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lunes, 7 de agosto de 2017

No estemos siempre esperando a que las soluciones las den los otros sino aprendamos a tomar la iniciativa y sepamos contar siempre con los demás, sean quienes sean

No estemos siempre esperando a que las soluciones las den los otros sino aprendamos a tomar la iniciativa y sepamos contar siempre con los demás, sean quienes sean

Números 11,4b-15; Sal 80; Mateo 14,13-21
Pero ¿es que nadie hace nada? Es un comentario que es fácil oír cuando vemos que hay problemas, pero estamos esperando que sean otros los que pongan mano para resolverlos. Muchas no es que seamos insensibles, porque somos capaces de ver el problema o la necesidad, pero lo que no damos el paso para implicarnos, dejamos que sean otros los que le den solución, nos quedamos en el comentario. Así vamos por la vida, rehuyendo el compromiso, esperando siempre que comiencen los demás. Estamos prontos para hablar, para denunciar, para quejarnos, para criticar lo que los otros hacen o no hacen, y nos quedamos en palabras, en muchos casos con posturas bien negativas.
‘Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer…’ le dicen los discípulos a Jesús. Se habían venido alejándose de todos porque Jesús quería estar a solas con ellos, pero al llegar se encontraron una multitud que les esperaba. Y Jesús se puso a enseñarles. Se pasó el tiempo, se hacia tarde y aquellas gentes estaban lejos de sus poblados. Los discípulos ven el problema, pero no saben como afrontarlo, por eso le dicen a Jesús que mejor es despedirlos para que se vayan a sus casas.
Pero la respuesta de Jesús fue bien distinta. ‘No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer’, les dice Jesús aunque ellos siguen encontrando dificultades. ¿Donde van a comprar pan para toda esa gente?
Jesús quiere que se impliquen; Jesús quiere que nos impliquemos; no solo es necesario que abramos los ojos para ver los problemas, lo cual ya es un paso importante en la vida, sino que además busquemos solución; busquemos quizá ayuda, colaboración, pero entre todos podemos encontrar caminos para avanzar en la vida; no podemos ir de negativos viendo solo las dificultades, sino que hemos de saber abrir nuestro espíritu para ver otras realidades, ver caminos que se nos pueden ir abriendo delante de nosotros, si sabemos contar con los demás.
Es lo que sucede en aquel momento. Alguien tiene por allí cinco panes y dos peces, aunque parezca que es nada para toda aquella multitud. Se producirá el milagro, todos podrán comer hasta hartarse y hasta sobrará pan que Jesús querrá que los recojan para que no se desperdicie.
Cuando en la vida sabemos contar con los pequeños granos que los demás puedan aportar cuantas cosas podemos hacer. Tenemos que saber valorarlo todo, saber valorar a todas las personas para saber contar siempre con los demás. No podemos ir de sobrados, pensando que nosotros solos son los que valemos. Cada uno tiene sus valores, sus cualidades, sus granitos de arena que aportar, sus cosas buenas, la generosidad de su corazón y así podemos avanzar de verdad y solucionar tantas cosas de nuestro mundo.
Pero hay un último detalle en el que quiero fijarme. Jesús no quiere que se desperdicie nada. ¿Así hacemos en la vida en este mundo tan derrochador en que vivimos? Pensamos materialmente en tantas cosas que desechamos en el consumismo en que vivimos, y en que lo que nos parece que no vale por su insignificancia o porque ahora no lo necesitemos, lo descartamos, pero no nos quedemos solo en lo material porque fácilmente pueden ser actitudes que nos aparezcan en nuestras relaciones con los demás. A cuantos descartamos en la vida, porque nos puede parecer que no valen. Creo que todo esto tendría que hacernos pensar mucho. Y hoy hablamos tanto de un mundo sostenible y no sé cuantas cosas más, pero que se nos puede quedar todo en bonitas palabras para la galería.

domingo, 6 de agosto de 2017

En la transfiguración de Jesús en el Tabor hay una fuerte llamada para que comencemos a ver y a escuchar con ojos nuevos y con oídos distintos bien abiertos y atentos

En la transfiguración de Jesús en el Tabor hay una fuerte llamada para que comencemos a ver y a escuchar con ojos nuevos y con oídos distintos bien abiertos y atentos

Daniel 7, 9-10. 13-14; Sal 96; 2Pedro. 1, 16-19; Mateo 17,1-9

Vemos las cosas que suceden a nuestro alrededor, vemos las personas que están a nuestro lado, vemos acontecimientos o sucesos pero no siempre terminamos de ver, terminamos de comprender, de conocer, de enterarnos de verdad lo que sucede. La costumbre quizá de lo que vemos todos los días hace que nos quedemos en la mirada de siempre y no seamos capaces de ir más allá para un conocimiento más profundo de las personas, para hacer una lectura exacta de cuanto sucede, para llegar a comprender el por qué de las cosas, las finalidades ultimas o los objetivos o metas que realmente tienen.
Hará falta quizá un parada en un momento determinado, que suceda algo especial quizá que nos llame la atención, o que un día prestemos más atención a cuanto sucede para comprender el sentido de las cosas, de los acontecimientos o el ser de las personas. Hará falta quizás que escuchemos una palabra que nos llame la atención y nos haga mirar con una mirada distinta, o que nosotros tengamos la suficiente calma y serenidad para ponernos a pensar y a preguntarnos por el sentido de todo.
Hoy el evangelio no ofrece un momento de la vida de Jesús que les cambió la mirada a los discípulos, aunque de manera especial a aquellos tres escogidos que Jesús se llevó a la montaña. Habían visto a Jesús muchas veces que se retiraba para orar o contemplarían su oración en el templo o en la sinagoga; quizá también le habrían acompañado en tantas ocasiones como en la vida religiosa de un israelita les ofrecía el día para sus oraciones personales o comunitarias.
Pero ahora había sido todo distinto. Aunque se caían de sueño como tantas veces les sucediera – como también nos sucede a nosotros en tantas ocasiones – cuando se retiraban a la paz y al silencio de la oración, ahora habían contemplado algo distinto. Jesús les parecía distinto tanto que se despertaron de su sopor para atender con más detalle. El rostro de Jesús resplandecía, resplandecían de blancura también sus vestidos, se veían nimbados por una gloria que los envolvía, y aparecieron también otros personajes símbolos de la historia y de la fe de Israel. Eran la ley y los profetas los que normalmente guiaban la oración de todo judío piadoso, y ahora aparecían Moisés y Elías junto a Jesús.
Aquello eran la gloria, allí si merecía la pena estar, querían quedarse allí para siempre, estaban descubriendo el misterio de Jesús. ‘Hagamos tres tiendas…’ una para Moisés, otra para Elías, otra para Jesús, y hasta se olvidaban de ellos mismos. Ahora era Pedro el que intentaba hablar desde la emoción de lo que estaba contemplando que era una visión totalmente nueva de Jesús. El había hecho hermosa confesión de fe en Jesús y por El estaba dispuesto a dar la vida, pero lo que ahora estaban contemplando le llevaba a una fe distinta sobre Jesús. Era la gloria del Señor.
Y la gloria del Señor los envolvió como aquella nube que envolvió la montaña. Pero en aquella contemplación tenían que aprender también a escuchar. Se oyó una voz que venia del cielo, ‘Este es mi hijo muy amado, en quien me complazco, escuchadle’. No podían soportar nada mas y cayeron de bruces.
La luz y la oscuridad se mezclaban, porque ahora ya no vieron nada de todo aquello que habían visto y contemplado, sino que estaba Jesús solo. Pero habían visto la gloria de Dios en Jesús, sabían que tenían que escucharle, seguirle, vivir su vida. Habrían de bajar de la montaña pero aquella experiencia tenia que bastar para que se sintieran transformados, aunque quedaran muchas preguntas por dentro. Después de la resurrección lo comprenderían todo. Por eso Jesús les dice que de eso no hablen hasta que haya resucitado de entre los muertos. Ahora bajarían de la montaña de la gloria para volver al llano de la vida. ¿Tendrían ya para siempre una mirada distinta?
Nosotros hoy tendríamos que estar pasando por una experiencia similar. Como decíamos antes miramos tantas veces y no conocemos, ni aprendemos, ni comprendemos. Así vamos por la vida aunque nos llamemos y proclamemos creyentes y cristianos. Pero quizá no se nos han abierto los ojos, seguimos mirando pero no vemos. Seguimos diciendo que tenemos fe en Jesús pero no terminamos de comprender hasta donde tiene que llevarnos esa fe.
Seguimos quizá envueltos en rutinas o en la manera de ver de siempre que no llegamos a descubrir de verdad el rostro de Jesús que llega a nosotros de tantas maneras. ¿Tendremos que hacer una parada en la vida? ¿Tenemos que aprender a subir a la montaña con Jesús como aquellos discípulos? ¿Tendremos que saber estar atentos y con una mirada para como el señor llega a nuestra vida y se nos manifiesta?
Tenemos que aprender a mirar con esa mirada nueva, a contemplar con unos ojos distintos, a escuchar con una atención distinta lo que Dios nos dice, nos señala, nos está indicando continuamente. Sabemos – al menos teóricamente – donde podemos encontrar a Jesús pero no lo vemos. Tenemos que ir al encuentro de la vida, al encuentro con los demás con una mirada distinta, una mirada de autentica fe para ir viendo al Señor que llega a nosotros en los que sufren, en los que son marginados, en los pobres, en los emigrantes que llegan a las puertas de nuestras ciudades, en los que nadie quiere porque son despreciados por todos. Escuchemos con atención las palabras que Jesús tantas veces nos ha repetido. Nos sabemos muy bien lo que Jesús nos dice del juicio final pero seguimos sin ver, sin creer, sin amar, sin encontrarnos con Jesús de verdad en esos hermanos que nos van saliendo al paso en el camino de la vida.
Hoy es el día de la transfiguración del Señor, pero no busquemos esos resplandores ni rostros brillantes sino miremos donde Jesús hoy se nos transfigura, para que transfiguremos a esos hermanos con que nos encontramos porque seamos capaces de poner tanto amor que también sus vidas puedan cambiar, para sus sufrimientos tengamos un consuelo y un alivio o para necesidad ese compartir que en justicia necesitan y tantas veces le negamos.
En la transfiguración de Jesús en el Tabor que hoy celebramos hay una intensa llamada a nuestra vida para que comencemos a ver y a escuchar con ojos nuevos y con oídos bien abiertos y atentos.

sábado, 5 de agosto de 2017

Al celebrar la fiesta de la Virgen de las Nieves nos llenemos de la ternura de del corazón de María para hacer que nuestro mundo tenga un nuevo olor y sabor


Al celebrar la fiesta de la Virgen de las Nieves nos llenemos de la ternura de del corazón de María para hacer que nuestro mundo tenga un nuevo olor y sabor

Hoy 5 de agosto se celebra en muchos lugares con especial devoción una fiesta de la Virgen, la Virgen de las Nieves o la Virgen Blanca. En nuestras islas se celebra en diversos lugares, pero quiero destacar como la Virgen de las Nieves es la patrona de la Isla de la Palma donde hoy se celebra con particular devoción, acudiendo los palmeros desde todos los rincones de la Isla hasta el Santuario de las Nieves.
El origen de esta advocación está en la Basílica Papal de Santa María la Mayor en Roma. La tradición nos habla de cómo la Virgen en sueños le pidió al Papa Liberio la construcción de un templo en su honor en la ciudad de Roma; en la mañana siguiente, cinco de un tórrido agosto de Roma, apareció el Monte Esquilino – una de las siete colinas romanas – cubierto de nieve, viendo en ello la señal del lugar donde la Virgen quería que se edificase su templo. Fue el primer templo del orbe católico dedicado a la Virgen que en el Concilio de Efeso fue proclamada la Madre de Dios. De ahí el nombre o advocación con la que invocamos a la Virgen en muchos lugares y que hoy estamos celebrando.
Celebrar una fiesta de la Virgen siempre es algo entrañable para un cristiano; estamos celebrando la fiesta de la madre, de la Madre de Jesús que es la Madre de Dios, como esta misma celebración y advocación de hoy nos lo recuerda, y la fiesta de nuestra madre. Así quiso dárnosla Jesús desde la Cruz. Ahí tienes a tu hijo, le dijo señalándole a Juan, señalándonos a nosotros representados por Juan el que siempre fue fiel en su amor a Jesús, allí al pie de la cruz. Desde entonces Juan la tomó consigo. Desde entonces la Iglesia siempre ha tenido a María a su lado, como la invoca como Madre, la imita como fiel discípula de Jesús, quiere parecerse a ella la llena de la gracia, la llena de Dios.
Con ternura nos acercamos a María, como cualquier hijo que se precie se acerca a su madre. Necesitamos siempre esa ternura en nuestro corazón y la presencia de María nos lo recuerda y nos lo hace revivir. Es la ternura de Dios que nos la hace sentir con su presencia, es la ternura con que debemos envolver nuestra vida para romper esas aristas que tantas veces como costras se nos pegan a nosotros con las que hacemos daño a los que están a nuestro lado. Hace falta poner ternura en la vida, delicadeza, sencillez, humildad, amabilidad, cariño, buen trato, amor en una palabra. ¿Y a quien no le afloran esos brotes de ternura cuando está al lado de la Madre, cuando estamos al lado de María?
Es lo que hoy quiero pedirle a María, que nunca se endurezca mi corazón, que arranque de mi toda violencia, que sea capaz de controlar mis gestos y mis palabras, que nunca aparezca en mi corazón el frío del desamor y la insolidaridad, que tampoco viva en la tibieza de la indiferencia y la lejanía del que nunca se preocupa de los problemas de los demás, que encienda con fuerza mi corazón en el fuego del amor y sea capaz de derretirme en ternura hacia los demás.
Que de María aprenda a poner amor en la vida, el espíritu de servicio y la atención a los demás. Amó con todo su corazón y se lleno de Dios; amó hasta olvidarse de si misma y se puso al servicio de Isabel; amó a todos con la ternura de una madre y estaba atenta y vigilante a lo que pudiera faltar a los que la rodeaban como hizo en las bodas de Caná; amó a aquellos hijos que su Hijo le confió en la cruz y con ellos estaba orante para que como ella todos se llenaran del espíritu en Pentecostés.
Que con la ternura de María vayamos haciendo cada día un mundo mejor, un mundo con un nuevo olor y con un nuevo sabor, el olor y el sabor del amor y la ternura. Es así como iremos construyendo cada día el Reino de Dios.

viernes, 4 de agosto de 2017

Que sepamos aceptar cuanto de bueno puedan ofrecernos, podamos recibir de los otros que esa valoración los estimula también para saber caminar siempre unidos colaborando por un mundo mejor

Que sepamos aceptar cuanto de bueno puedan ofrecernos, podamos recibir de los otros que esa valoración los estimula también para saber caminar siempre unidos colaborando por un mundo mejor

Levítico 23, 1. 4-11. 15-16. 27. 34b-37; Sal 80; Mateo 13,54-58
En una ocasión escuché a alguien hacer un comentario un poco fuerte sobre un pueblo, al que no quiero mencionar porque por encima de todo respeto y valoro mucho, del que decía que para los que llegaran de otro lugar, fueran quienes fueran, los acogían con toda generosidad, pero que entre ellos se mataban como perros.
Un poco, o un mucho, fuerte puede ser la expresión, pero quiere expresar como muchas veces valoramos mucho más lo que nos pueda venir del exterior que lo que tengamos en la propia casa, en el propio pueblo. Vemos que alguien destaca por algún motivo y desde esas envidias pueblerinas y celos que muchas veces se nos meten por dentro no lo valoramos, tratamos quizás hasta de desprestigiarlo, o comenzamos a sacar de aquí y de allá, que si es de esta o cual otra familia, que donde se cree él que ha aprendido para que venga a darnos lecciones a nosotros y cosas por el estilo.
Qué lastima que no sepamos valorar bien lo que tenemos y siempre andemos haciéndonos odiosas y destructivas comparaciones. En lugar de construir con los valores que tenemos lo que hacemos es cortar el árbol por la base para que no nos dé sombra. Es triste pero muchas veces nos sucede así. Somos tan mezquinos.
¿No fue algo así lo que le sucedió a Jesús en su propio pueblo? Es lo que hoy hemos escuchado en el evangelio. Cuando san Lucas en su evangelio nos narra un hecho paralelo nos habla primero de los elogios y orgullos que aparecieron cuando escucharon a Jesús pero que pronto se convirtieron en desprecios y odios que le llevarían incluso a intentar arrojarlo desde el monte al precipicio.
Son las preguntas que se hacen los de Nazaret en lo que hoy escuchamos en el evangelio. ‘¿De dónde ha sacado éste esa sabiduría y esos poderes milagrosos? ¿No es el hijo del carpintero? ¿No es María su madre, y no son sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? ¿No viven entre nosotros todas sus hermanas? ¿De dónde, pues, ha sacado todas estas cosas?’ Y comenta el evangelista que no querían creer en El. Y terminará diciéndonos que allí no pudo hacer ningún milagro.
Por una parte con este evangelio que estamos reflexionando tenemos que hacer crecer nuestra fe en Jesús dejando que su Palabra llegue claramente a nosotros. Que no interpongamos nunca nuestros prejuicios, las barreras de nuestra manera de pensar, nuestros filtros interesados para aceptar solo aquello que nos parece bien. Con sinceridad tenemos que poner siempre en su presencia, ante su Palabra para dejar que su gracia llegue a nosotros y nos transforme.
Pero también creo que el mensaje de la Palabra de Dios hoy ha de llevarnos a algo más, a nuestra aceptación respetuosa y con corazón abierto y generoso de los demás, de cuantos nos rodean. Que sepamos aceptar cuanto de bueno puedan ofrecernos, podamos recibir de ellos. Cuanto nos cuesta a veces, como reflexionábamos antes, la aceptación del otro, de cuantos prejuicios llenamos nuestra mente, cuantas barreras nos interponemos. Sepamos valorar a los demás con nuestra acogida humilde y generosa.
Además la valoración que hacemos de los otros a ellos también los enriquecen, porque los estimulan, se sienten alentados en lo bueno que hacen y eso les hará estar en mejor disposición para caminar junto a los demás. Cuantas veces un desaire nuestro ha hecho mucho daño a aquel a quien se lo hemos inflingido porque no se ha sentido valorado, se ha sentido quizás despreciado, y puede llevarle a muchas reacciones negativas para su vida. Nuestra acogida a los demás no solo nos enriquece por lo que recibimos de ellos, sino que también estimula a lo bueno a los que nos rodean. Valoremos a los que están a nuestro lado.

jueves, 3 de agosto de 2017

Cuánto se va guardando en nuestro corazón de lo que vamos recibiendo en la vida, de nuestras reflexiones personales, de lo que nos han aportado los demás y lo que aprendimos de tantos maestros en el sentir cristiano

Cuánto se va guardando en nuestro corazón de lo que vamos recibiendo en la vida, de nuestras reflexiones personales, de lo que nos han aportado los demás y lo que aprendimos de tantos maestros en el sentir cristiano

Éxodo 40,16-21.34-38; Sal 83; Mateo 13,47-53
Recuerdo un viejo profesor que haciéndonos reflexionar sobre todo lo que teníamos que estudiar y aprender nos explicaba al final que es lo que él consideraba que era la sabiduría de la persona. Y nos hablaba de un caudal inmenso de agua revuelta que bajaba impetuosa, por ejemplo, por un río o por cualquier otra conducción, pero que al llegar al recipiente que iba a contenerla poco a poco con el paso de los días aquella agua se iba asentando, se iba decantando quedándose en el fondo una serie de materiales que venían en aquella agua revuelta mientras en la superficie el agua se volvía cristalina y limpia.
Todo lo que queda de aquel río revuelto después que llegase el sosiego viene a ser la sabiduría que queda en nosotros después de todas las cosas que hayamos ido aprendiendo en la vida. No todas quizá las recordaremos con detalle, pero van dejando en nosotros un poso de sabiduría del que vamos echando mano según lo vayamos necesitando en la vida. Algunos serán capaces de citar aquellas cosas o aquellas personas que tuvieron una influencia en su vida, pero otras las hemos asimilado de tal manera que ya las sentimos como nuestras y van a ser expresión de lo que sentimos, de lo que somos, de todo lo que hemos recibido y de lo que ahora somos capaces de aportar a los demás.
Hoy Jesús en el final de esta serie de parábolas que se nos han ido ofreciendo en este capitulo del evangelio de san Mateo nos habla del escriba sabio que va sacando del arcón lo viejo o lo nuevo según convenga en cada momento. Esa sabiduría de la vida para saber discernir en cada momento lo que hemos de hacer, lo que hemos de decir, lo que aportamos a los demás, aquello con lo que nosotros contribuimos a una vida mejor y a un mundo mejor.
Aunque esto que hemos venido diciendo tiene una referencia amplia a todo lo que es nuestra vida en sus diferentes aspectos, lo aplicamos a ese sentir y a ese vivir nuestra vida según el sentido de Cristo. Cuántas cosas se van guardando en nuestro corazón, como nos dice el evangelio de María que todo lo conservaba en el corazón, en todo lo que vamos recibiendo en la vida, lo que han sido nuestros estudios y lecturas, o lo que han sido nuestras reflexiones personales, en aquello que nos hayan aportado los demás de lo que es el testimonio de su vida y aquello que aprendimos de tantos maestros en la fe y en el sentir cristiano a través de tantos cauces. Un caudal inmenso que hemos de dejar reposar para que aflore lo que más enriquece nuestra vida.
De cuantas cosas podemos echar mano en cada momento en esa sabiduría del Espíritu. Es ese madurar en la fe y en la vida cristiana; es ese deseo que ha de haber en nosotros de querer profundizar mas y mas en el evangelio de Jesús; es ese dejarnos guiar por la acción del Espíritu que se nos manifiesta en la Iglesia, que se hace presente en el testimonio de la comunidad cristiana, a la que nosotros también vamos aportando nuestro ser y nuestro saber, el testimonio de nuestra vida y la riqueza espiritual que llevamos dentro de nosotros.


miércoles, 2 de agosto de 2017

Busquemos ese tesoro del evangelio, esa piedra preciosa de la sabiduría del evangelio, esos valores que van dar verdadera hondura y cimiento a nuestra vida

Busquemos ese tesoro del evangelio, esa piedra preciosa de la sabiduría del evangelio, esos valores que van dar verdadera hondura y cimiento a nuestra vida

Éxodo 34,29-35; Sal 98; Mateo 13,44-46

Según sea aquello que nos proponemos conseguir serán los medios que pongamos para alcanzarlo. Hemos de tener claro lo que queremos en la vida, saber a donde queremos ir, que es lo que queremos que sea nuestro sentido, la meta de nuestra vida, el mundo que queremos construir. Según eso que nos propongamos y en la medida en que lo tengamos claro serán los valores que adorne, mejor empapen y sean fundamento de nuestra vida.
Esta claro que no todos queremos lo mismo, que tenemos una concepción de la vida distinta o al menos con matices que nos diferencian unos de otros; son las maneras distintas de pensar, la ideología o filosofía que marca nuestra vida, el sentido que le hayamos querido dar, que hemos aprendido o recibido, o que hemos madurado en la interiorización de cuanto nos sucede.
Entramos en dialogo los unos con los otros, buscamos puntos de encuentro y de entendimiento, aprendemos unos de otros, queremos mejorar recogiendo también lo mejor que veamos en los demás; no siempre es fácil ese dialogo, porque tenemos la tentación de imponernos, y algunas veces nos puede faltar el respeto hacia los otros y su manera de pensar. No es que hagamos una mezcolanza, como un sincretismo donde todo nos parezca igual olvidando quizás nuestros principios, sino que siempre hay algo que podemos aprender de los demás.
Por eso es tan importante descubrir cuales son esos valores que nos ayuden a construir nuestra vida y con los que contribuimos también a la construcción de nuestro mundo. No siempre es fácil, repito, también porque recibimos muchas influencias que no son siempre tan positivas. Esa es la sabiduría de nuestra vida, que hemos de descubrir, por lo que seremos capaces de luchar, que será la base de nuestra realización personal y de esa felicidad que todos ansiamos alcanzar. Son los verdaderos cimientos del edificio de nuestra vida.
Hoy nos habla Jesús en el evangelio de dos imágenes o comparaciones, parábolas, que nos ayudan a profundizar en todo esto que estamos reflexionando. Nos habla de un tesoro escondido en el campo y que alguien encuentra y que dándose cuenta de todo su valor es capaz de despojarse de todo por obtener dicho tesoro. Lo mismo nos habla del hombre que se dedica al comercio de las joyas y que un día encuentra una de tanto valor que él la considera las mas grande e importante; será capaz de desprenderse de todas las otras joyas para poder conseguir aquella de tanto valor que ha encontrado.
¿Nos estará hablando Jesús de esos valores por los que hemos de luchar por conseguir y que van a ser fundamento de las cosas importantes que tenemos que realizar en nuestra vida? Ese tesoro del evangelio, esa piedra preciosa de la sabiduría del evangelio, esos valores que nos trasmite Jesús y que han de fundamentar nuestra vida, no como un adorno externo y pasajero sino como algo que de hondura nuestra vida. Es esa búsqueda y esa reflexión e interiorización que hemos de hacernos de cuanto nos sucede para buscar lo que de verdad vale para nuestra vida, para nuestro caminar.
Decimos que el cristiano ha de tener honda espiritualidad, porque nos llenamos de los valores del Espíritu que darán verdadera profundidad y sentido a nuestra vida. Es donde encontramos esa fuerza que necesitamos y son los materiales de la construcción de nuestro ser. Nuestro apoyo lo tenemos en el Señor y de El recibimos la fortaleza de su Espíritu que transforma nuestra vida para encontrar lo que verdaderamente es importante.

martes, 1 de agosto de 2017

Cuando hagamos silencio en el corazón, cuando lleguemos a gustar de la presencia de Dios, escucharemos su voz allá en lo más hondo de nosotros mismos

Cuando hagamos silencio en el corazón, cuando lleguemos a gustar de la presencia de Dios, escucharemos su voz allá en lo más hondo de nosotros mismos

Éxodo 33, 7-11; 34, 5b-9. 28; Sal 102; Mateo 13, 36-43
Qué a gusto nos sentimos o qué gozo interior nos envuelve cuando alguien se detiene a nuestro lado para hablarnos y para explicarnos con sencillez aquellas cosas que quizás no entendíamos. Es como la huella que queda en el alma del niño a quien su padre le va explicando con detalle las cosas de la vida en la medida en que va creciendo y siente como que ya le tratan ya como a mayor en cuanto le van descubriendo esos misterios de la vida que por otra parte no entendería. Importante es esa actitud positiva que hemos de tener en la vida también en nuestro trato con los demás para saber tener esos detalles de comprensión y entendimiento.
Es la actitud pedagógica y paciente que contemplamos hoy en Jesús. Ha hablado en parábolas a la gente, pero cuando llega a casa o bien porque los propios discípulos le preguntan o por esa actitud amorosa y comprensiva de Jesús, se detiene a hablar con los discípulos más cercanos para irles explicando el sentido de las parábolas y para hacerles comprender con toda hondura el misterio del Reino de Dios que les anuncia. Es por demás lo que va creando esos lazos de amor que unían a los discípulos con Jesús.
Aparte de entrar ahora en la consideración de la explicación de la parábola del trigo y de la cizaña que ya repetidamente hemos meditado en estos días me gustaría que aprendiéramos a gustar también en lo más hondo de nosotros mismos esa cercanía de Jesús, como la que tenía con los discípulos. Quizá de alguna manera sentimos como una sana envidia de aquellos discípulos que tenían la suerte de esa cercanía e intimidad con Jesús. De alguna forma nosotros también tendríamos que desearlo, también podríamos entrar en esa sintonía de intimidad con Jesús.
¿Qué tendríamos que hacer? ¿Cómo entrar en esa sintonía de intimidad con Jesús? Nuestro camino es la oración, pero una oración en la que sepamos hacer ese silencio interior para gustar de la presencia de Dios en nosotros. No vamos simplemente a pedir, a presentarle nuestro listado de deseos y peticiones, aunque también tengamos momentos para hacerlo.
Oración que es gustar de ese silencio de la presencia de Dios, un silencio que es un grito de amor que vamos a sentir en nuestro corazón. Sentir que el Señor nos ama y planta también su tienda en nuestro corazón. Ya nos lo dice Jesús que si lo amamos, si entramos en esa sintonía de amor, el Padre y El vendrán y habitarán en nosotros, habitarán en nuestro corazón. Es un llenarnos de Dios, porque comenzamos vaciándonos de nosotros mismos y de nuestros intereses tantas veces mezquinos y pobres.
Cuando hagamos ese silencio, cuando lleguemos a gustar de esa presencia de Dios, escucharemos su voz allá en lo más hondo de nosotros mismos. Sentiremos la fuerza de su Espíritu que nos revela a Dios, que nos abre el corazón de Dios, que nos hace escuchar y gozar de los misterios de Dios, que nos va manifestando lo que es su designio de amor para con nosotros. Y entenderemos su Palabra, recibiéremos su mensaje de amor, nos hará descubrir esos caminos de Dios en nosotros, nos impulsara a una nueva vida.

lunes, 31 de julio de 2017

Calladamente viviendo íntegramente nuestra fe con todas sus consecuencias tenemos que ser esa levadura de los valores cristianos allí donde estamos para hacer un mundo mejor

Calladamente viviendo íntegramente nuestra fe con todas sus consecuencias tenemos que ser esa levadura de los valores cristianos allí donde estamos para hacer un mundo mejor

Éxodo 32 15-24.30-34; Sal 105; Mateo 13, 31-35

Soñamos con cosas grandes. Es bueno, hay que decir, tener grandes metas en la vida, aspiraciones a algo bueno y mejor porque eso nos ayuda a superarnos, a querer mejorar, a no dormirnos, como solemos decir, en los laureles, en las pequeñas cosas que cada día podamos ir consiguiendo. Pero si hemos de darnos cuenta que esas cosas grandes están construidas de pequeñas cosas que nos pudieran parecer insignificantes pero que son parte importante y muchas fundamental para eso grande que queremos conseguir. No comenzamos por las cosas grandes aunque las tengamos como meta en nuestra cabeza, sino en esas pequeñas cosas que van a ser base y fundamento.
Podemos tener la tentación de no valorar esas cosas pequeñas que hay en nuestra vida o que también tendremos que ir construyendo en nosotros. Nos puede parecer quizá sin importancia el que sepamos decir si o no a pequeñas cosas, o tener dominio de nosotros mismos en cosas que nos pudiera parecer que a nada ni a nadie afectan, pero son las que van construyendo nuestro carácter, enseñándonos a fortalecer nuestra voluntad, y las que nos darán esa constancia que necesitamos en la vida para poder saber llegar lejos.
Nos gustaría quizás ser personas importantes e influyentes en la vida que al final nos recordaran por esas cosas grandes que hemos hecho. Pero también tenemos que saber ser ese pequeño grano de sal, por muy insignificante que nos pudiera parecer, pero que será el que le dará verdadero saber a lo que hacemos.
Hoy nos habla Jesús del pequeño grano de mostaza que nos puede parecer tan pequeño que nos haga pensar qué es lo que puede salir de esa insignificante semilla. Pero ya vemos que se va a convertir en un arbusto, que si no es un árbol grande, sin embargo sobresale sobre las otras hortalizas, y hasta puede dar nido en sus ramas a los pajarillos.
O nos habla también Jesús de la levadura que se echa en la masa. No son grandes cantidades de levadura lo que se va a mezclar con la masa de harina, sino ese puñado pequeño pero justo pero que será el que va a hacer fermentar bien la masa que nos de un sabroso pan o un rico dulce para nuestro paladar. Puñado pequeño que se mezcla y se diluye en la masa de manera que no aparecerá ni se distinguirá, pero sin embargo tiene su gran función al hacerla fermentar.
Nos viene a decir que Jesús que eso es el Reino de Dios en medio de nuestro mundo; nos viene a decir que eso tenemos que ser nosotros impregnados y empapados de evangelio en medio de nuestro mundo para darle un nuevo sabor y un nuevo sentido. Tenemos que aprender a ser levadura. No seremos los que nos manifestemos con grandes obras, pero si podemos transformar desde dentro nuestro mundo. Es ese sitio que nosotros los cristianos tenemos que ocupar en medio de nuestra sociedad sin dejarnos corromper por los males de este mundo, sino siendo esa levadura o ese puñado de sal que va a liberar al mundo de tanta corrupción y va a darle un nuevo sentido y sabor.
Pensemos cómo calladamente viviendo íntegramente nuestra fe con todas sus consecuencias tenemos que ser esa levadura de los valores cristianos allí donde estamos, en la familia, con los vecinos, en el lugar de trabajo, donde vivimos nuestra vida social, o en aquellos lugares que ocupemos con una responsabilidad donde tenemos que dar nuestra impronta, dejar el buen olor de nuestro quehacer viviendo los valores del evangelio. Esas cosas pequeñas son las verdaderas cosas grandes que tenemos que realizar para transformar nuestro mundo.

domingo, 30 de julio de 2017

Que quienes nos vean, descubran en nosotros esa alegría de la fe, la alegría de habernos encontrado con ese tesoro de la fe

Que quienes nos vean, descubran en nosotros esa alegría de la fe, la alegría de habernos encontrado con ese tesoro de la fe

Reyes 3, 5. 7-121; Sal 118; Rom. 8, 28-30; Mateo 13, 44-52
¿Quién no quiere encontrarse un tesoro? Son sueños que tenemos en nuestra vida. Ojalá tengamos suerte, nos decimos y compramos lotería o cualquier otro juego de azar de tantos que están a nuestro alcance y donde vamos a jugar a ver si nos cae el gordo, como solemos decir. La vida muchas veces nos la jugamos como una suerte y ponemos más empeño en ello que en el esfuerzo personal, la lucha de cada día por avanzar y crecer en la vida que bien sabemos que no son esos bienes materiales o económicos. ¿Qué es lo que realmente tendríamos que buscar?
Jesús nos propone hoy dos parábolas que son casi como una sola porque la temática es repetida, hablándonos de la suerte de quien encuentra un tesoro escondido o una perla preciosa por la que está dispuesto a pagarlo todo por conseguirlo. Partiendo de esas ambiciones humanas del tener o del poseer y si es posible con el mínimo esfuerzo, nos quiere hacer pensar Jesús para que seamos capaces de descubrir cual ha de ser el verdadero tesoro de nuestra vida. Casi como en contraposición termina Jesús esta serie de parábolas que nos ofrece este capitulo del evangelio de Mateo hablándonos del que tiene la sabiduría de sacar del arco lo viejo o lo nuevo según más convenga. Es el escriba sabio, nos viene a decir Jesús.
¿Cuáles son los tesoros que en verdad ansiamos en la vida? tendríamos que partir de ahí, de lo que es la realidad, el piso que pisamos, para llegar a descubrir bien lo que Jesús nos quiere decir. Cuantas cosas ansiamos y deseamos en la vida; por cuantas cosas nos sacrificamos y somos capaces de gastarlo todo, hasta de gastar nuestra propia vida; cuantas cosas nos cautivan y hasta nos hacen esclavos allá en lo más hondo de nosotros mismos por esas ambiciones que pueden convertirse en luchas y hasta violencias que nos puedan llevar a enfrentarnos con los demás.
Sí, ahí están nuestros sueños y nuestras ambiciones materiales que se centran en un tener o en poseer cosas con una avaricia hasta peligrosa; serán ambiciones por lo económico o por el poder, por la influencia o hasta la manipulación que pueda hacer de lo demás, por alcanzar una situación o un brillo vanidoso con lo que nos queremos dar importancia teniendo la ilusión de que manejamos todos los hilos de poder de este mundo.
Y todo eso, ¿a dónde nos conduce? ¿Encontraremos una satisfacción honda que nos de paz y plenitud en nosotros mismos o estaremos siempre con el miedo de que venga otro y nos haga bajar de ese pedestal? Luchas, enfrentamientos, envidias, recelos, desconfianzas, suspicacia, malicia que se nos va metiendo en el corazón.
¿Qué nos querrá decir, entonces, Jesús con estas parábolas? Las compara con el Reino de los cielos; nos está queriendo decir cuales son las actitudes, la manera de obrar de quienes queremos vivir el sentido del Reino. No es lo caduco lo que tenemos que buscar. Como ya se nos dice como pauta en la primera lectura que se nos ofrece en la liturgia de hoy, Salomón no buscó ni larga vida, ni riquezas ni grandezas humanas, sino sabiduría, tener discernimiento para en cada momento saber encontrar lo que fuera más justo.
Es una sabiduría encontrar el sentido del Reino; es una sabiduría la que nos está ofreciendo Jesús con su Palabra; es una sabiduría ese nuevo sentido de ser y de actuar que nos va proponiendo con los valores del Reino; es una sabiduría esa mirada nueva con que hemos de acercarnos a los demás para ver unos hermanos, para ver unas personas siempre dignas de todo amor, unas personas con las que voy a colaborar trabajando juntos para hacer ese mundo nuevo; es una sabiduría nueva y profunda el sentido del evangelio que Jesús nos anuncia. Es el tesoro que hemos de descubrir y que encontrándolo va a ser el sentido de todo nuestro vivir.
Quién no quiere encontrarse un tesoro me preguntaba al principio de esta reflexión. Que sepamos buscar ese verdadero tesoro que Jesús nos ofrece y que es El mismo. Sintamos la dicha de la fe que tenemos en Jesús. Demos gracias porque podemos creer, tener fe en Jesús y sentir que Jesús llena nuestra vida. Aprendamos a valorarlo. Sepamos trasmitirlo a los demás. Que quienes nos ven, descubran en nosotros esa alegría de la fe, esa alegría de habernos encontrado con esta sabiduría de la fe. No digo más.


sábado, 29 de julio de 2017

Unas puertas siempre abiertas para acoger y recibir en la hospitalidad mas hermosa, pero para abrir nuestro corazón a Dios que siempre nos trae un mensaje de vida

Unas puertas siempre abiertas para acoger y recibir en la hospitalidad mas hermosa, pero para abrir nuestro corazón a Dios que siempre nos trae un mensaje de vida

1Juan 4,7-16; Sal 33; Juan 11,19-27
‘Si hubieras estado aquí…’ una queja que puede surgir espontánea quizá provocada por la misma amistad y confianza que se tiene. Es el reproche en principio de cariño, aunque algunas veces pueda destilar amargura a quien queríamos que estuviera con nosotros en aquellos momentos, pero no pudo estar, no llego a tiempo, tenia quizá otras cosas que consideraba mas importantes en las que ocuparse, o surgió un descuido, un olvido y a pesar de la buena voluntad en aquel momento no estaba.
¿Podían haber sido las cosas distintas? ¿Se habrían solucionado algunos problemas? ¿Necesitábamos quizá la presencia del amigo con la palabra oportuna, con el gesto y el detalle de la cercanía pero que no pudimos tener? Algunas veces quizá muy ocupados en nuestras cosas no sabemos estar en el momento propicio que tanto nos necesitaban. Vendrán las disculpas, la comprensión quizá del que se vio solo, o pudiera quedar por dentro un pozo de negrura y hasta quizás de desconfianza.
¿Era algo así el sentido de las palabras primero de Marta y luego de María de Betania? Le habían mandado aviso a Jesús, ‘Lázaro, tu amigo, al que amas, está enfermo’. Jesús estaba más allá del Jordán en aquellos días en que se había retirado un poco de la circulación porque ya comenzaban a tramar fuertemente contra El. Jesús recibió la noticia y se quedo unos días más. Cuando llego a Betania Lázaro llevaba cuatro días enterrado, luego hacia más tiempo que había muerto, porque mediaría también el tiempo del duelo y los funerales. Pero Jesús cuando les dijo a los discípulos que regresaba a Judea, aunque ya les anuncio su muerte, les había dicho también que prefería que fuera así para que se manifestara la gloria de Dios.
‘Si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano’. Era un reproche, una queja, pero también una manifestación de fe y de confianza en Jesús que no se acababa. Ahí hemos escuchado en el evangelio ese diálogo que anuncia vida. ‘Tu hermano resucitará’, y Marta piensa en la resurrección del ultimo día. Pero sigue teniendo confianza en Jesús y el poder de su Palabra. ‘Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá’.
Es lo que tenemos que destacar de Marta, su fe y su confianza en el poder de Jesús. Terminará confesándolo con toda solemnidad tras las palabras consoladoras y al mismo tiempo la petición de Jesús. ‘Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo’.
Nos vale esto en nuestra reflexión cuando hoy estamos celebrando la fiesta de santa Marta. La mujer hacendosa y prudente, la mujer siempre dispuesta al servicio y responsable de sus obligaciones. No daba había para preparar todo cuando llegaba Jesús pero en todo quería servirle. Las puertas de aquel hogar de Betania siempre están abiertas. Es la mujer de la acogida generosa.
Pero es la mujer creyente, la mujer de una fe recia, la mujer fuerte por encima de las dificultades y los contratiempos de la vida. Ahí la contemplamos con toda entereza en medio del duelo, con lágrimas que se le derraman del alma, pero siempre prontos para acoger, para recibir, para abrir puertas; abre también las puertas de su alma, abre las puertas de la fe, abre su corazón a Dios y a su Palabra. Es la fortaleza de la fe y es la profundidad del amor.

viernes, 28 de julio de 2017

Tenemos esperanza, podemos caminar, alcanzar nuestros objetivos, llegar a nuestra meta aunque nos cueste muchos esfuerzos porque con nosotros esta la fuerza del Señor

Tenemos esperanza, podemos caminar, alcanzar nuestros objetivos, llegar a nuestra meta aunque nos cueste muchos esfuerzos porque con nosotros esta la fuerza del Señor

Éxodo 20,1-17; Sal 18; Mateo 13,18-23
Sin entrar en pesimismos sino viendo las cosas lo más realmente posible nos damos cuenta que la vida es bien compleja; no son cosas, por ejemplo, que se sucedan automáticamente como si fuera solo un destino ya marcado, sino que en el devenir de la vida y en el desarrollo de la vida misma vamos recibiendo influencias de un lado o de otro que obstaculizan nuestro quehacer, o que positivamente nos abren nuevos caminos o nos van ofreciendo otras oportunidades que dependerán de nuestra voluntad y empeño y de la interrelación que tenemos unos y otros.
Nos proponemos algo, parece que lo tenemos todo muy claro y planificado, pero van surgiendo circunstancias, influencias de las acciones de los otros, dificultades que no esperábamos que nos pueden poner muy difícil aquello que habíamos deseado y planificado; estará nuestro empreño en no dejarnos influir, por otro lado podemos descubrir nuevas facetas para el desarrollo de lo deseado y así se van entretejiendo muchas cosas. Será una construcción muchas veces difícil pero al final podremos ver el resultado de algo bellamente conseguido tras el esfuerzo por realizarlo.
Es la parábola del sembrador que nos ha propuesto Jesús y que venimos reflexionando en estos días y hoy Jesús nos da su explicación. La semilla era buena y sin embargo no toda logro germinar de la misma manera y hacer crecer una planta que diera generoso fruto. Muchas circunstancias rodearon aquella siembra. La dureza del suelo pisoteado del camino, los pajarillos que aprovecharon para alimentarse de aquellos granos que no lograron enterrarse en tierra, los abrojos y los zarzales entre los que creció aquella nueva planta que se vio ahogado entre tanta maleza, la sequedad de un terreno lleno de pedruscos y sin tierra donde hundir sus raíces, o aquella tierra buena y debidamente preparado que sin embargo no dio igual fruto en todas sus partes.
Así es como se ve zarandeado nuestro corazón en los avatares de la vida que nos hace tener distintas reacciones ante lo que nos va sucediendo aunque en principio puedan ser cosas buenas las que llegan a nosotros. Por muchas circunstancias de la vida nos endurecemos en muchas ocasiones y nos hacemos impenetrables para eso bueno que llega a nosotros y que enriquecería nuestra vida; viene luego nuestra debilidad, nuestras inconstancia, las cosas que nos distraen u otros apegos que podamos tener en nuestro corazón que nos hacen dudar, que nos impiden realizar las cosas con entera libertad; será quizá la frialdad espiritual en que vivimos una vida superficial no sabiendo bien donde hundimos nuestras raíces ni cuales son los verdaderos apoyos de nuestra vida.
Tenemos un hermoso proyecto ante nosotros, todo el proyecto de Dios para nuestra vida mirando la vida con ojos de creyente; tenemos que tener claro a donde vamos, cual es el objetivo final de nuestra vida, nuestra meta definitiva; hemos de caminar con fortaleza de animo arrancando de nosotros todas aquellas cosas que nos puedan distraer de nuestro camino o que pueden ser algo que nos debilite; hemos de saber hundir de verdad nuestras raíces en Dios porque El es el verdadero fundamente de nuestra existencia y su espíritu es nuestra verdadera fortaleza.
Tenemos esperanza, podemos caminar, podemos alcanzar nuestros objetivos, podemos llegar a nuestra meta aunque nos cueste muchos esfuerzos. El agricultor que ha trabajado con ahínco la tierra podrá al final recoger sus frutos. Así será nuestra vida si no perdemos el norte ni nos acobardamos por las dificultades.

jueves, 27 de julio de 2017

Dichosos nosotros, nos viene a decir Jesús, que tenemos la posibilidad de escuchar la Palabra de Dios y sentir por la fuerza del Espíritu la presencia del Señor en nuestra vida

Dichosos nosotros, nos viene a decir Jesús, que tenemos la posibilidad de escuchar la Palabra de Dios y sentir por la fuerza del Espíritu la presencia del Señor en nuestra vida

Éxodo 19,1-2.9-11.16-20b; Sal.: Dn 3,52.53.54.55.56; Mateo 13,10-17
‘¿Por qué les hablas en parábolas?’, le preguntan los discípulos a Jesús cuando llegan a casa y ellos mismos le piden que les explique las parábolas.
Cuantas veces nos cuesta entender las cosas más sencillas. Parece que buscamos cosas complicadas y las sencillas no las entendemos. Se nos embota la mente. Andamos despistados según sean nuestras preocupaciones en ese momento; cuando hay cosas que nos agobian parece que se nos cierra la mente para no llegar a ver lo más elemental.
Otras veces no queremos entender, nos hacemos oídos sordos porque no nos conviene, pasamos de largo como si miráramos para otro lado. O no entendemos porque ya nosotros nos hemos hecho nuestra idea, nuestra manera de ver las cosas que algo nuevo que se nos presente, aunque sea lo mas sencillo y lo más que nos convenga no lo queremos ver; parece que primero están nuestra ideas. Y nos hacemos un dialogo de sordos tantas veces en nuestra comunicación con los demás, porque estamos muy empeñados en llevar lo nuestro pero no escuchamos lo que el otro quiera decirnos. Así andamos por la vida.
Esto nos sucede en muchos aspectos de la vida, en nuestras relaciones sociales cuando queremos poner distancias con ciertas personas, o cuando no queremos comprometernos en algo que sabemos que deberíamos hacer; cuantas veces miramos para otro lado para no ver, cerramos los oídos para no oír ni escuchar, caminamos por la vida como si fuéramos sobre nubes para no ver la tierra que pisamos, la realidad con que nos topamos cada día.
A la pregunta que le hacen los discípulos a Jesús de por qué les habla en parábolas Jesús responde diciéndonos que muchas veces oímos sin entender y miramos sin ver porque tenemos embotado el corazón. Son tantas las cosas que nos pueden embotar el corazón. Recuerda lo anunciado por el profeta: ‘Así se cumplirá en ellos la profecía de Isaías: Oiréis con los oídos sin entender; miraréis con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure".
Son las posturas negativas que podemos tener ante la Palabra de Dios que se nos proclama; son las posturas que nos tomamos ante Jesús, a pesar que decimos que creemos en El. Es la desconfianza que mostramos ante aquellos que tienen la misión de trasmitirnos la Palabra de Dios; son los prejuicios que nos hacemos contra la Iglesia a la que pertenecemos pero que tanta veces escuchamos solo en lo que nos interesa.
Hoy Jesús les dice a los discípulos: ‘¡Dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen! Os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis vosotros y no lo vieron, y oír lo que oís y no lo oyeron’. Dichosos nosotros también nos viene a decir Jesús que tenemos la posibilidad de escuchar la Palabra de Dios y sentir por la fuerza del Espíritu la presencia del Señor en nuestra vida. Ojalá nos hagamos dignos de esa bienaventuranza porque así abramos nuestro corazón a la Palabra del Señor.

miércoles, 26 de julio de 2017

Acojamos con actitud generosa esa semilla en nuestra vida sabiendo que el Señor nos quiere a nosotros también sembradores de una buena semilla cada día

Acojamos con actitud generosa esa semilla en nuestra vida sabiendo que el Señor nos quiere a nosotros también sembradores de una buena semilla cada día

Éxodo 16, 1-5. 9-15; Sal 77; Mateo 13, 1-9
Se sentó Jesús junto al lago y al venir mucha gente a escucharle se subió a una barca y desde allí se puso a enseñarles mucho rato en parábolas. Podemos imaginarnos fácilmente la escena. Una mañana soleada como suele suceder junto al lago de Tiberíades. Las gentes que van y vienen de sus tareas pero que se encuentran con Jesús sentado junto al lago y en torno a El se arremolinan. Quieren escucharle. Sus palabras los cautivan; la noticia corre de boca en boca y todos acuden hasta Jesús. Se sienta en una barca, pues desde allí todos pueden verle y escucharle mejor. Y les hablo en parábolas.
Un recurso muy normal entre los orientales y muy apropiado para que lo entienda la gente sencilla. Las imágenes penetran hondamente en el alma ayudando a entender las palabras, el mensaje. Será un recurso repetido por Jesús. Lo importante es que la Palabra llegue a todos, la semilla caiga en toda tierra, esperando que dé fruto.
Es en si mismo el mensaje de la primera parábola que les ofrece. Un sembrador que sale a sembrar la semilla; a voleo va lanzándola por todas partes, lo que hará que no toda la semilla caiga en una tierra igualmente preparada. Será el propio camino, serán los abrojos de las orillas de los campos, serán terrenos pedregosos no apropiados para acoger debidamente esa semilla, serán buenas tierras dispuestas a que se puedan recoger buenos frutos.
Es la variedad de la vida de los hombres con sus distintas actitudes o con distinta apertura de su corazón para recibir algo nuevo en sus vidas. Es el reflejo también de nuestra propia vida, muchas veces parece que muy disponible, pero en ocasiones con ataduras que nos arrastran, pasiones que nos encierran, negatividades que nos hacen duros e inaccesibles, indiferentes a lo que pase a nuestro alrededor si no es para calmar nuestros caprichos.
Nos es fácil hace una lectura de la parábola simplemente fijándonos en los demás y en cuanto sucede a nuestro alrededor olvidando que cuando lo hacemos así no somos esa tierra fértil y fecunda porque estamos dejando meter en nosotros muchos matorrales que nos impiden acoger nosotros los primeros esa semilla de la Palabra. Por eso siempre hemos de acudir con actitud sincera, con deseos de abrir bien nuestro corazón, de quitar todas esas rémoras en nuestra vida que nos arrastran hacia abajo y no nos dejan caminar libres y generosos.
Acojamos con actitud generosa esa semilla en nuestra vida sabiendo que el Señor nos quiere a nosotros también sembradores de la Palabra de Dios en medio de nuestro mundo. Seamos capaces de sembrar una buena semilla cada día. Lo intento con estas reflexiones que os ofrezco cada día.
Hace nueve años tal día como hoy inicie la siembra con este blogpost https://la-semilla-de-cada-dia.blogspot.com.es/  y van ya 3341 semillas sembradas por este medio que llega a los más diversos rincones del mundo como se manifiesta en las estadísticas con una cifra cercana a las trescientas mil visitas. Lo expreso con humildad y dando gracias a Dios. Espero que Dios me ayude a seguir sembrando aunque sea con torpeza esa buena semilla por el mundo. Aquella primera semilla fue dedicada a los abuelos en este día de san Joaquin y Santa Ana https://la-semilla-de-cada-dia.blogspot.com.es/2008/07/abuelos-qu-importante-sois-para.html



martes, 25 de julio de 2017

Sabemos bien y con realismo lo que soñamos y por esa esperanza tenemos que luchar, dispuestos a la entrega y compromiso como el Apóstol Santiago

Sabemos bien y con realismo lo que soñamos y por esa esperanza tenemos que luchar, dispuestos a la entrega y compromiso como el Apóstol Santiago

Hch. 4, 33; 5, 12. 27b-33; 12, 2; Sal 66; 2Cor. 4,7-15; Mt. 20, 20-28

‘¿Sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber?... no sabéis lo que pedís’. Es la respuesta a la petición que le han hecho los dos hermanos Zebedeos.
Pronto aparecen los sueños, las apetencias, las ambiciones que muchas veces se llevan ocultas en el corazón. Todos en algún momento nos ponemos a soñar; cómo nos gustaría que fueran las cosas, lo que desearíamos para un mañana de nuestra vida, lo que desearíamos de los demás. Sueños y aspiraciones nobles en principio cuando no las llenamos de ambición y las viciamos con deseos materialistas o excesivamente sensuales.
Soñar nos hace aspirar a un futuro que siempre queremos que sea mejor, nos hace buscar metas, tener algo por lo que luchar. No es malo soñar. Pero tengamos los pies en la tierra, veamos claramente el mundo que pisamos, lo que somos y, por así decirlo, de lo que estamos hechos. Pongamos verdadera nobleza en nuestros sueños y aspiraciones y seamos capaces de elevarnos por encima de metas caducas.
Sueñan los discípulos y se llena de ambición su corazón. Ayudaba a ello los deseos de una vida mejor, un mundo mejor frente a la situación que Vivian entonces. Ayudaba la esperanza de un Mesías Salvador que esperaban como buenos judíos, pero cuya imagen habían ido transformando excesivamente desde sus afanes demasiado humanos y terrenos. El Reino que Jesús anunciaba aun no terminaban de entenderlo más allá de un sentido material. Allí querían tener primeros puestos.
De ahí su petición, estar a su derecha y a su izquierda. Provocaría también la envidia y desconfianza del resto de los discípulos. Jesús se los aclarará con la pregunta que les está haciendo. ¿Sois capaces de vivir el mismo bautismo, la misma pasión, la misma entrega que yo voy a vivir? Aunque todavía no han llegado a entender hasta donde va a llegar la entrega de Jesús, su amor por El les hará decir que son capaces. Y beberán el cáliz, Santiago seria el primero de los apóstoles den dar la vida por el evangelio, y vivirán esa entrega, celebramos a quien llego hasta el final de la tierra conocida entonces para hacer ese anuncio del Evangelio.
Hoy nosotros estamos celebrando en España la fiesta del Apóstol Santiago, el Apóstol que primero vino a nuestras tierras hispanas a traernos la luz del evangelio, y cuya tumba según piadosa tradición conservamos en el Campo de las Estrellas, en Compostela. Para nosotros es un orgullo, una alegría honda, pero también un compromiso grande.
De él hemos de recoger ese testigo para seguir haciendo el mismo camino. También seguimos soñando y aspirando con el corazón lleno de esperanza. Soñamos, sí, que podemos hacer que nuestro mundo sea mejor y tenemos el instrumento en nuestras manos que es el evangelio de Jesús que tenemos que anunciar. Creemos que si nos impregnamos del espíritu del evangelio, llenamos nuestra vida de los valores que nos propone, vivimos la salvación que Jesús nos ofrece estamos construyendo ese mundo mejor.
Tenemos que colaborar con todos, porque todos juntos hemos de trabajar unidos por hacer ese mundo mejor pero nosotros lo hacemos desde nuestros valores, desde nuestros principios, desde nuestra fe. Es el aporte importante que nosotros podemos y tenemos que hacer y de lo que no hemos de escondernos.
La espiritualidad de la que impregnamos nuestra vida cuando queremos vivir según el sentido del evangelio, hace que elevemos siempre nuestras metas dándole verdadera profundidad a lo que queremos hacer. Y a eso no podemos rehusar. Y ahí tendrá que notarse en nuestra sociedad nuestra presencia de cristianos con nuestros valores. Ser creyente y cristiano no es para quedarse encerrado en la sacristía y convertir todo lo que es nuestra vida en lo que hagamos dentro de los muros de nuestros templos.
Nuestro ser cristiano tiene que manifestarse en todo lo que es nuestra vida social, nuestra relación con los demás, el compromiso que vivimos con nuestro mundo para contribuir entre todos a hacerlo mejor. No solo los demás tienen la palabra para hacer que nuestro mundo sea mejor. Nosotros también tenemos una palabra que decir, una acción que realizar, un compromiso que vivir. Sabemos bien y con realismo lo que soñamos y por esa esperanza tenemos que luchar. Dispuestos tenemos que estar para beber el cáliz de esa entrega y compromiso.

lunes, 24 de julio de 2017

No nos ceguemos para reconocer en verdad a Jesús como nuestra vida y salvación creando con nuestra autenticidad y con nuestro amor sincero un mundo nuevo y mejor

No nos ceguemos para reconocer en verdad a Jesús como nuestra vida y salvación creando con nuestra autenticidad y con nuestro amor sincero un mundo nuevo y mejor

Éxodo 14,5-18; Sal.: Ex 15,1-2.3-4.5-6; Mateo 12,38-42

Qué hermoso es ir por la vida con sinceridad y siendo auténticos. Las hipocresías y las falsedades oscurecen nuestro ser, no nos dejan ser lo que realmente somos sino que tratamos de parapetarnos tras apariencias vanas. Un día se caerán esos cortinajes de vanidad y mentira tras lo que tratamos de ocultarnos y entonces nos sentiremos peor porque nos sentiremos desnudos ante los demás con la mentira como corona de nuestra vida. Por eso, digo, es mucho más hermoso ir con sinceridad.
Desgraciadamente sabemos que esto no es siempre así. Muchos se parapetan tras esas vanidades y orgullos queriendo ocultar lo que realmente son o lo que sienten en su interior. Querrán ocultar quizás esa maldad que han dejado introducir en la vida y al final van a quedar peor. Es una tentación que todos podemos sufrir de una manera o de otra. Muchas veces en la vida no queremos manifestarnos como somos, bien porque queramos ponernos a unas alturas que no son las nuestras, bien porque queramos ocultar esas intenciones sesgadas que aparecen muchas veces en nuestro interior.
Y cuando vamos así por la vida sospechamos enseguida de los demás, vemos malas intenciones en lo que puedan hacer los otros, nos entra la desconfianza y así es difícil mantener una buena relación con los otros. Las desconfianzas rompen los lazos de afecto que puedan unirnos a los demás; con la confianza no sabremos colaborar en lo bueno que los otros hacen; aparece la envidia en nuestro corazón y la malquerencia. Nuestros ojos se vuelven turbios y opacos y no seremos capaces de ver lo más claro de la bondad que hay en los otros.
Es lo que le sucedía a muchos en torno a Jesús como contemplamos en el evangelio. Siempre estaban en la desconfianza, al acecho, viendo dobles intenciones, pidiendo una y otra vez pruebas y signos, sin llegar a ver el amor que Jesús nos mostraba, los signos maravillosos que hacia, la esperanza y la vida que podían encontrar en sus palabras y en sus gestos. No creían en Jesús. No se terminaba de despertar la fe en ellos porque su corazón estaba demasiado agriado, demasiado lleno de cosas turbias, sus ojos estaban cegados.
Una vez más le piden a Jesús un signo para creer en El. No les bastaban todos aquellos milagros que hacia, no les bastaba aquella palabra de vida eterna que Jesús les decía. Y Jesús les habla de las gentes de Nínive que creyeron en Jonás que fue un signo de salvación para ellos con lo que le sucedió en su vida y con su predicación; y les habla de la Sabiduría de Salomón reconocida en su tiempo hasta por la reina del Sur que vino para escucharle.
Ante ellos está quien con su vida, con su entrega hasta la muerte, con su resurrección va a ser ese verdadero signo de salvación para todos los hombres; ante ellos esta la Sabiduría eterna de Dios, la Palabra eterna de Dios que en Dios estaba y que de Dios vino a nosotros plantando su tienda entre nosotros para que quienes creyeran pudieran ser hijos de Dios.
Que nosotros no nos ceguemos para que podamos reconocer en verdad a Jesús como nuestra vida y salvación. Que reconozcamos a Jesús y escuchemos su Palabra para que llenándonos de vida comencemos a vivir esa vida nueva donde todos nos amamos, nos aceptamos, vamos con sinceridad caminando los unos junto a los otros, creando con nuestra autenticidad y con nuestro amor sincero un mundo nuevo y mejor.

domingo, 23 de julio de 2017

No todo tiene que corromperse en la humanidad por mucho mal que haya a nuestro lado o en nosotros mismos sino que tenemos la esperanza de crear un mundo nuevo contagiándolo de amor

No todo tiene que corromperse en la humanidad por mucho mal que haya a nuestro lado o en nosotros mismos sino que tenemos la esperanza de crear un mundo nuevo contagiándolo de amor

Sabiduría 12, 13. 16-19; Sal 85; Romanos 8, 26-27; Mateo 13, 24-30

Eso lo arreglo yo; si me dejaran a mí… hemos escuchado más de una vez, o hasta quizá lo hemos pensado. Una situación injusta, una maldad de unas personas que hacen daño, problemas que vemos en nuestra sociedad de corrupción, desordenes, gente que no hace nada frente a todas esas situaciones cuando quizá por su autoridad o por el lugar social que ocupan tendrían que hacer algo por resolver esas cosas, pero como sabemos siempre hay por detrás intereses ocultos… pero a todas estas siempre hay uno que se cree Mesías salvador que lo resolvería todo quizá con unas actuaciones llenas de violencia quitando de en medio a quienes están haciendo ese daño en nuestra sociedad.
¿Podremos resolver de verdad los problemas de esa manera quizá desde unas actitudes y posturas autoritarias y violentas? ¿No caeríamos esa espiral de violencia y hasta de injusticia cuando nos dejamos arrastrar por esas actitudes? ¿No estaríamos dejándonos envolver por esa misma maldad que pretendemos erradicar llenando nuestro corazón de iras y de odios que no harían sino provocar mas odio y más violencia, mas injusticia y más maldad? ¿Nos cruzamos de brazos, entonces?
¡Qué dichosos seriamos si todos fuéramos buenos! ¡Qué mundo de felicidad crearíamos si en verdad nos dejáramos envolver por el bien y por el amor para engendrar bondad en nuestro mundo haciendo surgir una nueva humanidad! Alguno podría pensar que eso son utopías, porque somos conscientes de la maldad que hay en nuestro mundo. Es cierto que la manzana podrida puede echar a perder todo el cesto, pero sí tiene que haber esperanza en nuestro corazón de que no somos cosas ni solamente unos frutos materiales que se contaminan, sino que somos personas que podemos contagiar de nuestra bondad a cuantos nos rodean.
La semilla sembrada en el campo es buena, como nos dice la parábola que hoy escuchamos en el evangelio. El Dios que nos ha creado y dado la vida hizo que cuanto saliera de su mano fuera bueno – como nos dice la Biblia en aquellas primeras paginas del Génesis ‘y vio Dios que todo era bueno’ – pero nos ha dado el don maravilloso de la libertad cuando nos ha creado con toda dignidad – ‘a su imagen y semejanza’ que dice la Biblia – y es desde esa libertad donde el hombre elige y será donde pueda entrar la confusión del mal cuando nos queremos hacer dioses enmendándole la plana a Dios para hacer las cosas solo desde nuestros intereses egoístas y dejando meter el orgullo y la vanidad en el corazón. Es la cizaña, la mala semilla que se va sembrando en nuestro corazón y en nuestro mundo.
¿Qué nos quiere decir, entonces, esta parábola de la buena semilla pero también de la cizaña sembrada ocultamente en el mismo campo? Es un retrato de nuestro mundo, de nuestra propia vida. Fácilmente nos quedamos a la honra de reflexionar sobre la parábola en constatar esa mala semilla que vemos en nuestro mundo, cuando vemos tantas injusticias y tantas maldades. Como decíamos al principio querríamos arrancar de raíz tanto mal.
Pero creo que también hemos de leer la parábola mirando nuestra propia vida. ¿Somos todo buena semilla en nuestra vida? ¿Son todos frutos buenos lo que hacemos y sale de nuestras manos o de nuestro corazón? Semilla buena somos porque Dios nos ha creado buenos, pero bien sabemos como también el mal se mete dentro de nuestro corazón y mirándonos con sinceridad vemos tantos momentos de orgullo o de egoísmo, de insolidaridad o de vanidad que van apareciendo en nuestra vida.
No siempre nuestra respuesta es buena; tantas veces de una manera u otra dejamos meter el pecado en nuestro corazón. Pero ahí está la paciencia de Dios que nos espera, que nos riega una y otra vez con su gracia, que va haciéndonos continuamente llamadas para que convirtamos nuestra vida, para que transformemos todo eso negativo que hay en nosotros en frutos de bondad y de verdad. No nos arranca de raíz de la vida cuando hacemos el mal, como desearíamos algunas veces para los demás, sino que la misericordia de Dios es inmensa y espera siempre una respuesta positiva de amor por nuestra parte.
Dijimos antes que no todo tiene que corromperse en la vida de los hombres por mucho que sea el mal que haya a nuestro lado o en nosotros mismos. Hablábamos de la esperanza de que el bien nos contagie, el bien vaya contagiando a cuantos nos rodean para ir sembrando esas buenas semillas que vayan creando esa nueva humanidad. Es la tarea que desde nuestra fe en Jesús tenemos que realizar, ha de ser el compromiso de nuestra vida para entre todos hacer un mundo mejor. Es el envió que Jesús nos hace para que vayamos a nuestro mundo con el mensaje del Reino de Dios.