sea quien sea, sean cuales fueran las circunstancias de su vida. Todo lo que a ellos hicisteis a mi me lo hicisteis, nos dirá el Señor. Y no es que tengamos que escoger a este o al otro, es en cada uno en el que tenemos que saber descubrir esa presencia del Señor y en consecuencia el corazón abierto y lleno de amor con que lo vamos a acoger.
Y pensemos finalmente cómo el Señor quiere llegar a nosotros cada día con su gracia en la vida litúrgica y sacramental. Lo sabemos, pero nos ocupamos en otras cosas; tenemos que ir a tantas cosas, como aquellos convidados de la parábola que desecharon el banquete que les ofrecía su señor. Vamos, pero no siempre estamos con el traje de fiesta de nuestra fe viva y despierta; estamos como si estuviéramos en otra parte; no terminamos de ser conscientes y vivir el maravilloso misterio que celebramos, lo convertimos en un rito que desarrollamos muy ritualmente, y valga la repetición del concepto; no terminamos de estar despiertos y abiertos a la presencia del Señor que es quien nos habla en su Palabra, quien en verdad nos está alimentando con su gracia sacramental.
Mucho más podríamos reflexionar sobre ese estar despiertos y atentos para descubrir y acoger la presencia del Señor que llega nuestra vida.

jueves, 14 de noviembre de 2019

El Reino de Dios es reconocer desde lo más hondo de si mismos que Dios es el único Señor de nuestra vida, y vivir unos valores que nacen desde lo más hondo del corazón


El Reino de Dios es reconocer desde lo más hondo de si mismos que Dios es el único Señor de nuestra vida, y vivir unos valores que nacen desde lo más hondo del corazón

 Sabiduría 7, 22 – 8,1; Sal 118; Lucas 17, 20-25
Algunos piensan que vivir intensamente la vida es simplemente dejarse llevar por lo que nos vaya apareciendo en la vida cada día, el capricho de cada momento, la pasión que se despierta en un momento determinado sin saber encontrar una profundidad en si mismo que le dé valor, profundidad, sentido a aquello que vamos viviendo.
Solamente ponerse a cantar o hacer que surja una carcajada en cualquier momento o ante cualquier cosa no es precisamente el mejor signo de felicidad, si dentro de nosotros no sentimos una satisfacción honda que no pueda borrarse con cualquier sombra. La apariencia eterna se puede quedar vanidad, simplemente disfrutar por la epidermis de la vida es quedarnos en lo superficial y lo externo, tenemos que saber buscar algo más hondo, darle verdadera profundidad a la vida.
Esto puede convertirse en un sentido de vida que nos deja vacíos. La superficialidad nos dejará siempre insatisfechos. La madurez y la grandeza de la persona no se miden por lo externo sino por lo que llevamos dentro, que por supuesto también tiene que manifestarse en las obras que realizamos o en nuestra manera de actuar y de comportarnos. Claro que el hombre maduro siempre tendrá hambre de más, pero hambre de todo aquello que le dé plenitud a su ser.
Y nos puede suceder en nuestra vida religiosa, en nuestra vida de fe, en lo que queremos que sea realmente nuestra vida cristiana. No será el recitar mecánicamente unas oraciones lo que nos hará sentir a Dios y encontrarnos con Dios; no es una religiosidad superficial que solo se contenta con ritos la mejor manera de alabar a Dios; no es una vida de vanidad que se queda en manifestaciones externas lo que expresa realmente una vida cristiana. Tenemos que aprender a ir a lo hondo del corazón que va a engrandecer todo lo que hagamos y todo lo que vivimos.
Hoy escuchamos en el evangelio que quienes van con Jesús le preguntan cuando se va a manifestar el Reino de Dios. Jesús había hablado desde el principio del Reino de Dios que llega, había ido enseñando con su doctrina, con sus parábolas y ejemplos la señales de ese Reino de Dios para lo que había que convertirse, darle la vuelta al corazón, pero ellos aun estaban esperando manifestaciones externas y espectaculares. Para ellos el Reino de Dios se quedaba en un reino mesiánico de poder y de liberación de fuerzas opresoras externas; en aquel momento el Reino era recuperar la soberanía de Israel liberándose de la opresión de los romanos.
Jesús les dice que ese no es el camino; que el Reino de Dios tienen que encontrarlo dentro de ellos mismos. Y es que el Reino de Dios era reconocer desde lo más hondo de si mismos que Dios es el único Señor de nuestra vida, y es comenzar a vivir unos valores que tienen que nacer desde lo más hondo del corazón. No era una paz externa impuesta desde la fuerza y desde el exterior, sino era la paz que tendrían que saber encontrar dentro de si mismos liberándose de todas aquellas cosas que les hicieran perder la paz. Era el camino que tendrían que seguir, era la purificación exigida, era la conversión del corazón que Jesús desde el principio pedía.
Es lo que ahora nosotros también tenemos que empezar a comprender, porque seguimos teniendo la tentación de lo superficial y de lo externo y de no saber dar esa profundidad a nuestra vida, a nuestra vida de fe, a nuestro sentir cristiano, a todo aquello que hacemos y que vivimos que comporta todo lo que es relacionarnos con los demás, como también los compromisos más hondos que tengamos desde nuestras responsabilidades, pero también del compromiso que tenemos que vivir con nuestro mundo, con todo lo que nos rodea.

miércoles, 13 de noviembre de 2019

Necesitamos abrir la sintonía del evangelio para escuchar el grito de quienes gritan a nuestro lado y detenernos en esas rutas ya tan demasiado marcadas




Necesitamos abrir la sintonía del evangelio para escuchar el grito de quienes gritan a nuestro lado y detenernos en esas rutas ya tan demasiado marcadas

Sabiduría 6,2-12; Sal 81; Lucas 17,11-19
¿Alguna vez hemos tenido la experiencia de que alguna persona se haya acercado a nosotros y nos haya pedido que tengamos piedad de ella? No sé qué me podéis responder. Seguro que la experiencia si la hemos tenido no haya sido muy agradable o placentera; es duro tener enfrente de nosotros a alguien que se ve abrumado por problemas, por necesidades, por enfermedades o carencias de algún tipo y que se sienta tan hundido como para tener la humildad y la valentía de llegar a pedirnos socorro de esa manera.
Pudiera sucedernos por otro lado que nos hayamos insensibilizado tanto como que no haga mella en nosotros, nos hagamos los oídos sordos, o no seamos capaces de ver la realidad. En este caso si la situación es dura más duro se ha puesto nuestro corazón y necesitamos despertar de alguna manera. Porque a nuestra puerta o a nuestro paso por la calle nos encontramos tantas veces personas que nos tienden la mano, que nos susurran quizá porque no se atreven a decirlo más alto, que nos miran con una mirada que habla por si sola, y quizá, reconozcámoslo pasamos de la largo, no queremos oír lo que nos puedan decir no porque su susurro sea tan débil sino porque hemos cerrado inmisericordes los oídos.
Mientras iba escribiendo esta reflexión me di cuenta que mi perrito estaba a mi lado echado en el sillón y dormido, al menos con los ojos cerrados; se me ocurrió acercar mi mano a su hocico sin llegar a tocarlo, pero ya antes de que mis dedos se acercaran abrió los ojos para mirarme y ver qué hacía. Parecía dormido, pero su sensibilidad le hacía sentir lo que pasaba a su lado y abrió los ojos. Y pensé, nosotros vamos con los ojos abiertos por la vida, tendríamos que ver pero nuestra insensibilidad es tal que no reaccionamos por grande que sea la cosa que está sucediendo delante de nosotros. Ojos abiertos, pero dormidos. Despertemos. Creo que nos vale este ejemplo.
Hoy el evangelio nos habla de la sensibilidad de Jesús. Iba de camino, atravesaba Samaria, su meta era llegar a Jerusalén seguramente para la fiesta de la pascua. Y al paso del camino, aunque en la lejanía porque no se les permitía acercarse un grupo de diez leprosos estaban con sus gritos pidiendo compasión. Jesús podía seguir de largo, porque estaban lejos, porque su meta era solamente hacer el camino para llegar a Jerusalén y nada debía detenerlo, pero Jesús se detuvo. Ya conocemos el resto y muchas consideraciones nos hemos hecho en torno a este evangelio.
Me quiero quedar hoy en esta consideración. Caminamos por la vida con nuestras metas, nuestras rutas, nuestros objetivos, nuestros quehaceres y no queremos detenernos. Algunas veces solo necesitamos escuchar, porque lo que el otro necesita es que lo escuchen, pero nuestros oídos están cerrados, a nuestra vida le hemos puesto un cerco de obligaciones, de ocupaciones, de rutas, de metas, de trabajos que ya no sabemos detenernos. Quizá nos creemos muy responsables porque cumplimos muy bien con todas esas obligaciones y cumplimos con nuestras rutas y nuestros objetivos. Pero ¿no habrá que salirse de la ruta para ver esas miradas, para escuchar esos gritos, para poner sensibilidad en nuestro corazón?
Creo que no es necesario decir mucho más sino tener abierta la sintonía del evangelio.

martes, 12 de noviembre de 2019

Es hora de preguntarnos qué más podemos hacer desde mi compromiso social y desde el compromiso de mi fe para que no sea una vida vacía y sin sentido


Es hora de preguntarnos qué más podemos hacer desde mi compromiso social y desde el compromiso de mi fe para que no sea una vida vacía y sin sentido

Sabiduría 2,23-3,9; Sal 33; Lucas 17,7-10
Es cierto que tenemos que ser agradecidos y por la corrección en el trato entre unos y otros aunque lo que recibamos de los demás sea algo que en estricto derecho nos corresponde sin embargo siempre hemos saber mostrar nuestra gratitud hacia aquella persona que nos lo haya resuelto. Son las buenas maneras de educación y corrección que siempre hemos de tenernos mutuamente.
Pero también hemos de reconocer que vivimos en una subcultura, podríamos llamarla, de la propina que nos sentimos obligados a dar a cualquiera que nos preste algún servicio, aunque en justicia sea algo que esa persona tiene que hacer pues es su responsabilidad; un camino fácil hacia cierta corrupción que vemos que aparece por todas partes. Era su deber resolvernos aquel problema, porque ese es su trabajo por el que por otra parte está recibiendo también un salario. Era lo que tenia que hacer, tendríamos que reconocer, tendríamos que decir y salvo esa corrección de urbanidad y buen trato, nada más le debemos. Pero ya sabemos que quien por su propia función tiene que realizar unas tareas poco menos que nos exige unos reconocimientos que ya sabemos donde pueden terminar.
Todo esto tendría muchas concreciones en lo que hacemos cada día, en el cumplimiento de nuestros deberes y obligaciones, en lo que desde el sentido más humano y de responsabilidad ante la vida y ante la sociedad en la que vivimos tendríamos siempre que estar dispuestos a realizar.
Que yo me sienta corresponsable del mundo en el que vivimos, de esa sociedad concreta donde realizamos nuestra vida y sienta en mi mismo el compromiso de hacer algo por los demás, de implicarme en compromisos concretos a través de esos instrumentos que nos creamos para ir mejorando ese mundo en el que estamos, no lo tendría que hacer buscando unos halagos o unos reconocimientos humanos, que me cuelguen unas medallas o levanten monumentos en mi honor. Es lo que tendríamos que hacer, es lo que desde mi conciencia y compromiso social yo me siento llamado a hacer, es el granito de arena que me siento comprometido a poner.
Bien sabemos cómo en nuestra sociedad hay gente que hace muchas cosas buscando unos reconocimientos o que les cuelguen unas medallas, cuando no unos beneficios palpables y ya sabemos de qué índole, pero también quienes se inhiben porque no sienten nada en su conciencia que moralmente les lleve a realizar muchas cosas que podrían hacer y que nos beneficiaría a todos; que lo hagan los que tienen cargos para eso, suelen decir, ¿qué es lo que yo voy a ganar con esos sacrificios dedicando mi tiempo sin que reciba nada a cambio?
Pero también sabemos cuantas personas calladamente, sin hacerse notar, siempre están con la preocupación de lo que puedan hacer por los otros, por la sociedad en la que viven, o por esas personas con problemas y necesidades que siempre encontramos en nuestro entorno. Nunca quizá serán reconocidas, porque ellas tampoco lo buscan, sino que sienten en si mismas que es lo que tenían que hacer.
Me surgen estas reflexiones desde lo que hoy escuchamos en el evangelio. Un ejemplo y una imagen que nos propone Jesús conforme quizás a las costumbres de su época pero que es en este sentido de lo que venimos hablando de lo que quiere enseñarnos.  
Lo aplicamos también al ámbito de nuestra fe y de nuestra vida cristiana, al ámbito eclesial donde vivimos esa fe y ese compromiso cristiano y creo que por una parte hemos de hacer un reconocimiento de cuantas personas viven un compromiso muy concreto en tantos servicios en el seno de la comunidad eclesial: voluntarios de cáritas, visitadores de enfermos, catequistas, personas que en tantos ámbitos, en tantos grupos en nuestras parroquias ofrecen su tiempo, su dedicación, su trabajo en los servicios de la comunidad cristiana. Es lo que sienten que tienen que hacer, es el compromiso de su fe y de su amor, es el servicio a los demás como expresión de ese amor cristiano que tiene que brillar en nuestras vidas.
Es hora también de preguntarnos, entonces, ¿Qué más puedo hacer yo? ¿En que compromiso voy a realizar mi vida? ¿Cuál es la riqueza que yo puedo aportar y que me daría un sentido y un valor nuevo a mi vida? ¿Seguiré viviendo una vida vacía porque no soy capaz de dar nada por los demás? Preguntas que quedan en el aire.

lunes, 11 de noviembre de 2019

Jesús nos está pidiendo unas actitudes nuevas, que aprendamos a mirar con una mirada nueva y distinta al que camina a nuestro lado



Jesús nos está pidiendo unas actitudes nuevas, que aprendamos a mirar con una mirada nueva y distinta al que camina a nuestro lado

 Sabiduría 1,1-7; Sal 138; Lucas 17,1-6
Hay ocasiones en que parece que todo se nos hace cuesta arriba y las dificultades van en aumento y nos sentimos como sin fuerzas para avanzar, para alcanzar la cima, las metas; ocasiones en que nos cuesta entender por qué son las cosas así, o también no comprendemos las metas que se nos proponen que nos parecen altas e inalcanzables, o que los planteamientos que se nos hacen superan nuestras fuerzas y nuestra capacidad. Gritamos, entonces, pidiendo ayuda, cuando no sentimos la tentación del abandono pensando que eso supera nuestras posibilidades y no es para nosotros. Muchas veces quizá nos hayamos podido encontrar en una situación semejante en diferentes aspectos de la vida.
Algo así se sintieron los discípulos cercanos a Jesús cuando escuchaban sus planteamientos. Conocemos cómo en una ocasión, allá en la sinagoga de Cafarnaún muchos comenzaron a dejar de seguirle porque decían que aquella doctrina era muy dura. Ahora los discípulos cercanos a Jesús piden que les aumente la fe.
Había hablado Jesús de una forma radical de los escándalos y de aquellos que hacían daño a los demás, pero les hablaba de algo que podía tocarle muy de cerca a todos que era el tema del perdón. Recordamos que ya un día había preguntado a Jesús si había que perdonar hasta siete veces, pensando que con eso ya se era suficientemente generoso. En el sermón del monte Jesús había hablado de no solo perdonar sino de amar a los enemigos y rezar por aquellos que te hacen daño. Ahora les dice que si un hermano peca y reincide una y otra vez y una y otra vez viene a pedir perdón hay que perdonarlo siempre. Que no tenemos que ser obstáculo sino ayuda, y aquel que quiere dar pasos y lo intenta una y otra vez hay que ayudarlo, porque tenemos que tener una capacidad de comprensión y de amor en nuestro corazón como Dios lo tiene con nosotros.
Claro que humanamente esto nos cuesta; nos cuesta entender los esfuerzos de los demás; nos cuesta entender que tropecemos una y otra vez en la misma piedra; nos cuesta entender las caídas de los demás porque quizá no nos damos cuenta de nuestras propias caídas, de nuestros propios tropiezos que siempre lo vamos haciendo en la misma piedra como si fuéramos cegatos. Digo que humanamente nos cuesta, pero es que es de humano el comprender, porque es contar con nuestra propia debilidad, porque es saber caminar al lado del otro que tropieza no para echárselo en cara sino para ayudarlo a levantarse, el creer en el otro aunque lo veamos débil, porque vemos en él reflejada nuestra propia debilidad.
Y esto no siempre lo sabemos hacer; y vamos por la vida demasiado justicieros porque al que la hace la paga que decimos; porque nos volvemos inhumanos con los demás y lo que queremos es hacer caer el peso de la ley sobre los otros; porque no somos lo suficientemente misericordiosos porque no hemos aprendido a saborear de verdad lo que es la misericordia que Dios nos tiene.
Jesús nos está pidiendo unas actitudes nuevas, que aprendamos a mirar con una mirada nueva y distinta al que camina a nuestro lado, que de verdad nos sintamos hermanos que caminamos juntos y nos ayudamos a hacer el camino, a subir la montaña, a llegar hasta la meta.
Es cierto que como los discípulos también tenemos que pedir ‘auméntanos la fe’, pero que nunca abandonemos, nos echemos para detrás, nos sintamos vencidos a causa de nuestras debilidades, y que sepamos tener esas buenas sintonías con los demás.

domingo, 10 de noviembre de 2019

La fe y la esperanza darán un sentido y un valor a cuanto hacemos sintiendo en nosotros la fortaleza del Espíritu y en esa esperanza sentimos la más profunda paz en el corazón

La fe y la esperanza darán un sentido y un valor a cuanto hacemos sintiendo en nosotros la fortaleza del Espíritu y en esa esperanza sentimos la más profunda paz en el corazón

2Mac. 7, 1-2. 9-14; Sal 16; 2Tes. 2, 15 - 3, 5; Lucas 20, 27-38
No sé si estaremos en el mundo de hoy muy lejos de algunas cosas en las que no creían los saduceos. Nos decimos en un mundo cristiano pero quizá pueda haber muchas cosas del evangelio que no las tenemos muy claras, de las que dudamos o que muchas veces las obviamos quizá desde una pereza espiritual e intelectual para no meternos en asuntos o en temas que nos parecen controvertidos.
Sobre el tema de la muerte o del más allá algunas veces no queremos ni hablar; desde ciertos temores o desconfianzas, desde conceptos que venimos arrastrando quizá siglos y siglos, desde un tenebrismo misterioso que lo envuelve todo, pero quizá mantenemos nuestros ritos funerarios, al menos formalmente, visitamos los cementerios quizá muchas veces angustiados en recuerdos y hasta en cierto modo en culpabilidades que no sacamos a la luz, pero realmente detrás de todo eso ¿hay verdaderamente una esperanza de vida eterna y de resurrección?
Hemos de reconocer que hacemos unas mezclas de ritos cristianos, porque decimos que hay que rezar a los muertos o por los muerto, nos imaginamos quizás unos lugares como etéreos donde están como flotando los espíritus, pero poco quizá pensamos en la vida eterna y la resurrección. Y aunque recitamos el credo cuando vamos a misa o en nuestras oraciones particulares quienes las mantienen, pero esos artículos finales de la confesión de la nuestra fe nos pasan desapercibidos en su sentido, porque mientras nuestros labios hablan de resurrección y de vida eterna, en lo más hondo de nosotros mismos es en lo menos que pensamos.
¿Nos hacemos quizá una religión de muerte y nos creamos un dios de la muerte? Aunque no lleguemos a expresarlo con palabras así, en nuestra manera de vivir, en la esperanza o poca esperanza que ponemos en lo que vamos realizando en la vida, algo de eso puede haber dentro de nosotros. Realizamos quizás unos ritos cristianos pero los valores que han de sustentar nuestra vida y que surgen de la fe que tenemos no aparecen demasiado claros en el sentido que le damos a lo que hacemos.
Veamos por un lado la apatía con que vamos viviendo la vida, el poco sentido de trascendencia que le damos a lo que hacemos y también, ¿por qué no? preguntémonos como nos preparamos para ese momento final de la vida que es la muerte, o como ayudamos a nuestros seres queridos en ese trance, que más bien siempre preferimos ocultar para que no se angustien, decimos. ¿No le decimos al Sacerdote que “confiese” – en el sentido de administrar los sacramentos -  a nuestros seres queridos que están a punto de fallecer cuando ya no se den cuenta? ¿Hay verdadera fe en Dios? ¿Hay autentica esperanza de un encuentro con el Señor en quien vamos a vivir para siempre? ¿Deseamos en verdad sentir el perdón de Dios que nos salva para poder vivir esa vida en Dios?
Muchas experiencias vienen a mi mente, duras y dolorosas, de quienes rechazaban o trataban de disimular u ocultar la presencia del Sacerdote junto a sus familiares gravemente enfermos, pero también otros duras pero que te dejaban una paz grande en el alma cuando el enfermo rodeado de sus familiares de una forma más o menos consciente según las circunstancias recibía la gracia del Sacramento dándose el caso de expirar con una paz tremenda durante o al final de la celebración que estábamos realizando; con dolor y emoción, como no podía ser menos, pero con mucha paz se sentían también los familiares en ese momento porque era algo que estaban viviendo con una profunda fe y esperanza cristiana poniendo en las manos de Dios a su ser querido.
Hoy hemos escuchado en el evangelio la casuista en cierto modo absurda e inhumana que plantean los saduceos a Jesús para negar la resurrección. Jesús, por así decirlo, no entra al trapo con lo que le plantean sino quiere dejar claro que Dios no es un Dios de muertos sino de vida. Es la esperanza que se manifiesta en la primera lectura – a pesar de que es un texto del Antiguo Testamento – en aquellos jóvenes macabeos que son martirizados por su fe y fidelidad al Dios de la Alianza pero haciendo una admirable confesión de fe y esperanza en el Dios en quien saben que tendrán vida para siempre. ‘Cuando hayamos muerto por su ley, el rey del universo nos resucitará para una vida eterna’, confiesan valientemente.
Pero todo esto tiene que traducirse en el día a día de nuestra vida. Es lo que nos hará mantenernos íntegros y fieles frente a un mundo que nos promete una felicidad pronta y fácil pero también bien efímera. No es que no deseemos ser felices mientras hacemos el camino de la vida, pero cuando el temor de Dios está en nuestros corazones porque le amamos y porque queremos mantenernos en fidelidad no nos dejamos seducir por tantos cantos de sirena que nos prometen y prometen o que nos ofrecen caminos corruptos para alcanzar esos sueños de felicidad.
La rectitud de nuestro corazón, el amor la verdadera justicia, el mantener la paz en nuestro interior porque nos dejamos seducir por esos señuelos, nos van a dar una mayor felicidad, una felicidad en plenitud que podremos gozar en Dios. Es vivir con esperanza.
Por eso digo que esa fe y esa esperanza nos darán un sentido y un valor a cuanto hacemos, sabiendo además que tenemos la fortaleza del Espíritu para mantener esa fe y esa fidelidad. Cuando hay verdadera esperanza cuánta paz sentimos en el corazón.