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viernes, 5 de noviembre de 2010

En medio de la ciudad terrena somos ciudadanos del cielo

Filp. 3, 17-4,1;
Sal. 121;
Lc. 16, 1-8

Porque seamos cristianos y Dios nos haya hecho sus hijos no nos arranca de esta vida y de este mundo, porque es aquí donde en el hoy hemos de vivir. Vivimos como ciudadanos de esta ciudad terrena pero sabiendo que somos ciudadanos del cielo, porque somos ciudadanos, por decirlo de alguna manera, del Reino de Dios. Reino de Dios que aquí y ahora en esta ciudad terrena hemos de construir y vivir sabiendo que solo en Dios podemos alcanzarlo en plenitud.
¿De dónde somos? ¿dónde hemos de hacer nuestra vida? Estamos en medio del mundo y las cosas del mundo tenemos que utilizar; son las cosas materiales de las que nos valemos, es todo lo que entra en una relación y trato con los que nos rodean, es la utilización también de unos bienes o medios económicos para nuestro intercambio y como ayuda a nuestro vivir o a nuestro desarrollo y así podríamos pensar en muchas cosas más; pero hemos de tener claro esa ciudadanía, como decíamos antes, del Reino de Dios al que pertenecemos, por lo que no podemos contagiarnos con las cosas y las maldades del mundo. Es más, por esa vivencia del Reino de Dios que impregna nuestra vida hemos de saber utilizarlo con rectitud y siempre para bien.
Podrá parecernos que se nos pone difícil. Es cierto que no es fácil. Es fácil contagiarse de la malicia o de la maldad de lo que nos rodea y aparezcan ambiciones en el corazón que nos manchan y nos pervierten, egoísmos que nos encierren para pensar solo en el bien propio y así muchas cosas. Pero no imposible. Contamos con la fuerza y la gracia de Dios, con la fuerza de su Espíritu que será el que nos guíe, nos preserve del mal y nos haga caminar por caminos de rectitud.
Ya nos ha dicho san Pablo hoy: ‘como os decía muchas veces, y ahora lo repito con lágrimas en los ojos, hay muchos que andan como enemigos de la cruz de Cristo… sólo aspiran a cosas terrenas…’ Será entonces la maldad, la perdición, sus pasiones desenfrenadas, el afán desmedido del placer… los que llenen sus vidas. Y detrás de todo esto cuánto mal aparecerá.
La parábola que nos propone Jesús hoy en el evangelio – no hace muchos domingos que la hemos comentado – es un ejemplo de ese mal del que nos valemos para conseguir lo que sea, reflejado por una parte en la mala administración primero y en los sobornos y chanchullos que luego utilizará aquel administrador injusto para cubrirse las espaldas, como se suele decir. La parábola no es una alabanza, por supuesto, de la maldad de aquel administrador injusto, sino su astucia.
¿Seremos astutos nosotros para conseguir el cielo y la gracia del Señor? Ya sabemos cómo nos afanamos en los negocios del mundo, en los intereses materiales y mundanos, y cómo no ponemos el mismo empeño en las cosas de Dios. ‘Ciertamente los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz’, sentencia Jesús al final de la parábola.
Nos recuerda firmemente el apóstol: ‘Nosotros por el contrario somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un salvador…’ Tenemos una fe y una esperanza. El sentido de nuestro vivir tiene que ser otro bien distinto. Esa ciudadanía del cielo, del Reino de Dios, aquí en nuestro mundo tenemos que vivirla pero con la esperanza de la plenitud que en Dios un día encontraremos. No nos desentendemos de este mundo, sino todo lo contrario nos sentimos fuertemente comprometidos en él pero para llenarlo de esos valores del Reino de Dios.
¿Cómo hemos de vivir, entonces? ¿cómo hemos de ganarnos esa plenitud del cielo que nos aguarda? Sólo en la rectitud y la justicia, en el amor y como constructores de paz, en la generosidad del desprendimiento para compartir, en el cumplimiento fiel del mandamiento del Señor podremos alcanzarla. Nos vamos ahora transformando en el amor y un día nos sentiremos totalmente transformados en Dios para la vida en plenitud. ‘El transformará nuestra condición humilde según el modelo de su condición gloriosa, con esa energía que posee para sometérselo todo’, que nos sigue diciendo el apóstol.

jueves, 4 de noviembre de 2010

El orgullo de la fe y la alegría del perdón


Filp. 3, 3-8;
Sal. 104;
Lc. 15, 1-10


En dos pensamientos quiero resumir lo que nos ofrece la Palabra de Dios hoy: nuestra riqueza y nuestra gloria está en el Señor, y la alegría de la fe y de sentirnos amados por Dios.
Quiero subrayar por una parte el hermoso mensaje que nos ofrece Pablo en el texto hoy proclamado de la carta a los Filipenses. ‘Todo lo estimo pérdida, comparado con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por El lo perdí todo, y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo’.
Recuerda Pablo su condición de judío fiel y cumplidor en la ley del Señor, tal como era su vida antes de conocer a Cristo. Hace como una ficha de lo que era su vida y hasta de lo bien considerado que estaba como fariseo observante de la ley, irreprochable en su conducta, y hasta en cierto modo intransigente en su fe de manera que se había convertido en un perseguidor de la Iglesia de Cristo Jesús. Pero el Señor le había salido al paso y lo que hasta entonces era para él su gloria y su orgullo ahora lo considera como basura. Lo más importante que le ha sucedido en su vida fue conocer a Cristo, encontrarse con Cristo y esa es su gloria ahora considerando pérdida y basura todo lo otro.
El orgullo de la fe, y digo orgullo en un buen sentido. El gozo de creer y conocer a Cristo. El gozo y la gloria de ser cristiano por lo que tendríamos que ser capaces de darlo todo. Qué hermoso el testimonio de los mártires a través de todos los tiempos, pero que es el testimonio también de tantos y tantos cristianos que viven a tope su fe, su entrega, su amor y siguen hoy dando testimonio valiente de Jesús. Celebrábamos hace unos días la fiesta de Todos los Santos, pensando sí en los que en el cielo están cantando la gloria del Señor, pero pensando también en los que a nuestro lado viven santamente su fe, su vida, dando valiente testimonio de su condición de cristianos. Que sintamos en nuestro corazón también esas ansias.
Pero dijimos en principio también la alegría de la fe y de sentirnos amados del Señor. Y lo hago en referencia a lo escuchado en el evangelio.
Nos propone Lucas en este capítulo las parábolas de la misericordia. Hoy hemos escuchado la del buen pastor que busca a la oveja perdida, y la de la mujer que revuelve y rebusca por toda la casa hasta encontrar la moneda extraviada. Nos habla Jesús de esa búsqueda, y nos está hablando cómo Dios nos busca y nos llama cuando perdidos por nuestro pecado nos hemos alejado de El, pero nos habla también de la alegría por la oveja encontrada y la moneda hallada.
Nos dice Jesús: ‘Os digo que así habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse… os digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta’.
Nos habla de la alegría de Dios, de la alegría del cielo. Pero quiero pensar yo en nuestra alegría cuando hemos vuelto de nuevo al encuentro del Señor tras el arrepentimiento y el perdón.
Habría que destacarlo también. Habría que subrayarlo. Es la alegría que tenemos que sentir en nuestro corazón cuando nos acercamos arrepentidos al sacramento de la penitencia para pedir perdón por nuestros pecados y recibimos el perdón de Dios. No podemos salir del sacramento de cualquier manera. No sé si algunas veces nos parecemos a aquellos leprosos que Jesús curó en el camino, entre los que uno solo volvió dando saltos de alegría para dar gracias y alabar a Dios porque había sido curado.
Que sintamos y manifestemos esa alegría del perdón. Hacemos muchas veces demasiado individualista la recepción del sacramento de la Penitencia, como si fuera solo una cosa entre Dios y yo, y no llegamos a manifestar esa alegría por el amor y el perdón recibido, que también a gritos tendríamos que compartir con los demás hermanos. Estoy contento, estamos contentos porque el Señor me ha perdonado, tendríamos que decir, tendríamos que gritar a los demás para así con todos dar gracias al Señor.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Mucha gente acompañaba a Jesús

Filp. 2, 12-18;
Sal. 26;
Lc. 14, 25-33

‘Mucha gente acompañaba a Jesús’,
dice sencillamente el evangelista. Pero Jesús se vuelve hacia ellos para hacerles un planteamiento serio de lo que significaba ir con El.
¿Por qué seguían a Jesús? Muchos podían ser los motivos. ¿Eran sus discípulos, o lo seguían, por sus milagros y por eso se entusiasmaban? Ya nos habla de la admiración que producían sus milagros en la gente. Jesús después de la multiplicación de los panes, primero cuando quisieron hacerlo rey, él desapareció en la montaña; y a la mañana siguiente en Cafarnaún les dice que le buscan porque habían comido pan hasta saciarse allá en el desierto.
¿Le siguen porque se sienten cautivados por sus palabras y enseñanzas? Repetidas veces el evangelio habla de la admiración por la manera de enseñar que tiene Jesús con autoridad, y es cierto también que es admirable su enseñanza y su forma de trasmitirla con los ejemplos y parábolas para que todos entiendan. Pero, ¿se quedarían sólo en eso?
Otros quizá verían renacer sus esperanzas de una pronta liberación de Israel conforme al pensamiento que tenían entonces de lo que sería el Mesías prometido y esperado. Todavía los mismos apóstoles poco antes de la ascensión están preguntando si ya era la hora de la futura liberación de Israel.
Pero, bueno, y nosotros ¿por qué le seguimos y nos llamamos cristianos? ¿Simplemente porque todos en nuestro entorno dicen que lo son y no estaría bien visto no serlo? ¿Quizá porque estamos bautizados desde chicos? ¿O podría ser porque vemos ahí una forma de expresar nuestros más elementales sentimientos religiosos? ¿o como dicen algunos es que en algo hay que creer? Bueno, no lo veamos todo negativo y quizá tengamos razones más profundas para serlo.
Pero Jesús es tajante en sus planteamientos, como escuchamos hoy en el evangelio. No podemos tener un amor a nada ni a nadie que esté por encima del amor que le tengamos a El. Un amor primero y preferencial. ‘Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre o a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío’. Y añadirá que es necesario tomar la cruz para ir detrás de El, porque de lo contrario ‘no puede ser discípulo mío’.
Es serio. Es tajante. Cristo tiene que ser el único centro de nuestra vida. Con El no caben las medias tintas ni los medios tonos. O somos cristianos, seguidores de Jesús o no lo somos. Y ser seguidor de Jesús entraña esa radicalidad. Todo tiene que ser mirado y vivido según la mirada y el sentido de Cristo. Cristo será el único sentido de nuestra vida, de lo que hacemos y de lo que decimos, de nuestro actuar y de nuestras actitudes profundas. Su evangelio tiene que estar plantado totalmente en nuestra vida y entonces nuestra vida y nuestro actuar será siempre conforme a lo que Jesús nos dice y enseña. Y eso ha de hacer que cada día me vaya purificando más de mi mismo también.
Nos propone dos parábolas: la del constructor que va a edificar una torre o la del rey que va a entablar batalla con su rival. Han de sentarse antes a ver si pueden hacerlo, si tienen lo necesario, si es capaz de con lo que tiene vencer a su enemigo. Tienen que pararse a hacer los cálculos, dice Jesús.
Nos sucede en nuestra vida cristiana, que quizá no siempre nos hemos parado lo suficiente para saber bien lo que significa seguir a Jesús, los planteamientos que nos hace el evangelio y simplemente nos contentamos con hacer lo que todo el mundo hacer sin ninguna planteamiento más profundo. Y saldrá entonces una vida cristiana floja y poco comprometida; surgirá una vida fría y rutinaria en que nos contentamos con decir esto es que siempre se ha hecho así, pero sin preguntarnos si es eso realmente lo que nos enseña el evangelio. Faltará profundidad a nuestra vida cristiana.
En la vida cristiana siempre podemos conocer más a Jesús, profundizar más en el evangelio, crecer en mi espiritualidad, darle hondura a mi vida. No todo lo tengo hecho siempre, sino que tiene que haber ese espíritu de superación y crecimiento. Ojalá tengamos verdadera hambre de conocer cada día más a Jesús. Que cada día profundicemos más en el evangelio para ser más auténticos cristianos. Yo siento que a mi me falta mucho en ese crecimiento y quisiera cada día conocer y amar más a Jesús.

martes, 2 de noviembre de 2010

Oramos por los difuntos en una celebración también gozosa y llena de esperanza

CONMEMORACION DE LOS FIELES DIFUNTOS
Filp. 3, 20-21;
Sal. 26;
Jn. 14, 1-6

Tras la celebración gozosa, festiva, y hasta triunfante, podríamos decir, de Todos los Santos ayer, hoy la Iglesia nos invita a hacer la conmemoración de todos los difuntos. Pero de entrada quiero decir que no tiene que ser menos festiva o gozosa por el hecho de que recordemos a los difuntos; un cristiano siempre lo hace en la esperanza y con nuestra fe puesta en Jesucristo, muerto y resucitado, para así llenarnos a todos de vida y de salvación.
Pensar en los difuntos nos hace pensar en la muerte. Algunos se llenan de tristeza y hasta de angustia, lo que tendría que hacernos analizar cuál es el sentido cristiano que de la muerte tenemos. Sin embargo, para otros en la cultura actual es algo que lo que no se quiere pensar; se oculta la muerte o a lo más tratamos de pasar por ese pensamiento de la muerte casi de puntillas para no traumatizarnos.
Aspiramos a una eterna juventud donde no tenga cabida la muerte y buscamos una vida de bienestar que queremos prolongar sin fin, y hasta osamos querer tener decisiones por nosotros mismos si una vida merece o no merece vivirse y en consecuencia tener el derecho de acabar con ella por nuestra cuenta y a nuestro arbitrio.
Pero la muerte es una realidad de nuestra existencia humana que en lo físico o corporal un día de tener su fin. Pero no somos nosotros dueños de la vida de tal manera que tengamos derecho a acabar con ella según nuestra conveniencia. La vida es un don sagrado que Dios nos ha regalado, y la vida, toda vida siempre es muy valiosa. La hora de nuestra muerte entra dentro del misterio de Dios y de su voluntad para el hombre.
Pero aparte de esta afirmación creyente – afirmamos que es un don que Dios nos ha regalado – desde el misterio de Cristo tenemos otra esperanza y otra manera distinta de enfrentarnos al hecho de la muerte y en consecuencia de vivir nuestra vida y también nuestra muerte.
Como comprendemos, para nosotros la vida es algo más que lo físico o lo corporal en cuanto estamos sujetos a un cuerpo, aunque esa vida física también la valoramos y la cuidamos. Tiene una dimensión espiritual que no se queda en los sentimientos o los pensamientos que podamos sentir o expresar en esta vida terrena. Es que a todo eso nosotros añadimos una trascendencia que va más allá de los límites de una vida terrena, porque como nos dice la fe estamos llamados a vivir una vida eterna en la plenitud de Dios.
Si ayer, por ejemplo, podíamos celebrar la fiesta de Todos los Santos, lo hacíamos no sólo porque recordáramos lo bueno y lo ejemplar, el testimonio que con su vida y su fe nos dieron mientras peregrinaron por este mundo, sino que lo hacíamos pensando en esa plenitud de vida que ahora ellos tienen en Dios.
Por eso es tan importante para nosotros la virtud de la esperanza; la esperanza cristiana que nos lleva a creer en Dios y en su Palabra, a esperar esa vida eterna en plenitud que el Señor nos ha prometido. Y ¿en qué basamos nuestra esperanza? En la fe que tenemos en Cristo, muerto y resucitado.
Cristo murió y resucitó para llevarnos a la vida, a la vida eterna. Cristo murió y resucitó para alcanzarnos la salvación; esa salvación que es redención y es perdón; esa salvación que es vida nueva que nos llena de la vida de Dios para hacernos hijos de Dios; esa salvación que cuando nos hace hijos nos hace herederos y coherederos con Cristo de vida eterna, de ese Reino eterno de Dios que por Cristo podemos llegar a vivir en plenitud.
Con Cristo resucitamos para una vida nueva. Con Cristo estamos llamados a vivir en Dios esa vida eterna para siempre. Creemos en Cristo y de El nos alimentamos y El prometió resucitarnos en el último día.
Entonces cuando hoy hacemos esta conmemoración de todos los difuntos, y en cualquier momento recordamos a los difuntos, lo hacemos siempre en esperanza. Esperamos que vivan en Dios esa plenitud de vida y salvación. Por eso nuestra recuerdo se hace oración; oramos por ellos, pero nunca con angustia ni desconsuelo, sino siempre con esperanza. No es éste un día para el llanto desesperanzado, sino un día de esperanza y de gozo en el Señor.
Queremos ofrecerle nuestro recuerdo lleno de amor a aquellos difuntos queridos, familiares o amigos, y hacemos ofrendas de flores y velas encendidas. Pero no nos podemos quedar en eso solamente sino que lo importante será nuestra oración, y la oración más hermosa que nosotros podemos ofrecer que es la celebración de la Eucaristía. Las luces tienen sentido como ofrenda que hacemos, pero también como recuerdo e imagen de la luz que Cristo nos dio y que tuvo que iluminar toda nuestra vida, y como esperanza de que ya estén para siempre en el Reino de la Luz de Dios.
Todo eso lo expresa muy bien la liturgia en sus oraciones en la celebración de la Eucaristía y en la Palabra de Dios que se nos proclama. Oramos por todos los que han muerto en la esperanza de la resurrección y oramos por todos acogiéndolos a la misericordia del Señor. Pedimos al Señor que los admita a contemplar la luz de su rostro, decimos en las plegarias eucarísticas, en el reino de la luz y de la vida.
En la Palabra de Dios que hemos escuchado se nos recuerda que somos ciudadanos del cielo y hacia allí caminamos, porque allí el Señor no tiene en su amor reservado sitio. Por eso nos invita Jesús hoy a la fe y a no perder la paz. Esa paz de la fe que en El tenemos y esa paz de la esperanza. Con esa fe y esa esperanza elevamos hoy nuestra oración al Señor por todos los difuntos, como decimos en una plegaria eucarística, ‘cuya fe sólo tú conociste’.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Dios es glorificado en la asamblea de los Santos


Apoc. 7, 2-4.9-14;
Sal. 23;
1Jn. 3, 1-3;
Mt. 5, 1-12

‘A ti te ensalza el glorioso coro de los apóstoles, la multitud admirable de los profetas, el blanco ejercito de los mártires; todos los santos y elegidos te proclaman a una sola voz, Santa Trinidad, único Dios… venid adoremos a Dios que es glorificado en la asamblea de los santos…’
Así nos invita la liturgia en sus diversas antífonas a adorar, alabar, bendecir y cantar la gloria de Dios. Hoy es la fiesta grande, la solemnidad de Todos los Santos. Esa muchedumbre inmensa que nadie podía contar de la que nos habla el libro del Apocalipsis cuando nos describe la liturgia celestial. Esa asamblea festiva a la que nosotros queremos unirnos también. Esa multitud admirable de los que ahora cantan eternamente la gloria de Dios, son intercesores nuestros que desde el cielo nos ayudan en nuestras necesidades y en nuestra debilidad, y son el más hermoso ejemplo y estímulo para los que aún peregrinamos en la tierra con ansias de cielo.
Es la Iglesia celestial, la Jerusalén celeste, la asamblea festiva de todos los santos que ya eternamente alaba al Señor en el cielo. Nosotros somos aún la iglesia peregrina, pero llena de esperanza, alegre y guiada por la fe aspira a formar parte un día de esa asamblea festiva del cielo. Esperanza que nos anima en nuestro caminar. Fe y esperanza que nos hace mirar hacia lo alto y nos ayuda a darle profunda trascendencia al camino que ahora hacemos por la vida. Fe y esperanza que nos hacen pregustar ya esa alegría del cielo aunque aún en este camino estemos rodeados de sufrimientos o nos sintamos tentados por el mal para abandonar el camino.
Es una fiesta hermosa a la que la Iglesia nos invita en este día. Pero es al mismo tiempo una invitación a que le demos tal sentido y profundidad a nuestra vida ahora que podamos aspirar a esos bienes del cielo, aspirar a participar un día de esa gloria del Señor. Por eso el contemplar esta asamblea festiva de todos los santos es para nosotros una invitación, un estímulo para que busquemos, tratemos de todos modos de vivir una vida santa. Que por la santidad con que ahora vivamos nuestra vida un día podamos contemplar a Dios y disfrutar de su gloria.
A esto nos conduce toda la Palabra de Dios que hoy se nos ha proclamado en esta fiesta de Todos los Santos. San Juan nos ha hablado del amor que Dios nos tiene tan grande que nos llama hijos, porque en realidad nos ha hecho hijos. ‘Somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que cuando se manifieste seremos semejantes a El, porque le veremos tal cual es’. Si nos detenemos un momento a considerar esto tan hermoso que nos está diciendo el apóstol, no podemos menos que dar gracias al Señor por la dignidad tan grande que nos ha concedido, pero aún más por la promesa que nos hace de que nos uniremos de tal manera a El que le podremos ‘ver tal cual es’. Si esa es nuestra meta, ¿cómo no vivir santamente?
¿En qué consiste ese camino de santidad que hemos de recorrer, que hemos de vivir? Podríamos decir sencillamente, parecernos a Jesús. No es otra cosa lo que tenemos que hacer sino vivir su vida, configurarnos con El. ¿No nos decía Pablo que su vivir era Cristo? Es lo que tenemos que hacer, copiar totalmente su vida en nosotros, meternos en El, como quien se mete en un molde, para que nuestro querer y nuestro vivir, nuestros sentimientos y nuestras actitudes, lo que hacemos o lo que pensamos no sea otra cosa sino reflejar a Cristo, vivir a Cristo.
¿Cómo podremos irnos impregnando de Cristo? El evangelio de hoy nos lo dice. Encarnar en nuestra vida el espíritu de las Bienaventuranzas. Recordemos que Jesús desde el inicio de su predicación nos invitaba a convertirnos a la Buena Noticia porque llegaba el Reino de Dios. Pues cuando nos proclama las Bienaventuranzas en el Sermón del Monte nos dirá que ‘de ellos es el Reino de los cielos’. Los que viven el espíritu de las bienaventuranzas están viviendo, están ya participando del Reino de los cielos.
Y nos dirá que ‘de los pobres de espíritu y los que lloran, de los que sufren o los que tienen hambre y sed de justicia, de los que obran con misericordia o son limpios de corazón, de los que trabajan por la paz y a los que incluso les toca sufrir todo tipo de persecución a causa de su nombre, de ellos es el Reino de los cielos’.
Pobres porque nada tenemos o de todo nos desprendemos en la generosidad del amor; sufridos porque el dolor y el sufrimiento nos puede aparecer en nuestra vida o porque somos capaces de compartirlo con los que sufren a nuestro lado de tal manera que hacemos nuestro su sufrimiento; lloramos porque tenemos ansias de más y de lo mejor no ya sólo para nosotros sino porque buscamos siempre lo bueno y lo justo para los otros para que sean siempre felices; buscamos el bien aunque sea con sufrimiento, llenamos nuestro corazón de compasión y misericordia y lo mantenemos siempre limpio de toda maldad; o vamos a padecer la incomprensión y hasta la persecución de aquellos que quizá no entiendan nuestra manera de vivir según el sentido y estilo del evangelio.
Por ahí va el espíritu de las bienaventuranzas. Y Jesús nos dice que así estamos construyendo el Reino de Dios y que no temamos porque no nos faltará consuelo, y paz, y misericordia, y gozo hondo en el alma que nos dará las mayores satisfacciones, y que un día, porque somos limpios de corazón, podremos ver a Dios.
Es el camino que hizo Jesús delante de nosotros. Es el camino de dicha y de felicidad al que El nos invita. Es el camino que podremos hacer sin decaer ni desanimarnos porque le sentiremos a El siempre a nuestro lado. Es el camino que haremos gozosos, aunque broten lágrimas en ocasiones de nuestros ojos, pero que en la trascendencia que le damos a nuestra vida, sabemos que un día podemos vivirlo todo en plenitud junto a Dios. Si no tuviéramos esa esperanza y no le diéramos esa trascendencia a nuestra vida quizá no seríamos capaces de hacerlo.
Es el camino de santidad al que hoy nos está invitando esta fiesta de Todos los Santos. En ellos nos sentimos estimulados y ellos desde el cielo son intercesores de gracia para nosotros. ‘Concédenos, por esta multitud de intercesores, la deseada abundancia de tu misericordia y tu perdón’, pedíamos en la oración litúrgica. Y en la oración de las ofrendas vamos a pedir ‘que sintamos interceder por nuestra salvación a todos aquellos que ya gozan de la gloria de la inmortalidad’.
Que en ese sentido vaya siempre la oración que hacemos a los santos para que intercedan por nosotros. Algunas veces parece que no hemos llegado a entender bien lo que tiene que ser esa intercesión que de ellos deseamos. Nos preocupamos de pedirleAñadir imagens principalmente por nuestras necesidades materiales pero le pedimos poco para que nos alcancen la gracia del Señor para ser nosotros cada día más santos, que tiene que ser siempre lo más importante de nuestra vida. Les pedimos a ellos como si fueran los poderosos y algunas veces pareciera que los hacemos dioses que nos tienen que conceder lo que necesitamos, y nos olvidamos de que ellos sólo son unos intercesores por nosotros ante el Señor. Y no olvidemos que son intercesores, sí, pero son modelos y ejemplo para nosotros de esa santidad a la que estamos llamados y que tenemos que aprender a ver reflejada en sus vidas.
Como pediremos en la última oración de la Eucaristía que ‘realizando nuestra santidad por la participación en la plenitud de tu amor, pasemos de esta mesa de la Iglesia peregrina al banquete del Reino de los cielos’.

domingo, 31 de octubre de 2010

Zaqueo, un hombre que se dejó posesionar por Cristo


Sab. 11, 22-12,2;
Sal. 144;
2Ts. 1, 11-2,2;
Lc. 19, 1-10


¿Podremos decir al final de la celebración también ‘hoy ha llegado la salvación a esta casa, a nosotros’? Es que una primera cosa que hemos de tener en cuenta es que no somos meros espectadores de la Palabra que se nos proclama en la celebración. Es una Palabra que se mete en nosotros para hacernos actores de ese camino de salvación recibiendo y haciendo que actúe en nosotros esa gracia de Dios que nos transforma desde lo más hondo.
‘Entró Jesús en Jericó y atravesaba la ciudad. Un hombre llamado Zaqueo… trataba de distinguir quién era Jesús…’ Quería conocer a Jesús. Entre el alboroto de la gente, de los que salían al encuentro a la llegada de Jesús y de los que lo acompañaban no había manera de distinguir a Jesús. Eran muchas las cosas que concurrían. Estaba también su condición. ‘Era jefe de publicanos y rico’, por una parte que ya lo condicionaba en la consideración de sus vecinos. Y ‘era bajo de estatura’, por otro lado y seguro que con el desprecio de sus conciudadanos nadie le haría un hueco para que pudiera ver a Jesús. A los pequeños los suelen dejar poner delante, pero su pequeñez de estatura era otra.
Vayámonos poniendo nosotros en su situación. El tenía varias cosas en contra a pesar de sus deseos y de su curiosidad por ver y conocer a Jesús, aunque sólo fuera de lejos. ¿Eran sólo condicionamientos externos de las apreturas de la gente o de su baja estatura? Podemos pensar que era algo más. ‘Era jefe de publicanos y rico’, ya hemos dicho; su profesión de recaudador de impuestos no sólo le hacía despreciable ante de los judíos por su actitud de un colaboracionista sino porque eso además le daba ocasión para hacer sus manejos y enriquecerse a costa de los demás. Su baja estatura no era sólo lo físico sino la bajeza en que había vivido su vida. Luego lo reconocería.
Aunque quería conocer a Jesús pero seguía habiendo apegos en su corazón, actitudes negativas que eran impedimentos importantes, barreras que se interponían. ¿No nos pasará a nosotros de alguna manera de forma semejante? Decimos que somos creyentes y cristianos y que queremos también conocer a Jesús, pero cuántas barreras hay en nuestra vida. Porque también nos cuesta arrancarnos de muchos apegos del corazón.
Sin embargo Zaqueo dio un paso importante. Ahora sí. Sin importarle respetos humanos se fue más adelante en el camino ‘y se subió a una higuera para verlo, porque Jesús tenía que pasar por allí’. ¿Qué seremos capaces nosotros de hacer con toda sinceridad para conocer a Jesús? ¿Nos podrán quizá los respetos humanos para decir que creemos en El y somos cristianos? Como se dice ahora ¿manifestarnos por Jesús será algo políticamente incorrecto? Así andamos hoy en la sociedad en la que vivimos. ¿Agradará o no agradará a los que nos rodean lo que nosotros hagamos manifestándonos como creyentes y, por ejemplo, defensores de la vida?
Lo que no esperaba Zaqueo era que Jesús se iba a detener justo frente a la higuera en la que estaba subido, y le iba a mirar, y le iba a hablar, y se iba a auto-invitar a su casa. ‘Zaqueo, baja enseguida, porque hoy tengo que hospedarme en tu casa’. No salía de su asombro. Allí estaba Jesús a quien El quería conocer, pero Jesús quería ir a alojarse a su casa, la casa de un pecador.
Pero Jesús es el pastor que busca la oveja perdida, o es el rostro de ese Padre misericordioso que corre al encuentro de hijo que vuelve después de haberse marchado de casa. Jesús es el que se goza con los humildes porque para ellos es la salvación. Es el que ‘se compadece de todos y cierra los ojos a los pecados de los hombre para que se arrepientan’, como había anunciado el libro de la Sabiduría. ‘A todos perdonas, Señor, amigo de la vida’.
Zaqueo había ya dado un paso de humildad en su deseo de conocer a Jesús, y fue ese paso el que le abrió las puertas a ese camino de conversión y salvación. Se había subido a la higuera en su deseo de conocer a Jesús. ¿Qué pasos estaríamos nosotros dispuestos a dar? Recorramos caminos de humildad y de reconocimiento de nuestra pequeñez, de nuestra pobreza a pesar de que nos creamos ricos en otras cosas para ir hacia Jesús, que, estemos seguros, El nos saldrá al encuentro y querrá también venir a hospedarse en nuestra casa, en nuestro corazón y nuestra vida.
‘Zaqueo bajó enseguida y lo recibió muy contento en su casa’. No esperó para después cuando pasara aquel barullo. No importaba que los demás murmuran porque Jesús había ido a su casa. El estaba lleno de alegría. Algo nuevo podía suceder. Aquella mirada de Jesús, aquel detenerse para llamarlo por su nombre fue algo que le llegó muy dentro. La gracia del Señor cuando nos abrimos a ella nos llega también muy dentro. Zaqueo cambió totalmente. ‘La mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más’.
Ya Zaqueo comenzaba a ver la vida con otra mirada. La mirada de Jesús había transformado su mirada, sus actitudes, todo lo que hacía, todo lo que era su vida. Si antes sólo había pensado en sí mismo, en sus ganancias y en sus riquezas fuera como fuera la manera de adquirirlas, ahora ya todo sería distinto. Comenzaba a mirar todo de otro manera y comenzaba a compartir. ‘La mitad de mis bienes’ para los pobres. Pero era también un actuar en justicia, pero una justicia llena también de generosidad y desprendimiento. ‘Le restituiré,,,’ No era sólo devolver en justicia de lo que se había apoderado, sino ‘cuatro veces más’. Zaqueo se dejó posesionar por el Señor.
‘Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque también éste es hijo de Abrahán’. Con Jesús llegó la vida y la salvación. ‘El Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido’. El pastor que busca la oveja perdida, la mujer que barre la casa para encontrar la moneda preciosa que se había extraviado, el padre que corre al encuentro del hijo perdido que vuelve y para el que celebra una fiesta y un banquete. Ya lo había ido enseñando Jesús en el evangelio.
Pero sigamos nosotros estando en ese lugar. También a nosotros Jesús nos ha dirigido su mirada, nos llama por nuestro nombre y se invita a venir a nuestra casa y a nuestra vida. Aquí ahora, en presencia del Señor, que es lo que nosotros vamos a decir, que es lo que vamos a hacer con nuestra vida. Eso ya no depende de lo que yo te diga o te haga reflexionar, sino de lo que tú sientas en tu interior dejando que llegue a lo más hondo de ti esa mirada de Jesús.
Que tu mirada sobre tu vida, sobre la vida, sobre las cosas, sobre tus comportamientos y tu trato y relación con los demás, sobre todo lo que es tu realidad y lo que te rodea, sea ya una mirada distinta; unas actitudes nuevas tienen que brotar; unos compromisos serios y generosos tienen que surgir dentro de nosotros; unas decisiones importantes tenemos que tomar en la presencia del Señor.
Que podamos decir también al final: hoy ha llegado la salvación a mi vida porque como Zaqueo me he encontrado frente a frente con el Señor y El ha tomado posesión de mi vida.

sábado, 30 de octubre de 2010

Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo

Filp. 1, 18-26;
Sal. 41;
Lc. 14, 1.7-11

‘Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo, ¿Cuándo entraré a ver el rostro de Dios?’ Con este hermoso salmo nos hemos hecho eco de lo que san Pablo nos decía. Sed de Dios, deseos de Dios, querer entrar a ver el rostro de Dios. ¡Qué profundos deseos del alma, qué profundidad de fe y qué profundidad de vida!
Pero no es otra cosa lo que nos ha dicho el apóstol en el texto hoy proclamado. ¿Qué otra cosa sino esto es el decir que su vivir es Cristo y esos deseos de partir para estar con Cristo hasta llegar incluso a desear morir para estar con El? ‘Para mí la vida es Cristo y una ganancia el morir… por un lado deseo partir para estar con Cristo que es con todo lo mejor…’
¡Qué profunda fe y que profundo sentido de vivir! No le importan pérdidas por su parte o sentirse incluso relegado. ‘Con tal que se anuncie a Cristo, yo me alegro y me seguiré alegrando…’ Quizá entre los que le rodean, incluso entre los que anuncian el nombre de Jesús no estén del todo claras sus intenciones. Pero El se siente fuerte en el Señor en la labor que realiza y como dice lo que le importa es que Cristo sea anunciado y conocido. Al final parece que se encuentra en un dilema porque desea estar con Cristo aunque eso signifique morir, pero al mismo tiempo siente que aún puede y debe ir realizando una tarea en medio de sus hermanos.
Dejando ahora a un lado en este breve comentario esas otras cosas que puedan estar sucediendo por detrás de todo este actuar del apóstol, sin embargo podemos deducir hermosas lecciones para nuestra vida y nuestra fe de todo esto. Primero que nada tendríamos que desear estar enamorados de Cristo como lo estaba Pablo. Su encuentro con Cristo en el camino de Damasco fue decisivo para su vida, y día a día iba creciendo su fe y su amor a Cristo para darlo todo por El. Así podía llegar a expresarse como hoy lo escuchamos, pero que no eran sólo palabras sino todo su sentido de vivir.
Ojalá así crezca nuestra fe y nuestro amor. Ojalá profundizáramos así en nuestro conocimiento de Cristo y en nuestro amor por El. Ojalá aprendiéramos a desear estar nosotros tan unidos a Cristo de manera que nuestro vivir sea también Cristo y no ninguna otra cosa.
Deseamos nosotros también estar unidos a Cristo así para siempre y algunas veces mirando nuestra vida nos parece quizá que ya somos inútiles aquí y ya desearíamos estar para siempre en Dios. Nos queremos morir para estar con Dios y descansar, por decirlo de alguna manera, en Dios. Pero el Señor quizá nos quiere aún aquí donde estamos aunque nuestra vida pudiera parecernos ya una inutilidad. No somos nosotros los que hemos de medir el valor de nuestra vida pensando en esas utilidades o inutilidades en lo humano.
Si Dios nos quiere aquí es que aún podemos tener un valor que beneficie a los demás. Nuestro testimonio quizá fuera necesario y podemos seguir dando un ejemplo de fe y de amor. Aunque deseemos cantar en el cielo esa gloria eterna de Dios, quizá aún seamos necesarios para que aquí en medio de los que nos rodean podamos dar testimonio de esa gloria de Dios, podamos cantar con nuestro corazón humano esa gloria de Dios. Como dice el apóstol ‘quedarme en esta vida veo que es necesario para vosotros… estando a vuestro lado avancéis alegres en la fe…’ Nuestra presencia y nuestro testimonio puede y tiene que ayudar a que muchos más puedan cantar la gloria del Señor; puede despertar en otros también ese deseo, esa sed de Dios, del Dios vivo.

viernes, 29 de octubre de 2010

Oración del pastor por la comunidad y de la comunidad por sus pastores

Filp. 1, 1-11;
Sal. 110;
Lc. 14, 1-6

‘Os deseamos la gracia y la paz de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo’. Este saludo de Pablo, habitual en el inicio de sus cartas, lo utilizamos también nosotros muchas veces en la liturgia como saludo a la comunidad en el comienzo de la celebración. Si supiéramos apreciar bien lo que es recibir la gracia y la paz de Dios… qué hermoso. Es llenarnos de Dios, su gracia, su amor, su vida, y llenos de Dios estaremos siempre llenos de su paz.
Pablo en este inicio de su carta a los cristianos de Filipos, ‘a todo el pueblo santo que residen en Filipos’, se muestra entrañablemente tierno con aquella comunidad. Repite varias veces como da gracias a Dios, como ora al Señor por ellos y lo hace con alegría. Siente Pablo una cercanía grande hacia aquella comunidad; ‘habéis sido colaboradores míos en la obra del evangelio’, les dice. Y espera que Dios estará con ellos ‘porque el que ha inaugurado entre vosotros una obra buena, la llevará adelante hasta el día de Cristo Jesús’.
Además expresa cómo en momentos difíciles no se sintió sólo ‘porque todos compartís el privilegio que me ha tocado’; considera una gracia lo que le ha tocado sufrir por el evangelio y por el nombre de Jesús, pero da gracias porque han estado a su lado.
Me he detenido a comentar este inicio de la carta de Pablo a los Filipenses con estas circunstancias concretas a las que hace mención, porque quiero compartir con vosotros cómo ese es el gozo en el Señor de los pastores al contemplar una comunidad cristiana viva que responde con generosidad a la gracia del Señor. Ya comentaba ayer al hablar de los distintos carismas que surgen en la Iglesia de Dios, en nuestras comunidades. Es un gozo por el que dar gracias al Señor cuando nos encontramos con comunidades con esa vitalidad, decíamos ayer.
Un motivo de acción de gracias al Señor el sentir a nuestro lado colaboradores fieles que trabajan generosamente en la viña del Señor y que están al lado de sus pastores en toda circunstancia. Nuestro apoyo es el Señor, pero conforta en el alma esa respuesta, ese apoyo, ese ver a nuestro lado gente generosa que también nos da ánimos. Porque también los pastores podemos pasar por momentos difíciles y problemáticos y el Señor se nos manifiesta en esos hermanos que nos ayudan y nos apoyan y oran por nosotros. Es una gracia del Señor para nosotros ese apoyo de la comunidad cristiana.
Digo todo esto porque es bueno que la comunidad cristiana sepa estar al lado de sus pastores y lo mismo que el pastor, el sacerdote o el obispo, ora y quiere hacerlo intensamente por la Iglesia y por es comunidad en concreto que el Señor ha puesto a su cuidado, así también hemos de saber apoyar con nuestra oración a los sacerdotes, a los pastores todos del pueblo de Dios y a cuantos viven un compromiso apostólico a favor de la comunidad cristiana.
Y termino con esa última oración que hoy vemos al apóstol Pablo hacer por aquella comunidad de Filipos. ‘Y esta es mi oración: que vuestra comunidad de amor siga creciendo más y más en penetración y en sensibilidad para apreciar los valores., Así llegaréis al Día de Cristo limpios e irreprochables, cargados de frutos de justicia, por medio de Cristo Jesús a gloria y alabanza de Dios’. Que el Señor nos conceda crecer más y más en el amor, pero también en esa finura espiritual que nos haga crecer en santidad y que todo se manifiesta en esas obras buenas de justicia y amor pero siempre para la gloria de Dios.

jueves, 28 de octubre de 2010

El crecimiento de la Iglesia en vitalidad de fe y en carismas de servicio


FIESTA DE LOS APOSTOLES SAN SIMON Y SAN JUDAS

Ef. 2, 19-22;
Sal. 18;
Lc. 6, 12-19


Que ‘por la intercesión de los santos apóstoles tu iglesia siga siempre creciendo con la conversión incesante de los pueblos’. Así pedíamos en la oración litúrgica de la fiesta de los santos apóstoles san Simón y san Judas.
Apóstoles elegidos por el Señor para ser, como nos enseña el apóstol Pablo en la carta a los Efesios, cimientos sobre los que se edifica la Iglesia. ‘Estáis edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo es la piedra angular’. Hemos escuchado por su parte en el evangelio el relato de la elección de los apóstoles que hizo Jesús. ‘Pasó la noche orando a Dios y cuando se hizo de día llamó a sus discípulos, escogió a doce de ellos, y los nombró apóstoles’. A continuación el evangelista nos da la relación en la que aparecen ‘Simón, apodado el Celotes – el cananeo lo llama otro de los evangelistas – y Judas, el de Santiago – llamado también Judas Tadeo -.
Es importante la misión que confía a los Apóstoles porque a ellos de manera especial envía por todo el mundo a predicar el Evangelio, la Buena Noticia del Reino de Dios, que se ha realizado en la muerte y en la resurrección del Señor. Van a ser ese cimiento de la Iglesia porque en tornos a ellos se va a reunir la comunidad que va naciendo de los que creen en Jesús. Por Cristo, y sobre el cimiento de los apóstoles, como nos dice Pablo, 'todo el edificio queda ensamblado y se va levantando para formar un templo consagrado al Señor'.
Qué importante la misión de los Apóstoles y de sus sucesores los Obispos en la formación, en el crecimiento y en el mantenimiento de la comunión y de la unidad de la Iglesia de Jesús. Los Obispos, como verdaderos sucesores de los Apóstoles, van a seguir realizando su misma misión. Por eso en torno al Obispo, repito auténtico sucesor de los apóstoles es congregada en unidad cada una de la Iglesias, formando en comunión y en unidad con el Papa y con todas las Iglesias la única Iglesia de Cristo.
Esa Iglesia que queremos ver crecer, como pedíamos en la oración. Crecer porque cada día llegue a más gente y a más pueblos el evangelio de Jesús y así crezca el número de los discípulos de Cristo y miembros de la Iglesia. Estos días hemos estado viviendo unas jornadas misioneras en torno al Domund que nos habla de esa inquietud por el anuncio del evangelio que todos hemos de sentir.
Pero el crecimiento no es sólo en número, sino que tiene que manifestarse en la intensidad de la fe de la Iglesia, la intensidad de todos y cada uno de los que formamos la Iglesia. Es importante esta vitalidad de los cristianos, de los que creemos en Jesús. Vitalidad en una fe firme, una fe comprometida, una fe que se manifiesta en la intensidad del amor cristiano, vitalidad que se verá reflejada en la santidad de sus miembros.
Crecimiento de la Iglesia en la medida en que los que la formamos nos sentimos más comprometidos con la Iglesia y así vayan surgiendo esos diferentes carismas y ministerios de servicio dentro de la comunidad cristiana. En los versículos anteriores a los hoy leídos, y que no hace pocos días también escuchamos, el apóstol nos dice cómo el Espíritu va haciendo surgir esos diferentes carismas en la Iglesia. ‘A unos ha constituido apóstoles, a otros, profetas, a otros evangelistas, a otros, pastores y doctores, para el perfeccionamiento de los fieles, en función de su ministerio, y para la edificación del Cuerpo de Cristo’.
Así veremos la riqueza y vitalidad de nuestras comunidades cuando vemos a las distintas personas comprometidas en diversos servicios en nuestras parroquias. Es un gozo por el que dar gracias al Señor cuando nos encontramos con parroquias con esa vitalidad. Ese es el crecimiento de la Iglesia junto con la santidad de todos y cada uno de sus miembros que tenemos que buscar.
Es lo que hoy de manera especial con la intercesión de los Santos Apóstoles, san Simón y san Judas, queremos pedir al Señor. Para nuestra iglesia, y para cada uno de nosotros.

miércoles, 27 de octubre de 2010

Demos respuesta de vida a la salvación que Jesús nos ofrece

Ef. 6, 1-9;
Sal. 114;
Lc. 13, 22-30

‘Lo que Dios quiere es que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad’, es algo que hemos escuchado muchas veces. ‘Tanto amó Dios al mundo que nos entregó a su Hijo único’, escuchamos por otra parte en el evangelio. Y la Sangre de Cristo derramada ‘por vosotros y por todos los hombres’, nos dice Jesús y recordamos cada vez que celebramos la Eucaristía, lo que quiere es la salvación de todos los hombres.
Es cierto que la salvación es un regalo de Dios, es gracia, porque tan grande es el amor que Dios nos tiene. Pero y ya está, y por nuestra parte ¿no tenemos nada que hacer? ¿podemos seguir viviendo nuestra vida así sin más y sin preocuparnos de nada más?
Primero que nada nuestra fe, porque el que cree que Jesús es el Señor se salvará. Pero esa fe no son sólo palabras que decimos, sino que esa fe nos exigirá unas actitudes y una nueva forma de vivir. Cuando Pedro hace el primer anuncio de Jesús en Pentecostés, la gente le pregunta que es lo que tienen que hacer, y Pedro les dice que creer en Jesús, convertirse y bautizarse en el nombre de Jesús. O sea, que por nuestra parte tiene que haber unas actitudes de fe, un cambiar totalmente la vida, convertirnos, para unirnos plena y totalmente con Jesús para vivir su vida.
Bueno, es lo que Jesús nos dice hoy en el evangelio. Iban de camino hacia Jerusalén y uno se acerca a preguntarle si serán muchos o pocos los que se salven. Jesús nos ha ganado la salvación pero nos dice también que tenemos que esforzarnos para vivir esa salvación. Es esa conversión, ese cambio, esa transformación de nuestra vida, de la que venimos hablando. Y eso no siempre es fácil, nos exige un esfuerzo, una lucha por nuestra parte.
Por eso nos dice: ‘Esforzaos por entrar por la puerta estrecha…’ y nos habla de que no todos lo conseguirán, sino que se quedarán fuera. Estas palabras de Jesús nos recuerda otros momentos del evangelio. Aquellas doncellas que no tuvieron la lámpara encendida porque se les había acabado el aceite. ‘No os conozco… no sé quienes sois…’ Es lo que ahora escuchamos decir a Jesús.
En otro lugar nos dirá que no basta decir ‘Señor, Señor…’ sino que es necesario cumplir la voluntad del Padre. Es que yo siempre he sido bueno, he estado muy cerca de la Iglesia, no faltaba nunca… pero Jesús nos pide más, algo más profundo. Llamará dichosos a los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen, recordamos aquellas alabanzas entrecruzadas entre la mujer que alaba a María y Jesús que nos dice que la mejor alabanza es la que podemos recibir por cumplir la voluntad de Dios.
‘Esforzaos por entrar por la puerta estrecha’, nos dice Jesús. No es que Jesús quiera ponernos dificultades para que alcancemos la salvación que nos ofrece. Ya recordábamos al principio que lo que quiere el Señor es que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, que para eso El ha derramado su Sangre por todos los hombres.
Pero hemos de querer vivir su Reino, y ya sabemos que muchas veces nos cuesta, porque no somos todo lo generosos que tendríamos que ser con nuestro amor, porque nos hacemos reservas para nosotros mismos cultivando a veces nuestro egoísmo, porque nos cuesta llevar el amor hasta el perdón total y generoso tal como nos perdona el Señor, porque muchas veces nos cansamos y preferimos una vida fácil y cómoda sin muchos compromisos.
‘Y vendrán de oriente y de occidente, del norte y del sur y se sentarán a la mesa en el Reino de Dios. Porque mirad, hay últimos que serán primeros y primeros que serán últimos’. Esforcémonos seriamente para poder sentarnos en la Mesa del Reino de Dios. Que al final seamos reconocidos por el Señor.

martes, 26 de octubre de 2010

Una pequeña semilla y un insignificante puñado de levadura

Ef. 5, 21-33;
Sal. 127;
Lc. 13, 18-21

Para hablarnos del Reino de Dios hoy Jesús lo hace refiriéndose a dos cosas pequeñas y que nos pueden parecer insignificantes, una pequeña semilla que se planta y un puñado de levadura que se echa en la masa. No nos habla de una semilla grande sino tan insignificante como es la mostaza, y en comparación con la masa a la que se echa la levadura ésta es un puñado también realmente pequeño pero que dará su resultado.
Algunas veces nos pudiera parecer que tendríamos que hacer cosas grandes y llamativas cuando sentimos la inquietud en nuestro corazón por la fe y por el evangelio y contemplamos al mismo tiempo la realidad de nuestro mundo que vive tan ajeno o a espaldas del mensaje de Jesús. ¿Qué podríamos hacer para que de una vez por todas todo el mundo se enterase de lo que significa el evangelio de Jesús y para que todos se convirtieran a él? Podíamos sentir incluso el deseo de hacer grandes revoluciones para ello. Pero no es ese el camino de Jesús ni su estilo.
Como nos enseña hoy es sembrar pequeñas semillas, que por supuesto habrá que cuidar, pero que serán las que irán haciendo salir esos brotes renovadores de nuestra propia vida y de la de nuestro mundo. El cambio no lo podemos ver realizado de una forma mágica, sino que será la respuesta que el hombre vaya dando y será entonces cómo pueda ir surgiendo esa vida nueva para nuestro mundo.
Nos enseña Jesús hoy que tenemos que ser como la levadura, en otra ocasión nos ha hablado de la sal que da sabor, o de la luz que tiene que ir iluminando y abriéndose paso en medio de las tinieblas para poco a poco irlas haciendo desaparecer. Hoy nos habla de fermentar la masa, meternos dentro de ella como levadura que transforme, que de vida y sabor a nuestro mundo. No es el camino de la revolución sino el de la transformación. Estos mismos días el papa Benedicto XVI ha hablado de eso. Los cristianos tenemos que estar en medio del mundo como levadura en la masa. Buena levadura que haga fermentar, que haga brotar ese pan nuevo y tierno del Reino de Dios en medio de los hombres.
Por eso como tantas veces decimos son las pequeñas cosas que hacemos cada día y las hacemos con amor; son esos pequeños detalles de amor, de cercanía, de alegría, de esperanza, de luz que tenemos que ir sembrando. Y muy seguros de nuestra fe en Jesús, seguros porque nos apoyamos en el Señor, iremos haciendo que cada día nuestro mundo sea mejor.
Comencemos ahí donde estamos, donde hacemos la convivencia de cada día, en la familia, con la gente con la que trabajamos o con la que nos relacionamos. Que se note en verdad que ahí hay un cristiano, alguien que cree en Jesús y en su nombre va haciendo el bien, va sembrando paz, va haciendo sentir de verdad lo que es el amor. Es nuestro testimonio valiente que así se convierte en misionero. Es nuestra palabra y nuestra vida que hablan de Jesús por nuestras actitudes y comportamientos.
Es la forma nueva y distinta de hacer las cosas, de vivir el matrimonio, la amistad, el trabajo, la relación con los demás que nosotros tenemos porque nos sentimos animados por Jesús, porque nos inspira el evangelio, porque lo hacemos con la fuerza del Espíritu del Señor que está con nosotros.
Que el Señor nos inspire cada día esa semilla que hemos de sembrar y como en verdad tenemos que ser esa levadura transformadora de nuestro mundo en el estilo del evangelio y del Reino de Dios. Que el Señor siga ayudándome a mi también para poder sembrar esta semilla de cada día y pueda llegar a muchos corazones que tambien se acerquen mas a Dios cada día.

lunes, 25 de octubre de 2010

Sed imitadores de Dios, sois un pueblo santo

Ef. 4, 32-5, 1-8;
Sal. 1;
Lc. 13, 10-17

La Palabra del Señor que cada día se nos proclama y escuchamos con fe además de ser luz que nos va iluminando en el camino de nuestra vida cristiana es un estímulo grande, un aliciente para nuestro caminar. Sentimos esa ayuda que necesitamos cuando nos va iluminando en esas situaciones concretas que vivimos. Nunca la Palabra está lejos de nuestra vida. Es una Palabra llena de vida que el Señor quiere dirigirnos cada día y así con fe hemos de escucharla y aceptarla.
Hay veces en que nos sentimos cansados quizá en nuestra lucha, o nos encontramos sin fuerzas, porque parece como que el mal nos arrastra, sentimos fuerte la tentación en nuestra vida que nos aparece por todas partes y casi nos parece imposible que nos podamos superar y hacer lo bueno. Sobre todo cuando nos sentimos heridos por algo o por alguien que quizá nos haya ofendido la comprensión y el perdón se nos hacen difíciles.
Hoy como que el Señor quiere darnos muchas razones para que seamos capaces de ser buenos y comprensivos con los demás y seamos capaces también de ofrecer un generoso perdón. ‘Sed buenos, nos dice, comprensivos, perdonándoos unos a otros…’ ¿Y qué razón o motivo nos da para que seamos capaces de perdonar? Sencillamente el perdón que Dios nos ofrece. ‘Como Dios os perdonó en Cristo’, nos dice.
Por eso nos invita y nos propone el apóstol: ‘Sed imitadores de Dios, como hijos queridos… por algo sois un pueblo santo… porque antes sí erais tinieblas, pero ahora, como cristianos, sois luz. Vivid como gente hecha a la luz’.
Somos un pueblo santo, un pueblo de luz. En nosotros no caben las tinieblas. Y tinieblas sería el odio y el rencor; tinieblas sería el desamor y el egoísmo; como tinieblas son esas inmoralidades de las que tenemos la tentación de llenar nuestra vida , ‘la indecencia y el afán de dinero’, las chabacanerías y malicias con las que actuamos tantas veces, continúa concretándonos el apóstol.
Somos un pueblo santo, y santos tenemos que ser como santo es el Señor. Recordamos que esa era la propuesta que ya Jesús nos hace en el evangelio, pero que ya escuchábamos incluso en el antiguo testamento. Pero Jesús nos dice también que seamos compasivos como nuestro Padre Dios es compasivo. Por eso nos dirá hoy Pablo ‘sed imitadores de Dios, como hijos queridos, y vivir en el amor como Cristo nos amó y se entregó por nosotros como oblación y víctima de suave olor’.
¿Queremos mayor motivación y ejemplo? Lo tenemos en Cristo. Y como tantas veces decimos cuando nos sentimos amados de la manera que Cristo nos ama, cómo es que nosotros no amamos también. No nos falta la gracia y la ayuda del Señor. Decíamos que nos sentimos débiles muchas veces y sin fuerzas para superarnos y para hacer las cosas buenas. Pero es que nuestra fuerza está en el Señor.
Venimos aquí cada día y escuchamos su Palabra y, como decíamos, es nuestra luz y nuestro estímulo. Pero el Señor es también nuestra fuerza. No lo hacemos sólo con nuestras fuerzas o nuestra buena voluntad. ¿Para qué venimos a celebrar la Eucaristía?¿Para qué venimos a comer el Cuerpo del Señor, a comulgar? Jesús nos dirá que el que le come tiene vida para siempre. Es la vida, es la gracia del Señor que recibimos. Por eso, seamos buenos, comprensivos, perdonémonos porque Cristo nos amó y nos perdonó. Seamos buenos, comprensivos y perdonémonos siempre, porque somos un pueblo santo, porque somos hijos de la luz y las obras de la luz son las que tenemos que realizar.

domingo, 24 de octubre de 2010

Una liturgia no para quedarnos extasiados en su belleza sino para orar al Señor


Ecles. 15, 12-18;
Sal. 33;
2Tim. 4, 6-8.16-18;
Lc. 18, 9-14

‘Dos hombres subieron al templo a orar’, comienza la parábola Jesús. Subieron al templo a orar ¿para la oración litúrgica que se oficiaba en el templo cada día junto con los sacrificios? ¿por devoción quizá se acercaron al templo a hacer su propia oración? Nos da pauta para variadas reflexiones ya el comienzo mismo de la parábola.
La parábola tenía su intencionalidad porque Jesús la decía por ‘algunos que teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás’. Con la conclusión que Jesús le da a la parábola también quiere decirnos cosas Jesús. ‘Éste – refiriéndose al publicano – bajó a su casa justificado y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido’.
El Señor acoge la oración del pobre y del humilde mientras que rechaza al que se vanagloria y desprecia a los demás. ‘Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha’, repetíamos en el salmo. ‘Cuando uno grita, el Señor lo escucha y lo libra de sus angustias porque el Señor está cerca de los atribulados y salva a los abatidos…’ seguimos meditando con el salmista. Dios mira más el corazón que las palabras que podamos pronunciar. Y se complace en el corazón de los humildes.
‘Dos hombres subieron al templo a orar…’ y qué distancias tan grandes había entre uno y otro. Comprendemos que no sólo es la distancia física en el hecho de que uno se pusiera delante de todos mientras el otro se quedó atrás mientras no se atrevía a levantar la cabeza. Es otra más fuerte y dura la distancia. La distancia que los orgullos quieren poner en derredor como temiendo mezclarse con los pobres y los humildes. La distancia que aísla y crea barreras cuando hay menosprecio en el corazón hacia los que están a nuestro lado.
Ya quizá podríamos hacernos preguntas sobre nuestra oración o nuestro estilo de orar. ¿A qué distancia estoy yo de los que me rodean cuando voy a la oración? ¿tendré barreras interpuestas ante los demás? Es cierto que nuestra oración en principio tiene que ser un acto personal que yo he de poner desde lo más hondo de mi corazón. Me estoy encontrando de forma muy personal con ese Dios que me ama y que lo siento vivo y presente allá en lo más hondo de mí mismo. Y esa oración, es cierto, será un tú a tú con el Señor, sin olvidar su inmensidad y su grandeza porque es el Señor, pero sintiéndome en su presencia e inundado de su amor, porque siempre es el Dios que me ama.
Sin embargo en la verdadera oración ni me puedo encerrar en mi mismo ni me puedo aislar con los demás. Es más, quizá tendría que decir que en la medida en que me siento más unido a Dios en mi oración necesariamente más unido me he de sentir con los demás. Y si a mi lado hay alguien que está en oración, aunque en ese momento no compartamos palabras ni intenciones, qué unión más hermosa tendría que haber en cuanto que los dos estamos unidos al mismo Dios y Padre que me ama y nos ama.
Claro que será más hermosa aún mi oración si además yo oro por los demás y oro con los demás. No voy sólo a pedir por mí o a tener mi encuentro de manera individual con el Señor sino que voy a sentir toda la hondura de la comunión que será con el Señor pero que tiene que ser también con los demás.
Pero aquí podríamos entrar en otro aspecto de la oración que es la oración comunitaria y litúrgica. Esa oración de los hermanos, de los miembros de la familia de los hijos de Dios y de los miembros del pueblo de Dios que juntos queremos, que juntos hemos de darle culto al Señor cantando nuestra alabanza y nuestra acción de gracias. Es la oración de la Iglesia que como comunidad hacemos, celebramos y expresamos en la liturgia.
Cuando decimos en la liturgia estamos diciendo cómo a través de unos signos comunes, de unos ritos litúrgicos comunes nos sentimos unidos en esa oración, en esa alabanza al Señor, en esa gloria que queremos cantar a Dios. Es la celebración de la Eucaristía y todos los sacramentos, es la celebración de toda la Iglesia, en la que vamos a sentir de manera especial esa presencia del Señor en medio nuestro. Porque además sabemos que en esos signos sacramentales se hace realmente presente Cristo en medio nuestro.
Acciones sagradas para nosotros que nos hacen sentir la presencia del Señor, signos vivos de la presencia de Dios y de su gracia; acciones con las que queremos dar culto al Señor, alabándole y bendiciéndole con todas las criaturas del cielo y de la tierra. Acciones sagradas que expresamos con unos signos y unos ritos litúrgicos que siempre tienen que ayudarnos a vivir ese encuentro vivo con el Señor en nuestra oración.
Yo me pregunto a mí mismo muchas veces al terminar una celebración litúrgica, ya sea la Eucaristía o cualquier otra celebración de la Iglesia, si en verdad he orado al Señor y si yo sacerdote que en nombre de la Iglesia estoy presidiendo aquella celebración habré ayudado de verdad a orar a los fieles que allí estamos congregados.
No nos podemos quedar extasiados en la belleza de los ritos litúrgicos, que tenemos también que saber admirar y valorar toda la belleza de la liturgia que en cierto modo nos eleva hasta la liturgia celestial; pero, perdónenme que lo diga así, tenemos que hacer que no sólo sea una celebración bonita y llena de belleza, por decirlo de alguna manera en expresiones humanas, sino una celebración viva en la que he orado, he tenido ese encuentro vivo con el Señor para orar, para escucharle y para presentarle también mi súplica, mi alabanza o mi acción de gracias. No hay participación verdadera si no hay auténtica oración. Tenemos que aprender a orar con la liturgia. Y ya no será sólo mi oración personal sino entonces también la oración de la comunidad.
Es la oración con la que con toda humildad me pongo ante el Señor, sintiéndome indigno como Isaías cuando contempló aquellas hermosas teofanías que nos describe en la profecía – ‘¡ay de mí! que soy un hombre de labios impuros’ -, o como aquel publicano que no hacía otra cosa que pedir al Señor que tuviera compasión de él. ‘Oh Dios, ten compasión de este pecador’. Pero será la oración de la que saldré lleno de Dios que es en fin de cuentas lo que nos quiere decir Jesús con las expresiones de la parábola de bajar justificado, lleno de la justicia y de la gracia de Dios.
Que así sea nuestra oración, que así sea la forma intensa viva de nuestras celebraciones sagradas, de toda la liturgia con la que queremos bendecir y alabar en todo momento al Señor.
‘Dos hombres subieron al templo a orar…’ Aquí estamos más de dos, esta pequeña comunidad, que hemos venido a nuestra oración y a nuestra celebración, ¿cómo está siendo hoy nuestra oración? ¿estaremos en verdad orando al Señor?

sábado, 23 de octubre de 2010

Todos construimos el Cuerpo de Cristo, la Iglesia

Ef. 4, 7-16;
Sal. 121;
Lc. 13, 1-9

‘A cada uno de nosotros se ha dado la gracia según la medida del don de Cristo’. Comenzaba así hoy Pablo en el texto proclamado de la carta a los Efesios. No nos falta nunca la gracia de Dios. Esa gracia que nos hace crecer a la medida de Cristo, nos hace crecer en santidad a cada uno, pero que no es sólo para nosotros, cada uno por nuestro lado que podríamos decir, sino que es gracia que contribuye al crecimiento del cuerpo de Cristo.
‘El ha constituido a unos apóstoles, a otros, profetas, a otros, evangelistas, a otros pastores y doctores, para el perfeccionamiento de los fieles, en función de su ministerio, y para la edificación del Cuerpo de Cristo’. Nos está hablando, como todos comprendemos, de la Iglesia y los diferentes carismas y ministerios que el Espíritu hace surgir ‘para la edificación del Cuerpo de Cristo’. Es cierto que no todos tenemos la misma función, pero sí a cada uno el Señor nos ha dado un don. Podemos recordar por otra parte lo que hemos escuchado más de una vez de la parábola de los talentos.
Más adelante nos hablará de esa unidad de todo el cuerpo en la que cada miembro, cada juntura que lo nutre nos dice, realiza su función. ‘Todo el cuerpo bien ajustado y unido a través de todo el complejo de junturas que lo nutren, actuando a la medida de cada parte se procura el crecimiento del cuerpo…’ Si todos formamos ese cuerpo de Cristo, todos tenemos nuestra función en él. Ninguno puede considerarse ni menor ni inútil porque cada uno tiene su función. Algunas veces, decimos, no valemos, qué puedo hacer yo, soy el último y el más inútil. Cada piedra, cada grano de arena contribuye en la construcción del edificio.
Hay un proverbio chino que dice: ‘un capazo de tierra cada jornada y verás crecer allí una montaña’. Vemos un hermoso edificio de muchas plantas, y mientras se va construyendo contemplamos el trabajo de cada uno de los obreros, se va colocando ladrillo a ladrillo, planta a planta hasta que vemos crecer el edificio. Cuántos ladrillos colocados y cuántas horas de trabajo realizadas. Cada ladrillo ocupa su lugar, tiene su función y en unión con los demás hará que se pueda levantar ese hermoso edificio.
Así edificamos la Iglesia, así construimos el pueblo de Dios. Cada uno de nosotros tiene su importancia. Cada uno aportamos lo que somos. Y ponemos nuestra palabra, y ponemos aquel buen gesto para con los demás, y ponemos nuestra sonrisa o nuestra alegría, ponemos nuestro amor, ponemos lo que sabemos o podemos hacer y con la gracia de Dios vamos haciendo que nuestro mundo sea mejor, que la fe crezca, que se contagie el amor.
Si tú no pones eso que eres o que es tu capacidad faltará esa piedra en la construcción. Y todos somos valiosos. Valioso es también nuestra sufrimiento, nuestra oración callada, el ofrecimiento que hacemos de nuestras cosas. Todo eso es una gracia que Dios ha puesto en ti, para que crezcas tú pero para hacer crecer a la Iglesia, para hacer crecer el Reino de Dios.
Recogiendo también lo que nos dice hoy el Evangelio que el Señor no nos encuentre como higuera inútil o infructuosa. Demos esos pequeños frutos que el Señor espera de nosotros. Que convirtamos también nuestro corazón al Señor viendo las llamadas que nos va haciendo cada día. Y aprovechemos la gracia del Señor.

viernes, 22 de octubre de 2010

Unos peldaños que nos conducen a la paz y la dicha

Ef. 4, 1-6;
Sal. 23;
Lc. 12, 54-59

Como los peldaños de una escalera que nos eleva para llevarnos hasta Dios o que nos hace bajar al mismo tiempo hasta la verdad más honda de nosotros mismos, san Pablo nos señala una hermosa serie de actitudes que hemos de saber poner en nuestra vida: humildad, bondad, comprensión, mutua y gozosa aceptación en el amor, unidad en el Espíritu y paz.
Es la senda que nos conduce a la paz verdadera. Es la consecuencia de la fe que vivimos; son los compromisos con los que hemos de responder a la llamada de amor que nos hace Dios. Por dos veces en este corto texto de apenas seis versículos, se nos habla de vocación, de llamada, de convocación. Desde esa vocación hemos de tener un estilo de vivir que es lo que ahora se nos señala; y esa vocación nos llena de esperanza en alcanzar lo que es la meta de nuestra vida.
Primero nos dice ‘os ruego que andéis como pide la vocación a la que habéis sido convocados’. Luego nos dirá ‘un solo cuerpo y un solo Espíritu como una sola es la meta de la esperanza en la vocación a la que habéis sido convocados’. Por eso nos dice: ‘sed siempre humildes y amables, sed comprensivos; sobrellevaos mutuamente con amor; esforzaos en mantener la unidad del Espíritu, con el vínculo de la paz’.
Todo ha de ser unidad porque uno solo es el Señor y una es la fe, y uno solo es el Bautismo en el que hemos sido bautizados. ‘Un Señor, una fe, un bautismo. Un Dios Padre de todo…’ ¿Cómo lograr esa unidad? Son los peldaños que decíamos al principio.
Sólo desde la humildad y el amor lo lograremos. Humildad y amor que se han de manifestar en gestos sencillos y amables que tengamos unos con otros. Sólo así podremos lograr una convivencia en paz. Sólo desde esa humildad sabremos ser comprensivos con los demás porque primero nos hemos mirado a nosotros mismos. Si vemos en nosotros debilidades - ¿quién no las tiene? – y fallos cómo no ser comprensivos con las flaquezas que pueda tener el hermano.
Nos comprenderemos, nos aceptaremos, sabremos caminar juntos. Es la unidad del Espíritu de la que nos habla el apóstol. No siempre es fácil pero nos esforzamos en conseguirla. Es que todo está ceñido con el cinturón del amor. Los que se aman se comprenden y se disculpan, se ayudan mutuamente a superarse y son como un aliciente y estímulo gozoso los unos para los otros. Al final todo será armonía y paz. Y esto tenemos que irlo logrando en el día a día de nuestra vida. No hace falta buscar cosas extrañas o extraordinarias. En lo sencillo y humilde que podemos hacer cada día en nuestra relación y trato con aquellos con los que convivimos, con los que estamos en las diversas circunstancias de la vida.
Qué dichosos y felices seríamos si fuéramos capaces de subir esos peldaños aunque fuera con esfuerzo. Y lo podemos ser. Y tenemos que demostrarle al mundo que por la fe que tenemos en Jesús somos las personas más felices. Es que lo que nos enseña Jesús siempre nos llevará a la dicha y a la mejor felicidad cuando nos hacemos felices los unos a los otros.

jueves, 21 de octubre de 2010

Necesitamos ser maduros y adultos en la fe

Ef. 3, 14-21;
Sal. 32;
Lc. 12, 49-53

Toda persona aspira a la madurez. No nos queremos quedar como niños siendo infantiles e inmaduros toda la vida. La vida es crecimiento que nos conduce a la madurez. Ese crecimiento interior que nos ayuda a tener convicciones profundas que nos lleven a un actuar con responsabilidad sabiendo lo que hacemos y a lo que nos comprometemos son señales de esa madurez que vamos teniendo en la vida.
Nuestro crecimiento no está sólo en lo físico o corporal como todos comprendemos. Tendemos a un crecimiento humano pero que tendría que ser total abarcando la totalidad de la vida. Eso entraña un crecimiento y una madurez espiritual y, en consecuencia, un crecimiento y una maduración también como cristianos. Aspectos estos que muchas veces se quedan relegados a un segundo plano pero que son importantes y esenciales para un creyente y para un cristiano.
Es lo que desde lo más profundo de su oración – ‘doblo mi rodillas ante el Padre’ - pide Pablo en la carta que escuchamos para los cristianos de la comunidad de Éfeso. Es hermoso. ‘Pidiéndole, dice, que os conceda por medio de su Espíritu: robusteceros en lo profundo de vuestro ser; que Cristo habite por la fe en vuestros corazones; que el amor sea vuestra raíz y vuestro cimiento… así llegaréis a vuestra plenitud según la Plenitud total de Dios’.
Sentirnos fuertes desde lo más profundo de nuestra vida y nuestra fe. Fortaleza de la fe, fortaleza nacida de la escucha de la Palabra de Dios, fortaleza en la profundización y maduración del conocimiento de Cristo. ¿Conocemos de verdad a Cristo? ¿conocemos de verdad nuestra fe y podemos dar razones de ella? ¿conocemos con hondura, por ejemplo, la Biblia, los evangelios…? No podemos ser infantiles e inmaduros en nuestra fe; necesitamos ser adultos en la fe y para ello hemos de saber buscar cauces de formación en esa fe. Es precisamente el objetivo pastoral en el que está empeñada nuestra iglesia diocesano en estos momentos.
Que Cristo habite en lo más hondo de nosotros. No sólo un conocimiento sino una vida. Conocer es vivir, se suele decir. Conocer, sí, para hacerlo vida en nosotros. Dejar que Cristo se meta en lo más hondo de nuestra vida, para dejarme conducir y guiar por su Espíritu. Ya no es mi vida, sino la vida de Cristo; ya no van a ser mis sentimientos, sino los sentimientos de Cristo; ya no será mi amor, sino el amor de Cristo.
Entonces, como nos dice el apóstol, el amor será nuestra raíz y nuestro cimiento, la fundamentación de mi vida. Un amor hondo, un amor puro, un amor entregado, un amor generoso, un amor comprometido, un amor en el sentido de Cristo, un amor que refleja lo que es el amor de Dios.
Entonces nos sentiremos fuertes ante las dificultades; fuertes para el testimonio; fuertes para el anuncio valiente del mensaje del evangelio; fuertes para sentirnos siempre misioneros de nuestra fe.
Sentiremos el ardor del Espíritu de Jesús en nuestro corazón. Como nos dice hoy en el evangelio ‘he venido a prender fuego en el mundo, y ¡ojalá estuviera ya ardiendo! Tengo que pasar por un bautismo, y ¡qué angustia hasta que se cumpla!’ Si nos llenamos de Cristo, de su amor, de la fuerza de su Espíritu en verdad que encenderemos esa hoguera de la fe y del amor en nuestro mundo. Tiene que ser nuestro maduro compromiso.

miércoles, 20 de octubre de 2010

A la hora que menos penséis viene el Hijo del Hombre

Ef. 3, 2-12;
Sal.: Is. 12, 2-6;
Lc. 12, 39-48

‘Estad preparados porque a la hora que menos penséis, viene el Hijo del Hombre’. Una invitación que nos hace Jesús para que no andemos en la vida distraídos olvidando la meta final y definitiva de la vida.
Lo expresamos de muchas maneras en la liturgia, lo confesamos en nuestra fe, pero pareciera que este artículo de nuestra fe y nuestra esperanza lo olvidáramos fácilmente o no lo tuviéramos en cuenta. ¿Será acaso por una falta de trascendencia en nuestra vida? ¿será porque sólo pensamos en la vida presente y nos falta la esperanza de la vida eterna?
Ayer ya nos decía Jesús en el texto del evangelio entonces proclamado: ‘tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas’. A la manera del criado que tiene que estar vigilante a la espera de la llegada de su señor; o a la manera del administrador que tiene que estar atento a sus obligaciones y responsabilidades ejerciendo además su función con lealtad y justicia; o a la manera del dueño de casa que tiene que estar vigilante para que no llegue el ladrón y le robe todo lo que tiene.
‘Pedro le preguntó: Señor, ¿has dicho esa parábola por nosotros o por todos?’ Por la respuesta de Jesús pareciera que en principio está haciendo un llamamiento a aquellos que van a tener una función en su iglesia. Los pastores en estas palabras hemos de sentir la advertencia y la invitación de Jesús para que ejerzamos nuestro servicio y ministerio atendiendo bien a ese pueblo de Dios que el Señor nos ha encomendado y que no podemos hacer dejación de esa atención que hemos de tener y de ese alimento que en la Palabra de Dios hemos de dar al pueblo de Dios que se nos ha encomendado. Rogad al Señor para que seamos fieles cumplidores del mandato y de la encomienda del Señor. Nos confiamos también a vuestra oración.
Pero también estas parábolas, como dice Pedro, estas advertencias y esa invitación a la vigilancia y a la esperanza es para todos. Podemos pensar en ese encuentro final y definitivo con el Señor, que no sabemos cuando el Señor nos va a llamar y hemos de estar siempre preparados. Preparados con esperanza y con confianza, nunca con temor.
Algunos cristianos cuando oyen hablar de la muerte se llenan de temores y angustias. ¿Por qué temer si vamos a encontrarnos con el Padre misericordioso siempre dispuesto a perdonarnos? Claro que hemos de vivir nuestra vida de cada día con rectitud, con santidad, llenándola de muchas obras buenas y santas, de mucho amor. Es el tesoro que nos dice Jesús que acumulemos en el cielo. Es esa vigilancia para que la tentación y el pecado no nos venzan. Es ese deseo y compromiso de vivir siempre en al gracia y la amistad de Dios que hemos de cuidar.
Pero esa vigilancia ha de ser cosa de cada día y de cada momento porque el Señor viene a nosotros, se nos manifiesta de muchas maneras, quiere hablarnos allá en lo hondo de nuestro corazón y andamos en la vida muy distraídos y no sabemos escucharlo. El Señor va poniendo muchas señales de su presencia a lo largo del camino de nuestra vida y de muchas maneras nos va haciendo llamadas a nuestro corazón. Viene el Señor y viene con su gracia y con su amor. Estemos atentos a su presencia.
Si ahora, en el día a día de nuestra vida, somos capaces de vivir esa presencia de Dios junto a nosotros, a Cristo que camina a nuestro lado y nos llena de su gracia, no temeremos ese encuentro final porque sabemos que siempre será para dicha, para felicidad total, para estar junto a Dios para siempre. El Señor es misericordioso y compasivo.

martes, 19 de octubre de 2010

Somos miembros de la familia de Dios

Ef. 2, 12-22;
Sal. 84;
Lc. 12, 35-38

‘Ya no sois extranjeros ni forasteros, sino que sois ciudadanos del pueblo de Dios y miembros de la familia de Dios’. Confieso que cualquiera de los párrafos o renglones de este texto de la carta de los Efesios podría valernos para iniciar nuestro comentario y reflexión porque por sí mismo nos da un hermoso mensaje.
Pablo está dirigiendo su carta a la comunidad de Efeso que en gran parte provenía del mundo pagano y que han aceptado a Jesús como su salvador. Hay en la comunidad también creyentes provenientes del judaísmo, y es por lo que les dice que ya nadie se puede considera ni extranjero ni forastero. Todos son ciudadanos ya del nuevo pueblo que ha nacido desde la salvación de Jesús, todos forman parte de esa nueva familia de los hijos de Dios.
‘Ahora estáis en Cristo Jesús. Por la sangre de Cristo, estáis cerca los que antes estabais lejos… El ha hecho de los dos pueblos una sola cosa… reconcilió con Dios a los pueblos reuniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz…’
Es hermoso. La Sangre de Cristo nos une, la sangre de Cristo nos reconcilia con Dios, la sangre de Cristo nos hace sentirnos un solo cuerpo. Cristo ha venido a traernos la paz. La paz que es el perdón y la gracia que nos concede. La paz que es nuestra unión con Dios. La paz que nos reconcilia entre nosotros, hace que nos reencontremos de verdad. Cristo ha derribado el muro que nos separaba y dividía, el pecado que nos rompía por dentro, nos apartaba de Dios, pero que también nos separaba de los demás. Por eso como nos dice ‘unos y otros podemos acercarnos al Padre con un mismo Espíritu’.
Pero el mensaje no es sólo para los efesios que tienen que llenarse de gozo en su corazón y alabar a Dios por esa vida nueva que en Cristo ahora tienen. El mensaje es también para nosotros que igualmente tenemos que llenarnos de gozo cuando nos sentimos redimidos por la Sangre de Cristo. También tenemos que alabar a Dios por las maravillas que hace en nosotros. Pero todo esto nos tiene que llevar a considera cómo es nuestra vida, si todo esto es algo que vivimos nosotros, si todo esto nos lleva a ese encuentro profundo con los demás.
Ese pensamiento con el que comenzábamos de que ahora somos miembros de la familia de Dios tendría que hacer reflexionar y revisar el nivel de comunión, de cercanía, de verdadero amor fraterno que vivimos entre nosotros en el día a día de nuestra vida. Mal podemos sentir que somos esa familia de Dios si aún no hemos desterrado de nosotros esas cosas que nos enfrentan y nos dividen, nos alejan unos de otros o crean tensiones en nuestra relación.
El apóstol nos decía que Cristo con su sangre ha derribado el muro que nos separaba, el odio, pero quizá todavía no hemos puesto en nuestro corazón todo ese amor que tiene que acercarnos a los demás; quizá quedan dentro de nosotros resentimientos, envidias y no sé cuantas cosas que nos distancias; quizá puedan quedar dentro de nuestro corazón las desconfianzas que no nos hacen ser sinceros unos con otros. Todo eso tendría que cambiar. Como nos dice el apóstol Cristo ha venido ‘para hacer las paces y para crear un hombre nuevo’.
Es la tarea que nos queda ir realizando día a día, porque sabemos que nos cuesta. Pesa en nosotros como una rémora que nos arrastra hacia atrás nuestro egoísmo y nuestro amor propio. Pero con Cristo tenemos que saber de una vez por todas amar y perdonar.
Pidamos que nos inunde el Espíritu de la unidad y de la concordia.

lunes, 18 de octubre de 2010

El evangelista de Buenas Nuevas de alegría a los pobres y de la misericordia del Señor


San Lucas Evangelista

2Tim. 4, 9-17;
Sal. 144;
Lc. 10, 1-9

Celebramos hoy al evangelista san Lucas, autor del tercer evangelio y de los Hechos de los Apóstoles. Bien nos habla él en el principio de estos libros de su interés por conocer la verdad de Jesús con todos los hechos y acontecimientos de su vida y escribirlos con orden para que los podamos conocer.
San Pablo lo cita en sus cartas como compañero que permanece con él, incluso en momentos difíciles en que otros han dejado a Pablo. Lucas de origen o al menos de cultura griega un día conocería el evangelio de Jesús y se convirtió en discípulo; pero quiso ser más porque nos dejó el evangelio trasmitiéndonos así todo lo que él había conocido de Jesús. Es lo primero que hemos de destacar de Lucas, el evangelista, el trasmisor del Evangelio.
Muchas cosas se podrían resaltar del evangelio de Lucas. Destacaremos algunas cosas que nos puedan ayudar en su fiesta a conocerle, pero sobre todo a través de su evangelio a llegar también nosotros a un mayor conocimiento de Jesús.
Es el evangelista que nos anuncia buenas nuevas de alegría tanto en el relato del nacimiento de Jesús como en la resurrección. ‘Os anuncio una gran alegría…’ trasmitieron los ángeles a los pastores según el relato que nos hace Lucas. Alegría trasmitieron también los ángeles a las mujeres que iban al sepulcro al anunciarles que no buscaran entre los muertos al que estaba vivo porque Jesús había resucitado. Y por fijarnos en algunas cosas más Jesús en el evangelio de Lucas nos habla de la alegría del cielo cuando un pecador se arrepiente se convierte, igual que la fiesta que hace el padre a la vuelta del hijo que estaba perdido y lo habían de nuevo encontrado.
Pero es también el evangelista que nos habla de la Buena Noticia, el Evangelio, que se anunciará a los pobres. Será en la sinagoga de Nazaret cuando Jesús mismo lee al profeta Isaías comentando que lo anunciado por el profeta allí se estaba cumpliendo. Por eso el evangelista al darnos su relato de las bienaventuranzas llamará dichosos a los pobres porque de ellos es el reino de los cielos.
Será el evangelista que nos narrará las más hermosas parábolas que nos hablan de la misericordia de Dios cuando nos habla de la oveja perdida, la moneda extraviada o el hijo pródigo que marcha de la casa del padre, para hablarnos, como decíamos, de la alegría del cielo, pero de la misericordia de Dios que nos busca y nos ofrece siempre el abrazo de su amor y su perdón. Mucho más podríamos o tendríamos que profundizar en todo esto.
Finalmente destaquemos algo que nos repite Lucas en varias ocasiones en los Hechos de los Apóstoles que es la vida de comunión que hay, que tendría que haber siempre en consecuencia, entre todos los que creemos en Jesús. En los Hechos nos dirá de aquellas primeras comunidades que ‘el grupo de los creyentes pensaban y sentían lo mismo, de manera que nadie consideraba como propio nada de lo que poseía, sino que tenían en común todas las cosas'. Ya antes nos había dicho que ‘todos perseveraban unánimes en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión y en la fracción del pan y en las oraciones…’
Lo pedíamos en la oración litúrgica, ‘vivir con un mismo corazón y un mismo espíritu y atraer a todos los hombres a la salvación’. Que seamos capaces desde el conocimiento de Jesús en que vayamos creciendo más y más, vayamos creciendo en comunión entre nosotros. Desde que creemos en Jesús no es de otra manera como podemos vivir. Pero que eso despierte en nosotros también ese ardor misionero para anunciar el evangelio a los demás. Jesús había enviado a sus discípulos de dos en dos a anunciar el Reino de Dios y los Hechos nos relatarán esa acción misionera de la primera Iglesia.
Empapémonos del Evangelio cuando hoy estamos celebrando la fiesta de este evangelista. Y que arda en nosotros ese celo porque también ese evangelio sea anunciado a los pobres, a los que sufren, a todos, porque para todos es esa buena noticia y para todos es ese año de gracia del Señor.

domingo, 17 de octubre de 2010

Señor, reaviva en nosotros el gozo y la fuerza de la oración


Ex. 17, 8-13;
Sal. 121;
2Tim. 3, 14-4,2;
Lc. 18, 1-8


Una imagen que es todo un mensaje enriquecedor. Hemos contemplado a Moisés con los brazos levantados en alto en la montaña. ‘Yo estaré en la cima de la colina teniendo en la mano el bastón de Dios… tenía los brazos en alto… cuando se le cansaban los brazos a Moisés… Aarón y Jur le sostenían los brazos, uno a cada lado… hasta la puesta del sol’. Es la imagen orante de Moisés al Señor por su pueblo que luchaba en su camino hacia la tierra prometida.
El rico lenguaje de las manos tendidas o levantadas, podemos decir. El pobre nos tiende la mano pidiendo un socorro para su necesidad. Cuando vamos al encuentro del otro tendemos la mano en señal de paz y amistad en el saludo. Recibimos al amigo con los brazos abiertos como señal de acogida y amistad. Y levantamos las manos y los brazos hacia lo alto cuando en nuestra oración suplicamos a Dios o queremos cantar sus alabanzas y acciones de gracias.
Es el signo que emplean todos los hombres religiosos en todas las religiones como expresión de esa súplica confiada a su Hacedor. Es el signo que se repite en la liturgia para expresar nuestra oración a Dios.
Levantamos nuestras manos a Dios y lo queremos hacer con toda fe y con toda confianza. Hoy Jesús quiere enseñarnos a orar con perseverancia y nos propone la parábola que hemos escuchado, para decirnos cómo siempre nos escucha el Señor. Pero es necesaria en nosotros esa confianza, esa fe y esa perseverancia. La súplica perseverante de aquella viuda obtuvo justicia de aquel juez inicuo que no quería escucharla, pero nos dice Jesús ‘¿no hará Dios justicia con sus elegidos, que claman a El día y noche? Yo os digo que os hará justicia con prontitud’. Es la súplica perseverante con los brazos en alto que contemplamos en Moisés en la primera lectura que obtuvo del Señor la victoria para su pueblo.
Pero ¿será así siempre nuestra oración? ¿No nos sucederá a veces que no confiamos, o que no perseveramos lo suficiente? ¿Por qué decae tan fácilmente nuestra oración? Será bueno que nos preguntemos y reflexionemos sobre ello.
¿Qué necesitamos para mantener las manos – el corazón – levantadas en oración? Levantemos el corazón, nos invita la liturgia para que entremos de verdad en oración.
Pero nos cansamos como le sucedía a Moisés y nos puede faltar esa perseverancia. Se nos caen los brazos. Con qué facilidad abandonamos la oración, la dejamos para otro momento que quizá muchas veces no llega. Nos entra quizá el desánimo o la impotencia ante lo que nos rodea o lo que nos sucede que algunas veces nos cuesta comprender. Fácilmente tenemos el peligro de entrar en una atonía espiritual y una frialdad que nos hace abandonar todo. Vivimos una vida superficial demasiado pendiente de lo que está más cerca de nosotros o nos llama fácilmente la atención. Ante lo dura que pueda ser la vida o los problemas que nos afectas nos entra la desconfianza y hasta perdemos la esperanza. Muchos peligros. Muchas veces que se nos caen los brazos y necesitamos tenerlos bien levantados.
Por otra parte en esa superficialidad y materialismo que nos rodea y que nos afecta, perdemos la trascendencia que hemos de darle a la vida; pareciera que los valores espirituales los dejamos a un lado; nos creemos tan poderosos y autosuficientes pensando sólo en lo que podemos hacer que ya nos parece no necesitar a Dios; nuestra fe se nos enfría, puede decaer y se apaga.
Necesitamos quizá descubrir cómo mantener las manos levantadas como Moisés, cómo avivar nuestra fe y nuestra esperanza. Necesitamos aprender a saborear nuestra oración. Suplicamos a Dios desde nuestras necesidades, es cierto, y a El es a quien tenemos que acudir. Pero ¿no será necesario detenernos un poco a considerar lo que verdaderamente es nuestra oración? No la convirtamos solamente en una lista de peticiones que le vamos a presentar al Todopoderoso, como quien va a despachar con un personaje poderoso o influyente del mundo.
Oración es trascendencia porque vamos a encontrarnos a quien estando en lo más hondo de nosotros mismos, en nuestro corazón, sin embargo su inmensidad y grandeza va mucho más allá de lo que nosotros somos o podamos sentir. No podemos dejar de pensar en ese misterio inmenso de Dios en el que queremos sumergirnos cuando vamos a encontrarnos con El en la oración.
Por eso nuestra oración tiene que ser presencia, presencia de un Dios que nos ama como un Padre y que sentimos en nosotros, aunque trascienda nuestra vida con su inmensidad, pero que al mismo tiempo nos llena del gozo más inmenso y más profundo cuando nos sentimos amados. No acudimos a Dios con miedo sino con amor; no acudimos a Dios para sentirnos hundidos en nuestra nada, sino para llenándonos de El sentir como El nos levanta y nos hace sentir grandes porque nos sentimos amados y nos sentimos hijos. Presencia maravillosa de amor de Dios en nosotros de la que ya no querremos separarnos. Por eso el místico se extasía de esa manera en Dios y ya el tiempo no cuenta para él estando con Dios.
Pero nuestra oración es también humildad porque por nosotros mismos nos sentimos pequeños y vacíos, pero será un vacío que nos va a llenar Dios con su inmensidad, con la inmensidad de su amor y su vida. Y de ahí, claro, surgirá la alabanza y la acción de gracias; de ahí surgirá la confianza y seguridad con que nos sentiremos en nuestra oración. Y una oración así ya no será superficial sino que llenará de hondura nuestra vida, porque nos llenamos de Dios.
Será una oración gozosa y llena de paz; será una oración de la que saldremos siempre transformados; será una oración alimento de esperanza, que nos dará coraje y fuerza en nuestra lucha, que nos hará crecer más y más en nuestra amor haciendo que nos sintamos cada día más comprometidos en lo que hacemos y vivimos. Podrán ser muchos los problemas o las cosas que nos pudieran agobiar, pero desde la oración nos sentimos fuertes y nunca perderemos la paz. Con la oración aprenderemos ya a mirar las cosas, la vida, el mundo que nos rodea, los trabajos o las preocupaciones que tengamos con otra mirada.
La oración para nosotros será entonces como el respirar porque ya en cada momento y donde estemos sabremos sentir siempre la presencia de Dios, una presencia inmensa pero una presencia de amor. Será la oración que nos hará crecer de verdad en santidad.
Señor, reaviva en nosotros el gozo y la fuerza de la oración.